Jonathan Pollard y Estados Unidos


Jonathan Pollard y Estados Unidos

Pollard debería haber sido liberado hace muchos años, ya que la discriminación e injusticia van en contra de los valores de Estados Unidos.

por David Suissa

Estados Unidos está muy lejos de ser un país antisemita. De hecho, puede que sea el primer país de la historia en el cual es genial ser judío. Esa es una de las razones de por qué he sido reacio a lo largo de los años a tomar posición en el caso de Jonathan Pollard; estoy tan enamorado de este país y de todo lo que ha hecho por los judíos que lo último que quiero es parecer malagradecido o, lo que es peor, desleal.

Habiendo dicho esto, sin embargo, después de un tiempo se vuelve cada vez más difícil ignorar lo que pareciera ser una discriminación descarada en contra de un hombre judío quien, en 1987, se declaró culpable de espiar para Israel. ¿De qué otra forma se puede explicar el duro trato que le ha dado el gobierno de Estados Unidos a Pollard?

De las miles de cosas que han sido dichas sobre este caso, hay un hecho en particular que, para mí, destaca por sobre el resto: El gobierno no cumplió el acuerdo que hizo con Pollard.

Este punto estuvo notoriamente ausente en un reciente artículo de opinión publicado en el periódico New York Times por M.E. Bowman, un oficial norteamericano que estuvo involucrado directamente en el caso de Pollard y que continúa defendiendo la sentencia a cadena perpetua de este.

Como respondió Alan Dershowitz en el sitio web del periódico: “M.E. Bowman olvidó decirle a sus lectores que cuando el Sr. Pollard comenzó con su declaración de culpabilidad, el gobierno de Estados Unidos manifestó solemnemente a la corte que una sentencia menor cadena perpetua satisfaría la necesidad de justicia”.

Nada de lo que Bowman escribe en su artículo explica o siquiera menciona esta injusticia.

“Esa manifestación solemne”, escribe Dershowitz, “fue el quid pro quo de la declaración de culpabilidad de Pollard. Que el Sr. Bowman, quien era un oficial del departamento de justicia en ese entonces, diga que Pollard debe servir la sentencia a cadena perpetua que fue impuesta sobre él por la corte a pesar de que el gobierno haya solicitado una sentencia que Pollard ya completó, viola tanto en letra como en espíritu lo ocurrido en aquella declaración de culpabilidad”.

Obviamente, basados en precedentes legales e históricos, hacía mucho sentido que los fiscales no buscaran una sentencia a cadena perpetua para Pollard.

Como documentó el historiador Gil Troy hace unos años, “los espías para otros aliados, como Arabia Saudita, Sudáfrica, Egipto y Filipinas, tuvieron sentencias de dos o cuatro años, con un máximo de diez años”.

Incluso dos traidores estadounidenses, quienes espiaron para el enemigo soviético durante la Guerra Fría, el Sargento Clayton Lonetree y el agente del FBI Richard Miller, fueron condenados a sentencias de nueve y trece años respectivamente.

La conocida historia sobre que el ex Secretario de Defensa, Caspar Weinberger, se la tenía jurada a Pollard y presionó para que le diesen una sentencia a cadena perpetua puede explicar la traición del gobierno, pero no puede justificarla.

Por lo tanto, dado que Pollard esta sirviendo actualmente su año número 29 tras las rejas, no es paranoico que Troy se pregunte: “La sentencia extrema contra Pollard —junto con el continuo rechazo a liberarlo— ha levantado sospechas sobre un antisemitismo oficial por parte de Estados Unidos y sobre si Pollard está sirviendo un castigo más duro por ser un judío norteamericano que espió para Israel”.

A pesar de toda esta evidencia de discriminación e injusticia, la parte principal de la comunidad judía ha sido por lo general reacia a ensuciar sus manos con el caso. No han defendido a Pollard para no ser acusados de dobles lealtades.

Pero lo que muchos en nuestra comunidad no hemos notado es que el caso de Pollard más que antisemitismo, es anti-Estados Unidos.

Pollard debería haber sido liberado hace muchos años, ya que la discriminación e injusticia van en contra de los valores de Estados Unidos.

Como escribió el juez Stephen Williams en una de las apelaciones fallidas por Pollard, el tratamiento que le ha dado el gobierno de Estados Unidos a Pollard es una “injusticia fundamental”.

El caso de Pollard ya no se trata sobre su crimen, sino sobre la violación de sus derechos.

No es ninguna coincidencia que algunos prominentes no judíos —como el ex Secretario de Estado, George Shulz, y el ex director de la CIA, James Woolsley, al igual que líderes políticos de todos los espectros—, hayan presionado por su liberación.

Ellos no han presionado porque Pollard sea un héroe. No lo es. Es un criminal. Pero en Estados Unidos, incluso los criminales tienen derechos, y esos derechos no pueden ser violados.

El caso de Pollard ya no se trata sobre su crimen, sino que se trata sobre la violación de sus derechos.

Los judíos deben tener suficiente fe en el sistema norteamericano para poder defender a Pollard sin temer que se les acuse de dobles lealtades.

Quienes están presionando por su liberación basados en la compasión —dado su deteriorado estado de salud— no le están haciendo ningún favor. Este caso no se trata de compasión; se trata de la justicia que se ha desbocado. Como escribe Troy, “la justicia, cuando es aplicada con demasiado celo, se vuelve injusta”.

Puedes odiar a Pollard por lo que hizo. Puedes odiarlo por hacerte sentir avergonzado. Puedes odiarlo por hacer que los judíos de Estados Unidos hayan parecido ser desleales a este fantástico país.

Pero si realmente quieres ser leal a Estados Unidos, no hay mejor forma que ser leal a los valores de Estados Unidos. ¿Y que valor es más grande y honorable que “justicia para todos”?

La grandeza misma de este país es que pone a los valores por sobre las personas. Los valores de justicia e imparcialidad por Jonathan Pollard son mucho más importantes que quién es él, incluso si piensas que es un judío que da vergüenza.

Este artículo apareció originalmente en el Jewish Journal.

Publicado: 28/1/2014

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Rey de los judíos


Rey de los judíos

Autor:Paulo Arieu

  • Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?” Pilato respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús contestó: “Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá”. Pilato le preguntó: “Entonces, ¿tú eres rey?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz”. (Jn 18:33-37)

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Según Marcos (15:1-15), Jesús es conducido ante Pilato, quien le pregunta si es el «rey de los judíos». Los sumos sacerdotes le acusan de «muchas cosas», de manera genérica, mientras Jesús guarda silencio (1-5). A continuación se narra el intento de Pilato por desbloquear la situación, liberando a Jesús y condenando a Barrabás; ante la presión del pueblo, que pide la crucifixión de Jesús, Pilato cede y lo envía a la cruz (6-15). Mateo (27:11-26) se inspira en Marcos, pero añade dos episodios carentes de fundamento histórico: el sueño de la mujer de Pilato (19) y su gesto teatral lavándose las manos y provocando la terrible automaldición del pueblo judío: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (24-25). Lucas (23:1-25) se distancia bastante de Marcos. Presenta a los sumos sacerdotes acusando a Jesús de diversos cargos concretos (vv. 2-5) y nos informa de una comparecencia de Jesús ante Herodes (6-12).

Juan, por su parte, ofrece un relato mas largo y elaborado (18:28-19:16).  Se trata de una construcción artificial en la que Pilato va pasando constantemente del «interior» del palacio, donde dialoga con Jesús, al «exterior», donde habla con «los judíos». Aunque ofrece detalles de interés para el historiador, su composición es una «lección de cristología» que Pilato recibe de Jesús.

