LA MENTALIDAD ANTIPOLÍTICA


LA MENTALIDAD ANTIPOLÍTICA
Por Alberto Mansueti

“La política no puede hacernos a todos felices, pero puede hacernos a todos desgraciados”, dijo el ex presidente español José María Aznar, en un discurso titulado “La reivindicación de la política”. Cierto: la política de izquierdas nos somete al socialismo, que nos roba oportunidades; y así nos hace a todos infelices.

La política liberal, al contrario, impulsa el capitalismo, que no puede hacernos felices, pero nos da oportunidades para labrarnos nuestra felicidad, aunque en grado variable, obvio, dependiendo de las diversas capacidades y habilidades.

Los de izquierda han esparcido una “mentalidad antipolítica”. Es muy hipócrita, porque ellos no dejan de hacer su política; pero muy efectiva, porque nos obstaculiza a los liberales hacer la nuestra. Hasta liberales prominentes se dejan hoy contagiar por esa boba mentalidad antipolítica, que reina soberana en la gran masa de la gente.

Sin embargo John Locke, “Padre del Liberalismo Clásico”, habló sobre “gobierno por consentimiento”, lo que luego se llamó democracia, y sobre el rol central del Parlamento y los partidos. Y Adam Smith, padre del liberalismo económico, escribió “La Riqueza de las Naciones”, sobre la economía “política”, como parte de una obra mayor, que nunca pudo llegar a escribir: “Los principios generales de la ley y el gobierno”. ¡Nada de antipolítica hay en el liberalismo clásico! Porque política, democracia indirecta o “representativa”, y partidos liberales, son las claves esenciales para promover las leyes buenas, las economías libres y sanas, y el justo orden social.

En cambio antipolítica, acción directa y aversión a la democracia y los partidos, siempre fueron cosas propias de las izquierdas. ¿Por qué? Simple: el socialismo rehúye el consentimiento, ya que requiere el uso de alguna clase de fuerza para imponerse. Por eso los socialistas no confiaban demasiado en los partidos: los “utópicos” promovían los falansterios y las cooperativas; Marx y Engels confiaban en los sindicatos; Lenin, Mussolini y Hitler organizaron sus fuerzas de choque militarizadas; Castro y el Che Guevara armaron sus guerrillas. Y ahora, en el Foro de Sao Paulo, los “movimientos sociales y fuerzas populares” son el centro, y los partidos de izquierda y “progresistas” son la periferia. Es la realidad.

La antipolítica siempre fue de ley entre estas gentes; nunca entre los liberales consistentes, porque la política liberal es vital para tener capitalismo de libre mercado, y conservarlo vivo.

Pero la izquierda es básicamente maquiavélica, y si les conviene, entonces dejan atrás sus prejuicios sobre el “cretinismo parlamentario” (expresión de Lenin); y forman partidos políticos, hacen campañas electorales. Y ganan elecciones. Una vez trepados al poder, patean la escalera: difunden la mentalidad antipolítica, y así nadie más que ellos puedan tener partidos y ser gobierno.

Es más: los socialistas no se contentan con tener un partido político: siempre tienen varios, con diferentes nombres, logos y colores. Así es como se aseguran de ser gobierno y a la vez oposición, y tienen unos o más partidos de repuesto, para cuando el oficialista de turno se desgaste.

Siempre he admirado la inteligencia de las izquierdas. Y he guardado mi desprecio para los liberales despistados y las derechas imbéciles, que no quieren ver los hechos básicos de la política; y esperan ingenuamente que los socialistas van a “aprender economía”, y se van a “convertir” al liberalismo, y van a aplicar políticas liberales desde el poder.

“A mí no me hables de política; no me interesa porque no me afecta”, dicen muchos jóvenes que estudian ingeniería, medicina, administración o derecho; y luego tienen que trabajar de taxistas, autobuseros o porteros, o limpiar baños, quizá en países extranjeros, porque la política de izquierdas nos impide rehabilitar moral, política y jurídicamente al capitalismo. Así “la política nos hace a todos desgraciados”, como dijo Aznar. Casi 30 millones de latinoamericanos, jóvenes en su mayor parte, viven en el exterior, porque sus países están arruinados por el socialismo. Son demasiadas las vidas frustradas, y las familias separadas, rotas en pedazos. Y lo peor: inmigrantes latinos en EE.UU. y Europa, en el colmo de su analfabetismo político, apoyan las mismas políticas antiliberales que destruyeron sus países de origen, y les obligaron a escapar.

