El Nacimiento de Jesucristo


El Nacimiento de Jesucristo

Prefacio

El siguiente, forma parte de una breve serie de artículos devocionales relativos al nacimiento de Cristo. Para algunos, tales materiales difícilmente son devocionales debido al enfoque primordialmente histórico de éstos. Pero debemos tener presente que el Jesús al que adoramos realmente nació en una historia tiempo-espacial. Y ese bebé en el pesebre fue realmente crucificado—tan cierto como que se levantó de entre los muertos. La Biblia es diferente a los libros sagrados de otras religiones porque te invita a una investigación histórica. Y cuando ha pasado la prueba—como segura e inevitablemente lo hará—inculca una mayor devoción en el corazón del creyente por aquel a quien llamamos el Hijo de Dios.

El Año en que Jesús Nació

En el hemisferio occidental, dividimos el tiempo por el nacimiento de Jesucristo. Pero, ¿realmente vivió siquiera? Si así fuera, ¿cuándo nació?

Algún tiempo atrás, entablé una conversación con un hombre que afirmaba que Dios no existía. Él era un ateo. Pero no era un ateo a medias, si me comprende. ¡También aseguraba que Jesucristo nunca existió! Este hombre era muy tenaz.

Ahora bien, mi amigo ateo poseía una fe increíble—fe ciega, debo agregar. De hecho, su fervor religioso pondría a muchos evangelistas en evidencia. Pero la evidencia de que Jesucristo invadió la historia no sólo se limita al testimonio del Nuevo Testamento— ¡por irrefutable que esto sea! Los mismos enemigos del Cristianismo afirman que él vivió— ¡y que efectuó milagros! Documentos judíos primitivos como el Mishnah e, incluso, Josefo—como asimismo historiadores gentiles del primer siglo—como Talo, Serapio y Tácito—todos atestiguan que el llamado Cristo habitó en Palestina y murió bajo Poncio Pilato. Como señala el erudito británico, F. F. Bruce, “La historicidad de Cristo es tan axiomática (evidente)… como la historicidad de Julio César” (¿Son Fidedignos Los Documentos Del Nuevo Testamento?, 119).

Lo que lógicamente procede es que si Jesucristo vivió (¿es necesario decirlo?), debió haber nacido. Los Evangelios nos relatan que su nacimiento sucedió poco antes de la muerte de Herodes el Grande.

Josefo registra un eclipse lunar justo antes del fallecimiento de Herodes. Esto ocurrió el 12 ó 13 de marzo de 4 a.C. Josefo también nos narra que Herodes expiró justo antes de la Pascua. Esta festividad tuvo lugar el 11 de abril del mismo año, 4 a.C. A partir de otros detalles aportados por Josefo, podemos precisar que el fallecimiento de Herodes el Grande aconteció entre el 29 de marzo y el 4 de abril de 4 a.C.

Podría sonar extraño sugerir que Jesucristo nació a más tardar el 4 a.C., puesto que a.C. significa “antes de Cristo”. Pero nuestro calendario moderno, que divide el tiempo en a.C y d.C, no se inventó hasta el 525 d.C. En ese tiempo, el Papa Juan I solicitó a un monje llamado Dionisio que preparara un calendario estandarizado para la Iglesia occidental. ¡Para mala fortuna, el pobre Dionisio falló en la división real entre a.C. y d.C. por al menos cuatro años!

Ahora bien, Mateo nos cuenta que Herodes mató a todos los niños menores de dos años que había en Belén. Lo más pronto que Jesús pudo haber nacido, por lo tanto, es el 6 a.C. Por medio de una variedad de otros indicadores de tiempo, podemos estar relativamente confiados en que el llamado Mesías nació o a fines del 5 ó a principios del 4 a.C.

Mi amigo ateo se burla ante tal flexibilidad. Él dice, “Si no sabes con exactitud cuándo nació Jesús, ¿cómo sabes que él realmente existió?” ¡Ésa difícilmente es una pregunta razonable! El otro día llamé a mi madre para desearle un feliz cumpleaños. “Mamá, ¿cuántas velas serán en esta torta de cumpleaños?”, le pregunté. “No lo sé, hijo—ya no llevo la cuenta”, me susurró. Luego de unos minutos de una conversación amena, colgamos el teléfono.