Entre las múltiples acusaciones de que estaba siendo objeto Jesús, sólo una interesa a Pilato: la de ser “el rey de los judíos”. Cuando el sanedrín se presenta ante Pilato con Jesús, el procurador romano lo único que le preguntó fue si era el rey de los judíos. Todo apunta a que Pilato estaba esperando al predicador itinerante “sumamente peligroso” porque anunciaba un reino distinto del que él representaba y cuyo orden debía mantener (Mar. 15:2-5). El resto de las acusaciones se referían a cuestiones legales internas de tipo religioso. Esto a Pilato le tenía sin cuidado. Un “blasfemo” más no perturba el orden socio-político.

El título de “rey de los judíos” sonaba en los oídos del procurador romano a rebelión o levantamiento político. Tengamos en cuenta que no existía ya el rey de los judíos, sino los tetrarcas que, en nombre de Roma, gobernaban el país dividido en cuatro partes. (Pilato, además, no pudo haber formulado la acusación en los términos en que nos es presentada, de forma idéntica, por los cuatro evangelios. El la hubiese formulado, más o menos, así: ¿has afirmado que tú eres el rey de los judíos?).

No hay peor mentira que una verdad a medias. Si de la predicación de Jesús sobre el reino de Dios o el reino de los cielos quitamos las precisiones “de Dios” o “de los cielos”, ¿qué queda? Quedaba algo ante lo cual Pilato no podía permanecer impasible. ¿Un hombre predicando un reino dentro de la jurisdicción romana que él debía tutelar?

En esta línea apunta también “el careo” que tuvo Anás con Jesús después de ser arrestado (Jn. 18:13:19-24). Una vez detenido, Jesús fue llevado ante Anás, porque era suegro del sumo sacerdote, que era Caifás. La razón dada para llevar a Jesús ante Anás, ¿tiene alguna consistencia? ¿No habría que pensar, más bien, en otra razón de tipo político, en la que no quiere entrar el evangelista Juan? Estamos convencidos de que la verdadera causa de aquel “careo”, no proceso, era tener la oportunidad para deducir algún motivo que impactase a Pilato y le obligase a reaccionar. Le preguntó dos cosas: por su doctrina y por sus discípulos. Ya hemos visto cómo podía ser tergiversada su doctrina o predicación sobre el reino de Dios o de los cielos. En cuanto a sus discípulos había, al menos, un zelota, otros iban armados… Anás actúa en esta ocasión como el político de turno que se requiere en una negociación tan difícil como tenía que ser la que se estaba consensuando entre el Sanedrín y Roma.

La verosimilitud histórica de la acusación se halla confirmada por el título de la cruz, que contiene dicha acusación. No existe fundamento alguno para considerar dicho título como una invención de la comunidad cristiana. Nunca la utilizó como título cristológico. En todo caso, la comunidad cristiana hubiese hablado del “rey de Israel”, puesto que así se hacía referencia al pueblo elegido; nunca “rey de los judíos”, puesto que esta fórmula designaría una “nacionalidad” -equivaldría, por tanto, a una limitación en la realeza de Jesús y se excluiría el pensamiento de la “elección”-. Por otra parte, la comunidad cristiana primitiva ya había precisado el título de Mesías vinculándolo a la pasión-resurrección, proclamando como Señor al crucificado y resucitado.

La respuesta de Jesús nos orienta en la misma dirección: el “tú lo has dicho” es una circunlocución muy bien pensada para evitar la contestación afirmativa a Pilato, ya que, en ella, el título sería necesariamente entendido en sentido político y nacionalista.

Ante Pilato, Jesús identifica su dignidad real con la de testigo de la verdad. Para Jesús el ser testigo de la verdad consiste en dar a conocer el amor de Dios hacia los hombres y llevar a los hombres al reino temporal y eterno de Dios. Esa es la verdad real que testimonia Cristo Rey, y con Él todos sus verdaderos súbditos, discípulos, cristianos auténticos.

Jesús es el único Rey verdadero, principio, conductor y

“fin de la historia…, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (Gaudium et Spes 45).

Es Rey de todo lo creado visible e invisible, pues todo es obra suya. Es Rey de amor, de sufrimiento y de gloria. Rey de la vida y la verdad, de la justicia y la paz, del amor y la libertad, de la dignidad humana y la fraternidad universal… Rey crucificado y resucitado, presente y actuante en la historia de la humanidad y de cada persona humana.

Los reyes y gobernantes de este mundo se apoyan en los ejércitos, en las armas, en el dinero, en el poder, en la mentira, en la injusticia, en la represión, en la corrupción, en la esclavitud, en la violencia, en el odio. Y a menudo edifican el bienestar propio y el de sus pueblos ricos sobre la explotación y muerte de pueblos pobres. Y no pueden escuchar la palabra de Jesús ni comprender su poder fundado en el amor, en el servicio, en la cruz y en la resurrección. Eso para ellos equivale a fracaso total.

Por otra parte Jesús, Rey crucificado, desestima la lucha por el poder y las riquezas entre los hombres religiosos al amparo de la religión. El “INRI” (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) sobre la cabeza de Jesús es la mejor vacuna contra la ambición combinada de poder y riqueza; ambición que se filtra fácilmente en la Iglesia y en todo cristiano, como les sucedió ya a los primeros discípulos de Cristo.

Por perfecto o imperfecto que este fuera, no dudamos que hubo un proceso en el que el prefecto romano condena a Jesús a ser ejecutado en una cruz, acusándolo de la pretensión de presentarse como «rey de los judíos». Las fuentes ofrecen indicios suficientes y el texto de la condena colocado en la cruz lo confirma. El juicio tiene lugar probablemente en el palacio en el que reside Pilato cuando acude a Jerusalén. Es temprano. Siguiendo la costumbre de los magistrados romanos, el prefecto comienza a impartir justicia muy pronto, después del amanecer. Pilato ocupa su sede en la tribuna desde la que dicta sus sentencias.  Varios delincuentes esperan esa mañana el veredicto del representante del César.

Jesús comparece maniatado. Es uno más. Las autoridades del templo lo han traído hasta aquí. Cuando llega su hora, Pilato no se limita a ratificar el proceso o la investigación que ha podido llevar a cabo Caifás. No dicta un exequatur, «ejecútese». Busca su modo propio de plantear el caso. Aunque Jesús ha sido entregado como culpable por las autoridades judías, el prefecto desea asegurarse por sí mismo si este hombre ha de ser ejecutado. Es él quien impone la justicia del Imperio.

Pilato no actúa de forma arbitraria. Para juzgar un caso como el de Jesús en una provincia del Imperio como era Judea podía elegir entre dos procedimientos vigentes en aquellos momentos. Al parecer no actúa siguiendo la práctica de la coertio, que le da potestad absoluta para tomar, en un determinado momento, todas las medidas que juzgue necesarias para mantener el orden público, incluso la ejecución inmediata; se trataba, en realidad, de una actuación arbitraria legalizada.

Por lo que podemos saber, recurre más bien a la cognitio extra ordinem, que es la práctica seguida de ordinario en Judea por los gobernadores romanos: una forma expeditiva de administrar justicia, en la que no se siguen todos los pasos exigidos en los procesos ordinarios.

Basta atenerse a lo esencial: escuchar la acusación, interrogar al acusado, evaluar la culpabilidad y dictar sentencia. Al parecer, Pilato actúa con gran libertad y de manera muy  personal al desarrollar la cognitio.

Escucha a los delatores, da la palabra al acusado y, prescindiendo de más pruebas y pesquisas, centra la cuestión en lo que realmente tiene más interés para él: el posible peligro de agitación o insurrección que puede representar este hombre. Esta es la pregunta que se repite en todas las fuentes: «¿Eres tú el rey de los judíos?». ¿Es cierto que Jesús trata de erigirse como rey de esta provincia romana? Esta cuestión es nueva. No se había planteado con ese contenido político ante las autoridades del templo.

