La fría ortodoxia nunca podrá reemplazar una relación cálida y vital con Dios.


La fría ortodoxia nunca podrá reemplazar una relación cálida y vital con Dios.

Por Paulo Arieu

oracion

He conocido muchisimos predicadores ortodoxos en su teología, que predican con una excelente técnica de oratoria. Sin embargo, muchas de sus mensajes son fríos (espiritualmente hablando) e incluso excesivamente racionalizados. El título de este artículo, es una frase del libro los carimáticos del pastor norteamericano John MacArthur, donde comenta que podemos aprender de los grupos cristianos evangélicos de corte carismático-pentecostal. A modo personal, yo admiro muchísimo la espiritualidad de algunos predicadores que he conocido, que cuando abren la boca para predicar, marcan la diferencia. John MacArthur dice que:

La necesidad de calor y realidad espiritual ha hecho mucho para fomentar el movimiento carismático. Tenemos que aprender la gran lección de que en muchos casos de iglesias muertas, los carismáticos han ayudado a los creyentes a tener una experiencia espiritual significativa.[1]

Si bien yo personalmente detesto las predicas que no estén excelentes y lógicamente organizadas  y que no sean 100% correctas en su homilética, la calidez y el fervor de algunos predicadores pentecostales que he escuchado en mis 30 años de convertido  no deja de llamarme la atención.  Edward M.Bounds (1835-1913,quizás el mejor escritor sobre la oración que haya existido), “El poder a través de la oración”,de editorial Peniel , dice acerca de la letra de los sermones que te mata, que:

La prédica que mata puede ser, y muchas veces es, dogmática e inviolablemente ortodoxa. Nosotros amamos la ortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la enseñanza limpia, bien delineada de La Palabra de Dios, los trofeos ganados por la verdad en su conflicto con el error, un dique que la fe ha levantado contra las desoladoras inundaciones de honestas o temerarias creencias falsas, o contra la incredulidad. Pero la ortodoxia, clara y dura corno el cristal, celosa y combatiente, no podrá ser sino letra bien formada, bien nombrada y bien aprendida, la letra que mata. Nada es tan muerto como la ortodoxia muerta, demasiado muerta para especular, demasiado muerta para pensar, para estudiar o para orar. La prédica que mata podrá tener discernimiento y abrazarse a principios, podrá ser erudita y crítica en gusto, podrá tener cada minucia de etimología y gramática, podrá ataviar la letra dentro de su modelo perfecto, e iluminarla como Platón y Cicerón lo hicieron, podrá estudiarla como un abogado estudia sus libros de texto para hacer su informe o para defender su caso, y aún ser como una escarcha, una escarcha que mata. La predica de la letra puede ser elocuente, recubierta de poesía y retórica, salpicada con oración condimentada con sensación, iluminada por el talento natural, y aún así estos no ser sino una base maciza y pura, las flores raras y hermosas que atavían el ataúd. La prédica que mata puede ser sin conocimiento, sin marca de frescura de pensamiento o sentimiento, ataviada de insípidas generalidades o insulsas especialidades, con estilo irregular, desaliñado, carente de oración privada ni tiempo en el cuarto de estudio, ni tampoco está agraciada por pensamiento, expresión u oración. Bajo esta prédica, ¡qué inmensa y absoluta la desolación! ¡Qué profunda la muerte espiritual!Esta prédica de la letra trata con la superficie y la sombra de las cosas, y no con las cosas en sí mismas. No penetra la parte interna. No tiene una comprensión profunda, ni entendimiento de la vida escondida de La Palabra de Dios. Es verdad para el afuera, pero el afuera es la cáscara que debe ser quebrada y penetrada por la semilla. La letra puede estar adornada para atraer y ponerse de moda, pero la atracción no es hacia Dios ni tampoco la moda es por el cielo. La falla está en el predicador. Dios no lo ha creado. Nunca ha estado en las manos de Dios como arcilla en las manos del alfarero. Ha estado ocupado con el sermón, su concepto y acabado, su fuerza de atracción, pero nunca buscó, estudió, sondeó o experimentó las cosas profundas de Dios. Nunca estuvo ante “El trono alto y sublime” (Isaías 6:1), nunca escuchó la canción de los serafines, nunca vio la visión ni sintió la fuerte corriente de esa santidad ni clamó en absoluto abandono y desesperación bajo el sentimiento de debilidad y de culpa, ni fue renovada su vida, ni su corazón tocado, depurado, encendido por el carbón vivo del altar de Dios. Su ministerio puede atraer gente hacia él, a la Iglesia, a la forma y ceremonia; pero no atraer verdaderamente hacia Dios, a una comunión divina, dulce y santa. La Iglesia ha sido blanqueada pero no edificada, complacida pero no santificada. La vida es suprimida; se enfría el aire del verano; la tierra está seca. La ciudad de nuestro Dios se convierte en la ciudad de la muerte; la iglesia en un cementerio y no un ejército en lucha. La alabanza y la oración son ahogadas; la alabanza está muerta. El predicador y la prédica han ayudado al pecado, no a la santidad; ha poblado el infierno, no el cielo. La prédica que mata es una prédica sin oración. Sin oración el predicador crea muerte, no vida. El predicador que es débil en oración lo es también en poder de vida. El predicador que haya dejado de tener a la oración como un elemento eminente y predominante en su propio carácter, ha sacado de su prédica el distintivo poder que da vida. Hay y habrá oración profesional, pero esta ayuda al predicador en su trabajo de muerte. La oración profesional enfría y mata tanto a la prédica como a la oración. Mucha de la devoción laxa y de las actitudes irreverentes en la oración congregacional es atribuible a la oración profesional en el pulpito. Las oraciones en muchos pulpitos son largas, discursivas, secas e inútiles. Sin unción o corazón, caen como una escarcha que mata sobre todas las oraciones de adoración. Son oraciones que negocian con la muerte. Cada vestigio de devoción ha perecido bajo su aliento. Cuanto más muertas están, más largas se vuelven. Debe pedirse una oración corta, viva, que provenga realmente del corazón, del Espíritu Santo, directa, específica, ardiente, simple, productiva en el pulpito. Una escuela que les enseñe a los predicadores cómo orar. De la manera en que Dios toma en cuenta la oración, sería más beneficiosa para la verdadera devoción, la verdadera adoración y la verdadera prédica que todas las escuelas teológicas. ¡Pare! ¡Deténgase! ¡Considérelo! ¿Adonde estamos? ¿Qué hacemos? ¿Predica para matar? ¿Ora para matar? ¡Ora a Dios! El gran Dios, el Hacedor de todos los mundos, el Juez de todos los hombres. ¡Cuánta reverencia! ¡Qué simplicidad! ¡Cuánta sinceridad! ¡Cuánta verdad interior se demanda. ¡Cuan reales debemos ser! ¡Cuan sinceros! La oración a Dios, el ejercicio más noble, el más alto esfuerzo del hombre, lo más real. ¿No deberíamos desechar para siempre prédicas maldecidas que matan y las oraciones que matan y hacer lo verdadero, lo más poderoso, la oración devota, la prédica que crea vida, y atraer lo inagotable de Dios y el tesoro abierto para satisfacer la necesidad y pobreza absoluta del hombre? [2]

