David Rockefeller: la cruzada mundial de la banca-imperio


David Rockefeller: la cruzada mundial de la banca-imperio

«La soberanía supranacional de una élite intelectual y de unos banqueros mundiales es preferible a la autodeterminación nacional practicada en los siglos pasados» (David Rockefeller, 1991).

RAÚL MINCHINELA

17 de junio de 2015

En la casa donde creció David Rockefeller (Nueva York, 1915), cada noche sus padres cenaban vestidos de gala. Alrededor, una nube de sirvientes, amas de llaves y enfermeras. David es nieto de la mayor fortuna que ha visto la historia, forjada con turbios monopolios de petróleo siempre meses por delante de la regulación política. Las biografías de los Rockefeller y sus menciones oficiales insisten en la palabra “filantropía”, que describe gestos estratégicos para limpiar el rastro de combustible del apellido familiar y evocar una fortuna sin víctimas, abundancia de guante blanco. La religión ha servido para justificar un patrimonio bendito de las alturas. “Dios me dio mi dinero”, dijo John Jr. –hijo único del Rockefeller original, padre de David y sus cinco hermanos– y nunca más habló ante un micrófono.
David Rockefeller, el menor de la familia en su burbuja de niño rico, se entusiasmó con los escarabajos. Tuvo una colección digna de un museo, más cara que la de algunos de ellos, pero su pasión se truncó por la responsabilidad que trae el dinero. Convirtió su vida en un sacrificio monacal de loa al capital, y fue un asceta devoto que predicó por el mundo la doctrina del papel moneda. Cuando su hermano Nelson se divorció para casarse con una segunda mujer, su admiración infantil de décadas sufrió un desengaño irreparable. Abismal, para quien la vida es abnegación.
David se graduó en Harvard sin destacar en nada y estudió en Londres y Chicago. Se casó con 25 años y se alistó en el Ejército a regañadientes, por imposición de su madre, con 26. Su periplo militar por Noráfrica y Francia en la Segunda Guerra Mundial será excusa para futuras condecoraciones. Tras la guerra llegó a la banca, que fue su sacerdocio del valor y la gestión. Aterrizó en el Chase National Bank, dominado por su familia, y se forjó una trayectoria de ascenso por méritos, donde disputó su hegemonía con directivos que sí habían partido de la nada. Tres años después ya era vicepresidente. En los cincuenta, supervisó la propagación del banco por Latinoamerica. Cuando el Chase se fusionó con el Manhattan, se encargó del departamento de Expansión. A la siguiente fusión, que formó el Chase Manhattandefinitivamente, David ya era el presidente. Muy respetado en el negocio, no por su competición entre rivales, sino por su habilidad para multiplicar la influencia de los bancos en la vida ciudadana.
Cuando sobrevuela Manhattan, reconoce en su perfil el Xanadú de hierro y cristal que concibió junto a su padre. Rockefeller convirtió Nueva York en el centro neurálgico de las finanzas, en la meca del imperio de los bancos. El proyecto de 550 manzanas que configuró el actual Downtown fue un centro magnético de sedes centrales, con el remate de las torres de comercio que cayeron con el siglo XXI y la ubicación de Naciones Unidas en un emplazamiento ofrecido personalmente.
Los números no hacen justicia al poder atesorado por Rockefeller, que modeló la figura de banquero-hombre de Estado donde las inversiones buscaban fines políticos y diplomáticos más extensos que, a su vez, traerían en la resaca del oleaje mayores beneficios aún. Su nombre está asociado a una larga lista de congresos, grupos y reuniones. Estuvo presente en la creación de los lobbies más importantes de nuestra era: el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral y el Consejo de Relaciones Exteriores. Como escribió D. Brooks en el New York Times, su capacidad para soportar el tedio no tiene parangón en la historia conocida.
En esos grupos estableció su proyecto, que se acuñó como Nuevo Orden Mundial:
«La soberanía supranacional de una élite intelectual y de unos banqueros mundiales es algo preferible a la autodeterminación nacional practicada en los siglos pasados», según sus palabras en 1991. En esa fe religiosa donde estar arriba es voluntad divina, Rockefeller siempre fue leal a sus amigos. Daban igual las correrías de los shahs, los dictadores o las purgas, porque eran nimiedades que ocurrían lejos de los palacios. El sacrificio en nombre del dinero trae implícita la renuncia a los derechos en nombre del beneficio, y ninguna asociación humanitaria ha podido seducir jamás a Rockefeller para pensar lo contrario. El poder conlleva una responsabilidad que solo se practica en los pasillos de la élite.
David Rockefeller se ve a sí mismo como el motor del cambio, el arcángel de la nueva era. Por el contrario, el resto del mundo le ve como una fuerza inmovilizadora, el gestor que ante cualquier asomo de transformación optará por ayudar al malo conocido. Su vida abarca un siglo de transformación del mundo, de colonización con el dinero como arma principal, de vueltas y vueltas al planeta para nuevas extensiones, nuevos conflictos supervisados, nuevos acuerdos tediosos, nuevas inacabables reuniones con botellas de agua recién abiertas, nuevos logros en su visión global del dinero como intermediario del ser superior.