Desde la perspectiva del Imperio es la pregunta decisiva. Para Pilato, la intervención de Jesús en el templo y las discusiones que pueda haber sobre su condición de verdadero o falso profeta son, en principio, un asunto interno de los judíos. Como prefecto del Imperio, él está más atento a las repercusiones políticas que puede tener el caso. Este tipo de profetas que despiertan extrañas expectativas entre la gente pueden ser a la larga peligrosos. Por otra parte, los ataques al templo son siempre un asunto delicado.

Quien amenaza el sistema del templo está tratando de imponer algún nuevo poder. Las palabras de Jesús contra el templo y su reciente gesto de amenaza pueden socavar el poder sacerdotal, fiel en estos momentos a Roma y pieza clave en el mantenimiento del orden público.

La pregunta del prefecto significa un desplazamiento de la acusación. Si la inculpación se confirma, Jesús está perdido. El título «rey de los judíos » era peligroso. Habían sido los sacerdotes asmoneos los primeros en atribuirse este título, al proclamar la independencia del pueblo judío después de la rebelión de los Macabeos (143-63 a. e.). Más tarde fue Herodes el Grande (37-4 a.e.) quien fue llamado «rey de los judíos», porque así lo nombró el Senado romano. ¿Puede alguien pensar realmente que Jesús está intentando restablecer una monarquía como la de los asmoneos o la de Herodes el Grande? Aquel hombre no va armado.

No lidera un movimiento de insurrectos ni predica un levantamiento frontal contra Roma. Sin embargo, sus fantasías sobre el «imperio de Dios», su crítica a los poderosos, su firme defensa de los sectores más oprimidos y humillados del Imperio, su insistencia en un cambio radical de la situación, son  una rotunda desautorización del emperador romano, del prefecto y del sumo sacerdote designado por el prefecto: Dios no bendice aquel estado de cosas. Jesús no es inofensivo. Un rebelde contra Roma es siempre un rebelde, aunque su predicación hable de Dios. Lo que más solía preocupar a los gobernantes eran siempre las reacciones imprevisibles de las muchedumbres. También a Pilato. Era verdad que Jesús no tenía seguidores armados, pero su palabra atraía a las gentes.

Estos casos había que cortarlos de raíz, antes de que el conflicto adquiriera mayores proporciones. No era necesario detenerse en las motivaciones religiosas de estos visionarios. Lo sucedido aquellos días en una Jerusalén repleta de peregrinos judíos venidos de todo el Imperio, en el explosivo ambiente de las fiestas de Pascua, no augura nada bueno: Jesús se ha atrevido a desafiar públicamente el sistema del templo y, al parecer, algunos peregrinos andan aclamándolo en las calles de la ciudad.

Está en peligro el orden público: la pax romana. Pilato considera a Jesús lo suficientemente peligroso como para hacerlo desaparecer. Basta con ejecutarlo a él. Sus seguidores no forman un grupo de insurrectos, pero conviene que su ejecución sirva de escarmiento para quienes sueñan en desafiar al Imperio. La crucifixión pública de Jesús ante aquellas muchedumbres venidas de todas partes era el suplicio perfecto para aterrorizar a quienes podían albergar alguna tentación de levantarse contra Roma. Los expertos discuten si la sentencia se basa en el delito de perduellio, es decir, sedición o ataque grave contra Roma, o más bien en el de crimen laesae maiestatis populi romani, es decir, daño al prestigio del pueblo romano y de sus mandatarios. Poco importa,Jesús es ejecutado por peligroso. Su crucifixión no fue, pues, un lamentable error ni el resultado de un cúmulo desgraciado de circunstancias. El profeta del reino de Dios es ejecutado por el representante del Imperio romano por instigación e iniciativa de la aristocracia local del templo.

Unos y otros ven en Jesús un peligro. No actúan de manera especialmente monstruosa. Muchas veces se actúa así con quienes representan una amenaza para los intereses de los poderosos. Tiberio nombraba a sus prefectos para asegurar su «imperio» en todas las provincias sometidas a Roma. Pilato debe cumplir con su obligación suprimiendo de raíz todo altercado que pueda poner en peligro el orden público de Judea. Caifás y su consejo tienen que defender el templo e impedir la intromisión de «fanáticos» difíciles de controlar. Los soldados cumplen órdenes. Probablemente, parte de la población de Jerusalén, que no conocía demasiado a Jesús y cuya vida depende en buena parte del funcionamiento del templo y la llegada de peregrinos, se deja influir por sus dirigentes y se posiciona contra Jesús.

Los simpatizantes tienen miedo y se callan. Sus seguidores más cercanos huyen. El profeta del reino de Dios se queda solo. La razón de fondo está clara. El reino de Dios defendido por Jesús pone en cuestión al mismo tiempo todo aquel entramado de Roma y el sistema del templo. Las autoridades judías, fieles al Dios del templo, se ven obligadas a reaccionar: Jesús estorba. Invoca a Dios para defender la vida de los últimos. Caifás y los suyos lo invocan para defender los intereses del templo. Condenan a Jesús en nombre de su Dios, pero, al hacerlo, están condenando al Dios del reino, el único Dios vivo en el que cree Jesús. Lo mismo sucede con el Imperio de Roma. Jesús no ve en aquel sistema defendido por Pilato un mundo organizado según el corazón de Dios.

Él defiende a los más olvidados del Imperio; Pilato protege los intereses de Roma. El Dios de Jesús piensa en los últimos; los dioses del Imperio protegen la pax romana. No se puede, a la vez, ser amigo de Jesús y del César; no se puede servir al Dios del reino y a los dioses estatales de Roma. Las autoridades judías y el prefecto romano se movieron para asegurar el orden y la seguridad. Sin embargo no es solo una cuestión de política pragmática. En el fondo, Jesús es crucificado porque su actuación y su mensaje sacuden de raíz ese sistema organizado al servicio de los más poderosos del Imperio romano y de la religión del templo. Es Pilato quien pronuncia la sentencia: «Irás a la cruz». Pero esa pena de muerte está firmada por todos aquellos que, por razones diversas, se han resistido a su llamada a «entrar en el reino de Dios»

  • Mateo 27:37 . Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.
  • Marcos 15:26 . La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”.
  • Lucas 23:38 . Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.

INRI del Cristo de la Veracruz.

Estos tres evangelistas fueron más bien parcos a la hora de referir la inscripción que pusieron en la cruz de Jesús. Sin embargo, veremos que Juan nos informó sobre dicha inscripción, no solo de su contenido, sino por quién había sido redactada, los idiomas en los que había sido escrita, la reacción de rechazo que provocó en los judíos que la leyeron, sus encendidas quejas ante Pilatos, y la posterior negativa de éste a modificar su texto original. Y no penseis que este episodio que nos recuerda Juan carece de significación e importancia, porque la tiene y mucha.

  • Pilato redactó una inscripción que decía: “Jesús el Nazareno, rey de los judíos”, y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”. Pilato respondió: “Lo escrito, escrito está”. (Jn. 19:19-22)

El latín es un idioma cuya sola entonación conscita un mayor interés y respeto por parte de todos. El motivo de esta atracción que sentimos todos por el latín, también tiene su explicación (cómo no) en otra sentencia en latín: “Quid quid latine dictum sit, altum videtur” (cualquier cosa dicha en latín, suena más profunda). Las ciencias, el derecho, la filosofía, y todo el saber, usan el latín como lengua de apoyo debido a la claridad, rotundidad, y rapidez de conceptos que esta lengua ofrece.