Ahora, no puedo asegurarlo, por supuesto, pero sí creo que era mi madre quien estaba al teléfono. Ella no logra recordar cuántos años tiene (y no es senil ni muy anciana), pero eso no la hace un producto de mi imaginación, ¿o sí? Porque si ella fuera sólo un fantasma, entonces durante los últimos tres minutos, ¡estarías leyendo absolutamente nada!

El Día en que Jesús Nació

El 25 de diciembre próximo, muchos padres mentirán a sus hijos acerca del viejo Santa. Algunos de nosotros estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Salvador. Pero, ¿realmente nació en este día?

¿Nació Jesús realmente un 25 de diciembre? Prácticamente, cada mes en el calendario ha sido propuesto por los eruditos bíblicos. Entonces, ¿por qué celebramos su nacimiento en diciembre?

La tradición del 25 de diciembre es en realidad bastante antigua. Hipólito, en el siglo segundo d.C., afirmó que éste era el cumpleaños de Cristo. Mientras tanto, en la Iglesia oriental, el 6 de enero fue la fecha seguida.

Pero en el siglo cuarto, Juan Crisóstomo sostuvo que el 25 de diciembre era la fecha correcta y desde ese día hasta ahora, tanto la Iglesia del Este como la del Oeste, han celebrado el 25 de diciembre como la fecha oficial del nacimiento de Cristo.

En los tiempos que corren, la fecha tradicional ha sido cuestionada. Eruditos modernos apuntan que cuando Jesús nació, pastores cuidaban de sus ovejas en las montañas que rodean Belén. Lucas nos narra que un ángel se les presentó a unos “pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche” (2:8).

Algunos eruditos estiman que las ovejas eran usualmente traídas bajo techo desde noviembre hasta marzo; como asimismo, no se encontraban normalmente en el campo por la noche. Pero no hay evidencias irrefutables al respecto. De hecho, fuentes judías primitivas sugieren que las ovejas en los alrededores de Belén se encontraban al exterior durante todo el año. Como puede ver, el 25 de diciembre encaja bien tanto en la narrativa tradicional como en la bíblica. No hay objeción válida en el caso.

Se debe admitir que las ovejas alrededor de Belén eran la excepción y no la regla general. Pero éstas no eran ovejas comunes. Eran ovejas expiatorias. A comienzos de la primavera serían sacrificadas para la Pascua.

Y Dios primero revelaría el nacimiento del Mesías a estos pastores—pastores que cuidaban inofensivos corderos que pronto morirán en lugar de hombres pecadores. Cuando vieron al niño, ¿pudieron haberlo sabido? ¿Habrán susurrado en sus corazones como Juan el Bautista luego clamara, “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”

Ahora, por cierto, no podemos estar absolutamente seguros del día del nacimiento de Cristo. Por lo menos, antes de llegar al cielo. Pero una fecha cercana a principios de invierno pareciera una buena aproximación. Y el 25 de diciembre ha llevado la delantera por dieciocho siglos. Sin más evidencia, no hay razón alguna para cambiar ahora la fecha de la celebración.

Podemos culpar a la iglesia primitiva de gran parte de nuestra incertidumbre. Como verá, ellos no celebraban el nacimiento de Cristo. En lo absoluto. Para ellos, era irrelevante. Ellos estaban más interesados en su muerte… y resurrección.

Pero el Hombre moderno ha cambiado eso. Un niño en un pesebre es inofensivo, no intimida. Pero un hombre muriendo en una cruz—un hombre que afirma ser Dios—¡ese hombre es una amenaza! ¡Él exige nuestra fidelidad! No podemos ignorarle. Debemos aceptarle o rechazarle. No nos deja en medio terreno.

Esta Navidad, mire detenidamente la escena del nacimiento una vez más. No vea todo de color de rosa—huela el aire fétido, vea los fríos y temblorosos animales. Ellos representan el sistema sacrificatorio del Antiguo Testamento. Ellos son emblemas de la muerte. Pero son apenas unas sombras del Niño que estaba entre ellos. Él nació para morir… para que todo aquel que en Él cree, pueda vivir.