Creo que este párrafo no necesita mucha explicación. Es que muchas veces nuestras plegarias a Dios salen de adentro de un corazón frío, duro, insensible a la acción del Espíritu Santo. Quiera Dios tener a bien quebrantar nuestros corazones en su precioso altar divino, para que cuando oremos o prediquemos la Palabra de Dios, nuestros oyentes sean edificados no solo a nivel intelectual sino también espiritual. Los sermones frios no conmueven el corazón de los oyentes. Valeri Slezin, jefe del Laboratorio de Neuropsicofisiología del Instituto de Investigación y Desarrollo Psiconeurológico Bekhterev de San Petersburgo ha afirmado que

“Una oración es un medicamento poderosísimo. La oración no sólo regula todos los procesos del organismo humano, sino que también repara la estructura de la conciencia más afectada”.[3]

Busquemos a Dios en oración antes de predicar un sermón y roguemos que El nos hable a través de Su Palabra y veremos como Dios nos llena de Su precioso gozo antes de salir a hablar de El. Recordemos que nuestra relación personal con el Señor no es sustituible por ninguna otra cosa. Busquemos el reino de Dios primero y todas las cosas vendrán por añadidura.

  • Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.” (Mateo 6:33 Nueva Traducción Viviente)

Dios lo bendiga.<>

Notas:

[1]. Jhon F.Macarthur, “Los carismáticos Una perspectiva doctrinal”, ed. CBP, p.11
[2]. Edward M.Bounds, “El Poder a través de la oración”, ed. Peniel, p.32-35

[3] http://verdadosharalibres8.wixsite.com/mrc37/single-post/2016/03/10/EL-VALOR-DE-LA-ORACI%C3%93N

imagen: http://verdadosharalibres8.wixsite.com/mrc37/single-post/2016/03/10/EL-VALOR-DE-LA-ORACI%C3%93N

Orar sin ganas?


Orar sin ganas?

Por Paulo Arieu

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Muchas veces los cristianos no tienen ganas de orar.Por razones diversas. No debería ser lo normal, pero sucede. Y entonces, como no sienten deseos de orar, no oran.

Los cristianos tambien pasan por momentos de dificultad, de dudas, de desencanto, de desilución. No siempre estan motivados como para mantener un clamor constante,una súplica penitente. Pero otras veces no oran porque son flojos, son vagos para leer la biblia, no se alimentan bien de  la Palabra de Dios, ni de los medios de gracia que Dios dispone en su voluntad soberana (la comunión con la Iglesia, la adoración,la oración, la lectura y meditación de la Biblia, el testimonio de fe cristiano)

Aun asi,la buena noticia es que Dios sigue siendo fiel y misericordioso. El no aparta sus ojos de los cristianos, aunque estos sean egoístas o poco voluntariosos en sus obligaciones con respecto al Padre Celestial.

Que nos dice la Palabra de Dios? Ella nos dice que:

“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos.” Salmos 34:15

Sabe ud. porque, querido lector? Porque Dios es un ser completamente fiel a sus atributos, El no cambia sus perfecciones ni es un ser que actúa por capricho, como observamos que si hacen los relatos de los dioses paganos. Nuestro Dios es perfecto y completamente justo y santo a la vez y El no se equivoca en nada de lo que hace.

Por todos estos motivos descriptos, le invito a orar a Dios, el Padre Celestial. Para que usted compruebe por si mismo la bondad del Señor.

Clama a mi y yo te responderé… (Jeremias 33:3)

Dios le bendiga mucho.

ORANDO POR TUS SERES QUERIDOS


ORANDO POR TUS SERES QUERIDOS

by David Wilkerson | September 4, 2015

No hace mucho tiempo, un joven pasó al frente en un servicio de oración en la iglesia “Times Square”, temblando y llorando. Él me dijo que era del estado de Washington, y que temprano esa misma noche había entrado de casualidad a nuestro servicio. Él había salido para ir a un concierto musical, pero luego salió del evento y regresó a la iglesia. Ahora quería oración y entonces le pregunté: “¿Tus padres son cristianos?” Él contestó: “Sí, señor. Ellos siempre están orando por mí”.

Te pregunto: ¿Fue algún “accidente” que este joven entrara en nuestra iglesia? ¡Difícilmente! Él estaba teniendo su propio encuentro con Cristo. Nadie lo presionó ni le rogó; sin lugar a dudas, él fue traído por Jesús. Y estoy convencido de que sucedió debido a las oraciones de sus preocupados padres.

En Marcos 7:31-37, se nos cuenta la historia de un sordo que fue traído a Jesús. Jesús lo alejó de la multitud: “Y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien” (Marcos 7:34-35).

Jesús ejecutó un milagro exclusivo para este hombre y luego le habló, sólo para demostrarle que ahora podía oír, ¡imagínate! ¡La primera voz que el hombre sordo escuchó fue la de Cristo! ¡Oh, cuánto debió haber hablado ese hombre cuando su lengua fue desatada! De su boca salieron años de sentimientos reprimidos, porque ahora él podía expresar el clamor interior que antes no tenía voz.

Me lo imagino cayendo en los brazos del Señor, llorando: “¡Jesús, ¡Tú oíste la voz de mi clamor!” (ver Salmos 5:2). Considera la profundidad y el poder del Salmo 5 para este hombre sanado: “Dios mío, porque a ti oraré. Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti…” (Salmos 5:2-3). El amor que este hombre sentía por Jesús ahora era suyo propio, porque tuvo un encuentro con Él.

Amados, cuando ustedes oren por sus seres queridos, recuerden que Jesús gime por ellos. Él no suspiraba sólo por un hombre en Decápolis. Él estaba llorando por el gemir sofocado e interno de tus hijos, tus seres queridos inconversos y los míos. Quizás tú necesitas cambiar la forma en la que oras por ellos. Ora para que el Espíritu Santo vaya tras ellos, los busque y los atraiga, los conmueva y los despierte a un deseo fresco por Jesús.

Policías de una ciudad de Puerto Rico detienen a conductores para orar por ellos


Policías de una ciudad de Puerto Rico detienen a conductores para orar por ellos

policia detiene conductores para orar Puerto Rico 2015

Cinco policías municipales junto a líderes y pastores de la Iglesia de Dios Pentecostal de Barceloneta, se dieron a la tarea de realizar un servicio de oración para todo conductor que transitaba por la zona y de forma voluntaria se detuviera.La acción se realizó en la mañana del miércoles debajo del puente del expreso José de Diego (PR-22) de la carretera 140 en del mencionado municipio.

Imágenes publicadas a través de las redes sociales muestran a los agentes, colocando sus manos sobre todo aquel conductor que deseaba el gesto de fe.

De acuerdo con el agente Maldonado del cuartel municipal de Barceloneta, es la primera vez que este tipo de iniciativas se lleva a cabo en el municipio, el cual logró impactar alrededor de 60 vehículos cuyos conductores de forma voluntaria solicitaron oración.

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https://laicismo.org/2015/policias-de-una-ciudad-de-puerto-rico-detienen-a-conductores-para-orar-por-ellos/129369

En USA mujer es multada por orar en la vía pública


En USA mujer es multada por orar en la vía pública

Escrito por entreCristianos

Publicado el 05 Marzo 2015
150 dólares deberá pagar una mujera al ser multada por orar en la vía pública en voz muy alta.