“Quod escripsi, escripsi” (lo escrito, escrito está), tal fue la lacónica y tajante respuesta con la que Pilatos se quitó de encima a los judíos que le pedían que modificara la inscripción de la cruz. En el mundo antiguo la palabra escrita despertaba temores arcanos, los grandes maestros preferían la palabra a la escritura, el mismo Jesús fue un maestro oral que predicaba de viva voz su doctrina y que nunca dejó nada escrito por su mano (solo una vez escribió algo en la tierra con su dedo, pero nadie lo leyó, en el episodio de la mujer adúltera), aún sabiendo leer y escribir. Porque lo escrito perduraba de alguna forma en esos símbolos que son las letras, y los que leían podían interpretar de un modo u otro lo escrito. Así, lo escrito podía ser objeto de un mal uso o de una mala interpretación. Y por si fuera poco, para la casta sacerdotal judía lo escrito tenía una enorme importancia ligada a su propia tradición religiosa y a su teología.

INRI del Cristo de las Almas.

Cómo creeis, pues, que se pusieron los judíos sanedritas cuando leyeron en la cruz: “Este es el rey de los judíos”. Pues que les ocurriría tal y como nos lo cuenta Juan en su evangelio; lo primero que hicieron sería ir a ver a Pilatos para exigirle que quitase o cambiase inmediatamente la inscripción de la cruz. Los judíos, que siempre han tenido fama de ser un pueblo muy inteligente, verían con temor como aquellos caracteres escritos sobre la cruz podrían perdurar para siempre, y, de algún modo, acompañar el recuerdo de Aquel que ellos estaban crucificando por blasfemo, que podría pasar a la historia como “rey de los Judíos” por la mera decisión de un gobernador romano que, arbitrariamente, así decidió redactarlo.

  • En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:«¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó:«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». Pilato replicó:«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús le contestó:«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo:«Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le dijo:«Tú lo dices: soy rey».(Jn. 18:33)

Jesús no le dijo a Pilatos que Él era el rey de los judíos, sino que era rey de un reino que no era de este mundo. Pilatos impresionado por la personalidad de Jesús, pero temeroso de una revuelta judía, sabe que lo condena, poniendo su posible salvación en manos de sus propios enemigos, dándoles a elegir entre Él o Barrabás. Pero también, queriendo o sin querer, lo va a proclamar rey de los judíos, por escrito y en los tres idiomas más conocidos en la Judea del siglo I. Y encima hace oidos sordos a las quejas, para más inri de los sacerdotes judíos que ya se temían lo peor, que el título iba a servir para reconocer a Jesús por los siglos de los siglos.

Conclución

mi unico rey

El reino de Jesús no es monopolio de la Iglesia católica ni de las demás Iglesias. En él tienen cabida todos “los que adoran a Dios en espíritu y en verdad”, todas las personas de buena voluntad, los que buscan y promueven lealmente todo lo bueno, lo verdadero, lo noble y lo justo, los valores del reino de Cristo. Todos aquellos que han sido llamados por Dios a gozar de la salvación; aquellos pobres de espiritu que han reconocido su necesidad de Dios.

Este reino crece incesante e imperceptiblemente en medio de grandes dificultades y persecuciones, pero no puede ser destruido por los poderes de este mundo, como lo intentan una y otra vez, sin éxito, desde hace siglos. Solamente los humildes, mansos y sufridos, unidos a su Rey, pueden sostenerlo, hacerlo crecer y llevarlo al éxito triunfal y eterno. El reino de Dios, se sostiene por la obra de Cristo en la cruz,hecha una vez y para siempre.

Para seguir de verdad a Jesucristo Rey,muerto y rescuitado, sin duda, necesitamos una apertura acogedora y amorosa a la vida, al hombre y a los valores de su Reino, indispensables para una existencia digna en la tierra y ser obedientes a su Palabra escrita.

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Fuentes

Existió complicidad entre la iglesia catolica y el regimen nazi?


Existió complicidad entre la iglesia católica y el regimen nazi? 

Respuesta: La verdad no lo se. No tengo documentación fiel al respecto. Solo Dios sabe lo que ha sucedido. Aca les comparto un documento que afirma que “NO EXISTIO COMPLICIDAD ENTRE EL REGIMEN NAZI Y LA IGLESIA CATOLICA ROMANA”

Resumen del documento vaticano

«Nosotros recordamos: una reflexión sobre la “Shoah”».

CIUDAD DEL VATICANO, 16 mar 98 (ZENIT).- «Este documento tiene que ser entendido como un paso ulterior en el camino trazado por el Concilio Vaticano II en nuestras relaciones con el pueblo hebreo. En la carta que el Santo Padre me envió el 12 de marzo para acompañar la publicación del nuevo documento sobre el Holocausto, expresa la ferviente esperanza de que “ayude verdaderamente a curar las heridas de las incomprensiones e injusticias del pasado”». Con estas palabras el cardenal Edward Idris Cassidy, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y de la Comisión para las relaciones con el Hebraísmo, abrió en la Sala de Prensa de la Santa Sede la rueda de prensa de presentación del documento «Nosotros recordamos: una reflexión sobre la “Shoah”».

«Shoah» es el término utilizado por el pueblo judío para referirse al Holocausto, el genocidio nazi perpetrado contra el pueblo hebreo en el que perdieron la vida seis millones de judíos. «El documento –continuó explicando el cardenal australiano– se dirige a los fieles católicos de todo el mundo, y no sólo a los de Europa, donde tuvo lugar la «Shoa», con el deseo de que todos los cristianos se unan a sus hermanas y hermanos católicos, en la meditación de esta catástrofe que cayó sobre el pueblo hebreo, sobre sus causas y sobre el imperativo moral que se deriva de ella para que no vuelva a tener lugar una tragedia de estas dimensiones.

Al mismo tiempo, el documento pide a nuestros amigos hebreos que abran su corazón para escuchar nuestra voz». Después de haber recordado que el documento ha sido escrito para responder a una petición expresa del Papa, el presidente de la Comisión para las Relaciones con el Hebraísmo explicó que «el Santo Padre nos ha animado constantemente a considerar nuestra actitud frente a las relaciones con el pueblo hebreo. Y nos ha recordado que el balance de estas relaciones ha sido sumamente negativo durante dos milenios. Este largo período ha estado caracterizado por muchas manifestaciones de antijudaísmo y de antisemitismo y, en nuestro siglo, por los horribles acontecimientos del Holocausto».

«La Iglesia católica –concluyó el cardenal Cassidy– quiere, por tanto, que esto sea conocido por todos los católicos y, más todavía, por todos los hombres, dondequiera que vivan. Con ello desea ayudar a los católicos y a los hebreos a realizar aquellos valores que encuentran su fundamento en nuestras raíces comunes. De hecho, allá donde se han dado culpas por parte de los cristianos, esta responsabilidad debe inspirar arrepentimiento.

Confiamos en que este documento ayudará a todos los fieles católicos de todas las partes del mundo a descubrir en sus relaciones con el pueblo hebreo “la valentía de la fraternidad”».

Ante la pregunta sobre cómo es posible que la Iglesia reconozca el propio antijudaísmo pero rechace cualquier apoyo al nazismo, el cardenal Cassidy respondió: «El antisemitismo de los nazis tiene su origen en la filosofía pagana y en una concepción del mundo anticristiana, por ello, el nazismo atacó también a los cristianos. El documento quiere desmentir de manera definitiva que no existió ninguna complicidad entre el régimen nazi y la Iglesia».

El documento, de diez páginas ha requerido diez años para ser redactado. Monseñor Pierre Duprey, vicepresidente de la Comisión para las Relaciones con el Hebraísmo aclaró que «Hemos tardado tanto tiempo porque un documento como tal, si no responde a un proceso de maduración de toda la Iglesia, no tiene valor. Por ello, hemos esperado el tiempo necesario para que madure la Iglesia en una atmósfera coherente con el espíritu del Concilio Vaticano II. En este contexto, estamos convencidos de que el documentó será recibido ahora como expresión global de la Iglesia católica que se prepara, a través de un examen de conciencia, a afrontar los desafíos del tercer milenio».