La Visita de los Magos

Cuando Jesucristo nació, unos hombres—conocidos como magos—vinieron del oriente a adorarle. ¿Eran estos hombres, sabios… o astrólogos?

Mateo comienza su segundo capítulo con las siguientes palabras: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ‘¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.’”

¿Quiénes eran estos hombres sabios de oriente? Mateo nos narra poco y nada sobre ellos—no menciona sus nombres, ni cuántos eran—ni de qué país provenían. Tan misteriosamente como entran a escena, asimismo desaparecen…

Aunque Mateo no nos dice mucho, cristianos sobre entusiastas a lo largo de la historia de la iglesia, dogmáticamente han llenado los vacíos. Durante el siglo 6 d.C., a estos misteriosos desconocidos se les otorgaron tronos y nombres. Gaspar, Melchor y Baltasar fueron los supuestos nombres de estos supuestos reyes. Pero esto no guarda relación alguna con el relato bíblico: realmente no conocemos sus nombres—ni tampoco el número de ellos. Hasta donde sabemos, ¡pudieron haber sido 3 ó 300! Pero una cosa sí sabemos con certeza: no eran de la realeza. Los magos antiguos eran consejeros religiosos y políticos de los reyes de oriente—pero no había ni una gota de sangre azul en ellos.

Pero, ¿no es cierto que los magos eran astrólogos? Y, ¿Dios en el Antiguo Testamento no había decretado la muerte para los astrólogos? Las respuestas son “no siempre” y “sí”. En Deuteronomio 17, Dios ordena a su pueblo a ejecutar a todos los astrólogos, apedreándolos. ¡Jean Dixon no hubiere tenido posibilidad alguna en una teocracia así! El hecho de que ella—y otros como ella—sean tan fácilmente tolerados—¡incluso muy respetados!—en el Estados Unidos actual, nos demuestra que este es un país post-cristiano—en el mejor de los casos.

Pero, ¿qué de estos magos antiguos? ¿Eran astrólogos? Después de todo, siguieron una estrella hasta Belén.

Podemos responder de tres maneras: Primero, no todos los magos eran astrólogos, pues el profeta Daniel fue el jefe supremo de todos los sabios (magos) en la corte de Nabucodonosor. A través de su influencia, sin duda, muchos de los sabios continuaron sus deberes religiosos y políticos como adoradores del único y verdadero Dios.

Segundo, algunos eruditos bíblicos creen que Isaías predijo que una estrella aparecería cuando naciera el Mesías. Si esta interpretación fuere correcta, entonces los magos que adoraron al rey recién nacido claramente la estaban siguiendo como recibieron de Daniel, pues probablemente él les enseñó de Isaías.

Tercero, aún cuando muy pocos creen que esa “estrella” se tratara de un fenómeno natural—como una conjunción entre Saturno y Jupiter—esto no explica cómo la estrella se posó justo sobre Belén. Claramente, la “estrella” tuvo un origen sobrenatural. De ser así, probablemente no tuvo nada que ver con la astrología.

Por lo tanto, con seguridad los magos no adherían a tales disparates supersticiosos. De ser así, realmente eran hombres sabios…

El otro día vi una calcomanía en un auto que decía: “Los hombres sabios aún lo buscan”. En realidad, eso no es tan cierto. La Biblia nos dice que “no hay quien busque a Dios, ni aun uno”. Pero si Él nos ha llevado a sí mismo, entonces somos sabios. Porque lo cierto es que “los hombres sabios aún le adoran”.

Los Niños de Belén

Una de las atrocidades más nefastas en la historia de la Humanidad fue la matanza de los niños de Belén por Herodes el Grande. Pero, ¿sucedió realmente?

En el segundo capítulo del Evangelio según Mateo, leemos que cuando Herodes el Grande oyó acerca del nacimiento del Mesías, “se turbo, y toda Jerusalén con él”. Más tarde, cuando los magos no regresaron a informar, él se enojó mucho, ¡y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y todos sus alrededores!

