La resurrección de Jesús parte 9


La resurrección de Jesús parte 9

Autor:Paulo Arieu

Introducción:

La ignorancia dento del evangelicalismo popular es devastador pues ignoran la herencia Biblica de la Reforma como el fundamento de las doctrinas originales evangélicas.   El desvio de esta misma ha llevado a la aceptación de doctrinas heréticas como el negar el pecado original, la regeneración, la seguridad en Cristo, la elección incondicional, etc, abrazando asi herejias que sin saber deforman el mensaje evangélico.  He aqui lo que Juan Calvino dice referente a la autoridad de las Escrituras en la Iglesia.

 “Las Escrituras obtienen plena autoridad entre los creyentes sólo cuando los hombres las consideran como haber surgido desde el cielo, como si las palabras vivas de Dios fueron escuchadas.”  Juan Calvino (1509-1564) Reformador Frances.

La Biblia es la autoridad de la Palabra de Dios y los  cristianos debemos llevarnos por los que ella dice y no por lo que las fabulas piadosas de la cristiandad nos quieren hacer creer o lo que la tradición de la Iglesia Católica enseña respecto a Maria, la  madre del Señor.  La divinización supersticiosa de María [29], la madre de Jesús según su humanidad y de María Magdalena, su principal discípula femenina, nos muestran que estos personajes existieron de verdad. Sin la existencia real de Jesús, sus testimonios nada podrían decirnos a nosotros. Margaret Starbird, autora del libro que inspiró la famosa película del Codigo Da Vinci, escribió que

“También he encontrado obras de arte muy dispersas que dan fe de las interesantes creencias que tenían en la Edad Media sobre la enorme importancia de María Magdalena. En altares que contienen un grupo de estatuas reunidas en torno a la figura de Cristo en el Sepulcro,  María Magdalena, la gran María, a  veces aparece una cabeza mas alta que las demás mujeres que componen la escena. En otras respresentaciones interesantes, aparece envuelta en su cabello en el centro de un grupo con los doce apóstoles, también aqui mucho mas alta que cualquiera de ellos. En ocaciones se la representa, también envuelta en su espléndido cabello, subiendo al cielo, una doctrina que apunta  a los privilegios de la divinidad que suelen reservar a la madre de Dios, pero que muchas veces se atribuían también a la Magdalena en la leyenda medieval. Algunas de estas obras de arte se conservan en museos de Francia y Alemania, y otras en iglesias poco conocidas.”[25]

Mario Benedetti  decia que

“Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”. [16]Dios existe, y comprende nuestras dudas. Pero cada ser humano es responsable de resolver sus dudas. Dios comprende nuestras dudas siempre y cuando nuestras dudas sean resueltas y no acaben con nuestra fe.

Por este motivo, como decía José Ortega y Gasset,

“Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.”. [0] Asi que reflexionaremos sobre la resurrección de Jesús para comprenderlo mejor.

Jesusyunamujer

En la Tumba de José de Arimatea

Por fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había terminado. Al llegar el sábado con los últimos rayos del sol poniente, el Hijo de Dios yacía en quietud en la tumba de José. Terminada su obra, con las manos cruzadas en paz, descansó durante las horas sagradas del sábado. Al principio, el Padre y el Hijo habían descansado el sábado después de su obra de creación. Cuando “fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento,” (Gn.2:1), el Creador y todos los seres celestiales se regocijaron en la contemplación de la gloriosa escena.

En los acontecimientos finales del día de la crucifixión, se dieron nuevas pruebas del cumplimiento de la profecía y nuevos testimonios de la divinidad de Cristo. Cuando las tinieblas se alzaron de la cruz, y el Salvador hubo exhalado su clamor moribundo, inmediatamente se oyó otra voz que decía: “… Verdaderamente Hijo de Dios era éste.”  (Mat.27:54b)

Estas palabras no fueron pronunciadas en un murmullo. Todos los ojos se volvieron para ver de dónde venían. ¿Quién había hablado? Era el centurión, el soldado romano. La divina paciencia del Salvador y su muerte repentina, con el clamor de victoria en los labios, habían impresionado a ese pagano. En el cuerpo magullado y quebrantado que pendía de la cruz, el centurión reconoció la figura del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dio nueva evidencia de que nuestro Redentor iba a ver del trabajo de su alma. En el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían ampliamente el uno del otro, habían declarado su fe: el que comandaba la guardia romana, el que llevó la cruz del Salvador, y el que murió en la cruz a su lado.

Al acercarse la noche, una quietud sorprendente se asentó sobre el Calvario. La muchedumbre se dispersó, y muchos volvieron a Jerusalén muy cambiados en espíritu de lo que habían sido por la mañana. Muchos habían acudido a la crucifixión por curiosidad y no por odio hacia Cristo. Sin embargo, creían las acusaciones de los sacerdotes y consideraban a Jesús como malhechor. Bajo una excitación sobrenatural se habían unido con la muchedumbre en sus burlas contra él.

Pero cuando la tierra fue envuelta en negrura y se sintieron acusados por su propia conciencia, se vieron culpables de un gran mal. Ninguna broma ni risa burlona se oyó en medio de aquella temible lobreguez; cuando se alzó, regresaron a sus casas en solemne silencio. Estaban convencidos de que las acusaciones de los sacerdotes eran falsas, que Jesús no era un impostor; y algunas semanas más tarde, cuando Pedro predicó en el día de Pentecostés, se encontraban entre los miles que se convirtieron a Cristo.

Pero los dirigentes judíos no fueron cambiados por los acontecimientos que habían presenciado. Su odio hacia Jesús no disminuyó. Las tinieblas que habían descendido sobre la tierra en ocasión de la crucifixión no eran más densas que las que rodeaban todavía el espíritu de los sacerdotes y príncipes. En ocasión de su nacimiento, la estrella había conocido a Cristo, y había guiado a los magos hasta el pesebre donde yacía. Las huestes celestiales le habían conocido y habían cantado su alabanza sobre las llanuras de Belén. El mar había conocido su voz y acatado su orden.

La enfermedad y la muerte habían reconocido su autoridad y le habían cedido su presa. El sol le había conocido, y a la vista de su angustia de moribundo había ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían desmenuzado en fragmentos a su clamor. La naturaleza inanimada había conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los sacerdotes y príncipes de Israel no conocieron al Hijo de DIOS. Sin embargo, no descansaban. Habían llevado a cabo su propósito de dar muerte a Cristo; pero no tenían el sentimiento de victoria que habían esperado.

Aun en la hora de su triunfo aparente, estaban acosados por dudas en cuanto a lo que iba a suceder luego. Habían oído el clamor: “Consumado es.”(Jn.19:30) La expresión “consumado es” traduce la palabra tetelestai, que significa “llevado a su fin completo y perfecto”.[7] Y también le oyeron decir Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.(Lc.23:46).

Habían visto partirse las rocas, habían sentido el poderoso terremoto, y estaban agitados e intranquilos. Como ya cité, el profesor Piñero duda de la historicidad de este texto[8]. Pero yo no encuentro razones de peso que me induzcan a creer que Lucas haya querido hermosear el relato final agregando estas hermosas palabras y poniéndolas piadosamente en los labios del Cristo moribundo. Pero no olvidemos que Lucas no fue testigo de Jesús, sino un buen y fiel discipulo del apostol  Pablo, médico e historiador, que organizó los relatos de Jesús de un modo confiable, para que no se transformaran en un mito ni en leyendas. Es posible que Lucas haya oido el relato de labios de algún soldado romano cercano a la escena o confidente de alguno de estos legionarios apostados al pie de la cruz.

Quizás esta sea la razón mas probable por la cual Lucas usó el griego para relatarlo. A lo mejor tampoco los oyentes lo escucharon los testigos con total claridad,y esa es la razón por la que el texto griego aparece como parafraseado. También es posible que Lucas haya conversado con el apostol Juan o alguna de las mujeres piadosas al pie de la cruz, como Maria, Magdalena,  o Juana, esposa del funcionario de Herodes. Estas son todas especulaciones probables, pero a mi modo de entender, están mas cerca de la verdad posible que la hipotestis de algunos eruditos que les mueve a pensar que Lucas, porque si nomás, puso una bella flor en los labios del moribundo; flor que nunca existió, salvo en la imaginación de Lucas. Pero esta escéptica razón no me persuade. A algunos eruditos este texto no les parece ‘histórico’ porque según ellos no cuadra una escena con la otra… Escépticos van, escépticos vienen, pero sin embargo, el texto permanece.

Es de importancia la frase “Encomiendo mi espíritu”.

Esto es significativo, porque indica que el Salvador sufrió el único tipo de muerte que podía satisfacer la justicia de Dios y salvar a los hombres. Tenía que ser un sacrificio voluntario. El hecho mismo que Jesús pronunciara esta palabra a gran voz también muestra que él había puesto su vida gustosa y voluntariamente (Jn. 10:11,15).

También es de destacar el testimonio del centurión al pie de la cruz.

  • “Cuando el centurión vio lo que había ocurrido, comenzó a glorificar a Dios, diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”.  Y toda la multitud que se había reunido para ver este espectáculo, después de observar lo ocurrido, comenzó a regresar, golpeándose el pecho.  Pero todos sus conocidos, incluidas las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban de pie a distancia mirando estas cosas.”(Luc. 23:46-48)

Las palabras finales de Lucas “Y cuando hubo dicho esto, expiró”(Mar. 15:37; Luc.2 3:46), muestran “la serena calma, el reposo” (Geldenhuys) que había en la mente y en el corazón de Jesús en el momento en que su alma partió de esta tierra. Habiendo cumplido cabalmente  la obra que el Padre le había dado que hiciera (Jn. 17:4), gozó plenamente de “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7).[19]

El centurión había visto cómo se había comportado Jesús en medio de todas las provocaciones y burlas, además del dolor que soportaba. Y ahora, ese grito fuerte de serena entrega; más bien, de rendición voluntaria. Era un grito de confianza, grito que una vez oído, no podía jamás ser olvidado. Con toda probabilidad el legionario no era judío. Su corazón no había sido endurecido contra Jesús, como había ocurrido con el de muchos judíos, especialmente el de los dirigentes. Además, había visto y debe haber sentido cómo hasta la naturaleza había reaccionado ante la muerte de Jesús. Piénsese en el terremoto, las piedras que se parten, la apertura de las tumbas (Mat. 27:51–54).

Así que comenzó a alabar y a glorificar a Dios diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”. Esto significa que probablemente glorificaba a Dios reconociendo la justicia de Jesús. Mateo y Marcos declaran que él dijo: “Ciertamente, éste (hombre) era Hijo de Dios”.(Mat.27:54;Mar.15:39). Indudablemente dijo ambas cosas, proclamando que Jesús era tanto Hijo de Dios como hombre justo. Realmente no hay conflicto.

Y también citemos a Esteban,quien usó palabras similares al morir, siendo el primer mártir de la fe cristiana (“Señor Jesús, recibe mi espíritu”,Hch.7:59). Recordemos que asi como “Pablo escribía a unos corintios conocedores de mitos y leyendas griegas. Un lenguaje de resonancias miticas le parecia inteligible y expresivo”, como dice Luis Alonso Schökel [14],también Lucas hacia lo mismo.Por eso no debemos escandalizarnos al encontrar palabras que no cuadran con nuestra cosmovisión occidental,ya que algunas de estas frases pueden estar cristologizadas para dar respuestas kerygmáticas a los lectores de aquella época.[15] Y por extensión luego, a la nuestra[18].Por este motivo, creo que para escapar del fundamentalismo religioso, lo mejor que podemos hacer es como bien dijo el educador José Ortega y Gasset,

“Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.” [0] No hay pecado alguno en esto. Al contrario, hay virtud en comprender a Cristo.

Los fariseos y saduceos, habían tenido celos de la influencia de Cristo sobre el pueblo cuando vivía; tenían celos de él aún en la muerte. Temían más, mucho más, al Cristo muerto de lo que habían temido jamás al Cristo vivo. Temían que la atención del pueblo fuese dirigida aun más a los acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían que su cuerpo permaneciese en la cruz durante el sábado. El sábado se estaba acercando y su santidad quedaría violada si los cuerpos permanecían en la cruz. Así que, usando esto como pretexto, los dirigentes judíos pidieron a Pilato que hiciese apresurar la muerte de las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la puesta del sol.

Pilato tenía tan poco deseo como ellos de que el cuerpo de Jesús permaneciese en la cruz. Habiendo obtenido su consentimiento, hicieron romper las piernas de los dos ladrones para apresurar su muerte; pero se descubrió que Jesús ya había muerto. Los rudos soldados habían sido enternecidos por lo que habían oído y visto de Cristo, y esto les impidió quebrarle los miembros. Así en la ofrenda del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: “No dejarán de él para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los ritos de la pascua la harán.”(Num.9:12)

Los sacerdotes y príncipes se asombraron al hallar que Cristo había muerto. La muerte de cruz era un proceso lento; era difícil determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito que un hombre muriese seis horas después de la crucifixión. Los sacerdotes querían estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión suya un soldado dio un lanzazo al costado del Salvador. De la herida así hecha, fluyeron dos copiosos y distintos raudales: uno de sangre, el otro de agua. Esto fue notado por todos los espectadores, y Juan anota el suceso muy definidamente.

Dice: “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.” (Jn.19:32-42)

Después de la resurrección, los sacerdotes y príncipes hicieron circular el rumor de que Cristo no murió en la cruz, que simplemente se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro rumor afirmaba que no era un cuerpo real de carne y hueso, sino la semejanza de un cuerpo, lo que había sido puesto en la tumba. La acción de los soldados romanos desmiente estas falsedades. No le rompieron las piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta, esta herida le habría causado una muerte instantánea. Pero no fue el lanzazo[28], no fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado “con grande voz,(Luc.23:46)” en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo.

Con la muerte de Cristo, perecieron las esperanzas de sus discípulos. Miraban sus párpados cerrados y su cabeza caída, su cabello apelmazado con sangre, sus manos y pies horadados, y su angustia era indescriptible. Hasta el final no habían creído que muriese; apenas si podían creer que estaba realmente muerto. Abrumados por el pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba ahora. Veían solamente la cruz y su víctima ensangrentada. El futuro parecía sombrío y desesperado. Su fe en Jesús se había desvanecido; pero nunca habían amado tanto a su Salvador como ahora. Nunca antes habían sentido tanto su valor y la necesidad de su presencia.

Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era precioso para sus discípulos. Anhelaban darle una sepultura honrosa, pero no sabían cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era el crimen por el cual Jesús había sido condenado, y las personas ajusticiadas por esta ofensa eran remitidas a un lugar de sepultura especialmente provisto para tales criminales. El discípulo Juan y las mujeres de Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían abandonar el cuerpo de su Señor en manos de los soldados insensibles para que lo sepultasen en una tumba deshonrosa. Sin embargo, eran impotentes para impedirlo. No podían obtener favores de las autoridades judías, y no tenían influencia ante Pilato.

En esta emergencia, José de Arimatea y Nicodemo vinieron en auxilio de los discípulos. Ambos hombres eran miembros del Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de recursos e influencia. Estaban resueltos a que el cuerpo de Jesús recibiese sepultura honrosa.

José fue osadamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Por primera vez, supo Pilato que Jesús estaba realmente muerto. Informes contradictorios le habían llegado acerca de los acontecimientos que habían acompañado la crucifixión, pero el conocimiento de la muerte de Cristo le había sido ocultado a propósito. Pilato había sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el engaño de los discípulos de Cristo respecto de su cuerpo. Al oír la petición de José, mandó llamar al centurión que había estado encargado de la cruz, y supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un relato de las escenas del Calvario que confirmaba el testimonio de José.

Fue concedido a José lo que pedía. Mientras Juan se preocupaba por la sepultura de su Maestro, José volvió con la orden de Pilato de que le entregasen el cuerpo de Cristo; y Nicodemo vino trayendo una costosa mezcla de mirra y áloes, que pesaría alrededor de unos cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría sido tributar mayor respeto en la muerte a los hombres más honrados de toda Jerusalén. Los discípulos se quedaron asombrados al ver a estos ricos príncipes tan interesados como ellos en la sepultura de su Señor.

Ni José ni Nicodemo habían aceptado abiertamente al Salvador mientras vivía. Sabían que un paso tal los habría excluido del Sanedrín, y esperaban protegerle por su influencia en los concilios. Durante un tiempo, pareció que tenían éxito; pero los astutos sacerdotes, viendo cómo favorecían a Cristo, habían estorbado sus planes. En su ausencia, Jesús había sido condenado y entregado para ser crucificado. Ahora que había muerto, ya no ocultaron su adhesión a él. Mientras los discípulos temían manifestarse abiertamente como adeptos suyos, José y Nicodemo acudieron osadamente en su auxilio. La ayuda de estos hombres ricos y honrados era muy necesaria en ese momento.

Podían hacer por su Maestro muerto lo que era imposible para los pobres discípulos; su riqueza e influencia  los protegían mucho contra la malicia de los sacerdotes y príncipes. Con suavidad y reverencia, bajaron con sus propias manos el cuerpo de Jesús. Sus lágrimas de simpatía caían en abundancia mientras miraban su cuerpo magullado y lacerado. José poseía una tumba nueva, tallada en una roca. Se la estaba reservando para sí mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó para Jesús.

El cuerpo, juntamente con las especias traídas por Nicodemo, fue envuelto cuidadosamente en un sudario, y el Redentor fue llevado a la tumba. Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y cruzaron las manos magulladas sobre el pecho sin vida. Las mujeres galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que podía hacerse por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se hacía rodar la pesada piedra contra la entrada de la tumba, y el Salvador fue dejado en el descanso. Las mujeres fueron las últimas que quedaron al lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de la tumba de Cristo.

Mientras las sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena y las otras Marías permanecían al lado del lugar donde descansaba su Señor derramando lágrimas de pesar por la suerte de Aquel a quien amaban. “Y vueltas, … reposaron el sábado, conforme al mandamiento.”(Luc.23:56b)

Para los entristecidos discípulos ése fue un sábado que nunca olvidarían, y también lo fue para los sacerdotes, los príncipes, los escribas y el pueblo. A la puesta del sol, en la tarde del día de preparación, sonaban las trompetas para indicar que el sábado había empezado. La Pascua fue observada como lo había sido durante siglos, mientras que Aquel a quien señalaba, ultimado por manos perversas, yacía en la tumba de José. El sábado, los atrios del templo estuvieron llenos de adoradores. El sumo sacerdote que había estado en el Gólgota estaba allí, magníficamente ataviado en sus vestiduras sacerdotales. Sacerdotes de turbante blanco, llenos de actividad, cumplían sus deberes. Pero algunos de los presentes no estaban tranquilos mientras se ofrecía por el pecado la sangre de becerros y machos cabríos.

No tenían conciencia de que las figuras hubiesen encontrado la realidad que prefiguraban, de que un sacrificio infinito había sido hecho por los pecados del mundo. No sabían que no tenía ya más valor el cumplimiento de los ritos ceremoniales. Pero nunca antes había sido presenciado este ceremonial con sentimientos tan contradictorios. Las trompetas y los instrumentos de música y las voces de los cantores resonaban tan fuerte y claramente como de costumbre.