¿Cómo hicieron las izquierdas para meternos tremendo golazo? Simple: ante la decepción popular por los males que nos aquejan y perduran, le echaron la culpa al capitalismo, como siempre, en su versión “Neoliberal” de los ’90, el “Consenso de Washington”, necesario pero insuficiente y mal cumplido. Pero también satanizaron a “la corrupción”: le metieron a la gente en la cabeza el simplismo tonto de que el estatismo no funciona bien porque “se roban todo”. O sea: que de no haber corrupción, ni impunidad para “los ladrones”, entonces la economía intervenida, la “educación pública”, la medicina “socializada”, y las jubilaciones del “Seguro Social”, serían estupendas y maravillosas.

¡Jugada maestra! La masa de gente creyó el cuento, y se expandió la “histeria anticorrupción”. Se vendió el relato de que todos los políticos son corruptos, los partidos no sirven, tampoco el Congreso ni la democracia representativa. Con las consignas de “democracia participativa” y “protagónica”, se compró la vieja mentira de la democracia directa, el “directismo”. Así volvió el socialismo al poder, comenzando el nuevo siglo XXI, pese al derribo del Muro de Berlín y el fin de la U.R.S.S. Y lo peor es que no sólo nos atornillaron firmes las políticas del marxismo clásico, las 10 del Manifiesto de 1848, corrientes y vistas como normales desde la Revolución Rusa (hace 100 años este mes, noviembre); como si eso fuera poco, ¡encima nos encajan el marxismo cultural!

La Agenda LGBTI (que apoyan muchos “libertarios”), les sirven para dos fines a las izquierdas: (1) la ideología de género y la “corrección política” hacen una gruesa cortina de humo que encubre las reales causas del desempleo, la recesión interminable en la economía, y la pobreza; y evita así los incómodos cuestionamientos. (2) Al amparo del relativismo “Posmoderno”, destruyen los valores cristianos, el matrimonio y la familia “burguesas”, y de paso la moral “convencional”, y el sentido común. Esas destrucciones, junto con la antipolítica, y el protagonismo otorgado a los chismes y anécdotas de la politiquería, les ayudan a taponar la salida, y bien taponada; es lo que quieren.

A diferencia de muchos liberales de hoy, Ludwig von Mises bien sabía que no hay capitalismo liberal sin los valores morales propios de la civilización. Y sin democracia liberal, con Parlamento y partidos. ¿Por qué? Simple: porque sin Gobierno limitado no hay mercados libres ni respeto por la propiedad privada; y nada de eso tendremos sin partidos liberales, para atajar la marea socialista, y revertir el curso de la historia reciente de nuestra América y el mundo.

En “La mentalidad anticapitalista”, Mises dedicó el primer largo capítulo a sus “causas psicológicas”; y encontró un factor común: el resentimiento, por todas las ambiciones frustradas. ¿De quiénes? De los tantos escritorzuelos, “artistas” y filósofos de cafetín, de los empleaditos de oficina y vendedores de tienda, de los envidiosos parientes pobres de los multimillonarios, etc.; o sea: de los fracasados, de los mediocres. ¡Un genio Mises!

Liberales: basta de seguir la corriente antipolítica por favor. La política de izquierdas nos hundió en los fangos del socialismo. ¿Podemos salir? Claro que sí, con una política de derecha inteligente y anti-sistema; o sea: liberal clásica. Las Cinco Reformas. Hay que leer (o releer) este librito de von Mises, porque la “mentalidad antipolítica” tiene un trasfondo socialista, ligado a la mentalidad anticapitalista.

Muchas gracias a los buenos. Y hasta la próxima, si Dios quiere.<>

Todo socialista es un dictador disfrazado


Todo socialista es un dictador disfrazado

El pasado 29 de septiembre, se celebraron los 134 años del nacimiento de Ludwig von Mises. Aunque este representante de la tercera generación de economistas de la Escuela Austríaca de Economía murió el 10 de octubre de 1973, su legado sigue vigente hoy más que nunca. Mises, en su libro El Socialismo, señala que:

La comunidad socialista es una gran asociación autoritaria, en la cual se ordena y se obedece. Se trata de explicar esta noción por medio de las palabras ‘economía planificada’ y ‘supresión de la anarquía en la producción’. Se puede comparar la comunidad socialista con un ejército, en lo que se refiere a su estructura interna. Por otra parte, cierto número de socialistas se complacen en emplear la frase ‘ejército de trabajo’. Todo en la comunidad socialista, al igual que en un ejército, está sujeto a las disposiciones que toma la dirección superior”.[1]

A Mises, se le reconoce como uno de los exponentes más visibles del siglo XX de la Escuela Austríaca de Economía, pero su pensamiento y legado va más allá de la economía. De hecho, bajo este título se inicia toda una corriente impulsada por Mises. Sin embargo, no todos los intelectuales de la Escuela Austríaca de Economía son austríacos, y no todos se limitaron al campo de la Economía.