Tres preguntas me nacen al considerar este cruel incidente: Primero, ¿cuántos niños efectivamente asesinó Herodes? Segundo, ¿cuántos años tenía Jesús cuando esto aconteció? Y, finalmente, ¿por qué ningún otro historiador antiguo registra esta barbaridad? En otras palabras, ¿sucedió realmente?

¿Cuántos niños asesinó Herodes? ¡Algunos eruditos sugieren al menos 200! Pero muchos rechazan ese número. Belén era una pequeña comunidad—casi un suburbio de Jerusalén. La aldea misma—y los campos aledaños—difícilmente tendrían más de 30 infantes menores de 2 años. Muchos eruditos hoy calculan entre 20 y 30.

Pero sería sólo si hubieren matado a los niños varones. En realidad, el texto griego de Mateo 2:16 podría significar “niños”—no sólo “niños varones”. Y, psicológicamente, los subordinados de Herodes no se habrán molestado en verificar el sexo de sus víctimas. El número podría llegar hasta 50 ó 60.

Segundo, ¿cuántos años tenía Jesús cuando esto aconteció? Según la mejor evidencia cronológica, no debía haber tenido más de tres o cuatro meses de edad. Seguramente, habrá nacido en el invierno del 5 ó 4 a.C.—Herodes falleció a comienzos de la primavera del 4 a.C. Entonces, ¿por qué Herodes mató a todos los niños menores de dos años? La respuesta a la tercera pregunta, podría ayudar a responder ésta…

Tercero, ¿por qué este evento no se registra fuera de la Biblia? Particularmente, ¿por qué Josefo, el historiador judío del primer siglo, no lo menciona?

Josefo nos relata bastante acerca de Herodes. La frase que describe mejor su reinado es “excesiva destrucción”. Él asesinó al padre de su mujer favorita, ahogó al hermano de ella—e, incluso, ¡la mató a ella! Ejecutó a uno de sus amigos de mayor confianza, a su barbero, y a 300 líderes militares–¡todo como si nada! Luego, mató a tres de sus hijos, supuestamente por sospecha de traición. Josefo nos cuenta que “Herodes inflingió tales atrocidades en contra (de los judíos) que ni siquiera una bestia podría cometerlas si poseyera el poder de gobernar sobre los hombres” (Antigüedades de los Judíos 17:310). Matar niños no estaba ajeno al carácter de este cruel rey. Y matarlos hasta los dos años de edad—para asegurarse de llegar al niño Jesús—se alinea con su descabellada envidia por el poder.

Josefo pudo haber omitido la matanza de los niños por una de dos razones: primero, no era amigo del Cristianismo y lo dejó afuera intencionalmente; o, segundo, justo antes de morir, Herodes encerró cerca de 3000 ciudadanos líderes de la nación y ordenó que fueran ejecutados a la hora de su muerte. Y así asegurarse que hubiera luto cuando muriera… Israel estaba tan absorto con esto que una matanza clandestina de unos pocos niños pudo haber pasado desapercibida…

Herodes pensó que había logrado la victoria sobre el rey de los judíos. Sin embargo, esto no fue más que un presagio de la victoria que Satanás pensó que él tenía cuando Jesús yació muerto sobre la cruz romana. ¡Pero la tumba vacía demostró que aquel viernes negro fue la peor derrota de Satanás!

Conclusión

En este breve estudio, hemos analizado varios aspectos sobre el nacimiento de Jesucristo. Ahora, queremos unirlo todo.

En el invierno del 5 ó 4 a.C., Dios invadió la historia al tomar la forma de un hombre. Nació en un pueblito justo al sur de Jerusalén. Belén, que significa “casa de pan”, de hecho se hizo digna de su nombre una solitaria noche de invierno. Porque allí, en ese pueblo, nació el Pan de Vida…

Su madre puso al niño rey en un pesebre—o comedero—porque no había lugar en el mesón en que alojarían. El nacimiento de este rey fue celebrado aquella noche solo por su madre, su marido y un puñado de pastores. Los pastores habían estado en los campos aledaños a Belén, guardando los corderos que habrían de morir la próxima Pascua. Se les presentó un ángel que les anunció el nacimiento: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). En su fe sencilla, se apresuraron a ver el rey recién nacido.