Por lo que se refiere a las presuntas complicidades de Pío XII con el régimen nazi, el cardenal Cassidy ofreció numerosos testimonios de autoridades hebreas que agradecieron profundamente al papa Pío XII por haber defendido a los hebreos. Entre ellas, aparece un mensaje de la señora Golda Meir. «Ya en 1945 –añadió Cassidy– se dirigieron al Papa Pío XII muchos mensajes que no habían sido solicitados para agradecerle por lo que había hecho durante la guerra. Es importante recordarlos, pues se han difundido muchas historias negativas sobre aquel Papa, todas ellas inspiradas en la obra teatral «El Vicario», escrita por Rolf Hochuth. Pero hay que escribir la historia con objetividad, se debe pensar en la verdad, por esto hemos decidido dar a conocer estos testimonios del pueblo hebreo a favor de Pío XII.

Queremos que la realidad histórica sea mejor conocida y contradecir lo que hasta ahora ha sido la opinión común». Sobre el mismo argumento, monseñor Duprey reveló un testimonio personal:

«El 6 de junio, Pío XII me recibió junto al gran rabino del Ejército francés que se encontraba en Roma. Le dijo al Santo Padre: “Nada más llegar a Roma, he venido a saludarle y expresar mi profundo reconocimiento por todo lo que usted ha hecho por las personas de mi religión”».

Ante la constatación de que en estos momentos la única institución que siempre está pronunciando el «mea culpa» es la Iglesia, el cardenal Cassidy citó las declaraciones del gran rabino de Francia en su intervención ante el último congreso ecuménico de Graz, el 27 de junio de 1997. «Sería injusto si no nos diéramos cuenta de la verdadera confesión que tiene lugar ante nuestros mismos ojos –afirmó el rabino francés–. Ciertamente estamos recorriendo un camino que todavía no ha alcanzado su meta, pero quisiera añadir que también nosotros, los hebreos, tenemos que hacer una “teshuva” (arrepentimiento). Dado que estamos acostumbrados a las persecuciones, después de tanto siglos estamos convencidos de que todo el mundo está contra nosotros y no hemos considerado totalmente el alcance de esta inmensa esperanza que constituye la voluntad cristiana de la sincera “teshuva”».

©ZENIT
ZE980316-1

CARTA DE JUAN PABLO II DE PRESENTACION DEL DOCUMENTO
«La Iglesia alienta a sus hijos a purificar sus corazones a través del arrepentimiento»

Al Señor Cardenal Edward Idris Cassidy Presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Hebraísmo

En numerosas ocasiones durante mi pontificado he recordado con profundo pesar los sufrimientos del pueblo hebreo durante la Segunda Guerra Mundial. El crimen que se ha llegado a conocer como la «Shoah» permanece como una mancha indeleble de la historia del siglo que está por concluirse.

Preparándonos para iniciar el tercer milenio de la era cristiana, la Iglesia es consciente de que el gozo de un Jubileo es, sobre todo, un gozo fundado sobre el perdón de los pecados y sobre la reconciliación con Dios y con el prójimo. Por ello, alienta a sus hijos e hijas a purificar sus corazones, a través del arrepentimiento por los errores y las infidelidades del pasado. Ella también los llama a presentarse humildemente delante de Dios y a examinarse sobre la responsabilidad que también ellos tienen con respecto a los males de nuestro tiempo.

Es mi ferviente esperanza que el documento: «Nosotros recordamos: una Reflexión sobre al “Shoah”», que la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Hebraísmo ha preparado bajo su dirección, ayude verdaderamente a curar a las heridas de la incomprensión e injusticias del pasado. Que ellos sirva para que la memoria pueda ejercer su papel necesario en el proceso de construcción de un futuro en el cual la indecible iniquidad de la “Shoah” no pueda volverse a repetir. Que el Señor de la historia guíe los esfuerzos de los católicos y los hebreos y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que trabajen juntos por un mundo de auténtico respeto por la vida y la dignidad de todo ser humano, ya que todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios.

Desde el Vaticano, 12 marzo, 1998

Juan Pablo II

«NOSOTROS RECORDAMOS: UNA REFLEXION SOBRE LA “SHOAH”»

I. La tragedia de la «Shoah» y el deber de la memoria.

Se está concluyendo rápidamente el siglo XX y ya despunta la aurora de un nuevo milenio cristiano. El bimilenario del nacimiento de Jesucristo impulsa a todos los cristianos, e invita en realidad a todo hombre y a toda mujer, a tratar de descubrir en el devenir de la historia los signos de la divina Providencia que actúa en ella, así como los modos en los que la imagen del Creador en el hombre ha sido ofendida y desfigurada.

Esta reflexión atañe a uno de los sectores principales en que los católicos pueden tomar seriamente en consideración la exhortación que dirigió Juan Pablo II en la carta apostólica Tertio millennio adveniente: «Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo» (1).

Este siglo ha sido testigo de una tragedia inefable, que nunca se podrá olvidar: el intento del régimen nazi de exterminar al pueblo judío, con el consiguiente asesinato de millones de judíos. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, niños e infantes, sólo por su origen judío, fueron perseguidos y deportados. Algunos fueron asesinados inmediatamente; otros fueron humillados, maltratados, torturados y privados completamente de su dignidad humana y, finalmente, asesinados. Poquísimos de los que fueron internados en los campos de concentración pudieron sobrevivir, y los que lo lograron han quedado aterrorizados para el resto de su vida. Esa fue la Shoah: uno de los principales dramas de la historia de este siglo, un drama que nos afecta todavía hoy.

Frente a ese terrible genocidio, que los responsables de las naciones y las mismas comunidades judías encontraron difícil de creer cuando era cruelmente perpetrado, nadie puede quedar indiferente, y mucho menos la Iglesia, por sus vínculos tan estrechos de parentesco espiritual con el pueblo judío y por su recuerdo de las injusticias del pasado. La relación de la Iglesia con el pueblo judío es diferente de la que mantiene con cualquier otra religión (2). Sin embargo, no se trata sólo de volver al pasado. El futuro común de judíos y cristianos exige que recordemos, porque «no hay futuro sin memoria» (3). La historia misma es memoria futuri.

Al dirigir esta reflexión a nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia católica esparcidos por el mundo, pedimos a todos los cristianos que se unan a nosotros para reflexionar en la catástrofe que se abatió sobre el pueblo judío, y en el imperativo moral de asegurar que nunca más el egoísmo y el odio puedan crecer hasta el punto de sembrar tal sufrimiento y muerte (4). Especialmente, pedimos a nuestros amigos judíos, «cuyo terrible destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones adonde puede llegar el hombre cuando se vuelve contra Dios» (5), que dispongan su corazón para escucharnos.

II. Lo que debemos recordar

El pueblo judío, al dar su singular testimonio del Santo de Israel y de la Torah, ha tenido que sufrir mucho en diversos tiempos y en numerosos lugares. Pero la Shoah fue, ciertamente, el peor sufrimiento de todos. La crueldad con que los judíos han sido perseguidos y asesinados en este siglo supera la capacidad de expresión de las palabras. Y todo ello se les hizo por el mero hecho de que eran judíos.

La misma magnitud del crimen suscita muchas preguntas. Historiadores, sociólogos, filósofos políticos, psicólogos y teólogos tratan de conocer más sobre la realidad y las causas de la Shoah. Quedan aún por hacer muchos estudios especializados. Pero ese acontecimiento no puede valorarse plenamente sólo con los criterios ordinarios de la investigación histórica, pues exige una «memoria moral y religiosa» y, especialmente entre los cristianos, una reflexión muy seria sobre las causas que lo provocaron.

