Herman Reimarus: la teoría del engaño


Herman Reimarus: la teoría del engaño [1]

Autor: Paulo Arieu

Reimarus

Introducción

  • Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. (Mat 22.29 RV 1960)
  • “Comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:27).

Muchos que no conocen las escrituras pero que no conocen el poder de Dios se quejan de que los carismaticos y pentecostales los consideran como ciudadanos de segunda clase en el reino, por cuanto estos aducen conocer el poder. Esta acusación tiene base. Sin embargo, es igualmente verdad que los que tal vez conozcan las Escrituras, pero no el poder, consideran a los carismáticos y pentecostales como ciudadanos de segunda clase en el reino porque tienen la tendencia a tener menos conocimiento bíblico o académico. El hecho es que  ambos tienen razón. y ambos la dos necesitan arrepentirse de su orgullo espiritual y  aprender  unos de otros.[0]

Yo me tope con un libro sobre Jesús, escrito por este tipo (Herman Reimarus), en la biblioteca del condado.Lo retiré para leerlo en mi casa, pero solo lo pude mirar por  arriba, por la cantidad de negativas al respecto la persona de Jesús. No recuerdo ahora las citas de su libro, pero lo tuve que devolver por que  su contenido era tan pero tan escéptico, que de tragarme una espina de esas, el diablo me iba a provocar una hemorragia espiritual.!!!!

Creo que estamos asistiendo, a una avalancha de publicaciones propiciada por un renovado interés sobre Jesús. Curiosamente, este interés ha traspasado las fronteras de los círculos creyentes y académicos y ha llegado hasta la prensa (Times, Newsweek) y a la televisión (reciente programa de la BBC), convirtiéndose así en un fenómeno mediático.

  • El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (Mat. 16:15-17 RV 1960)

La fuerza de esta pregunta y su urgencia para ser respondida, aún no ha perdido vigencia. Es por este motivo que los cristianos debemos capacitarnos a fin de dar respuestas a estos escepticos academicos, quienes cargados de información e hipotesis cientificas, nos desafían a dar respuestas biblicas e historicas acerca de nuestra fe en Jesús.

H. Reimarus

Hermann Samuel Reimarus (Hamburgo, 1694 – 1768). Historiador alemán. Fue Catedrático de lenguas orientales en su ciudad natal. Se considera que con Reimarus se inicia el movimiento de Búsqueda del Jesús histórico, a mediados del siglo XVIII. Para sus contemporáneos Reimarus era un desconocido. De hecho su obra capital sólo circulaba entre sus amistades de forma anónima. Se produce su publicación parcial cuando Gotthold Ephraim Lessing publica de forma póstuma la obra de Reimarus porque ve en ella un gran peligro para el cristianismo y espera que los historiadores y teólogos se hagan cargo de las tesis de Reimarus para refutarlas. Se publican, entre 1774 y 1778, siete fragmentos de la referida obra manuscrita de Reimarus (Fragmentos de Wolfenbüttel). El último (1778) se titula  “Acerca del objetivo de Jesús y sus discípulos”.

Según Reimarus, Jesús de Nazaret no fue un mesías trascendente sino más bien un predicador que anunciaba algo que los judíos esperaban ,la cercanía de la llegada del reinado de Dios, que implicaba el final del dominio romano en Judea. Jesús sería más bien un profeta-político proveniente de la casa de David. En cuanto predicador Jesús murió fracasado, no atrajo hacía sí mismo al pueblo de Israel (los discípulos enviados a predicar no atrajeron a todo el pueblo y después cree que lo apoyarán tras su entrada en Jerusalém montado en un pollino).

Según Reimarus (1694-1768), tras la sorpresa de la muerte del maestro y la paulatina desesperanza por el incumplimiento de la promesa de su pronto regreso los discípulos reaccionaron ante este fracaso recurriendo a una segunda idea del reino de Dios, vale decir, la salvación no es algo intramundano sino que se refiere a la muerte y resurrección de Jesús que unida a la idea apocalíptica de que hay que esperar su retorno que implicaría el final de los tiempos y la verdadera instauración del reino de Dios. Según esta última concepción el mesías tendría que aparecer dos veces. Primero humildemente, luego en gloria majestad sobre las nubes del cielo. Esta era la segunda esperanza mesiánica.

Los discípulos se apoyan en esta segunda idea para inventar la idea de resurrección y así poder seguir teniendo fieles que se les unirían bajo la esperanza de una segunda venida. Según Reimarus los discípulos habrían acultado el cuerpo de Jesús y esperaron 50 días para comunicar el milagro.

El problema clave que ve Reimarus respecto del cristianismo primitivo es la demora respecto de la parousía o segunda venida del mesías. Esta parousía no es doctrina del maestro sino que era la expectativa de los discípulos. Hay textos que señalan que de Jesús se esperaba su retorno en un muy breve plazo.

El gran mérito de Reimarus fue destacar estas dos fuentes mesiánicas en la mentalidad judía, que él interpretó que se dieron de forma sucesiva. Primero como un profeta-político que liberaría al pueblo judío y, luego, como un mesías escatológico con rasgos espirituales.

H. Reimarus  es el iniciador de la crítica más dura contra la confiabilidad de los evangelios. De él sabemos poco. Defendió una religión racional en oposición a la fe de las iglesias. Sus escritos fueron publicados por Lessing seis años después de su muerte, en 1774. El trabajo que más nos interesa es Vom dem Zwecke Jesu und seiner Jünger (Acerca del propósito de Jesús y el de sus discípulos). Reim mismo proclamó y pensó en su propia vida».

Para Reimarus, el mensaje de Jesús se reduciría a anunciar el arrepentimiento, porque «el Reino está cerca».

Pero, ¿qué significaba el Reino para los judíos del siglo primero? La llegada del Reino significaba la liberación del yugo romano. Por ello, la predicación de Jesús rápidamente tuvo éxito. En ese ambiente, ser el Mesías o el Hijo de Dios no involucraba nada metafísico, se trataba de un Mesías humano. Sólo en un contexto plenamente judío es posible comprender este mensaje, pues Jesús se mantuvo fiel al Judaísmo, y la ruptura con la ley fue obra de los discípulos posteriores[2]

Jesús realizó hechos que a sus contemporáneos les parecían milagrosos y pedía silencio, sólo para estimularlos a hablar de ellos. Pero Jesús no realizó milagros, de otro modo la petición de signos no se entiende (cf. Mat. 12:38; Jn 4:48). Otros milagros no tienen base histórica, son narraciones que muestran que los milagros del Antiguo Testamento se repiten en Jesús.

Jesús pensó que con la predicación de los discípulos (Mat 10:23), se le uniría gente y sería proclamado Mesías. La entrada a Jerusalén y la expulsión de los mercaderes del Templo eran el inicio de la revuelta. Pero Jesús esperó en vano la popularidad: la gente de Jerusalén no se alzó, la masa lo abandonó, y murió crucificado. Según Reimarus, las palabras de la cruz, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? no pueden comprenderse, sin violentar el texto, más que como un reconocimiento del fracaso. Jesús no pretendía morir, sino liberar al pueblo de la opresión romana, pero falló la ayuda de Dios y fracasó. Los discípulos compartieron la derrota, pues esperaban los primeros puestos (cf. Mat. 16:28). Sucedió lo que menos esperaban.

En los días posteriores a la muerte de Jesús, los discípulos estaban desorientados, y «ya habían olvidado lo que era trabajar». ¿Cómo superaron este fracaso? Optaron por otro tipo de mesianismo. Encontrarían sin duda algunos ilusos que creyeran en la vuelta del Mesías celestial, y esperando su retorno, compartirían sus bienes con ellos. Comenzaron a hablar de liberación espiritual e inventaron la resurrección. Esperaron 50 días hasta que el cuerpo de Jesús fuese irreconocible, robaron el cuerpo y proclamaron su resurrección.

La fe en la segunda venida (la parusía) fue lo que concentró la esperanza de las primeras comunidades cristianas. Pero como se retrasaba la parusía (cf. 2 Tes y 2 Pe.), se resuelve el problema con una maniobra retórica: se afirma que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día (cf. 2 Pe 3:8). Y así se continuó alimentando una fe vacía. No se cumplió la inminente parusía, luego el cristianismo es un fraude.

Pero, entonces, ¿qué causó el éxito numérico del cristianismo? Reimarus busca una explicación racional al éxito numérico de los primeros cristianos. Al final de su texto, comentando a Pentecostés (cf. Hch 2:1-41), da la respuesta:

Indudablemente hay mucho que reducir de los 3.000 hombres que inmediatamente se sometieron para ser bautizados y creyeron en Jesús, y la motivación de los que permanecieron después de haber considerado la exageración no fue el milagro (como inventó Lucas treinta años después), sino el gozo de los bienes comunes que eran distribuidos generosamente a todos, y el hecho de que comían y bebían juntos y a nadie le faltaba nada.

Porque eso es precisamente lo que dice Hechos de los Apóstoles: ‘Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes, y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón’ (cf. Hch 2:42-46). ¡Vean esto! Ésta es la motivación verdadera de la popularidad que se produjo de modo tan natural y sigue produciéndose, de modo que ya no necesitamos ningún milagro para comprender todo claramente. Éste es el verdadero viento impetuoso que reunió tanta gente y tan rápido; ésta es la verdadera lengua común que realiza milagros[4]

Síntesis de las principales afirmaciones de Reimarus:

1. Distinción entre la predicación de Jesús y la de los discípulos;

2. Carácter desconfiable de los Evangelios;

3. Interpretación exclusivamente social del ministerio de Jesús;

4. Reducción de Jesús al judaísmo;

5. Actividad creadora de los discípulos en los relatos sobre Jesús;

6. Tensión entre diversas escatologías;

7. Interpretación natural de los milagros.

La antigua búsqueda del Jesús histórico [6]

De Reimarus a Wrede (1778-1901)

La primera etapa en la investigación sobre la vida de Jesús comenzó a mediados del siglo XVIII con los trabajos de H. Reimarus, y puede decirse que concluye en los primeros años del siglo XX con la publicación del libro de W. Wrede sobre el secreto mesiánico en los evangelios.

H. Reimarus (1694-1768) fue un aguerrido defensor de la religión de la razón frente a la fe eclesiástica, y sobre este tema publicó varios escritos durante su vida. Sin embargo, la obra capital en la que fundamentaba sus opiniones solamente circuló entre sus amigos y conocidos. Fue uno de ellos, G. Lessing, quien algunos años después de su muerte publicó siete fragmentos de las cuatro mil páginas que había dejado escritas. El último, publicado el año 1778 con el título ìSobre los objetivos de Jesús y sus discípulosî, señala el comienzo de la investigación crítica sobre la vida de Jesús. La tesis de Reimarus era que Jesús y sus discípulos persiguieron objetivos distintos. Jesús fue un mesías político, que anunció la llegada del reinado de Dios y fracasó; pero sus discípulos, que no estaban preparados para ello, decidieron continuar aquella forma de vida e inventaron el mensaje de su resurrección y de su segunda venida. En consecuencia, no podemos fiarnos de lo que los apóstoles nos dicen sobre Jesús, porque su testimonio acerca de él no responde a lo que dijo y enseñó en su vida. Reimarus establece así una distinción entre el dogma y la historia, que será básica en la investigación sobre la vida de Jesús.

El mérito de Reimarus consiste en haber planteado una cuestión de fondo a partir de una lectura crítica de los evangelios. Su planteamiento es el de un historiador, no el de un teólogo, pero los teólogos comprendieron enseguida el alcance de su intuición. En el último tercio del siglo XVIII y en el primero del XIX aparecieron diversas vidas de Jesús escritas con un talante racionalista, que reflejan el espíritu de la Ilustración y proclaman su consigna: ì¡liberémonos del dogma y volvamos al hombre Jesús!î Esta etapa culmina con la publicación de la primera vida extensa de Jesús. La escribió  un filósofo y teólogo llamado David Friedrich Strauss, que había sido discípulo de Baur y de Hegel. La obra, que apareció entre 1935 y 1936 en tres volúmenes, aplicó a los evangelios una categoría que ya se había utilizado en el estudio del Antiguo Testamento: el mito. Es evidente que los evangelios son relatos míticos, pues poseen elementos que contradicen las leyes de la naturaleza. Estos elementos no-históricos no son fruto del engaño, como pensaba Reimarus, sino de la imaginación mítica, que crea espontáneamente para transmitir una idea. Por eso, el revestimiento mítico no afecta al núcleo de la fe cristiana, que según Strauss era la idea de la humanidad de Dios, realizada históricamente en Jesús.

La vida de Jesús escrita por Strauss integró las conclusiones de su maestro F. Ch. Baur acerca de la prioridad de los sinópticos sobre el evangelio de Juan, pero aún pensaba que Mateo y Lucas eran los evangelios más antiguos. Esta forma de entender las relaciones entre los evangelios cambiaría enseguida. En el año 1838 Ch. H. Weisse y Ch. G. Wilke propusieron de forma independiente una nueva hipótesis que estaría llamada a tener una gran fortuna: el evangelio de Marcos no era un resumen de los otros dos, sino el que les había servido de fuente. Esta hipótesis se basaba en la observación de que Mateo y Lucas coinciden entre sí en el orden sólo cuando coinciden con Marcos. Weisse postuló además la existencia de una fuente de dichos común a Mateo y a Lucas, poniendo así las bases de la hipótesis de las dos fuentes, que ha determinado el estudio de los evangelios hasta hoy.

El descubrimiento de la prioridad de Marcos abrió una nueva etapa en la investigación sobre la vida de Jesús. Si Marcos era el evangelio más antiguo, entonces tenía que ser también el más fiable desde el punto de vista histórico. Contemplados desde esta nueva perspectiva, los detalles pintorescos y aparentemente innecesarios de Marcos aparecieron ante los ojos de los estudiosos liberales como una confirmación de su cercanía a los acontecimientos. El evangelio de Marcos se convirtió así en el nuevo paradigma de las vidas de Jesús. Después de una primera etapa en Galilea marcada por el éxito, Jesús experimentó un momento de crisis reflejado en el episodio de Cesarea de Filipo (Mc 8,27-30), el cual dio lugar a una nueva conciencia de su misión, que le llevaría hasta Jerusalén. Este es el tono de las vidas de Jesús liberales, que se publicaron en la segunda mitad del siglo XIX.

Sin embargo, un nuevo paso en la investigación de los evangelios quebraría este optimismo basado en la prioridad de Marcos. Fue en 1901, justo al comenzar el nuevo siglo, cuando W. Wrede publicó su estudio sobre el secreto mesiánico en los evangelios. Este libro puso de manifiesto la importancia de las motivaciones teológicas de Marcos, y en consecuencia su carácter tendencioso. Según Wrede, el evangelio de Marcos no es una crónica de la vida de Jesús, sino que proyecta en ella la condición de Mesías que le fue atribuida posteriormente por sus discípulos. El hecho de imponer silencio a quienes le reconocen como Mesías o Hijo de Dios sería, según Wrede, un recurso de Marcos para explicar por qué muchos discípulos de Jesús no sabían nada acerca de su mesianidad. Lo que había sucedido, en realidad, es que Jesús no se había presentado a sí mismo como Mesías.

La obra de Wrede llevó la investigación sobre la vida de Jesús a un callejón sin salida. Primero se había descartado el evangelio de Juan como fuente histórica menos fiable (Baur, Strauss). Después se había establecido la prioridad de Marcos sobre los otros dos sinópticos (Weisse, Wilke). Y ahora se demostraba que también Marcos estaba mediatizado por intereses teológicos. La primera búsqueda del Jesús histórico terminó con una sensación de impasse, que se acentuó con la publicación en 1906 de la Historia de la investigación sobre la vida de Jesús de A. Schweitzer. En su aguda presentación de las obras publicadas desde Reimarus Schweitzer demostró que los autores de las vidas de Jesús habían proyectado sobre él lo que cada uno consideraba el ideal ético supremo. En su intento por liberarse de las ataduras del dogma habían caído en los lazos de las modas filosóficas.

Con todo, el balance de estos esfuerzos no es negativo. La primera búsqueda del Jesús histórico puso sobre el tapete una serie de problemas a los que no supo dar una respuesta satisfactoria, pero también intuyó que dicha respuesta sólo podía encontrarse por el camino que abría el estudio crítico de los evangelios. Por él volverán a caminar, después de un paréntesis de casi medio siglo, los discípulos de Bultmann. Fue un paréntesis presidido por el escepticismo, en el que sin embargo se fueron poniendo las bases para un caminar más firme y seguro.

Un paréntesis de escepticismo: de Wrede a Käsemann (1901-1953)

El periodo que se cerró con la publicación de la obra de Wrede estuvo protagonizado por partidarios de la ìteología liberalî, que se esforzaron por rescatar al Jesús de la historia de los estrechos corsés del dogma eclesiástico. La  reacción de la ìteología positivaî frente a este intento fue casi siempre de carácter defensivo. Sólo en 1982 pasó a la ofensiva con una obra de Martin Kähler, que en cierto modo se adelantó a su tiempo. Llevaba un título bien pensado, cuyos matices no se perciben bien en castellano: Der sogenannte historische Jesus und der geschichtliche, biblische Christus. Kähler planteó una alternativa entre dos visiones de Jesús: la del Jesús del pasado reconstruido por los historiadores (historisch), y la del Cristo existencialmente histórico (geschichtlich) de la predicación de la Iglesia. Según Kähler nosotros sólo podemos acceder al segundo, es decir al Cristo bíblico, que es el único que tiene un valor permanente, pues sólo el Cristo de los evangelios evoca en nosotros una sensación de realidad. La propuesta de Kähler no fue escuchada en su tiempo, pero la semilla sembrada por él daría fruto años más tarde, cuando R. Bultmann retomó, desde otra perspectiva, su intuición fundamental.

La figura de Rudolf Bultmann, como escritor y como maestro, preside este gran paréntesis de escepticismo que se extiende a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Una de las claves para entender su postura hacia el problema del Jesús histórico se encuentra en los descubrimientos realizados por la Escuela de la Historia de las Formas con respecto a los evangelios. Entre 1919 y 1921 aparecieron tres obras fundamentales, que sentaron las bases para entender de una forma completamente nueva la historia de la formación de los evangelios. K. L. Schmidt descubrió que los evangelios habían sido compuestos a partir de pequeñas unidades independientes y que el marco narrativo fue creado secundariamente por los evangelistas. M. Dibelius, y el propio R. Bultmann, confirmaron y completaron el descubrimiento de Schmidt, mostrando que incluso esas pequeñas unidades literarias estaban impregnadas de la fe comunitaria, pues se habían transmitido en diversos contextos de la vida eclesial. Este descubrimiento situó el estudio crítico de los evangelios en un escenario completamente nuevo. Se pasó del estudio de las fuentes, que tanto influyó en la primera búsqueda, al estudio de las tradiciones. Ante los ojos de los estudiosos aparecía poco a poco un nuevo periodo en la formación de los evangelios: el que va desde la pascua hasta la elaboración de las fuentes más antiguas. En este periodo las tradiciones sobre Jesús fueron cristalizando en formas literarias fijas que contribuyeron a su conservación, pero también a su homogeneización.

En este nuevo escenario la tarea de quien quisiera reconstruir la vida de Jesús se había hecho mucho más compleja, pues ahora había que situar cada una de las unidades de la tradición oral en el contexto de la vida de Jesús. Bultmann y sus compañeros de escuela pensaron que esto era imposible, y que lo más que podía hacerse era situarlas en la vida de las comunidades que las transmitieron. Más aún, estaban convencidos de que muchas de estas tradiciones no habían tenido su origen en Jesús, sino que habían sido creadas después de la pascua para responder a diversas situaciones de la vida comunitaria.

La reacción de Bultmann consistió en atrincherarse en el baluarte de la predicación. Si muchas de estas tradiciones son posteriores a la pascua, y todas ellas están teñidas por la experiencia de fe de las comunidades, entonces la tarea de recuperar la vida de Jesús resulta casi imposible. Es verdad que podemos averiguar muchas cosas acerca de lo que hizo y dijo, pero no podemos reconstruir su vida. Y aún en el caso de que pudiéramos hacerlo, afirma  Bultmann, no encontraríamos nada que sea relevante para la fe, porque Jesús pertenece a la esfera del Judaísmo, no del Cristianismo. El Cristianismo comienza propiamente con el anuncio sobre él, y por tanto el único fundamento de la fe es el kerigma predicado por los primeros cristianos. Fiel a este postulado, Bultmann consideró la predicación de Jesús como la antesala de la teología cristiana, y en consecuencia le dedica un brevísimo espacio en su monumental Teología del Nuevo Testamento..

Bultmann mantuvo este punto de vista incluso cuando sus discípulos se habían lanzado de nuevo a la búsqueda del Jesús de la historia, y esta actitud revela que su postura se basaba no sólo en los resultados de su estudio literario de los evangelios, sino en convicciones más profundas, que hay que buscar en los postulados de la teología dialéctica: fundamentar la fe en la predicación y no en la historia era una manera de reivindicar la primacía de la sola fides  frente a la razón o a cualquier tipo de evidencia.

El influjo de Bultmann fue tan extraordinario, que la primera mitad del siglo XX ha sido definida, en lo que se refiere al Jesús histórico, como un periodo de ìNo búsquedaî (no-quest). Aunque tal vez la expresión sea exagerada, porque a lo largo de estos años no faltaron quienes seguían empeñados en abrir caminos hacia Jesús. El autor más representativo de esta tendencia es Joachim Jeremias, que vivió durante muchos años en Palestina, y nunca renunció a llegar al Jesús del que le hablaban a cada paso los lugares y las costumbres que conocía bien. Su estudio sobre la invocación abba, o sobre las parábolas, y sobre todo su teología del NT, son un excelente exponente de este intento perseguido durante toda una vida.

La nueva búsqueda: de Käsemann a nuestros días (1953-    )

El punto de partida de la segunda etapa en la investigación sobre el Jesús histórico fue una conferencia pronunciada por E. Käsemann el 20 de Octubre de 1953 en una reunión de antiguos alumnos de Bultmann. Käsemann comenzó levantando acta de la situación con estas palabras: ìuna de las características de la revolución que se ha producido en nuestra época es que el antiguo problema del Jesús histórico ha pasado a ocupar en la última generación un plano relativamente muy secundario en los trabajos alemanes sobre el Nuevo Testamento”. A pesar de ello, reconoce Käsemann, este problema ha constituido el centro de la disciplina y ha sido el que la ha hecho progresar. Se impone, por tanto, revisar esta situación y replantear la vieja cuestión de la teología liberal en una situación nueva. Esta necesidad nace de la misma naturaleza del kerigma cristiano, que identifica al Cristo resucitado con el Jesús terreno, haciendo así del Jesús de la historia un asunto central para la fe cristiana.

La propuesta de Käsemann fue escuchada, y a su ensayo programático siguieron otros de sus colegas, que fueron explicitando sus consecuencias. Su influjo fue decisivo en las tres décadas siguientes, aunque las publicaciones sobre Jesús fueron más bien escasas. La obra más representativa es, sin duda, el Jesús de Nazaret  de G. Bornkamm, publicado en 1956.

La autores de esta nueva búsqueda, que en su mayoría eran alemanes y discípulos de Bultmann, tomaron en serio los hallazgos de la Formgeschichte sobre la naturaleza creyente de la tradición evangélica, pero al mismo tiempo tenían la convicción de que los primeros cristianos quisieron evocar la historia de Jesús en su testimonio de fe. Esta intencionalidad histórica de los testimonios de fe hacía posible recuperar críticamente un mínimo de tradición sobre Jesús anterior a la pascua. Bastaba con descartar en las tradiciones evangélicas todos aquellos elementos derivados de Judaísmo o del Cristianismo primitivo. Guiados por esta convicción, y partiendo de los postulados de escuela de la Historia de las Religiones, los discípulos de Bultmann elaboraron un criterio de historicidad, que constituye la piedra angular de esta primera fase de la nueva búsqueda: el criterio de desemejanza. Según dicho criterio, puede considerarse histórico todo aquello que no proceda del Judaísmo anterior a Jesús, ni del Cristianismo posterior a él. Un ejemplo: la invitación de Jesús a sus primeros discípulos para que se conviertan en ìpescadores de hombresî puede atribuirse a Jesús, porque ni se encuentra en el Judaísmo, ni la Iglesia posterior la utilizó para designar el ministerio pastoral.

Con este criterio como instrumento básico, la nueva búsqueda fue elaborando una ìbase de datosî de aquellos elementos, principalmente palabras de Jesús, que podían considerarse históricos. Estos elementos ìmás segurosî podían utilizarse después como canon para evaluar otros menos claros, dando lugar así a un criterio secundario: el de coherencia. A este segundo criterio se añadían otros, pero todos ellos pivotaban sobre el criterio de desemejanza, que era el fundamental. La aplicación de este criterio dio como resultado una imagen de Jesús desvinculada de sus raíces judías, que en última instancia trataba de corregir la visión unilateral de Bultmann sobre su relevancia para el Cristianismo. Este es, sin duda el rasgo más característico del Jesús reconstruido por los discípulos de Bultmann, un Jesús recuperado de la trastienda judía a la que lo había relegado su maestro, un Jesús cuya vida y predicación sí era relevante para la fe cristiana.

El impulso de Käsemann, cristalizado en sus propias publicaciones y en las de sus compañeros de escuela, llega hasta finales de la década de los setenta. Hacia 1980 comienza una nueva etapa en la investigación sobre el Jesús histórico, que fue propiciada por diversos factores. Uno muy importante, fue la aparición de nuevas perspectivas metodológicas que intentan comprender mejor los textos del Nuevo Testamento reconstruyendo su contexto con ayuda de las ciencias sociales. Esta nueva perspectiva metodológica coincidió con un mejor conocimiento de los textos cristianos antiguos, tanto canónicos (Documento Q), como apócrifos (Evangelio de Tomás); con un notable desarrollo de los estudios sobre la obra de Flavio Josefo y sobre los escritos de Qumran, y con importantes aportaciones procedentes del campo de la arqueología. Estos y otros factores han contribuido a un conocimiento más preciso y diferenciado del Judaísmo del siglo I d.C, que será decisivo en esta nueva etapa.

Todos estos factores coincidieron con un desplazamiento de la investigación bíblica desde Centroeuropa hacia Norteamérica, cuyas universidades se han convertido en los últimos veinte años en el hogar de la investigación sobre el Jesús histórico. Este nuevo contexto vital ha contribuido notablemente a que los estudios sobre el Jesús de la historia hayan dejado de ser un patrimonio de la teología protestante alemana. El círculo de los estudiosos se ha abierto para abarcar otras disciplinas (la antropología o la arqueología), otras confesiones y religiones (católicos y judíos), y otras nacionalidades (sobre todo norteamericanos). La nueva búsqueda se ha vuelto interdisciplinar, interconfesional, interreligiosa, e internacional; y los planteamientos típicamente teológicos, protestantes y alemanes están menos presentes que en toda la investigación precedente.

La coincidencia de todos estos elementos ha propiciado una revisión a fondo de los resultados de la investigación llevada a cabo por los discípulos de Bultmann. Una de las principales claves de este cambio de perspectiva ha sido el mejor conocimiento del Judaísmo antiguo, que ha ido madurando a partir de la segunda guerra mundial. El Judaísmo del siglo I d.C. no fue una realidad homogénea sino plural, y dentro de esta pluralidad Jesús puede ser comprendido como un judío de su tiempo. Este descubrimiento cuestionó la primacía del criterio de desemejanza, y puso en su lugar un nuevo criterio de historicidad: el llamado criterio de plausibilidad histórica. Según este criterio, es históricamente plausible todo aquello que revele, al mismo tiempo, una relación de continuidad y discontinuidad con respecto al Judaísmo anterior a Jesús, y con respecto al Cristianismo naciente. Un ejemplo: la actitud de Jesús hacia la ley fue de aceptación y de crítica al mismo tiempo. Por un lado, esta actitud responde a un debate interno que el Judaísmo sostenía en aquella época, y revela una cierta novedad con respecto a él. Por otro lado, es una actitud que explica por qué los diversos cristianismos posteriores se enfrentaron a causa de este tema.