Este es el caso de Mises, quien luchó contra el socialismo, y en su obra, bajo este nombre expuso científicamente su imposibilidad.  Si bien Mises luchó contra el socialismo desde sus obras, las aulas de clases, o en su lucha por la independencia de Austria (relatado en Autobiografía de un liberal), podemos decir hoy en día que sus denuncias y tesis están plenamente confirmadas, pues más que vivirlas, habitantes de países como Argentina o Venezuela las padecieron y aun padecen.

Recuerde como dijo Mises que:

todo socialista es un dictador disfrazado!!!

!!!Dios lo bendiga y un fuerte abrazo!!!

Notas

[1] http://es.panampost.com/andrea-rondon/2015/10/01/ciertamente-todo-socialista-es-un-dictador-disfrazado/

La confesión de 39 productores de TV: usan las series del “prime time” para la agenda izquierdista


La confesión de 39 productores de TV: usan las series del “prime time” para la agenda izquierdista

Un escándalo en ciernes. En un libro-entrevista, los responsables de la industria televisiva de Hollywood confiesan contra todo pronóstico su propio sectarismo. Que la industria de la televisión es mayoritariamente de izquierdas y que utiliza las series delprime time para favorecer la agenda de la izquierda podía considerarse hasta ahora un secreto a voces. Resulta algo demasiado evidente. Pero nunca había sido confesado de forma clara y masiva como hasta ahora. Ben Shapiro, un joven pero ya bastante conocido columnista judío de 27 años —con 17 años batió todos los récords al tener firma sindicada en varios medios— entrevistó a treinta y nueve personas influyentes de “todo Hollywood” y éstos se confiaron con él.

Viniendo de Harvard…

Shapiro estudió Derecho en Harvard y se llevó a todas sus citas la gorra de la universidad. “Siendo judío y habiendo estudiando en Harvard, hay un 98,7% de posibilidades de ser de izquierdas”, explica. Así que sus interlocutores se confiaron. Y el caso es que todo lo que dijeron está plasmado en un libro, Prime Time Propaganda, y además en unas grabaciones que Shapiro está ya difundiendo a través de Internet. La difusión va a ser máxima, porque la obra será publicada por una editorial filial de HarperCollins.

Y son explosivas, porque vienen a reconocer que el mundo de la televisión norteamericana (que produce series que se consumen en todo el mundo) está controlado por personas que: uno, excluyen sistemáticamente a todo aquel que no sea progresista; y, dos, van fabricando productos según las necesidades y objetivos de la agenda progresista.

Un reportaje en The Hollywood Reporter recoge algunos casos y algunas confesiones.

Conservadores, esos “idiotas”

Marta Kauffman, co-creadora de Friends, explica que cuando en la serie puso a la hermanastra del líder conservador Newt Gingrich casando a una pareja de lesbianas, fue “para j… a la derecha”. Y reconoce que selecciona el staff de la serie para que sean “mayoritariamente progresistas”.

Susan Harris, creadora de dos series míticas, de los setenta (Enredo) y de los ochenta (Las chicas de oro), tan geniales en el humor como disolventes en el mensaje moral, considera que los críticos de televisión conservadores son “idiotas” y tienen “mentes medievales”. Y dice una frase: “Al menos, pusimos a Barack Obama donde está”, donde el “pusimos” lo dice todo.

Larry Gelbart y Gene Reynols admiten que llenaron M.A.S.H. (la popular serie sobre un médico militar en Corea) de mensajes pacifistas, y Vin di Bona, que llenóMcGyver de mensajes contra el derecho a llevar armas, una vieja batalla de la izquierda norteamericana y de las pocas donde no han conseguido un triunfo total. Di Bona, a preguntas de si es verdad, como dicen los conservadores, que todo el mundo en Hollywood es progresista, responde: “Creo que es exacto, y además estoy encantado de que así sea”.

O eres “uno de los nuestros”, o…

Leonard Goldberg, productor de Los Ángeles de Charlie y de Starsky y Hutch, afirma que la izquierda “es 100% dominante en Hollywood, y quien lo niegue está negando la verdad”. Y no es casualidad que sea así, sino que responde a una endogamia sectaria. Shapiro le pregunta a Goldberg si la política es una barrera de entrada: “Absolutamente”, responde.

Sencillamente, es su cortijo. Fred Pierce, presidente de la ABC en los años ochenta, reconoce que quien sea conservador tiene poco futuro en la televisión. Quien no sea de izquierdas, “no asciende, se queda en el subsuelo”.

David Shore, creador de House, es aún más sincero: “En esta ciudad se asume que todo el mundo es de izquierdas. Si alguien es de derechas es mirado como con horror, y de lo que estoy seguro es de que eso no les ayuda”.

Ahí está el caso de Dwight Schultz, el intérprete de Murdock en El Equipo A, que se confiesa admirador de Ronald Reagan. Perdió un casting por este sencillo argumento del productor del show al que aspiraba, Bruce Paltrow: “¡Aquí no va a haber un imbécil de Reagan!”