La multa la impuso la policía de Dakota del Norte en los Estados Unidos a Martha Nagbe, quien es esposa de un pastor.  La policía le indicó estaba acusada de causar “ruido molesto” porque oraba en la vía pública en voz muy alta.

Nagbe declaro al  Valle News Live : “No puedo parar de orar. Estoy confiando en Dios”. Nagbe es imigrante de Liberia y se siente desilusionada con el hecho porque creía que  “Los Estados Unidos es una nación de Dios”.

La policía se mantienen firme en que la mujer estaba causando una molestia. La encargada de la detención, la policía Jeanette Persons, afirma que el problema no era porque estaba orando, sino por el volumen de su voz.

Ella dijo: ‘Quiero decir, que todos necesitamos oraciones y muchos está ahí fuera orando por todos nosotros, pero el problema es sólo el volumen de su voz”.

Persons agregó que la señora Nagbe estaba mucho tiempo gritando fuera de las casas, por lo que vecinos del lugar se quejaron.

El pastor Juwle Nagbe dijo que estaba molesto porque se estaban haciendo que su esposa parezca una mala persona y exhortó a los funcionarios a tratarla con respeto.

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http://www.entrecristianos.com/actualidad/en-usa-mujer-es-multada-por-orar-en-la-via-publica

La Oración de Pedro.


La Oración de Pedro.

Un sermón predicado la noche del Jueves 10 de Junio, 1869
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.
Y publicado el Jueves 21 de Mayo, 1914.

  • “Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” (Luc. 5: 8)

Los discípulos habían estado pescando toda la noche. Pero ya habían dejado de pescar; habían descendido de sus barcas, y estaban remendando sus redes. Un extraño se acerca. Probablemente lo habían visto antes, y recordaban lo suficiente de Él como para sentir respeto. Aunado a eso, el tono de voz con que les habló, y Su porte, de inmediato subyugaron su corazón. Él pidió prestada la barca de Simón Pedro y predicó un sermón a una multitud atenta. Cuando terminó de hablar, como para demostrar que no pediría prestada la barca sin darles su pago, les ordenó que bogaran mar adentro y echaran otra vez las redes. Así lo hicieron, y, en vez de llevarse una decepción, de inmediato encerraron una gran cantidad de peces, tantos, que las barcas no podían contenerlos. La red no era lo suficientemente fuerte y comenzó a romperse.

Sorprendido por este extraño milagro, y probablemente sobrecogido por la figura majestuosa de ese Personaje sin par que lo había realizado, Simón Pedro se consideró sumamente indigno de estar en tal compañía, y cayó de rodillas suplicando esta extraña oración: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Por tanto deseo que, en primer lugar, oigamos:

I. LA ORACIÓN SEGÚN LA PEOR INTERPRETACIÓN QUE PODAMOS DARLE.

Es siempre incorrecto dar la peor interpretación a las palabras de alguien, y por tanto no pretendemos hacerlo, excepto a manera de licencia. Únicamente por unos momentos, vamos considerar lo que podría llegar a pensarse de estas palabras. Cristo, por supuesto, no interpretó a Pedro de esta manera. Él entendió el mejor sentido a la frase. Pero si algún criticón hubiese estado allí, le habría dado una incorrecta interpretación a esta petición: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.”

Los impíos oran virtualmente con este tipo de oración. Cuando el Evangelio llega a ciertas personas y perturba sus conciencias, dicen: “sigue tu camino por hoy; cuando haya una ocasión más conveniente, te buscaré.” Cuando algún predicador problemático les habla de sus pecados, cuando pone una verdad quemante en sus conciencias, y los sacude de tal manera que no pueden dormir ni descansar, se enojan mucho con ese predicador y con la verdad que él tenía la obligación de predicarles. Y si ellos no le piden que se aparte de su camino, son ellos los que se apartan, lo que equivale a lo mismo, y el espíritu es: “no queremos abandonar nuestro pecado; no podemos desprendernos de nuestros prejuicios, de nuestras más queridas concupiscencias y tener que partir, alejándonos de nuestras costas; déjennos en paz; ¿qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” Pedro no quería decir nada parecido, pero puede que haya algunas personas aquí presentes que sí quieran decir algo semejante, y que cuando evitan el Evangelio, y no le prestan atención, y lo desprecian y lo odian, si sumamos todo eso, virtualmente están diciendo: “Apártate de nosotros, oh Cristo.”

¡Ay!, me temo que hay algunos cristianos que de hecho (no diré que intencionalmente) realmente dicen esta oración. Por ejemplo, si un creyente en Cristo se expone a la tentación; si busca el placer que se mezcla con el pecado; si abandona las reuniones de los santos y encuentra consuelo en la sinagoga de Satán; si su vida es inconsistente en la práctica y también se vuelve inconsistente en virtud de su descuido de los deberes santos, de las ordenanzas, de la oración privada, de la lectura de la Palabra, y de cosas semejantes, ¿acaso ese cristiano no estaría diciendo: “Apártate de mí, Señor”? El Espíritu Santo mora en nuestros corazones y gozamos de Su presencia consciente, si somos obedientes a Sus amonestaciones. Pero si caminamos en dirección opuesta a Él, Él caminará en dirección opuesta a nosotros, y muy pronto tendremos que decir:

“¿Dónde está la bienaventuranza que conocí
Cuando vi por primera vez al Señor?”

¿Por qué retira el Espíritu Santo el sentido de Su presencia? ¿Acaso no es porque nosotros le pedimos que se vaya? Nuestros pecados Le piden que Se vaya; nuestras Biblias no leídas le piden a grandes voces, por decirlo así, que Se vaya. Tratamos al sagrado Huésped como si estuviéramos cansados de Él, y Él percibe esta insinuación y esconde Su faz, y luego nos afligimos y comenzamos a buscarlo de nuevo. Pedro no hace eso, pero nosotros sí. ¡Ay!, cuán a menudo debemos decir: “¡oh, Santo Espíritu, perdónanos por haberte vejado de tal manera, por haber resistido Tus advertencias, por haber apagado Tus dictados, y por haberte contristado! Regresa a nosotros, y habita con nosotros para siempre.”

Esta oración en su peor interpretación es ofrecida, en la práctica, por algunas iglesias cristianas. Yo creo que cualquier iglesia cristiana que se vuelva desunida, de tal forma que sus miembros no tengan un verdadero amor los unos por los otros, repite esa horrible súplica por esa misma falta de unidad. Es equivalente a que esa iglesia diga: “Apártate de nosotros, Espíritu de unidad! Tú únicamente habitas donde hay amor: nosotros quebrantamos Tu reposo: apártate de nosotros!” El Espíritu Santo se deleita en morar con un pueblo que es obediente a Su enseñanza, pero hay iglesias que no quieren aprender: rehúsan cumplir la voluntad del Señor, o aceptar la Palabra del Señor. Tienen otras normas, algún libro de hombres, y en las excelencias de la composición humana olvidan las glorias de la composición divina. Ahora, yo creo que allí donde cualquier libro, cualquiera que sea, sea puesto por encima o al lado de la Biblia, o donde cualquier credo o catecismo, independientemente de cuán excelentes sean, sean puestos a la par de esa perfecta Palabra de Dios, cualquier iglesia que haga eso, de hecho, está diciendo: “Apártate de nosotros, Señor.” Y cuando se trata de un error doctrinal real, particularmente de esos errores dolorosos de los que escuchamos hoy día, tal como la regeneración bautismal, y las doctrinas afines a ella, por decirlo así, es una terrible imprecación que pareciera decir: “¡Vete de nosotros, oh Evangelio! ¡Vete de nosotros, oh Espíritu Santo! Danos señales y símbolos, y eso basta; pero apártate de nosotros, oh Señor; estamos contentos sin ti.”