Pero un sentimiento de extrañeza lo compenetraba todo. Uno tras otro preguntaba acerca del extraño suceso que había acontecido. Hasta entonces, el lugar santísimo había sido guardado en forma sagrada de todo intruso. Pero ahora estaba abierto a todos los ojos.

El pesado velo de tapicería, hecho de lino puro y hermosamente adornado de oro, escarlata y púrpura, estaba rasgado de arriba abajo. El lugar donde Jehová se encontraba con el sumo sacerdote, para comunicar su gloria, el lugar que había sido la cámara de audiencia sagrada de Dios, estaba abierto a todo ojo; ya no era reconocido por el Señor. Con lóbregos presentimientos, los sacerdotes ministraban ante el altar. La exposición del misterio sagrado del lugar santísimo les hacía temer que sobreviniera alguna calamidad.

Muchos espíritus repasaban activamente los pensamientos iniciados por las escenas del Calvario. De la crucifixión hasta la resurrección, muchos ojos insomnes escudriñaron constantemente las profecías, algunos para aprender el pleno significado de la fiesta que estaban celebrando, otros para hallar evidencia de que Jesús no era lo que aseveraba ser; y otros, con corazón entristecido, buscando pruebas de que era el verdadero Mesías.

Aunque escudriñando con diferentes objetos en vista, todos fueron convencidos de la misma verdad, a saber que la profecía había sido cumplida en los sucesos de los últimos días y que el Crucificado era el Redentor del mundo. Muchos de los que en esa ocasión participaron del ceremonial no volvieron nunca a tomar parte en los ritos pascuales.

Muchos, aun entre los sacerdotes, se convencieron del verdadero carácter de Jesús. Su escrutinio de las profecías no había sido inútil, y después de su resurrección le reconocieron como el Hijo de Dios. Cuando Nicodemo vio a Jesús alzado en la cruz, recordó las palabras que le dijera de noche en el monte de las Olivas: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.”(Jn.3:16-17)

En aquel sábado, mientras Cristo yacía en la tumba, Nicodemo tuvo oportunidad de reflexionar. Una luz más clara iluminaba ahora su mente, y las palabras que Jesús le había dicho no eran ya misteriosas. Comprendía que había perdido mucho por no relacionarse con el Salvador durante su vida. Ahora recordaba los acontecimientos del Calvario. La oración de Cristo por sus homicidas y su respuesta a la petición del ladrón moribundo hablaban al corazón del sabio consejero. Volvía a ver al Salvador en su agonía; volvía a oír ese último clamor: “Consumado es” (Jn.19:30) emitido como palabras de un vencedor.

Volvía a contemplar la tierra que se sacudía, los cielos obscurecidos, el velo desgarrado, las rocas desmenuzadas, y su fe quedó establecida para siempre. El mismo acontecimiento que destruyó las esperanzas de los discípulos convenció a José y a Nicodemo de la divinidad de Jesús.

Sus temores fueron vencidos por el valor de una fe firme e inquebrantable. Nunca había atraído Cristo la atención de la multitud como ahora que estaba en la tumba. Según su costumbre, la gente traía sus enfermos y dolientes a los atrios del templo preguntando: ¿Quién nos puede decir dónde está Jesús de Nazaret? Muchos habían venido de lejos para hallar a Aquel que había sanado a los enfermos y resucitado a los muertos. Por todos lados, se oía el clamor: Queremos a Cristo el Sanador.

En esta ocasión, los sacerdotes examinaron a aquellos que se creía daban indicio de lepra. Muchos tuvieron que oírlos declarar leprosos a sus esposos, esposas, o hijos, y condenarlos a apartarse del refugio de sus hogares y del cuidado de sus deudos, para advertir a los extraños con el lúgubre clamor: “¡Inmundo, inmundo!”(Lev.13:45) Las manos amistosas de Jesús de Nazaret, que nunca negaron el toque sanador al asqueroso leproso, estaban cruzadas sobre su pecho. Los labios que habían contestado sus peticiones con las consoladoras palabras: “Quiero; sé limpio(Mat.8:3;Mar.1:41;Luc.5:13), estaban callados. Muchos apelaban a los sumos sacerdotes y príncipes en busca de simpatía y alivio, pero en vano. Aparentemente estaban resueltos a tener de nuevo en su medio al Cristo vivo.

Con perseverante fervor preguntaban por él. No querían que se les despachase. Pero fueron ahuyentados de los atrios del templo, y se colocaron soldados a las puertas para impedir la entrada a la multitud que venía con sus enfermos y moribundos demandando entrada. Los que sufrían y habían venido para ser sanados por el Salvador quedaron abatidos por el chasco. Las calles estaban llenas de lamentos. Los enfermos morían por falta del toque sanador de Jesús. Se consultaba en vano a los médicos; no había habilidad como la de Aquel que yacía en la tumba de José.

Los lamentos de los dolientes infundieron a millares de espíritus la convicción de que se había apagado una gran luz en el mundo. Sin Cristo, la tierra era tinieblas y obscuridad. Muchos cuyas voces habían reforzado el clamor de “¡Crucifícale! ¡crucifícale!(Jn.19:6) comprendían ahora la calamidad que había caído sobre ellos, y con tanta avidez habrían clamado: Dadnos a Jesús, si hubiese estado vivo.

Cuando la gente supo que Jesús había sido ejecutado por los sacerdotes, empezó a preguntar acerca de su muerte. Los detalles de su juicio fueron mantenidos tan en secreto como fue posible; pero durante el tiempo que estuvo en la tumba, su nombre estuvo en millares de labios; y los informes referentes al simulacro de juicio a que había sido sometido y a la inhumanidad de los sacerdotes y príncipes circularon por doquiera.

Hombres de intelecto pidieron a estos sacerdotes y príncipes que explicasen las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías, y éstos, mientras procuraban fraguar alguna mentira en respuesta, parecieron enloquecer. No podían explicar las profecías que señalaban los sufrimientos y la muerte de Cristo, y muchos de los indagadores se convencieron de que las Escrituras se habían cumplido.

La venganza que los sacerdotes habían pensado sería tan dulce era ya amargura para ellos. Sabían que el pueblo los censuraba severamente y que los mismos en quienes habían influido contra Jesús estaban ahora horrorizados por su vergonzosa obra. Estos sacerdotes habían procurado creer que Jesús era un impostor; pero era en vano. Algunos de ellos habían estado al lado de la tumba de Lázaro y habían visto al muerto resucitar.

Temblaron temiendo que Cristo mismo resucitase de los muertos y volviese a aparecer delante de ellos. Le habían oído declarar que él tenía poder para deponer su vida y volverla a tornar. Recordaron que había dicho: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”(Jn.2:19)

Judas les había repetido las palabras dichas por Jesús a los discípulos durante el último viaje a Jerusalén: “He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y escribas, le entregarán a los gentiles para burlarse de El, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará.“(Mat.20:18-20 LBLA)

Cuando oyeron estas palabras, se burlaron de ellas y las ridiculizaron. Pero ahora recordaban que hasta aquí las predicciones de Cristo se habían cumplido. Había dicho que resucitaría al tercer día, ¿y quién podía decir si esto también no acontecería? Anhelaban apartar estos pensamientos, pero no podían. Como su padre, el diablo, creían y temblaban.

Ahora que había pasado el frenesí de la excitación, la imagen de Cristo se presentaba a sus espíritus. Le contemplaban de pie, sereno y sin quejarse delante de sus enemigos, sufriendo sin un murmullo sus vilipendias y ultrajes. Recordaban todos los acontecimientos de su juicio y crucifixión con una abrumadora convicción de que era el Hijo de Dios. Sentían que podía presentarse delante de ellos en cualquier momento, pasando el acusado a ser acusador, el condenado a condenar, el muerto a exigir justicia en la muerte de sus homicidas. Poco pudieron descansar el sábado. Aunque no querían cruzar el umbral de un gentil por temor a la contaminación, celebraron un concilio acerca del cuerpo de Cristo.

La muerte y el sepulcro debían retener a Aquel a quien habían crucificado.  “se reunieron ante Pilato los principales sacerdotes y los fariseos,y le dijeron: Señor, nos acordamos que cuando aquel engañador aún vivía, dijo: “Después de tres días resucitaré.Por eso, ordena que el sepulcro quede asegurado hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, se lo roben, y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”; y el último engaño será peor que el primero. Pilato les dijo: Una guardia tenéis; id, aseguradla como vosotros sabéis..” (Mat.27:62-65 LBLA)

Los sacerdotes dieron instrucciones para asegurar el sepulcro. Una gran piedra había sido colocada delante de la abertura. A través de esta piedra pusieron sogas, sujetando los extremos a la roca sólida y sellándolos con el sello romano. La piedra no podía ser movida sin romper el sello. Una guardia de cien soldados fue entonces colocada en derredor del sepulcro a fin de evitar que se le tocase. Los sacerdotes hicieron todo lo que podían para conservar el cuerpo de Cristo donde había sido puesto. Fue sellado tan seguramente en su tumba como si hubiese de permanecer allí para siempre.

Así realizaron los débiles hombres sus consejos y sus planes. Poco comprendían estos homicidas la inutilidad de sus esfuerzos. Pero por su acción, Dios fue glorificado. Los mismos esfuerzos hechos para impedir la resurrección de Cristo resultan los argumentos más convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número de soldados colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico sería el testimonio de que había resucitado.

Centenares de años antes de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el salmista: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan vanidad? Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová, y contra su ungido…. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.”(Sal.2:1-3,4). Las armas y los guardias romanos fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se acercaba la hora de su liberación.

El Señor ha Resucitado

Habia transcurrido lentamente la noche del primer día de la semana. Había llegado la hora más sombría, precisamente antes del amanecer. Cristo estaba todavía preso en su estrecha tumba. La gran piedra estaba en su lugar; el sello romano no había sido roto; los guardias romanos seguían velando. Y había vigilantes invisibles. Huestes de malos ángeles se cernían sobre el lugar. Si hubiese sido posible, el príncipe de las tinieblas, con su ejército apóstata, habría mantenido para siempre sellada la tumba que guardaba al Hijo de Dios. Pero un ejército celestial rodeaba al sepulcro. Ángeles excelsos en fortaleza guardaban la tumba, y esperaban para dar la bienvenida al Príncipe de la vida.

“Y he aquí que fue hecho un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo.”(Mat.28:2) Revestido con la panoplia de Dios, este ángel dejó los atrios celestiales. Los resplandecientes rayos de la gloria de Dios le precedieron e iluminaron su senda. “Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.” (Mat.28:3-4) ¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el poder de vuestra guardia? –Valientes soldados que nunca habían tenido miedo al poder humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni lanza.

El rostro que miran no es el rostro de un guerrero mortal; es la faz del más poderoso ángel de la hueste del Señor. Este mensajero es el que ocupa la posición de la cual cayó Satanás. Es aquel que en las colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo. La tierra tiembla al acercarse, huyen las huestes de las tinieblas y, mientras hace rodar la piedra, el cielo parece haber bajado a la tierra. Los soldados le ven quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le oyen clamar: Hijo de Dios, sal fuera; tu Padre te llama. Ven a Jesús salir de la tumba, y le oyen proclamar sobre el sepulcro abierto: “Yo soy la resurrección y la vida.”(Jn.11:25) Mientras sale con majestad y gloria, la hueste angélica se postra en adoración delante del Redentor y le da la bienvenida con cantos de alabanza.

Un terremoto señaló la hora en que Cristo depuso su vida, y otro terremoto indicó el momento en que triunfante la volvió a tomar. El que había vencido la muerte y el sepulcro salió de la tumba con el paso de un vencedor, entre el bamboleo de la tierra, el fulgor del relámpago y el rugido del trueno. Cuando vuelva de nuevo a la tierra, sacudirá “no solamente la tierra, mas aun el cielo.(Heb.12:26)Temblará la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una choza.” (Is.24:20) “Plegarse han los cielos como un libro;”(Is.34;4) “los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están serán quemadas.”(2 Pe.3:10) “Mas Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel.”(Joel 3:16)

Al morir Jesús, los soldados habían visto la tierra envuelta en tinieblas al mediodía; pero en ocasión de la resurrección vieron el resplandor de los ángeles iluminar la noche, y oyeron a los habitantes del cielo cantar con grande gozo y triunfo: ¡Has vencido a Satanás y las potestades de las tinieblas; has absorbido la muerte por la victoria! Cristo surgió de la tumba glorificado, y la guardia romana lo contempló. Sus ojos quedaron clavados en el rostro de Aquel de quien se habían burlado tan recientemente.

En este ser glorificado, contemplaron al prisionero a quien habían visto en el tribunal, a Aquel para quien habían trenzado una corona de espinas. Era el que había estado sinofrecer resistencia delante de Pilato y de Herodes, Aquel cuyo cuerpo había sido lacerado por el cruel látigo, Aquel a quien habían clavado en la cruz, hacia quien los sacerdotes y príncipes, llenos de satisfacción propia, habían sacudido la cabeza diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no puede salvar.” (Mat.27:42,Mar.15:31). Era Aquel que había sido puesto en la tumba nueva de José.

El decreto del Cielo había librado al cautivo. Montañas acumuladas sobre montañas y encima de su sepulcro, no podrían haberle impedido salir. Al ver a los ángeles y al glorificado Salvador, los guardias romanos se habían desmayado y caído como muertos. Cuando el séquito celestial quedó oculto de su vista, se levantaron y tan prestamente como los podían llevar sus temblorosos miembros se encaminaron hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como borrachos, se dirigieron apresuradamente a la ciudad contando las nuevas maravillosas a cuantos encontraban.

Iban adonde estaba Pilato, pero su informe fue llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y príncipes ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos soldados ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los rostros pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron todo como lo hablan visto; no habían tenido tiempo para pensar ni para decir otra cosa que la verdad. Con dolorosa entonación dijeron: Fue el Hijo de Dios quien fue crucificado; hemos oído a un ángel proclamarle Majestad del cielo, Rey de gloria.

Los rostros de los sacerdotes parecían como de muertos. Caifás procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no expresaron sonido alguno. Los soldados estaban por abandonar la sala del concilio, cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el habla. M.Elena G. de White, en su libro sobre el Señor, escribe en modo de paráfrasis, la secuencia de lo tramado por los fariseos respecto al  cuerpo del Maestro,basado en los pasahjes biblicos de Mat.28:11-15.LBLA.

Esperad, esperad, –exclamó.– No digáis a nadie lo que habéis visto. Un informe mentiroso fue puesto entonces en boca de los soldados. “Decid –ordenaron los sacerdotes:– Sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, durmiendo nosotros. En esto los sacerdotes se excedieron. ¿Cómo podían los soldados decir que mientras dormían los discípulos habían robado el cuerpo? Si estaban dormidos, ¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido culpables de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado primero los sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen dormido al lado de la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los primeros en acusarlos ante Pilato? [11]

Los soldados se quedaron horrorizados al pensar en atraer sobre sí mismos la acusación de dormir en su puesto. Era un delito punible de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar al pueblo y hacer peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su penosa vela con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun por el dinero, si se perjuraban?

A fin de acallar el testimonio que temían, los sacerdotes prometieron asegurar la vida de la guardia diciendo que Pilato no deseaba más que ellos que circulase un informe tal. Los soldados romanos vendieron su integridad a los judíos por dinero. Comparecieron delante de los sacerdotes cargados con muy sorprendente mensaje de verdad; salieron con una carga de dinero, y en sus lenguas un informe mentiroso fraguado para ellos por los sacerdotes.

Mientras tanto la noticia de la resurrección de Cristo había sido llevada a Pilato. Aunque Pilato era responsable por haber entregado a Cristo a la muerte, se había quedado comparativamente despreocupado. Aunque había condenado de muy mala gana al Salvador y con un sentimiento de compasión, no había sentido hasta ahora ninguna verdadera contrición. Con terror se encerró entonces en su casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta su presencia, contaron la historia que habían inventado y le instaron a pasar por alto la negligencia que habían tenido los centinelas con su deber.

Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a los guardias. Estos, temiendo por su seguridad, no se atrevieron a ocultar nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato de todo lo que había sucedido. No llevó el asunto más adelante, pero desde entonces no hubo más paz para él. Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás triunfó. Se atrevió a esperar que el Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo del Señor, y puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a Cristo preso. Se airó acerbamente cuando sus ángeles huyeron al acercarse el mensajero celestial. Cuando vio a Cristo salir triunfante, supo que su reino acabaría y que él habría de morir finalmente.

Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se habían hecho instrumentos de Satanás. Ahora estaban enteramente en su poder. Estaban enredados en una trampa de la cual no veían otra salida que la continuación de su guerra contra Cristo. Cuando oyeron la nueva de su resurrección, temieron la ira del pueblo. Sintieron que su propia vida estaba en peligro. Su única esperanza consistía en probar que Cristo había sido un impostor y negar que hubiese resucitado. Sobornaron a los soldados y obtuvieron el silencio de Pilato.

Difundieron sus informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no podían acallar. Muchos habían oído el testimonio de los soldados en cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron con Cristo aparecieron a muchos y declararon que había resucitado. Fueron comunicados a los sacerdotes informes de personas que habían visto a esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y príncipes estaban en continuo temor, no fuese que mientras andaban por las calles, o en la intimidad de sus hogares, se encontrasen frente a frente con Cristo.

Sentían que no había seguridad para ellos. Los cerrojos y las trancas ofrecerían muy poca protección contra el Hijo de Dios. De día y de noche, esta terrible escena del tribunal en que habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”  (Mat.27:25) estaba delante de ellos. Nunca más se habría de desvanecer de su espíritu el recuerdo de esa escena. Nunca más volvería sus almohadas el sueño apacible. Cuando la voz del poderoso ángel fue oída junto a la tumba de Cristo, diciendo: “Tu Padre te llama” [12], el Salvador salió de la tumba por la vida que había en él. Quedó probada la verdad de sus palabras: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. … Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”(Jn.10:17) Entonces se cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”(Jn.2:19)

Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triunfante: “Yo soy la resurrección y la vida.”(Jn.11:25). Únicamente la Divinidad podía pronunciar estas palabras. Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado mas humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida. Unicamente el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tornarla de nuevo.

En su divinidad, Cristo poseía el poder de quebrar las ligaduras de la muerte. Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de aquellos que dormían. Estaba representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado esa ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de grano maduro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a Jerusalén para la Pascua, se agitaba la gavilla de primicias como ofrenda de agradecimiento delante de Jehová.

No podía ponerse la hoz a la mies para juntarla en gavillas antes que esa ofrenda fuese presentada. La gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Así también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de ser juntada para el reino de Dios. Su resurrección es símbolo y garantía de la resurrección de todos los justos muertos. “Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús.”(I Tes. 4:14)

Al resucitar Cristo, sacó de la tumba una multitud de cautivos. El terremoto ocurrido en ocasión de su muerte había abierto sus tumbas, y cuando él resucitó salieron con él. Eran aquellos que habían sido colaboradores con Dios y que, a costa de su vida, habían dado testimonio de la verdad. Ahora iban a ser testigos de Aquel que los había resucitado. Durante su ministerio, Jesús había dado la vida a algunos muertos. Había resucitado al hijo de la viuda de Naín, a la hija del príncipe y a Lázaro. Pero éstos no fueron revestidos de inmortalidad. Después de haber sido resucitados, estaban todavía sujetos a la muerte.