Al poco tiempo del nacimiento del Mesías, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron al rey Herodes dónde habría de nacer el verdadero rey de los judíos. Los teólogos de la corte de Herodes conocían muy bien las Escrituras—en “Belén”, le relataron. Irónicamente, a pesar de que conocían las Escrituras, ¡no las creían! Ni siquiera se molestaron en viajar las cinco o seis millas hacia Belén para ver a su Mesías.

¡Pero Herodes creía en las Escrituras! Por eso envió un grupo de carniceros a Belén para matar niños inocentes, con la esperanza de destruir a este rival de su trono. Pero fue muy tarde. Los magos habían ido y venido, y Jesús ya se encontraba a salvo en Egipto.

Y los magos creían en las Escrituras. Habían viajado varios cientos de millas a adorar a este Niño. Fueron guiados hacia Belén por un fenómeno celestial sobrenatural—y por las Escrituras. Aparentemente, sus ancestros habían sido instruidos por el profeta Daniel acerca del Mesías venidero… Cuando vieron al niño, se postraron y le adoraron. Este era Dios hecho carne. No había otra cosa que pudieran hacer.

Y le ofrecieron presentes—oro, incienso y mirra. Estos eran regalos inusuales—bajo cualquier punto de vista. Por supuesto, todos podemos comprender el oro—pero el incienso y la mirra fueron curiosos. Tal vez habían leído la profecía de Isaías que “Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento… Traerán oro e incienso y publicarán alabanzas de Jehová…” (Isa. 60:3, 6). Esto explica el incienso, pero no la mirra.

La mirra, como el incienso, era un perfume. Pero, a diferencia del incienso, la mirra olía a muerte. En la antigüedad, se ocupaba para embalsamar un cadáver. Jesús mismo sería embalsamado con este perfume (cf. Juan 19:39).

Si los magos estaban pensando en la muerte de Jesús cuando le trajeron mirra, sin duda lo sabían por la profecía de Daniel (9:24-27). En el capítulo noveno de Daniel leemos que “se quitará la vida del Mesías” y esto para “expiar la iniquidad” y “para traer la justicia perdurable” (9:26, 24).

Incluso en el nacimiento de nuestro Salvador, la sombra de la cruz se deja caer sobre su rostro…

Los teólogos de la corte de Herodes no creían en las Escrituras. Fueron unos necios. Herodes creía, pero desobedeció. Fue un loco. Los sencillos pastores y los majestuosos magos creyeron en este niño Salvador—y les fue contado para justicia. Que nosotros sigamos por ese camino.


Daniel B. Wallace has taught Greek and New Testament courses on a graduate school level since 1979. He has a Ph.D. from Dallas Theological Seminary, and is currently professor of New Testament Studies at his alma mater.

His Greek Grammar Beyond the Basics: An Exegetical Syntax of the New Testament (Zondervan, 1996) has become a standard textbook in colleges and seminaries. He is the senior New Testament editor of the NET Bible. Dr. Wallace is also the Executive Director for the Center for the Study of New Testament Manuscripts.

https://bible.org/node/19065

No tratemos a los lobos como si fueran ovejas perdidas*


EQUILIBRIO ENTRE JUSTICIA Y MISERICORDIA

No tratemos a los lobos como si fueran ovejas perdidas*

Plinio Corrêa de Oliveira

Viernes 26 de febrero de 2016

Una visión unilateral de la parábola del Buen Pastor lleva a algunos a abandonar a las ovejas fieles para ir en busca del lobo, ponerlo cariñosamente sobre los hombros, e introducirlo en el redil.

Aparente contradicción entre la bondad y la justicia de Nuestro Señor Jesucristo

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No tratemos a los lobos como si fueran ovejas perdidas.

La doctrina de Nuestro Señor Jesucristo está llena de verdades aparentemente antagónicas que, examinadas con atención, lejos de desmentirse recíprocamente, se completan, formando una armonía verdaderamente maravillosa. Y este es el caso, por ejemplo, de la aparente contradicción entre la justicia y la bondad divina.