El hecho de que la Shoah se haya producido en Europa, es decir, en países de una civilización cristiana de largo tiempo, plantea la cuestión de la relación entre la persecución nazi y las actitudes de los cristianos, a lo largo de los siglos, con respecto a los judíos.

III. Las relaciones entre judíos y cristianos

La historia de las relaciones entre judíos y cristianos es una historia tormentosa. Lo ha reconocido el Santo Padre Juan Pablo II en sus repetidos llamamientos a los católicos a examinar nuestra actitud en lo que atañe a nuestras relaciones con el pueblo judío (6). En efecto, el balance de estas relaciones durante dos milenios ha sido, más bien, negativo (7).

En los albores del cristianismo, después de la crucifixión de Jesús, surgieron disputas entre la Iglesia primitiva y los judíos, jefes y pueblo, los cuales, por su adhesión a la Ley, a veces se opusieron violentamente a los predicadores del Evangelio y a los primeros cristianos. En el Imperio romano, que era pagano, los judíos estaban legalmente protegidos por los privilegios otorgados por el Emperador, y las autoridades al principio no hicieron distinción entre comunidades judías y cristianas. Sin embargo, pronto los cristianos fueron perseguidos por el Estado. Cuando, más tarde, incluso los emperadores se convirtieron al cristianismo, primero siguieron garantizando los privilegios de los judíos. Pero grupos de cristianos exaltados que asaltaban los templos paganos, hicieron en algunos casos lo mismo con las sinagogas, por influjo de ciertas interpretaciones erróneas del Nuevo Testamento relativas al pueblo judío en su conjunto. «En el mundo cristiano -no digo de parte de la Iglesia en cuanto tal- algunas interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al pueblo judío y a su supuesta culpabilidad han circulado durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos de hostilidad en relación con ese pueblo» (8). Esas interpretaciones del Nuevo Testamento fueron rechazadas, de forma total y definitiva, por el concilio Vaticano II (9).

No obstante la predicación cristiana del amor hacia todos, incluidos los enemigos, la mentalidad dominante a lo largo de los siglos perjudicó a las minorías y a los que, de algún modo, eran «diferentes». Sentimientos de antijudaísmo en algunos ambientes cristianos y la brecha existente entre la Iglesia y el pueblo judío llevaron a una discriminación generalizada, que desembocó a veces en expulsiones o en intentos de conversiones forzadas. En gran parte del mundo «cristiano», hasta finales del siglo XVIII, los no cristianos no siempre gozaron de un status jurídico plenamente reconocido. A pesar de ello, los judíos, extendidos por todo el mundo cristiano, conservaron sus tradiciones religiosas y sus costumbres propias. Por eso, fueron objeto de sospecha y desconfianza. En tiempos de crisis, como carestías, guerras, epidemias o tensiones sociales, la minoría judía fue a veces tomada como chivo expiatorio, y se convirtió así en víctima de violencia, saqueos e incluso matanzas.

Entre el final del siglo XVIII y el inicio del XIX, los judíos habían logrado, por lo general, una posición de igualdad con respecto a los demás ciudadanos en la mayoría de los Estados, y un buen número de ellos llegó a desempeñar funciones importantes en la sociedad. Pero en este mismo contexto histórico, especialmente en el siglo XIX, se desarrolló un nacionalismo exasperado y falso. En un clima de rápidos cambios sociales, los judíos fueron a menudo acusados de ejercer un influjo excesivo en relación con su número. Entonces comenzó a difundirse, con grados diversos, en la mayor parte de Europa, un antijudaísmo esencialmente más sociopolítico que religioso.

Durante el mismo período, comenzaron a surgir teorías que negaban la unidad de la raza humana, afirmando la diferencia originaria de las razas. En el siglo XX, el nacionalsocialismo en Alemania usó esas ideas como base pseudocientífica para una distinción entre las así llamadas razas nórdico-arias y supuestas razas inferiores. Además, la derrota de Alemania en 1918 y las condiciones humillantes que le impusieron los vencedores, impulsaron en ella una forma extremista de nacionalismo, con la consecuencia de que muchos vieron en el nacionalsocialismo una solución a los problemas del país y, por ello, colaboraron políticamente con ese movimiento.

La Iglesia en Alemania respondió condenando el racismo. Dicha condena se realizó por primera vez en la predicación de algunos miembros del clero, en la enseñanza pública de los obispos católicos y en los escritos de periodistas católicos. Ya en febrero y marzo de 1931, el cardenal Bertram de Breslavia, el cardenal Faulhaber y los obispos de Baviera, los obispos de la provincia de Colonia y los de la provincia de Friburgo publicaron sendas cartas pastorales que condenaban el nacionalsocialismo, con su idolatría de la raza y del Estado (10). El mismo año 1933, en que el nacionalsocialismo alcanzó el poder, los famosos sermones de Adviento del cardenal Faulhaber, a los que no sólo asistieron católicos, sino también protestantes y judíos, tuvieron expresiones de claro rechazo de la propaganda nazi antisemita (11). A raíz de la Noche de los cristales, Bernhard Lichtenberg, preboste de la catedral de Berlín, elevó oraciones públicas por los judíos; él mismo murió luego en Dachau y fue declarado beato.

También el Papa Pío XI condenó, de modo solemne, el racismo nazi en la encíclica Mit brennender Sorge (12), que se leyó en las iglesias de Alemania el domingo de Pasión del año 1937, iniciativa que provocó ataques y sanciones contra miembros del clero. El 6 de septiembre de 1938, dirigiéndose a un grupo de peregrinos belgas, Pío XI afirmó: «El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente todos somos semitas» (13). Pío XII, desde su primera encíclica, Summi pontificatus (14), del 20 de octubre de 1939, puso en guardia contra las teorías que negaban la unidad de la raza humana y contra la divinización del Estado, que, según su previsión, llevarían a una verdadera «hora de las tinieblas» (15).

IV. Antisemitismo nazi y la «Shoah»

No se puede ignorar la diferencia que existe entre el antisemitismo, basado en teorías contrarias a la enseñanza constante de la Iglesia sobre la unidad del género humano y la igual dignidad de todas las razas y de todos los pueblos, y los sentimientos de sospecha y de hostilidad existentes desde siglos, que llamamos antijudaísmo, de los cuales, por desgracia, también son culpables los cristianos.

La ideología nacionalsocialista fue mucho más allá, en el sentido de que se negó a reconocer cualquier realidad trascendente como fuente de la vida y criterio del bien moral. En consecuencia, un grupo humano, y el Estado con el que se había identificado, se arrogó un valor absoluto y decidió borrar la existencia misma del pueblo judío, llamado a dar testimonio del único Dios y de la Ley de la Alianza. Desde el punto de vista teológico, no podemos ignorar el hecho de que no pocos afiliados al partido nazi no sólo mostraron aversión a la idea de una divina Providencia que actúa en la historia humana, sino que dieron prueba de un odio específico hacia Dios mismo. Lógicamente, esa actitud llevó también al rechazo del cristianismo y al deseo de ver destruida la Iglesia o, por lo menos, sometida a los intereses del Estado nazi.

Fue esa ideología extrema la que se convirtió en fundamento de las medidas tomadas, primero para expulsar a los judíos de sus casas y, luego, para exterminarlos. La Shoah fue obra de un típico régimen neopagano moderno. Su antisemitismo hundía sus raíces fuera del cristianismo y, al tratar de conseguir sus propios fines, no dudó en oponerse a la Iglesia, incluso persiguiendo a sus miembros.

Pero conviene preguntarse si la persecución del nazismo con respecto a los judíos no fue facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en la mente y en el corazón de algunos cristianos. El sentimiento antijudío ¿hizo a los cristianos menos sensibles, o incluso indiferentes, ante las persecuciones desencadenadas contra los judíos por el nacionalsocialismo, cuando alcanzó el poder?