La novedad de estos planteamientos respecto a la investigación inmediatamente precedente ha hecho pensar a la mayoría que estamos ante una nueva etapa en la investigación sobre el Jesús histórico: la llamada ìtercera búsquedaî. A pesar de que se trata de una convicción muy difundida y apenas discutida, en mi opinión esta nueva fase en la investigación debe entenderse como una segunda etapa de la nueva búsqueda iniciada a mediados del siglo XX. Es cierto que existen muchos elementos nuevos, como ya he señalado, pero también es cierto que existe una gran continuidad con la investigación precedente en los presupuestos básicos. En primer lugar hay una continuidad cronológica, que relaciona ambas fases como dos momentos de un proceso dialéctico en torno a un mismo planteamiento. En segundo lugar, y a pesar de que el criterio básico utilizado en ambas fases ha sido diferente, es común la preocupación por establecer unos criterios que sirvan para determinar la historicidad de las tradiciones. Y en tercer lugar ñ y esto es tal vez lo más importante ñ la investigación de la segunda mitad del siglo XX está basada en los resultados de la Formgeschichte, que colocó en primer plano el estudio de las tradiciones orales recogidas en los evangelios.

La difusión que ha alcanzado la ìtercera búsqueda del Jesús histórico para referirse a la investigación de los últimos veinte años corre el peligro de hacernos olvidar las raíces de esta nueva fase de la investigación, como si se tratara de algo completamente nuevo. Por eso he querido insistir en su estrecha vinculación con la fase anterior, que planteó los problemas de fondo y comenzó a responderlos. Dicho esto, sin embargo, es necesario reconocer la peculiaridad de las investigaciones de los últimos veinte años. En ellos hemos asistido, y aún estamos asistiendo, a una avalancha de publicaciones propiciada por un renovado interés sobre Jesús. Curiosamente, este interés ha traspasado las fronteras de los círculos creyentes y académicos y ha llegado hasta la prensa (Times, Newsweek) y a la televisión (reciente programa de la BBC), convirtiéndose así en un fenómeno mediático. Resulta imposible recoger aquí todo lo que se ha publicado en estos años, y además aún es pronto para hacer un balance.

Conclución

La persona incomparable del Señor Jesucristo es tan singular que nadie puede sustraerse a su impactante influencia. Él seduce a las almas inquietas que, ávidas de conocimiento para encontrar respuestas, pugnan por desentrañar el origen y la finalidad de la existencia de todas las cosas en un universo metafísico abierto a la trascendencia.[10]

La Biblia bien no dice que

  • «Más si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál. 1:8).

Nosotros creemos que no hay otra fuente de verdad que Dios mismo, y que la revelación de su verdad eterna nos la ha dejado escrita en el libro divino conocido como la Biblia o las Sagradas Escrituras. En este sentido nos identificamos con lo que Cervantes dice en el Quijote:

«la Santa Escritura que no puede fallar un átomo de verdad» (parte II, cap. 27). [9]

Sin duda,ya “han sido muchos los estudios que a lo largo del pasado siglo XX se realizaron, y que sin duda durante el transcurso de nuestro siglo XXI se realizarán sobre la Persona incomparable de Jesús de Nazaret.” [7]  Algunos de estos estudios, han sido serios y habrá otros trabajos de erudición en el futuro, que también serán estudios serios, pero habrá otros que no. No todo lo que reluce es oro.

Aunque posiblemente, la obra de Reimarus se adelantó a su tiempo y con ello perdió todo efecto, hay algunos eruditos escépticos que todavía lo reconocen con cierta admiración;  pero a su obra no se la puede reconocer como ortodoxa, porque no lo es. Pero gracias a Dios que la crítica logró que su obra se enfriara y se perdiera todo posibilidad de estímulo y propagación. El no dejó ningún discípulo que lo continúe y su obra todavía no ha sido editada completamente. Su manuscrito de 4.000 páginas aún reposa en la Stadtbiliotek de Hamburgo a la espera de una edición completa de sus obras. Pero esto nos muestra el interés que surge de Jesús de Nazaret.

Paul Cain dijo que “Casi toda herejía resultó porque los hombres trataron de llegar a concluciones lógicas de lo que Dios ha revelado solo en parte”. [4] Y si miramos la historia, veremos que esta corrobora esta afirmación.Aunque “la Reforma logró mucho al recuperar las verdades bíblicas que se perdieron durante la Edad Media,pero la Reforma no se ha terminado.” [5]

Debemos seguir denunciando las herejías, aún de los eruditos escépticos y enemigos del Señor.como cite al principio, es por este motivo que los cristianos debemos capacitarnos a fin de dar respuestas a estos escépticos que cargados de información e hipotesis científicas, nos desafían a dar respuestas biblicas e históricas acerca de nuestra fe en Jesús.

  •  Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hch. 17:11 RV 1960)

Obedezcamos las enseñanzas de Jesús, quien dijo que

  • “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;” (JN.5:39 RV1960)

Y como alguien ha dicho:

«Dios, sin Cristo, es una incógnita y un signo de interrogación.Cristo, sin Dios, es un enigma y un signo de interrogación.Dios, con Cristo, es una revelación y un signo de admiración».

Deseamos a traves de todos estos estudios

«A conocer mejor a Cristo a amarle con amor más verdadero y a seguirle con mayor ahínco». (William Barclay)

Dios le bendiga

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Notas:

[0] Rick Joyner, Una visión profética para el siglo 21, pag. 96,ed Betania

[1] Cf. A. Schweitzer, Investigación sobre la vida de Jesús, Valencia 1990, pp. 65-77. La primera edición alemana de este libro fue publicada en 1906, con el nombre Von Reimarus zu Wrede.
[2] Cf. Mt 5,18; Mt 10,5. Para Reimarus, Jesús mantuvo la exclusividad de Israel. Y así se entiende la posterior controversia entre los discípulos (Hech 10-11). Si la ruptura con el judaísmo hubiese sido obra de Jesús, no habría necesidad de justificación de la entrada de los paganos a la Iglesia. Jesús se mantuvo dentro del judaísmo, la única novedad de Jesús, según Reimarus, es la necesidad de la justicia para el Reino, es decir, una nueva moral. A Jesús por la historia / Facultad de Teología Pontificia Universidad Católica de Chile
[3] H.S. Reimarus, The goal of Jesus and his disciples, Leiden 1970, pp. 142 s.

[4] Rick Joyner, Una visión profética para el siglo 21, pag. 266,ed Betania

[5] Rick Joyner, Una visión profética para el siglo 21, pag. 96,ed Betania

[6] http://mercaba.org/FICHAS/upsa/tema_01_1.htm

[7] Eugenio Danyans – Conociendo a Jesús en el AT,pag. 23,ed. Clie

[8] Ibid,pag. 528

[9] Ibid,pag.  27

[10] Ibid,pag. 31

Otras fuentes

Quien es el Señor?


¿Quién es el Señor?

Autor: Pastor Tony Hancock

El hombre anciano que manejaba una camioneta antigua con un perro en la caja no llamaba la atención de nadie. Si tú y yo lo viéramos, lo consideraríamos uno de tantos granjeros jubilados, pasando sus días tomando café en McDonald’s con sus amigos y llevando a sus nietos a cazar. Nunca nos habríamos imaginado que este hombre, antes de morir, tenía un patrimonio de aproximadamente 23 mil millones (23.000.000.000) de dólares.

Tampoco supondríamos que era el fundador de una cadena de tiendas que se convertiría para el año 2010 en la empresa más grande del mundo, tiendas en las que todos hemos comprado. Me refiero a Sam Walton, el fundador de las tiendas Wal-Mart, y uno de los hombres más ricos del mundo cuando falleció en 1992.

Hasta sus últimos días, vistió ropa sencilla y manejó la misma camioneta antigua. A la simple vista, nadie lo identificaría con la enorme empresa que fundó, ni lo consideraría un titán del negocio.

Las apariencias suelen engañar. En el caso de Sam Walton, era fácil ignorarlo por la apariencia humilde que presentaba. Creo que sucede algo muy parecido con el Señor Jesús.

Muchas personas, al no comprender bien quién es Jesús, no lo toman en serio. No se dan cuenta de su importancia. Este fue uno de los problemas que se había presentado en Colosas, a donde Pablo escribió la carta de Colosenses.

Habían llegado maestros que enseñaban que Jesús era sólo uno de muchos personajes que teníamos que conocer para llegar a Dios. “Sí, Jesús está bien”, decían ellos, “pero también necesitas a muchos otros de quienes te vamos a contar.”

Hoy en día, las cosas no han cambiado mucho. Hay muchas personas que suman a su devoción al Señor Jesús la veneración de muchos otros personajes adicionales.

Otros evitan este error, pero simplemente no le dan a Jesús la atención y la obediencia que El se merece. Hoy, entonces, vamos a considerar quién es el Señor Jesús, y vamos a meditar también sobre la importancia de esto para nosotros.

Abramos la Biblia en Colosenses 1, y leamos los versos 15-17:

  • “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; “

Si sólo recuerdas una frase de todo este mensaje, recuerda ésta: Cristo es supremo. El está por encima de todas las cosas. Cristo es supremo sobre la creación. El está por encima de cualquier cosa creada.

Vamos a desglosar las formas en las que Cristo es supremo sobre la creación.

Cristo es supremo por su naturaleza. El es la imagen del Dios invisible. En otras palabras, en El, Dios, que es invisible, se permite ver. Dios es Espíritu; nadie puede ver a Dios.

Sin embargo, en Cristo, el Dios invisible se hace visible a la humanidad.

¿Has visto alguna vez, en los dramas policiales, un líquido que se llama Luminol? Los detectives lo usan para descubrir rasgos de sangre aparentemente invisibles. Se rocía el Luminol sobre la superficie.

El Luminol reacciona con aun pequeñas cantidades de sangre, y emite una luz azul que se ve claramente en un cuarto oscuro. Los detectives quizás sospechen que un homicidio ha sucedido en cierto lugar, pero el culpable ha limpiado el piso para esconder su crimen.

A la simple vista, todo parece limpio y normal. Tan pronto se rocía el Luminol, sin embargo, la mancha aparece y delata la presencia de sangre. Así como el Luminol hace visible la presencia de algo invisible, Jesús hace visible al Dios invisible. Esto significa más que decir simplemente que Cristo se parece a Dios, o que El nos hace saber algo más acerca de cómo es Dios.

Todo lo que Dios es se refleja perfectamente en Jesucristo. El es Dios, con el Padre, compartiendo la misma esencia. Si quieres saber cómo es Dios, sólo lo podrás conocer perfectamente por medio de Jesucristo. Cristo también es el primogénito de toda creación.

Esto significa que El es el Rey por derecho sobre toda cosa creada. Algunas personas malinterpretan esta frase, y piensan que significa que Cristo fue la primera cosa en ser creada.

Después de todo, dicen ellos, la palabra primogénito significa el primero en nacer. Sin embargo, al estudiar la palabra más a fondo, descubrimos que sólo significa esto en ciertos contextos.

Pero cuando se usa para hablar de autoridad, de reinar, no tiene nada que ver con el orden de nacimiento. En otras palabras, no tiene ningún sentido de tiempo. Más bien, se refiere a los derechos que le pertenecían al primero que nacía en una familia.

Observa lo que Dios dice del Rey David, en el Salmo 89:27

  • “Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.”

Dios le está diciendo al Rey David que él, y su descendencia, tendrían los derechos supremos sobre todos los reyes de la tierra. Ahora aquí hay un detalle muy interesante. David, el hombre, no fue el primero en nacer de sus hermanos.

Más bien, fue el último de todos. Pero ¡Dios le dice que él sería el primogénito! Claramente no tiene nada que ver con el orden de nacimiento, sino que se refiere a los derechos de la primogenitura, de ser primero entre todos. Por esto, cuando leemos que Jesús es el primogénito de toda creación, no significa que El sea parte de la creación, sino que El tiene el derecho de reinar, como Rey supremo, sobre toda la creación.

En otras palabras, si lo puedo expresar en términos muy sencillos, El es el mero mero. No hay nadie más arriba de El. La tercera cosa que vemos aquí acerca de Cristo es que por medio de El fueron creadas todas las cosas. Todo lo que existe, todo lo que fue creado, fue creado por El: las cosas en el cielo, y las cosas en la tierra; las cosas visibles, las cosas invisibles; aun los poderes espirituales y políticos, todo fue creado por El y para El.

Desde los peces extraños que viven al fondo del mar hasta las estrellas más remotas del universo, todo fue creado por Cristo. La creación también existe para El; es decir, la razón de la existencia de todo es para glorificar a Cristo.

La razón por la que existimos tú y yo es para glorificar a Cristo. Aun Satanás mismo fue creado por Cristo. Cuando El lo creó, no era malo. El se rebeló contra la autoridad de quien lo creó, porque quiso ser más de lo que era. Con él se rebelaron otros ángeles, que ahora usan sus poderes para luchar en contra de Dios y de su reino.

Pero si Cristo lo creó, aunque ahora esté en rebelión contra su Creador, ¿cuál de ellos es más grande? ¿Cuál es más poderoso? Todo fue creado por Cristo, y para El. Podemos escoger glorificar y exaltar a Cristo con nuestras vidas, o podemos unirnos al enemigo en su rebelión contra El.

Podemos servir a Cristo y confiar en El, y así cumplir el propósito de nuestra creación; o podemos participar en una rebelión inútil que terminará en la nada. La cuarta cosa que descubrimos aquí es que Cristo es anterior a todas las cosas, que por medio de El forman un todo coherente. Sin Cristo, el universo sería un caos. Cristo da sentido a todas las cosas.

Cuando los científicos estudian la creación, descubren principios inesperados de orden. Podríamos mencionar muchos ejemplos, pero uno es éste. Si la tierra estuviera sólo un poco más cerca del sol, o más lejos, sería incapaz de sostener la vida. Si estuviera un poquito más cerca del sol, todos moriríamos achicharrados. Si estuviera sólo un poco más lejos, estaríamos congelados. ¿Quién colocó la tierra en ese lugar preciso? ¿Por qué existe la vida en el planeta tierra? Porque Cristo, el que da orden a toda la creación, la colocó en exactamente este lugar para que pudiéramos vivir.

Todo el orden de la creación, cada principio que da sentido y lógica a este universo, proviene de Cristo. Hay mucho más que podríamos decir acerca de Cristo. La próxima semana, hablaremos de la superioridad de Cristo en la salvación. Pero pensemos, por un momento, en lo que significa para nosotros la gloria de Cristo. Si El es supremo sobre toda la creación, ¿no merece nuestra alabanza y nuestra devoción? Si El diseñó con tanta sabiduría el mundo en el que vivimos, ¿no merece nuestro respeto y nuestra gratitud?

Si El reina sobre todo, con los derechos de primogénito, ¿no merece nuestra lealtad y obediencia? No nos hace falta nadie más.Si tenemos a Cristo, lo tenemos todo. En cambio, si no tenemos a Cristo, no tenemos nada. Nadie más tiene la autoridad que El tiene. Nadie más es Rey. ¿Qué lugar ocupa Cristo en tu vida? ¿Ocupa el lugar que se merece? ¿Le das el respeto que El se merece? ¿Le das el honor que debe recibir? Meditemos, por unos momentos, en lo que hemos leído. Medita sobre quién es el Señor Jesucristo, y deja que este conocimiento transforme tu corazón y tu vida.

Cuando Jesús caminó por esta tierra muchos lo rechazaron. Al que no tenía defectos, le criticaban, lo insultaban y peor aun, lo despreciaban.  Asi es todavía hoy dia. Muchos desprecian el evangelio de Cristo. Muchos, incluyendo cristianos, prefieren ser religiosos en lugar de amar al prójimo y amar a Dios sobre todas las cosas. Mientras en Iran matan a pastores por predicar a Cristo, nosotros acá nos la pasamos discutiendo los unos con los otros. Eso para mi es una real perdida de tiempo y energía. Pienso que debemos esforzarnos por estudiar la Biblia, dedicar tiempo a la oración diaria y buscar siempre la forma de hacer algo que provoque en alguien algo de felicidad.

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http://www.iglesiatriunfante.com/sermon

Tuvo Jesús ética?


Tuvo Jesús ética?

Autor: Paulo Arieu

Sin duda, la ética de Jesús fue controversial, pero no podemos decir que no tuvo ética,como recuerdo un dia alguien me dijo.  La ética de Jesús está basada en el núcleo de su mensaje, que es el anuncio del comienzo del reino de Dios (Mar.1:15).

El reino de Dios se hace presente y se puede experimentar en toda la actuación de Jesús (Mt.11:5s). Él introdujo cambios para adecuar el reino de Dios sin perder lo esencial de la Palabra, es decir, en lo fundamental fue intransigente y en lo secundario fue tolerante.

La presencia de este reino de Dios no está ligada ni a épocas, ni lugares sagrados, ni tampoco a una ideología determinada. La conducta de Jesús, mejor dicho sus acciones, es una manifestación y una señal de esta irrupción divina. De ahí que su comportamiento (praxis) en favor de los pobres, pecadores, desheredados, marginados y humillados, sea consecuencia de hacer suyo los problemas de estos sectores sociales. Esta actitud de Jesús hace creíble la llegada del reino de Dios, como la venida del amor de Dios y de la justicia.

Las bienaventuranzas son una promesa salvífica escatológica a los pobres, a los despreciados, a los que lloran, a los que sufren y a los necesitados de amor. Ellos son los marginados desde el punto de vista religioso, sociológico y político. Los criterios y reglas del mundo no los incluyen porque no tienen nada y no valen nada, y es en esa situación que lo único que tienen es el amor de Dios, a ellos se les ofrece el reino de Dios como salvación (Luc.6:20). Es esta conducta ética de Jesús la que evidencia la misericordia de Dios puesta en práctica y que ha de ser la base y el fundamento del comportamiento misericordioso que debe existir entre hombres y mujeres.

La ética de Jesús está unida indisolublemente a la moral del Reino de Dios proclamado por Jesús y es un tanto complicada: predica valores absolutos, propios del judaísmo de su momento y en plena consonancia con la Biblia, por ejemplo, el valor absoluto del Decálogo, el mandamiento del amor fundado en el texto del Lev. 19,18 (“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”), la imitación de Dios que es bueno tanto para los justos como para los perfectos (cf. Mat 5,48: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”) y lo que eran los preceptos del judaísmo común de su época, etc.

Pero lo que más destaca en esta moral es una serie de normas que afectan al seguimiento de Jesús y la preparación para la venida del Reino de Dios que están pensadas para unos instantes determinados. Como veremos simplemente por su exposición estas normas son absolutamente interinas, exigentes y quizás imposibles de cumplir, válidas sólo quizás para las vísperas inmediatas de la llegada del Reino, que no podía prolongarse durante mucho tiempo.

En líneas generales puede afirmarse que la proclama del Reino de Dios pide obediencia absoluta: la exigencia del seguimiento a lo que predica Jesús es radical y total: “El que echa mano al arado y sigue con la vista atrás no vale para el Reino de Dios” (Luc 9:62; cf. 12:46). El reconocimiento de la validez de la predicación de Jesús y la respuesta adecuada a ella constituyen la moral del Reino: la base es la Ley; lo específico, la moral del seguimiento a lo proclamado para prepararse a la venida de aquél.

Son tres estas normas:

1). Desprendimiento absoluto de todos los bienes necesarios para el sustento, unido a ataques violentos contra los ricos. Es más Jesús exige a los que quieren ir tras él la venta de estos bienes: “Mat 19:21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” = Luc. 18:25 con el añadido de “¡Cuán difícil es que entren los que tienen riquezas en el Reino de Dios”).

Las invectivas contra los ricos son variadas. Pongamos sólo un par de ejemplos: Luc 16:19-31: parábola del pobre Lázaro, que va al cielo y el rico epulón, que va al infierno o los ayes contra los adinerados como el de Lc 6:25: “Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto”.

2) En segundo lugar, la no exaltación del valor del trabajo como creatividad necesaria en este mundo. En Luc. 12:22 se lee que Jesús dijo a sus discípulos: “Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis […] fijaos en los cuervos que ni siembran ni cosechan; que no tienen ni bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!”.

El comunismo de consumo de bienes que practicó la comunidad primitiva jerusalemita, tal como nos lo transmiten los Hechos (2:42-47; 4:32-35), tuvo su fundamento en los dichos de Jesús que basaban la perfección del discípulo en la venta de sus bienes y la entrega de éstos a los pobres (Luc 18:22; Luc. 12:33; 14,33; Mar. 10:17-26), esperando -sin trabajar, sólo preocupados de la oración- la venida del Juez.

3. El poco aprecio por los vínculos familiares. Esto se muestra en ciertos dichos auténticos de Jesús. En Mar. 3:31-35 se lee: “Éstos son mi madre y mis hermanos: quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. En Luc. 9:60 se halla la dura sentencia de que “los muertos deben enterrar a sus muertos”, lo que suponía algo insólito en el ambiente palestino del s. I.

El desligamiento de los vínculos familiares en el seguimiento de Jesús está expresado con mayor claridad aún en Luc. 14:15: “Caminaba con él mucha gente y volviéndose les dijo: Si alguno viene donde mí y no odia (es decir, “se desprende”, “estima en menos”) a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida no puede ser discípulo mío”.

Como se puede observar fácilmente, estos preceptos, o consejos -que prescinden de los bienes de la tierra, que no exhortan precisamente al trabajo, que no fomentan los lazos familiares- distan mucho de poder ser cumplidos en un mundo que dura y continúa: están evidentemente pensados para el interim, para esos momentos anteriores a la irrupción del Reino, con su cambio total de valores. Tal ética no puede elevarse a categoría de ley intemporal. Por ello Albert Schweitzer la denominó “ética interina”.

La ética de Jesús puede considerarse sin ambages como profética, encardinada en la exigente predicación de los profetas de Israel que deseaban preparar al pueblo para la “visita” divina, es decir, la llegada del reino de Dios.

A pesar de lo extrema que es, parece evidente que esta ética especial de Jesús no representa ninguna oposición a la ley de Moisés, sino todo lo contrario. De ningún modo podemos obtener de la ética de Jesús ninguna idea o impresión de que estamos ante un personaje que implícita o explícitamente esté pregonando alguna ética novedosa con la autoridad de un poder personal divino. Más bien tenemos la impresión de que Jesús predica una ética del reino divino al servicio del Dios de Israel de quien es un heraldo obediente y sumiso.

Si todos en el Mundo Occidental tuvieramos el valor de romper con nuestros atamientos y hacer lo que dijo Jesús “vende lo que tienes y dáselo a los pobres”… Con que lo hicieramos una pequeña cantidad de seres humanos… El Mundo que conocemos cambiaría radicalmente, pero no creo que llegue hasta después de una gran catastrofe, donde nos demos cuenta de que lo material es pasajero, una simple ilusión… Lo único valido esta en nuestro interior, en nuestra fe en Dios y nuestro amor por el projimo…

Si todo el mundo cumplieramos con los mandamientos, el mundo sería otro pero somos pecadores de nacimiento, Dios odia el pecado pero no al pecador.Creo que hay que reflexionar acerca de la capacidad de amar que tuvo Jesús estando aquí en la tierra, de la capacidad de abstraerse de su situación personal en el período más trágico de su vida, de más soledad, de más angustia, de más impotencia. Por ejemplo, se compadeció de unas mujeres que lloraban por él, a quienes les dijo: “no lloren por mí, lloren por ustedes porque vienen tiempos difíciles” y les comienza a explicar, mientras va con la cruz al calvario, que van a venir persecuciones, les advierte las cosas que van a vivir; asimismo, mientras le están clavando los clavos en la cruz, dijo: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”; en otro momento establece un diálogo con uno de los malhechores que estaba colgado a su costado, quien le dice “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” y Jesús le contesta “hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

¡Qué increíble capacidad de amar! También estuve enseñando acerca de qué distinto amamos nosotros los seres humanos; porque cuando decimos “señor he puesto la mano en el arado, ¡te voy a seguir!” y surgen problemas familiares, laborales, económicos, nos caemos y ya decimos “Señor, yo quiero servir pero tengo tal y cual problema, tengo que atender a mi familia…”, soltamos entonces el arado, nos cerramos en nuestras necesidades y hasta nos ofendemos si no nos consideran la situación personal que estamos atravesando.

¡Pero con Jesús no fue así! Me impresiona la capacidad de abstraerse de su propia situación, es más, cuando estaba muriendo, se acordó de su madre, le preocupaba con quién la dejaría… Jesús tenía hermanos, pero a veces es mejor dejar los hijos con un vecino que con algunos parientes; en el caso de Jesús era mejor dejar a su mamá con su discípulo amado a quien dijo “hijo, he ahí tu madre” y a ésta, “madre, he ahí tu hijo” y dice el evangelio que desde ese día Juan se llevó a María a su casa.

La noche en que Jesús iba a ser entregado, se preocupó en dejar sus últimas palabras a sus discípulos y por tanto, tuvo una charla muy intensa y muy importante con ellos. Si leemos los capítulos 12, 13, 14, 15, 16 y 17 de San Juan vemos que narran conversaciones que tuvo Jesús esa misma noche con sus discípulos. Esa misma noche, durante la cena especial que tuvo con ellos, les lavó los pies y les habló de la necesidad de amarse unos a otros, diciéndoles: “un mandamiento nuevo os doy, que se amen unos a otros”. También esa misma noche predijo la negación de Pedro y la traición de Judas. Si fueras Jesús, y supieras que ésta es la última noche que estás con tus discípulos, buscarías cuidadosamente los motivos de la charla, seguramente que no serían temas triviales; uno de esos temas importantes tiene que ver con lo enseñado en Jn. 14:15-16: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté  vosotros para siempre”.

Recordemos que

  • “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.”(Jn.14:21)

A veces dudamos como actuar en relación a Jesús y sus demandas ético – morales.

Cuando la duda ataca nuestra fe

Juan el Bautista envio a Jesus unos discipulos a preguntarle que si en verdad El era el Cristo. Unos dias antes, este mismo Juan, habia declarado con su boca, que Jesus era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por que entonces vino la duda a su corazon? Porque ahora se encontraba en un Calabozo a punto de ser decapitado. Estaba en un momento de dolor. Jesus responde diciendo: haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Jesus dijo ve y dile a Juan que los ciegos ven, que los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan!!!