Mucha gente desea su muerte porque tuvo la ocurrencia de decir qué donaciones tenía preparadas para su fallecimiento. Ahora organizaciones con las cuentas devastadas se mantienen solo por esa prometida lluvia de millones a la vuelta de la esquela. Será el último gesto para el hombre que hizo de la donación a fondo perdido la máscara de su imperio del beneficio. Hoy ya ronda el centenar de años y a saber cuál de sus seis hijos adoptará su capacidad para el tedio, su idealismo de sacrificio y su fe en los tipos de cambio para seguir inflando el imperio del valor añadido.

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David Rockefeller: “Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”


David Rockefeller: “Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”


Esteban Cabal.- David Rockefeller en una cena con embajadores de la ONU: “Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial”.
El magno objetivo de estas sagas de banqueros internacionales lo enunció perfectamente uno de sus máximos exponentes, David Rockefeller: “De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional, que se ha practicado durante siglos en el pasado, por la soberanía de una elite de técnicos y de financieros mundiales”.
David Rockefeller fue el conspirador mundial por excelencia, el Rey de los cenáculos ocultos. A sus órdenes trabajaron los agentes secretos de la CIA, el MI6, el MOSSAD y especialmente la INTERPOL, que es obra suya.
Ningún medio de comunicación masivo se atrevería jamás a desvelar los planes secretos de Rockefeller y sus amigos. Siempre guardaron un sospechoso silencio en torno a las secretas actividades de las dinastías de banqueros norteamericanos: los Morgan, los Davison, los Harriman, los Khun Loeb, los Lazard, los Schiff o los Warburg y, por supuesto, los Rockefeller.
En 1991, en referencia al informe del Centro para el Desarrollo Mundial, David Rockefeller confesó: “estamos agradecidos con el Washington Post, el New York Times, la revista Time, y otras grandes publicaciones cuyos directores han acudido a nuestras reuniones y han respetado sus promesas de discresión (silencio) durante casi 40 años. Hubiera sido imposible para nosotros haber desarrollado nuestro plan para el mundo si hubieramos sido objeto de publicidad durante todos estos años”.
El excéntrico y supuestamente filantrópico David Rockefeller, que tiene ya casi un siglo de vida, es sin duda el personaje más trepidante y controvertido de esta casta de usureros a la que nos referimos. Muy pronto, cuando los diarios anuncien su fallecimiento, tendremos ocasión de conocer su insólita biografía. Descubriremos datos que nos apabullarán.
El fundador de la dinastía Rockefeller fue el abuelo de David, de nombre John Davison Rockefeller, descendiente de judíos alemanes llegados a EEUU en 1733. Junto con la saga de los Morgan y el grupo bancario Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb, constituyó el triunvirato plutocrático del llamado Eastern Establishment. Su imperio económico se gestó durante los años de la Guerra de Secesión (1861-1865) que enfrentó a los terratenientes esclavistas del sur con los comerciantes e industriales del norte y que se saldó con 600.000 muertos.
Los grandes triunfadores de aquella guerra fueron cuatro familias oligárquicas, los Vanderbilt, los Carnegie, los Morgan y los Rockefeller, que se beneficiaron del conflicto como proveedores de bienes y servicios y acrecentaron su imperio económico después con la concentración monopolista que sucedió a la contienda, llegando a controlar en 1880 el 95% de la producción petrolera norteamericana. La fortuna de los Vanderbilt se diluyó con el tiempo, la de los Carnegie fue en parte succionada por los Morgan, y la de los Rockefeller se dispersó entre los muchos y mal avenidos descendientes del viejo John Davison, petrolero y banquero, fundador de la Standard Oil y del Chase National Bank, luego denominado Chase Manhattan Bank, cuya emblemática sede en Nueva York fue el primer edificio construido en Wall Street. El Chase se convirtió en un pilar central en el sistema financiero mundial, siendo el Banco principal de las Naciones Unidas, y llegó a tener 50.000 sucursales repartidas por todo el mundo. Los presidentes del Banco Mundial John J. McCloy, Eugene Black y George Woods trabajaron en el Chase anteriormente. Otro presidente, James D. Wolfensohn, también fue director de la Fundación Rockefeller.