Nicholas Meher, productor de la película para televisión El día después, que en 1983 retrataba lo que sería el mundo tras un holocausto nuclear, reconoce en las cintas que tiene Shapiro que hizo esa película para impedir la reelección de Reagan.

Manipular a la juventud

Quizá la opinión que mejor lo resume todo es la de Doug Herzog, presidente de MTV, quien ve su trabajo como el de alguien que tiene “superpoderes” para influir sobre la juventud.

Que es, en última instancia, de lo que se trata: utilizar el prime time para crear una sociedad al gusto del establishment progresista. Algo muy palpable sin más que encender la televisión, pero… nunca nadie había conseguido reunir tantas confesiones juntas sobre lo mismo.

Fuente: Religión en Libertad

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http://www.revistafeyrazon.com/index.php?option=com_content&view=article&id=93:una-nueva-revista-virtual-uruguaya-al-servicio-de-la-evangelizacion-de-la-cultura&catid=41:demo-category&Itemid=13

¿ES EL SOCIALISMO UN TRASTORNO MENTAL?


¿ES EL SOCIALISMO UN TRASTORNO MENTAL?

Autor: Alberto Mansueti

De entrada: no tengo la respuesta a la pregunta. No soy psiquiatra ni psicólogo.

Pero comparto la respuesta del Dr. Lyle H. Rossiter, psiquiatra por la Universidad de Chicago, con más de 40 años de experiencia en su profesión. El año 2011 publicó su libro de 432 páginas titulado “La mente de izquierda: causas psicológicas de la locura política”, que resume sus muchos escritos sobre el tema, todos en Internet. Dice que el socialismo es una enfermedad mental. Y expone las razones:

Porque embiste contra todo lo bueno de la civilización occidental: Gobiernos limitados, mercados libres y propiedad privada, tres principios que han traído una prosperidad, un confort y una libertad nunca antes vistos en la historia, a las naciones que los practicaron. Y en cambio propone, o mejor dicho “impone”, a los países que lo sufren, un esquema de vida que causa escasez, pobreza, tiranía, dolor y muerte. ¿Alguna mente normal alentaría tal despropósito?

Hoy el “Socialismo del siglo XXI” promueve además el aborto, la promiscuidad sexual y la abolición de la familia, de la ética y de los valores, del conocimiento verdadero, y hasta de la idea de verdad objetiva, que hace posible la ciencia y la tecnología que hoy todos disfrutamos. ¿Quién en su sano juicio impulsaría este salvajismo?

Y si a un socialista le dan las evidencias y argumentos en contra de esta irracionalidad, hace “negación” (denial): se cierra, no quiere oír, repite consignas de memoria, y con frecuencia ridiculiza y se burla, como dando pataletas infantiles.

¿Y cuál es ese “ideal socialista”, que muchos suponen “noble y elevado”? pregunta el Dr. Rossiter. Vea Ud.:

(1) Un Gobierno paternal poderoso, dando afecto a todos con su presencia cariñosa, dirigido por líderes ilustrados y honestos, que manejan las vidas de “todo el pueblo”, que “distribuyen la riqueza” en partes iguales, como padres sustitutos que velan por sus hijos postizos.

(2) ¿Qué espera un niño de sus padres? Una garantía de seguridad completa, para satisfacer todos sus requerimientos; a salvo de todo riesgo. Como en el vientre materno, pero afuera; y tratando a todos los hermanitos por igual, sin “contrastes” que resultan de odiosas preferencias y favoritismos.

(3) Y no basta. Hay miembros de la familia con desventajas y condiciones especiales, por eso exigen los socialistas “justicia social”: padres que remedian o mitigan amorosamente toda privación, real o supuesta. La mente de izquierda pretende eso mismo del Estado; y destruye la familia para que éste tome su lugar.

(4) El socialista se ve muy inseguro: a cada rato y en cada caso pide al Gobierno instrucciones y órdenes, cuando no encargarse de empresas productivas, así como los expertos padres a sus hijos les determinan conductas y tareas, y asumen ellos la obligación de trabajar y ganar el dinero.

(5) Pero las reglas tampoco deben ser tan estrictas, sino permisivas, facilitando resultados placenteros, reduciendo exigencias contractuales, y relajando las responsabilidades y cargas propias de las realidades e instituciones sociales, tal como deben hacer los padres “bondadosos” e indulgentes con sus criaturas.

(6) A nivel internacional el “niño grande” socialista quiere “armonía en la familia de naciones”, con suma tolerancia a los elementos agresivos, y simpatía hacia los criminales, para llevarlos de ese modo a la mesa de negociaciones, tal como los buenos padres resuelven las querellas familiares.