Ese es mi Cristo. Un Cristo vivo, un Cristo dueño de todo poder y toda gloria. Por eso yo si creo que el sigue sanando, sigue haciendo milagros. Yo creo en milagros y no me averguenzo de proclamarlos. Yo creo en sandidad divina, yo creo que aun muertos son resucitados, porque todavia el SIGUE VIVO y SIGUE teniendo el mismo poder y autoridad. Cristo no ha dejado de ser Cristo. Heb. 13:8 dice que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. He visto a Cristo sanar personas con problemas,cambiar vidas, perdonar pecadores arrepentidos,etc .
Yo creo en un Cristo sobrenatural.  Y no es que tenga que ver los milagros para creer en Cristo o para amarle, no, de ninguna manera. Yo amo a mi Señor aunque nunca mas vuelva a ver otra operacion divina milagrosa. Yo lo amo por quien El es y no por lo que me da o me ofrece.
Pero El en su naturaleza sigue sanando y sigue manifestando su poder. Y el dia que nosotros dejemos de predicar este poder, hemos dejado de predicar a Cristo. Yo no creo en espectaculos de hombres, ni de hombres que cobran por orar por los enfermos. El poder no esta en el hombre, el poder esta en Cristo. Yo oro por el enfermo, pero quien lo sana es Cristo. Yo oro por el ciego, pero el que le da la vista es Cristo. Yo creo en este poder, y lo predico, y lo creere hasta el dia que me vaya con El. Yo no tengo una religion, yo tengo una relacion impactante con mi Redentor! Yo creo que si su pueblo ora, las montañas se moveran. Si su pueblo ora, no habra poder de este mundo que nos pueda detener.
Por qué creo en los  principios morales absolutos
En base a las enseñanzas eticas y moral es de Jesús, cito a Isaias quien dijo que
  • “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno  malo; que hacen de la luz. tinieblas, y de las tinieblas  luz.; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por  amargo! ” (Is. 5:20)
Aun el examen más superficial de la época en que  vivimos, nos revela una enorme decadencia y desintegración de las normas morales del mundo occidental.  La evidencia está en todas partes. Muchos observadores  sagaces creen que no hay esperanza para nuestra  civilización, a menos que se haga algo al respecto.  El doctor Carl F. H. Henry, una de las mentes más  agudas de nuestro siglo, dice:
“Destellos de señales de angustia adornan todo el campo de la conducta humana. La barricada milenaria del cristianismo contra  el resurgimiento del paganismo se está debilitando  ante los asaltos de la iniquidad. Poderosas fuerzas  aspiran a alterarla, ‘desacreditarla y aun reemplazarla.  Como resultado, la fuerza de las lealtades cristianas  protege cada vez menos la conducta del hombre; la  formalidad moral en casi todas partes se detiene  indecisamente en las encrucijadas en que se encuentran  los caminos cristianos con los paganos. En  nuestra década, se han desviado tantos parroquianos  de Sodoma a la mitad ‘civilizada’ del mundo, como a la ‘no civilizada’.·[1]

Conclución

La ética neotestamentaria se ocupa de dos aspectos importantes, sobre el contenido del pensamiento cristiano y el comportamiento de la comunidad cristiana primitiva. Recurrir a este estudio es hacer una reflexión retrospectiva del pensamiento y comportamiento de los cristianos y cristianas de su época para encontrar elementos que nos sirvan para ayudar a transformar nuestro mundo en crisis de valores. Hoy en día la teología y la vida de la Iglesia no satisfacen las expectativas y necesidades de nuestra sociedad. De ahí que haya una fuerte crítica al discurso excesivo de la Iglesia frente a la práctica de los cristianos. Este asunto nos lleva al viejo y eterno dilema entre escuchar la Palabra y hacer la voluntad de Dios. Es la crisis entre la fe y la acción, teoría y praxis.

Es bueno recordar una vez más que la tarea de la Iglesia es en el mundo y no en el desierto. La Iglesia primitiva fue una comunidad de testimonio y de ministerio, una Iglesia al servicio de Dios, pero a la vez una Iglesia al servicio de los demás. De ahí que Jesús, el fundador de esta comunidad de fe, la Iglesia, sea el paradigma de la ética cristiana. A él es a quien seguimos y obedecemos. Él es nuestro Señor, Maestro y Salvador.

Hoy más que nunca es urgente tener nuevas orientaciones para nuestras sociedades a la luz del Nuevo Testamento, pero a la vez es primordial exhortar a los cristianos y cristianas a un comportamiento consecuente con el Evangelio para poder tener una calidad de vida óptima. Esta labor es tarea de una ética contextual.

A través de las últimas décadas, las normas morales han descendido hasta alarmantes niveles bajos. Antes,la discusión ante cualquier tipo de acto sexual ilícito se consideraba chocante aun entre solteros; ahora el adulterio se ha convertido en un tema común de las revistas, las películas y las series de televisión de la mañana y de la tarde. La homosexualidad también ha comenzado a ocupar el escenario; pero la más corriente obsesión por la bestialidad amenaza con usurparle el lugar. Lo que encuentro verdaderamente chocante es la creciente moda de las revistas pornográficas explícitas. Muchas de ellas tratan, nada menos que de niños y niñas de entre seis a once años de edad,y muestran estos niños y niñas realizando actos tanto heterosexuales como homosexuales.La paralasis moral parece haberse apoderado del mundo civilizado.

Sin duda, todas estas son señales de la inminente venida de Cristo.

  • “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición”(2 tes. 2:3 RV 1960)

No dudes de quien es Él, ante la duda, ora y Dios te guiará a toda verdad.

Dios le bendiga

Articulos relacionados con la etica de Jesús

Notas:

[1] Dr.James Kenndy,Porque creo, pag. 82, ed.Vida

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Fue Jesús célibe


Fue Jesus célibe?

Autor: Paulo Arieu

“No dejes que tus preferencias culturales se conviertan en prejuicios culturales.” Driscoll

Fieles son las heridas del que ama; Pero importunos los besos del que aborrece”  Reina-Valera

castidadIcnología de la castidad (Wikipedia)

Introducción

En este articulo vamos a ver un tema ético relacionado con Jesús. Su celibato que escandaliza a muchos aún hoy en dia. En los años que marcan el comienzo del tercer milenio parece que se hubiera despertado en el mundo un interés especial por Jesús de Nazaret. En realidad, los libros escritos en los últimos años sobre su figura y su persona, aunque no todos positivos, ponen de relieve la actualidad y la trascendencia del Hijo de Dios hecho hombre, y el atractivo de su vida.  En efecto, en su comunión con el Padre, Jesús se hace presente hoy ante nosotros. ¿Y qué trae Jesús, qué da al mundo? La respuesta es sencilla: Dios [0]

¿Por qué es el hombre un ser ético?

A diferencia de los brutos animales, el ser humano está dotado por Dios de una mente capaz de razonar y de un albedrío responsable. El animal nace ya hecho, sigue en su conducta las reyes de la herencia y se adapta por instinto a las situaciones, mientras que el ser humano se va haciendo progresivamente, escogiendo continuamente su futuro de entre un manojo de posibilidades, a golpes de deliberación sobre los valores de los bienes a conseguir, que le sirven de motivación para obrar y le empujan a una decisión en cada momento de la existencia.

Por estar dotado de una mente capaz de razonar y abstraer, el hombre puede prefijarse un fin determinado y tratar de hallar los medios necesarios para conseguido. En la vida humana hay siempre una meta y una andadura. Pero el hombre no es un ser autónomo, puesto que es un ser creado y, por tanto, es limitado y relativo. Nada hay absoluto en el hombre. No teniendo dentro de sí mismo la fuente de su propia perfección y felicidad, depende existencialmente del Creador que le ha señalado la meta y el camino. De Dios fe ha de venir, por tanto, toda la normativa para su comportamiento ético.

En el mensaje cristiano se entrelazan fe e historia, teología y razón, y los testigos apostólicos manifiestan la preocupación de apoyar su fe y su mensaje sobre los hechos, contados con sinceridad. En esas páginas, Cristo mismo se da a conocer a los hombres de todos los tiempos, en la realidad de su historia, de su anuncio. Leyéndolas, no accedemos a un ideal moral; meditar el evangelio no es un reflexionar sobre una doctrina. Es meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección [7], porque cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella [8].

La dignidad del matrimonio

  • ” Que todos respeten el matrimonio y mantengan limpia su vida conyugal, pues Dios juzgará con severidad a los adúlteros y lujuriosos.” (Heb. 13:4 BLPH)

El matrimonio es honroso para todos y en todos,como cita el autor de la epístola a los Hebreos. A algunos no les gusta esta epístola a los Hebreos, porque dicen es un sermón, copiado y difundido en forma de carta entre las iglesias. Dicen que Hebreos no es Ley, es una homilía. Es verdad que no es Ley, es Gracia, pero como sea que haya llegado hasta nuestras manos este tratado cristológico, no le quita méritos a su inspiración ni a su pureza.

Vivir de acuerdo a Su voluntad revelada debe ser el objetivo principal o el propósito de nuestras vidas. Romanos 12:1-2 resume esta verdad, ya que estamos llamados a presentar nuestros “cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Para conocer la voluntad de Dios, debemos sumergirnos en la Palabra de Dios escrita, saturar nuestras mentes con ella, orando que el Espíritu Santo nos transforme a través de la renovación de nuestras mentes, para que el resultado sea lo que es bueno, agradable y perfecto – la voluntad de Dios.

La dignidad del matrimonio se muestra en la Biblia de dos maneras:

(a) por la santidad que Dios le confiere, al hacer del matrimonio el mejor símbolo del amor hacia su pueblo, Israel. Esta íntima relación entre el amor más elevado y el estado conyugal se echa de ver en la literatura rabínica. Dice el Talmud:

“El que se casa con una mujer buena, es como si hubiese cumplido todos los mandamientos de la Ley”

  • “Toda la ley se cumple, si se cumple este solo mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Gál. 5: 14 BLPH)

Heb. 13: 4 nos asegura que “el matrimonio ha de ser honorable en todos” lo cual indica que el estado conyugal es, por decido así, estado de perfección y no algo menos digno que el celibato, como si fuese una especie de “fornicación permitida” para cristianos de segunda clase. Por eso, el Apóstol arremete contra los que, “en los postreros tiempos”, “prohibirán casarse” (1 Tim. 4: 1-3);

(b) por la gravedad que la Biblia imputa a los pecados contra el matrimonio. Lev. 18:24 presenta las inmoralidades sexuales como la mayor inmundicia (“tumiah”), que profanan hasta el punto de que los infractores de la santidad del matrimonio quedan cortados de Dios112. Igualmente, era reo de excomunión el individuo que golpeaba a su mujer. (V. Hertz,  p. 935)

Celibato

Castidad es el comportamiento voluntario a la moderación y adecuada regulación de placeres o actos sexuales, ya sea por motivos religiosos o sociales. Celibato (en latín caelebs, caelibis) se refiere al estado de aquellos que no se casan o que no tienen una pareja sexual. Un soltero puede ser llamado célibe, sin embargo, el concepto adquirió un sentido de opción de vida. Por lo general se entiende como célibe a aquel que no quiere casarse y prefiere la soltería de manera permanente.

La opción por el celibato puede ser religiosa como se presenta entre los sacerdotes católicos, los monjes budistas y otras religiones; filosófica como la opción de Platón por el estado celibatal; social como se presenta en quienes optan por dicho estado como opción personal. Lo común es que el estado celibatal sea voluntario, pero también puede ser inducido o forzado como en el caso histórico de los esclavos.

En el mundo occidental contemporáneo el concepto de celibato ha sido frecuentemente asociado a la Iglesia Católica. Por su parte, Oriente conoce este estado por la Iglesia ortodoxa, el budismo y el hinduismo. Las opciones célibes de pensadores, escritores, artistas o líderes, son menos conocidas que la de los religiosos, pero no por ello menos significativas.

Fue Jesús célibe?

Porque ver este tema con respecto a Jesús? Porque en la Biblia se ha constatado tres dones principales de Dios:

1. La Creación, en la que están ya implícitos los modos adecuados de aceptar, vivir como criaturas de Dios.
2. Su Alianza con el Pueblo de Israel. Y en efecto, según el relato bíblico, cuando se estipula la Alianza en el Monte Sinaí, está también la proclamación del decálogo, que es precedido por la auto-presentación de Dios: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he hecho salir del país de Egipto, de la condición de esclavitud» (Ex 20:2). El Decálogo es directamente precedido de esta proclamación de la liberación.
3. La venida del Hijo de Dios y luego la obra, el ejemplo, el destino del Hijo de Dios, que se auto-proclama como «el Camino, la Verdad, la Vida» (Jn 14:6). Jesús es por tanto el don de Dios a la humanidad y al mismo tiempo el ejemplo más alto de un justo comportamiento moral.

A ver si comprendemos, que sin esta base, no hay comprension a todas las respuestas que se den. Solo les restará entonces divagar sobre la sintaxis de las palabras.
  • “Hay algunos que nacen incapacitados para el matrimonio; a otros los incapacitan los demás convirtiéndolos en eunucos, y otros renuncian al matrimonio a fin de estar más disponibles para el servicio del reino de los cielos. El que pueda aceptar eso, que lo acepte.”(Mat. 19:12 BLPH)

Si Jesús fue célibe o estuvo casado o tuvo pareja es una pregunta histórica que sólo la historia y sus métodos pueden responder. El creyente como tal no tiene nada que decir al respecto: no es la fe la que permite establecer o desmentir hechos históricos. No es mi afición al Athletic la que decide si ganó o perdió el domingo pasado.

No cabe duda de que el celibato aumenta inmensamente la disponibilidad de la persona. Jesús fue célibe porque su misión era entregarse totalmente a todos, “un ser enteramente comestible” como decía Paul Claudel, y una atadura conyugal hubiera disminuido su disponibilidad, aparte de que su condición consagrada de una manera singular, habiendo recibido el Espíritu sin medida, daba a su auto-control una perfecta seguridad.

No es nuestro amor a Jesús el que determina si fue concebido sin varón o con varón, o si su amado cuerpo desapareció del sepulcro sin que nadie se lo llevara de allí, o si después de su muerte María de Magdala, la amiga, volvió a abrazarlo.Es la Biblia y la historia lo que confirma la veracidad de estos relatos, por que la biblia es sin duda un libro de religión,pero es un libro histórico tambien.

Pero los hechos históricos son lo que son; son resistentes como la tierra en que se posa la hoja, o tan poco resistentes como el aire en que se mece. Sin embargo, a la hoja le da lo mismo, y su indiferencia es el secreto de su belleza, y el secreto de nuestra sabiduría. Mira cuán libremente, cuán suavemente, se cierne la hoja del álamo mientras cae, y aprende de ella. El mismo criterio se aplica en el caso que me ocupa: a uno le encantaría que Jesús hubiese compartido su vida y su cuerpo con una compañera (o un compañero); a otro le horroriza la mera hipótesis y no puede ni siquiera imaginar un Jesús con pareja. Pero ni el uno ni el otro tienen nada que decir sobre el hecho histórico en cuanto tal.

Y has de preguntarte, y he de preguntarme: ¿Qué interés me mueve cuando me pregunto por el celibato de Jesús? Lo que ocurre, simplemente, es que nuestro conocimiento está lleno de prejuicios y deseos, y querríamos que los hechos los confirmaran. Somos inseguros como una hoja de álamo que el otoño desprende, y necesitamos un suelo firme.

Todo indica que Jesús fue célibe, o al menos no tuvo una pareja estable (para aquellos que les gusta dudar). En efecto, sería muy extraño que no se nos hubiera transmitido ninguna noticia sobre su mujer, si la tuvo, ni sobre sus hijos, si los tuvo, ni sobre su pareja masculina, si la hubiera tenido.

Bien es verdad que, en textos cristianos del s. I y II, se repite que María era la “compañera” de Jesús y que Jesús “la amaba más que a los demás discípulos” e incluso que “la besaba en la boca”. Pero los entendidos explican que son expresiones metafóricas usuales en los escritos gnósticos y que no constituyen ninguna prueba en absoluto, de que Jesús y María fuesen pareja, pasajera o estable. Y así será, si así fue, y seguramente fue así. dicen los exégetas histórico-críticos-¿Qué nos dice, pues, la historia acerca del celibato de Jesús?

Todo parece indicar que El  renunció a tener relaciones sexuales, no fue porque pensara que Dios prefiera el celibato a las relaciones sexuales, o que la continencia acerca más a Dios, o que quien se da corporalmente al compañero/a no puede darse enteramente a Dios,

Ahora bien, más allá del hecho histórico, si me preguntas sobre el celibato de Jesús, te respondo: “¡Qué más me da!” No, no es que yo esté libre de “intereses” en esta cuestión, pero me gustaría que me diera igual si Jesús tuvo mujer o no la tuvo, si tuvo compañera o no la tuvo, si tuvo compañero o no lo tuvo.

No me da igual el que Jesús haya dicho o no haya dicho algo muy parecido a “¡Bienaventurados vosotros, los pobres, porque Dios está a vuestro favor!”, o “Al que te golpea en una mejilla, preséntale la otra”, o “Misericordia quiero, y no religión”, o “Yo no te condeno, vete en paz”.

Ahí y en otras cosas semejantes se juega lo verdadero de Jesús, ahí se juega su divinidad. No me importa si Jesús tuvo relaciones sexuales, ni con quién. Pero me importa que, de haberlas tenido, hubieran sido abrazos profundamente humanos  y profundamente divinos.

La vida célibe de Jesús no se parece tampoco a la del Bautista, que abandonó a su padre Zacarías sin preocuparse de su obligación de asegurarle una descendencia para continuar la línea sacerdotal. La renuncia del Bautista a convivir con una esposa es bastante razonable. No le hubiera sido fácil llevarse consigo a una mujer al desierto para vivir alimentándose de saltamontes y miel silvestre, mientras anunciaba el juicio inminente de Dios y urgía a todos a la penitencia. Pero Jesús no es un hombre del desierto. Su proyecto le llevó a recorrer Galilea anunciando no el juicio airado de Dios, sino la cercanía de un Padre perdonador. Frente al talante austero del Bautista, que «no comía pan ni bebía vino», Jesús sorprende por su estilo de vida festivo: come y bebe, sin importarle las críticas que se le hacen

Entre los discípulos que lo acompañan hay hombres, pero también mujeres muy queridas por él ¿Por qué no tiene junto a sí a una esposa?

Tampoco entre los fariseos se conocía la práctica del celibato. Hubo, sin embargo, un rabino posterior a Jesús, llamado Simeón ben Azzai, que recomendaba a otros el matrimonio y la procreación, pero él vivía sin esposa. Al ser acusado de no practicar lo que enseñaba a otros, solía replicar:

«Mi alma está enamorada de la Torá. Otros pueden sacar adelante el mundo». [4]

Consagrado totalmente al estudio y a la observancia de la ley, no se sentía llamado a ocuparse de una esposa y unos hijos. Ciertamente no era el caso de Jesús, que no dedicó su vida a estudiar la Torá. Sin embargo, sí se consagró totalmente a algo que se fue apoderando de su corazón cada vez con más fuerza. Él lo llamaba el «reino de Dios».

Fue la pasión de su vida, la causa a la que se entregó en cuerpo y alma. Aquel trabajador de Nazaret terminó viviendo solamente para ayudar a su pueblo a acoger el «reino de Dios». Abandonó a su familia, dejó su trabajo, marchó al desierto, se adhirió temporariamente al movimiento de Juan, luego lo abandonó, buscó colaboradores, empezó a recorrer los pueblos de Galilea. Su única obsesión era anunciar la «Buena Noticia de Dios»

Atrapado por el reino de Dios, se le escapó la vida sin encontrar tiempo para crear una familia propia. Su comportamiento resultaba extraño y desconcertante. Según las fuentes, a Jesús le llamaron de todo: «comilón», «borracho», «amigo de pecadores», «samaritano », «endemoniado».

Probablemente se burlaron de él llamándole también «eunuco». Era un insulto hiriente que no solo cuestionaba su virilidad, sino que lo asociaba con un grupo marginal de hombres despreciados como impuros por su falta de integridad física.  Jesús reaccionó dando a conocer la razón de su comportamiento: hay eunucos que han nacido sin testículos del seno de sus madres; hay otros que son castrados para servir a las familias de la alta administración imperial. Pero «hay algunos que se castran a sí mismos por el reino de Dios». Este lenguaje tan gráfico solo puede provenir de alguien tan original y escandaloso como Jesús.

La castidad vista desde el cristianismo

“Cada vez que las personas ponen a un lado la moralidad, todo lo que hacen carece de sentido…” (J.Dobson)[2]

Desde el punto de vista de la moral del cristianismo la castidad es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe y la razón. Por la castidad la persona adquiere dominio de su sexualidad, todo ello para ser capaz de integrarla en una personalidad compatible con los puntos de vista religiosos. Para el cristianismo no es una negación de la sexualidad sino un fruto del Espíritu Santo y consiste en el dominio de sí mismo, en la capacidad de orientar el instinto sexual hacia causas más morales ligadas al crecimiento espiritual y corporal de las personas.

Para el cristianismo la castidad es una virtud necesaria en los distintos estados situacionales de la vida, y para algunos contradictoria:
a) Los casados: Castidad significa ser fiel.
b) Para los no casados que aspiren al matrimonio, la castidad requiere abstención. Castidad significa abstinencia.

La castidad ofrece en el cristianismo una preparación espiritual para el sacerdocio, el matrimonio, la vida religiosa o el celibato. Los ministros consagrados (sacerdotes, obispos) se comprometen a vivir en celibato. El voto de castidad es obligatorio para los miembros de órdenes religiosas tanto masculinas como femeninas. Sin embargo este voto absoluto no es requerido en otras confesiones cristianas, tales como las protestantes.

Según la moral cristiana la castidad eleva el amor en la vida consagrada a Dios. Aunque en el matrimonio, se estima el amor corporal porque contribuye a fortalecerlo en los esposos.

Para la fe cristiana la castidad como virtud verdadera no es posible para el hombre con sus solas fuerzas o determinaciones. Es decir, el hombre y la mujer necesitan de la gracia de Dios para poder realizar esta virtud, obtenida por medio de los sacramentos y la oración. Es así como lo expresa San Agustín en sus confesiones.

Relaciones sexuales prematrimoniales

Las relaciones sexuales prematrimoniales son un atentado contra la dignidad misma del matrimonio. Comentando Gén. 24:67: “La trajo… la tomo por mujer, y la amo”, dice S.R. Hirsch:

“En la vida moderna, nosotros pondríamos primero “la amó” … Pero, por muy importante que sea el que el amor preceda al matrimonio, es mucho más importante el que continúe después del matrimonio. La actitud moderna pone el énfasis en el idilio antes del matrimonio; el antiguo punto de vista judío enfatiza el amor y el afecto de toda una “ida conyugal.”

Podríamos añadir que la moderna “sociedad permisiva” facilita el que los idilios prematrimoniales vayan demasiado lejos y, con frecuencia, todo el afecto que se derrocha antes, falta después. La exhortación de 1 Tim. 5:2 tiene también aquí su vigencia: el novio creyente debe ver en su novia un co-miembro de Cristo, templo del Espíritu, coheredera del Cielo, para respetada como es debido. La novia creyente debe comprender la fuerza del instinto y no ser provocativa. Evítense unas relaciones largas, que prolongan demasiado la tensión psíquico-sexual.

No sabemos cuándo y en qué circunstancias, pero, en un determinado momento, Jesús deja su trabajo de artesano, abandona a su familia y se aleja de Nazaret. No busca una nueva ocupación. No se acerca a ningún maestro acreditado para estudiar la Torá o conocer mejor las tradiciones judías. No marcha hasta las orillas del mar Muerto para ser admitido en la comunidad de Qumrán. Tampoco se dirige a Jerusalén para conocer de cerca el lugar santo donde se ofrecen sacrificios al Dios de Israel. Se aleja de toda tierra habitada y se adentra en el desierto. Pero no lo hace para buscarse alguna ermitaña, sino para ser bautizado y recibir al Espiritu Santo que lo capacitaría para la misión.

Como a todos los judíos, el desierto le evoca a Jesús el lugar en el que ha nacido el pueblo y al que hay que volver en épocas de crisis para comenzar de nuevo la historia rota por la infidelidad a Dios. No llegan hasta allí las órdenes de Roma ni el bullicio del templo; no se oyen los discursos de los maestros de la ley. En cambio se puede escuchar a Dios en el silencio y la soledad. Según el profeta Isaías, es el mejor lugar para «abrir camino» a Dios y dejarle entrar en el corazón del pueblo . Al desierto se habían retirado hacia el año 150 a. C. los «monjes» disidentes de Qumrán; hacia allí conducían a sus seguidores los profetas populares; allí gritaba el Bautista su mensaje. También Jesús marcha al desierto. Ansía escuchar a ese Dios que en el desierto «habla al corazón».

Sin embargo, no tenemos datos para pensar que busque una experiencia más intensa de Dios que llene su sed interior o pacifique su corazón. Jesús no es un místico en busca de armonía personal. Todo lleva a pensar a algunos que Jesús vivió un período de búsqueda antes de encontrarse con el Bautista. Flavio Josefo también habla de la búsqueda que inició él mismo cuando tenía alrededor de dieciséis años y que le llevó también hasta el desierto, donde convivió durante tres años con «un hombre del desierto» llamado Banus (Autobiografía 2,10-12). Pensar que busca a Dios como «fuerza de salvación» para su pueblo. Es el sufrimiento de la gente lo que le hace sufrir: la brutalidad de los romanos, la opresión que ahoga a los campesinos, la crisis religiosa de su pueblo, la adulteración de la Alianza. ¿Dónde está Dios? ¿No es el «amigo de la vida»? ¿No va a intervenir?

Los diversos regímenes de la castidad

Todo cristiano es llamado a la castidad. El cristiano se ha “revestido de Cristo” (Gal. 3:27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad.

Existen tres formas de la virtud de la castidad: a) una de los esposos, b) otra de las viudas, c) otra de la virginidad.

En el cristianismo las parejas de novios deben practicar la castidad, en este caso, la abstinencia sexual. En estos términos, las relaciones sexuales son castas sólo dentro del matrimonio.

Los romanos habían divinizado la castidad y la representaban vestida como una matrona romana, teniendo un cetro en la mano y a sus pies dos palomas blancas. De este modo se ve representada en el reverso de una medalla de la joven Faustina. En otras partes, está vestida de blanco y velada apoyándose en una columna y con un ramo de cinamomo en la mano. Tiene además una criba o cernero lleno de agua aludiendo a aquella vestal romana que se dice que hizo esta experiencia en justificación de su castidad. Cochin añade algunas monedas a sus pies, una serpiente cuya cabeza aplasta y carbones encendidos sobre los cuales camina. Otros iconologistas la han dado por símbolo el armiño, con un cinturón sobre el cual se leían estas palabras: “Me castigo: yo me reprimo”[3]. Al pie de la figura suele ponerse un Amor con el arco roto y los ojos vendados.

Las ofensas a la castidad

Dentro de esta moral cristiana que exalta la castidad existen los elementos los cuales juegan un papel de antítesis. Entre otros se pueden nombrar:

a) La lujuria, ya que para la iglesia es vista como un deseo o un goce “desordenado” del placer venéreo. Ante la moral cristiana, el placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo.
b) La masturbación. Se considera un acto antinatural y egoísta.
c) La fornicación vista como relaciones sexuales fuera del matrimonio. Para el cristianismo las relaciones sexuales deben ser realizadas únicamente cuando los involucrados estén casados y siempre con fines reproductivos (lo que justifica la oposición al uso de métodos anticonceptivos en los católicos).
d) La pornografía, según la iglesia y la moral cristiana “desnaturaliza la finalidad del acto sexual”.
e) La prostitución
f) La violación
g) El incesto

Jesús y Magdalena

Así pues, afirman algunos, Jesús, como cualquier judío piadoso, se habría casado a los veinte años y luego habría abandonado mujer e hijos para desempeñar su misión. La respuesta a esta objeción es doble:

1) Existen datos de que en el judaísmo del siglo I se vivía el celibato. Flavio Josefo (Guerra Judía 2.8.2 & 120-21; Antigüedades judías 18.1.5 & 18-20), Filón (en un pasaje conservado por Eusebio, Prep. evang. 8,11.14) y Plinio el Viejo (Historia natural 5.73,1-3) nos informan que había esenios que vivían el celibato, y sabemos que algunos de Qumrán eran célibes. También Filón (De vita contemplativa) señala que los “terapeutas”, un grupo de ascetas de Egipto, vivían el celibato. Además, en la tradición de Israel, algunos personajes famosos como Jeremías, habían sido célibes. Moisés mismo, según la tradición rabínica, vivió la abstinencia sexual para mantener su estrecha relación con Dios. Juan Bautista tampoco se casó. Por tanto, siendo el celibato poco común, no era algo inaudito.

2) Aun cuando nadie hubiera vivido el celibato en Israel, no tendríamos que asumir por ello que Jesús estuviera casado. Los datos, como se ha dicho, muestran que quiso permanecer célibe y son muchas las razones que hacen plausible y conveniente esa opción, precisamente porque el ser célibe subraya la singularidad de Jesús en relación al judaísmo de su tiempo y está más de acuerdo con su misión. Manifiesta que, sin minusvalorar el matrimonio ni exigir el celibato a sus seguidores, la causa del Reino de Dios (cf. Mat 19:12), el amor de y a Dios que él encarna, está por encima de todo. Jesús quiso ser célibe para significar mejor ese amor y por la urgencia de la misión.