David Rockefeller, el más famoso de la saga, es nieto del mítico John Davison Rockefeller e hijo de John D. Rockefeller junior, que se casó con la hija de Nelson Aldrich, líder de la mayoría republicana en el Senado y al que se le conoció como “gerente de la nación”. La madre de David era una enamorada de la pintura y por iniciativa suya se construyó el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, ubicado en la mansión en la que nació David y sus hermanos.
David, el menor de seis hermanos, todos ya fallecidos, tuvo también seis hijos y diez nietos que, junto a los hijos y nietos de sus hermanos, forman el actual clan Rockefeller.
David Rockefeller, banquero y petrolero como su padre y su abuelo, trabajó en los servicios secretos durante la II Guerra Mundial y abrió el camino para la creación de la ONU en 1945, cuya sede principal se encuentra en un terreno donado por él en Nueva York. Se codeó con los principales mandatarios del siglo XX. Dirigió los lobbys más poderosos del mundo, como el CFR, el Club de Bilderberg y la Comisión Trilateral.
Como buenos banqueros sin escrúpulos, los Rockefeller apoyaron y financiaron a los nazis alemanes. Incluso se permitieron reescribir la historia. La Fundación Rockefeller invirtió 139.000 dólares en 1946 para ofrecer una versión oficial de la II Guerra Mundial que ocultaba la realidad acerca del patrocinio de los banqueros internacionales con el régimen nazi, que también obtuvo los favores de su empresa más emblemática: la Standard Oil. Las iniciativas de esta Fundación, que también ha financiado grupos como los Hare Krishna o los rosacruces de AMORC, son a veces sorprendentes.
David es hermano del que fuera Senador, Gobernador de Nueva York y vicepresidente de EEUU (con Gerald Ford, tras la dimisión de Nixon) Nelson Rockefeller, que heredó de su abuelo materno la vocación política.
En 1962 Nelson declaró: “los temas de actualidad exigen a gritos un Nuevo Orden Mundial, porque el antiguo se derrumba, y un nuevo orden libre lucha por emerger a la luz… Antes de que podamos darnos cuenta, se habrán establecido las bases de la estructura federal para un mundo libre”.
David Rockefeller, al que el presidente Carter le ofreció dirigir la Reserva Federal (declinó a favor de su amigo Volcker), se rodeó de lugartenientes tan poderosos como Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Lord Carrington y Etienne Davignon, que también merecen ser citados aquí.
Abraham ben Elazar, más conocido como Henry Kissinger, es considerado como uno de los cerebros del Nuevo Orden Mundial. De origen judío-alemán, empezó como asesor de Nelson Rockefeller en los años 50, ostentó altas responsabilidades en la Administración en los años 60 y 70, con Kennedy, Jhonson, Nixon y Ford. Llegó a ser Vicepresidente de los Estados Unidos con Ford, secretario personal de Nixon, Jefe del Consejo Nacional de Seguridad y del Departamento de Estado, y Ministro de Asuntos Exteriores en repetidas ocasiones.
Colaboró estrechamente con David Rockefeller en el elitista Consejo de Relaciones Exteriores, del que fue presidente. Del CFR han salido desde entonces todos los presidentes de los Estados Unidos excepto Ronald Regan, cuyo equipo estuvo formado mayoritariamente por miembros del CFR. También pertenece a la Comisión Trilateral, el Club de Bilderberg y otras organizaciones de la órbita Rockefeller. Su compañía de consulting Kissinger Associates, tiene como clientes a Estados deudores y a multinacionales acreedoras.
El polaco Zbigniew Brzezinski, casado con una sobrina del que fuera Presidente de la República Checoslovaca Eduard Benes, fue reclutado por Rockefeller en 1971. Llegó a ser Consejero de Seguridad Nacional del gobierno de los Estados Unidos durante la Administración Carter, pero ya con anterioridad había sido nombrado director de la Comisión Trilateral, a la que él mismo definió como “el conjunto de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca”.