Pero los que salieron de la tumba en ocasión de la resurrección de Cristo fueron resucitados para vida eterna. Ascendieron con él como trofeos de su victoria sobre la muerte y el sepulcro. Estos, dijo Cristo, no son ya cautivos de Satanás; los he redimido. Los he traído de la tumba como primicias de mi poder, para que estén conmigo donde yo esté y no vean nunca más la muerte ni experimenten dolor. Estos entraron en la ciudad y aparecieron a muchos declarando: Cristo ha resucitado de los muertos, y nosotros hemos resucitado con él.

Así fue inmortalizada la sagrada verdad de la resurrección. Los santos resucitados atestiguaron la verdad de las palabras: “Tus muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán.”(Is.26:19) Su resurrección ilustró el cumplimiento de la profecía: “¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío, cual rocío de hortalizas; y la tierra echará los muertos.” (Is.26:19 RV 1873) Para el creyente, Cristo es la resurrección y la vida. En nuestro Salvador, la vida que se había perdido por el pecado es restaurada; porque él tiene vida en sí mismo para vivificar a quienes él quiera.[13]

Está investido con el derecho de dar la  inmortalidad. La vida que él depuso en la humanidad, la vuelve a tomar y la da a la humanidad. “Yo he venido -dijo- para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”(Jn.10:10)

San Juan ubica la vida, o la vida eterna, en el centro de las enseñanzas de Jesús. Mientras que los sinópticos utilizan “el reino de los cielos” o “el reino de Dios” como centro de la revelación dada en la persona y el ministerio de Jesús, san Juan enfatiza en la vida o en la vida eterna. Sin embargo, esta palabra zoé / zoé aiônios (utilizada al menos en treinta y cinco oportunidades) no es fácil de definir. La vida aquí no es lo contrario a la muerte. Es eso, pero también es más que eso. San Juan con frecuencia, se refiere a la vida, como una cualidad especial de la relación que Jesús establece entre Dios y la humanidad. Ser y existir a través del único Dios verdadero, ser y continuar a través del Hijo que nos precede y nos sustenta en esta relación más profunda con Dios. A la luz de la misión de Jesús, el enviado del Padre para dar la Vida, encontramos también nuestra propia misión: hemos sido llamados a la vida, a tenerla en abundancia y como tesoro que hay que comunicar. Subrayo el hecho de que  “hemos sido llamados”  [20]

  • «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn. 16:16).

Es interesante que Jesús escoja justamente la palabra “vida” para describir el objeto de su misión.“Vida” que es el término que expresa lo que el hombre no quiere perder bajo ningún concepto, lo que constituye su aspiración, su deseo, su esperanza; que resume de forma tan completa las mayores aspiraciones del ser humano, la suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles, accesibles, duraderos. Jesús sabe que nuestra historia está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o alguien que sea capaz de liberarnos de la muerte y de asegurarnos la vida; sabe que nuestra existencia conoce momentos de crisis y de cansancio, de desilusión y de oscuridad. Se nos ha enseñando que el hombre  “tiene vocación de eternidad”, y Jesús, el misionero del Padre, ha venido justamente para dar respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre Celestial, creándonos, ha inscrito en nuestro ser.[21]

  • “El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Jn.4:14)

Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado a endemoniados y resucitado a muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal. La experiencia cotidiana nos enseña que la vida está marcada por el pecado y amenazada por la muerte, a pesar de la sed de bondad que late en nuestro corazón y del deseo de vida que recorre nuestros miembros. Por poco que estemos atentos a nosotros mismos y a las situaciones que la existencia nos presenta, descubrimos que todo dentro de nosotros nos empuja más allá de nosotros mismos, todo nos invita a superar la tentación de la superficialidad o de la desesperación. Es entonces cuando el ser humano está llamado a hacerse discípulo de aquel Otro que lo transciende infinitamente, para entrar finalmente en la vida eterna. Nosotros solos no podremos realizar aquello para lo que hemos sido creados. En nosotros hay una promesa, pero nos descubrimos impotentes para realizarla.

  • “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero.”(Jn.6:54)

Sin embargo, el Hijo de Dios, que vino entre los hombres, dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6). Según una sugestiva expresión de san Agustín, Cristo

“ha querido crear un lugar donde cada hombre pueda encontrar la vida verdadera”. Este “lugar” es su Cuerpo y su Espíritu, en el que toda la realidad humana, redimida y perdonada, se renueva y diviniza. [22]

Para el creyente, la muerte es asunto trivial. Cristo habla de ella como si fuera de poca importancia. “El que guardaré mi palabra, no verá muerte para siempre,”(Jn. 8:51) “…no gustará muerte para siempre.” (Jn.8:52) Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios y “cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.” (Col.3:4)

En el misterio de su cruz y de su resurrección, Cristo ha destruido la muerte y el pecado, ha abolido la distancia infinita que existía entre cada hombre y la vida nueva en él. Cristo realiza todo esto donando su Espíritu, dador de vida, en los sacramentos; particularmente en el bautismo, singo cristiano que hace de la existencia recibida de los padres, frágil y destinada a la muerte, un camino hacia la eternidad; en el sacramento de la penitencia que renueva continuamente la vida divina gracias al perdón de los pecados; en la Cena del Señor “pan de vida” (cf. Jn 6:35), que alimenta a los “vivos” y hace firmes sus pasos en la peregrinación terrena, hasta poder llegar a decir con el apóstol san Pablo: “Yo vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí ” (Gal. 2:20). La vida nueva, don del Señor resucitado, se irradia después a todos los ámbitos de la experiencia humana: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las actividades de todos los días y en el tiempo libre. La vida nueva comienza a florecer aquí y ahora. Signo de su presencia y de su crecimiento es e lamor de Cristo, que supera a toda experiencia humana.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida”, (I Jn.3:14a) afirma san Juan,“porque amamos a nuestros hermanos ” (1 Jn. 3:14b) con un amor de obra y en verdad. La vida florece en el don de sí a los otros, según la vocación de cada uno: en el sacerdocio ministerial, en la virginidad consagrada, en el matrimonio, de modo que todos puedan, con actitud solidaria, compartir los dones recibidos, sobre todo con los pobres y los necesitados.

La voz que clamó desde la cruz: “Consumado es,”(Jn.19:30) fue oída entre los muertos. Atravesó las paredes de los sepulcros y ordenó a los que dormían que se levantasen. Así sucederá cuando la voz de Cristo sea oída desde el cielo. Esa voz penetrará en las tumbas y abrirá los sepulcros, y los  muertos en Cristo resucitarán. En ocasión de la resurrección de Cristo, unas pocas tumbas fueron abiertas; pero en su segunda venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y surgirán a una vida gloriosa e inmortal. El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia y la glorificará con él, por encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre que se nombra, no solamente en este mundo, sino también en el mundo venidero.

Primer testigo

María Magdalena, su discípula, quizas la favorita entre las jóvences discípulas, estuvo junto a la cruz y le siguió hasta el sepulcro. María fue la primera en ir a la tumba después de su resurrección. Fue María la primera que proclamó al Salvador resucitado. “¿Por qué Lloras?”, le preguntó Jesús a Maria Magdalena (Jn.20:13-16)

Las mujeres que habían estado al lado de la cruz de Cristo esperaron velando que transcurriesen las horas del sábado. El primer día de la semana, muy temprano, se dirigieron a la tumba llevando consigo especias preciosas para ungir el  cuerpo delSalvador. No pensaban que resucitaría. El sol de su esperanza se había puesto, y había anochecido en sus corazones.

Mientras andaban, relataban las obras de misericordia de Cristo y sus palabras de consuelo. Pero no recordaban sus palabras: ” Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn.14:3). Ignorando lo que estaba sucediendo se acercaron al huerto diciendo mientras andaban: “¿Quién nos revolverá la piedra de la puerta del sepulcro?”(Mar.16:3) Sabían que no podrían mover la piedra, pero ellas seguían igual adelante.

Y he aquí, los cielos resplandecieron de repente con una gloria que no provenía del sol naciente. La tierra tembló. Vieron que la gran piedra había sido apartada. El sepulcro estaba vacío. Las mujeres no habían venido todas a la tumba desde la misma dirección. María Magdalena fue la primera en llegar al lugar; y al ver que la piedra había sido sacada, se fue presurosa para contarlo a los discípulos. Mientras tanto, llegaron las otras mujeres. Una luz resplandecía en derredor de la turba, pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Mientras se demoraban en el lugar, vieron de repente que no estaban solas. Un joven vestido de ropas resplandecientes estaba sentado al lado de la tumba. Era el ángel que había apartado la piedra. Había tomado el disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar a estas personas que amaban a Jesús. Sin embargo, brillaba todavía en derredor de él la gloria celestial, y las mujeres temieron. Se dieron vuelta para huir, pero las palabras del ángel detuvieron sus pasos.

  • “No temáis vosotras –les dijo;– porque yo sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos.” (Mat.28:5-7a)

Volvieron a mirar al interior del sepulcro y volvieron a oír las nuevas maravillosas. Otro ángel en forma humana estaba allí, y les dijo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló,cuando aun estaba en Galilea, diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.”(Mar.16:1-8;Lc.24:1-12;Mat.28:1-10)

¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres repiten las palabras vez tras vez. Ya no necesitan las especias para ungirle. El Salvador está vivo, y no muerto. Recuerdan ahora que cuando hablaba de su muerte, les dijo que resucitaría. ¡Qué día es éste para el mundo! Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro y “con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos.”

María no había oído las buenas noticias. Ella fue a Pedro y a Juan con el triste mensaje: “Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.” (Jn.20:2) Los discípulos se apresuraron a ir a la tumba, y la encontraron como había dicho María. Vieron los lienzos y el sudario, pero no hallaron a su Señor. Sin embargo, había allí un testimonio de que había resucitado. Los lienzos mortuorios no habían sido arrojados con negligencia a un lado, sino cuidadosamente doblados, cada uno en un lugar adecuado. Juan “vio, y creyó.” (Jn.20:8)

No comprendía todavía la escritura que afirmaba que Cristo debía resucitar de los muertos, pero recordó las palabras con que el Salvador había predicho su resurrección. Cristo mismo había colocado esos lienzos mortuorios con tanto cuidado. Cuando el poderoso ángel bajó a la tumba, se le unió otro, quien, con sus acompañantes, había estado guardando el cuerpo del Señor. Cuando el ángel del cielo apartó la piedra, el otro entró en la tumba y desató las envolturas que rodeaban el cuerpo de Jesús. Pero fue la mano del Salvador la que dobló cada una de ellas y la puso en su lugar. A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como al átomo, no hay nada sin importancia. Se ven orden y perfección en toda su obra.

María había seguido a Juan y a Pedro a la tumba; cuando volvieron a Jerusalén, ella quedó. Mientras miraba al interior  de la tumba vacía, el pesar llenaba su corazón. Mirando hacia adentro, vio a los dos ángeles, el uno a la cabeza y el otro a los pies de donde había yacido Jesús. “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn.20:13,15)le preguntaron. “Porque se han llevado a mi Señor –contestó ella,– y no sé dónde le han puesto.” (Jn.2015)

Entonces ella se apartó, hasta de los ángeles, pensando que debía encontrar a alguien que le dijese lo que habían hecho con el cuerpo de Jesús. Otra voz se dirigió a ella: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?”(Jn.20:15a) A través de sus lágrimas, María vio la forma de un hombre, y pensando que fuese el hortelano dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.”(Jn.20:15b)  Si creían que esta tumba de un rico era demasiado honrosa para servir de sepultura para Jesús, ella misma proveería un lugar para él. Había una tumba que la misma voz de Cristo había vaciado, la tumba donde Lázaro había estado.

¿No podría encontrar allí un lugar de sepultura para su Señor? Le parecía que cuidar de su precioso cuerpo crucificado sería un gran consuelo para ella en su pesar. Pero ahora, con su propia voz familiar, Jesús le dijo: “¡María!” (Jn.20:16a) Entonces supo que no era un extraño el que se dirigía a ella y, volviéndose, vio delante de sí al Cristo vivo. En su gozo, se olvidó que había sido crucificado. Precipitándose hacia él, como para abrazar sus pies, dijo: “¡Rabboni!” (Jn.16:20b)Pero Cristo alzó la mano diciendo: No me detengas; “porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” (Jn.20:17) Y María se fue a los discípulos con el gozoso mensaje.

Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres arrepentidos y obedientes y los amaría como a su Hijo. Cristo había de completar su obra y cumplir su promesa de hacer “más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ophir al hombre.”(Is.13:12) En cielo y tierra toda potestad era dada al Príncipe de la vida, y él volvía a sus seguidores en un mundo de pecado para darles su poder y gloria.

Mientras el Salvador estaba en la presencia de Dios recibiendo dones para su iglesia, los discípulos pensaban en su tumba vacía, se lamentaban y lloraban. Aquel día de regocijo para todo el cielo era para los discípulos un día de incertidumbre, confusión y perplejidad. Su falta de fe en el testimonio de las mujeres da evidencia de cuánto había descendido su fe. Las nuevas de la resurrección de Cristo eran tan diferentes de lo que ellos esperaban que no las podían creer. Eran demasiado buenas para ser la verdad, pensaban. Habían oído tanto de las doctrinas y llamadas teorías científicas de los saduceos, que era vaga la impresión hecha en su mente acerca de la resurrección. Apenas sabían lo que podía significar la resurrección de los muertos. Eran incapaces de comprender ese gran tema.

“E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.”(Mat.28:7) Estos ángeles habían estado con Cristo como ángeles custodios durante su vida en la tierra. Habían presenciado su juicio y su crucifixión. Habían oído las palabras que él dirigiera a sus discípulos. Lo demostraron por el mensaje que dieron a los discípulos y que debiera haberlos convencido de su verdad. Estas palabras podían provenir únicamente de los mensajeros de su Señor resucitado.

“Decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis.”(Mar.16:7), dijeron los ángeles. Desde la muerte de Cristo, Pedro había estado postrado por el remordimiento. Su vergonzosa negación del Señor y la mirada de amor y angustia que le dirigiera el Salvador estaban siempre delante de él. De todos los discípulos, él era el que había sufrido más amargamente. A él fue dada la seguridad de que su arrepentimiento era aceptado y perdonado su pecado. Se le mencionó por nombre. Todos los discípulos habían abandonado a Jesús, y la invitación a encontrarse con él vuelve a incluirlos a todos. No los había desechado. Cuando María Magdalena les dijo que había visto al Señor, repitió la invitación a encontrarle en Galilea. Y por tercera vez, les fue enviado el mensaje.

Después que hubo ascendido al Padre, Jesús apareció a las otras mujeres diciendo: “Salve. Y ellas se llegaron y abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dice: No temáis: id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.”  (Mat.28:9-10)

La primera obra que hizo Cristo en la tierra después de su resurrección consistió en convencer a sus discípulos de su no disminuido amor y tierna consideración por ellos. Para probarles que era su Salvador vivo, que había roto las ligaduras de la tumba y no podía ya ser retenido por el enemigo la muerte, para revelarles que tenía el mismo corazón lleno de amor que cuando estaba con ellos como su amado Maestro, les apareció vez tras vez. Quería estrechar aun más en derredor de ellos los vínculos de su amor.  Al oír esta cita tan definida, los discípulos empezaron a recordar las palabras con que Cristo les predijera su resurrección. Pero aun así no se regocijaban. No podían desechar su duda y perplejidad. Aun cuando las mujeres declararon que habían visto al Señor, los discípulos no querían creerlo. Pensaban que era pura ilusión. [21]

Una dificultad parecía acumularse sobre otra. El sexto día de la semana habían visto morir a su Maestro, el primer día de la semana siguiente se encontraban privados de su cuerpo, y se les acusaba de haberlo robado para engañar a la gente. Desesperaban de poder corregir alguna vez las falsas impresiones que se estaban formando contra ellos. Temían la enemistad de los sacerdotes y la ira del pueblo. Anhelaban la presencia de Jesús, quien les había ayudado en toda perplejidad. Con frecuencia repetían las palabras: “Esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.”(Luc.24:41; ver también Os. 6:2; Mat. 17:23; 20:19; Mar. 10:34; Hch. 10:40; 1 Cor 15:4)[10]  Solitarios y con corazón abatido, recordaban sus palabras: “Si en el árbol verde hacen esto, ¿que sucederá en el seco?”(Luc.23:31 LBLA) Se reunieron en el aposento alto y, sabiendo que la suerte de su amado Maestro podía ser la suya en cualquier momento, cerraron y atrancaron las puertas. Y todo el tiempo podrían haber estado regocijándose en el conocimiento de un Salvador resucitado. En el huerto, María había estado llorando cuando Jesús estaba cerca de ella. Sus ojos estaban tan cegados por las lágrimas que no le conocieron. Y el corazón de los discípulos estaba tan lleno de pesar que no creyeron el mensaje de los ángeles ni las palabras de Cristo.

¡Cuántos están haciendo todavía lo que hacían esos discípulos! ¡Cuántos repiten el desesperado clamor de María: “Han llevado al Señor, . . . y no sabemos dónde le han puesto”! (Jn.20:2)¡Jesús resucitó de entre los muertos y se dió a ver, se apareció. Los evangelios nos relatan algunas de estas cristofanías. A cuántos podrían dirigirse las palabras del Salvador: “¿Por qué lloras? ¿a quién buscas?” (Jn.20:11-18). Está al lado de ellos, pero sus ojos cegados por las lágrimas no lo ven. Les habla, pero no lo entienden.

Me pareció ver algo luminoso en el sepul­cro, pero yo sólo notaba el vado, el cuerpo de Jesús que había ido a buscar no estaba allí. De repente noté que no estaba sola. Entonces oí mi nombre, jera su voz, no podía confun­dirme! Estaba allí, a mi lado, no había duda, era él. ¡Así pues, él tenía razón, Dios estaba de su parte! ¡Todo lo que vivimos no había si­do una ilusión, era verdad! Después de haber sufrido su ausencia, quise agarrarle, retener­le; El me convenció que había otra forma de vivir su presencia, de seguir relacionándonos con él, tan cierta y real como la de antes. El estaría con el Padre, había vencido a la muer­te. Sabes Prisca, no es tan raro, es la presen­cia del amor. Cuando dos personas se aman y existe entre ellas una sintonía, una comunión, aunque tengan que estar físicamente aleja­das, se saben y se viven en presencia del otro, en su cercanía. Es otra clase de relación; no es fantasía, es real, muy real. Nunca están solos. Jesús, además, me envió a comunicárselo a los demás, a Pedro, a Juan, a Felipe, a Ma­ría… Luego todos juntos tendríamos la misma experiencia. El nos envió a comunicar la bue­na noticia de lo vivido a todo aquél que que­ría escuchar. Y el resto ya lo conoces.[9]

¡Ojalá que la cabeza inclinada pudiese alzarse, que los ojos se abriesen para contemplarle, que los oídos pudiesen escuchar su voz! “Id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado.”(Mat.28:7) Invitadlos a no mirar la tumba nueva de José, que fue cerrada con una gran piedra y sellada con el sello romano. Cristo no está allí. No miréis el sepulcro vacío. No lloréis como los que están sin esperanza ni ayuda. Jesús vive, y porque vive, viviremos también. Brote de los corazones agradecidos y de los labios tocados por el fuego santo el alegre canto: ¡Cristo ha resucitado! Vive para interceder por nosotros. Aceptad esta esperanza, y dará firmeza al alma como un ancla segura y probada. Creed y veréis la gloria de Dios.