Como he citado, Jesús nunca se casó. Aún así, leyendas piadosas lo han querido vincular a partir del s.II,con una de sus discípulas favoritas: Maria Magdalena. Entérese aquí los absurdos de la historia.

Conclución

La predicación de la Iglesia primitiva presenta siempre a Jesucristo como Hijo de Dios y único Salvador. La proclamación del Cristo resucitado, llevaba consigo un paradójico anuncio de humillación y de exaltación, de vergüenza y de triunfo: “nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios  ” (I Cor.1:23ss)

No fue fácil para los primeros cristianos superar el escándalo de la cruz, la realidad de la crucifixión y muerte del mismo Hijo de Dios. De ahí el intento de los docetistas y de los gnósticos de negar que Jesús tuviese un cuerpo real y pasible, o el de Nestorio, dos siglos más tarde, de afirmar la existencia en Jesucristo de dos personas, una humana y otra divina.

A ningún estudioso serio escapa, sin embargo, el hecho histórico de Jesús de Nazaret. Aunque no hay una gran cantidad de datos extra-bíblicos sobre su persona y su misión, son suficientes para afirmar, sin lugar a dudas, su paso por la tierra. Es substancialmente aceptado, por ejemplo, el testimonio de Flavio Josefo. En uno de sus libros, este historiador judío del siglo primero se refiere a Jesús como

«hombre sabio (…); Él realizó obras extraordinarias, siendo un maestro de hombres que acogen la verdad» [5].

Más adelante escriben sobre Jesús, durante el imperio de Trajano, Plinio el Joven y Tácito; y después lo hará Suetonio, secretario de Adriano.

Junto a estas referencias, los evangelios constituyen el testimonio principal y mas importante de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador»  son las fuentes que proporcionan una visión detallada de su personalidad. La Iglesia, a la luz de la Biblia y del Espíritu Santo, ha reconocido en estos escritos la plasmación auténtica y segura de la figura histórica del Señor, una figura histórica que posee un carácter divino.

El valor de los evangelios como fuentes primarias para conocer a Jesús no fue puesto en duda por los cristianos hasta finales del siglo XVIII. En ese momento, surgieron algunos autores que pretendieron analizarlos con criterios historiográficos y positivistas, eliminando las narraciones que consideraban inaceptables para el hombre moderno; esto es, los milagros y las profecías, sólo explicables por el carácter extraordinario de la intervención divina en la historia. Se trataba del primer intento de estudiar los evangelios solo como libros de historia, sin considerar su contenido sobrenatural, un proyecto que abordaba los textos excluyendo la fe en la divinidad de Cristo.

A partir de entonces, abundaron las “vidas de Jesús” en las que Cristo aparecía como uno de tantos candidatos a mesías; un fracasado condenado a muerte por la autoridad romana que, eso sí, poseía una indudable autoridad moral.  De este modo, con frecuencia, estas pretendidas biografías históricas retrataban más el carácter de quien las escribía que el de Jesucristo.

Posteriormente, el avance de los estudios exegéticos llevó a una fuerte reacción contra este planteamiento: se pasó a considerar los evangelios como textos escritos con fe sincera, aunque desinteresados de las coordenadas de la historia; no se superó el escepticismo sobre la divinidad de la figura histórica de Cristo. En los últimos decenios, los nuevos criterios metodológicos han permitido una lectura teológica de la Biblia más de acuerdo con la fe [6].

La verdad proclamada por la Iglesia sobre el Hijo de Dios, que después de veinte siglos sigue siendo una piedra de escándalo para la razón, es la de una Persona ante la cual cada uno debe comprometer su propia vida a través de un acto de fe; pero no una fe puramente fiducial o credulona, sino una fe que se apoya en que Dios mismo ha hablado y actuado en la historia; una fe que cree en la vida y obras reales del Hijo de Dios hecho hombre, y que encuentra en Él la razón de su esperanza.

La importancia de la realidad histórica del mensaje evangélico se hizo patente desde los primeros instantes del cristianismo; como señala San Pablo, “si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe “(I cor.15:14).

En la biblia, encontramos criterios más específicos como:

1) La ‘convergencia’. En la Biblia, se observa, aunque no siempre, una convergencia con las reglas, las leyes y las prescripciones morales de los otros pueblos. Interpretamos este hecho como un estímulo a dialogar con todos.
2) La ‘contraposición’. En la Biblia hay también una clara separación y distinción entre el comportamiento que se observa en el Pueblo de Dios y fuera de éste.
3) La ‘progresión’. Se observa una evolución de las reglas morales desde el Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, de manera que no son del mismo nivel.
4) La ‘dimensión comunitaria’. La persona humana no es un individuo aislado, sino un miembro de una comunidad que determina las reglas de la convivencia.
5) La ‘finalidad’ Según la Biblia, nuestra vida terrena no está cerrada en sí misma porque vivimos en un horizonte escatológico inscrito en la Resurrección de Jesús.
6) El ‘discernimiento’. Hay que evaluar correctamente el contexto de las prescripciones morales que encontramos en la Biblia, y usar el mismo discernimiento en nuestras decisiones cotidianas.

Usando entonces el discernimiento,¿Por qué, entonces, Jesús fue célibe, si lo fue y mientras lo fue? Porque Él vió que ésa era la mejor opción para él, simplemente, por unas razones que no tienen por qué valer para otros. Era la mejor manera para él de darse y de ser libre. La mejor para él, no la mejor en sí, quede esto claro. Y hay un dato revelador: aun cuando Jesús fue célibe, también recomendó el celibato, cosa que también hizo Pablo; también hay muchos que después de ellos, hasta hoy en día, con razones casi siempre más que dudosas prohiben casarse. A causa de la urgencia en la misión, Cristol escogió ser célibe, porque Él entendió que esa era la voluntad del Padre.

Y aquí seguimos, obsesionados y obstinados con nuestra pobre sexualidad, más temblorosa que la hoja del álamo. Es una gran pena que nos hayamos ensañado tanto con ella, y hayamos hecho sufrir tanto a los cuerpos y a las almas, como si los cuerpos y las almas no tuvieran ya bastantes sufrimientos. Es una pena que hayamos condenado tanto en los templos y en las calles, en vez de pronunciar una palabra de consuelo, en vez de tender una mano amiga a tantos cuerpos encallados, a tantas almas náufragas en las aguas turbulentas de la sexualidad.

Es una pena que la Iglesia romana, haya elevado al celibato a un elevado y tan superior rango espiritual y teológico . ¿Pero cómo imaginar a un Dios enemigo de ese placer?  Dios no es enemigo del placer humano, solo lo ordena, lo legitima y lo preserva  de abusos, instituyendolo dentro del matrimonio, simbolo del amor de Cristo y la Iglesia.

Pablo, aun siendo célibe (o viudo) y recomendando el celibato para evitar la “aflicción de la carne” de los casados (1 Cor. 7:28), reconoce al matrimonio como bueno, e incluso apunta al precioso simbolismo que contiene respecto a la unión de Cristo con Su Iglesia (Ef. 5: 21-32).

Y Jesús,si no convivió con una mujer, no fue porque Él haya despreciado el sexo o minusvalore la familia. Es porque no se casa con nada ni con nadie que pueda distraerlo de su misión al servicio del reino. No abraza a una esposa, pero se deja abrazar por prostitutas que van entrando en la dinámica del reino, después de recuperar junto a él su dignidad. No besa a unos hijos propios, pero abraza y bendice a los niños que se le acercan, pues los ve corno «parábola viviente» de cómo hay que acoger a Dios. No crea una familia propia, pero se esfuerza por suscitar una familia más universal, compuesta por hombres y mujeres que hagan la voluntad de Dios. Pocos rasgos de Jesús nos descubren con más fuerza su pasión por el reino y su disponibilidad total para luchar por los más débiles y humillados.

Jesús conoció la ternura, experimentó el cariño y la amistad, amó a los niños y defendió a las mujeres. Solo renunció a lo que podía impedir a su amor la universalidad y entrega incondicional a los privados de amor y dignidad. Jesús no hubiera entendido otro celibato. Solo el que brota de la pasión por Dios y por sus hijos e hijas más pobres.

Como dijo Leo Boff,

“Alimentamos siempre un horizonte utópico prometedor: vivir en este mundo no significa ser prisioneros de las necesidades, sino hijos e hijas de  la alegría”[1].  Jesús fue casto y célibe a la vez. Jesús es nuestro ejemplo perfecto de vida. Seamos todos imitadores de Él.

Enciende tu fe.,varón de Dios, que no es el Cristo resucitado una figura que ya pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. sino que ¡El Vive!: “Jesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!” -dice San Pablo- ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre! [9].

La verdad proclamada por la Iglesia sobre el Hijo de Dios, que después de veinte siglos sigue siendo una piedra de escándalo para la razón, es la de una Persona ante la cual cada uno debe comprometer su propia vida a través de un acto de fe; pero no una fe puramente fiducial o credulona, sino una fe que se apoya en que Dios mismo ha hablado y actuado en la historia; una fe que cree en la vida y obras reales del Hijo de Dios hecho hombre, y que encuentra en Él la razón de su esperanza. La importancia de la realidad histórica del mensaje evangélico se hizo patente desde los primeros instantes del cristianismo; como señala San Pablo, “si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. “(I cor. 15:14)

Y para aquellos que luchan con la pureza sexual, recuerda que la mayor victoria en la vida no consiste en no caer nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos.  Muchas veces Dios tiene una salida que nosotros no vemos, pero ahí esta.  Debes saber que Dios es mas grande que los desafíos que estas enfrentando.

Dios lo bendiga!!!

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Notas

[0] Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesus von Nazareth , cap. 1 y 2.  cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

[1] http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=548

[2] James Dobson, “Criemos niños seguros de si mismos“, pag. 156,  ed.Betania

[3]  Diccionario universal de mitología ó de la fábula, Escrito por B. G. P., Barcelona, Libreria de la viuda e hijos de esteban Pujal, editores Plateria 66 (aca)

[4]  Talmud de Babilonia, b. Yeb. 63b, cit en http://www.opusdei.org.pr/art.php?p=50417&rs=m

[5]  Cfr. Flavio Josefo, Antiquitates Judaicæ 18, 3, 3. cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

[6] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 18. cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

[7] Es Cristo que pasa, n. 107.  cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

[8]  Es Cristo que pasa, n. 107.  cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

[9]  Camino, n. 584.  cit en http://www.opusdei.es/art.php?rs=m&p=48262

La resurrección de Jesús parte 9


La resurrección de Jesús parte 9

Autor:Paulo Arieu

Introducción:

La ignorancia dento del evangelicalismo popular es devastador pues ignoran la herencia Biblica de la Reforma como el fundamento de las doctrinas originales evangélicas.   El desvio de esta misma ha llevado a la aceptación de doctrinas heréticas como el negar el pecado original, la regeneración, la seguridad en Cristo, la elección incondicional, etc, abrazando asi herejias que sin saber deforman el mensaje evangélico.  He aqui lo que Juan Calvino dice referente a la autoridad de las Escrituras en la Iglesia.

 “Las Escrituras obtienen plena autoridad entre los creyentes sólo cuando los hombres las consideran como haber surgido desde el cielo, como si las palabras vivas de Dios fueron escuchadas.”  Juan Calvino (1509-1564) Reformador Frances.

La Biblia es la autoridad de la Palabra de Dios y los  cristianos debemos llevarnos por los que ella dice y no por lo que las fabulas piadosas de la cristiandad nos quieren hacer creer o lo que la tradición de la Iglesia Católica enseña respecto a Maria, la  madre del Señor.  La divinización supersticiosa de María [29], la madre de Jesús según su humanidad y de María Magdalena, su principal discípula femenina, nos muestran que estos personajes existieron de verdad. Sin la existencia real de Jesús, sus testimonios nada podrían decirnos a nosotros. Margaret Starbird, autora del libro que inspiró la famosa película del Codigo Da Vinci, escribió que

“También he encontrado obras de arte muy dispersas que dan fe de las interesantes creencias que tenían en la Edad Media sobre la enorme importancia de María Magdalena. En altares que contienen un grupo de estatuas reunidas en torno a la figura de Cristo en el Sepulcro,  María Magdalena, la gran María, a  veces aparece una cabeza mas alta que las demás mujeres que componen la escena. En otras respresentaciones interesantes, aparece envuelta en su cabello en el centro de un grupo con los doce apóstoles, también aqui mucho mas alta que cualquiera de ellos. En ocaciones se la representa, también envuelta en su espléndido cabello, subiendo al cielo, una doctrina que apunta  a los privilegios de la divinidad que suelen reservar a la madre de Dios, pero que muchas veces se atribuían también a la Magdalena en la leyenda medieval. Algunas de estas obras de arte se conservan en museos de Francia y Alemania, y otras en iglesias poco conocidas.”[25]

Mario Benedetti  decia que

“Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”. [16]Dios existe, y comprende nuestras dudas. Pero cada ser humano es responsable de resolver sus dudas. Dios comprende nuestras dudas siempre y cuando nuestras dudas sean resueltas y no acaben con nuestra fe.

Por este motivo, como decía José Ortega y Gasset,

“Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.”. [0] Asi que reflexionaremos sobre la resurrección de Jesús para comprenderlo mejor.

Jesusyunamujer

En la Tumba de José de Arimatea

Por fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había terminado. Al llegar el sábado con los últimos rayos del sol poniente, el Hijo de Dios yacía en quietud en la tumba de José. Terminada su obra, con las manos cruzadas en paz, descansó durante las horas sagradas del sábado. Al principio, el Padre y el Hijo habían descansado el sábado después de su obra de creación. Cuando “fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento,” (Gn.2:1), el Creador y todos los seres celestiales se regocijaron en la contemplación de la gloriosa escena.

En los acontecimientos finales del día de la crucifixión, se dieron nuevas pruebas del cumplimiento de la profecía y nuevos testimonios de la divinidad de Cristo. Cuando las tinieblas se alzaron de la cruz, y el Salvador hubo exhalado su clamor moribundo, inmediatamente se oyó otra voz que decía: “… Verdaderamente Hijo de Dios era éste.”  (Mat.27:54b)

Estas palabras no fueron pronunciadas en un murmullo. Todos los ojos se volvieron para ver de dónde venían. ¿Quién había hablado? Era el centurión, el soldado romano. La divina paciencia del Salvador y su muerte repentina, con el clamor de victoria en los labios, habían impresionado a ese pagano. En el cuerpo magullado y quebrantado que pendía de la cruz, el centurión reconoció la figura del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dio nueva evidencia de que nuestro Redentor iba a ver del trabajo de su alma. En el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían ampliamente el uno del otro, habían declarado su fe: el que comandaba la guardia romana, el que llevó la cruz del Salvador, y el que murió en la cruz a su lado.

Al acercarse la noche, una quietud sorprendente se asentó sobre el Calvario. La muchedumbre se dispersó, y muchos volvieron a Jerusalén muy cambiados en espíritu de lo que habían sido por la mañana. Muchos habían acudido a la crucifixión por curiosidad y no por odio hacia Cristo. Sin embargo, creían las acusaciones de los sacerdotes y consideraban a Jesús como malhechor. Bajo una excitación sobrenatural se habían unido con la muchedumbre en sus burlas contra él.

Pero cuando la tierra fue envuelta en negrura y se sintieron acusados por su propia conciencia, se vieron culpables de un gran mal. Ninguna broma ni risa burlona se oyó en medio de aquella temible lobreguez; cuando se alzó, regresaron a sus casas en solemne silencio. Estaban convencidos de que las acusaciones de los sacerdotes eran falsas, que Jesús no era un impostor; y algunas semanas más tarde, cuando Pedro predicó en el día de Pentecostés, se encontraban entre los miles que se convirtieron a Cristo.

Pero los dirigentes judíos no fueron cambiados por los acontecimientos que habían presenciado. Su odio hacia Jesús no disminuyó. Las tinieblas que habían descendido sobre la tierra en ocasión de la crucifixión no eran más densas que las que rodeaban todavía el espíritu de los sacerdotes y príncipes. En ocasión de su nacimiento, la estrella había conocido a Cristo, y había guiado a los magos hasta el pesebre donde yacía. Las huestes celestiales le habían conocido y habían cantado su alabanza sobre las llanuras de Belén. El mar había conocido su voz y acatado su orden.

La enfermedad y la muerte habían reconocido su autoridad y le habían cedido su presa. El sol le había conocido, y a la vista de su angustia de moribundo había ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían desmenuzado en fragmentos a su clamor. La naturaleza inanimada había conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los sacerdotes y príncipes de Israel no conocieron al Hijo de DIOS. Sin embargo, no descansaban. Habían llevado a cabo su propósito de dar muerte a Cristo; pero no tenían el sentimiento de victoria que habían esperado.

Aun en la hora de su triunfo aparente, estaban acosados por dudas en cuanto a lo que iba a suceder luego. Habían oído el clamor: “Consumado es.”(Jn.19:30) La expresión “consumado es” traduce la palabra tetelestai, que significa “llevado a su fin completo y perfecto”.[7] Y también le oyeron decir Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.(Lc.23:46).

Habían visto partirse las rocas, habían sentido el poderoso terremoto, y estaban agitados e intranquilos. Como ya cité, el profesor Piñero duda de la historicidad de este texto[8]. Pero yo no encuentro razones de peso que me induzcan a creer que Lucas haya querido hermosear el relato final agregando estas hermosas palabras y poniéndolas piadosamente en los labios del Cristo moribundo. Pero no olvidemos que Lucas no fue testigo de Jesús, sino un buen y fiel discipulo del apostol  Pablo, médico e historiador, que organizó los relatos de Jesús de un modo confiable, para que no se transformaran en un mito ni en leyendas. Es posible que Lucas haya oido el relato de labios de algún soldado romano cercano a la escena o confidente de alguno de estos legionarios apostados al pie de la cruz.

Quizás esta sea la razón mas probable por la cual Lucas usó el griego para relatarlo. A lo mejor tampoco los oyentes lo escucharon los testigos con total claridad,y esa es la razón por la que el texto griego aparece como parafraseado. También es posible que Lucas haya conversado con el apostol Juan o alguna de las mujeres piadosas al pie de la cruz, como Maria, Magdalena,  o Juana, esposa del funcionario de Herodes. Estas son todas especulaciones probables, pero a mi modo de entender, están mas cerca de la verdad posible que la hipotestis de algunos eruditos que les mueve a pensar que Lucas, porque si nomás, puso una bella flor en los labios del moribundo; flor que nunca existió, salvo en la imaginación de Lucas. Pero esta escéptica razón no me persuade. A algunos eruditos este texto no les parece ‘histórico’ porque según ellos no cuadra una escena con la otra… Escépticos van, escépticos vienen, pero sin embargo, el texto permanece.

Es de importancia la frase “Encomiendo mi espíritu”.

Esto es significativo, porque indica que el Salvador sufrió el único tipo de muerte que podía satisfacer la justicia de Dios y salvar a los hombres. Tenía que ser un sacrificio voluntario. El hecho mismo que Jesús pronunciara esta palabra a gran voz también muestra que él había puesto su vida gustosa y voluntariamente (Jn. 10:11,15).

También es de destacar el testimonio del centurión al pie de la cruz.

  • “Cuando el centurión vio lo que había ocurrido, comenzó a glorificar a Dios, diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”.  Y toda la multitud que se había reunido para ver este espectáculo, después de observar lo ocurrido, comenzó a regresar, golpeándose el pecho.  Pero todos sus conocidos, incluidas las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban de pie a distancia mirando estas cosas.”(Luc. 23:46-48)

Las palabras finales de Lucas “Y cuando hubo dicho esto, expiró”(Mar. 15:37; Luc.2 3:46), muestran “la serena calma, el reposo” (Geldenhuys) que había en la mente y en el corazón de Jesús en el momento en que su alma partió de esta tierra. Habiendo cumplido cabalmente  la obra que el Padre le había dado que hiciera (Jn. 17:4), gozó plenamente de “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7).[19]

El centurión había visto cómo se había comportado Jesús en medio de todas las provocaciones y burlas, además del dolor que soportaba. Y ahora, ese grito fuerte de serena entrega; más bien, de rendición voluntaria. Era un grito de confianza, grito que una vez oído, no podía jamás ser olvidado. Con toda probabilidad el legionario no era judío. Su corazón no había sido endurecido contra Jesús, como había ocurrido con el de muchos judíos, especialmente el de los dirigentes. Además, había visto y debe haber sentido cómo hasta la naturaleza había reaccionado ante la muerte de Jesús. Piénsese en el terremoto, las piedras que se parten, la apertura de las tumbas (Mat. 27:51–54).

Así que comenzó a alabar y a glorificar a Dios diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”. Esto significa que probablemente glorificaba a Dios reconociendo la justicia de Jesús. Mateo y Marcos declaran que él dijo: “Ciertamente, éste (hombre) era Hijo de Dios”.(Mat.27:54;Mar.15:39). Indudablemente dijo ambas cosas, proclamando que Jesús era tanto Hijo de Dios como hombre justo. Realmente no hay conflicto.

Y también citemos a Esteban,quien usó palabras similares al morir, siendo el primer mártir de la fe cristiana (“Señor Jesús, recibe mi espíritu”,Hch.7:59). Recordemos que asi como “Pablo escribía a unos corintios conocedores de mitos y leyendas griegas. Un lenguaje de resonancias miticas le parecia inteligible y expresivo”, como dice Luis Alonso Schökel [14],también Lucas hacia lo mismo.Por eso no debemos escandalizarnos al encontrar palabras que no cuadran con nuestra cosmovisión occidental,ya que algunas de estas frases pueden estar cristologizadas para dar respuestas kerygmáticas a los lectores de aquella época.[15] Y por extensión luego, a la nuestra[18].Por este motivo, creo que para escapar del fundamentalismo religioso, lo mejor que podemos hacer es como bien dijo el educador José Ortega y Gasset,

“Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.” [0] No hay pecado alguno en esto. Al contrario, hay virtud en comprender a Cristo.

Los fariseos y saduceos, habían tenido celos de la influencia de Cristo sobre el pueblo cuando vivía; tenían celos de él aún en la muerte. Temían más, mucho más, al Cristo muerto de lo que habían temido jamás al Cristo vivo. Temían que la atención del pueblo fuese dirigida aun más a los acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían que su cuerpo permaneciese en la cruz durante el sábado. El sábado se estaba acercando y su santidad quedaría violada si los cuerpos permanecían en la cruz. Así que, usando esto como pretexto, los dirigentes judíos pidieron a Pilato que hiciese apresurar la muerte de las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la puesta del sol.

Pilato tenía tan poco deseo como ellos de que el cuerpo de Jesús permaneciese en la cruz. Habiendo obtenido su consentimiento, hicieron romper las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte; pero se descubrió que Jesús ya había muerto. Los rudos soldados habían sido enternecidos por lo que habían oído y visto de Cristo, y esto les impidió quebrarle los miembros. Así en la ofrenda del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: “No dejarán de él para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los ritos de la pascua la harán.”(Num.9:12)

Los sacerdotes y príncipes se asombraron al hallar que Cristo había muerto. La muerte de cruz era un proceso lento; era difícil determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito que un hombre muriese seis horas después de la crucifixión. Los sacerdotes querían estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión suya un soldado dio un lanzazo al costado del Salvador. De la herida así hecha, fluyeron dos copiosos y distintos raudales: uno de sangre, el otro de agua. Esto fue notado por todos los espectadores, y Juan anota el suceso muy definidamente.

Dice: “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.” (Jn.19:32-42)

Después de la resurrección, los sacerdotes y príncipes hicieron circular el rumor de que Cristo no murió en la cruz, que simplemente se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro rumor afirmaba que no era un cuerpo real de carne y hueso, sino la semejanza de un cuerpo, lo que había sido puesto en la tumba. La acción de los soldados romanos desmiente estas falsedades. No le rompieron las piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta, esta herida le habría causado una muerte instantánea. Pero no fue el lanzazo[28], no fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado “con grande voz,(Luc.23:46)” en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo.

Con la muerte de Cristo, perecieron las esperanzas de sus discípulos. Miraban sus párpados cerrados y su cabeza caída, su cabello apelmazado con sangre, sus manos y pies horadados, y su angustia era indescriptible. Hasta el final no habían creído que muriese; apenas si podían creer que estaba realmente muerto. Abrumados por el pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba ahora. Veían solamente la cruz y su víctima ensangrentada. El futuro parecía sombrío y desesperado. Su fe en Jesús se había desvanecido; pero nunca habían amado tanto a su Salvador como ahora. Nunca antes habían sentido tanto su valor y la necesidad de su presencia.

Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era precioso para sus discípulos. Anhelaban darle una sepultura honrosa, pero no sabían cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era el crimen por el cual Jesús había sido condenado, y las personas ajusticiadas por esta ofensa eran remitidas a un lugar de sepultura especialmente provisto para tales criminales. El discípulo Juan y las mujeres de Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían abandonar el cuerpo de su Señor en manos de los soldados insensibles para que lo sepultasen en una tumba deshonrosa. Sin embargo, eran impotentes para impedirlo. No podían obtener favores de las autoridades judías, y no tenían influencia ante Pilato.

En esta emergencia, José de Arimatea y Nicodemo vinieron en auxilio de los discípulos. Ambos hombres eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de recursos e influencia. Estaban resueltos a que el cuerpo de Jesús recibiese sepultura honrosa.

José fue osadamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Por primera vez, supo Pilato que Jesús estaba realmente muerto. Informes contradictorios le habían llegado acerca de los acontecimientos que habían acompañado la crucifixión, pero el conocimiento de la muerte de Cristo le había sido ocultado a propósito. Pilato había sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el engaño de los discípulos de Cristo respecto de su cuerpo. Al oír la petición de José, mandó llamar al centurión que había estado encargado de la cruz, y supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un relato de las escenas del Calvario que confirmaba el testimonio de José.

Fue concedido a José lo que pedía. Mientras Juan se preocupaba por la sepultura de su Maestro, José volvió con la orden de Pilato de que le entregasen el cuerpo de Cristo; y Nicodemo vino trayendo una costosa mezcla de mirra y áloes, que pesaría alrededor de unos cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría sido tributar mayor respeto en la muerte a los hombres más honrados de toda Jerusalén. Los discípulos se quedaron asombrados al ver a estos ricos príncipes tan interesados como ellos en la sepultura de su Señor.

Ni José ni Nicodemo habían aceptado abiertamente al Salvador mientras vivía. Sabían que un paso tal los habría excluido del Sanedrín, y esperaban protegerle por su influencia en los concilios. Durante un tiempo, pareció que tenían éxito; pero los astutos sacerdotes, viendo cómo favorecían a Cristo, habían estorbado sus planes. En su ausencia, Jesús había sido condenado y entregado para ser crucificado. Ahora que había muerto, ya no ocultaron su adhesión a él. Mientras los discípulos temían manifestarse abiertamente como adeptos suyos, José y Nicodemo acudieron osadamente en su auxilio. La ayuda de estos hombres ricos y honrados era muy necesaria en ese momento.

Podían hacer por su Maestro muerto lo que era imposible para los pobres discípulos; su riqueza e influencia  los protegían mucho contra la malicia de los sacerdotes y príncipes. Con suavidad y reverencia, bajaron con sus propias manos el cuerpo de Jesús. Sus lágrimas de simpatía caían en abundancia mientras miraban su cuerpo magullado y lacerado. José poseía una tumba nueva, tallada en una roca. Se la estaba reservando para sí mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó para Jesús.

El cuerpo, juntamente con las especias traídas por Nicodemo, fue envuelto cuidadosamente en un sudario, y el Redentor fue llevado a la tumba. Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y cruzaron las manos magulladas sobre el pecho sin vida. Las mujeres galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que podía hacerse por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se hacía rodar la pesada piedra contra la entrada de la tumba, y el Salvador fue dejado en el descanso. Las mujeres fueron las últimas que quedaron al lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de la tumba de Cristo.