Cualquier respuesta a esta pregunta debe tener en cuenta que estamos tratando de la historia de actitudes y modos de pensar de gente sujeta a múltiples influjos. Más aún, muchos desconocían totalmente la «solución final» que estaba a punto de aplicarse contra todo un pueblo; otros tuvieron miedo por sí mismos y por sus seres queridos; algunos se aprovecharon de la situación; otros, por último, actuaron por envidia. La respuesta se ha de dar caso por caso y, para hacerlo, es necesario conocer cuáles fueron las motivaciones precisas de las personas en su situación específica.

Al inicio, los jefes del Tercer Reich querían expulsar a los judíos. Por desgracia, los Gobiernos de varios países occidentales de tradición cristiana, incluidos algunos de América del norte y del sur, dudaron mucho en abrir sus fronteras a los judíos perseguidos. Aunque no podían prever cuán lejos iban a llegar los líderes nazis en sus intenciones criminales, las autoridades de esas naciones conocían bien las dificultades y los peligros a que se hallaban expuestos los judíos que vivían en los territorios del Tercer Reich. En esas circunstancias, el cierre de las fronteras a la inmigración judía, sea que se debiera a la hostilidad o sospecha antijudía, o a cobardía y falta de clarividencia política, o a egoísmo nacional, constituye un grave peso de conciencia para dichas autoridades.

En los territorios donde el nazismo practicó la deportación de masas, la brutalidad que acompañó esos movimientos forzados de gente inerme debería haber llevado a sospechar lo peor. ¿Ofrecieron los cristianos toda asistencia posible a los perseguidos, y en particular a los judíos?

Muchos lo hicieron, pero otros no. No se debe olvidar a los que ayudaron a salvar al mayor número de judíos que les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida. Durante la guerra, y también después, comunidades y personalidades judías expresaron su gratitud por lo que habían hecho en favor de ellos, incluso por lo que había hecho el Papa Pío XII, personalmente o a través de sus representantes, para salvar la vida a cientos de miles de judíos (16). Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos fueron condecorados por el Estado de Israel.

A pesar de ello, como ha reconocido el Papa Juan Pablo II, al lado de esos valerosos hombres y mujeres, la resistencia espiritual y la acción concreta de otros cristianos no fueron las que se podía esperar de unos discípulos de Cristo. No podemos saber cuántos cristianos en países ocupados o gobernados por potencias nazis o por sus aliados constataron con horror la desaparición de sus vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de protesta. Para los cristianos este grave peso de conciencia de sus hermanos y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada al arrepentimiento (17).

Deploramos profundamente los errores y las culpas de esos hijos e hijas de la Iglesia. Hacemos nuestro lo que dijo el concilio Vaticano II en la declaración Nostra aetate, que afirma inequívocamente: «La Iglesia (…) recordando el patrimonio común con los judíos e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona» (18).

Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con vosotros, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo» (19). La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano. Condena del modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que las han hecho posibles. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos enteros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en África y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos» (20).

V. Mirando juntos hacia un futuro común

Mirando hacia el futuro de las relaciones entre judíos y cristianos, en primer lugar pedimos a nuestros hermanos y hermanas católicos que tomen mayor conciencia de las raíces judías de su fe. Les pedimos que recuerden que Jesús era un descendiente de David; que del pueblo judío nacieron la Virgen María y los Apóstoles; que la Iglesia se alimenta de las raíces de aquel buen olivo en el que se injertaron luego las ramas del olivo silvestre de los gentiles (cf. Rm 11, 17-24); que los judíos son nuestros hermanos queridos y amados; y que, en cierto sentido, son realmente «nuestros hermanos mayores» (21).

Al final de este milenio, la Iglesia católica desea expresar su profundo pesar por las faltas de sus hijos e hijas en las diversas épocas. Se trata de un acto de arrepentimiento (teshuva), pues, como miembros de la Iglesia, compartimos tanto los pecados como los méritos de todos sus hijos. La Iglesia se acerca con profundo respeto y gran compasión a la experiencia del exterminio, la Shoah, que sufrió el pueblo judío durante la segunda guerra mundial. No se trata de meras palabras, sino de un compromiso vinculante. «Nos arriesgaríamos a hacer morir nuevamente a las víctimas de muertes atroces, si no sintiéramos pasión por la justicia y no nos comprometiéramos, cada uno según sus propias posibilidades, a lograr que el mal no prevalezca sobre el bien, como sucedió a millones de hijos del pueblo judío… La humanidad no puede permitir que todo eso suceda nuevamente» (22).

Pedimos a Dios que nuestro dolor por la tragedia que el pueblo judío ha sufrido en nuestro siglo lleve a nuevas relaciones con el pueblo judío. Deseamos transformar la conciencia de los pecados del pasado en un firme compromiso de construir un nuevo futuro, en el que no existan sentimientos antijudíos entre los cristianos o sentimientos anticristianos entre los judíos, sino más bien un respeto recíproco, como conviene a quienes adoran al único Creador y Señor, y tienen un padre común en la fe, Abraham.

Invitamos, por último, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a reflexionar profundamente en el significado de la Shoah. Las víctimas, desde sus tumbas, y los supervivientes mediante su emotivo testimonio de lo que sufrieron, se han convertido en un fuerte clamor que llama la atención de la humanidad entera. Recordar ese terrible drama significa tomar plena conciencia de la saludable advertencia que implica: a las semillas podridas del antijudaísmo y del antisemitismo jamás se les debe permitir echar raíces en ningún corazón humano.

16 de marzo de 1998

Cardenal Edward Idris Cassidy,
Presidente

Pierre Duprey
Obispo titular de Thibaris
Vicepresidente

Remi Hoeckman, o.p.
Secretario

NOTAS

1) Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994), 33: AAS 87 (1995) 25.

2) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la comunidad judía en la sinagoga de Roma (13 de abril de 1986), n. 4: AAS 78 (1986) 1.120; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 12.

3) Juan Pablo II, Ángelus del 11 de junio de 1995, n. 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de junio de 1995, p. 1.

4) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la comunidad judía de Budapest (18 de agosto de 1991), n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 30 de agosto de 1991, p. 10.

5) Juan Pablo II, Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 17: AAS 83 (1991) 814-815.

6) Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los delegados de las Conferencias episcopales para las relaciones con el judaísmo (5 de marzo de 1982: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de abril de 1982, p. 11.

7) Cf. Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el judaísmo, Notas para una correcta presentación de judíos y judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia católica (24 de junio de 1985), VI: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 1985, p. 18.

8) Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el encuentro de estudio sobre «Raíces del antijudaísmo en ambiente cristiano» (31 de octubre de 1997), n. 1: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de noviembre de 1997, p. 5.

9) Cf. Nostra aetate, 4.

10) Cf. B. Statiewski (Ed.), Akten deutscher Bischöfe über die Lage der Kirche, 1933-1945, vol. I, 1933-1934 (Mainz 1968), Apéndice.

11) Cf. L. Volk, Der Bayerische Episkopat und der Nationalsozialismus 1930-1934 (Mainz 1966), pp. 170-174.

12) La encíclica está fechada el 14 de marzo de 1937: AAS 29 (1937) 145-167.

13) La Documentation Catholique, 29 (1938), col. 1.460.

14) AAS 31 (1939) 413-453.

15) Ib., 449.