Conclución

Michael Grant, célebre historiador clásico de Oxford dice, “Estos relatos prueban que ciertas personas estaban absolutamente convencidas de que [Jesús había resucitado].” [Michael Grant, Jesus: An Historian’s Review of the Gospels [Jesús: Relectura de los evangelios de un historiador] (Scribner’s, 1977), p. 176. Incluso el escéptico de la historia, Rudolf Bultmann, reconoce que la certeza de los discípulos es “una realidad” en Kerygma and Myth, Vol. I, (SPCK, 1953), p. 42. Incluso el ardiente escéptico John Shelby Spong reconoce, “El cambio [en los discípulos] fue medible y objetivo aunque la causa del cambio sea debatible. Fue parte de aquella explosión de poder en el siglo I que no puede ser negada por ningún estudiante de historia.” [John Shelby Spong, Resurrection: Myth or Reality? [Resurección: ¿Mito o Realidad?] (San Francisco: Harper San Francisco, 1994), p. 26.]

Aunque la cruz parece un fracaso en la misión de Jesús, en realidad fue el triunfo definitivo sobre el mal.  Es que en realidad debemos reconocer si somos inteligentes que

“El fracaso no es nuestro enemigo. No determina la culminación de nuestros objetivos.” Y tampoco es el final de nuestro camino, sino que tan sólo es “un indicador que señala que las estrategias que veníamos utilizando hasta ahora no son las adecuadas ni las más exitosas para ese proyecto.”(Bernardo Stamateas,pastor y sexólogo argentino) [24]

Por este motivo, creo en lo dicho por los apostoles en la Biblia. Como el erudito judío Dr. Pinchas Lipide bien ha escrito,

“Si esta banda asustada de apóstoles de repente cambia de la noche a la mañana pasando a ser una comunidad segura de su misión. Entonces ninguna visión o alucinación basta para explicar una transformación tan revolucionaria.”[4]

A pesar de que Lipide es un rabino Judío Ortodoxo que no acepta a Jesús como el Mesías, reconoce la evidencia ineludible de que Jesús debe haber resucitado de los muertos. Igual nosotros no debemos tener miedo de enfrentar valles en nuestra vida, como el que enfrentó Jesús a la hora de morir, porque Dios también está con nosotros al igual que lo estuvo con su Hijo Jesús. En medio de esas situaciones, Él nos pide que hagamos una sola cosa: buscarle. Él es nuestra roca, nuestra torre fuerte y nuestra salvación. Sólo en Él podemos esperar, todo lo demás falla, pero Él es seguro por toda la eternidad.

  • “Mirando a Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Heb. 12:2).

Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra redención; porque sólo él, que estaba en el seno del Padre podía darlo a conocer. Sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía manifestarlo. Nada menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”. Lo dio no solamente para que viviese entre los hombres, no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como su sacrificio; lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb. 2: 11).

El es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha redimido: es el Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado de la ruina y degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y participase del gozo de la santidad.

El precio pagado por nuestra redención, el sacrificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo para que muriese por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que podemos ser hechos por Cristo. Al considerar el inspirado apóstol Juan “la altura”, “la profundidad” y “la anchura” del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo  encontrar lenguaje conveniente en que expresar la grandeza y ternura de este amor, exhorta al mundo a contemplarlo. “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!” (1 Jn. 3:1)

Creemos en que nuestro Señor Jesucristo es el Verbo de Dios hecho carne y por lo
tanto el hijo unigénito de Dios (Jn 1:1,14; Jn 3:16).

Que creemos acerca de Jesús los cristianos?

* Su nacimiento fue virginal (Mat. 1:23; Lucas  1:31-35)
* En su vida nunca hubo pecado (Heb. 7:26; 1 Ped. 2:22)
* Murió  en la cruz para redención de nuestros pecados y solo por medio de este sacrificio podemos nosotros ser salvos (1 Co. 15:3; 2 Co. 5:21)
* Su resurrección de entre los muertos fue corporal, su cuerpo resucitó (Mat. 28:6; Luc. 24:39; 1 Co 15:4)
* Esta sentado en cuerpo a la diestra de Dios Padre (Hch. 1:9, 11; 2:33; Fil. 2:9-11; Heb. 1:3)

¡Qué valioso hace esto al hombre! Por la transgresión, los hijos del hombre se hacen súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio reconciliador de Cristo, los hijos de Adán pueden ser hechos hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por la relación con Cristo, llegar a ser en verdad dignos del nombre de “hijos de Dios”.

Dios le bendiga

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NOTAS:

[0] La personalidad de Jesús,  es, sin lugar a dudas, una de las más importantes e influyentes de toda la historia de la humanidad. Millones de personas a lo largo de los pasados veinte siglos, en mayor o menor medida, han estudiado sus palabras, se han nutrido de sus enseñanzas y han adoptado sus sabios consejos, o al menos los han escuchado. Prácticamente no hay nadie en el mundo occidental que no conozca, al menos superficialmente, alguna de sus sentencias. Y la única fuente de la cual pueden extraerse las palabras de Jesús, en lo que respecta al mundo occidental, la constituye el Nuevo Testamento, con sus cuatro Evangelios canónicos, al margen de algunos Evangelios señalados como apócrifos, cuyas copias son de una distribución muy limitada y completameente dudosa.

[7] http://www.waynepartain.com/Sermones/s1526.html

[8] https://elteologillo.wordpress.com/2013/03/01/historicidad-de-lucas-2346/

[9] http://www.ciudadredonda.org/articulo/mujer-por-que-lloras-a-quien-buscas

[10] En el pasaje que va desde Lucas 22:66, hasta 24:1 se detalla el tiempo en que el Señor estuvo en la cruz y se habla ahí de que su muerte fue aproximadamente a las 15:00 horas del viernes, pues se dice que fue previo al día de reposo.  Pasa el día de reposo (sábado) y el primer día de la semana (domingo) muy temprano, las mujeres que van a ungir el cuerpo se encuentran con que ya no está donde lo habían sepultado.Si sacamos una sencilla cuenta del tiempo, no pasaron ni 48 horas (apenas 39 aproximadamente), desde la muerte hasta la resurrección gloriosa del Señor, sin embargo en todas las escrituras en las que se menciona acerca de estos hechos se habla siempre de un espacio de tres días (por lo menos 72 horas).La razón por la que se presenta esa aparente discrepancia al medir las horas que Cristo estuvo muerto y hallar que no forman 3 dias, es porque tomamos días de 24 hs, lo que es correcto para nosotros ya que nuestros días son de 24 hrs. Ese no es el caso de los Judios. Los hebreos miden la duración del día de otra manera. Para ellos, la duración del día va desde el amanecer hasta la caída de la noche. Por esa razón la suma nos da exactamente la mitad. La suma de horas que hacemos comunmente es correcta, lo que es incorrecto es suponer que el dia biblico registrado en los evangelios es de 24 hs, cuando en realidad es de 12.  [a] Período de un Día y una noche. Aproximadamente, la duración de una rotación de la Tierra sobre su eje.  Los hebreos calculaban el Día calendario o civil de tarde a tarde (Lv. 23:27, 32; cf Gn. 1:5, 8, 13; etc.); es decir, de puesta de Sol a puesta de Sol (Lev. 22:6, 7; cf Mar. 1:32).  Los babilonios también comenzaban sus días con la puesta del Sol; los egipcios lo hacían con la salida del Sol; los romanos los contaban a partir de la medianoche, de donde se deriva la costumbre actual. [b]. Período de luz en contraste con la noche. En tiempos postexílicos y del NT el Día constaba de 12 horas que se dividían en 4 partes (Jn. 11:9; cf Mat. 20:1-12): Hora prima (desde la salida del Sol [más o menos las 6] hasta las 9 de la mañana), Hora tercia (desde las 9 hasta las 12; Mat. 20:3; Mr. 15:25), Hora sexta (desde las 12 hasta las 3 [15]; Mat. 20:5; 7:45; Mar. 15:33; Jn. 4:6; 19:14), Hora nona (desde las 15 hasta la puesta del Sol [más o menos las 18]; Mat. 20:5; 27:45, 46; Mar. 15:33, 34).  Tales horas se contaban entre la salida y la puesta del Sol (llamado “día natural”), o entre el amanecer y la oscuridad de la noche (cf Mat. 16:2; existían variaciones de duración según fuera verano o invierno).  Generalmente, la “mañana” (heb b^qer) era hasta las 10, y el “calor del día” (mediodía; heb. tsohorayim; gr. mesmbría) duraba hasta las 14.  Es muy probable que Juan, al registrar los eventos finales del juicio y de la crucifixión del Jesús, usara el sistema de computar de los romanos (Jn. 19: 14; las 6 de la mañana según el sistema romano [a partir de la medianoche], las 12 del medio Día según el sistema judío).  En la Biblia también se mencionan la hora séptima (Jn. 4:52, BJ; la 1 [13] de la tarde), la hora décima (1:39; las 4 [16] de la tarde) y la hora undécima (Mat. 20:6, 9; las 5 [17] de la tarde).[http://www.wikicristiano.org/diccionario-biblico/1608/d%EDa/]

[11] Elena G. de White, EL DESEADO DE TODAS LAS GENTES, pag. 486

[12] ibid,pag 485

[13] El rocio de hortalizas pudo apoyar la imagen de huesos como plantas que han de florecer. Coinciden lso verbos despertar  ycantar.Con todo, en esta verson,como en todas lads demas,el echar afuera los muertos es el utlimo acto.Para una transpisición a clave cristiana deberíamos considerar a Cristo muerto y sangrante como el rocío del cielo que impregna y fecunda la  tierra, siguiendo una sugerencia de san Jerónimo “los que el Apostol llama muertos en Cristo… resucitarán gloriosos… Pues el rocío del Señor… dará vida a los cuerpos de los muertos. La identificación del rocío con Jesucristo la propone ya Teodoreto  “No andas errado si dices que el rocio es el Unigénito, la Palabra del Padre” (Jerónimo: CCSL 72,341; Teodoreto: PG 24,278)  cit en  Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, Vol. 2, pag. 298, ed. Cristiandad.

[14] Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, Vol. 2, pag. 299, ed. Cristiandad

[15] En su discurso Esteban desarrolla los temas teológicos de Dios, la adoración, la ley, el pacto, y la persona y mensaje del Mesías. A través de la obra del Mesías, la casa de Israel está en condiciones de adorar a Dios en verdad y en justicia. Esteban evita mencionar el nombre de Jesús, pero enseña que Dios ha levantado al Salvador de la casa de Israel. No es posible asegurar de quién recibió Lucas la substancia del discurso de Esteban. Suponemos que tuvo acceso a él a través de Pablo y de aquellos miembros del propio Sanedrín que llegaron a ser cristianos. A Lucas llegó a través de una tradición mixta: oral y escrita. Con referencia a Hechos 7, un estudio de la palabra escogida, referencias al templo y a Moisés y la ausencia de la típica construcción lucana son factores que indican que el discurso de Esteban no se originó en la mente de Lucas.  En efecto, las palabras promesa y aflicción tienen su propio significado en el contexto de Hechos 7 y no corresponden a su uso en el resto del libro. Luego, la forma en que Esteban se refiere a Moisés y al templo corresponden sólo a este particular discurso. No hay nada en Hechos que Lucas haya escrito en forma similar.
Finalmente, en el discurso de Esteban hay a lo menos veintitrés palabras que no se vuelven a encontrar ni en Hechos ni en ningún otro libro del Nuevo Testamento; también están ausentes del discurso de Esteban numerosas formas literarias, peculiares tanto al Evangelio de Lucas como a Hechos. No podemos presumir que Lucas haya presentado un relato al pie de la letra del sermón de Esteban, pero sí estamos completamente seguros que permite que el orador original, es decir, el propio Esteban, sea oído en palabras y conceptos que pertenecieron a él, el primer mártir del cristianismo. Inferimos también que como un historiador fiel, Lucas incorporó el discurso de Esteban en este lugar de
Hechos para preparar al lector para la persecución que seguiría a la muerte de Esteban y para la extensión de la iglesia más allá de los confines de Jerusalén. Fue Esteban y no Lucas quien proveyó el ímpetu para fomentar el
desarrollo de la iglesia. Lucas, por lo tanto, está escribiendo hechos reales basados en acontecimientos históricos. Lucas es un historiador que, a la manera de Tucídides, registra lo más exactamente que puede el sentido de todo lo que el orador en realidad dijo.[extr. de libro electrónico, Simon Kistemaker, comentario al Nuevo Testamento, exp. de los Hechos de los apostoles,pag. 17,ed. libros Desafio 2001]

[16] frasedehoy.com

[18] La inspiración no anula al hombre. Solo cuando el profeta recibe oráculo directamente de Dios.Dios compró con la sangre de Jesús la vida de Su santos (y las nuestras), y en ese precio están incluidas su obras, y también sus palabras. Las palabras de ellos, ahora son de Dios. Cristo pagó por ellas, al igual que usó un burrito para entrar a Jerusalén, lo tomó y lo usó. Ellos escriben, pero Dios no anula  sus culturas, sino que las cristologiza, las redime. Esto es lo que nos cuesta entender. Dios preservó de error los textos, claro que si, preservó de error los textos, pero no los preservó de sus culturas,sino que lo usó a pesar de ellas. Los relatos fueron escritos por hombres piadosos y no por ángeles. Por eso son testigos confiables, porque fueron sinceros y honestos para describir lo que veían. Y Dios los libró del error, de la mentira, pero no de sus propósitos Divinos, que no son los nuestros primariamente. Dios por la sangre de Jesús, limpió a los escritores para que sean vasos limpios y acépticos (gr. asespsis, sin “bacterias espirituales”). Luego lo ungió y los dotó de sabiduría sobrenatural para escribir los textos inspirados; y les dió autoridad sobrenatural. Pero no mató sus culturas, sino que a través de la cruz, ahora estas, son aceptadas ante los ojos del Amado Salvador.

[19] libro electronico, William Hendriksen, comentario al Nuevo Testamento LUCAS ,pag. 708, ed. libros Desafio 2001

[20] [21] [22] http://www.omp.cl/pdf/mision_2012.pdf

[23] Abel Serrano, Angel- logia,pag.593,ed. Publisher Textstream impr en E.U

[24] http://www.facebook.com/bernardostamateas

[25] Margaret Starbird, La Diosa en los evangelios, pag. 179-180, ed. ediciones Obelisco,Barcelona,España, impr. en España

[28] https://elteologillo.wordpress.com/2013/01/01/la-lanza-de-longinos/

[29] https://elteologillo.wordpress.com/2013/02/27/exponiendo-las-herejias-de-la-iglesia-catolica-la-adoracion-a-maria/

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  • libro electronico, William Hendriksen, comentario al Nuevo Testamento LUCAS , ed. libros Desafio 2001
  • (*) Antonio Piñero es Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.
  • Verdad Biblica http://www.facebook.com/#!/VERDADBIBLICA

MILAGROS DE LA NATURALEZA


MILAGROS DE LA NATURALEZA

En estos relatos, el paciente es plural (discípulos o multitud), y la Adver­sidad no es física ni psíquica, sino una circunstancia exterior al hombre que le afecta seriamente (J. Peláez, que los llama “relatos de manifestación”). Aunque inc1uímos la higuera seca y el pez con la moneda en la boca, estos no pueden considerarse verdaderos milagros, como veremos.

La pesca milagrosa (Luc. 5:4)

Jesús está a orillas del lago Genesaret (el mar de Galilea) rodeado de gen­te. Estaban cerca unos pescadores lavando sus redes y, para predicarles con más comodidad, le pide a uno de ellos, Simón, que le preste su barca para subir a ella y hablarles desde allí. Cuando terminó, dijo a Simón:

  • Boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar.

Se dirige a Simón, pero lo de “vuestras redes” nos hace suponer que iban otros en la barca. Simón le informa:

  • Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra, echaré las redes.

No explica Lucas por qué razón Simón confiaba en la palabra de Jesús, al que no conocía de nada, pues era la primera vez que se veían. Lo único que había visto era a Jesús predicando. Y había por entonces más de un predicador por toda Palestina afirmando que eran el Mesías. Y llamar Maestro a Jesús en esta primera ocasión, aunque le hubiese oído predicar, parece demasiado pre­maturo. Indudablemente, Lucas cuenta esta escena sin tener en cuenta las con­diciones históricas. Es la primera vez que Jesús y sus discípulos se ven, pero le llaman Maestro y confían ciegamente en él. Es un anacronismo notorio.

El caso es que echan las redes, y la cantidad de peces recogida fue tan gran­de, que se vieron obligados a llamar a los compañeros para que trajesen sus barcas y les ayudasen a llevar a la orilla la pesca, y las barcas casi se hundían por el peso de los muchos miles de peces que llevaban. Simón, asombrado, se echó a los pies de Jesús y le dijo:

Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador -. Jesús le dijo:

No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.

En realidad, toda esta historia se refiere a la llamada de los primeros discí­pulos. Pero Marcos (a quien sigue Mateo fielmente) la había contado de otra forma antes que Lucas: Jesús camina solo por la playa cuando encuentra a dos hermanos, Simón y Andrés, y en seguida a otros dos, Santiago y Juan, y sin más preámbulos les dice: “Venid conmigo y haré de vosotros pescadores de hombres”. Ellos dejaron allí mismo las barcas, las redes, incluso la familia y, sin chistar, se fueron tras él. Extraña situación: ¿cómo se explica que unos hombres dejen familia y trabajo y se vayan tras un personaje del que no saben nada? Tal vez Lucas debió pensar que semejante actitud no resultaba lógica (aunque era realmente milagrosa desde el punto de vista de un Jesús con po­deres divinos) y colocó este milagro justo antes de la llamada, con lo cual, la marcha de los pescadores tras un individuo milagrero resultaba más congruen­te. Claro que para ello, si es que las cosas sucedieron así, que esto es sólo una conjetura, no hizo más que sustituir un milagro por otro. Sea como fuere, la pesca milagrosa sólo parece un alarde de poder para dejar apabullados a aque­llos sencillos pescadores. Jesús lo hizo más de una vez, como veremos.

Pero aún cabe otra interpretación: La pesca milagrosa es sólo un simbolis­mo con el que Lucas ha querido resaltar la misión de los discípulos, que en adelante se dedicarán a “pescar” hombres, no peces.