Dios es, al mismo tiempo, infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Toda vez que para comprender bien una de estas perfecciones ignoramos la otra, caeremos en un grave error.

Nuestro Señor Jesucristo dio, en su vida terrena, admirables pruebas de su dulzura y de su severidad. No pretendamos “corregir” la personalidad de Nuestro Señor de acuerdo a la pequeñez de nuestros modos de pensar, y cerrar los ojos a la suavidad para mejor edificarnos con la justicia del Salvador; o, por el contrario, hacer abstracción de su justicia para mejor comprender su infinita compasión con relación a los pecadores. Nuestro Señor se mostró perfecto y adorable tanto cuando acogía con perdón inefablemente dulce a María Magdalena, cuanto cuando castigaba con lenguaje violento a los fariseos. No arranquemos ninguna de estas páginas del Santo Evangelio. Sepamos comprender y adorar las perfecciones de Nuestro Señor como ellas se revelan en uno y otro episodio. Y comprendamos en fin que la imitación de Nuestro Señor Jesucristo solo la podremos hacer cuando sepamos no solo perdonar, consolar y acoger, sino también que sepamos flagelar, denunciar y fulminar como Nuestro Señor.

Bondad y energía: dos virtudes armónicas

Hay muchos cristianos que consideran los episodios del Evangelio en los que aparece el santo furor del Mesías contra la ignominia y la perfidia de los fariseos como cosas indignas de imitación. Esto aparece en el modo en que ellos consideran el apostolado. Hablan siempre de dulzura, y tratar siempre de imitar esa virtud de Nuestro Señor. Pero, ¿por qué no tratan de imitar las otras virtudes de Nuestro Señor?

Frecuentemente, cuando se propone en materia de apostolado un acto de energía, la respuesta invariable es que es necesario proceder con mucha suavidad “para no apartar aún más a los descarriados”. ¿Se podría sustentar que los actos de energía tienen siempre el efecto invariable de “apartar aún más a los descarriados”? ¿Se podría sustentar que Nuestro Señor, cuando dirigía sus invectivas candentes a los fariseos, lo hacía con la intención de “apartar aún más a aquellos descarriados”? ¿O se debería suponer por ventura que Nuestro Señor no sabía o no se preocupaba con el efecto “catastrófico” que sus palabras causarían a los fariseos? ¿Quién osaría admitir tal blasfemia contra la Sabiduría Encarnada, que fue Nuestro Señor?

Dios nos libre de preconizar el uso de la energía y de los procesos violentos como único remedio para las almas. Dios nos libre también, sin embargo, de proscribir estos remedios heroicos de nuestros procesos de apostolado. Hay circunstancias en que se debe ser suave y circunstancias en que se debe ser santamente violento. Ser suave cuando la circunstancias exigen violencia, o ser violento cuando la circunstancias exigen suavidad, es siempre un grave mal.

Unilateralidad en la interpretación de las Parábolas

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El Buen Pastor, Cristóbal García Salmerón, s. XVII. Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid.

Todo este orden de ideas unilateral que venimos denunciando, procede de una consideración también unilateral de las Parábolas. Muchos hacen de la parábola de la oveja perdida la única del Evangelio. Hay en esto un error gravísimo que no queremos dejar de denunciar.

Nuestro Señor no nos hablaba solamente de ovejas perdidas, que el Pastor va a buscar pacientemente en el fondo de los abismos, ensangrentadas por las espinas, en las que lamentablemente se hirieron. Nuestro Señor nos habla también de lobos rapaces, que merodean constantemente el redil, esperando una ocasión para introducirse en él disfrazados con pieles de ovejas. Pues bien, si es admirable el Pastor que sabe cargar sobre sus hombros con ternura a la oveja perdida, ¿qué decir del Pastor que abandona a sus ovejas fieles para ir a buscar a lo lejos a un lobo disfrazado de oveja, que toma al lobo, lo pone amorosamente sobre sus hombros, le abre él mismo las puertas del redil, y con sus manos pastorales coloca entre las ovejas al lobo voraz?