Mientras las sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena y las otras Marías permanecían al lado del lugar donde descansaba su Señor derramando lágrimas de pesar por la suerte de Aquel a quien amaban. “Y vueltas, … reposaron el sábado, conforme al mandamiento.”(Luc.23:56b)

Para los entristecidos discípulos ése fue un sábado que nunca olvidarían, y también lo fue para los sacerdotes, los príncipes, los escribas y el pueblo. A la puesta del sol, en la tarde del día de preparación, sonaban las trompetas para indicar que el sábado había empezado. La Pascua fue observada como lo había sido durante siglos, mientras que Aquel a quien señalaba, ultimado por manos perversas, yacía en la tumba de José. El sábado, los atrios del templo estuvieron llenos de adoradores. El sumo sacerdote que había estado en el Gólgota estaba allí, magníficamente ataviado en sus vestiduras sacerdotales. Sacerdotes de turbante blanco, llenos de actividad, cumplían sus deberes. Pero algunos de los presentes no estaban tranquilos mientras se ofrecía por el pecado la sangre de becerros y machos cabríos.

No tenían conciencia de que las figuras hubiesen encontrado la realidad que prefiguraban, de que un sacrificio infinito había sido hecho por los pecados del mundo. No sabían que no tenía ya más valor el cumplimiento de los ritos ceremoniales. Pero nunca antes había sido presenciado este ceremonial con sentimientos tan contradictorios. Las trompetas y los instrumentos de música y las voces de los cantores resonaban tan fuerte y claramente como de costumbre.

Pero un sentimiento de extrañeza lo compenetraba todo. Uno tras otro preguntaba acerca del extraño suceso que había acontecido. Hasta entonces, el lugar santísimo había sido guardado en forma sagrada de todo intruso. Pero ahora estaba abierto a todos los ojos.

El pesado velo de tapicería, hecho de lino puro y hermosamente adornado de oro, escarlata y púrpura, estaba rasgado de arriba abajo. El lugar donde Jehová se encontraba con el sumo sacerdote, para comunicar su gloria, el lugar que había sido la cámara de audiencia sagrada de Dios, estaba abierto a todo ojo; ya no era reconocido por el Señor. Con lóbregos presentimientos, los sacerdotes ministraban ante el altar. La exposición del misterio sagrado del lugar santísimo les hacía temer que sobreviniera alguna calamidad.

Muchos espíritus repasaban activamente los pensamientos iniciados por las escenas del Calvario. De la crucifixión hasta la resurrección, muchos ojos insomnes escudriñaron constantemente las profecías, algunos para aprender el pleno significado de la fiesta que estaban celebrando, otros para hallar evidencia de que Jesús no era lo que aseveraba ser; y otros, con corazón entristecido, buscando pruebas de que era el verdadero Mesías.

Aunque escudriñando con diferentes objetos en vista, todos fueron convencidos de la misma verdad, a saber que la profecía había sido cumplida en los sucesos de los últimos días y que el Crucificado era el Redentor del mundo. Muchos de los que en esa ocasión participaron del ceremonial no volvieron nunca a tomar parte en los ritos pascuales.

Muchos, aun entre los sacerdotes, se convencieron del verdadero carácter de Jesús. Su escrutinio de las profecías no había sido inútil, y después de su resurrección le reconocieron como el Hijo de Dios. Cuando Nicodemo vio a Jesús alzado en la cruz, recordó las palabras que le dijera de noche en el monte de las Olivas: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.”(Jn.3:16-17)

En aquel sábado, mientras Cristo yacía en la tumba, Nicodemo tuvo oportunidad de reflexionar. Una luz más clara iluminaba ahora su mente, y las palabras que Jesús le había dicho no eran ya misteriosas. Comprendía que había perdido mucho por no relacionarse con el Salvador durante su vida. Ahora recordaba los acontecimientos del Calvario. La oración de Cristo por sus homicidas y su respuesta a la petición del ladrón moribundo hablaban al corazón del sabio consejero. Volvía a ver al Salvador en su agonía; volvía a oír ese último clamor: “Consumado es” (Jn.19:30) emitido como palabras de un vencedor.

Volvía a contemplar la tierra que se sacudía, los cielos obscurecidos, el velo desgarrado, las rocas desmenuzadas, y su fe quedó establecida para siempre. El mismo acontecimiento que destruyó las esperanzas de los discípulos convenció a José y a Nicodemo de la divinidad de Jesús.

Sus temores fueron vencidos por el valor de una fe firme e inquebrantable. Nunca había atraído Cristo la atención de la multitud como ahora que estaba en la tumba. Según su costumbre, la gente traía sus enfermos y dolientes a los atrios del templo preguntando: ¿Quién nos puede decir dónde está Jesús de Nazaret? Muchos habían venido de lejos para hallar a Aquel que había sanado a los enfermos y resucitado a los muertos. Por todos lados, se oía el clamor: Queremos a Cristo el Sanador.

En esta ocasión, los sacerdotes examinaron a aquellos que se creía daban indicio de lepra. Muchos tuvieron que oírlos declarar leprosos a sus esposos, esposas, o hijos, y condenarlos a apartarse del refugio de sus hogares y del cuidado de sus deudos, para advertir a los extraños con el lúgubre clamor: “¡Inmundo, inmundo!”(Lev.13:45) Las manos amistosas de Jesús de Nazaret, que nunca negaron el toque sanador al asqueroso leproso, estaban cruzadas sobre su pecho. Los labios que habían contestado sus peticiones con las consoladoras palabras: “Quiero; sé limpio(Mat.8:3;Mar.1:41;Luc.5:13), estaban callados. Muchos apelaban a los sumos sacerdotes y príncipes en busca de simpatía y alivio, pero en vano. Aparentemente estaban resueltos a tener de nuevo en su medio al Cristo vivo.

Con perseverante fervor preguntaban por él. No querían que se les despachase. Pero fueron ahuyentados de los atrios del templo, y se colocaron soldados a las puertas para impedir la entrada a la multitud que venía con sus enfermos y moribundos demandando entrada. Los que sufrían y habían venido para ser sanados por el Salvador quedaron abatidos por el chasco. Las calles estaban llenas de lamentos. Los enfermos morían por falta del toque sanador de Jesús. Se consultaba en vano a los médicos; no había habilidad como la de Aquel que yacía en la tumba de José.

Los lamentos de los dolientes infundieron a millares de espíritus la convicción de que se había apagado una gran luz en el mundo. Sin Cristo, la tierra era tinieblas y obscuridad. Muchos cuyas voces habían reforzado el clamor de “¡Crucifícale! ¡crucifícale!(Jn.19:6) comprendían ahora la calamidad que había caído sobre ellos, y con tanta avidez habrían clamado: Dadnos a Jesús, si hubiese estado vivo.

Cuando la gente supo que Jesús había sido ejecutado por los sacerdotes, empezó a preguntar acerca de su muerte. Los detalles de su juicio fueron mantenidos tan en secreto como fue posible; pero durante el tiempo que estuvo en la tumba, su nombre estuvo en millares de labios; y los informes referentes al simulacro de juicio a que había sido sometido y a la inhumanidad de los sacerdotes y príncipes circularon por doquiera.

Hombres de intelecto pidieron a estos sacerdotes y príncipes que explicasen las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías, y éstos, mientras procuraban fraguar alguna mentira en respuesta, parecieron enloquecer. No podían explicar las profecías que señalaban los sufrimientos y la muerte de Cristo, y muchos de los indagadores se convencieron de que las Escrituras se habían cumplido.

La venganza que los sacerdotes habían pensado sería tan dulce era ya amargura para ellos. Sabían que el pueblo los censuraba severamente y que los mismos en quienes habían influido contra Jesús estaban ahora horrorizados por su vergonzosa obra. Estos sacerdotes habían procurado creer que Jesús era un impostor; pero era en vano. Algunos de ellos habían estado al lado de la tumba de Lázaro y habían visto al muerto resucitar.

Temblaron temiendo que Cristo mismo resucitase de los muertos y volviese a aparecer delante de ellos. Le habían oído declarar que él tenía poder para deponer su vida y volverla a tornar. Recordaron que había dicho: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”(Jn.2:19)

Judas les había repetido las palabras dichas por Jesús a los discípulos durante el último viaje a Jerusalén: “He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y escribas, le entregarán a los gentiles para burlarse de El, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.“(Mat.20:18-20 LBLA)

Cuando oyeron estas palabras, se burlaron de ellas y las ridiculizaron. Pero ahora recordaban que hasta aquí las predicciones de Cristo se habían cumplido. Había dicho que resucitaría al tercer día, ¿y quién podía decir si esto también no acontecería? Anhelaban apartar estos pensamientos, pero no podían. Como su padre, el diablo, creían y temblaban.

Ahora que había pasado el frenesí de la excitación, la imagen de Cristo se presentaba a sus espíritus. Le contemplaban de pie, sereno y sin quejarse delante de sus enemigos, sufriendo sin un murmullo sus vilipendias y ultrajes. Recordaban todos los acontecimientos de su juicio y crucifixión con una abrumadora convicción de que era el Hijo de Dios. Sentían que podía presentarse delante de ellos en cualquier momento, pasando el acusado a ser acusador, el condenado a condenar, el muerto a exigir justicia en la muerte de sus homicidas. Poco pudieron descansar el sábado. Aunque no querían cruzar el umbral de un gentil por temor a la contaminación, celebraron un concilio acerca del cuerpo de Cristo.

La muerte y el sepulcro debían retener a Aquel a quien habían crucificado.  “se reunieron ante Pilato los principales sacerdotes y los fariseos,y le dijeron: Señor, nos acordamos que cuando aquel engañador aún vivía, dijo: “Después de tres días resucitaré.Por eso, ordena que el sepulcro quede asegurado hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, se lo roben, y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”; y el último engaño será peor que el primero. Pilato les dijo: Una guardia tenéis; id, aseguradla como vosotros sabéis..” (Mat.27:62-65 LBLA)

Los sacerdotes dieron instrucciones para asegurar el sepulcro. Una gran piedra había sido colocada delante de la abertura. A través de esta piedra pusieron sogas, sujetando los extremos a la roca sólida y sellándolos con el sello romano. La piedra no podía ser movida sin romper el sello. Una guardia de cien soldados fue entonces colocada en derredor del sepulcro a fin de evitar que se le tocase. Los sacerdotes hicieron todo lo que podían para conservar el cuerpo de Cristo donde había sido puesto. Fue sellado tan seguramente en su tumba como si hubiese de permanecer allí para siempre.

Así realizaron los débiles hombres sus consejos y sus planes. Poco comprendían estos homicidas la inutilidad de sus esfuerzos. Pero por su acción, Dios fue glorificado. Los mismos esfuerzos hechos para impedir la resurrección de Cristo resultan los argumentos más convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número de soldados colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico sería el testimonio de que había resucitado.

Centenares de años antes de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el salmista: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan vanidad? Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová, y contra su ungido…. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.”(Sal.2:1-3,4). Las armas y los guardias romanos fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se acercaba la hora de su liberación.

El Señor ha Resucitado

Habia transcurrido lentamente la noche del primer día de la semana. Había llegado la hora más sombría, precisamente antes del amanecer. Cristo estaba todavía preso en su estrecha tumba. La gran piedra estaba en su lugar; el sello romano no había sido roto; los guardias romanos seguían velando. Y había vigilantes invisibles. Huestes de malos ángeles se cernían sobre el lugar. Si hubiese sido posible, el príncipe de las tinieblas, con su ejército apóstata, habría mantenido para siempre sellada la tumba que guardaba al Hijo de Dios. Pero un ejército celestial rodeaba al sepulcro. Ángeles excelsos en fortaleza guardaban la tumba, y esperaban para dar la bienvenida al Príncipe de la vida.

“Y he aquí que fue hecho un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo.”(Mat.28:2) Revestido con la panoplia de Dios, este ángel dejó los atrios celestiales. Los resplandecientes rayos de la gloria de Dios le precedieron e iluminaron su senda. “Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.” (Mat.28:3-4) ¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el poder de vuestra guardia? –Valientes soldados que nunca habían tenido miedo al poder humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni lanza.

El rostro que miran no es el rostro de un guerrero mortal; es la faz del más poderoso ángel de la hueste del Señor. Este mensajero es el que ocupa la posición de la cual cayó Satanás. Es aquel que en las colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo. La tierra tiembla al acercarse, huyen las huestes de las tinieblas y, mientras hace rodar la piedra, el cielo parece haber bajado a la tierra. Los soldados le ven quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le oyen clamar: Hijo de Dios, sal fuera; tu Padre te llama. Ven a Jesús salir de la tumba, y le oyen proclamar sobre el sepulcro abierto: “Yo soy la resurrección y la vida.”(Jn.11:25) Mientras sale con majestad y gloria, la hueste angélica se postra en adoración delante del Redentor y le da la bienvenida con cantos de alabanza.

Un terremoto señaló la hora en que Cristo depuso su vida, y otro terremoto indicó el momento en que triunfante la volvió a tomar. El que había vencido la muerte y el sepulcro salió de la tumba con el paso de un vencedor, entre el bamboleo de la tierra, el fulgor del relámpago y el rugido del trueno. Cuando vuelva de nuevo a la tierra, sacudirá “no solamente la tierra, mas aun el cielo.(Heb.12:26)Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una choza.” (Is.24:20) “Plegarse han los cielos como un libro;”(Is.34;4) “los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están serán quemadas.”(2 Pe.3:10) “Mas Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel.”(Joel 3:16)

Al morir Jesús, los soldados habían visto la tierra envuelta en tinieblas al mediodía; pero en ocasión de la resurrección vieron el resplandor de los ángeles iluminar la noche, y oyeron a los habitantes del cielo cantar con grande gozo y triunfo: ¡Has vencido a Satanás y las potestades de las tinieblas; has absorbido la muerte por la victoria! Cristo surgió de la tumba glorificado, y la guardia romana lo contempló. Sus ojos quedaron clavados en el rostro de Aquel de quien se habían burlado tan recientemente.

En este ser glorificado, contemplaron al prisionero a quien habían visto en el tribunal, a Aquel para quien habían trenzado una corona de espinas. Era el que había estado sinofrecer resistencia delante de Pilato y de Herodes, Aquel cuyo cuerpo había sido lacerado por el cruel látigo, Aquel a quien habían clavado en la cruz, hacia quien los sacerdotes y príncipes, llenos de satisfacción propia, habían sacudido la cabeza diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no puede salvar.” (Mat.27:42,Mar.15:31). Era Aquel que había sido puesto en la tumba nueva de José.

El decreto del Cielo había librado al cautivo. Montañas acumuladas sobre montañas y encima de su sepulcro, no podrían haberle impedido salir. Al ver a los ángeles y al glorificado Salvador, los guardias romanos se habían desmayado y caído como muertos. Cuando el séquito celestial quedó oculto de su vista, se levantaron y tan prestamente como los podían llevar sus temblorosos miembros se encaminaron hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como borrachos, se dirigieron apresuradamente a la ciudad contando las nuevas maravillosas a cuantos encontraban.

Iban adonde estaba Pilato, pero su informe fue llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y príncipes ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos soldados ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los rostros pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron todo como lo hablan visto; no habían tenido tiempo para pensar ni para decir otra cosa que la verdad. Con dolorosa entonación dijeron: Fue el Hijo de Dios quien fue crucificado; hemos oído a un ángel proclamarle Majestad del cielo, Rey de gloria.

Los rostros de los sacerdotes parecían como de muertos. Caifás procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no expresaron sonido alguno. Los soldados estaban por abandonar la sala del concilio, cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el habla. M.Elena G. de White, en su libro sobre el Señor, escribe en modo de paráfrasis, la secuencia de lo tramado por los fariseos respecto al  cuerpo del Maestro,basado en los pasahjes biblicos de Mat.28:11-15.LBLA.

Esperad, esperad, –exclamó.– No digáis a nadie lo que habéis visto. Un informe mentiroso fue puesto entonces en boca de los soldados. “Decid –ordenaron los sacerdotes:– Sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, durmiendo nosotros. En esto los sacerdotes se excedieron. ¿Cómo podían los soldados decir que mientras dormían los discípulos habían robado el cuerpo? Si estaban dormidos, ¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido culpables de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado primero los sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen dormido al lado de la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los primeros en acusarlos ante Pilato? [11]

Los soldados se quedaron horrorizados al pensar en atraer sobre sí mismos la acusación de dormir en su puesto. Era un delito punible de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar al pueblo y hacer peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su penosa vela con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun por el dinero, si se perjuraban?

A fin de acallar el testimonio que temían, los sacerdotes prometieron asegurar la vida de la guardia diciendo que Pilato no deseaba más que ellos que circulase un informe tal. Los soldados romanos vendieron su integridad a los judíos por dinero. Comparecieron delante de los sacerdotes cargados con muy sorprendente mensaje de verdad; salieron con una carga de dinero, y en sus lenguas un informe mentiroso fraguado para ellos por los sacerdotes.

Mientras tanto la noticia de la resurrección de Cristo había sido llevada a Pilato. Aunque Pilato era responsable por haber entregado a Cristo a la muerte, se había quedado comparativamente despreocupado. Aunque había condenado de muy mala gana al Salvador y con un sentimiento de compasión, no había sentido hasta ahora ninguna verdadera contrición. Con terror se encerró entonces en su casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta su presencia, contaron la historia que habían inventado y le instaron a pasar por alto la negligencia que habían tenido los centinelas con su deber.

Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a los guardias. Estos, temiendo por su seguridad, no se atrevieron a ocultar nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato de todo lo que había sucedido. No llevó el asunto más adelante, pero desde entonces no hubo más paz para él. Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a Cristo preso. Se airó acerbamente cuando sus ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vio a Cristo salir triunfante, supo que su reino acabaría y que él habría de morir finalmente.

Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se habían hecho instrumentos de Satanás. Ahora estaban enteramente en su poder. Estaban enredados en una trampa de la cual no veían otra salida que la continuación de su guerra contra Cristo. Cuando oyeron la nueva de su resurrección, temieron la ira del pueblo. Sintieron que su propia vida estaba en peligro. Su única esperanza consistía en probar que Cristo había sido un impostor y negar que hubiese resucitado. Sobornaron a los soldados y obtuvieron el silencio de Pilato.

Difundieron sus informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no podían acallar. Muchos habían oído el testimonio de los soldados en cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron con Cristo aparecieron a muchos y declararon que había resucitado. Fueron comunicados a los sacerdotes informes de personas que habían visto a esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y príncipes estaban en continuo temor, no fuese que mientras andaban por las calles, o en la intimidad de sus hogares, se encontrasen frente a frente con Cristo.

Sentían que no había seguridad para ellos. Los cerrojos y las trancas ofrecerían muy poca protección contra el Hijo de Dios. De día y de noche, esta terrible escena del tribunal en que habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”  (Mat.27:25) estaba delante de ellos. Nunca más se habría de desvanecer de su espíritu el recuerdo de esa escena. Nunca más volvería sus almohadas el sueño apacible. Cuando la voz del poderoso ángel fue oída junto a la tumba de Cristo, diciendo: “Tu Padre te llama” [12], el Salvador salió de la tumba por la vida que había en él. Quedó probada la verdad de sus palabras: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. … Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”(Jn.10:17) Entonces se cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”(Jn.2:19)

Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triunfante: “Yo soy la resurrección y la vida.”(Jn.11:25). Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras. Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado mas humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida. Unicamente el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tornarla de nuevo.

En su divinidad, Cristo poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte. Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de aquellos que dormían. Estaba representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado esa ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de grano maduro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a Jerusalén para la Pascua, se agitaba la gavilla de primicias como ofrenda de agradecimiento delante de Jehová.

No podía ponerse la hoz a la mies para juntarla en gavillas antes que esa ofrenda fuese presentada. La gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Así también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de ser juntada para el reino de Dios. Su resurrección es símbolo y garantía de la resurrección de todos los justos muertos. “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús.”(I Tes. 4:14)

Al resucitar Cristo, sacó de la tumba una multitud de cautivos. El terremoto ocurrido en ocasión de su muerte había abierto sus tumbas, y cuando él resucitó salieron con él. Eran aquellos que habían sido colaboradores con Dios y que, a costa de su vida, habían dado testimonio de la verdad. Ahora iban a ser testigos de Aquel que los había resucitado. Durante su ministerio, Jesús había dado la vida a algunos muertos. Había resucitado al hijo de la viuda de Naín, a la hija del príncipe y a Lázaro. Pero éstos no fueron revestidos de inmortalidad. Después de haber sido resucitados, estaban todavía sujetos a la muerte.

Pero los que salieron de la tumba en ocasión de la resurrección de Cristo fueron resucitados para vida eterna. Ascendieron con él como trofeos de su victoria sobre la muerte y el sepulcro. Estos, dijo Cristo, no son ya cautivos de Satanás; los he redimido. Los he traído de la tumba como primicias de mi poder, para que estén conmigo donde yo esté y no vean nunca más la muerte ni experimenten dolor. Estos entraron en la ciudad y aparecieron a muchos declarando: Cristo ha resucitado de los muertos, y nosotros hemos resucitado con él.

Así fue inmortalizada la sagrada verdad de la resurrección. Los santos resucitados atestiguaron la verdad de las palabras: “Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán.”(Is.26:19) Su resurrección ilustró el cumplimiento de la profecía: “¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío, cual rocío de hortalizas; y la tierra echará los muertos.” (Is.26:19 RV 1873) Para el creyente, Cristo es la resurrección y la vida. En nuestro Salvador, la vida que se había perdido por el pecado es restaurada; porque él tiene vida en sí mismo para vivificar a quienes él quiera.[13]

Está investido con el derecho de dar la  inmortalidad. La vida que él depuso en la humanidad, la vuelve a tomar y la da a la humanidad. “Yo he venido -dijo- para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”(Jn.10:10)

San Juan ubica la vida, o la vida eterna, en el centro de las enseñanzas de Jesús. Mientras que los sinópticos utilizan “el reino de los cielos” o “el reino de Dios” como centro de la revelación dada en la persona y el ministerio de Jesús, san Juan enfatiza en la vida o en la vida eterna. Sin embargo, esta palabra zoé / zoé aiônios (utilizada al menos en treinta y cinco oportunidades) no es fácil de definir. La vida aquí no es lo contrario a la muerte. Es eso, pero también es más que eso. San Juan con frecuencia, se refiere a la vida, como una cualidad especial de la relación que Jesús establece entre Dios y la humanidad. Ser y existir a través del único Dios verdadero, ser y continuar a través del Hijo que nos precede y nos sustenta en esta relación más profunda con Dios. A la luz de la misión de Jesús, el enviado del Padre para dar la Vida, encontramos también nuestra propia misión: hemos sido llamados a la vida, a tenerla en abundancia y como tesoro que hay que comunicar. Subrayo el hecho de que  “hemos sido llamados”  [20]

  • «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn. 16:16).

Es interesante que Jesús escoja justamente la palabra “vida” para describir el objeto de su misión.“Vida” que es el término que expresa lo que el hombre no quiere perder bajo ningún concepto, lo que constituye su aspiración, su deseo, su esperanza; que resume de forma tan completa las mayores aspiraciones del ser humano, la suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles, accesibles, duraderos. Jesús sabe que nuestra historia está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o alguien que sea capaz de liberarnos de la muerte y de asegurarnos la vida; sabe que nuestra existencia conoce momentos de crisis y de cansancio, de desilusión y de oscuridad. Se nos ha enseñando que el hombre  “tiene vocación de eternidad”, y Jesús, el misionero del Padre, ha venido justamente para dar respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre Celestial, creándonos, ha inscrito en nuestro ser.[21]

  • “El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Jn.4:14)

Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado a endemoniados y resucitado a muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal. La experiencia cotidiana nos enseña que la vida está marcada por el pecado y amenazada por la muerte, a pesar de la sed de bondad que late en nuestro corazón y del deseo de vida que recorre nuestros miembros. Por poco que estemos atentos a nosotros mismos y a las situaciones que la existencia nos presenta, descubrimos que todo dentro de nosotros nos empuja más allá de nosotros mismos, todo nos invita a superar la tentación de la superficialidad o de la desesperación. Es entonces cuando el ser humano está llamado a hacerse discípulo de aquel Otro que lo transciende infinitamente, para entrar finalmente en la vida eterna. Nosotros solos no podremos realizar aquello para lo que hemos sido creados. En nosotros hay una promesa, pero nos descubrimos impotentes para realizarla.

  • “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero.”(Jn.6:54)

Sin embargo, el Hijo de Dios, que vino entre los hombres, dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6). Según una sugestiva expresión de san Agustín, Cristo

“ha querido crear un lugar donde cada hombre pueda encontrar la vida verdadera”. Este “lugar” es su Cuerpo y su Espíritu, en el que toda la realidad humana, redimida y perdonada, se renueva y diviniza. [22]

Para el creyente, la muerte es asunto trivial. Cristo habla de ella como si fuera de poca importancia. “El que guardaré mi palabra, no verá muerte para siempre,”(Jn. 8:51) “…no gustará muerte para siempre.” (Jn.8:52) Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios y “cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.” (Col.3:4)

En el misterio de su cruz y de su resurrección, Cristo ha destruido la muerte y el pecado, ha abolido la distancia infinita que existía entre cada hombre y la vida nueva en él. Cristo realiza todo esto donando su Espíritu, dador de vida, en los sacramentos; particularmente en el bautismo, singo cristiano que hace de la existencia recibida de los padres, frágil y destinada a la muerte, un camino hacia la eternidad; en el sacramento de la penitencia que renueva continuamente la vida divina gracias al perdón de los pecados; en la Cena del Señor “pan de vida” (cf. Jn 6:35), que alimenta a los “vivos” y hace firmes sus pasos en la peregrinación terrena, hasta poder llegar a decir con el apóstol san Pablo: “Yo vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí ” (Gal. 2:20). La vida nueva, don del Señor resucitado, se irradia después a todos los ámbitos de la experiencia humana: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las actividades de todos los días y en el tiempo libre. La vida nueva comienza a florecer aquí y ahora. Signo de su presencia y de su crecimiento es e lamor de Cristo, que supera a toda experiencia humana.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida”, (I Jn.3:14a) afirma san Juan,“porque amamos a nuestros hermanos ” (1 Jn. 3:14b) con un amor de obra y en verdad. La vida florece en el don de sí a los otros, según la vocación de cada uno: en el sacerdocio ministerial, en la virginidad consagrada, en el matrimonio, de modo que todos puedan, con actitud solidaria, compartir los dones recibidos, sobre todo con los pobres y los necesitados.

La voz que clamó desde la cruz: “Consumado es,”(Jn.19:30) fue oída entre los muertos. Atravesó las paredes de los sepulcros y ordenó a los que dormían que se levantasen. Así sucederá cuando la voz de Cristo sea oída desde el cielo. Esa voz penetrará en las tumbas y abrirá los sepulcros, y los  muertos en Cristo resucitarán. En ocasión de la resurrección de Cristo, unas pocas tumbas fueron abiertas; pero en su segunda venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y surgirán a una vida gloriosa e inmortal. El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia y la glorificará con él, por encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre que se nombra, no solamente en este mundo, sino también en el mundo venidero.

Primer testigo

María Magdalena, su discípula, quizas la favorita entre las jóvences discípulas, estuvo junto a la cruz y le siguió hasta el sepulcro. María fue la primera en ir a la tumba después de su resurrección. Fue María la primera que proclamó al Salvador resucitado. “¿Por qué Lloras?”, le preguntó Jesús a Maria Magdalena (Jn.20:13-16)

Las mujeres que habían estado al lado de la cruz de Cristo esperaron velando que transcurriesen las horas del sábado. El primer día de la semana, muy temprano, se dirigieron a la tumba llevando consigo especias preciosas para ungir el  cuerpo delSalvador. No pensaban que resucitaría. El sol de su esperanza se había puesto, y había anochecido en sus corazones.

Mientras andaban, relataban las obras de misericordia de Cristo y sus palabras de consuelo. Pero no recordaban sus palabras: ” Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn.14:3). Ignorando lo que estaba sucediendo se acercaron al huerto diciendo mientras andaban: “¿Quién nos revolverá la piedra de la puerta del sepulcro?”(Mar.16:3) Sabían que no podrían mover la piedra, pero ellas seguían igual adelante.