Y en vez de todo eso, nos pregunta el Dr. Rossiter, ¿qué cosas espera del Gobierno una persona adulta y madura? Mucho menos: sólo seguridad y justicia contra los crímenes, para manejarse uno por sí mismo, realizar sus potenciales y velar por sus necesidades, según sus prioridades, con sus recursos, mediante tratos y acuerdos con sus prójimos. Para correr sus propios riesgos, y pagar por sus propios errores.

¡Pero ese es “el Estado vigilante nocturno”! dice el socialista. ¡Son “derechos negativos”! Quiere derechos “positivos” y “acciones afirmativas”, para nivelar disparidades; como los padres balancean las prestaciones a sus hijos para igualarles. Exige leyes niveladoras, que castiguen a los “que tienen” por su “consumismo”, compensando a las “víctimas”, los “que no tienen”; así les ahorran la amargura que crea la envidia.

Estas metas no son para necesidades de adultos sanos, sino de la infancia, cuya satisfacción parece que fue negada o postergada en la niñez. El socialista quiere tener con el Estado la relación de un niño con su padre, comprensivo pero firme si debe serlo, con su madre complaciente, y en el seno de su “gran familia” proveedora y afectuosa. Reclama un Gobierno omnisciente y todopoderoso.

Y si se le explica que ese “sueño” es una locura siempre fracasada, no razona: se refugia en mil excusas y pretextos, y en su “pensamiento ilusorio” (wishful thinking), que confunde deseos con realidades.

Concluye el Dr. Rossiter que esto no es sano; “el socialismo es una patología”. Sólo que no se clasifica como tal, ni hay fórmula terapéutica o farmacológica; la ciencia médica es impotente. Pero los enfermos son la mayoría. Y como todos los neuróticos y psicóticos, nos hacen daño, al escoger unos “gobernantes” con el mismo síndrome, pero en plan narcisista: listos a “actuar los roles” (acting out) de papá y mamá.

Así nos impiden desarrollarnos.

La ilusión liberal


La ilusión liberal

Couverture

El liberalismo se fundamenta en un postulado antropológico erróneo. Los liberales parten del principio de que el hombre no es, por naturaleza, un animal social. La sociedad sería algo extraño para él. Para los liberales, el individuo preexiste a los cuerpos y grupos sociales y se considera la única fuente de los valores que ha elegido.