En cuanto a nosotros, nosotros como iglesia, podemos decir en la práctica esta oración. Si casi nadie asiste a nuestras reuniones de oración; si las oraciones en esas reuniones son frías y están muertas; si el celo de nuestros miembros se extingue; si no hay preocupación por las almas; si nuestros niños crecen sin el debido entrenamiento en el temor de Dios; si la evangelización de esta gran ciudad fuese entregada a otro grupo de obreros y nosotros nos quedáramos impasibles; si nos tornáramos fríos, poco generosos, indiferentes, apáticos; ¿qué peor cosa podríamos hacer en contra nuestra? ¿Cómo podríamos hacer esta terrible oración con mayor fuerza: “Apártate de nosotros: somos indignos de Tu presencia: vete, buen Señor? Que la palabra ‘Icabod’ sea escrita sobre nuestra paredes; queremos quedarnos con todas las maldiciones de Gerizim resonando en nuestros oídos.”

Digo, entonces, que la oración pudiera entenderse en este peor sentido. No tenía ese sentido: nuestro Señor no lo entendió así: nosotros tampoco debemos entenderla así en lo relativo a Pedro; pero cuidémonos, ¡oh!, cuidémonos de no ofrecerla así, nosotros mismos, en la práctica.

Pero ahora, a continuación, vamos a esforzarnos por tomar la oración tal como brotó de los labios y del corazón de Pedro:

II. UNA ORACIÓN QUE PODRÍAMOS JUSTIFICAR, Y CASI RECOMENDAR.

¿Por qué dijo Pedro: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”? Hay tres razones. Primero, porque era un hombre; segundo, porque era un hombre pecador; y además, porque lo sabía, y se volvió un hombre humilde.

Así, entonces, el primer motivo de esta oración es que Pedro sabía que era un hombre, y por tanto, siendo un hombre, se sentía asombrado en presencia de alguien como Cristo. La primera visión de Dios ¡cuán asombrosa es para cualquier espíritu, aunque sea puro! Yo supongo que Dios nunca Se reveló completamente, no se podría haber revelado completamente a ninguna criatura, independientemente de cuán elevada fuera su capacidad. El Infinito deja anonadado a lo finito.

Ahora, allí estaba Pedro, contemplando por primera vez en su vida, de una manera espiritual, el sumo esplendor y gloria del poder divino de Cristo. Miró esos peces, y de inmediato recordó la noche de trabajo agotador en la que ningún pez recompensó su paciencia, y ahora los veía en grandes cantidades en la barca, y todo como resultado de este hombre extraño que estaba sentado allí, después de haber terminado de predicar un sermón todavía más extraño, que condujo a Pedro a considerar que nadie antes había hablado así. No sabía cómo ocurrió, pero se sintió avergonzado; temblaba y estaba asombrado ante esa presencia. No me sorprende, pues leemos que Rebeca, al ver a Isaac, descendió de su camello y cubrió su rostro con un velo; y leemos que Abigail, al encontrarse con David, se bajó prontamente del asno y se postró sobre su rostro, diciendo: “¡Señor mío, David!”; y encontramos a Mefi-boset depreciándose en la presencia del rey David, llamándose a sí mismo un perro muerto; no me sorprende que Pedro, en la presencia del Cristo perfecto, se abatiera hasta volverse nada, y en su primer asombro ante su propia nada y la grandeza de Cristo, casi no supiera qué decir, como alguien aturdido y deslumbrado por la luz, perturbado a medias, e incapaz de reunir sus pensamientos y ponerlos en un determinado orden. El mismísimo primer impulso fue como cuando la luz del sol golpea el ojo, y es una llamarada que amenaza con cegarnos. “¡Oh!, Cristo, soy un hombre; ¿cómo podré soportar la presencia del Dios que gobierna a los mismos peces del mar, y obra milagros como éste?”

Su siguiente motivo fue, ya lo he dicho, porque era un hombre pecador, y hay en ello algo de alarma mezclada con asombro. Como hombre se quedó pasmado ante el resplandor de la Deidad de Cristo; como pecador se quedó alarmado ante Su deslumbrante santidad. No dudo que en el sermón que Cristo predicó, había una denuncia tan clara del pecado, ajustando el juicio a cordel y a nivel la justicia, y tal declaración de santidad de Dios, que Pedro se sintió con el velo quitado, descubierto, con su corazón al desnudo: y ahora venía el remate. Quien había hecho esto podía también gobernar los peces del mar: debía, por tanto, ser Dios, y fue a Dios a Quien todos los defectos y males del corazón de Pedro habían sido revelados y por Quien fueron plenamente conocidos, y casi temiendo con un tipo de grito de alarma inarticulado, porque el criminal estaba en la presencia del Juez, y el hombre manchado en la presencia del Inmaculado, dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.”

Pero he comentado que hubo una tercera razón, es decir, que Pedro era un hombre humilde, como se desprende del dicho, porque se conocía a sí mismo, y confesó valientemente que era un hombre pecador. Ustedes saben que a veces ha habido personas en el mundo que súbitamente descubrieron que algún rey o príncipe se acercaba a su pequeña casucha, y la buena ama de casa, cuando el mismo rey era el que venía a su choza, sentía como si el lugar en sí era tan inconveniente para él, que aunque ella hiciera lo mejor posible para su majestad, y estuviera contenta en su alma porque él honraría su casa con su presencia, no podía evitar decir: “¡oh!, que su majestad hubiera ido a otra casa más digna, que hubiera ido a la casa del hombre importante que está un poco más adelante, pues yo soy indigna de que su majestad venga aquí.”

Así Pedro sintió como si Cristo se rebajara casi al venir a él, como si fuera algo demasiado bueno de parte de Cristo, demasiado grande, demasiado amable, demasiado condescendiente, y parece que quiso decir: “ve a un lugar más elevado, Señor; no te sientes en este lugar tan bajo, en mi pobre barca, en medio de estos pobres peces torpes; no te sientes aquí, pues Tú tienes el derecho de sentarte en el trono del cielo, en medio de los ángeles que cantarán Tus alabanzas día y noche; Señor, no Te quedes aquí; ve arriba; toma un mejor asiento, un lugar más elevado; siéntate entre seres más nobles, que sean más dignos de ser bendecidos con las sonrisas de Su Majestad.”