Y he aquí, los cielos resplandecieron de repente con una gloria que no provenía del sol naciente. La tierra tembló. Vieron que la gran piedra había sido apartada. El sepulcro estaba vacío. Las mujeres no habían venido todas a la tumba desde la misma dirección. María Magdalena fue la primera en llegar al lugar; y al ver que la piedra había sido sacada, se fue presurosa para contarlo a los discípulos. Mientras tanto, llegaron las otras mujeres. Una luz resplandecía en derredor de la turba, pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Mientras se demoraban en el lugar, vieron de repente que no estaban solas. Un joven vestido de ropas resplandecientes estaba sentado al lado de la tumba. Era el ángel que había apartado la piedra. Había tomado el disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar a estas personas que amaban a Jesús. Sin embargo, brillaba todavía en derredor de él la gloria celestial, y las mujeres temieron. Se dieron vuelta para huir, pero las palabras del ángel detuvieron sus pasos.

  • “No temáis vosotras –les dijo;– porque yo sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos.” (Mat.28:5-7a)

Volvieron a mirar al interior del sepulcro y volvieron a oír las nuevas maravillosas. Otro ángel en forma humana estaba allí, y les dijo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló,cuando aun estaba en Galilea, diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.”(Mar.16:1-8;Lc.24:1-12;Mat.28:1-10)

¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres repiten las palabras vez tras vez. Ya no necesitan las especias para ungirle. El Salvador está vivo, y no muerto. Recuerdan ahora que cuando hablaba de su muerte, les dijo que resucitaría. ¡Qué día es éste para el mundo! Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro y “con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos.”

María no había oído las buenas noticias. Ella fue a Pedro y a Juan con el triste mensaje: “Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.” (Jn.20:2) Los discípulos se apresuraron a ir a la tumba, y la encontraron como había dicho María. Vieron los lienzos y el sudario, pero no hallaron a su Señor. Sin embargo, había allí un testimonio de que había resucitado. Los lienzos mortuorios no habían sido arrojados con negligencia a un lado, sino cuidadosamente doblados, cada uno en un lugar adecuado. Juan “vio, y creyó.” (Jn.20:8)

No comprendía todavía la escritura que afirmaba que Cristo debía resucitar de los muertos, pero recordó las palabras con que el Salvador había predicho su resurrección. Cristo mismo había colocado esos lienzos mortuorios con tanto cuidado. Cuando el poderoso ángel bajó a la tumba, se le unió otro, quien, con sus acompañantes, había estado guardando el cuerpo del Señor. Cuando el ángel del cielo apartó la piedra, el otro entró en la tumba y desató las envolturas que rodeaban el cuerpo de Jesús. Pero fue la mano del Salvador la que dobló cada una de ellas y la puso en su lugar. A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como al átomo, no hay nada sin importancia. Se ven orden y perfección en toda su obra.

María había seguido a Juan y a Pedro a la tumba; cuando volvieron a Jerusalén, ella quedó. Mientras miraba al interior  de la tumba vacía, el pesar llenaba su corazón. Mirando hacia adentro, vio a los dos ángeles, el uno a la cabeza y el otro a los pies de donde había yacido Jesús. “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn.20:13,15)le preguntaron. “Porque se han llevado a mi Señor –contestó ella,– y no sé dónde le han puesto.” (Jn.2015)

Entonces ella se apartó, hasta de los ángeles, pensando que debía encontrar a alguien que le dijese lo que habían hecho con el cuerpo de Jesús. Otra voz se dirigió a ella: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?”(Jn.20:15a) A través de sus lágrimas, María vio la forma de un hombre, y pensando que fuese el hortelano dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.”(Jn.20:15b)  Si creían que esta tumba de un rico era demasiado honrosa para servir de sepultura para Jesús, ella misma proveería un lugar para él. Había una tumba que la misma voz de Cristo había vaciado, la tumba donde Lázaro había estado.

¿No podría encontrar allí un lugar de sepultura para su Señor? Le parecía que cuidar de su precioso cuerpo crucificado sería un gran consuelo para ella en su pesar. Pero ahora, con su propia voz familiar, Jesús le dijo: “¡María!” (Jn.20:16a) Entonces supo que no era un extraño el que se dirigía a ella y, volviéndose, vio delante de sí al Cristo vivo. En su gozo, se olvidó que había sido crucificado. Precipitándose hacia él, como para abrazar sus pies, dijo: “¡Rabboni!” (Jn.16:20b)Pero Cristo alzó la mano diciendo: No me detengas; “porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” (Jn.20:17) Y María se fue a los discípulos con el gozoso mensaje.

Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres arrepentidos y obedientes y los amaría como a su Hijo. Cristo había de completar su obra y cumplir su promesa de hacer “más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ophir al hombre.”(Is.13:12) En cielo y tierra toda potestad era dada al Príncipe de la vida, y él volvía a sus seguidores en un mundo de pecado para darles su poder y gloria.

Mientras el Salvador estaba en la presencia de Dios recibiendo dones para su iglesia, los discípulos pensaban en su tumba vacía, se lamentaban y lloraban. Aquel día de regocijo para todo el cielo era para los discípulos un día de incertidumbre, confusión y perplejidad. Su falta de fe en el testimonio de las mujeres da evidencia de cuánto había descendido su fe. Las nuevas de la resurrección de Cristo eran tan diferentes de lo que ellos esperaban que no las podían creer. Eran demasiado buenas para ser la verdad, pensaban. Habían oído tanto de las doctrinas y llamadas teorías científicas de los saduceos, que era vaga la impresión hecha en su mente acerca de la resurrección. Apenas sabían lo que podía significar la resurrección de los muertos. Eran incapaces de comprender ese gran tema.

“E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.”(Mat.28:7) Estos ángeles habían estado con Cristo como ángeles custodios durante su vida en la tierra. Habían presenciado su juicio y su crucifixión. Habían oído las palabras que él dirigiera a sus discípulos. Lo demostraron por el mensaje que dieron a los discípulos y que debiera haberlos convencido de su verdad. Estas palabras podían provenir únicamente de los mensajeros de su Señor resucitado.

“Decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis.”(Mar.16:7), dijeron los ángeles. Desde la muerte de Cristo, Pedro había estado postrado por el remordimiento. Su vergonzosa negación del Señor y la mirada de amor y angustia que le dirigiera el Salvador estaban siempre delante de él. De todos los discípulos, él era el que había sufrido más amargamente. A él fue dada la seguridad de que su arrepentimiento era aceptado y perdonado su pecado. Se le mencionó por nombre. Todos los discípulos habían abandonado a Jesús, y la invitación a encontrarse con él vuelve a incluirlos a todos. No los había desechado. Cuando María Magdalena les dijo que había visto al Señor, repitió la invitación a encontrarle en Galilea. Y por tercera vez, les fue enviado el mensaje.

Después que hubo ascendido al Padre, Jesús apareció a las otras mujeres diciendo: “Salve. Y ellas se llegaron y abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dice: No temáis: id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.”  (Mat.28:9-10)

La primera obra que hizo Cristo en la tierra después de su resurrección consistió en convencer a sus discípulos de su no disminuido amor y tierna consideración por ellos. Para probarles que era su Salvador vivo, que había roto las ligaduras de la tumba y no podía ya ser retenido por el enemigo la muerte, para revelarles que tenía el mismo corazón lleno de amor que cuando estaba con ellos como su amado Maestro, les apareció vez tras vez. Quería estrechar aun más en derredor de ellos los vínculos de su amor.  Al oír esta cita tan definida, los discípulos empezaron a recordar las palabras con que Cristo les predijera su resurrección. Pero aun así no se regocijaban. No podían desechar su duda y perplejidad. Aun cuando las mujeres declararon que habían visto al Señor, los discípulos no querían creerlo. Pensaban que era pura ilusión. [21]

Una dificultad parecía acumularse sobre otra. El sexto día de la semana habían visto morir a su Maestro, el primer día de la semana siguiente se encontraban privados de su cuerpo, y se les acusaba de haberlo robado para engañar a la gente. Desesperaban de poder corregir alguna vez las falsas impresiones que se estaban formando contra ellos. Temían la enemistad de los sacerdotes y la ira del pueblo. Anhelaban la presencia de Jesús, quien les había ayudado en toda perplejidad. Con frecuencia repetían las palabras: “Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.”(Luc.24:41; ver también Os. 6:2; Mat. 17:23; 20:19; Mar. 10:34; Hch. 10:40; 1 Cor 15:4)[10]  Solitarios y con corazón abatido, recordaban sus palabras: “Si en el árbol verde hacen esto, ¿que sucederá en el seco?”(Luc.23:31 LBLA) Se reunieron en el aposento alto y, sabiendo que la suerte de su amado Maestro podía ser la suya en cualquier momento, cerraron y atrancaron las puertas. Y todo el tiempo podrían haber estado regocijándose en el conocimiento de un Salvador resucitado. En el huerto, María había estado llorando cuando Jesús estaba cerca de ella. Sus ojos estaban tan cegados por las lágrimas que no le conocieron. Y el corazón de los discípulos estaba tan lleno de pesar que no creyeron el mensaje de los ángeles ni las palabras de Cristo.

¡Cuántos están haciendo todavía lo que hacían esos discípulos! ¡Cuántos repiten el desesperado clamor de María: “Han llevado al Señor, . . . y no sabemos dónde le han puesto”! (Jn.20:2)¡Jesús resucitó de entre los muertos y se dió a ver, se apareció. Los evangelios nos relatan algunas de estas cristofanías. A cuántos podrían dirigirse las palabras del Salvador: “¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn.20:11-18). Está al lado de ellos, pero sus ojos cegados por las lágrimas no lo ven. Les habla, pero no lo entienden.

Me pareció ver algo luminoso en el sepul­cro, pero yo sólo notaba el vado, el cuerpo de Jesús que había ido a buscar no estaba allí. De repente noté que no estaba sola. Entonces oí mi nombre, jera su voz, no podía confun­dirme! Estaba allí, a mi lado, no había duda, era él. ¡Así pues, él tenía razón, Dios estaba de su parte! ¡Todo lo que vivimos no había si­do una ilusión, era verdad! Después de haber sufrido su ausencia, quise agarrarle, retener­le; El me convenció que había otra forma de vivir su presencia, de seguir relacionándonos con él, tan cierta y real como la de antes. El estaría con el Padre, había vencido a la muer­te. Sabes Prisca, no es tan raro, es la presen­cia del amor. Cuando dos personas se aman y existe entre ellas una sintonía, una comunión, aunque tengan que estar físicamente aleja­das, se saben y se viven en presencia del otro, en su cercanía. Es otra clase de relación; no es fantasía, es real, muy real. Nunca están solos. Jesús, además, me envió a comunicárselo a los demás, a Pedro, a Juan, a Felipe, a Ma­ría… Luego todos juntos tendríamos la misma experiencia. El nos envió a comunicar la bue­na noticia de lo vivido a todo aquél que que­ría escuchar. Y el resto ya lo conoces.[9]

¡Ojalá que la cabeza inclinada pudiese alzarse, que los ojos se abriesen para contemplarle, que los oídos pudiesen escuchar su voz! “Id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado.”(Mat.28:7) Invitadlos a no mirar la tumba nueva de José, que fue cerrada con una gran piedra y sellada con el sello romano. Cristo no está allí. No miréis el sepulcro vacío. No lloréis como los que están sin esperanza ni ayuda. Jesús vive, y porque vive, viviremos también. Brote de los corazones agradecidos y de los labios tocados por el fuego santo el alegre canto: ¡Cristo ha resucitado! Vive para interceder por nosotros. Aceptad esta esperanza, y dará firmeza al alma como un ancla segura y probada. Creed y veréis la gloria de Dios.

Conclución

Michael Grant, célebre historiador clásico de Oxford dice, “Estos relatos prueban que ciertas personas estaban absolutamente convencidas de que [Jesús había resucitado].” [Michael Grant, Jesus: An Historian’s Review of the Gospels [Jesús: Relectura de los evangelios de un historiador] (Scribner’s, 1977), p. 176. Incluso el escéptico de la historia, Rudolf Bultmann, reconoce que la certeza de los discípulos es “una realidad” en Kerygma and Myth, Vol. I, (SPCK, 1953), p. 42. Incluso el ardiente escéptico John Shelby Spong reconoce, “El cambio [en los discípulos] fue medible y objetivo aunque la causa del cambio sea debatible. Fue parte de aquella explosión de poder en el siglo I que no puede ser negada por ningún estudiante de historia.” [John Shelby Spong, Resurrection: Myth or Reality? [Resurección: ¿Mito o Realidad?] (San Francisco: Harper San Francisco, 1994), p. 26.]

Aunque la cruz parece un fracaso en la misión de Jesús, en realidad fue el triunfo definitivo sobre el mal.  Es que en realidad debemos reconocer si somos inteligentes que

“El fracaso no es nuestro enemigo. No determina la culminación de nuestros objetivos.” Y tampoco es el final de nuestro camino, sino que tan sólo es “un indicador que señala que las estrategias que veníamos utilizando hasta ahora no son las adecuadas ni las más exitosas para ese proyecto.”(Bernardo Stamateas,pastor y sexólogo argentino) [24]

Por este motivo, creo en lo dicho por los apostoles en la Biblia. Como el erudito judío Dr. Pinchas Lipide bien ha escrito,

“Si esta banda asustada de apóstoles de repente cambia de la noche a la mañana pasando a ser una comunidad segura de su misión. Entonces ninguna visión o alucinación basta para explicar una transformación tan revolucionaria.”[4]

A pesar de que Lipide es un rabino Judío Ortodoxo que no acepta a Jesús como el Mesías, reconoce la evidencia ineludible de que Jesús debe haber resucitado de los muertos. Igual nosotros no debemos tener miedo de enfrentar valles en nuestra vida, como el que enfrentó Jesús a la hora de morir, porque Dios también está con nosotros al igual que lo estuvo con su Hijo Jesús. En medio de esas situaciones, Él nos pide que hagamos una sola cosa: buscarle. Él es nuestra roca, nuestra torre fuerte y nuestra salvación. Sólo en Él podemos esperar, todo lo demás falla, pero Él es seguro por toda la eternidad.

  • “Mirando a Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Heb. 12:2).

Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra redención; porque sólo él, que estaba en el seno del Padre podía darlo a conocer. Sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía manifestarlo. Nada menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”. Lo dio no solamente para que viviese entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como su sacrificio; lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb. 2: 11).

El es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado de la ruina y degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y participase del gozo de la santidad.

El precio pagado por nuestra redención, el sacrificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo para que muriese por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que podemos ser hechos por Cristo. Al considerar el inspirado apóstol Juan “la altura”, “la profundidad” y “la anchura” del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo  encontrar lenguaje conveniente en que expresar la grandeza y ternura de este amor, exhorta al mundo a contemplarlo. “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!” (1 Jn. 3:1)

Creemos en que nuestro Señor Jesucristo es el Verbo de Dios hecho carne y por lo
tanto el hijo unigénito de Dios (Jn 1:1,14; Jn 3:16).

Que creemos acerca de Jesús los cristianos?

* Su nacimiento fue virginal (Mat. 1:23; Lucas  1:31-35)
* En su vida nunca hubo pecado (Heb. 7:26; 1 Ped. 2:22)
* Murió  en la cruz para redención de nuestros pecados y solo por medio de este sacrificio podemos nosotros ser salvos (1 Co. 15:3; 2 Co. 5:21)
* Su resurrección de entre los muertos fue corporal, su cuerpo resucitó (Mat. 28:6; Luc. 24:39; 1 Co 15:4)
* Esta sentado en cuerpo a la diestra de Dios Padre (Hch. 1:9, 11; 2:33; Fil. 2:9-11; Heb. 1:3)

¡Qué valioso hace esto al hombre! Por la transgresión, los hijos del hombre se hacen súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio reconciliador de Cristo, los hijos de Adán pueden ser hechos hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por la relación con Cristo, llegar a ser en verdad dignos del nombre de “hijos de Dios”.

Dios le bendiga

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NOTAS:

[0] La personalidad de Jesús,  es, sin lugar a dudas, una de las más importantes e influyentes de toda la historia de la humanidad. Millones de personas a lo largo de los pasados veinte siglos, en mayor o menor medida, han estudiado sus palabras, se han nutrido de sus enseñanzas y han adoptado sus sabios consejos, o al menos los han escuchado. Prácticamente no hay nadie en el mundo occidental que no conozca, al menos superficialmente, alguna de sus sentencias. Y la única fuente de la cual pueden extraerse las palabras de Jesús, en lo que respecta al mundo occidental, la constituye el Nuevo Testamento, con sus cuatro Evangelios canónicos, al margen de algunos Evangelios señalados como apócrifos, cuyas copias son de una distribución muy limitada y completameente dudosa.

[7] http://www.waynepartain.com/Sermones/s1526.html

[8] https://elteologillo.wordpress.com/2013/03/01/historicidad-de-lucas-2346/

[9] http://www.ciudadredonda.org/articulo/mujer-por-que-lloras-a-quien-buscas

[10] En el pasaje que va desde Lucas 22:66, hasta 24:1 se detalla el tiempo en que el Señor estuvo en la cruz y se habla ahí de que su muerte fue aproximadamente a las 15:00 horas del viernes, pues se dice que fue previo al día de reposo.  Pasa el día de reposo (sábado) y el primer día de la semana (domingo) muy temprano, las mujeres que van a ungir el cuerpo se encuentran con que ya no está donde lo habían sepultado.Si sacamos una sencilla cuenta del tiempo, no pasaron ni 48 horas (apenas 39 aproximadamente), desde la muerte hasta la resurrección gloriosa del Señor, sin embargo en todas las escrituras en las que se menciona acerca de estos hechos se habla siempre de un espacio de tres días (por lo menos 72 horas).La razón por la que se presenta esa aparente discrepancia al medir las horas que Cristo estuvo muerto y hallar que no forman 3 dias, es porque tomamos días de 24 hs, lo que es correcto para nosotros ya que nuestros días son de 24 hrs. Ese no es el caso de los Judios. Los hebreos miden la duración del día de otra manera. Para ellos, la duración del día va desde el amanecer hasta la caída de la noche. Por esa razón la suma nos da exactamente la mitad. La suma de horas que hacemos comunmente es correcta, lo que es incorrecto es suponer que el dia biblico registrado en los evangelios es de 24 hs, cuando en realidad es de 12.  [a] Período de un Día y una noche. Aproximadamente, la duración de una rotación de la Tierra sobre su eje.  Los hebreos calculaban el Día calendario o civil de tarde a tarde (Lv. 23:27, 32; cf Gn. 1:5, 8, 13; etc.); es decir, de puesta de Sol a puesta de Sol (Lev. 22:6, 7; cf Mar. 1:32).  Los babilonios también comenzaban sus días con la puesta del Sol; los egipcios lo hacían con la salida del Sol; los romanos los contaban a partir de la medianoche, de donde se deriva la costumbre actual. [b]. Período de luz en contraste con la noche. En tiempos postexílicos y del NT el Día constaba de 12 horas que se dividían en 4 partes (Jn. 11:9; cf Mat. 20:1-12): Hora prima (desde la salida del Sol [más o menos las 6] hasta las 9 de la mañana), Hora tercia (desde las 9 hasta las 12; Mat. 20:3; Mr. 15:25), Hora sexta (desde las 12 hasta las 3 [15]; Mat. 20:5; 7:45; Mar. 15:33; Jn. 4:6; 19:14), Hora nona (desde las 15 hasta la puesta del Sol [más o menos las 18]; Mat. 20:5; 27:45, 46; Mar. 15:33, 34).  Tales horas se contaban entre la salida y la puesta del Sol (llamado “día natural”), o entre el amanecer y la oscuridad de la noche (cf Mat. 16:2; existían variaciones de duración según fuera verano o invierno).  Generalmente, la “mañana” (heb b^qer) era hasta las 10, y el “calor del día” (mediodía; heb. tsohorayim; gr. mesmbría) duraba hasta las 14.  Es muy probable que Juan, al registrar los eventos finales del juicio y de la crucifixión del Jesús, usara el sistema de computar de los romanos (Jn. 19: 14; las 6 de la mañana según el sistema romano [a partir de la medianoche], las 12 del medio Día según el sistema judío).  En la Biblia también se mencionan la hora séptima (Jn. 4:52, BJ; la 1 [13] de la tarde), la hora décima (1:39; las 4 [16] de la tarde) y la hora undécima (Mat. 20:6, 9; las 5 [17] de la tarde).[http://www.wikicristiano.org/diccionario-biblico/1608/d%EDa/]

[11] Elena G. de White, EL DESEADO DE TODAS LAS GENTES, pag. 486

[12] ibid,pag 485

[13] El rocio de hortalizas pudo apoyar la imagen de huesos como plantas que han de florecer. Coinciden lso verbos despertar  ycantar.Con todo, en esta verson,como en todas lads demas,el echar afuera los muertos es el utlimo acto.Para una transpisición a clave cristiana deberíamos considerar a Cristo muerto y sangrante como el rocío del cielo que impregna y fecunda la  tierra, siguiendo una sugerencia de san Jerónimo “los que el Apostol llama muertos en Cristo… resucitarán gloriosos… Pues el rocío del Señor… dará vida a los cuerpos de los muertos. La identificación del rocío con Jesucristo la propone ya Teodoreto  “No andas errado si dices que el rocio es el Unigénito, la Palabra del Padre” (Jerónimo: CCSL 72,341; Teodoreto: PG 24,278)  cit en  Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, Vol. 2, pag. 298, ed. Cristiandad.

[14] Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, Vol. 2, pag. 299, ed. Cristiandad

[15] En su discurso Esteban desarrolla los temas teológicos de Dios, la adoración, la ley, el pacto, y la persona y mensaje del Mesías. A través de la obra del Mesías, la casa de Israel está en condiciones de adorar a Dios en verdad y en justicia. Esteban evita mencionar el nombre de Jesús, pero enseña que Dios ha levantado al Salvador de la casa de Israel. No es posible asegurar de quién recibió Lucas la substancia del discurso de Esteban. Suponemos que tuvo acceso a él a través de Pablo y de aquellos miembros del propio Sanedrín que llegaron a ser cristianos. A Lucas llegó a través de una tradición mixta: oral y escrita. Con referencia a Hechos 7, un estudio de la palabra escogida, referencias al templo y a Moisés y la ausencia de la típica construcción lucana son factores que indican que el discurso de Esteban no se originó en la mente de Lucas.  En efecto, las palabras promesa y aflicción tienen su propio significado en el contexto de Hechos 7 y no corresponden a su uso en el resto del libro. Luego, la forma en que Esteban se refiere a Moisés y al templo corresponden sólo a este particular discurso. No hay nada en Hechos que Lucas haya escrito en forma similar.
Finalmente, en el discurso de Esteban hay a lo menos veintitrés palabras que no se vuelven a encontrar ni en Hechos ni en ningún otro libro del Nuevo Testamento; también están ausentes del discurso de Esteban numerosas formas literarias, peculiares tanto al Evangelio de Lucas como a Hechos. No podemos presumir que Lucas haya presentado un relato al pie de la letra del sermón de Esteban, pero sí estamos completamente seguros que permite que el orador original, es decir, el propio Esteban, sea oído en palabras y conceptos que pertenecieron a él, el primer mártir del cristianismo. Inferimos también que como un historiador fiel, Lucas incorporó el discurso de Esteban en este lugar de
Hechos para preparar al lector para la persecución que seguiría a la muerte de Esteban y para la extensión de la iglesia más allá de los confines de Jerusalén. Fue Esteban y no Lucas quien proveyó el ímpetu para fomentar el
desarrollo de la iglesia. Lucas, por lo tanto, está escribiendo hechos reales basados en acontecimientos históricos. Lucas es un historiador que, a la manera de Tucídides, registra lo más exactamente que puede el sentido de todo lo que el orador en realidad dijo.[extr. de libro electrónico, Simon Kistemaker, comentario al Nuevo Testamento, exp. de los Hechos de los apostoles,pag. 17,ed. libros Desafio 2001]

[16] frasedehoy.com

[18] La inspiración no anula al hombre. Solo cuando el profeta recibe oráculo directamente de Dios.Dios compró con la sangre de Jesús la vida de Su santos (y las nuestras), y en ese precio están incluidas su obras, y también sus palabras. Las palabras de ellos, ahora son de Dios. Cristo pagó por ellas, al igual que usó un burrito para entrar a Jerusalén, lo tomó y lo usó. Ellos escriben, pero Dios no anula  sus culturas, sino que las cristologiza, las redime. Esto es lo que nos cuesta entender. Dios preservó de error los textos, claro que si, preservó de error los textos, pero no los preservó de sus culturas,sino que lo usó a pesar de ellas. Los relatos fueron escritos por hombres piadosos y no por ángeles. Por eso son testigos confiables, porque fueron sinceros y honestos para describir lo que veían. Y Dios los libró del error, de la mentira, pero no de sus propósitos Divinos, que no son los nuestros primariamente. Dios por la sangre de Jesús, limpió a los escritores para que sean vasos limpios y acépticos (gr. asespsis, sin “bacterias espirituales”). Luego lo ungió y los dotó de sabiduría sobrenatural para escribir los textos inspirados; y les dió autoridad sobrenatural. Pero no mató sus culturas, sino que a través de la cruz, ahora estas, son aceptadas ante los ojos del Amado Salvador.

[19] libro electronico, William Hendriksen, comentario al Nuevo Testamento LUCAS ,pag. 708, ed. libros Desafio 2001

[20] [21] [22] http://www.omp.cl/pdf/mision_2012.pdf

[23] Abel Serrano, Angel- logia,pag.593,ed. Publisher Textstream impr en E.U

[24] http://www.facebook.com/bernardostamateas

[25] Margaret Starbird, La Diosa en los evangelios, pag. 179-180, ed. ediciones Obelisco,Barcelona,España, impr. en España

[28] https://elteologillo.wordpress.com/2013/01/01/la-lanza-de-longinos/

[29] https://elteologillo.wordpress.com/2013/02/27/exponiendo-las-herejias-de-la-iglesia-catolica-la-adoracion-a-maria/

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  • libro electronico, William Hendriksen, comentario al Nuevo Testamento LUCAS , ed. libros Desafio 2001
  • (*) Antonio Piñero es Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.
  • Verdad Biblica http://www.facebook.com/#!/VERDADBIBLICA

MILAGROS DE LA NATURALEZA


MILAGROS DE LA NATURALEZA

En estos relatos, el paciente es plural (discípulos o multitud), y la Adver­sidad no es física ni psíquica, sino una circunstancia exterior al hombre que le afecta seriamente (J. Peláez, que los llama “relatos de manifestación”). Aunque inc1uímos la higuera seca y el pez con la moneda en la boca, estos no pueden considerarse verdaderos milagros, como veremos.

La pesca milagrosa (Luc. 5:4)

Jesús está a orillas del lago Genesaret (el mar de Galilea) rodeado de gen­te. Estaban cerca unos pescadores lavando sus redes y, para predicarles con más comodidad, le pide a uno de ellos, Simón, que le preste su barca para subir a ella y hablarles desde allí. Cuando terminó, dijo a Simón:

  • Boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar.

Se dirige a Simón, pero lo de “vuestras redes” nos hace suponer que iban otros en la barca. Simón le informa:

  • Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra, echaré las redes.

No explica Lucas por qué razón Simón confiaba en la palabra de Jesús, al que no conocía de nada, pues era la primera vez que se veían. Lo único que había visto era a Jesús predicando. Y había por entonces más de un predicador por toda Palestina afirmando que eran el Mesías. Y llamar Maestro a Jesús en esta primera ocasión, aunque le hubiese oído predicar, parece demasiado pre­maturo. Indudablemente, Lucas cuenta esta escena sin tener en cuenta las con­diciones históricas. Es la primera vez que Jesús y sus discípulos se ven, pero le llaman Maestro y confían ciegamente en él. Es un anacronismo notorio.