Como mera curiosidad, añadamos el hecho de que Marcos y Mateo nom­bran a cuatro discípulos, mientras que Lucas sólo habla de tres: se olvidó de Andrés. Pero nada tiene de extraño, pues esta llamada de los primeros segui­dores está contada también por Juan de una forma totalmente diferente.

La tempestad calmada (Mar. 4:35; Mat. 8:23; Luc. 8:22)

Jesús y sus discípulos van en una barca por el lago, el Mar de Galilea. El Maestro duerme tranquilamente en la popa sobre un cabezal. En esto se levanta una borrasca, las olas irrumpen en la barca y esta comienza a anegarse. Jesús sigue durmiendo, a pesar de que debía estar mojado hasta los huesos. Ellos le despiertan diciéndole:

  • Maestro, ¿es que no te importa que perezcamos?

La frase debía referirse a la actitud estudiadamente tranquila de Jesús, que ni se inmuta ante .el desastre que se avecina, pero insinúa que Jesús puede hacer un milagro para salvarles, lo cual no tiene sentido en el contexto. Una vez despierto, increpó al viento y dijo al mar:

¡Calla, enmudece!

El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Se volvió entonces a sus discípulos y les dijo:

¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?

Ellos, se llenaron de temor y se decían:

¿Quién es, este que hasta el viento y el mar obedecen?

Como en otras ocasiones nos resulta extraño que Jesús tenga que gritar pa­ra que el milagro produzca. La narración resulta harto infantil, pues si Jesús tenía tales poderes sobre los elementos, bien podía haberlos acallado sin decir palabra, con sólo desearlo. Sin embargo parece que la intención del narrador es destacar la importancia de la fe para que se produzcan hechos prodigiosos. Aún así, antes de este milagro, Jesús había curado, ante sus discípulos, al endemo­niado de Cafarnaúm, a la suegra de Pedro, a un leproso, a un paralítico, al hombre de la mano paralizada y a una multitud más de enfermos y endemo­niados; lo que significa que los seguidores de Jesús debían ser bastante torpes cuando todavía no se habían dado cuenta de que tenían delante lo que los griegos llamaban un “hombre divino”, un personaje con cualidades sobrenatu­rales. De todas formas, Marcos parece que se complace, también en otros lugares, en remachar esta torpeza de los discípulos.

Mateo relata este milagro introduciendo algunas variantes: las olas realmente “cubren” la barca, ¡mientras Jesús duerme placidamente!; la frase con que le despiertan es diferente: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”, como si realmente estuviesen esperando el milagro, lo que no concuerda con la frase final de ad­miración; y se suprime la frase de imprecación de Jesús sobre los elementos, aunque se dice que “increpó a los vientos y al mar”.

Lucas y Juan ignoran este milagro.

La multiplicación de los panes (Mc 6,31; Mt 14, 13; Lc 9,10; Jn 6,1)

Según Marcos y Mateo, por dos veces Jesús dio de comer a una multitud panes y peces. En la primera, él se retira con sus discípulos a un lugar solita­rio; pero la gente se entera y acuden “de todas las ciudades” (exageración evi­dente), llegando incluso antes que ellos, adivinando el lugar al que se iba a retirar. Jesús siente compasión y les predica “extensamente”. Se hizo muy tarde y los discípulos se le acercan:

El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren comida.

No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer-, responde, misterioso, Jesús.

¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?, preguntan ellos incrédulos.

¿Cuántos panes tenéis?- inquiere el Maestro.

Cinco; y dos peces,-responden.

Entonces les manda que acomoden a la gente por grupos de cien y de cin­cuenta (¿por qué en grupos? ¿Y por qué no todos de cincuenta, o todos de cien?), y él, tomando los panes, los bendijo y comenzó a darlo a sus discípu­los. Los panes no cesaban de salir de las manos de Jesús, o de la cesta. Otro tanto sucedió con los peces, y comieron todos hasta saciarse. Incluso recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y sobras de los peces (o los dis­cípulos llevaban todos canastos cuando iban tras Jesús, o la gente salió de sus casas para verlo portando canastos para el camino).

Los que comieron fueron unos cinco mil hombres. ¿”Hombres”, sin contar mujeres y niños, o se trata de una generalización y se toma “hombres” por “personas”? Sea como fuere, el número es a todas luces exagerado: cinco mil personas son los habitantes que tiene un pueblo bastante grande.

Mateo es más parco en la narración. Jesús siente compasión, pero no les predica; sino que curó a los que estaban enfermos, ordena que la gente se aco­mode sobre la hierba, pero no menciona lo de los grupos de cincuenta y de cien, tal vez porque no encontró una justificación lógica para ello; y al final nos aclara lo que no sabíamos por Marcos: los que comieron fueron cinco mil hombres, varones adultos, pues añade expresamente: “sin contar las mujeres y los niños”. Debieron comer, pues, más de diez mil.

Lucas también añade cosas por su cuenta: Jesús les predica, pero también cura a los enfermos, y ordena que se acomoden en grupos de sólo cincuenta.

Juan puntualiza varios detalles. Jesús, ingenuamente, pregunta a Felipe:

¿Cómo vamos a comprar pan para que coman estos?-

Y Felipe:

Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.

Interviene Andrés, hermano de Pedro:

Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es esto para tantos?

Haced sentar a la gente-, dice Jesús.

Cuando la gente acaba de comer, admirados por el portento, quisieron, por la fuerza, hacerle rey (detalle que no parece en los sinópticos), y entonces huyó al monte él solo. Aparte estas diferencias, los cuatro evangelistas están de acuerdo en la cuestión numérica: cinco mil hombres, cinco panes, dos peces, doce canastos con las sobras.

Jesús realiza este milagro por segunda vez, pero en esta ocasión sólo lo relatan Mar. 8:1 y Mat.  15:32. El esquema básico es idéntico al de la primera: 1) re reúne mucha gente tras las numerosas curaciones junto al lago; 2) han venido de lugares distantes y no tienen qué comer; 3} Jesús declara que siente lástima por ellos; 4) los discípulos le advierten que es imposible dar de comer a aquella multitud; 5) Jesús pregunta cuántos panes tienen; 6) bendice los panes y los peces; 7) se reparten; 8) todos se sacian; 9) sobran varias es­puertas. Las diferencias sólo consisten en los números: siete panes, algunos peces, siete espuertas sobrantes, y cuatro mil personas alimentadas. Lo sorprendente es que los discípulos, después de haber presenciado la primera multiplicación, vuelvan a hacer la misma pregunta (¿cómo saciar a tanta gente en un lugar solitario?). Parece que como si no hubiesen presenciado el primer milagro. ¿Por qué Lucas y Juan no lo cuentan?

La oreja cortada (Luc. 22:47-51)

Los cuatro evangelistas cuentan el prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní y cómo uno de sus discípulos (sólo Juan dice el nombre: Pedro) saltó sobre el criado del Sumo Sacerdote y le cortó una oreja. Pero sólo Lucas (los otros callan) afirma que Jesús le dijo:

-¡Dejad! ¡Basta ya!-. Y tocando la oreja, le curó. (Un momento antes les había dicho que prepararan espadas).

Con toda la parafernalia de soldados (Juan habla de una cohorte romana, de unos seiscientos hombres) más los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, y los discípulos empuñando las espadas, resulta inverosímil que Jesús tuviese oportunidad para curar la oreja del siervo, aunque Juan haya exagerado respecto al número de soldados. No parece un momento apropiado para hacer un milagro.

Jesús camina sobre el mar (Mar. 6:45; Mat. 14:22; Jn. 6:16).

Los tres evangelistas cuentan este prodigio justamente después de la primera multiplicación de los panes. Pero ahora nos encontramos con un problema de itinerario: ¿dónde ocurrió el milagro? Marcos cuenta que los discípulos han vuelto de su misión apostólica, y que entonces todos, con Jesús, se retiran a un lugar solitario, donde tiene lugar el reparto de panes. A continuación, dice Marcos que “obligó” a los suyos a subir a una barca y a ir por delante de él hacia Betsaida, mientras despedía a la gente y se retiraba a un monte a orar. Betsaida era una población que se encontraba al noreste del lago, por lo tanto el milagro debió suceder en otro lugar antes de Betsaida, en el noroeste. Allí estaba precisamente Cafarnaúm. Pero Juan lo cuenta de otra forma: después de la multiplicación, los discípulos suben a una barca y se van a Cafarnaúm. ¿Cómo pueden ir a Cafarnaúm si ya estaban allí? Por lo visto, para Marcos y para Juan, el milagro de la multiplicación tuvo lugar en lugares diferentes y, por tanto, el otro milagro, el caminar sobre las aguas del lago, pudo ser ca­mino de Betsaida o camino de Cafarnaúm. No debería extrañarnos, puesto que los evangelios no son biografías, carecen de rigor histórico, ya que fueron compuestos como un puzzle, tomando de aquí y de allá historias, orales o escri­tas, que a veces no concordaban entre sí. Esto demuestra, una vez más, que los autores de los evangelios no fueron testigos directos de los acontecimientos y que, cuando escribieron, debió haber pasado el tiempo suficiente como para que los datos se hubiesen difuminado y trabucado.

Marcos sigue diciendo que Jesús, al ver, desde la orilla, que sus amigos se fatigaban remando porque el viento les era adverso (aparece aquí lo que hemos llamado Adversidad), decidió echarse al agua, pero no para ayudarles, sino para darles un susto (aunque al final remedia el problema ha­ciendo que el viento amaine, la actitud de Jesús es bien extraña).

Era ya de no­che, y la parición de una figura humana andando sobre el mar hizo que sus discípulos creyeran que era un fantasma y se pusieran a gritar. Jesús no se les acercó, sino que pasó de largo. La intención de asustarles estaba clara (se ha dicho que la potestad de andar sobre las aguas era una prerrogativa divina según el AT, pero en tal caso Jesús hizo un alarde de divinidad inútil, pues sus discípulos no se enteraron). Pero inmediatamente se volvió y les dijo:

Soy yo, no temáis-. Y se subió a la barca.

Sus amigos estaban estupefactos, lo que no se explica cuando acababan de presenciar el extraordinario suceso de dar de comer a diez mil personas con unos pocos panes y peces. Marcos se dio cuenta de que la actitud de los discípulos no era lógica, y entonces termina escri­biendo: “Porque no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada”.

Mateo añade una escena. Cuando Jesús les dice que no tengan miedo, que es él, Pedro, no sabemos si por un atrevimiento intempestivo o porque dudaba de lo que oía, dice:

Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas-. Él le dijo:

Ven.

Pedro salió de la barca y comenzó a andar sobre el mar, maravillado, pero al mismo tiempo terriblemente asustado: “Viendo la violencia del viento, sintió miedo y, como comenzara a hundirse, gritó:

¡Se­ñor, sálvame!

Jesús le tomó de la mano diciéndole:

“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”

Y subieron a la barca y el viento amainó.

Parece que este añadido pretende ser una forma simbólica de explicar la necesidad de confiar absoluta y ciegamente en Jesús. Para remachar esta idea, Mateo añade otra cosa más a Marcos. Éste terminaba la escena diciendo sim­plemente que sus discípulos quedaron estupefactos. Mateo escribe: “Entonces, los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios”. De esta forma, daba una imagen más correcta de los discípulos y, al mismo tiempo, resaltaba la idea de que Pedro debía haber confiado más en alguien que tenía poderes sobrenaturales por ser un “hijo de Dios”, un hombre divino (ya que la expresión Hijo de Dios no significaba todavía una filiación de naturaleza, no se refería aún a la segunda persona de la Santísima Trinidad).

Lucas no narró este milagro. Nunca sabremos por que. Después de la mul­tiplicación de los panes, cuenta la profesión de fe de Pedro a la pregunta de Je­sús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Tal vez nunca oyó hablar de ese caminar del Maestro sobre las aguas, o no le pareció serio. Sólo en Mateo se explica como metáfora o símbolo. En Marcos y Juan no tiene sentido. Asustar a los suyos o demostrarles ostentosamente sus poderes sobre la naturaleza, después de haber presenciado tantos prodigios, resulta totalmente innecesario.

Lo mismo puede decirse de los milagros que nos quedan por relatar.

El pez que tenía una moneda en la boca (Mat. 17:24)

Sólo Mateo tuvo conocimiento de la escena que sigue:

Los encargados de cobrar el tributo anual, que cada israelita debía pagar personalmente para las necesidades del Templo, se acercan a Pedro y le pre­guntan si su Maestro no piensa pagarlo. Pedro les dice que sí. Luego, a solas, Jesús le pregunta:

¿Qué te parece, Simón?, los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tributos, de sus hijos o de los extraños?

De los extraños-, responde Pedro. Y Jesús:

Por tanto libres están los hijos. Sin embargo, para que no se escandalicen, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca Y encontrarás un estáter. Tómalo y dáselo por ti y por mí.

El razonamiento de Jesús es ilógico. Los reyes de la tierra cobran tributo a sus hijos, es decir, a los súbditos (así entiende la Biblia de Jerusalén la ex­presión “hijos”). Lo de que los súbditos están libre no tiene sentido. Lo que quería decir, parece, es que él estaba exento de pagar el tributo, y también sus discípulos, posiblemente porque se consideraba superior a los demás israelitas debido a sus relaciones íntimas y especiales con Dios. Pero, sea como fuere, resolver la situación de una forma tan complicada, teniendo la pequeña comu­nidad fondos suficientes, tampoco tiene sentido. El milagro es absurdo e in­necesario. Además, ¿por qué no pagó por los demás discípulos?

De todas for­mas, el evangelista no dice que se realizara el milagro: sólo da la orden a Pe­dro, aunque debemos suponer que tuvo lugar.

Jesús seca una higuera (Mar. 11:12; Mat. 21:18)

Si el caminar sobre las aguas y lo del pez con una moneda en la boca re­sultan milagros increíbles por falta de una finalidad razonable, éste de la hi­guera resulta aún más absurdo debido a su irracionalidad. Marcos lo cuenta así: “Cuando salieron de Betania, sintió hambre, y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella. Al acercarse, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces dijo a la higuera: ¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!. Y sus discípulos oyeron esto”.

A continuación, Jesús sube a Jerusalén y expulsa a los vendedores del atrio del Templo, para salir de nuevo muy de mañana. Entonces, los discípulos ob­servan que la higuera se había secado hasta la raíz. La higuera fue castigada por no tener fruto, lo que ya es un hecho absurdo; pero si, además, no era tiem­po de dar higos, el milagro de Jesús resulta doblemente duro e increíble.

Lucas debió entenderlo así y evitó mencionar esta escena; por contra, escribió que Jesús contó una parábola acerca de una higuera que no daba fruto nunca, a la que su dueño quiso arrancar. Pero el encargado le suplicó que la dejara un tiempo más, que él cavaría a su alrededor y la abonaría, por si podía recupe­rarse. Era la parábola de la paciencia, del amor hacia los que no dan frutos de buenas obras, a los que hay que dar una segunda oportunidad. Fue una pará­bola hermosa que deja a Jesús en muy buen lugar. Pero el estúpido milagro de la higuera seca nos presenta a un Jesús intransigente y cruel.

La única explicación que tiene este episodio, es que tal milagro nunca se produjo, sino que fue una invención de Marcos para dar más énfasis al poder de la oración. Efectivamente, cuando Pedro ve la higuera seca y se lo dice a su Maestro, este le responde sin dudarlo un momento:

-Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: Quítate y arrójate al mar, y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis.

Mateo lo explica de un modo más coherente:

Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si decís a este monte: Quítate y arrójate al mar, así se hará.

La enseñanza no puede estar más clara: si oráis con fe inquebrantable podréis obtener hasta lo que os parezca más ab­surdo.

Este prodigio no puede considerarse un milagro, pues, como dijimos, en todos ellos aparece un problema (una adversidad) que Jesús resuelve, y en este caso falta semejante circunstancia. Por esta razón, debe entenderse como una narración didáctica.

El agua convertida en vino (Jn. 2:1)

Juan cuenta este milagro cuando Jesús aún no ha comenzado su misión, pero ya ha elegido a alguno de sus discípulos. Estos recientes compañe­ros, junto con Jesús y su madre, fueron invitados a una boda en un pueblo llamado Caná, en Galilea. En un momento determinado, el vino se acaba, María se da cuenta y se lo comunica a su hijo, como si estuviera pidiéndole que sacara a los novios del apuro mediante un milagro. Pero esto resulta poco creíble, porque María debía saber que los milagros no tienen como finalidad algo tan banal, tan frívolo e intras­cendente. Sin embargo, Jesús lo hace: encarga que llenen seis tinajas de agua y que las lleven al maestresala para que la pruebe, y éste queda encantado de la extraordinaria calidad del vino. ¿Por qué hizo Jesús algo así? Juan lo explica a su modo: en Caná comenzó Jesús a mostrar sus “señales” y manifestar su gloria, lo que trajo como consecuencia que sus discípulos creyeran en él. Fue un milagro exclusivamente para sus acompañantes, los futuros apóstoles. Pero esto no hace más creíble la historia: los discípulos tendrían ocasión de ver multitud de milagros a lo largo del tiempo que estuvieron con Jesús.

CURACIONES MULTITUDINARIAS

Los evangelistas mencionan otros exorcismos y curaciones sin entrar en de­talles:

Marcos (1:32-33; Mat. 8:16; Luc. 4:40-41):

  • “Al atardecer, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad en­tera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que adolecían de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios, a quienes no permitió hablar, pues le conocían”.

Marcos (3:7; Mat.12, 15-16; Luc. 6:17-19):

  • “Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del mar y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, también de Judea, de Jeru­salén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de la región de Tiro y Sidón (es decir, de toda Palestina desde el sur hasta el norte, incluyendo territorios pa­ganos), una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una barca para que no le oprimieran, pues, habiendo curado a muchos, cuantos padecían do­lencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus mudos, al verle caían a sus pies y gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

Marcos (6:53; Mat. 14:34-36):

“Llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer enfermos en camillas…Y donde quiera que entrara, en pueblos, ciudades o aldeas colocaban­ a los enfermos en las plazas y le pedían poder tocar siquiera la orla de su man­to; y cuantos le tocaban quedaban sanados”.

Lucas también cuenta que “toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos”.

Mateo (15:29) tiene otro resumen:

“Vino Jesús junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaban al Dios de Israel”.

Los enfermos son de todas clases, aunque no se mencionan expresamente los leprosos, mientras que los endemoniados se llevan la palma. Estos debían abundar en aquellas tierras de forma extraordinaria…

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MILAGROS DE LOS APOSTOLES

Curación de un tullido (Hch 3:1)

Pedro y Juan van a orar al Templo y se encuentran a un hombre tullido desde su nacimiento (se llama así a alguien que ha perdido el movimiento de todo o parte de su cuerpo) que pedía limosna. Los dos apóstoles, a un tiempo, fijan su mirada en él y Pedro le dice: “Míranos. No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar”. Y tomándole de la mano le levantó. El se puso de pie de un salto y anduvo. Lue­go entró en el Templo con ellos alabando a Dios, y quienes le conocían que­daron mudos de estupor y asombro, acudiendo donde estaban Juan y Pedro. Éste aprovechó la ocasión para echarles un largo discurso, resumiendo la idea de que fue Jesús, a quienes ellos habían enviado a la muerte, quien curó al tullido, y que ese mismo Jesús había resucitado. A consecuencia de ello fueron apresados y llevados ante el Sanedrín, que acabó poniéndoles en libertad con el encargo de que no siguieran predicando al Cristo resucitado. Pedro y Juan, sin embargo, no se amilanan. Se repite la incongruencia de que el hacedor de milagros sea perseguido por ello. .