16) Organizaciones y personalidades judías representativas reconocieron varias veces oficialmente la sabiduría de la diplomacia del Papa Pío XII. Por ejemplo, el jueves 7 de septiembre de 1945 Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de comunidades judías italianas, declaró: «Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda, inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que se exponían» (L’Osservatore Romano, 8 de septiembre de 1945, p. 2). El 21 de septiembre del mismo año, Pío XII recibió en audiencia al doctor A. Leo Kubowitzki, secretario general del Congreso judío internacional, que acudió para presentar «al Santo Padre, en nombre de la Unión de las comunidades judías, su más viva gratitud por los esfuerzos de la Iglesia católica en favor de la población judía en toda Europa durante la guerra» (L’Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945, p. 1). El jueves 29 de noviembre de 1945, el Papa recibió a cerca de ochenta delegados de prófugos judíos, procedentes de varios campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle «el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre la generosidad demostrada hacia los perseguidos durante el terrible período del nazi-fascismo» (L’Osservatore Romano, 30 de noviembre de 1945, p. 1). En 1958, al morir el Papa Pío XII, Golda Meir envió un elocuente mensaje: «Compartimos el dolor de la humanidad (…). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz».

17) Cf. Juan Pablo II, Discurso al nuevo embajador de la República federal de Alemania (8 de noviembre de 1990), n. 2: AAS 83 (1991) 587-588; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de diciembre de 1990, p. 20.

18) Nostra aetate, n. 4.

19) Juan Pablo II, Discurso a los representantes de la comunidad judía de Alsacia (9 de octubre de 1988), n. 8: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de noviembre de 1988, p. 19.

20) Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Cuerpo diplomático (15 de enero de 1994), n. 9: AAS 86 (1994) 816; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de enero de 1994, p. 19.

21) Juan Pablo II, Discurso a la comunidad judía en la sinagoga de Roma (13 de abril de 1986), n. 4: AAS 78 (1986) 1.120; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de abril de 1986, p. 12.

22) Juan Pablo II, Discurso con motivo de la conmemoración del Holocausto (7 de abril de 1994), n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de abril de 1994, p. 15.

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http://www.corazones.org/doc/nosotros_recordamos.htm

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo: Lutero y el antisemitismo


De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo: Lutero y el antisemitismo

César Vidal Manzanares

El papel de la iglesia católica durante el Holocausto es, sin ningún género de dudas, uno de los episodios más controvertidos en la Historia del s. XX. Es lógico que así sea porque el antisemitismo fue rampante en naciones católicas como Austria o Polonia; porque Pío XII firmó un concordato con Hitler; o porque el papel de la jerarquía católica fue esencial.

27 DE MAYO DE 2010

En los últimos años, algunos autores católicos han intentado desviar la atención de posibles responsabilidades de la iglesia católica en el Holocausto hacia la supuesta culpabilidad de Lutero en ese episodio. Merece la pena detenerse en el tema porque, aparte de disipar mitos sobre el protestantismo, de él se deriva una reflexión indispensable sobre uno de los grandes dramas de la Historia.

De entrada,  Lutero manifestó al inicio de su carrera como reformador una compasión hacia los judíos que no era habitual en la Alemania católica de la época . No deja de ser significativo que en uno de sus escritos de esa época llegue incluso a indicar que hasta cierto punto la falta de conversión de los judíos al cristianismo arranca, fundamentalmente, del maltrato que ha recibido de la iglesia católica. Durante los años siguientes, los judíos dejaron de tener interés para Lutero envuelto en una controversia teológica en la que se jugaba personalmente la vida y Europa, su futuro.

De esa situación, salió al final de su vida al redactar un tratado titulado “Los judíos y sus mentiras”  (1543). El texto, efectivamente, rezuma un deplorable anti-semitismo, pero me atrevo a señalar que constituye una de las obras más profundamente católicas de Lutero. La razón es obvia: hasta Lutero habían llegado noticias de cómo los judíos difundían la noticia de que Jesús era el hijo de una prostituta:  “Así lo llaman (a Jesús) el hijo de una prostituta y a su madre, María, una prostituta, que lo tuvo en adulterio con un artesano. Con dificultad tengo que hablar de una manera tan áspera para oponerme al Diablo. Ahora bien, saben que hablan tales mentiras por puro odio y voluntariamente, únicamente para envenenar a sus pobres jóvenes y a los judíos simples contra la Persona de nuestro Señor, para evitar que acepten Su doctrina”

La acusación era cierta ya que, efectivamente, en algunos pasajes del Talmud se hace referencia a que María es una adúltera y Jesús es llamado específicamente bastardo. De hecho, esa razón fue una de las que más pesaron en el papado para ordenar quemas del Talmud durante la Baja Edad Media y también la que llevó a algunos editores judíos a suprimir los pasajes para evitar ser objeto de esa represión papal.

Sin embargo, Lutero no se limitaba en su acusación a los insultos dirigidos contra Jesús y su madre. Además, consideraba que los judíos eran un colectivo que, mediante la usura, oprimía a los más humildes. La afirmación puede ser matizada, pero es la misma que desde hacía siglos venía vertiendo la iglesia católica sobre los judíos provocando decisiones civiles y eclesiales de especial dureza contra ellos.

Ante esa situación, Lutero proponía como solución – “la de los reyes de España” cita expresamente – es decir, la expulsión llevada a cabo por los Reyes Católicos en 1492. Puede o no gustar, pero lo cierto es que si alguna vez a lo largo de su dilatada carrera apoyó Lutero una decisión católica reciente fue ésa.

Visto con perspectiva de tiempo, el texto de Lutero es innegablemente lamentable.  Lejos de seguir la línea propia de la Reforma de respeto a la libertad de expresión y de culto, Lutero se dejó llevar por la cólera que le provocaban las injurias contra Jesús y María -¿algún católico de la época habría actuado con más moderación?- y optó por la solución católica medieval al problema judío que venía aplicándose desde hacía siglos: la expulsión.

Ciertamente,  si Lutero fue culpable de algo especialmente en este escrito fue de no seguir las líneas marcadas por la Reforma sino de continuar una multisecular tradición católica . Es precisamente esa circunstancia la que explica la reacción que provocó el panfleto de Lutero. A pesar de ser un autor profundamente odiado en el mundo católico, no he conseguido dar con un solo texto católico de su época que le afeara sus conclusiones, seguramente porque la coincidencia con lo que pasaba en la Europa católica era muy notable. Sin embargo, en la Europa protestante, el texto de Lutero fue repudiado. El príncipe de Hesse –que, supuestamente, debía haber escuchado la enseñanza de Lutero– se negó rotundamente a expulsar a los judíos siguiendo el ejemplo de los Reyes católicos y los mantuvo en su territorio. Felipe Melanchton, la mano derecha de Lutero, también manifestó su oposición al texto señalando que no debía seguirse sus directrices.

Fue la posición generalizada de las iglesias nacidas de la Reforma y era lógico que así fuera. La Reforma había introducido en las mentes y los corazones de las personas un principio fundamental que no era otro que el de juzgar las acciones y las enseñanzas de todos los hombres a la luz de la Biblia. Partiendo de esa base, nadie se consideró obligado a seguir el criterio de Lutero si chocaba con la Biblia lo que, dicho sea de paso, era el caso. En el mundo católico, apenas unos años antes, el papa había celebrado la expulsión de los judíos de España con una serie de festejos entre los que se incluyó una corrida de toros. Ahora, a pesar de la autoridad moral de Lutero, en la Europa protestante nadie lo siguió en sus conclusiones.

Al respecto, y por analizar una situación contemporánea, no deja de ser curioso que exista una causa de beatificación de Isabel la católica que pasa por alto el episodio de la expulsión de los judíos y, a la vez, haya católicos que pretenden cargar a Lutero con la responsabilidad del Holocausto precisamente por proponer como solución al “problema judío” la llevada a la práctica por esa misma Isabel .

El mito anti-protestante no pasa de ser un mito, pero, como hemos visto en otras ocasiones, viene caracterizado por la ignorancia o por la mala fe. Ciertamente, el Holocausto tuvo algunas raíces históricas previas al nacimiento de Hitler.

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http://www.protestantedigital.com/ES/Blogs/articulo/2357/Lutero-y-el-antisemitismo