¿No creen ustedes que quiso decir eso? Si están de acuerdo, no solamente podemos disculpar su oración, sino inclusive alabarla, pues hemos sentido lo mismo. “¡Oh!” hemos dicho, “¿acaso habita Jesús con unos cuantos pobres hombres y mujeres que se han reunido para orar en Su nombre? ¡Oh!, ciertamente no es un lugar lo suficientemente bueno para Él; Él debe tener el mundo entero y a todos los hijos de los hombres cantando Sus alabanzas; Él debe tener el cielo, incluso el cielo de los cielos: que los querubines y serafines sean Sus siervos, y los arcángeles desaten el calzado de Su pies: que se eleve al trono más elevado de gloria, y que se siente allí, y que no lleve más la corona de espinas. Que no sea despreciado ni rechazado más. Que sea adorado y reverenciado por siempre y para siempre.” Pienso que hemos sentido eso, y, si es así, podemos entender lo que sintió Pedro, “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Ahora, hermanos y hermanas, hay momentos en los que estos sentimientos, si no pueden ser admirados en nosotros, son sin embargo disculpados por nuestro Señor, y tienen de todas formas algo en ellos, que Él mira con satisfacción. ¿Quieren que les mencione uno?

Algunas veces un hombre es llamado a una eminente posición de utilidad, y conforme el panorama se abre ante él, y ve lo que tendrá que hacer, y con qué honor el Señor se agrada en cubrirlo, es muy natural, y pienso que es casi espiritual, que se sobrecoja y diga: “¿quién soy yo para ser llamado a una obra como esta? Mi Señor, yo estoy dispuesto a servirte, pero ¡oh!, no soy digno.” Como Moisés, que estaba lo suficientemente contento de ser el siervo del Señor, y sin embargo dijo, y lo dijo de corazón: “Señor, soy tardo en el habla; soy hombre inmundo de labios, ¿cómo puedo hablar por Ti?” O, como Isaías, que se regocijó en decir: “Heme aquí, envíame a mí,” pero que sentía, “¡Ay de mí! Porque soy hombre incircunciso de labios; ¿cómo podré ir?” Pero no como Jonás, que no quería ir en lo absoluto, sino que a toda costa quería ir a Tarsis para escaparse de la obra en Nínive; sin embargo, tal vez también con un poco del sabor de la amargura de Jonás, pero principalmente con un sentido de nuestra propia indignidad para ser usados en un servicio tan grandioso, decimos: “Señor, no me pongas en eso; después de todo, puedo tropezar y deshonrarte; quiero servirte, pero para no ceder de ninguna manera bajo la presión, excusa a Tu siervo, y dale una asignación de servicio más humilde.” Ahora, yo digo que no debemos orar de esa manera, pero aun así, aunque hay algo indebido allí, hay un sedimento de bien que Cristo percibirá, en el hecho que vemos nuestra propia debilidad y nuestra propia incapacidad. Él no se enojará con nosotros, sino que, cribando el grano de la paja, aceptará la parte buena de nuestra oración, y perdonará la parte mala.

Además, a veces, queridos amigos, esta oración ha estado casi en nuestros labios en tiempos de intenso gozo. Algunos de ustedes entenderán lo que quiero decir: cuando el Señor se acerca a Sus siervos, y es como fuego consumidor, y nosotros somos como la zarza ardiendo con el sumo esplendor de Dios realizado en nuestras almas, muchos de los santos de Dios se han desmayado en tales ocasiones. Ustedes recuerdan que el señor Flavel nos relata que andando a caballo en un largo viaje a un lugar donde iba a predicar, tuvo tal sentido de la dulzura de Cristo y de la gloria de Dios, que no supo dónde estaba, y se quedó sentado en su cabalgadura durante dos horas, y el caballo sabiamente también se quedó quieto. Cuando volvió en sí, descubrió que había estado sangrando profusamente por el exceso de gozo, y al momento de lavarse la cara en el arroyo junto al camino, dijo estar convencido que sabía lo que era sentarse a las puertas del cielo, y que difícilmente podía decir que si hubiese atravesado las puertas que son perlas podría haber sido más feliz, pues el gozo era excesivo.

Voy a citar lo que he repetido muchas veces, las palabras del señor Welsh, un famoso teólogo escocés, que se encontraba bajo el influjo de uno de esos benditos delirios de luz celestial y comunión embelesada, cuando exclamó: “¡Espera, Señor! ¡Espera: es suficiente! ¡Recuerda que únicamente soy una vasija de barro, y si me das más, moriré!” Dios pone a veces Su vino nuevo en nuestras pobres botellas viejas, y entonces tenemos cierta tendencia a decir: “Apártate, Señor: no estamos listos todavía para Tu gloriosa presencia.” No se reduce a decir eso: no equivale a todas esas palabras, pero aun así, el espíritu está pronto, pero la carne es flaca, y la carne comienza a apartarse de la gloria porque aún no puede soportarla. Hay muchas cosas que Cristo nos diría, pero que no nos dice, porque todavía no podemos entenderlas.

Otro momento, en el que esto ha pasado por nuestra mente, sin que sea completamente correcto, o completamente pecaminoso (lo mismo que en las dos instancias anteriores), es cuando el pecador viene a Cristo, y ciertamente en alguna medida ha creído en Él, pero cuando al fin ese pecador percibe la grandeza de la misericordia divina, la riqueza del perdón celestial, la gloria de la herencia que es otorgada a los pecadores perdonados, entonces muchas almas respingan, diciendo: “es demasiado bueno para ser cierto; o si es cierto, no es cierto para mí.”

Yo recuerdo muy bien un arrebato sorprendente que tuve al respecto. Yo había creído en mi Señor, y había descansado en Él por algunos meses, y me regocijaba en Él, y un día, mientras me gozaba de la delicias de ser salvo, y me regocijaba en las doctrinas de la elección, la perseverancia final, y la eterna gloria, pasó por mi mente esta pregunta: “¿Y todo esto para ti, para un perro muerto como tú? ¿Cómo puede ser eso?” Y durante un tiempo fue una tentación tan fuerte, que no podía superarla. Era como decir espiritualmente: “Apártate de mí; soy un pecador demasiado grande para que estés en mi barca, demasiado indigno de tener tales bendiciones sin precio como esas que Tú me traes.” Ahora, yo digo que eso no es completamente erróneo, ni completamente correcto. Hay allí una combinación, y podemos disculparlo, y de alguna manera alabarlo, pero no enteramente. Hay otros momentos en los que el mismo sentimiento puede atravesar nuestro ser, pero no puedo detenerme a especificarlos. Puede haber ocurrido con algunos de ustedes aquí, y les pido que no se preocupen demasiado, ni que tampoco se excusen completamente, sino que continuemos con la siguiente enseñanza de esta oración:

III. UNA ORACIÓN QUE NECESITA ENMIENDAS Y CORRECCIONES.

Desde la perspectiva en que hemos estado viendo la oración, no era buena: ahora, veámosla de otra manera: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” ¿No sería mejor decir: “Acércate más a mí, Señor, porque soy hombre pecador?” Sería una oración más valiente y una oración más tierna al mismo tiempo: más sabia y no menos humilde, pues la humildad adopta muchas formas. “Yo soy hombre pecador,” allí hay humildad. “Acércate a mí,” allí hay fe que impide que la humildad degenere en incredulidad y desesperación. Hermanos, ese sería un buen argumento, pues vean: “Señor, puesto que soy un pecador, necesito ser purificado; únicamente Tu presencia puede purificar verdaderamente, pues Tú eres el Refinador, y Tú en efecto purificas a los hijos de Leví: únicamente Tu presencia puede limpiar, pues el aventador está en Tu mano, y únicamente Tú puedes limpiar Tu era. Tú eres como fuego de refinador, o como jabón de lavador: acércate a mí, entonces, Señor, pues soy hombre pecador, y no quiero ser ya más un pecador; ven, lávame de mi iniquidad para que pueda ser limpio, y que tu fuego santificador cubra por completo mi naturaleza, hasta que hayas quemado en mí todo lo que sea contrario a Tu mente y a Tu voluntad.”