ALAIN DE BENOIST

El liberalismo es difícil de definir porque, a diferencia del marxismo que encuentra su origen únicamente en Marx, esta corriente no se puede conectar a un solo autor. El liberalismo es un bloque que debe ser tomado en su conjunto, aunque algunos creen que se puede desglosar de la siguiente manera: liberalismo filosófico, liberalismo económico; liberalismo político, liberalismo social/societal.
El liberalismo filosófico
El liberalismo se fundamenta en un postulado antropológico erróneo. Contrariamente a lo que mostró Aristóteles, los liberales parten del principio de que el hombre no es, por naturaleza, un animal social. La sociedad sería algo extraño para él. Para los liberales, el individuo preexiste a los cuerpos y grupos sociales y se considera la única fuente de los valores que ha elegido. Y no hay más que una concepción objetiva de la realidad. Se inclina por la metafísica de la subjetividad. La sociedad no sería entonces sino la estricta suma de las partes que lo componen, a diferencia de la visión holística en la que el todo es mayor que la suma de las partes.
El liberalismo económico
En el supremo individualismo reinante, el interés individual debe ser constantemente maximizado. El hombre no es un animal social, sino un homo economicus. El individuo se reencontraría así en una sociedad en la que busca su propio interés. Según Hobbes, ese interés consiste en escapar de la guerra de todos contra todos. Para Locke, este interés se caracteriza por la defensa de la propiedad privada. Los individuos, por tanto, se desprenden de algunas de sus prerrogativas para formalizar un contrato social entre ellos (el de Rousseau, por ejemplo). En consecuencia, la sociedad no sería, para los liberales, más que un medio para defender sus propios intereses, y no un medio para concurrir juntos por el bien común.
El liberalismo es, pues, una concepción equivocada de la libertad. Para los Antiguos (o Clásicos), la libertad se concibe como la capacidad de hacer, es decir de participar en la vida pública. Para los Modernos, el individuo es libre de hacer o no hacer, en función de su interés. Por lo tanto, puede desprenderse –o desolidarizarse– en cualquier momento del grupo, si entiende que no es beneficiado. La libertad para participar en la búsqueda del bien común desaparece en favor del autogobierno autónomo.
Adam Smith intentó demostrar lo contrario, que los liberales estaban preocupados por los intereses del grupo, al que contribuían indirectamente «Mientras los individuos sólo buscan su interés personal, ello a menudo funciona de una manera mucho más eficiente para el interés de la sociedad, a favor de la cual realmente trabajan». Ésta es una visión del mundo orwelliano en el que, en última instancia, el egoísmo es el altruismo.
La sociedad, pues, se rige por las fuerzas del mercado (oferta y demanda) y su sacrosanta mano invisible. La competencia pura y perfecta es un Grial absoluto. El laissez-faire, que se transforma muy rápidamente en laissez-passer[1], es el alfa y omega de la visión liberal. Así, la circulación de bienes, personas y capitales no debe sufrir ningún obstáculo (globalización: OMC, Unión Europea, Tratado transatlántico). Las fronteras deben ser abolidas, el concepto de nacionalidad se borra en favor de una ciudadanía mundial. Todos los individuos devienen en seres cosmopolitas, desarraigados. Adam Smith resume esto simplemente: un comerciante no tiene nacionalidad, su patria cambia en función del lugar donde obtiene su beneficio.
El liberalismo político
Naturalmente, los liberales han designado al Estado como enemigo. En la visión clásica de la sociedad, la función de mercado está subordinada a la concepción soberana y guerrera. Hoy en día, la economía ocupa el primer lugar. El Estado ha sido desnudado y se persigue su desaparición en beneficio de un mercado soberano. El economista Polanyi decía que «la empresa se gestiona en tanto que auxiliar de la economía». La soberanía del mercado fue resumida por las famosas palabras de Margaret Thatcher: “No hay alternativa” (TINA).
En política, siempre debe hacerse una elección, es decir, en primer lugar que el bien común prevalezca sobre los intereses de los individuos. Pero para el liberal, aquí hay problemas técnicos que resolver. La administración de los hombres se convierte en la organización de las cosas. Las relaciones sociales se han mercantilizado. Lo privado es siempre privilegiado sobre el público.
El Estado protector y garante del bien común fue destruido solamente para convertirse en un Estado mayordomo. Y no existe más que para garantizar las condiciones necesarias para el libre mercado (recaudar impuestos, asegurar la seguridad de las libertades). En ningún caso debe imponer un modelo, y mucho menos una concepción del bien común, sino ocuparse nada más que de la gobernanza. Su neutralidad, a priori objetiva, es el origen del pluralismo político. El Estado respeta la libertad de los demás, cada uno reclamando que su verdad puede expresar la visión de la realidad. Esta concepción liberal conduce a la religión de los Derechos Humanos, erigidos hoy un principio universal. Nada es superior a ellos, ni siquiera la expresión de la democracia directa.
El Estado se ha convertido en el mejor amigo del liberalismo (la famosa “gendarmería sagrada”). El combate de los primeros liberales fue el de limitar las prerrogativas estatales. Hoy en día, luchan para defender el liberalismo de Estado.
El liberalismo social/societal
El liberalismo ha destruido la noción de bien común: cada uno puede dar rienda suelta a su libertad, siempre que no invada la de los demás. Nada, por tanto, puede legítimamente impedir que los individuos se empleen sólo en satisfacer todos sus deseos. El eslogan de Mayo del 68 adquiere su pleno potencial en la actualidad. ¡Debemos disfrutar sin obstáculos! Un niño cuando yo quiero (la anticoncepción, el aborto), como yo quiero (inseminación artificial), con quien yo que quiero (matrimonio homosexual). El homo economicus tiene todo cosificado, mercantilizado. Charles Péguy ya había observado: «Todo el envilecimiento del mundo moderno es haberlo sometido al hecho de que todo es negociable más adelante» El poeta hablaba en su tiempo de arte, cultura o de trabajo, pero sin duda no había previsto el regreso a la mercantilización humana, como la fábrica india de bebés concebidos por madres de alquiler para satisfacer el deseo de adultos reducidos a meros consumidores.
El liberalismo se desarrolla, así, plenamente. Los liberales (Macron) y libertarios (Belkacem) son, en última instancia, las dos caras de la misma moneda.
Conclusión
El socialismo no es el antídoto contra el liberalismo. Se alimentan mutuamente por los excesos de cada uno. El único remedio para esta sociedad de mercado y consumista, desarrollada por fases en los dos últimos siglos, sería el reconocimiento de un bien común por encima del interés individual. La esperanza renace con la aparición de un verdadero movimiento conservador, originado en Francia, pero que se extiende gradualmente por todo el mundo. Las líneas se mueven. Las conciliaciones operan suavemente entre movimientos aparentemente contradictorios. La historia está siempre abierta, siempre dispuesta al cambio.