Tenemos la impresión de que este milagro se ha relatado con un fin deter­minado: exponer la predicación de Pedro y las primeras persecuciones de que fueron objeto los apóstoles. .

La muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1)

Los primeros seguidores de Jesús, tras su muerte, venden sus bienes y los reparten entre los necesitados. Un tal Ananías y su mujer, Safira, venden un campo para entregar el dinero a los apóstoles, pero no lo entregan todo. Pedro recrimina a ambos, y los dos caen muertos. Entendemos que la primera comu­nidad cristiana deseara seguir la recomendación de su Maestro (quien quiera ser mi discípulo. que venda cuanto tiene y lo dé a los pobres), pero no se com­prende la dureza del castigo por no obedecer. Nos recuerda demasiado la in­transigencia de Yahvé en el Antiguo Testamento, que hacía morir, a veces, a la gente por los motivos más fútiles. Tal vez alguien se encargó de contar esta historia para que sirviera de ejemplo. No tiene sentido tanta dureza por parte de un Padre amoroso. Tampoco entra dentro de los cánones del milagro, pues falta también la adversidad que se resuelve. Más bien es un prodigio-castigo, lo que nunca hizo Jesús.

El paralítico de Lida (Hch. 9:32)

En la ciudad de Lida, en Judea, Pedro curó a un paralítico, llamado Eneas, que llevaba ocho años en una camilla. “Jesucristo te cura, dijo Pedro, levántate y arregla tu lecho”. Al instante se levantó, y todos los habitantes de Lida y Sarón se convirtieron al Señor.

Lo importante de este milagro no es la curación del paralítico en sí, sino sus consecuencias: la conversión de todos los habitantes de dos ciudades. Por lo visto no bastaba con predicar; era necesaria una intervención especial de Dios (sin embargo hemos constatado anteriormente que este procedimiento no siempre daba resultado).

Es cierto que en Hch. 14:1 (y en otros lugares) se dice que “una gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe”, pero a reglón seguido se afirma que “el Señor les concedía obrar por sus manos señales y prodigios…” Como se afirma de Felipe en otra ocasión: “La gente le escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritu inmundos, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados”.

La resurrección de Tabita (Hch. 9:36)

Este milagro se narra a continuación del anterior. Ya hicimos referencia a él cuando Jesús resucita a una niña diciéndole en arameo: talita kum, muchacha, levántate.

Castigo del mago Elimas (Hechos 13:4)

Pablo y Bernabé Son enviados a Chipre por la comunidad para misionar a los gentiles, y estando en la ciudad de Pafos, el procónsul Sergio Paulo les mandó llamar para escuchar la palabra de Dios. Pero con él estaba el mago Elimas, que trataba de apartar al procónsul de la nueva fe que le predicaban Pablo y Berna­bé. Pablo, disgustado por la oposición del mago, le maldice: “Tú, repleto de todo engaño y maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia, ¿no acabarás ya de torcer los rectos caminos del Señor? Pues ahora, te quedarás ciego y no verás el sol hasta el tiempo oportuno”. Y así ocurrió, y el procónsul creyó en las palabras de los apóstoles. Nuevamente, la conversión exige antes un acto prodigioso en ciertos casos. Se trata de otro prodigio-castigo.

El tullido de Listra (Hechos 14:8)

Pablo y Bernabé llegan a la ciudad extranjera de Icono (en lo que hoy es el sur de Turquía), de donde deben huir porque muchos judíos se opusieron a su predicación, y ellos no hicieron allí ningún milagro para convencerles. Pero llegados a Listra, muy cerca de allí, encontraron a un tullido, como el de Pe­dro, y Pablo hace exactamente igual que aquel: Fijó en el enfermo su mirada y dijo con fuerte voz: “Ponte derecho sobre tus pies. Y él dio un salto y se puso a caminar. Las consecuencias, sin embargo, fueron algo diferentes. El entusiasmo del gentío que presenció el prodigio fue tan grande que creyeron que eran dioses bajados del cielo y querían adorarles y ofrecerles sacrificios. Pablo lo impide hablándoles del único Dios verdadero, pero sin mencionar a Jesús.

Pablo resucita a un muchacho (Hechos 20:7)

Pablo está predicando a sus amigos cristianos en una casa. El sermón se ha­ce tan largo que un muchacho, llamado Eutico, acaba por dormirse en el borde de una ventana y se cayó desde un tercer piso. Y se mató. Pablo se tiende sobre él (corno hacía Elías), y tranquilizó a los presentes diciéndoles que no estaba muerto y continuando luego con el culto. Sólo al marcharse Pablo, en­cuentran que Eutico estaba vivo y todos se alegraron no poco. Obsérvese que Pedro hace milagros recurriendo al nombre de Jesús. Pablo no.

Leyendo las narraciones de milagros, y especialmente los resúmenes, se tie­ne la impresión de que Palestina, en tiempos de Jesús, debía estar repleta de enfermos. Posiblemente no era el único lugar en el mundo donde ocurría tal cosa. Resulta lúcido un párrafo del profesor Morton Smith al respecto (Jesús, el Mago, Ed. Martínez Roca):

“Para comprender la importancia de las curaciones de Jesús, debemos re­cordar que en la Palestina antigua no existían hospitales ni manicomios. El en­fermo y el loco debían ser atendidos por sus familias, en sus propios hoga­res. A menudo, la carga de cuidar de ellos era pesada y, a veces, especialmen­te en los casos de locura furiosa, superior a lo que la familia podía soportar. Los enfermos eran echados fuera de casa y se les dejaba que erraran como animales. Esta costumbre ha continuado hasta nuestro siglo. Nunca olvidaré mi primera experiencia en la “ciudad vieja” de Jerusalén, en 1940. .Lo primero que vi cuando entré por la puerta de Jaffa fue un lunático, una inmunda criatura que llevaba un saco de arpillera por todo vestido. Era presa de un ataque. Pa­recía mantener una conversación con algún ser imaginario que estuviera en el aire, frente a él. Soltaba un torrente incomprensible de palabras mientras que levantaba sus manos como si suplicara. Pronto comenzó a hacer ademanes, co­mo si quisiera protegerse de bofetadas, y aullaba como si le estuvieran gol­peando. Echando espuma por la boca, cayó de bruces al suelo y allí se quedó, gimiendo y retorciéndose, vomitó y tuvo un ataque de diarrea. Había mucha gente en la calle, pero los que llegaron hasta donde él estaba se limitaron a dar un rodeo para evitar la porquería y siguieron su camino. Él estaba caído sobre la acera, frente a una farmacia. Después de unos minutos salió un dependiente con una caja de serrín, lo vertió sobre el charco y trató al paciente con un par de patadas en los riñones. Esto le hizo recobrar los sentidos, se levantó y se fue tambaleándose, gimiendo todavía, frotándose la boca con una mano y los riñones con la otra. Cuando fui a vivir a la “ciudad vieja” supe que aquel hombre, y otra media docena como él, eran personajes populares. Esta era la psicoterapia de los antiguos. Quienes no querían echar a la calle a sus parientes locos, tenían que soportarlos en su propia casa. Por otro lado, y como quiera que la medicina racional era muy rudimentaria, las enfermedades crónicas y de­generativas debían estar muy extendidas, y esos enfermos también tenían que ser atendidos en sus propias casas. En consecuencia, la mayoría de la gente buscaba las curaciones con impaciencia, no sólo para ellos mismos, sino también para sus parientes. Los médicos eran incompetentes, escasos y caros. Cuando aparecía un curandero, ¡un hombre que pudiera realizar curaciones mi­lagrosas y lo hiciera gratis!, podía estar seguro de que iba a ser acosado por la multitud. Y entre el gentío que se apiñaba desesperadamente a su alrededor, pidiéndole que los sanara, se producirían algunas curaciones. Con cada una de ellas aumentaría la fama de sus poderes, las esperanzas y las especulaciones de la muchedumbre, así como las leyendas y rumores sobre el sanador”.

No cabe duda de que en el fondo de las narraciones sobre milagros hay alguna verdad, expresada ya por el doctor Stmith en su último párrafo: Jesús era un sanador. Este hecho se ve corroborado por los mismos evangelios, ya que, se repite constantemente la necesidad de la fe para curarse. La fe, la con­fianza. Es exactamente lo que se requiere para que los sanadores actuales (y de todos los tiempos) puedan curar a sus enfermos (no a todos, por supuesto). La psiquiatría ha descubierto que la sordera, la ceguera, la mudez, la parálisis y otros síntomas parecidos podían ser ocasionados por la histeria.

Desde un punto de vista esceptico, se podria decir que los milagros de Jesús podrían explicarse por una supresión, al menos momentánea, de los síntomas de la histeria. Pero aquí nos tropezamos con un problema: si Jesús, como sanador, sólo podía curar las enfermedades psicosomáticas, debemos explicar los verdaderos milagros. Estos pueden resumirse en los siguientes: las resurrecciones, la desaparición momentánea de la lepra, la multiplicación de los panes, el andar sobre las aguas, secar una higuera con sólo la palabra, la mo­neda encontrada en la boca de un pez, aplacar una tempestad y convertir el agua en vino.

Desde un punto de vista racional, esos milagros son imposibles. Para los racionalistas no cabe otra interpretación que la invención por parte de los escribas cristianos.

En primer lugar, pueden consistir, en parte, en na­rraciones simbólicas que intentan explicar algún aspecto de la cristología, como la multiplicación de los panes sirve a Juan para hablar de que Jesús es el Pan de Vida, o calmar la tempestad, caminar sobre las aguas o secar la higuera son una excusa para hablar de la necesidad de la fe. Por otra parte, la necesidad de destacar la singular personalidad de Jesús sería otra oportunidad para imaginar tales relatos.

Pero como cristianos no podemos basarnos en conjeturas y escepticismos.El texto biblico nos desafia y no podemos mirar para otro lado como si nada, creyendo que nada sucedio solo porque para la razón del hombre moderno es escándalo.

Debemos resaltar también el hecho de que esos milagros de Jesús no provocaban la fe de los presentes de un modo automático. Fariseos y sa­cerdotes buscan condenarle a pesar de haber presenciado algunos de sus pro­digios más extraordinarios; los apóstrofes y maldiciones de Jesús a Jerusalén, Betsaida y Corazín, demuestran que en esos lugares fue rechazado por sus oyentes. Mateo dice claramente: “Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido”. Jesús se queja en numerosas ocasiones de la dureza de corazón de los judíos. Incluso cuando la gente le sigue, él les recrimina: “Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. Y el evangelio de Juan dice: “Ni siquiera sus her­manos creían en él”. Esos milagros extraordinarios que tratamos de explicar, no resultaban útiles porque nunca tuvieron lugar.

Pero todos los milagros de Jesús fueron, en realidad, inútiles, excepto para aliviar a algunos enfermos de sus dolencias. Presentarlos como pruebas de su superioridad, de su especial unión con la divinidad, o como de su divinidad misma, es un intento infructuoso de los evangelistas. El profesor J. Peláez, afirma:

“Se puede decir que el milagro no prueba apodícticamente nada: endu­rece el corazón de los adversarios de Jesús, confirma en la fe a sus seguidores o llena de desconcierto a la gente”.

El equipo “Cahiers Evangile” remacha que los milagros no son “pruebas”, sino “signos”, un mensaje, una palabra de Jesús y sobre Jesús, y que sólo tienen sentido para quienes ya tienen fe: “El milagro como tal no puede ser reconocido más que por el creyente”.

Por otra parte, debemos destacar otro hecho: el que existan narraciones acerca de que tales prodigios podían llevarlos a cabo diversidad de personas. De todos los fundadores de religiones se cuenta que hicieron milagros, inclu­yendo resurrecciones.

El Antiguo Testamento está lleno de prodigios realizados por los profetas. Los de Moisés, especialmente, fueron tan extraordinarios que los de Jesús, comparados con aquel, apenas pueden considerarse juego de ni­ños. En tiempos de Jesús no faltaron, los obradores de milagros en Roma, Grecia o Egipto, inclusa en la misma Palestina, entre los judíos (en el Talmud se habla de un rabino que dio muerte a un colega suyo porque creyó que se había mofado de él, después de lo cual lo resucitó al darse cuenta de que se había equivocado).

El Libro de los Hechos nos cuenta el caso de Simón el Ma­go, a quien, en Samaria, todo el mundo “le prestaba atención porque les había tenido atónitos durante mucho tiempo con sus artes mágicas”. Por supuesto que el autor de los Hechos llama magia al poder de hacer milagros, igual que en algunas tradiciones rabínicas (baraítas, citadas en el Talmud hebreo) en­tendían los prodigios de Jesús. Los discípulos del Maestro de Nazaret también hicieron milagros cuando los envió como misioneros, incluso algunas personas que no eran discípulos, pero que usaban el nombre de Jesús para realizar exor­cismos, como nos cuentan Marcos y Lucas: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros”.

Muerto Jesús, sus seguidores (Pablo, Pedro, Felipe…) también hicieron algunos milagros. Y con el paso del tiempo, durante estos dos mil años, no han faltado nunca, hasta nuestros días, santos milagreros. Y curanderos y sanadores, cristianos y no cristianos.

Los milagros pueden hacerlos incluso personas y espíritus enemigos de Je­sús: “Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán señales y prodigios para engañar a los’ elegidos”, dice Jesús. “La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios enga­ñosos“, escribe Pablo en 2 Tesalonicenses.

Evidentemente, los evangelistas se equivocaban cuando creía que los mila­gros de Jesús eran “pruebas” de su divinidad. Vimos al comienzo que Jesús hace milagros de las formas más dispares, incluso opuestas. Lo mismo cura a alguien que está a varios kilómetros de distancia, como necesita tocar con saliva y barro al enfermo, o cura con sólo su palabra, o simplemente impo­niendo sus manos, sin hablar siquiera. Tan dispares formas de curar sólo cuadran con los distintos métodos que usa un sanador según la enfermedad de la persona. Esas curaciones fueron exageradas por sus seguidores después de muerto, interesados como estaban en demostrar que era un personaje divino. De este interés surgieron otras muchas leyendas que examinaremos a continua­ción.

Todo el Nuevo Testamento, en realidad, está plagado de prodigios. Pero, como dijo alguien, los milagros de Jesús, como todos los milagros, resultan inútiles para la humanidad, pues aunque sanen a algunos enfermos, no eliminan las enfermedades. El poder de los milagreros y sanadores es bastante limitado (lo que demuestra su origen puramente humano) y sólo tienen un interés rela­tivo, en tanto en cuanto alivian el sufrimiento de algunas personas. Pero el mundo está lleno de ese sufrimiento producido por las enfermedades. Jesús no pudo evitarlo. Lo demostró holgadamente cuando, entre todos los enfermos que esperaban ansiosos en la piscina de Bezatá, sólo atendió a uno (Mateo cuenta que en cierta ocasión le llevaron numerosos enfermos y los curó a to­dos, ¿por qué no hizo lo mismo en Bezatá?).

Pero la verdad es que nadie espera que Dios venga a este mundo y elimine todas las enfermedades que nos aquejan. Ese sería el verdadero milagro. Lo demás sólo son remiendos temporales, propios de nuestra incapacidad como seres humanos. Jesús se comportó como tal, como un ser humano, compasivo pero impotente ante tan­to dolor. No podía hacer milagros, sólo curar a algunos enfermos por medio de la sugestión sobre quienes tenían confianza en él. Como en todos los tiem­pos. Como hoy.

Por otra parte, el sentido común, la simple lógica, nos proporciona un ar­gumento en contra de los milagros de Jesús (y de todos los milagros, por su­puesto): En ninguna parte se dice que Jesús sanase a alguien a quien le faltase una pierna, una mano o un brazo, o tuviese un ojo vacío, haciendo que estos miembros apareciesen de la nada. Ningún hacedor de milagros ha podido rea­lizar un prodigio de tal magnitud. Los milagros tienen un límite. Pero no lo tendrían si realmente viniesen de Dios.

Ni lo milagros son cosa de los tiempos modernos. Así que la ciencia ha ido avanzando, los prodigios se fueron extinguiendo. Ahora han sido los seres humanos quienes han erradicado, verdaderamente, sin necesidad de recurrir a milagrerías, varias enfermedades de todo el planeta. No sólo se ha curado a enfermos, sino que la ciencia ha acabado con la enfermedad. Lo que no pudo hacer Jesús ni ninguno de los taumaturgos de la antigüedad.

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OTROS RELATOS MARAVILLOSOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Aparte los milagros que se dice que obró Jesús personalmente, también se narran numerosos hechos extraordinarios ocurridos desde su nacimiento hasta su muerte, así como en la primera comunidad cristiana. No nos detendremos en analizarlos uno a uno, pues son narraciones tan infantiles que no necesitan de ningún comentario. Sólo vamos a transcribir la relación de esos prodigios:

1. -El ángel del Señor se aparece a Zacarías para anunciarle que su mujer tendrá un hijo, Juan el Bautista. Por dudar de ello, pues su mujer., Isabel, era estéril, queda mudo hasta que nace el niño. Pero Zacarías dudaba lógicamen­te. ¿Por qué ése castigo?

2.-María queda embarazada por obra de la divinidad (una idea claramente pagana). Se lo anuncia el ángel Gabriel. Muchos fundadores de religiones apa­recen como nacidos sin intervención humana masculina. José, desagradable­mente sorprendido por el extraño embarazo, debe ser tranquilizado (en sue­ños) por un ángel.

3.-Unos magos de Oriente vienen a adorar a Jesús guiados por una estre­lla que se detiene sobre el lugar de su nacimiento. ¿Cómo puede detenerse una estrella sobre una casa?

4.-Unos pastores son avisados por un ángel para que vayan a adorar al re­cién nacido.

5.-Herodes el Grande ordena matar a todos los niños pequeños de Belén para asesinar a Jesús. Un ángel ordena a José que escapen a Egipto. El mismo ángel le dice que vuelva cuando Herodes ha muerto.

6.-Bautizado Jesús por Juan, una paloma se posa sobre él (el Espíritu Santo) y una voz desde el cielo le dice que es su hijo amado. ¿Por qué una paloma? Si Jesús era Dios, ¿para qué necesitaba una teofanía? En realidad se trata del momento en que Jesús descubre su vocación. .

7.-Jesús es “empujado” por el Espíritu al desierto, donde es tentado por el demonio y llevado en volandas, por el maligno, a un monte y al alero del Tem­plo. ¿Por qué Dios se somete a un ritual tan extraño?