¿Se atreverían a decir esa oración? No es natural decirla; si pueden, yo les diría: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre.” Carne y sangre pueden hacerte decir: “Apártate de mí”; es únicamente el Espíritu Santo el que, bajo un sentido de pecado, puede poner una atracción divina en ustedes hacia el fuego purificador, y puede hacerlos anhelar, por tanto, que Cristo Se acerque a ustedes.

Además, “Acércate a mí, Señor, puesto que soy un hombre, y siendo un hombre soy débil, y nada puede volverme fuerte sino Tu presencia. Soy un hombre tan débil que si Tú te apartas de mí, desfallezco, me caigo, me consumo, me muero; acércate a mí, entonces, oh Señor, para que por Tu fuerza, yo pueda ser animado y hecho apto para el servicio. Si Tú te apartas de mí, no puedo servirte de ninguna manera. ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Pueden darte gloria los que están sin vida? Acércate a mí, entonces, Dios mío, aunque soy tan débil, y como un tierno padre que alimenta a su niño, y como el pastor que lleva sus ovejas, así acércate a mí.”

¿No creen que pudo haber dicho: “Acércate a mí, Señor, y mora conmigo, porque soy hombre pecador,” al recordar cómo había fracasado cuando Cristo no estaba cerca? Toda la noche había echado la red en el mar, entre muchos intentos y chapoteos, y la había recogido con ávidas miradas, revisándola a la luz de la luna, pero no había nada allí que recompensara su esfuerzo. La red fue echada de nuevo, y ahora que Cristo había venido, y que la red estaba llena a reventar, ¿no habría sido una oración adecuada: “Señor, acércate a mí, y concédeme que cada vez que trabaje, pueda tener éxito. Y si voy a ser pescador de hombres, acércate aún más a mí, para que cada vez que predique Tu Palabra, pueda llevar almas a Tu red, y a Tu iglesia, para que sean salvadas”?

Lo que quiero extraer del texto (y lo haría mejor si continuara aislando estos diferentes pensamientos) es esto: que es bueno que el sentido de nuestra indignidad nos conduzca, no a alejarnos de Dios, en una desesperación incrédula y petulante, sino a acercarnos más a Dios. Ahora, supongamos que soy un gran pecador. Pues entonces debo acercarme más a Dios por esa misma razón, pues hay una gran salvación provista para grandes pecadores. Yo soy muy débil e incapaz de llevar a cabo el gran servicio que Él me ha impuesto; no debo, entonces, rehuir el servicio ni rehuir a mi Dios, sino debo considerar que entre más débil sea, más espacio hay para que Dios reciba la gloria. Si yo fuese fuerte, entonces Dios no me usaría, porque mi fortaleza recibiría la alabanza por ello; pero mi incapacidad y mi falta de habilidad, y todo lo que lamento en mí en la obra de mi Señor, abren el espacio a codazos para que venga la omnipotencia y haga su obra.

¿No sería algo muy bueno si todos pudiésemos decir: “no me glorío en mis talentos, ni en mis conocimientos, ni en mi fuerza, sino que me glorío en mi debilidad, porque el poder de Dios descansa verdaderamente en mí? Los hombres no podrían decir: “ese es un hombre preparado, y gana almas porque es preparado.” No podrían decir: “ese es un hombre cuyas facultades de razonamiento son muy poderosas, y cuya fuerza de argumentación es muy clara, y gana pecadores convenciéndolos”; no, dirían más bien: “¿Cuál es la razón de su éxito? Nosotros no podemos descubrirla; no vemos en él nada diferente a los demás hombres, o tal vez vemos tan sólo la diferencia que él posee menos dones que los demás.” Entonces gloria sea dada a Dios; Él recibe la alabanza clara y precisamente, y Su cabeza es la que merece llevar la corona.

Vean, entonces, cuál es mi propósito con ustedes, amados hermanos y hermanas. Es este: no rehuyan la obra del Señor, ninguno de ustedes, sólo porque se sientan incapaces. Por esa misma razón, hagan más bien el doble. No abandonen la oración porque sientan que no pueden orar, sino que oren el doble, pues necesitan más oración, y en vez de estar menos con Dios, estén más tiempo con Él. No permitan que ningún sentido de indignidad los aparte. Un niño no debe huir de su madre en la noche porque necesite un baño. Sus hijos no se mantienen alejados de ustedes porque tengan hambre, o porque tengan sus ropas rotas, sino que se acercan a ustedes precisamente por esas necesidades. Ellos vienen porque son sus hijos, pero vienen más frecuentemente porque son hijos necesitados, porque son hijos afligidos.

Que cada necesidad, cada dolor, cada debilidad, cada tristeza, cada pecado los conduzcan a Dios. No digan: “Apártate de mí.” Es algo natural que lo digan, y no algo que deba ser condenado por entero, pero es algo glorioso, es algo que honra a Dios, es algo sabio, decir, al contrario: “Ven a mí, Señor; acércate a mí, porque soy hombre pecador, y sin Tu presencia estoy totalmente arruinado.”

No diré nada más, pero anhelo que el Espíritu Santo lo diga a algunas personas presentes en esta casa, que desde hace tiempo han sido invitadas a venir y poner su confianza en Jesús, pero que siempre han argumentado como razón para no venir, que son demasiado culpables o que están demasiado endurecidos, o demasiado algo o demasiado lo otro. ¡Es extraño que cuando un hombre encuentra una razón para venir, otro encuentra una razón para permanecer alejado! David oraba en los Salmos, “Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande.” “Extraño argumento,” dirán. Es grandioso. “Señor, aquí hay gran pecado, y es algo ahora que amerita que un grandioso Dios lo trate. Aquí hay un pecado del tamaño de una montaña; Señor, otorga gracia omnipotente para quitarlo. Señor, aquí hay un pecado de la altura de un pico de los Alpes; que el diluvio de Tu gracia, como el diluvio de Noé, suba veinte metros por encima de él. Yo soy el primero de los pecadores; aquí hay lugar para el primero de los Salvadores.” ¡Cuán extraño es que algunos hombres conviertan esto en razón para detenerse lejos! Este cruel pecado de incredulidad es cruel para ustedes mismos; han desechado el consuelo que podrían disfrutar. Es cruel para Cristo, pues no hay dolor que lo haya herido más que ese pensamiento duro, poco generoso, que Él no está dispuesto a venir.