[1]Inspirándose en el “laisser dire, laisser passer” (dejar decir, dejar pasar) de los filósofos de la tolerancia, la escuela del liberalismo económico propuso como lema el “laisser faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar)

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=5157

Socialismo: La demagogia del Iluminismo


Socialismo: La demagogia del Iluminismo
Armando Ribas
Abogado, profesor y periodista

junio 17, 2015

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Perdón que traiga nuevamente a la palestra las palabras de Don Ramón de Campoamor, pues el tema está pendiente, en virtud de la sabiduría de la demagogia para enrojecer el cristal. Y así el socialismo queda como el resultado del oscurantismo de la razón que surgiera del Iluminismo. Pero mi discrepancia con el autor de ese paradigma, no es que la verdad no exista, sino la falacia de la vertiente racionalista que ignora el empirismo y surge la Diosa Razón. O sea el racionalismo.

Así lo reconoce Peter Drucker cuando dice: “No puede negarse que la Ilustración y la Revolución Francesa contribuyeron a la libertad en el siglo XIX. Pero su contribución fue totalmente negativa. Existe una línea directa desde Rousseau hasta Hitler, una línea que incluye a Robespierre, Marx y Stalin”. Y yo me permito agregar a Kant y a Hegel. El primero negaba el derecho a la búsqueda de la propia felicidad, pues se hacía por interés y por tanto era deshonesto, y por la misma razón quedaba descalificado éticamente el comercio. Y seguidamente Hegel consideró la guerra como el momento ético de la sociedad y por tanto el individuo no tenía más razón de ser que su pertenencia al Estado. Y en el ámbito político permítanme no descartar a Fidel Castro, hoy sublimado por Obama y Francisco.

En virtud de las anteriores consideraciones creo que es evidente la falacia consuetudinaria de la Civilización Occidental y Cristiana, e ignorar que si de Europa hubiese dependido la libertad, hoy seríamos nazis o comunistas. En virtud de las anteriores observaciones debo insistir en la falacia de la Civilización Occidental, a fin de comprender la realidad del mundo en que vivimos. El pensamiento que cambió la historia del mundo se inició con Locke, Hume y Adam Smith, que se pusiera en práctica por la Glorious Revolution de 1688, y fue llevado a sus últimas consecuencias por los Founding Fathers en Estados Unidos a partir de la Constitución de 1787.

Lo dicho anteriormente tiene por objeto rescatar las ideas que lograron la libertad por primera vez en la historia, y consecuentemente la creación de riqueza. Tal como reconoce William Bernstein, hasta el siglo XVIII el mundo vivía como vivía Jesucristo. No obstante esa realidad la percepción política  del mundo Occidental influenciada por Marx, descalifica éticamente al sistema en nombre de la falacia de la igualdad. Aun más, al país al que le debemos la libertad en el mundo, se le descalifica como imperialista.

El socialismo se ha apropiado del pensamiento de Marx vía Eduard Bernstein, quien en 1899 en discusión con Lenin propuso que el socialismo se podía alcanzar democráticamente. Y ahí tenemos la Social Democracia y la Democracia Cristiana que prevalecen políticamente en Europa ante la crisis que han producido. No obstante ello como sostuviera The Economist: “El problema europeo es el sistema y el que lo quiere cambiar pierde las elecciones”.

Como prueba ineludible de esa realidad analicemos la reciente evolución de los principales países de la Unión Europea: Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra. En la década del sesenta la economía alemana creció a la tasa del 4,51% por año y el gasto público fluctuó entre el 12% del PBI en 1960 y el 23% en 1970; En Francia la economía creció a la tasa del 5,6% por año y el gasto público fluctuó alrededor del 17% del PBI. En Italia la economía creció un 5,7% por año y el gasto público fluctuó alrededor del 17,6% del PBI; en España la economía creció a la tasa del 7,3% por año y el gasto público promedio fue de un 12,4% del PBI. Por último en Inglaterra la economía creció tan solo un 2,8% por año y el gasto se elevó al 29,2% del PBI.

Ya en esta primera etapa podemos ver que Inglaterra fue la que tenía el gasto público más elevado y consecuentemente fue la que menos creció. Pero veamos ahora lo ocurrido entre el 2007 y el 2014. De nuevo empecemos con Alemania que en el período creció a la tasa del 0,6% por año y el gasto promedio se elevó al 46,4% del PBI. En Francia el crecimiento se redujo al 0,13% por año y el gasto promedio del período se elevó al 56,2% del PBI.; en Italia la economía cayó un 9,6% en el período y el gasto promedio se elevó al 50,96% del PBI. En España se produjo un hecho similar. La economía se redujo en 4% en tanto que el gasto alcanzó al 43,7% del PBI. Y por último el proceso británico se asemeja y la economía prácticamente se mantuvo en el mismo nivel que en  el 2007 en tanto que el gasto se elevó al 46,8% del PBI.