El caso es que echan las redes, y la cantidad de peces recogida fue tan gran­de, que se vieron obligados a llamar a los compañeros para que trajesen sus barcas y les ayudasen a llevar a la orilla la pesca, y las barcas casi se hundían por el peso de los muchos miles de peces que llevaban. Simón, asombrado, se echó a los pies de Jesús y le dijo:

Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador -. Jesús le dijo:

No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.

En realidad, toda esta historia se refiere a la llamada de los primeros discí­pulos. Pero Marcos (a quien sigue Mateo fielmente) la había contado de otra forma antes que Lucas: Jesús camina solo por la playa cuando encuentra a dos hermanos, Simón y Andrés, y en seguida a otros dos, Santiago y Juan, y sin más preámbulos les dice: “Venid conmigo y haré de vosotros pescadores de hombres”. Ellos dejaron allí mismo las barcas, las redes, incluso la familia y, sin chistar, se fueron tras él. Extraña situación: ¿cómo se explica que unos hombres dejen familia y trabajo y se vayan tras un personaje del que no saben nada? Tal vez Lucas debió pensar que semejante actitud no resultaba lógica (aunque era realmente milagrosa desde el punto de vista de un Jesús con po­deres divinos) y colocó este milagro justo antes de la llamada, con lo cual, la marcha de los pescadores tras un individuo milagrero resultaba más congruen­te. Claro que para ello, si es que las cosas sucedieron así, que esto es sólo una conjetura, no hizo más que sustituir un milagro por otro. Sea como fuere, la pesca milagrosa sólo parece un alarde de poder para dejar apabullados a aque­llos sencillos pescadores. Jesús lo hizo más de una vez, como veremos.

Pero aún cabe otra interpretación: La pesca milagrosa es sólo un simbolis­mo con el que Lucas ha querido resaltar la misión de los discípulos, que en adelante se dedicarán a “pescar” hombres, no peces.

Como mera curiosidad, añadamos el hecho de que Marcos y Mateo nom­bran a cuatro discípulos, mientras que Lucas sólo habla de tres: se olvidó de Andrés. Pero nada tiene de extraño, pues esta llamada de los primeros segui­dores está contada también por Juan de una forma totalmente diferente.

La tempestad calmada (Mar. 4:35; Mat. 8:23; Luc. 8:22)

Jesús y sus discípulos van en una barca por el lago, el Mar de Galilea. El Maestro duerme tranquilamente en la popa sobre un cabezal. En esto se levanta una borrasca, las olas irrumpen en la barca y esta comienza a anegarse. Jesús sigue durmiendo, a pesar de que debía estar mojado hasta los huesos. Ellos le despiertan diciéndole:

  • Maestro, ¿es que no te importa que perezcamos?

La frase debía referirse a la actitud estudiadamente tranquila de Jesús, que ni se inmuta ante .el desastre que se avecina, pero insinúa que Jesús puede hacer un milagro para salvarles, lo cual no tiene sentido en el contexto. Una vez despierto, increpó al viento y dijo al mar:

¡Calla, enmudece!

El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Se volvió entonces a sus discípulos y les dijo:

¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?

Ellos, se llenaron de temor y se decían:

¿Quién es, este que hasta el viento y el mar obedecen?

Como en otras ocasiones nos resulta extraño que Jesús tenga que gritar pa­ra que el milagro produzca. La narración resulta harto infantil, pues si Jesús tenía tales poderes sobre los elementos, bien podía haberlos acallado sin decir palabra, con sólo desearlo. Sin embargo parece que la intención del narrador es destacar la importancia de la fe para que se produzcan hechos prodigiosos. Aún así, antes de este milagro, Jesús había curado, ante sus discípulos, al endemo­niado de Cafarnaúm, a la suegra de Pedro, a un leproso, a un paralítico, al hombre de la mano paralizada y a una multitud más de enfermos y endemo­niados; lo que significa que los seguidores de Jesús debían ser bastante torpes cuando todavía no se habían dado cuenta de que tenían delante lo que los griegos llamaban un “hombre divino”, un personaje con cualidades sobrenatu­rales. De todas formas, Marcos parece que se complace, también en otros lugares, en remachar esta torpeza de los discípulos.

Mateo relata este milagro introduciendo algunas variantes: las olas realmente “cubren” la barca, ¡mientras Jesús duerme placidamente!; la frase con que le despiertan es diferente: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”, como si realmente estuviesen esperando el milagro, lo que no concuerda con la frase final de ad­miración; y se suprime la frase de imprecación de Jesús sobre los elementos, aunque se dice que “increpó a los vientos y al mar”.

Lucas y Juan ignoran este milagro.

La multiplicación de los panes (Mc 6,31; Mt 14, 13; Lc 9,10; Jn 6,1)

Según Marcos y Mateo, por dos veces Jesús dio de comer a una multitud panes y peces. En la primera, él se retira con sus discípulos a un lugar solita­rio; pero la gente se entera y acuden “de todas las ciudades” (exageración evi­dente), llegando incluso antes que ellos, adivinando el lugar al que se iba a retirar. Jesús siente compasión y les predica “extensamente”. Se hizo muy tarde y los discípulos se le acercan:

El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren comida.

No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer-, responde, misterioso, Jesús.

¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?, preguntan ellos incrédulos.

¿Cuántos panes tenéis?- inquiere el Maestro.

Cinco; y dos peces,-responden.

Entonces les manda que acomoden a la gente por grupos de cien y de cin­cuenta (¿por qué en grupos? ¿Y por qué no todos de cincuenta, o todos de cien?), y él, tomando los panes, los bendijo y comenzó a darlo a sus discípu­los. Los panes no cesaban de salir de las manos de Jesús, o de la cesta. Otro tanto sucedió con los peces, y comieron todos hasta saciarse. Incluso recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y sobras de los peces (o los dis­cípulos llevaban todos canastos cuando iban tras Jesús, o la gente salió de sus casas para verlo portando canastos para el camino).

Los que comieron fueron unos cinco mil hombres. ¿”Hombres”, sin contar mujeres y niños, o se trata de una generalización y se toma “hombres” por “personas”? Sea como fuere, el número es a todas luces exagerado: cinco mil personas son los habitantes que tiene un pueblo bastante grande.

Mateo es más parco en la narración. Jesús siente compasión, pero no les predica; sino que curó a los que estaban enfermos, ordena que la gente se aco­mode sobre la hierba, pero no menciona lo de los grupos de cincuenta y de cien, tal vez porque no encontró una justificación lógica para ello; y al final nos aclara lo que no sabíamos por Marcos: los que comieron fueron cinco mil hombres, varones adultos, pues añade expresamente: “sin contar las mujeres y los niños”. Debieron comer, pues, más de diez mil.

Lucas también añade cosas por su cuenta: Jesús les predica, pero también cura a los enfermos, y ordena que se acomoden en grupos de sólo cincuenta.

Juan puntualiza varios detalles. Jesús, ingenuamente, pregunta a Felipe:

¿Cómo vamos a comprar pan para que coman estos?-

Y Felipe:

Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.

Interviene Andrés, hermano de Pedro:

Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es esto para tantos?

Haced sentar a la gente-, dice Jesús.

Cuando la gente acaba de comer, admirados por el portento, quisieron, por la fuerza, hacerle rey (detalle que no parece en los sinópticos), y entonces huyó al monte él solo. Aparte estas diferencias, los cuatro evangelistas están de acuerdo en la cuestión numérica: cinco mil hombres, cinco panes, dos peces, doce canastos con las sobras.

Jesús realiza este milagro por segunda vez, pero en esta ocasión sólo lo relatan Mar. 8:1 y Mat.  15:32. El esquema básico es idéntico al de la primera: 1) re reúne mucha gente tras las numerosas curaciones junto al lago; 2) han venido de lugares distantes y no tienen qué comer; 3} Jesús declara que siente lástima por ellos; 4) los discípulos le advierten que es imposible dar de comer a aquella multitud; 5) Jesús pregunta cuántos panes tienen; 6) bendice los panes y los peces; 7) se reparten; 8) todos se sacian; 9) sobran varias es­puertas. Las diferencias sólo consisten en los números: siete panes, algunos peces, siete espuertas sobrantes, y cuatro mil personas alimentadas. Lo sorprendente es que los discípulos, después de haber presenciado la primera multiplicación, vuelvan a hacer la misma pregunta (¿cómo saciar a tanta gente en un lugar solitario?). Parece que como si no hubiesen presenciado el primer milagro. ¿Por qué Lucas y Juan no lo cuentan?

La oreja cortada (Luc. 22:47-51)

Los cuatro evangelistas cuentan el prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní y cómo uno de sus discípulos (sólo Juan dice el nombre: Pedro) saltó sobre el criado del Sumo Sacerdote y le cortó una oreja. Pero sólo Lucas (los otros callan) afirma que Jesús le dijo:

-¡Dejad! ¡Basta ya!-. Y tocando la oreja, le curó. (Un momento antes les había dicho que prepararan espadas).

Con toda la parafernalia de soldados (Juan habla de una cohorte romana, de unos seiscientos hombres) más los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, y los discípulos empuñando las espadas, resulta inverosímil que Jesús tuviese oportunidad para curar la oreja del siervo, aunque Juan haya exagerado respecto al número de soldados. No parece un momento apropiado para hacer un milagro.

Jesús camina sobre el mar (Mar. 6:45; Mat. 14:22; Jn. 6:16).

Los tres evangelistas cuentan este prodigio justamente después de la primera multiplicación de los panes. Pero ahora nos encontramos con un problema de itinerario: ¿dónde ocurrió el milagro? Marcos cuenta que los discípulos han vuelto de su misión apostólica, y que entonces todos, con Jesús, se retiran a un lugar solitario, donde tiene lugar el reparto de panes. A continuación, dice Marcos que “obligó” a los suyos a subir a una barca y a ir por delante de él hacia Betsaida, mientras despedía a la gente y se retiraba a un monte a orar. Betsaida era una población que se encontraba al noreste del lago, por lo tanto el milagro debió suceder en otro lugar antes de Betsaida, en el noroeste. Allí estaba precisamente Cafarnaúm. Pero Juan lo cuenta de otra forma: después de la multiplicación, los discípulos suben a una barca y se van a Cafarnaúm. ¿Cómo pueden ir a Cafarnaúm si ya estaban allí? Por lo visto, para Marcos y para Juan, el milagro de la multiplicación tuvo lugar en lugares diferentes y, por tanto, el otro milagro, el caminar sobre las aguas del lago, pudo ser ca­mino de Betsaida o camino de Cafarnaúm. No debería extrañarnos, puesto que los evangelios no son biografías, carecen de rigor histórico, ya que fueron compuestos como un puzzle, tomando de aquí y de allá historias, orales o escri­tas, que a veces no concordaban entre sí. Esto demuestra, una vez más, que los autores de los evangelios no fueron testigos directos de los acontecimientos y que, cuando escribieron, debió haber pasado el tiempo suficiente como para que los datos se hubiesen difuminado y trabucado.

Marcos sigue diciendo que Jesús, al ver, desde la orilla, que sus amigos se fatigaban remando porque el viento les era adverso (aparece aquí lo que hemos llamado Adversidad), decidió echarse al agua, pero no para ayudarles, sino para darles un susto (aunque al final remedia el problema ha­ciendo que el viento amaine, la actitud de Jesús es bien extraña).

Era ya de no­che, y la parición de una figura humana andando sobre el mar hizo que sus discípulos creyeran que era un fantasma y se pusieran a gritar. Jesús no se les acercó, sino que pasó de largo. La intención de asustarles estaba clara (se ha dicho que la potestad de andar sobre las aguas era una prerrogativa divina según el AT, pero en tal caso Jesús hizo un alarde de divinidad inútil, pues sus discípulos no se enteraron). Pero inmediatamente se volvió y les dijo:

Soy yo, no temáis-. Y se subió a la barca.

Sus amigos estaban estupefactos, lo que no se explica cuando acababan de presenciar el extraordinario suceso de dar de comer a diez mil personas con unos pocos panes y peces. Marcos se dio cuenta de que la actitud de los discípulos no era lógica, y entonces termina escri­biendo: “Porque no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada”.

Mateo añade una escena. Cuando Jesús les dice que no tengan miedo, que es él, Pedro, no sabemos si por un atrevimiento intempestivo o porque dudaba de lo que oía, dice:

Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas-. Él le dijo:

Ven.

Pedro salió de la barca y comenzó a andar sobre el mar, maravillado, pero al mismo tiempo terriblemente asustado: “Viendo la violencia del viento, sintió miedo y, como comenzara a hundirse, gritó:

¡Se­ñor, sálvame!

Jesús le tomó de la mano diciéndole:

“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”

Y subieron a la barca y el viento amainó.

Parece que este añadido pretende ser una forma simbólica de explicar la necesidad de confiar absoluta y ciegamente en Jesús. Para remachar esta idea, Mateo añade otra cosa más a Marcos. Éste terminaba la escena diciendo sim­plemente que sus discípulos quedaron estupefactos. Mateo escribe: “Entonces, los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios”. De esta forma, daba una imagen más correcta de los discípulos y, al mismo tiempo, resaltaba la idea de que Pedro debía haber confiado más en alguien que tenía poderes sobrenaturales por ser un “hijo de Dios”, un hombre divino (ya que la expresión Hijo de Dios no significaba todavía una filiación de naturaleza, no se refería aún a la segunda persona de la Santísima Trinidad).

Lucas no narró este milagro. Nunca sabremos por que. Después de la mul­tiplicación de los panes, cuenta la profesión de fe de Pedro a la pregunta de Je­sús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Tal vez nunca oyó hablar de ese caminar del Maestro sobre las aguas, o no le pareció serio. Sólo en Mateo se explica como metáfora o símbolo. En Marcos y Juan no tiene sentido. Asustar a los suyos o demostrarles ostentosamente sus poderes sobre la naturaleza, después de haber presenciado tantos prodigios, resulta totalmente innecesario.

Lo mismo puede decirse de los milagros que nos quedan por relatar.

El pez que tenía una moneda en la boca (Mat. 17:24)

Sólo Mateo tuvo conocimiento de la escena que sigue:

Los encargados de cobrar el tributo anual, que cada israelita debía pagar personalmente para las necesidades del Templo, se acercan a Pedro y le pre­guntan si su Maestro no piensa pagarlo. Pedro les dice que sí. Luego, a solas, Jesús le pregunta:

¿Qué te parece, Simón?, los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tributos, de sus hijos o de los extraños?

De los extraños-, responde Pedro. Y Jesús:

Por tanto libres están los hijos. Sin embargo, para que no se escandalicen, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca Y encontrarás un estáter. Tómalo y dáselo por ti y por mí.

El razonamiento de Jesús es ilógico. Los reyes de la tierra cobran tributo a sus hijos, es decir, a los súbditos (así entiende la Biblia de Jerusalén la ex­presión “hijos”). Lo de que los súbditos están libre no tiene sentido. Lo que quería decir, parece, es que él estaba exento de pagar el tributo, y también sus discípulos, posiblemente porque se consideraba superior a los demás israelitas debido a sus relaciones íntimas y especiales con Dios. Pero, sea como fuere, resolver la situación de una forma tan complicada, teniendo la pequeña comu­nidad fondos suficientes, tampoco tiene sentido. El milagro es absurdo e in­necesario. Además, ¿por qué no pagó por los demás discípulos?

De todas for­mas, el evangelista no dice que se realizara el milagro: sólo da la orden a Pe­dro, aunque debemos suponer que tuvo lugar.

Jesús seca una higuera (Mar. 11:12; Mat. 21:18)

Si el caminar sobre las aguas y lo del pez con una moneda en la boca re­sultan milagros increíbles por falta de una finalidad razonable, éste de la hi­guera resulta aún más absurdo debido a su irracionalidad. Marcos lo cuenta así: “Cuando salieron de Betania, sintió hambre, y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella. Al acercarse, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces dijo a la higuera: ¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!. Y sus discípulos oyeron esto”.

A continuación, Jesús sube a Jerusalén y expulsa a los vendedores del atrio del Templo, para salir de nuevo muy de mañana. Entonces, los discípulos ob­servan que la higuera se había secado hasta la raíz. La higuera fue castigada por no tener fruto, lo que ya es un hecho absurdo; pero si, además, no era tiem­po de dar higos, el milagro de Jesús resulta doblemente duro e increíble.

Lucas debió entenderlo así y evitó mencionar esta escena; por contra, escribió que Jesús contó una parábola acerca de una higuera que no daba fruto nunca, a la que su dueño quiso arrancar. Pero el encargado le suplicó que la dejara un tiempo más, que él cavaría a su alrededor y la abonaría, por si podía recupe­rarse. Era la parábola de la paciencia, del amor hacia los que no dan frutos de buenas obras, a los que hay que dar una segunda oportunidad. Fue una pará­bola hermosa que deja a Jesús en muy buen lugar. Pero el estúpido milagro de la higuera seca nos presenta a un Jesús intransigente y cruel.

La única explicación que tiene este episodio, es que tal milagro nunca se produjo, sino que fue una invención de Marcos para dar más énfasis al poder de la oración. Efectivamente, cuando Pedro ve la higuera seca y se lo dice a su Maestro, este le responde sin dudarlo un momento:

-Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: Quítate y arrójate al mar, y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis.

Mateo lo explica de un modo más coherente:

Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si decís a este monte: Quítate y arrójate al mar, así se hará.

La enseñanza no puede estar más clara: si oráis con fe inquebrantable podréis obtener hasta lo que os parezca más ab­surdo.

Este prodigio no puede considerarse un milagro, pues, como dijimos, en todos ellos aparece un problema (una adversidad) que Jesús resuelve, y en este caso falta semejante circunstancia. Por esta razón, debe entenderse como una narración didáctica.

El agua convertida en vino (Jn. 2:1)

Juan cuenta este milagro cuando Jesús aún no ha comenzado su misión, pero ya ha elegido a alguno de sus discípulos. Estos recientes compañe­ros, junto con Jesús y su madre, fueron invitados a una boda en un pueblo llamado Caná, en Galilea. En un momento determinado, el vino se acaba, María se da cuenta y se lo comunica a su hijo, como si estuviera pidiéndole que sacara a los novios del apuro mediante un milagro. Pero esto resulta poco creíble, porque María debía saber que los milagros no tienen como finalidad algo tan banal, tan frívolo e intras­cendente. Sin embargo, Jesús lo hace: encarga que llenen seis tinajas de agua y que las lleven al maestresala para que la pruebe, y éste queda encantado de la extraordinaria calidad del vino. ¿Por qué hizo Jesús algo así? Juan lo explica a su modo: en Caná comenzó Jesús a mostrar sus “señales” y manifestar su gloria, lo que trajo como consecuencia que sus discípulos creyeran en él. Fue un milagro exclusivamente para sus acompañantes, los futuros apóstoles. Pero esto no hace más creíble la historia: los discípulos tendrían ocasión de ver multitud de milagros a lo largo del tiempo que estuvieron con Jesús.

CURACIONES MULTITUDINARIAS

Los evangelistas mencionan otros exorcismos y curaciones sin entrar en de­talles:

Marcos (1:32-33; Mat. 8:16; Luc. 4:40-41):

  • “Al atardecer, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad en­tera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que adolecían de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios, a quienes no permitió hablar, pues le conocían”.

Marcos (3:7; Mat.12, 15-16; Luc. 6:17-19):

  • “Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del mar y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, también de Judea, de Jeru­salén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de la región de Tiro y Sidón (es decir, de toda Palestina desde el sur hasta el norte, incluyendo territorios pa­ganos), una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una barca para que no le oprimieran, pues, habiendo curado a muchos, cuantos padecían do­lencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus mudos, al verle caían a sus pies y gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

Marcos (6:53; Mat. 14:34-36):

“Llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer enfermos en camillas…Y donde quiera que entrara, en pueblos, ciudades o aldeas colocaban­ a los enfermos en las plazas y le pedían poder tocar siquiera la orla de su man­to; y cuantos le tocaban quedaban sanados”.

Lucas también cuenta que “toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos”.

Mateo (15:29) tiene otro resumen:

“Vino Jesús junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaban al Dios de Israel”.

Los enfermos son de todas clases, aunque no se mencionan expresamente los leprosos, mientras que los endemoniados se llevan la palma. Estos debían abundar en aquellas tierras de forma extraordinaria…

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MILAGROS DE LOS APOSTOLES

Curación de un tullido (Hch 3:1)

Pedro y Juan van a orar al Templo y se encuentran a un hombre tullido desde su nacimiento (se llama así a alguien que ha perdido el movimiento de todo o parte de su cuerpo) que pedía limosna. Los dos apóstoles, a un tiempo, fijan su mirada en él y Pedro le dice: “Míranos. No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar”. Y tomándole de la mano le levantó. El se puso de pie de un salto y anduvo. Lue­go entró en el Templo con ellos alabando a Dios, y quienes le conocían que­daron mudos de estupor y asombro, acudiendo donde estaban Juan y Pedro. Éste aprovechó la ocasión para echarles un largo discurso, resumiendo la idea de que fue Jesús, a quienes ellos habían enviado a la muerte, quien curó al tullido, y que ese mismo Jesús había resucitado. A consecuencia de ello fueron apresados y llevados ante el Sanedrín, que acabó poniéndoles en libertad con el encargo de que no siguieran predicando al Cristo resucitado. Pedro y Juan, sin embargo, no se amilanan. Se repite la incongruencia de que el hacedor de milagros sea perseguido por ello. .

Tenemos la impresión de que este milagro se ha relatado con un fin deter­minado: exponer la predicación de Pedro y las primeras persecuciones de que fueron objeto los apóstoles. .

La muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1)

Los primeros seguidores de Jesús, tras su muerte, venden sus bienes y los reparten entre los necesitados. Un tal Ananías y su mujer, Safira, venden un campo para entregar el dinero a los apóstoles, pero no lo entregan todo. Pedro recrimina a ambos, y los dos caen muertos. Entendemos que la primera comu­nidad cristiana deseara seguir la recomendación de su Maestro (quien quiera ser mi discípulo. que venda cuanto tiene y lo dé a los pobres), pero no se com­prende la dureza del castigo por no obedecer. Nos recuerda demasiado la in­transigencia de Yahvé en el Antiguo Testamento, que hacía morir, a veces, a la gente por los motivos más fútiles. Tal vez alguien se encargó de contar esta historia para que sirviera de ejemplo. No tiene sentido tanta dureza por parte de un Padre amoroso. Tampoco entra dentro de los cánones del milagro, pues falta también la adversidad que se resuelve. Más bien es un prodigio-castigo, lo que nunca hizo Jesús.

El paralítico de Lida (Hch. 9:32)

En la ciudad de Lida, en Judea, Pedro curó a un paralítico, llamado Eneas, que llevaba ocho años en una camilla. “Jesucristo te cura, dijo Pedro, levántate y arregla tu lecho”. Al instante se levantó, y todos los habitantes de Lida y Sarón se convirtieron al Señor.

Lo importante de este milagro no es la curación del paralítico en sí, sino sus consecuencias: la conversión de todos los habitantes de dos ciudades. Por lo visto no bastaba con predicar; era necesaria una intervención especial de Dios (sin embargo hemos constatado anteriormente que este procedimiento no siempre daba resultado).

Es cierto que en Hch. 14:1 (y en otros lugares) se dice que “una gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe”, pero a reglón seguido se afirma que “el Señor les concedía obrar por sus manos señales y prodigios…” Como se afirma de Felipe en otra ocasión: “La gente le escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritu inmundos, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados”.

La resurrección de Tabita (Hch. 9:36)

Este milagro se narra a continuación del anterior. Ya hicimos referencia a él cuando Jesús resucita a una niña diciéndole en arameo: talita kum, muchacha, levántate.

Castigo del mago Elimas (Hechos 13:4)

Pablo y Bernabé Son enviados a Chipre por la comunidad para misionar a los gentiles, y estando en la ciudad de Pafos, el procónsul Sergio Paulo les mandó llamar para escuchar la palabra de Dios. Pero con él estaba el mago Elimas, que trataba de apartar al procónsul de la nueva fe que le predicaban Pablo y Berna­bé. Pablo, disgustado por la oposición del mago, le maldice: “Tú, repleto de todo engaño y maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia, ¿no acabarás ya de torcer los rectos caminos del Señor? Pues ahora, te quedarás ciego y no verás el sol hasta el tiempo oportuno”. Y así ocurrió, y el procónsul creyó en las palabras de los apóstoles. Nuevamente, la conversión exige antes un acto prodigioso en ciertos casos. Se trata de otro prodigio-castigo.

El tullido de Listra (Hechos 14:8)

Pablo y Bernabé llegan a la ciudad extranjera de Icono (en lo que hoy es el sur de Turquía), de donde deben huir porque muchos judíos se opusieron a su predicación, y ellos no hicieron allí ningún milagro para convencerles. Pero llegados a Listra, muy cerca de allí, encontraron a un tullido, como el de Pe­dro, y Pablo hace exactamente igual que aquel: Fijó en el enfermo su mirada y dijo con fuerte voz: “Ponte derecho sobre tus pies. Y él dio un salto y se puso a caminar. Las consecuencias, sin embargo, fueron algo diferentes. El entusiasmo del gentío que presenció el prodigio fue tan grande que creyeron que eran dioses bajados del cielo y querían adorarles y ofrecerles sacrificios. Pablo lo impide hablándoles del único Dios verdadero, pero sin mencionar a Jesús.

Pablo resucita a un muchacho (Hechos 20:7)

Pablo está predicando a sus amigos cristianos en una casa. El sermón se ha­ce tan largo que un muchacho, llamado Eutico, acaba por dormirse en el borde de una ventana y se cayó desde un tercer piso. Y se mató. Pablo se tiende sobre él (corno hacía Elías), y tranquilizó a los presentes diciéndoles que no estaba muerto y continuando luego con el culto. Sólo al marcharse Pablo, en­cuentran que Eutico estaba vivo y todos se alegraron no poco. Obsérvese que Pedro hace milagros recurriendo al nombre de Jesús. Pablo no.

Leyendo las narraciones de milagros, y especialmente los resúmenes, se tie­ne la impresión de que Palestina, en tiempos de Jesús, debía estar repleta de enfermos. Posiblemente no era el único lugar en el mundo donde ocurría tal cosa. Resulta lúcido un párrafo del profesor Morton Smith al respecto (Jesús, el Mago, Ed. Martínez Roca):

“Para comprender la importancia de las curaciones de Jesús, debemos re­cordar que en la Palestina antigua no existían hospitales ni manicomios. El en­fermo y el loco debían ser atendidos por sus familias, en sus propios hoga­res. A menudo, la carga de cuidar de ellos era pesada y, a veces, especialmen­te en los casos de locura furiosa, superior a lo que la familia podía soportar. Los enfermos eran echados fuera de casa y se les dejaba que erraran como animales. Esta costumbre ha continuado hasta nuestro siglo. Nunca olvidaré mi primera experiencia en la “ciudad vieja” de Jerusalén, en 1940. .Lo primero que vi cuando entré por la puerta de Jaffa fue un lunático, una inmunda criatura que llevaba un saco de arpillera por todo vestido. Era presa de un ataque. Pa­recía mantener una conversación con algún ser imaginario que estuviera en el aire, frente a él. Soltaba un torrente incomprensible de palabras mientras que levantaba sus manos como si suplicara. Pronto comenzó a hacer ademanes, co­mo si quisiera protegerse de bofetadas, y aullaba como si le estuvieran gol­peando. Echando espuma por la boca, cayó de bruces al suelo y allí se quedó, gimiendo y retorciéndose, vomitó y tuvo un ataque de diarrea. Había mucha gente en la calle, pero los que llegaron hasta donde él estaba se limitaron a dar un rodeo para evitar la porquería y siguieron su camino. Él estaba caído sobre la acera, frente a una farmacia. Después de unos minutos salió un dependiente con una caja de serrín, lo vertió sobre el charco y trató al paciente con un par de patadas en los riñones. Esto le hizo recobrar los sentidos, se levantó y se fue tambaleándose, gimiendo todavía, frotándose la boca con una mano y los riñones con la otra. Cuando fui a vivir a la “ciudad vieja” supe que aquel hombre, y otra media docena como él, eran personajes populares. Esta era la psicoterapia de los antiguos. Quienes no querían echar a la calle a sus parientes locos, tenían que soportarlos en su propia casa. Por otro lado, y como quiera que la medicina racional era muy rudimentaria, las enfermedades crónicas y de­generativas debían estar muy extendidas, y esos enfermos también tenían que ser atendidos en sus propias casas. En consecuencia, la mayoría de la gente buscaba las curaciones con impaciencia, no sólo para ellos mismos, sino también para sus parientes. Los médicos eran incompetentes, escasos y caros. Cuando aparecía un curandero, ¡un hombre que pudiera realizar curaciones mi­lagrosas y lo hiciera gratis!, podía estar seguro de que iba a ser acosado por la multitud. Y entre el gentío que se apiñaba desesperadamente a su alrededor, pidiéndole que los sanara, se producirían algunas curaciones. Con cada una de ellas aumentaría la fama de sus poderes, las esperanzas y las especulaciones de la muchedumbre, así como las leyendas y rumores sobre el sanador”.