Crean, crean que nunca está más contento que cuando tiene abrazado a Su Efraín contra Su pecho, como cuando dice: “Tus muchos pecados te son perdonados.” Confía en Él. Si pudieras verlo, no podrías evitar confiar en Él. Si pudieras ver ese amado rostro, y esos ojos que una vez estuvieron enrojecidos por el llanto a causa de los pecadores que lo rechazaron, dirían: “he aquí, venimos a Ti; Tú tienes palabras de vida eterna; acéptanos, porque sólo en Ti nos apoyamos; nuestro pensamiento en Ti persevera, porque en Ti ha confiado.”

Y una vez hecho eso, descubrirán que descenderá a ustedes como la lluvia sobre la hierba cortada, como el rocío que destila sobre la tierra, y por medio de Él, sus almas reverdecerán; sus cilicios les serán quitados, y serán ceñidos con alegría, y se alegrarán eternamente en Él. Que el Señor mismo los lleve a esto. Amén.

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http://www.spurgeon.com.mx/sermon3407.html

La practica de la Oración, ha sido un factor de cambio para la policía en Brasil durante el año 2010.


La practica de la Oración, ha sido un factor de cambio para la policía en Brasil durante el año 2010.

By Stan Jeter
CBN News Senior Poducer
Wednesday, July 21, 2010

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La violencia y la impunidad se estaban saliendo de control en la ciudad más grande de Suramérica: Sao Paulo, Brasil. Entonces, un grupo de policías pidieron a Dios que interviniera y lo que ocurrió después fue una verdadera transformación integral.

En 1997, varias escenas de violencia policial en Sao Paulo, fueron difundidas en la televisión brasileña creando furor público.

El Capitán Alexander Terra, de la Policía Militar explica que la sociedad manifestaba que la fuerza policial necesitaba cambiar, que no podía seguir así.

La policía en esta ciudad de más de 22 millones de habitantes se había descontrolado y los problemas de crimen, corrupción y pobreza seguían en aumento.

“Me acuerdo que el Mayor Terra y yo a menudo salíamos del trabajo, y ya que trabajamos en el centro, nos dolía ver a gente durmiendo en el suelo. Los que no tenían hogar. Fue entonces que pactamos diciendo: ‘apartemos un tiempo todas las semanas y demos prioridad a orar juntos’” agrega el Teniente Joel Rocha.

Policías que oran

Rocha y Terra comenzaron a orar. Al mismo tiempo Terra lanzó un programa de policías comunitarios para acercarse al público. También se esforzó por cambiar la mala actitud de los oficiales.

“Un policía militar que trabaja con paz en su corazón producirá paz en su comunidad”, añade el capellán policial, Robson Melchior.

Terra pidió ayuda de la Asociación de Policías Cristianos, un grupo de apoyo mutuo que ahora cuenta con 1.500 miembros. A medida que los policías cristianos oraron por sus compañeros y sus comunidades, comenzaron a ganar la guerra contra el crimen.

“Hemos podido bajar la tasa de asesinatos en esta región en 60%”, comenta el Coronel Osvaldo Sorge.

Por su parte el Coronel Joviano Lima, agrega que, “con solo un arresto decomisamos 520 kilos de marihuana, más armas y municiones de guerra. Detuvimos más de 30 personas en la operación. Los resultados fueron extraordinarios.”

Más oración, menos crímenes

Estos logros llamaron la atención del investigador social George Otis, quien se reunió con los oficiales.

“…Para lo que resultó ser un largo resumen, al estilo militar, de lo que Dios había hecho en la ciudad en los últimos cuatro o cinco años. Este comandante me dio un fuerte abrazo brasileño, con lágrimas en la cara, y dijo, ‘ahora quiero que salgas a la ciudad y que filmes esta historia para mostrarla al mundo”, comenta Otis.

El aceptó el desafío, comenzando en uno de los barrios más peligrosos de Sao Paulo.

Para el Coronel Sorge, ésta fue un área crítica, donde los criminales operaban con impunidad. Un área de homicidios y de masacres.

”Nos asustábamos más cada día. Nuestras familias se encerraron en sus casas, temerosos aún de enviar a sus hijos a la escuela”, agrega Marco Da Silva Pas.

Apoyo de la comunidad y de la iglesia

La situación se había deteriorado tanto que la policía llamó a los pastores locales y les dijo que la iglesia había fracasado en su tarea. Eso resultó en arrepentimiento, oración, y una nueva era de cooperación. Entonces, tanto el vecindario como el cuerpo policial, comenzaron a cambiar.

“Hoy estamos cosechando los resultados, muy importantes, que incluyen la transformación de esta unidad, del caos que antes prevalecía aquí”, declara el Coronel Sorge.

“La comunidad está comenzando a querer más contacto con la policía. Y esto se ha demostrado en el aumento de la seguridad y una reducción de la violencia”, añade Marco Da Silva Pas.

Animados por las oraciones contestadas, los oficiales cristianos se juntaron con pastores para visitar a las familias en crisis.

Una de las personas visitadas por los policías es Lucía Da Silva Vera.

“Sus vidas han sido cambiadas. El Señor ha restaurado matrimonios. El Señor ha liberado a sus hijos de las drogas, del pecado. El realmente ha intervenido” comenta Lucía.

Cambios visibles en Sao Paulo

Al ver los resultados, las academias policiales de Sao Paulo iniciaron cursos de principios bíbilicos, y cómo trabajar con la iglesia local para cambiar comunidades enteras.

El éxito de Sao Paulo interesó a comandantes policiales de otras partes de Brasil.

A esto, Otis comenta: “Hay mucha hambre, hay apetito, entre las autoridades policiales de escuchar de este “Factor Divino. El “factor divino” que usa policías cristianos para transformar Sao Paulo.”

“Ahora entiendo que las cosas que Dios quiere hacer aquí las quiere hacer a través de los hombres, y yo soy uno de ellos”, manifiesta el Teniente Rocha.

“Yo creo que Dios cambia la historia. Dios cambia a la gente. Dios transforma los corazones. Yo lo creo porque Dios cambió la historia mía”, dice el Coronel Sorg

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https://www.cbn.com/mundocristiano/elmundo/2010/July/Sao-Paulo-Policia-brasilena-ora-antes-de-cada-mision/?Print=true

La iglesia y la oración


La Iglesia y la oración

Autor: Paulo Arieu

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Un tema importante y actual, es que como fruto de la apostasía, la práctica de la oración se debilita en muchas Iglesias. La Iglesia no debe abandonar la oración y la confianza en el poder del Espíritu Santo. Si esto hiciese, sería como cometer suicidio espiritual. El reformador Juan Calvino en el Libro tercero, capítulo XX habló de la importancia fundamental de la oración:

“Muy fuera, pues, de camino van aquellos que a fin de alejar a los hombres de la oración objetan que la divina providencia esta alerta para conservar todo cuanto ha creado, y que, por tanto, es superfluo andar insistiendo con nuestras peticiones e importunidades; ya que el Señor por el contrario afirma: “Cercano está Jehová a todos los que le invocan” (cf. Sal. 145, 18). Cuán importante es la oración, mas cuán difícil disciplina, lo es también! Hay muchos cristianos que abandonan la oración porque no saben cómo pedir (cf.Ro.8:26; Stgo. 4:3).