Visto lo que antecede no podemos menos que concluir que el socialismo determina la pobreza bajo la falaz bandera de igualar los ingresos. Pero no obstante ello tal como lo señala Stefan Theil en su Filosofía Europea del Fracaso la educación en Francia y Alemania ignora esta realidad. Así dice: “Los alumnos franceses no solo están recibiendo esta clase de comentarios prejuiciosos de la destrucción ocasionada por el capitalismo, sino además están aprendiendo que el progreso económico es la causa principal de los males sociales”. Rousseau está presente. Pero aun más, tanto en Francia como Alemania se enseña: “El capitalismo mismo es descrito en varios puntos en el texto como, brutal, salvaje y americano”.

Esa es la Civilización Occidental que por supuesto trasciende a nuestro continente al sur del Río Grande en la que se ignora que la negación del mal llamado capitalismo implica el desconocimiento de los derechos individuales, y cuando ello ocurre se pierde la libertad y aumenta la pobreza. Cuando el gasto público alcanza al 50% del PBI o lo supera como el caso actual de Argentina se está violando el derecho de propiedad. La evolución de la economía europea muestra claramente que cuando aumenta el gasto público cae la tasa de crecimiento económico, pero está visto la sagacidad del socialismo, la demagogia del Iluminismo, para enrojecer el cristal  y lograr el enriquecimiento desde el poder político llorando por los pobres.

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http://www.libertadyprogresonline.org/2015/06/17/socialismo-la-demagogia-del-iluminismo/

El fin del capitalismo: ¿Una utopía o una realidad próxima?


El fin del capitalismo: ¿Una utopía o una realidad próxima?

Publicado: 19 may 2015
RT / pixabay

En 1867, en su libro ‘El Capital’, Karl Marx hizo su famosa predicción de la ‘muerte’ inminente del capitalismo. Pasados casi 150 años, el sistema está vivo y el debate sobre su futuro continúa con mayor o menor intensidad. La crisis que durante los últimos años sufren varios países desarrollados hace que cada vez más expertos hablen de grandes cambios que pronto tendrán lugar en el actual sistema social y económico a nivel mundial.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, gran parte de la población creyó que el capitalismo había triunfado por completo. Sin embargo, en los últimos años el sistema económico afronta numerosas conmociones económicas y sociales. En Occidente se reduce la clase media, aumenta de forma alarmante el paro, y el ‘estado de bienestar’, considerado como el mayor logro del capitalismo de postguerra, se convierte en algo del pasado. Por otra parte, en Oriente la explotación de trabajadores adquirió los niveles del cruel siglo XIX.

En 2040 más de un 50% de la población activa perderá su trabajo por la sustitución tecnológica

En el nuevo libro ‘¿Tiene futuro el capitalismo?’, obra conjunta de varios economistas y sociólogos reconocidos a nivel internacional, los expertos coinciden en que el mundo está a punto de entrar en una crisis estructural del sistema capitalista, revela la revista ‘Expert’. De este modo, el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein escribe que el crecimiento del capitalismo alcanzó su tope en los años 70, mientras que todas las décadas siguientes el sistema sólo superó las numerosas crisis, sin resolver ningún problema.

“El sistema mundial moderno no puede seguir de la misma manera, ya que el capitalismo no puede acumular las ganancias sin parar”, concluye el experto. Por su parte, el doctor Randall Collins destaca que el fin del capitalismo será en 2040, año en que según él, más de un 50% de la población activa perderá su trabajo por los procesos de sustitución tecnológica.

La mayor interrogación para Collins es qué sistema ocupará su lugar: ¿una dictadura fascista o un sistema democrático no capitalista? Pero lo más probable según el experto es que “en los próximos siglos tendrá lugar un constante cambio entre dos sistemas: del capitalismo al socialismo, y a lo mejor, otra vez al capitalismo“.

Por otra parte, algunos expertos consideran que no ocurrirá un cambio radical sino que el capitalismo tendrá que realizar una serie de reformas para poder responder a los nuevos desafíos. “Se establecerá a nivel mundial un capitalismo reformado con mayor igualdad y derechos sociales para todos. No será el fin del capitalismo, sino la aparición de un capitalismo mejor”, asegura el profesor de la Universidad de California, EE.UU., Michael Mann.

El fin del capitalismo inspira la esperanza de su transformación en formas nuevas más humanas

A su vez, para el sociólogo Craig Calhoun, el capitalismo se salvará sólo en caso de superar tres amenazas pendientes: el desequilibrio del sector financiero en relación a otros ámbitos de la economía que provocan enormes deudas y especulaciones irresponsables; los problemas sociales y ecológicos creados por las políticas neoliberales, y por último, las posibles guerras y cambios climáticos.

Sin embargo, la conclusión conjunta de los expertos del libro consiste en que “la gran crisis, sea cual sea el escenario, no significa el fin del mundo”, ya que “el fin del capitalismo inspira la esperanza” de su transformación en formas nuevas “más humanas” o su transición en el renovado socialismo democrático.

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