Afirma que: “la sociedad será dominada por una elite de personas libres de valores tradicionales que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán con todo detalle a la sociedad, hasta el punto que llegará a ser posible ejercer una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del planeta”. En otro momento dijo: “esta elite buscará todos los medios para lograr sus fines políticos tales como las nuevas técnicas para influenciar el comportamiento de las masas, así como para lograr el control y la sumisión de la sociedad”. Ni siquiera George Orwell, autor de la terrorífica novela “1984”, lo hubiera expresado mejor.
En una entrevista publicada por el New York Times el 1 de agosto de 1976, Brzezinski afirmaba que “en nuestros días, el Estado-nación ha dejado de jugar su papel”. En cierta ocasión pronosticó “el ocaso de las ideologías y de las creencias religiosas tradicionales”.
Brzezinski es especialista en métodos de control social, sus ensayos publicados dibujan un horizonte orwelliano en el que el Gran Hermano vigila y controla permanentemente a cada individuo. Predijo la existencia de gigantes bases de datos donde se almacenan ingentes cantidades de información sobre cada ciudadano (como la que tienen los servicios de inteligencia españoles en El Escorial, Madrid), la instalación masiva de cámaras de vigilancia en las calles y edificios (que ya es un hecho en todas las ciudades del mundo), la generalización de satélites espía de increíble precisión (como los que usan las tropas de EEUU desde la Guerra del Golfo) y la puesta en funcionamiento de documentos de identidad electrónicos (como lo son los modernos pasaportes y carnés de identidad, que contienen un microchip con abundante información del propietario).
La fascinación de Brzezinski por la tecnología aplicada al control social encaja perfectamente con los planes de la elite plutocrática, que ya ha desarrollado nuevos y espeluznantes artilugios, como el microchip subcutáneo con localizador que pretenden hacer obligatorio para toda la población mundial y que sustituiría, unificándolos, a los actuales carnés de identidad, pasaportes, tarjetas de crédito, carnés de conducir, tarjetas de la Seguridad Social, etc., posibilitando la desaparición del dinero físico.
Otro invento terrible que ya nos tiene preparado la elite ha sido diseñado por la compañía estadounidense Nielsen Media Research en colaboración con el Centro de Investigación David Sarnoff (organismo controlado por el CFR y la Sociedad Pilgrims). Se trata de un dispositivo que, una vez instalado en el televisor, permite observar e identificar desde una estación de seguimiento a los espectadores sentados frente a la pequeña pantalla. Este dispositivo evoca “el ojo que todo lo ve”, el Horus egipcio que aparece en los billetes de dólar. El “ojo que todo lo ve” no es sólo un recurso literario en la novela de Orwell 1984. Ya existen millones de cámaras instaladas en carreteras, calles, empresas y locales públicos, y millones de webcam en hogares de todo el mundo. Sin contar con los modernos sistemas operativos del monopolio Microsoft, como el Windows Media, que rastrea sin cesar todos nuestros movimientos a través de la red y permite leer nuestros correos privados de Outlook, el estado de nuestras cuentas corrientes cuando accedemos a la web de nuestro Banco, las palabras clave que utilizamos en los buscadores como Google y el contenido de las páginas que visitamos en Internet.
Lord Carrington, cuyo verdadero nombre es Peter Rupert, fue ministro británico en sucesivos gobiernos, miembro destacado del RIIA (el equivalente al CFR en Gran Bretaña) y de la Sociedad Fabiana, Secretario general de la OTAN, directivo del Barclays Bank y del Hambros Bank y, a partir de 1989, presidente del siniestro Club de Bilderberg.
El cuarto lugarteniente Rockefeller y Secretario General del Club de Bilderberg es el vizconde Etienne Davignon. Su currículum lo dice todo: presidente y fundador de la European Round Table (Mesa Redonda de Industriales, lobby de las multinacionales europeas), ex vicepresidente de la Comisión Europea, miembro de la Trilateral y del Center for European Policy Studies, ministro belga de Exteriores, presidente de la Asociación para la Unión Monetaria en Europa, primer presidente de la Agencia Internacional de Energía, presidente de la Société Générale de Belgique, presidente de Airholding, vicepresidente de Suez-Tractebel, administrador de Kissinger Associates, Fortis, Accor, Fiat, BASF, Solvay, Gilead, Anglo-american Mining, entre otras corporaciones.
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