S.-Jesús, sobre un monte, y en presencia de Pedro, Juan y Santiago, mues­tra su rostro brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Moisés y Elías se parecen. Vuelve a oírse la voz del cielo como en el bautismo. Una manifestación de poder divino exclusiva para sólo tres discípulos. Carece de sentido. Los discípulos no la necesitaban. Ya habían visto muchos milagros de Jesús.

9.-Al morir en la cruz, se rasga el velo del Santuario, se extiende la oscu­ridad sobre todas las cosas, tiembla la tierra, se rajan las rocas, se abren los sepulcros y resucitan muchos cuerpos de santos difuntos, que (y esto resulta bastante inverosímil) esperaron a que Jesús resucitara para correr a la ciudad apareciéndose a muchos. Se dice que fue una señal de la victoria de Cristo sobre la muerte. Pero la gente que veía a los resucitados caminando por las calles y entrando en las casas de sus parientes nunca supo (al menos no se dice) que era un milagro provocado por el triunfo de Jesús sobre la muerte.¿De qué sirvió? Y tan sorprendente prodigio, ¿cómo no dejó huella en la historia de la ciudad ni nadie escribió acerca de ella? Un escritor judío, Flavio Josefa, que vivió en el siglo 1º y contó la historia de su pueblo hasta el año 66 (habló de la muerte de Jesús y de su hermano Santiago) pudo hacerlo. O Filón de Alejandría, que también vivió por aquel tiempo. Lo hubiesen hecho, sin duda, si tal resurrección de muertos (o la muerte de los inocentes) hubiera sido cierta.

10.-Jesús se aparece, resucitado, a las mujeres y a los apóstoles y discípu­los. ¿Por qué no se pareció a todos aquellos que no le creyeron cuando vivía? Hubiera sido una magnífica ocasión para probar su divinidad con hechos con­tundentes. Sus apariciones exclusivas a quienes le seguían y creían ya en él, resultan sumamente sospechosas, máxime teniendo en cuenta que sí se presen­taron los resucitados cuando el terremoto, cuyas apariciones no sirvieron de nada a Jesús. ¿Y por qué no se apareció al jefe de los apóstoles, Pedro, en primer lugar, en vez de hacerla a una mujer de la que había sacado varios demonios? Por otra parte, Juan cuenta que en el sepulcro vacío estaban las vendas que cubrían a Jesús muerto, lo que significa que resucitó desnudo. ¿Cómo se apareció después vestido?

11.-El Hijo de Dios vuelve al cielo, elevándose en el aire hasta que una nube le oculta. Creían entonces que Dios estaba “en el cielo” y allí encaminan a Je­sús; pero Dios está en todas partes, así que Jesús no hubiera tenido más que desaparecer para reunirse con su Padre, sin necesidad de subir a ningún sitio.

12.-El Espíritu Santo, precedido de un ruido como una ráfaga de viento im­petuoso, se aparece a los apóstoles en forma de llamas de fuego que se posan sobre ellos. Los apóstoles, inmediatamente, comienzan a hablar en otras len­guas. Pero nadie explica qué decían en esos momentos ni qué relación hay entre recibir al Espíritu y hablar en lenguas extrañas. Se dice que había allí judíos de todas partes del Imperio que les oyeron hablar, cada uno en su propia lengua, lo que no se dice es qué decían; pero cuando Pedro se dirige a ellos para expli­carles el ruido de viento, no lo hizo en la lengua de todos, sino en griego. ¿Otro milagro inútil? Por otra parte, según el evangelio de Juan, Jesús ya ha­bía “soplado” sobre los apóstoles diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Si ya lo habían recibido, ¿por qué lo reciben otra vez?

13. –El ángel del Señor abre las puertas de la prisión donde el Sanedrín ha­bía encarcelado a los apóstoles y les encomienda que sigan predicando. A con­tinuación se informa de que las puertas de la cárcel no se abrieron, pues estaban bien cerradas y los guardias ante ella. Debieron salir atravesando las paredes, como Jesús resucitado.

14.-Yendo hacia Damasco, Saulo, perseguidor de los cristianos, cae de su caballo a causa de una potente luz bajada del cielo y escucha la voz del mismo Jesús. Quedó ciego durante tres días (se ignora la causa, pues la luz no tenía por qué cegar, siendo divina como era) y desde entonces se dedicó a predicar al Cristo. Una vez se dice que sus acompañantes oyeron la voz pero no sabían de dónde venía, y otra vez se dice que vieron la luz pero no oyeron la voz.

15.-Un centurión romano, de nombre Cornelio, hombre piadoso como pocos, recibe la visita del ángel de Dios, el cual le conmina para que envíe a buscar a Simón Pedro. Pedro, entre tanto, cae en éxtasis y tiene una visión: “una cosa así como un gran lienzo atado por las cuatro puntas y lleno de cua­drúpedos, reptiles y aves”. Una voz le dice que coma, pero él se resiste, por­que jamás ha comido cosa impura. La voz le dice que no es profano lo que Dios ha purificado. Y la visión desaparece. Llegan entonces los enviados de Cornelio. Pedro, que ha comprendido el sentido de la visión, les acompaña, y en casa del centurión les predica a él y a toda su familia y amigos allí reuni­dos. Acabada la prédica, el Espíritu Santo “cayó” sobre todos los presentes, y Pedro no pudo negarse a bautizar a aquellos paganos. Luego tuvo que dar ex­plicaciones en Jerusalén a la comunidad, pues les estaba prohibido entrar en casa de gentiles.

La historia es una justificación de que los paganos no estaban excluidos de la fe en Jesús. Eran los tiempos en que el rechazo judío se hacía cada vez más patente y la única solución razonable, como dijo Pablo en otra ocasión, era volverse a los gentiles.

16. –Pedro es apresado por Herodes para presentarlo al pueblo después de la Pascua y ejecutarlo. Pero estando durmiendo en la cárcel, custodiada por cua­tro escuadras de soldados, vino el ángel del Señor, le tocó en el costado y le dijo: “Levántate aprisa. Cíñete y cálzate las sandalias. Ponte el manto y sí­gueme”. Pedro, liberado de sus cadenas milagrosamente, siguió las órdenes del ángel, y ambos salieron sin que nadie se diera cuenta. Cuando ya estaban en plena calle, el ángel desapareció. Otra vez el mensajero.

17. –En Antioquía, mientras los discípulos celebraban el culto del Señor y ayunaban, “dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra que les tengo encomendada”. No se explica en qué forma se presentó el Es­píritu, ni siquiera si se presentó en forma alguno o sólo se escuchó su voz. Nos recuerda aquellas voces de Yahvé que hablaba sin cesar en el Antiguo Testamento sin que el autor explique nada, solo usa la expresión “dijo Yahvé”.

18. –Se repite lo que hemos visto en el número anterior. “Atravesaron (Pa­blo y Timoteo) Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar en Asia. Intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo con­sintió el Espíritu de Jesús”. No se explican las circunstancias en que el Espíritu les impidió predicar, ni si el Espíritu Santo y el Espíritu de Jesús eran la misma cosa.

19. –Pablo y Silas son apresados en la ciudad de Filipos, encarcelados y amarrados con cadenas. Ellos se pusieron a predicar a los presos y a cantar himnos. En aquel instante se produjo un terremoto tan fuerte que los cimientos de la cárcel se conmovieron, se abrieron todas las puertas y cayeron las ca­denas de los prisioneros. El jefe de la cárcel recibió también la palabra y les invitó a su casa (que debía estar muy cerca, pues los presos vuelven a la cár­cel). Al día siguiente fueron puestos en libertad por orden de los pretores.

20.-Estando Pablo en Corinto “el Señor le dijo durante la noche en una vi­sión: No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo y nadie te pondrá hacer mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciu­dad”. Se supone que “el Señor” es Jesús, que en ocasiones suple al Espíritu Santo en su misión de hablar a los apóstoles.

21. –Pablo, arrestado en Jerusalén, pide permiso para hablar a los judíos. Entre otras cosas les dice: “Habiendo vuelto a Jerusalén, caí en éxtasis en el Templo y le vi a él (a Jesús) que me decía: Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí”. Y a continuación le insiste: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles”. Los judíos se re­vuelven contra Pablo y es llevado ante el Sanedrín, a cuyos componentes pre­dica, pero tampoco le escuchan y el tribuno le devuelve a la cárcel. Esa noche “se le pareció el Señor y le dijo: “Ánimo, pues como has dado testimonio de mí en Jerusalén (a pesar de haberle prohibido que lo hiciera) así debes darlo tam­bién en Roma”.

Jesús, el Espíritu Santo y los ángeles dirigen la misión de sus seguidores, especialmente la de Pablo.

A Dios sea la gloria por tantos milagros.

RESURRECIONES


RESURRECIONES

Ponemos aparte estos milagros porque constituyen una forma más especí­fica en el intento de demostrar la divinidad de Jesús, que, en este caso, tiene poder incluso sobre la muerte. Mat y Mar. sólo aportan una resurrección (la misma). Lucas, dos (una compartida con Mar-Mat), y Juan sólo la de Lázaro.

La hija de Jairo (Mar. 5:21; Mat. 9:18; Luc. 8:40)

Jairo era uno de los principales de la sinagoga (no se dice de qué pueblo).

Se echó a los pies de Jesús y le suplicó que fuese a su casa e impusiese sus manos sobre su hija, que estaba gravemente enferma. En el camino, rodeado de gente, tiene lugar la curación de la hemorroísa, que ya hemos contado. Antes de llegar a casa de Jairo, le salen al encuentro algunas personas para decirle que ya no era necesario molestar al Maestro, pues la muchacha había fallecido. Jesús, sin embargo, le dice:

  • “No temas; solamente ten fe”.

Luego, sin permitir que nadie le siga, a excepción de tres de sus discípulos, entra en la casa, donde la gente llora y da gritos de dolor.

  • “¿Por qué alborotáis y lloráis? -les dice Jesús-. La niña no ha muerto; está dormida”.

Se burlaron de él los presentes, pero Jesús entró en la habitación con los familiares íntimos y, tomando a la niña de la mano, le dice: “Talitá kum” (muchacha, levántate). Ella se levantó y se puso a andar. Quedaron todos fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera, y que le dieran de comer.

Más sorprendente que la misma resurrección resulta la orden insistente de Jesús. ¿Cómo pretendía que nadie se enterase de algo tan insólito, máxime cuando había llegado allí rodeado de una muchedumbre?

Lucas cuenta casi con las mismas palabras que Marcos, excepto que talitá kum, la escribe directamente en griego. Mateo es más escueto e introduce algunas variantes: el padre de la niña viene a rogarle que vaya a su casa porque su hija había muerto, y él quería que la tocase con su manto para que volviera a la vida; Jesús no pronuncia palabra alguna, sólo la toma de la mano; y termina con la frase “y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca”, algo mucho más lógico que de Marcos y Lucas.

El libro de los Hechos relata una resurrección llevada a cabo por Pedro y que está relacionada con la de la hija de Jairo. Se trataba de una muchacha lla­mada sospechosamente Tabitá. Lucas (que había leído el milagro anterior de Marcos), añade “que quiere decir Dorcás (gacela)”, para que no se confunda con la frase de Jesús que tenía un dudoso aire de magia. Pedro, ante el ca­dáver, dice: “Tabitá, levántate”. Es decir: Tabitá kum, una frase que sólo se diferencia de la de Jesús en una letra.

El hijo de la viuda de Naim (Luc. 7:11) Este relato tiene cierto parecido con el anterior. Hay una gran muchedum­bre alrededor del féretro de un muchacho, hijo de una viuda, al que ya han sacado de la casa y llevan a enterrar. Jesús siente compasión de la mujer (¿hacía Jesús milagros por compasión o para mostrar su divinidad?), toca el féretro y pronuncia las mismas palabras de antes: “Joven, levántate”. El muerto se incorporó y se puso a ha­blar. La gente queda asustada y glorifica a Dios: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

Cuando la gente decía que Jesús era un gran profeta, llevaban razón: sabían que Elías había resucitado también al hijo de una viuda. Aunque entre ambos milagros existen grandes diferencias (Elías se tiende sobre el niño y clama a Yahvé varias veces para que lo resucite), Lucas bien pudo haber urdido el de Jesús recordando aquel otro, y presentando a Jesús como alguien superior a los profetas, pues no tiene necesidad de recurrir a Dios, y le basta con unas palabras para devolverle la vida. Pero esto no significa nada, pues Pedro también resucita a Tabitá sin gestos ni recurso a la divinidad

Lázaro (Jn. 11:1)

Lázaro era hermano, de Marta y María, las cuales enviaron recado a Jesús de que estaba enfermo. Jesús no se da prisa por ir a curarle: estuvo dos días en el mismo lugar, como si esperase a que el joven muriese. Luego se puso en camino con sus discípulos, y en el trayecto les dijo:

  • -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis.

Esperaba, por lo visto, que sus discípulos aumentaran su fe si le veían resucitarlo. Pero, de to­das formas, parece lógico que hubiera tenido el mismo efecto la curación del enfermo de gravedad: Los discípulos ya habían visto otras resurrecciones del Maestro, ¿por qué necesitaban otra más para creer en él? ¿O tal vez Juan ignoraba las otras dos resurrecciones que hizo? Cuando Jesús está cerca de la casa, Marta le sale al encuentro y se entabla un diálogo entre los dos:

Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto -pero añade-: Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Marta da por supuesto que Jesús puede resucitar a su hermano, pero que no es él, sino Dios por su medio.

  • “Tu hermano resucitará”.

Y Marta:

Ya sé que resucitará en el último día. (Ahora no parece tan segura).

  • Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? (Una de las muchas frases misteriosas y ambiguas de Jesús en el evangelio de Juan).

“Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” -palabras que no pueden aducirse en favor de la divinidad de Jesús, puesto que un momento antes afirmó que Jesús hacía milagros por el poder de Dios, no por sí mismo.

Marta llama a María, que también llora y repite las palabras de su herma­na. Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, pero no muestra la confianza de Marta y Jesús no entabla un diálogo con ella.

Y entonces tiene lugar una escena que no deja de sorprendemos: Jesús se conmovió interiormente, se turbó, se echó a llorar y se volvió a conmover en su interior por el muerto. Y es sorprendente porque él esperó a que muriera pudiendo haberlo salvado y además sabía que Lázaro iba a resucitar. ¿Por qué llorar de ese modo tan exagerado por un muerto que no tardaría más que unos minutos en volver a la vida? En efecto, se acercó a la cueva donde estaba enterrado el cadáver, y cuando Marta le recuerda que ya hiede, pues lleva cuatro días muerto (ahora vuelve a parecer poco confiada), Jesús le dice:

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Y a continuación vuelve a sorprendemos: por primera vez, levanta los ojos al cielo y habla con Dios:

  • Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por estos que me rodean., para que crean que tú me has enviado.

Parece que el evangelista quiere rodear el milagro de la mayor expectación posible: espera a que Lázaro muera para ponerse en camino, dice a sus discípulos que se ha dormido y va a despertarle, luego les aclara que ha muerto, mantiene una conversación con Marta, oye los gemidos de María y los con­currentes, se conmueve y llora, tranquiliza a Marta, reza a su Padre, y por fin, dando un fuerte grito, exclama:

  • ¡Lázaro sal fuera!.

Debería suponerse que el milagro hubiese tenido lugar también si Jesús hubiese dado la orden en voz baja. ¿Por qué gritó? El caso es que (y aquí vie­ne una nueva sorpresa), “salió el muerto, atado de pies y manos con vendas…” ¿Cómo pudo salir si tenía los pies atados? Después de salir, Jesús ordena:

  • Desatadle y dejadle andar.

Los fariseos se enteran y se confabulan:

  • ¿Qué hacemos? Porque este hom­bre hace grandes señales. Si dejamos que siga así, todos creerán en él, vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.

Se describe aquí una imagen de los fariseos que no puede ser más mezquina: saben que Jesús hace “señales”, y a pesar de que la última demuestra un poder extraordi­nario, no creen en él. Algo que resulta más asombroso que el propio milagro. Lo demás (todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Templo) es una insidiosa exageración del autor que sólo podría entenderse en el caso de que Jesús predicara un mensaje claramente político. Pero los cuatro evangelistas intentan dejar bien claro todo lo contrario (aunque sus discípulos no lo entendieran así al principio): el mensaje de Jesús era puramente religioso. La conversión del pueblo nada tendría que ver con su odio por los romanos.

CURACION DE ENFERMEDADES


CURACION DE ENFERMEDADES

La suegra de Pedro (Mar. 1:29; Mat. 8:14; Luc. 4:38)

La suegra de Pedro estaba en cama con fiebre. Le hablan de ella (le rogaron por ella, dice Lucas) y Jesús simplemente la toma de la mano y con ese sólo gesto “la fiebre la dejó”. Lucas añade que “conminó a la fiebre”. Ambas expresiones nos recuerdan los exorcismos que acabamos de ver. Esta curación se realiza por contacto. Mateo suprime a los intermediarios (nadie le habla de ella), dando más importancia a la iniciativa del Maestro.

El leproso (Mar. 1:40; Mat. 8:1; Luc. 5:12)

Se le acerca un leproso (no sabemos dónde; Mt dice “al bajar del monte”; Lc escribe “en una ciudad”) diciéndole que, si quiere, puede curarle. Jesús le tocó con su mano y quedó limpio. Marcos y Lucas añaden que su fama se extendió considerablemente a raíz de aquello. De nuevo aparece otra sanación por con­tacto. No se habla de intermediarios. El leproso va a Jesús directamente, como si ya le conociera a él y sus poderes curativos. Parece que es la fama de Jesús, nuevamente, lo que aquí se pretende.

La hemorroisa (Mar. 5:21; Mat. 9:20; Luc. 8:40)

La historia de la mujer que padecía un flujo de sangre está intercalada en otra perícopa en la que se cuenta una resurrección (la de la hija de Jairo, un jefe de la sinagoga). Esta segunda historia la dejaremos para incluirla en las resurrecciones, que trataremos aparte.

Jesús iba de camino a casa de Jairo para curar a su hija enferma cuando una mujer, que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin lograr curarse, al contrario, yendo a peor, se acercó a Jesús sin que nadie lo advirtiera y le tocó el vestido. Inmediatamente cesó el flujo de sangre, pero Jesús se dio cuenta de que una tuerza había salido de él. Ignorante, a pesar de su sabiduría humana y divina, de qué había ocurrido, preguntó: “¿Quién me ha tocado los vestidos?”. Sus discípulos, lógicos y lúcidos, le res­ponden: “¿Todos te apretujan y tú preguntas quién te ha tocado?”. Pero él mi­raba a su alrededor buscando a quien le había tocado. Sólo entonces, por pro­pia iniciativa, y algo asustada por su atrevimiento, la mujer se le acerca y le cuenta lo que había sucedido. El le dijo: “Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad”.

Este es el relato de Marcos. Lucas añade otra frase de Jesús cuando Pedro le arguye que habiendo tanta gente era imposible saber quién le había tocado: “Alguien me ha tocado -insiste Jesús ignorante- pues he sentido que una fuer­za ha salido de mí”. Entonces se acerca la mujer y la historia sigue.