Edwin H. Palmer (1922-80), durante cuatro años fue profesor en el Westminster Theological Seminary (1960-64). El era un calvinista convencido, y entendía que las doctrinas de la gracia reformadas habían llevado a un redescubrimiento del “Dios olvidado”, el Espíritu Santo. Por esta razón él afirmó que

“La Iglesia de la Reforma fue la que dio gran impulso al estudio del Espíritu. Sobre todo el redescubrimiento, por parte de Calvino, de la doctrina bíblica de la gracia soberana, que requirió un gran énfasis en la doctrina del Espíritu Santo”[1]

Esto mismo, lo confirma como verdad Philip Schaff (1819-1893), un respetado teólogo protestante e historiador de la Iglesia Cristiana, quien escribió que los reformadores protestantes rechazaron la sabiduría del Medioevo y siguiendo las pisadas de Lutero, Calvino, Knox y otros más, predicaron con autoridad las Escrituras, “y revivieron el espíritu del Cristianismo Apostólico. Ellos fueron encendidos por el entusiasmo por el evangelio, y como tal algo que nunca se vio desde los días de Pablo” (Schaff, History of the Christian Church, Vol. VII, 17). Schaff, también cita que ellos,

“bajo un sentido controlador de la depravación humana y de gracia salvadora, … llegaron a la misma doctrina de la predestinación el cual decide el destino eterno de los hombres”.

Pienso que hay líderes que pierden claros objetivos de vista. Otros se conforman con tener trabajo dentro de la tradición eclesiástica. No tienen interés en renovar las estructuras clericales porque a ellos les quedan cómodos. Recuerdo una frase de Lord Kelvin en 1900, porque es bastante famosa; el dijo que ya no quedaba nada por ser descubierto en el campo de la física actualmente. Todo lo que falta son medidas más y más precisas. Pero tan solo cinco años después de esta aseveración, Albert Einstein publicó su trabajo relatividad especial que fijó un sencillo conjunto de reglas superando a la mecánica de Newton, que había sido utilizada para describir la fuerza y el movimiento por más de doscientos años. Lo mismo pasa en el cristianismo.

Muchos de los paradigmas eclesiológicos de nuestros días, podrían ser modificados, sin que por esto se altere el fundamento esencial de la fe y la moral cristiana. De no entenderse esto, puede significar el quedar atrapados en una iglesia tipo secta, como le pasa a algunos grupos menonitas (Amish),  que se niegan a aceptar la modernidad en sus comunidades de fe. Pero la Iglesia de hoy, se ha alejado de la presencia de Dios, pues amó más este mundo que a Cristo.

Es tal como escribió Pablo que en su época había sucedido “pues Demás me ha abandonado, habiendo amado este mundo presente, y se ha ido a Tesalónica” (2 Tim. 4:10 BA; cf. 2 Tim 2:2-11). La apostasía de Demas, fue muy fuerte. Sucedió al igual que como lo denunció de manera tan tremenda el célebre apologista cristiano A.W. Tozer,

“si todo esto suena extraño a los oídos modernos, sólo se debe a que durante medio siglo hemos dado a Dios por sentado. La gloria de Dios no le ha sido revelada a esta generación de hombres. El Dios del cristianismo contemporáneo es sólo ligeramente superior a los dioses de Grecia y de Roma, si no resulta inferior a ellos, en el hecho de que Él es débil e indefenso, mientras que ellos por lo menos tenían poder” [4]

Sin duda, palabras muy tremendas fueron las de A.W. Tozer, sus expresiones suenan aún en dia como muy fuertes! Pero aún así, muchos, han preferido la formula hedonista del mundo, solo porque es más divertida. Lamentablemente, muchos creyentes son, como dijo Judas, hermano de Cristo, “nubes sin agua” (Jud. 1:2 RV 1960).

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Sucede que los paradigmas, incluyendo a los religiosos, no son permanentes. Pero, cuando una persona comienza a atacar a un paradigma dominante, deberá esperar que los lideres dominantes, lo vean con cierta sospecha, ya que estos suelen operar desde un modelo ya establecido y aceptado (“Status Quo”). Luego que comienzan a observarse a esos viejos paradigmas establecidos, que han dejado de dar frutos de honra a Dios, es momento para que en la Iglesia se comience a analizar el futuro, mediante una “lluvia de ideas renovadoras”.

Es un momento muy importante para que las iglesias, dirigidas por el Espíritu Santo, generen nuevas alternativas. Y también es posible intentar generar un espacio intencional para que el Espíritu hable a la Iglesia, como fruto de la reflexión bíblica y del análisis del contexto actual. También hay que exhortar a los creyentes que no están firmes en las cosas de Dios, que ya no asisten a las reuniones, a que se puedan arrepentir. Porque si no, lamentablemente, no heredarán el reino de Dios. Salvo, que se arrepientan de su liviandad moral. Cada persona es responsable de su crecimiento personal. Algunos serán como gigantes heroes de la fe. Pero habrfa otros, que quizás se conformen con ser enanos, como decía Von Kotzebue.

August Friedrich Ferdinand von Kotzebue (1761 – 1819), fue un dramaturgo alemán, sobrino del escritor Johann Karl August Musäus y padre del almirante y explorador Otto von Kotzebue. El dijo una vez, que “cada persona forja su propia grandeza. Los enanos permanecerán enanos aunque se suban a los Alpes”[2]. Esta es otra manera de decir que cada persona es responsable de su crecimiento personal. El que no se preocupa por crecer, seguirá siendo un enano en lo espiritual. Pero lamentablemente, muchos no tienen interés en construir un sacerdocio santo y agradable al Señor. Que testimonio diferente es el que nos legó el apóstol Pablo.

Charles Spurgeon, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington dijo de Pablo, que “El evangelio de Cristo había saturado su alma como el rocío saturó el vellón de Gedeón. Él no podía pensar en nada más ni hablar de nada más, sino de la gloria de Cristo crucificado“[3]. Pero qué raro que es el mensaje que dan las Iglesias apóstatas. Obviamente, una Iglesia de esa clase, solo espera que un día Dios la vomite (Ap. 3:14-22).

Yo quisiera preguntarle a ud, en que cosas piensa de continuo? Como es su vida de oración? Le dedica al menos un tiempo diario para hablar de sus problemas personales con Dios? Se congrega periódicamente?

Dependiendo de estas respuestas, así será su vida espiritual.

Referencias bibliográficas

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[1] Edwin H.Palmer, El Espiritu Santo Edicion Revisada. Editorial El Estandarte de la Verdad. Barcelona,España. Recuperado de http://www.iglesiareformada.com/Palmer_espiritu_santo.pdf

[2] Von Kotzebue.Recuperado de http://www.sabidurias.com/cita/es/43271/august-von-kotzebue/cada-persona-forja-su-propia-grandeza-los-enanos-permaneceran-enanos-aunque-se-suban-a-los-alpes

[3] El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano. El Evangelio de la Gloria de Cristo. Sermón NO. 2077. Predicado el Domingo 31 de Marzo de 1889 , 03-31-1889. Recuperado de http://www.spurgeon.com.mx/sermon2077.html

[4] A.W. Tozer, El conocimiento del Dios Santo.Pagina 14. Ed. Vida.Recuperado de http://cebei.files.wordpress.com/2012/01/157-a-w-tozer-el-conocimiento-del.pdf