¡Cuántos cristianos hay, sin embargo, que actuarían exactamente así, si aplicasen efectivamente los principios del apostolado unilateral que profesan!


* Extractos del artículo publicado en el “O Legionário”, San Pablo, el 28 de setiembre de 1941.

Copiado de

Las Siete Palabras de Cristo revelan su misericordia hacia la humanidad


Las Siete Palabras de Cristo revelan su misericordia hacia la humanidad

viernes, 21 de marzo de 2008

Un Cristo misericordioso, que cumplió con la tarea de su Padre, pese al dolor que esto le significó, fue el punto común que resaltaron los diversos prelados que, uno a uno, recordaron y analizaron hoy en la Catedral de Lima las siete palabras dichas por Jesús crucificado.

Se inició el sermón de las siete palabras, abocándose a desentrañar el mensaje de la primera: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Sobre ella, se sostuvo que nos revela a un Dios misericordioso, que al igual que en la parábola del Hijo pródigo, hace prevalecer el amor sobre el odio.

“Da testimonio de que no ha venido a condenar, sino a salvarnos de todos nuestros pecados. Esta frase descubre su amor compasivo, y nos invita a seguir su ejemplo en todas nuestras actividades humanas, en la familia, en el trabajo, en el centro de estudio. Nos enseña que no es posible la paz con odios y venganzas”, afirmó.

En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso, la segunda palabra, dicha al llamado ‘ladrón bueno’ que estuvo en un costado de Jesús durante la crucifixión, estuvo a cargo de otro  de los sacerdotes.

Indicó que con frecuencia muchos se creen dueños de la justicia, pero sin la compasión de la que hizo gala el hijo de Dios.

Lamentó la falta de justicia que padece mucha gente, que es encerrada en las cárceles por faltas menores, mientras los que han hecho mucho más daño se pasean por las calles.

Es momento de mirar más allá, exhortó, de ver la miseria y el dolor que agobia a nuestros hermanos y que todos debemos ayudar a combatir.

La palabra “Mujer ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre” revela una vez más el amor que profesó Jesús a toda la humanidad, y que pese a su gran dolor, tuvo tiempo para preocuparse por dejar a su madre, para que Juan, “su discípulo amado” cuide de ella.

Recordó la soledad que acompañó a Jesús en su crucifixión, cuando ya no habían más milagros y todos le de daban la espalda, fue allí, dijo, en que el amor de María cobra una especial dimensión.

“Cuando Jesús entrega a su madre al apóstol lo hace en verdad de una manera simbólica a todos nosotros. Desde ese momento en cierta forma ella es también “nuestra madre”, ya que es un modelo hermoso de madre, de discípula del Señor, de hija de Dios. Un verdadero modelo a imitar. De esta manera se invita a todos a cuidar de sus padres, a hacerles sentir amor verdadero, no sólo con palabras, sino también con la presencia de cada hijo, con demostraciones verdaderas de afecto.

Otro sacerdote fue el responsable de explicar la cuarta palabra: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.

Indicó que aunque podría parecer un reclamo, se trata de una oración hacia el Padre, del clamor de alguien sufriente, que se siente agotado, adolorido, que se muestra en su condición más humana.

Tengo sed, quinta palabra, es la queja de Jesús ante la falta de compromiso de muchos católicos ante el camino de Dios, afirmó el prelado a cargo de su análisis.

“Tiene sed de los hombres que no se deciden a creer en el padre misericordioso, que se dejan seducir por el poder, la fama, que no buscan la verdadera libertad que es Dios”, señaló.

Fue otro de los sacerdotes el que reflexionó sobre el mensaje “Todo está cumplido”.

“Jesús nos dice que ahora nos toca a nosotros continuar con su pasión, su sacrificio”, sostuvo, tras señalar que lo más doloroso ya fue hecho por él, y que el camino que nos dejó no es tan duro y difícil de seguir como podría parecer.

El sermón fue cerrado por el cardenal, quien estuvo a cargo de la séptima palabra:“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sermón en el que hizo un defensa cerrada del valor y protección de la familia.

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Fuente: Tomado y adaptado de:

Afirman que Siete Palabras de Cristo revelan su misericordia hacia la humanidad