No cabe duda de que en el fondo de las narraciones sobre milagros hay alguna verdad, expresada ya por el doctor Stmith en su último párrafo: Jesús era un sanador. Este hecho se ve corroborado por los mismos evangelios, ya que, se repite constantemente la necesidad de la fe para curarse. La fe, la con­fianza. Es exactamente lo que se requiere para que los sanadores actuales (y de todos los tiempos) puedan curar a sus enfermos (no a todos, por supuesto). La psiquiatría ha descubierto que la sordera, la ceguera, la mudez, la parálisis y otros síntomas parecidos podían ser ocasionados por la histeria.

Desde un punto de vista esceptico, se podria decir que los milagros de Jesús podrían explicarse por una supresión, al menos momentánea, de los síntomas de la histeria. Pero aquí nos tropezamos con un problema: si Jesús, como sanador, sólo podía curar las enfermedades psicosomáticas, debemos explicar los verdaderos milagros. Estos pueden resumirse en los siguientes: las resurrecciones, la desaparición momentánea de la lepra, la multiplicación de los panes, el andar sobre las aguas, secar una higuera con sólo la palabra, la mo­neda encontrada en la boca de un pez, aplacar una tempestad y convertir el agua en vino.

Desde un punto de vista racional, esos milagros son imposibles. Para los racionalistas no cabe otra interpretación que la invención por parte de los escribas cristianos.

En primer lugar, pueden consistir, en parte, en na­rraciones simbólicas que intentan explicar algún aspecto de la cristología, como la multiplicación de los panes sirve a Juan para hablar de que Jesús es el Pan de Vida, o calmar la tempestad, caminar sobre las aguas o secar la higuera son una excusa para hablar de la necesidad de la fe. Por otra parte, la necesidad de destacar la singular personalidad de Jesús sería otra oportunidad para imaginar tales relatos.

Pero como cristianos no podemos basarnos en conjeturas y escepticismos.El texto biblico nos desafia y no podemos mirar para otro lado como si nada, creyendo que nada sucedio solo porque para la razón del hombre moderno es escándalo.

Debemos resaltar también el hecho de que esos milagros de Jesús no provocaban la fe de los presentes de un modo automático. Fariseos y sa­cerdotes buscan condenarle a pesar de haber presenciado algunos de sus pro­digios más extraordinarios; los apóstrofes y maldiciones de Jesús a Jerusalén, Betsaida y Corazín, demuestran que en esos lugares fue rechazado por sus oyentes. Mateo dice claramente: “Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido”. Jesús se queja en numerosas ocasiones de la dureza de corazón de los judíos. Incluso cuando la gente le sigue, él les recrimina: “Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. Y el evangelio de Juan dice: “Ni siquiera sus her­manos creían en él”. Esos milagros extraordinarios que tratamos de explicar, no resultaban útiles porque nunca tuvieron lugar.

Pero todos los milagros de Jesús fueron, en realidad, inútiles, excepto para aliviar a algunos enfermos de sus dolencias. Presentarlos como pruebas de su superioridad, de su especial unión con la divinidad, o como de su divinidad misma, es un intento infructuoso de los evangelistas. El profesor J. Peláez, afirma:

“Se puede decir que el milagro no prueba apodícticamente nada: endu­rece el corazón de los adversarios de Jesús, confirma en la fe a sus seguidores o llena de desconcierto a la gente”.

El equipo “Cahiers Evangile” remacha que los milagros no son “pruebas”, sino “signos”, un mensaje, una palabra de Jesús y sobre Jesús, y que sólo tienen sentido para quienes ya tienen fe: “El milagro como tal no puede ser reconocido más que por el creyente”.

Por otra parte, debemos destacar otro hecho: el que existan narraciones acerca de que tales prodigios podían llevarlos a cabo diversidad de personas. De todos los fundadores de religiones se cuenta que hicieron milagros, inclu­yendo resurrecciones.

El Antiguo Testamento está lleno de prodigios realizados por los profetas. Los de Moisés, especialmente, fueron tan extraordinarios que los de Jesús, comparados con aquel, apenas pueden considerarse juego de ni­ños. En tiempos de Jesús no faltaron, los obradores de milagros en Roma, Grecia o Egipto, inclusa en la misma Palestina, entre los judíos (en el Talmud se habla de un rabino que dio muerte a un colega suyo porque creyó que se había mofado de él, después de lo cual lo resucitó al darse cuenta de que se había equivocado).

El Libro de los Hechos nos cuenta el caso de Simón el Ma­go, a quien, en Samaria, todo el mundo “le prestaba atención porque les había tenido atónitos durante mucho tiempo con sus artes mágicas”. Por supuesto que el autor de los Hechos llama magia al poder de hacer milagros, igual que en algunas tradiciones rabínicas (baraítas, citadas en el Talmud hebreo) en­tendían los prodigios de Jesús. Los discípulos del Maestro de Nazaret también hicieron milagros cuando los envió como misioneros, incluso algunas personas que no eran discípulos, pero que usaban el nombre de Jesús para realizar exor­cismos, como nos cuentan Marcos y Lucas: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros”.

Muerto Jesús, sus seguidores (Pablo, Pedro, Felipe…) también hicieron algunos milagros. Y con el paso del tiempo, durante estos dos mil años, no han faltado nunca, hasta nuestros días, santos milagreros. Y curanderos y sanadores, cristianos y no cristianos.

Los milagros pueden hacerlos incluso personas y espíritus enemigos de Je­sús: “Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán señales y prodigios para engañar a los’ elegidos”, dice Jesús. “La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios enga­ñosos“, escribe Pablo en 2 Tesalonicenses.

Evidentemente, los evangelistas se equivocaban cuando creía que los mila­gros de Jesús eran “pruebas” de su divinidad. Vimos al comienzo que Jesús hace milagros de las formas más dispares, incluso opuestas. Lo mismo cura a alguien que está a varios kilómetros de distancia, como necesita tocar con saliva y barro al enfermo, o cura con sólo su palabra, o simplemente impo­niendo sus manos, sin hablar siquiera. Tan dispares formas de curar sólo cuadran con los distintos métodos que usa un sanador según la enfermedad de la persona. Esas curaciones fueron exageradas por sus seguidores después de muerto, interesados como estaban en demostrar que era un personaje divino. De este interés surgieron otras muchas leyendas que examinaremos a continua­ción.

Todo el Nuevo Testamento, en realidad, está plagado de prodigios. Pero, como dijo alguien, los milagros de Jesús, como todos los milagros, resultan inútiles para la humanidad, pues aunque sanen a algunos enfermos, no eliminan las enfermedades. El poder de los milagreros y sanadores es bastante limitado (lo que demuestra su origen puramente humano) y sólo tienen un interés rela­tivo, en tanto en cuanto alivian el sufrimiento de algunas personas. Pero el mundo está lleno de ese sufrimiento producido por las enfermedades. Jesús no pudo evitarlo. Lo demostró holgadamente cuando, entre todos los enfermos que esperaban ansiosos en la piscina de Bezatá, sólo atendió a uno (Mateo cuenta que en cierta ocasión le llevaron numerosos enfermos y los curó a to­dos, ¿por qué no hizo lo mismo en Bezatá?).

Pero la verdad es que nadie espera que Dios venga a este mundo y elimine todas las enfermedades que nos aquejan. Ese sería el verdadero milagro. Lo demás sólo son remiendos temporales, propios de nuestra incapacidad como seres humanos. Jesús se comportó como tal, como un ser humano, compasivo pero impotente ante tan­to dolor. No podía hacer milagros, sólo curar a algunos enfermos por medio de la sugestión sobre quienes tenían confianza en él. Como en todos los tiem­pos. Como hoy.

Por otra parte, el sentido común, la simple lógica, nos proporciona un ar­gumento en contra de los milagros de Jesús (y de todos los milagros, por su­puesto): En ninguna parte se dice que Jesús sanase a alguien a quien le faltase una pierna, una mano o un brazo, o tuviese un ojo vacío, haciendo que estos miembros apareciesen de la nada. Ningún hacedor de milagros ha podido rea­lizar un prodigio de tal magnitud. Los milagros tienen un límite. Pero no lo tendrían si realmente viniesen de Dios.

Ni lo milagros son cosa de los tiempos modernos. Así que la ciencia ha ido avanzando, los prodigios se fueron extinguiendo. Ahora han sido los seres humanos quienes han erradicado, verdaderamente, sin necesidad de recurrir a milagrerías, varias enfermedades de todo el planeta. No sólo se ha curado a enfermos, sino que la ciencia ha acabado con la enfermedad. Lo que no pudo hacer Jesús ni ninguno de los taumaturgos de la antigüedad.

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OTROS RELATOS MARAVILLOSOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Aparte los milagros que se dice que obró Jesús personalmente, también se narran numerosos hechos extraordinarios ocurridos desde su nacimiento hasta su muerte, así como en la primera comunidad cristiana. No nos detendremos en analizarlos uno a uno, pues son narraciones tan infantiles que no necesitan de ningún comentario. Sólo vamos a transcribir la relación de esos prodigios:

1. -El ángel del Señor se aparece a Zacarías para anunciarle que su mujer tendrá un hijo, Juan el Bautista. Por dudar de ello, pues su mujer., Isabel, era estéril, queda mudo hasta que nace el niño. Pero Zacarías dudaba lógicamen­te. ¿Por qué ése castigo?

2.-María queda embarazada por obra de la divinidad (una idea claramente pagana). Se lo anuncia el ángel Gabriel. Muchos fundadores de religiones apa­recen como nacidos sin intervención humana masculina. José, desagradable­mente sorprendido por el extraño embarazo, debe ser tranquilizado (en sue­ños) por un ángel.

3.-Unos magos de Oriente vienen a adorar a Jesús guiados por una estre­lla que se detiene sobre el lugar de su nacimiento. ¿Cómo puede detenerse una estrella sobre una casa?

4.-Unos pastores son avisados por un ángel para que vayan a adorar al re­cién nacido.

5.-Herodes el Grande ordena matar a todos los niños pequeños de Belén para asesinar a Jesús. Un ángel ordena a José que escapen a Egipto. El mismo ángel le dice que vuelva cuando Herodes ha muerto.

6.-Bautizado Jesús por Juan, una paloma se posa sobre él (el Espíritu Santo) y una voz desde el cielo le dice que es su hijo amado. ¿Por qué una paloma? Si Jesús era Dios, ¿para qué necesitaba una teofanía? En realidad se trata del momento en que Jesús descubre su vocación. .

7.-Jesús es “empujado” por el Espíritu al desierto, donde es tentado por el demonio y llevado en volandas, por el maligno, a un monte y al alero del Tem­plo. ¿Por qué Dios se somete a un ritual tan extraño?

S.-Jesús, sobre un monte, y en presencia de Pedro, Juan y Santiago, mues­tra su rostro brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Moisés y Elías se parecen. Vuelve a oírse la voz del cielo como en el bautismo. Una manifestación de poder divino exclusiva para sólo tres discípulos. Carece de sentido. Los discípulos no la necesitaban. Ya habían visto muchos milagros de Jesús.

9.-Al morir en la cruz, se rasga el velo del Santuario, se extiende la oscu­ridad sobre todas las cosas, tiembla la tierra, se rajan las rocas, se abren los sepulcros y resucitan muchos cuerpos de santos difuntos, que (y esto resulta bastante inverosímil) esperaron a que Jesús resucitara para correr a la ciudad apareciéndose a muchos. Se dice que fue una señal de la victoria de Cristo sobre la muerte. Pero la gente que veía a los resucitados caminando por las calles y entrando en las casas de sus parientes nunca supo (al menos no se dice) que era un milagro provocado por el triunfo de Jesús sobre la muerte.¿De qué sirvió? Y tan sorprendente prodigio, ¿cómo no dejó huella en la historia de la ciudad ni nadie escribió acerca de ella? Un escritor judío, Flavio Josefa, que vivió en el siglo 1º y contó la historia de su pueblo hasta el año 66 (habló de la muerte de Jesús y de su hermano Santiago) pudo hacerlo. O Filón de Alejandría, que también vivió por aquel tiempo. Lo hubiesen hecho, sin duda, si tal resurrección de muertos (o la muerte de los inocentes) hubiera sido cierta.

10.-Jesús se aparece, resucitado, a las mujeres y a los apóstoles y discípu­los. ¿Por qué no se pareció a todos aquellos que no le creyeron cuando vivía? Hubiera sido una magnífica ocasión para probar su divinidad con hechos con­tundentes. Sus apariciones exclusivas a quienes le seguían y creían ya en él, resultan sumamente sospechosas, máxime teniendo en cuenta que sí se presen­taron los resucitados cuando el terremoto, cuyas apariciones no sirvieron de nada a Jesús. ¿Y por qué no se apareció al jefe de los apóstoles, Pedro, en primer lugar, en vez de hacerla a una mujer de la que había sacado varios demonios? Por otra parte, Juan cuenta que en el sepulcro vacío estaban las vendas que cubrían a Jesús muerto, lo que significa que resucitó desnudo. ¿Cómo se apareció después vestido?

11.-El Hijo de Dios vuelve al cielo, elevándose en el aire hasta que una nube le oculta. Creían entonces que Dios estaba “en el cielo” y allí encaminan a Je­sús; pero Dios está en todas partes, así que Jesús no hubiera tenido más que desaparecer para reunirse con su Padre, sin necesidad de subir a ningún sitio.

12.-El Espíritu Santo, precedido de un ruido como una ráfaga de viento im­petuoso, se aparece a los apóstoles en forma de llamas de fuego que se posan sobre ellos. Los apóstoles, inmediatamente, comienzan a hablar en otras len­guas. Pero nadie explica qué decían en esos momentos ni qué relación hay entre recibir al Espíritu y hablar en lenguas extrañas. Se dice que había allí judíos de todas partes del Imperio que les oyeron hablar, cada uno en su propia lengua, lo que no se dice es qué decían; pero cuando Pedro se dirige a ellos para expli­carles el ruido de viento, no lo hizo en la lengua de todos, sino en griego. ¿Otro milagro inútil? Por otra parte, según el evangelio de Juan, Jesús ya ha­bía “soplado” sobre los apóstoles diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Si ya lo habían recibido, ¿por qué lo reciben otra vez?

13. –El ángel del Señor abre las puertas de la prisión donde el Sanedrín ha­bía encarcelado a los apóstoles y les encomienda que sigan predicando. A con­tinuación se informa de que las puertas de la cárcel no se abrieron, pues estaban bien cerradas y los guardias ante ella. Debieron salir atravesando las paredes, como Jesús resucitado.

14.-Yendo hacia Damasco, Saulo, perseguidor de los cristianos, cae de su caballo a causa de una potente luz bajada del cielo y escucha la voz del mismo Jesús. Quedó ciego durante tres días (se ignora la causa, pues la luz no tenía por qué cegar, siendo divina como era) y desde entonces se dedicó a predicar al Cristo. Una vez se dice que sus acompañantes oyeron la voz pero no sabían de dónde venía, y otra vez se dice que vieron la luz pero no oyeron la voz.

15.-Un centurión romano, de nombre Cornelio, hombre piadoso como pocos, recibe la visita del ángel de Dios, el cual le conmina para que envíe a buscar a Simón Pedro. Pedro, entre tanto, cae en éxtasis y tiene una visión: “una cosa así como un gran lienzo atado por las cuatro puntas y lleno de cua­drúpedos, reptiles y aves”. Una voz le dice que coma, pero él se resiste, por­que jamás ha comido cosa impura. La voz le dice que no es profano lo que Dios ha purificado. Y la visión desaparece. Llegan entonces los enviados de Cornelio. Pedro, que ha comprendido el sentido de la visión, les acompaña, y en casa del centurión les predica a él y a toda su familia y amigos allí reuni­dos. Acabada la prédica, el Espíritu Santo “cayó” sobre todos los presentes, y Pedro no pudo negarse a bautizar a aquellos paganos. Luego tuvo que dar ex­plicaciones en Jerusalén a la comunidad, pues les estaba prohibido entrar en casa de gentiles.

La historia es una justificación de que los paganos no estaban excluidos de la fe en Jesús. Eran los tiempos en que el rechazo judío se hacía cada vez más patente y la única solución razonable, como dijo Pablo en otra ocasión, era volverse a los gentiles.

16. –Pedro es apresado por Herodes para presentarlo al pueblo después de la Pascua y ejecutarlo. Pero estando durmiendo en la cárcel, custodiada por cua­tro escuadras de soldados, vino el ángel del Señor, le tocó en el costado y le dijo: “Levántate aprisa. Cíñete y cálzate las sandalias. Ponte el manto y sí­gueme”. Pedro, liberado de sus cadenas milagrosamente, siguió las órdenes del ángel, y ambos salieron sin que nadie se diera cuenta. Cuando ya estaban en plena calle, el ángel desapareció. Otra vez el mensajero.

17. –En Antioquía, mientras los discípulos celebraban el culto del Señor y ayunaban, “dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra que les tengo encomendada”. No se explica en qué forma se presentó el Es­píritu, ni siquiera si se presentó en forma alguno o sólo se escuchó su voz. Nos recuerda aquellas voces de Yahvé que hablaba sin cesar en el Antiguo Testamento sin que el autor explique nada, solo usa la expresión “dijo Yahvé”.

18. –Se repite lo que hemos visto en el número anterior. “Atravesaron (Pa­blo y Timoteo) Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar en Asia. Intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo con­sintió el Espíritu de Jesús”. No se explican las circunstancias en que el Espíritu les impidió predicar, ni si el Espíritu Santo y el Espíritu de Jesús eran la misma cosa.

19. –Pablo y Silas son apresados en la ciudad de Filipos, encarcelados y amarrados con cadenas. Ellos se pusieron a predicar a los presos y a cantar himnos. En aquel instante se produjo un terremoto tan fuerte que los cimientos de la cárcel se conmovieron, se abrieron todas las puertas y cayeron las ca­denas de los prisioneros. El jefe de la cárcel recibió también la palabra y les invitó a su casa (que debía estar muy cerca, pues los presos vuelven a la cár­cel). Al día siguiente fueron puestos en libertad por orden de los pretores.

20.-Estando Pablo en Corinto “el Señor le dijo durante la noche en una vi­sión: No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo y nadie te pondrá hacer mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciu­dad”. Se supone que “el Señor” es Jesús, que en ocasiones suple al Espíritu Santo en su misión de hablar a los apóstoles.

21. –Pablo, arrestado en Jerusalén, pide permiso para hablar a los judíos. Entre otras cosas les dice: “Habiendo vuelto a Jerusalén, caí en éxtasis en el Templo y le vi a él (a Jesús) que me decía: Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí”. Y a continuación le insiste: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles”. Los judíos se re­vuelven contra Pablo y es llevado ante el Sanedrín, a cuyos componentes pre­dica, pero tampoco le escuchan y el tribuno le devuelve a la cárcel. Esa noche “se le pareció el Señor y le dijo: “Ánimo, pues como has dado testimonio de mí en Jerusalén (a pesar de haberle prohibido que lo hiciera) así debes darlo tam­bién en Roma”.

Jesús, el Espíritu Santo y los ángeles dirigen la misión de sus seguidores, especialmente la de Pablo.

A Dios sea la gloria por tantos milagros.

RESURRECIONES


RESURRECIONES

Ponemos aparte estos milagros porque constituyen una forma más especí­fica en el intento de demostrar la divinidad de Jesús, que, en este caso, tiene poder incluso sobre la muerte. Mat y Mar. sólo aportan una resurrección (la misma). Lucas, dos (una compartida con Mar-Mat), y Juan sólo la de Lázaro.

La hija de Jairo (Mar. 5:21; Mat. 9:18; Luc. 8:40)

Jairo era uno de los principales de la sinagoga (no se dice de qué pueblo).

Se echó a los pies de Jesús y le suplicó que fuese a su casa e impusiese sus manos sobre su hija, que estaba gravemente enferma. En el camino, rodeado de gente, tiene lugar la curación de la hemorroísa, que ya hemos contado. Antes de llegar a casa de Jairo, le salen al encuentro algunas personas para decirle que ya no era necesario molestar al Maestro, pues la muchacha había fallecido. Jesús, sin embargo, le dice:

  • “No temas; solamente ten fe”.

Luego, sin permitir que nadie le siga, a excepción de tres de sus discípulos, entra en la casa, donde la gente llora y da gritos de dolor.

  • “¿Por qué alborotáis y lloráis? -les dice Jesús-. La niña no ha muerto; está dormida”.

Se burlaron de él los presentes, pero Jesús entró en la habitación con los familiares íntimos y, tomando a la niña de la mano, le dice: “Talitá kum” (muchacha, levántate). Ella se levantó y se puso a andar. Quedaron todos fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera, y que le dieran de comer.

Más sorprendente que la misma resurrección resulta la orden insistente de Jesús. ¿Cómo pretendía que nadie se enterase de algo tan insólito, máxime cuando había llegado allí rodeado de una muchedumbre?

Lucas cuenta casi con las mismas palabras que Marcos, excepto que talitá kum, la escribe directamente en griego. Mateo es más escueto e introduce algunas variantes: el padre de la niña viene a rogarle que vaya a su casa porque su hija había muerto, y él quería que la tocase con su manto para que volviera a la vida; Jesús no pronuncia palabra alguna, sólo la toma de la mano; y termina con la frase “y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca”, algo mucho más lógico que de Marcos y Lucas.

El libro de los Hechos relata una resurrección llevada a cabo por Pedro y que está relacionada con la de la hija de Jairo. Se trataba de una muchacha lla­mada sospechosamente Tabitá. Lucas (que había leído el milagro anterior de Marcos), añade “que quiere decir Dorcás (gacela)”, para que no se confunda con la frase de Jesús que tenía un dudoso aire de magia. Pedro, ante el ca­dáver, dice: “Tabitá, levántate”. Es decir: Tabitá kum, una frase que sólo se diferencia de la de Jesús en una letra.

El hijo de la viuda de Naim (Luc. 7:11) Este relato tiene cierto parecido con el anterior. Hay una gran muchedum­bre alrededor del féretro de un muchacho, hijo de una viuda, al que ya han sacado de la casa y llevan a enterrar. Jesús siente compasión de la mujer (¿hacía Jesús milagros por compasión o para mostrar su divinidad?), toca el féretro y pronuncia las mismas palabras de antes: “Joven, levántate”. El muerto se incorporó y se puso a ha­blar. La gente queda asustada y glorifica a Dios: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

Cuando la gente decía que Jesús era un gran profeta, llevaban razón: sabían que Elías había resucitado también al hijo de una viuda. Aunque entre ambos milagros existen grandes diferencias (Elías se tiende sobre el niño y clama a Yahvé varias veces para que lo resucite), Lucas bien pudo haber urdido el de Jesús recordando aquel otro, y presentando a Jesús como alguien superior a los profetas, pues no tiene necesidad de recurrir a Dios, y le basta con unas palabras para devolverle la vida. Pero esto no significa nada, pues Pedro también resucita a Tabitá sin gestos ni recurso a la divinidad

Lázaro (Jn. 11:1)

Lázaro era hermano, de Marta y María, las cuales enviaron recado a Jesús de que estaba enfermo. Jesús no se da prisa por ir a curarle: estuvo dos días en el mismo lugar, como si esperase a que el joven muriese. Luego se puso en camino con sus discípulos, y en el trayecto les dijo:

  • -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis.

Esperaba, por lo visto, que sus discípulos aumentaran su fe si le veían resucitarlo. Pero, de to­das formas, parece lógico que hubiera tenido el mismo efecto la curación del enfermo de gravedad: Los discípulos ya habían visto otras resurrecciones del Maestro, ¿por qué necesitaban otra más para creer en él? ¿O tal vez Juan ignoraba las otras dos resurrecciones que hizo? Cuando Jesús está cerca de la casa, Marta le sale al encuentro y se entabla un diálogo entre los dos:

Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto -pero añade-: Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Marta da por supuesto que Jesús puede resucitar a su hermano, pero que no es él, sino Dios por su medio.

  • “Tu hermano resucitará”.

Y Marta:

Ya sé que resucitará en el último día. (Ahora no parece tan segura).

  • Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? (Una de las muchas frases misteriosas y ambiguas de Jesús en el evangelio de Juan).

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” -palabras que no pueden aducirse en favor de la divinidad de Jesús, puesto que un momento antes afirmó que Jesús hacía milagros por el poder de Dios, no por sí mismo.

Marta llama a María, que también llora y repite las palabras de su herma­na. Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, pero no muestra la confianza de Marta y Jesús no entabla un diálogo con ella.

Y entonces tiene lugar una escena que no deja de sorprendemos: Jesús se conmovió interiormente, se turbó, se echó a llorar y se volvió a conmover en su interior por el muerto. Y es sorprendente porque él esperó a que muriera pudiendo haberlo salvado y además sabía que Lázaro iba a resucitar. ¿Por qué llorar de ese modo tan exagerado por un muerto que no tardaría más que unos minutos en volver a la vida? En efecto, se acercó a la cueva donde estaba enterrado el cadáver, y cuando Marta le recuerda que ya hiede, pues lleva cuatro días muerto (ahora vuelve a parecer poco confiada), Jesús le dice:

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Y a continuación vuelve a sorprendemos: por primera vez, levanta los ojos al cielo y habla con Dios:

  • Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por estos que me rodean., para que crean que tú me has enviado.

Parece que el evangelista quiere rodear el milagro de la mayor expectación posible: espera a que Lázaro muera para ponerse en camino, dice a sus discípulos que se ha dormido y va a despertarle, luego les aclara que ha muerto, mantiene una conversación con Marta, oye los gemidos de María y los con­currentes, se conmueve y llora, tranquiliza a Marta, reza a su Padre, y por fin, dando un fuerte grito, exclama:

  • ¡Lázaro sal fuera!.

Debería suponerse que el milagro hubiese tenido lugar también si Jesús hubiese dado la orden en voz baja. ¿Por qué gritó? El caso es que (y aquí vie­ne una nueva sorpresa), “salió el muerto, atado de pies y manos con vendas…” ¿Cómo pudo salir si tenía los pies atados? Después de salir, Jesús ordena:

  • Desatadle y dejadle andar.

Los fariseos se enteran y se confabulan:

  • ¿Qué hacemos? Porque este hom­bre hace grandes señales. Si dejamos que siga así, todos creerán en él, vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.

Se describe aquí una imagen de los fariseos que no puede ser más mezquina: saben que Jesús hace “señales”, y a pesar de que la última demuestra un poder extraordi­nario, no creen en él. Algo que resulta más asombroso que el propio milagro. Lo demás (todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo) es una insidiosa exageración del autor que sólo podría entenderse en el caso de que Jesús predicara un mensaje claramente político. Pero los cuatro evangelistas intentan dejar bien claro todo lo contrario (aunque sus discípulos no lo entendieran así al principio): el mensaje de Jesús era puramente religioso. La conversión del pueblo nada tendría que ver con su odio por los romanos.