Mateo es más conciso, como otras veces. Y más avispado. Se dio cuenta de que la narración de Marcos dejaba en mal lugar a Jesús, de manera que pre­sentó la escena de otro modo: La mujer le toca, Jesús se vuelve para mirarla y le dice: “¡Ánimo!, hija, tu fe te ha sanado”.

En Mateo es un milagro que no trasciende a nadie, queda entre el Maestro y la enferma. No sirve para aumentar la fama de Jesús. De Marcos se deduce que al menos sus discípulos se enteraron. Lucas no quiere perder la ocasión: “La mujer contó, delante de todo el pueblo, lo que había sucedido”. Cumple así la función de extensión de su fama. Incluso cuando él impone silencio al sanado, este no hace caso y pregona el prodigio por todas partes.

El tartamudo sordo (Mar. 7:31)

Tras el viaje a la región de Tiro, que por cierto no tuvo ningún motivo justificado, se marcha al mar de Galilea. Allí le presentaron (no se dice quiénes) a un sordo tartamudo, rogándole que imponga la mano sobre él.

Jesús, apartándole de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Luego, levantando los ojos al cielo, lanzó un gemido y le dijo: “Effata’, que quiere decir: ¡Ábrete!, y se abrieron sus oídos y al ins­tante se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Aunque estaban solos Jesús y el enfermo, Marcos lo cuenta en plural: “Les mandó que a nadie lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien; también hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. ‘

Este milagro lo cuenta sólo Marcos. Parece que Mateo y Lucas, que tu­vieron delante el evangelio de Marcos, no creyeron conveniente transcribirlo debido a sus características especiales: al contrario que otras veces, cuando Je­sús realizaba un milagro con sólo su palabra o con la fuerza que salía de él, incluso a distancia, en esta ocasión manipula en el enfermo con sus dedos y su saliva. Y emplea una palabra y da un gemido, todo lo cual tenía connotaciones mágicas, o al menos sugería que Jesús tuvo que hacer un esfuerzo especial. Todo ello estaba en contradicción con la idea de un ser divino con poderes ex­traordinarios. Pero ¿por qué lo contó Marcos, si tenía el mismo interés en presentar a Jesús como un ser divino? La única respuesta posible es qué el relato sea verdadero (en cuanto al hecho de utilizar las manos y la saliva), y que Marcos no encontrara motivo para suprimirlo. Mateo y Lucas fueron más perspicaces (y escribieron veinte años más tarde aproximadamente). Posible­mente oyeron acusaciones de magia de los enemigos de Jesús que los pusieron en guardia. Otro caso de contacto. Aquí y en el siguiente no es sólo el toque de su mano.

El ciego de Betsaida (Marcos 8:22)

Nos encontramos con un caso parecido al anterior. En Betsaida (ciudad fronteriza, mixta de judíos y paganos) le presentan un ciego. De nuevo, el evangelista da a entender que allí era conocido, aunque era la primera vez que iba. Los intermediarios son de nuevo anónimos. Jesús, tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo (lo aparta de la gente, igual que hizo con el tartamudo sordo), le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le pre­guntó: “¿Ves algo?”. Pero el ciego no estaba curado del todo, a pesar de la saliva y la imposición de manos: “Veo a los hombres, pero como si fueran ár­boles que andan“. Jesús le vuelve a poner las manos sobre los ojos, y sólo entonces “comenzó a ver perfectamente”‘. Y le envió a su casa diciéndole: “Ni siquiera entres en el pueblo”.

El secretismo de que se rodea Jesús, y las manipulaciones extrañas que hace sobre el enfermo, indujeron a Mateo y Lucas a suprimir también este milagro de sus respectivos evangelios. En realidad son los dos únicos prodigios de Je­sús que faltan en Mateo y Lucas. No hay reacción popular de admiración.

El ciego de Jericó (Mar. 10:46; Mat. 20:29; Luc. 18:35)

Al salir de Jericó (Jesús va camino de Jerusalén), acompañado de sus discí­pulos y de una gran muchedumbre, pasan junto a un mendigo ciego que estaba sentado junto al camino. Al oír que Jesús se acercaba, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”. Muchos le increpaban para que callase, pero él seguía llamándole. Entonces, el Maestro pide que se lo traigan. Llamaron al ciego diciéndole: “¡Animo, levántate! Te llama”, y él, arrojando su man­to, dio un brinco y vino donde Jesús (no parecía tan ciego, pues), que le pre­guntó ingenuamente: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego, por supuesto, respondió: “Rabbuni (mi maestro), que vea”.

Jesús responde: “Vete, tu fe te ha salvado”. Al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

A Jesús le basta con dar una orden, como otras veces. Mateo repite. la escena casi palabra por palabra, pero vuelve a duplicar el milagro: ahora los cie­gos son dos, como en el caso del endemoniado de Gerasa. También es Mateo el único que dice que Jesús “le tocó los ojos”, en contra de Marcos, en el que no hay contacto. En ningún evangelista hay reacción de la gente.

El criado del centurión (Mat. 8:5; Luc. 7:1; Jn. 4:46)

Al entrar en Cafarnaúm (en Galilea) un centurión romano se acerca al Maestro para decirle que tiene a su criado enfermo de parálisis. Cuando Jesús se ofrece para ir a curarle, el militar se explaya en un discurso lleno de hu­mildad y de fe: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; basta con que lo mandes de palabra y mi criado sanará. Porque también yo, que tengo soldados a mis órdenes, digo a este: Vete, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace” (parece como si el centurión supiese que Jesús po­día curar a distancia). Jesús “quedó admirado”(una expresión muy humana por cierto, pero nada divina) y, volviéndose a la gente, dijo: “Nunca he encontrado en Israel a nadie con una fe tan grande”. A continuación, aprovechando la circunstancia de que se trata de un pagano, pronuncia él también un discurso sobre el futuro, cuan­do “vendrán muchos de oriente y de occidente a. ponerse a la mesa con. Abra­ham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino (los judíos) serán echados a las tinieblas de fuera, donde habrá llanto y rechinar de dientes”. Son palabras que expresan exactamente lo que ya había ocurrido cuando Mateo las escribía: los judíos habían rechazado a Jesús y mu­chos paganos, gracias a la predicación de los hebreos helenistas cristianos, se convirtieron en seguidores del Maestro. Nada tiene de extraño que ese discurso lo haya introducido Mateo por su cuenta. Lo que sigue empalma perfectamente con la admiración de Jesús; “Y dijo Jesús al centurión: Anda, que te suceda como has creído”. Y acaba Mateo: “Y en aquella hora se curó el criado”. El discurso de Jesús, como puede verse, contradice sus propias palabras en la re­gión de Tiro, cuando decía que sólo había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel. Ahora, estas ovejas están realmente perdidas.

Resulta sorprendente cómo lo cuenta Lucas. El centurión y Jesús no se en­cuentran frente a frente. El militar envía unos emisarios a decirle que venga a su casa a curar a su criado, pero cuando Jesús se está acercando, vuelve a enviarle a unos amigos para decirle que no hace falta que llegue, que con su palabra será suficiente para curado, etc.; todo el discurso del centurión en Ma­teo. Jesús se admira, efectivamente, y dice que no había encontrado en Israel una fe tan grande. Y no hay más. Los enviados vuelven a casa del centurión, que no se había movido de ella, y encuentran al criado sano y salvo. Lucas no dice que estuviese paralítico, sino simplemente enfermo, y no cuenta el discurso de Jesús sobre los paganos que entrarán en el Reino.

La narración de Juan es más extensa y diferente. Ya no se trata de un mili­tar, sino de un alto funcionario real. Tampoco el enfermo (no se dice de qué mal) es un criado, sino su propio hijo. El funcionario va personalmente a rogar a Jesús que vaya a su casa (no sabe que puede curar a distancia), y por tanto no pronuncia ningún discurso de humildad y confianza. Jesús se siente molesto por la petición: “Si no veis señales y prodigios, no creéis”, y ante la insistencia del funcionario de que vaya a su casa, le concede la curación desde lejos. El funcionario llega a casa, pregunta a qué hora sanó su hijo y comprueba que era la misma en que Jesús había pronunciado sus palabras: “Vete, que tu hijo vive”. Y creyó él y toda su familia, termina Juan. Lucas y Mateo no dicen si hubo alabanzas de la gente.

Las discrepancias entre los evangelistas, que encontramos en éste y otros relatos, obligan a los expertos intentando averiguar qué hay de verdad en los textos del NT. En este caso concreto, ¿cuál de las tres versiones es la ver­dadera, si es que alguna lo es? Sea como fuere, queda en pie una pregunta (que se hace Montserrat Torrents en La sinagoga cristiana): ¿qué hacía un centurión pagano en el territorio autónomo de Galilea?

Los diez leprosos (Luc. 17:11)

Camino de Jerusalén, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez leprosos gritando: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. El sólo les dijo: “Id y presentaos a los sacerdotes”, y mientras iban de camino quedaron curados. Uno de ellos, al verse sano, volvió sobre sus pasos dando gloria a Dios y postrándose ante Jesús para darle las gracias. Era un samaritano. Los samaritanos eran odiados por los judíos y considerados extranjeros debido a su origen: procedían de la inmigración de grupos paganos en tiempos de los asi­rios, aunque reverenciaban a Yahvé a una con sus propios dioses.

Entonces dijo Jesús: “¿No ha habido, entre los diez, quien vuelva a dar glo­ria a Dios sino este extranjero? Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Tenemos la impresión de que este milagro está urdido para dar a entender que los judíos son unos desagradecidos y los paganos les aventajan en piedad. Como en el caso anterior, resalta la indiferencia o rechazo de los israelitas.

Los otros tres evangelistas ignoran este milagro.

Otros destinatarios:

CURACIONES SEGUIDAS DE POLÉMICA

El paralítico (Mar. 2:1; Mat. 9:1; Luc. 5:17)

El Maestro está en una casa predicando, y hay tanta gente que ya se agolpa hasta en la calle. Le traen un paralítico y se ven obligados a abrir un agujero en el techo para que llegue hasta Jesús (uno se pregunta si no había una solu­ción menos drástica, o tal vez el evangelista quiso destacar, una vez más, en qué forma le acosaba la gente, tan famoso era ya). Jesús no toca al enfermo, sólo le dice que se levante, coja la camilla y se marche a su casa.

Pero este milagro es interesante porque introduce una novedad que se re­petirá en otros: una conversación con los escribas (y fariseos, según Lucas). Jesús recibe al paralítico, pero antes de curarle le dice, sin que se explique por qué (aunque ahora lo descubriremos): “Hijo, tus pecados te son perdonados” Por supuesto que el paralítico no había sido llevado allí para que se le perdo­naran los pecados, sino para que le curasen. Pero Jesús está provocando deli­beradamente a los escribas que estaban presentes, que, efectivamente, se es­candalizan, puesto que sólo Dios puede perdonar los pecados. Jesús les res­ponde que él tiene poder para hacerlo, del mismo modo que tiene poder para curarle. Y entonces lo cura. El milagro ha servido de pretexto para constatar el poder divino de Jesús ante sus “enemigos” (aunque nada se dice aquí de si ese poder lo tenía Jesús por ser Dios o lo había recibido de Dios; desde luego está claro que no le dice “yo te perdono tus pecados”). En los tres relatos, la gente queda admirada.

El hombre de la mano paralizada (Mar. 3:1; Mat. 12:9; Luc. 6:6)

Nuevamente tenemos otro milagro unido a una controversia con los opo­nentes de Jesús. En la sinagoga había un hombre que tenía una mano paraliza­da. Ni el enfermo ni nadie le pide que lo cure, pero aquellos estaban al acecho para acusarle si curaba en sábado. Jesús vuelve a provocarles: le dice al hom­bre que se ponga en medio de la reunión y pregunta a todos los presentes:

  • ¿Es lícito en sábado hacer el bien en lugar del mal, salvar una vida en lugar de destruirla?

Los fariseos callan, y Jesús, enfadado (“mirándoles con ira”), lo sanó sólo con indicarle que extendiera la mano, sin tocarle. Los fariseos se confabulan para eliminarle. Una reacción extraña ante un milagro.

Mateo añade algo que dijo Jesús:

  • ¿Quién de vosotros que tenga una sola oveja, si ésta cae en un hoyo en día de sábado, no la agarra y la saca?

No hay reacción de los presentes.

La mujer encorvada (Luc. 13:10)

Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga, donde había una mujer que llevaba dieciocho años sin poder levantar la cabeza por culpa de un espíritu. No se dice que fuese un espíritu inmundo, aunque a Jesús sí se lo parece, como veremos. Sin embargo, aunque resulte sorprendente, aquí no se trata de un exorcismo, pues faltan todas las características de tales curaciones. El Maestro la llama y le dice: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”, le impuso las manos y ella se enderezó al instante.

Pero el jefe de la sinagoga se indignó con la gente:

  • -Hay seis días en que se puede trabajar; venid esos días a curaros y no en día de sábado.

Entonces es Jesús quien se indigna con el jefe de la sinagoga:

  • ¡Hipócrita! -le dice- ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta cadena en día de sábado?

Sus adversarios quedaron confundidos y la gente sencilla se maravillaba.

El hidrópico (Luc. 14:1)

Jesús fue a comer a casa de un personaje importante de la secta de los far­iseos. Se supone que había sido invitado, pero se trataba de una especie de encerrona, pues estaba presente un hombre enfermo de hidropesía, y dice el evangelista que los fariseos le observaban. Para ver qué hacía, se deduce, pues era día de sábado, cuando todo trabajo estaba prohibido. Resulta sumamente improbable que un miembro de los fariseos, a los que Jesús trató siempre con dureza, le invitara a comer: Sea como fuere, Jesús pregunta a los legistas y a los fariseos que estaban presentes:

  • ¿Es lícito curar en sábado, o no?

Ellos guardaron silencio: Entonces le tomó, le curó y le despidió. Y a ellos les dijo:

  • ¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en sábado y no lo saca al momento?’.

Ellos “no pudieron” replicarle.

Lucas no dice nada acerca de la reacción de los enemigos de Jesús. No hay polémica en sentido estricto, ni reacción favorable de los presentes. Recordemos que en el milagro de la mujer encorvada dijo también algo re­ferente a los animales: “¿No desatáis vosotros a vuestro buey en sábado para llevarlo a beber agua?”. Se trata de actos que, efectivamente, estaban permiti­dos por las costumbres judías. Jesús piensa que las personas valen más que los animales, y así lo dice expresamente. Pero en aquellos tiempos, incluso el curar en sábado estaba permitido (el rabí Hillel es un ejemplo entre otros), razón por la que estos debates resultan falsos: los escribas y fariseos no podían acusarle de sanar a un enfermo en sábado. Más bien parece que están escritos para ex­plicar el rechazo de las clases dirigentes hacia Jesús, y acusarlas así de ser los autores de su muerte.

El enfermo en la piscina de Bezatá (Jn. 5:1)

En Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, había una piscina con cinco pórticos, en los que yacían multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, “esperando la agitación del agua, porque el Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera”.

Nada más leemos este comienzo, comprendemos que nos encontramos, una vez más, ante lo que algunos estudiosos llaman “novelas”, es decir, narraciones que no tienen relación con la realidad, sino que son un recurso literario para explicar un hecho que sí pudo ser real, en este caso el rechazo, otra vez, de los ,judíos a las obras de Jesús. No puede ser cierto, histórica y lógicamente hablando, que Dios envíe, “de tiempo en tiempo”, es decir, sin avisar, teniendo a todos los enfermos continua y ansiosamente pendientes del suceso, a un ángel que remueva las aguas, único momento en que todos a una se lanzarían a la piscina, sabiendo que solo uno, el primero, quedaría curado. Una forma harto cruel por parte de una divinidad que se supone amorosa con los desdichados.

No se sabe por qué, y dado que en los pórticos de la piscina había una multitud de enfermos, Jesús se acerca a un hombre, del que no se dice cuál era su mal, sino sólo que llevaba treinta y ocho años enfermo, y le hace una pre­gunta inútil:

¿Quieres curarte?

Pero esa pregunta no tiene otro fin que el de permitir al enfermo exponer su caso:

  • Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo.

Realmente patético, y, sin ninguna duda, no el único caso. Jesús le dice simplemente:

  • Levántate, toma tu camilla y anda.

Y así sucedió. Pero, ¿por qué el hombre, ya curado, tiene que llevarse la camilla si no la necesita? No se trata más que de un recurso para que los enemigos de Jesús tengan de qué acusarle. Efectivamente: era sábado aquel día, y “los judíos”, al verle, le advirtieron que no podía llevar la camilla. Él les explica que alguien le ha curado y le ha dicho que se marche con la camilla a cuestas. Los judíos le preguntan quién hizo tal cosa, pero el enfermo, curado no lo sabe, porque Jesús se había perdido entre la multitud. Más tarde, Jesús lo encuentra en el Templo, y le dice:

  • “Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor”.

El milagro es, para Juan, la “señal” de una resu­rrección espiritual: el hombre curado debe convertirse, so pena de caer en algo más grave que su enfermedad (se supone que el infierno). El hombre se va y le dice a los judíos que ha sido Jesús el que le ha curado, “y los judíos perseguían a Jesús porque hacía estas cosas en sábado”.

La conclusión es lo que el mismo Jesús dice:

  • “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”.

Que Dios trabaja siempre debía referirse a su actividad como Juez supremo, que no cesa nunca. Pero no parece que pueda aplicarse en este caso, pues Jesús se está refiriendo a lo que acaba de hacer, curar a un enfermo. “Los judíos trataban con mayor empeño -termina Juan- de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo “igual a Dios”.

No era cierto: llamar Padre a Dios no significaba hacerse igual a El, pues tal expresión era corriente entre los judíos en aquella época, antes y después.

El ciego de nacimiento (Jn. 9:1)

En este caso, la polémica no tiene lugar directamente entre Jesús y sus ene­migos. Es después del milagro cuando estos se enfrentan con el hombre sa­nado, pero no con Jesús. La narración es extensa. Comienza con una reflexión de los discípulos al ver al hombre ciego: “¿Quién pecó, él, o sus padres?” En aquellos tiempos, las en­fermedades se consideraban un castigo por los pecados cometidos, bien por el mismo enfermo o por sus ascendientes, según se declaraba en las escrituras hebreas: las faltas deberían “pagarlas”, sufrirlas, los descendientes del pecador. Pero esas mismas escrituras anulan tal disposición en otros lugares: cada uno pagará por su propio pecado; pero en tiempos de Jesús, al parecer, aún se seguía pensando en la disposición anulada. Jesús contesta que ninguno pecó, sino que aquel hombre estaba ciego para que se manifestaran en él las obras de Dios, es decir, sus milagros. Esta conclusión no deja de ser sorprendente, por inhumana. ¿Quiso Dios que un hombre sufriese desde su nacimiento para que, llegado su Hijo, lo curase?

Lo cierto es que la curación tiene lugar en solitario, nadie se entera, aunque Juan explica el modo en que lo hizo: “Escupió en tie­rra, hizo barro con la saliva y puso el barro sobre los ojos del ciego, y le dijo: “Vete, lávate en la piscina de Siloé”. Él fue, se lavó y volvió ya viendo”.

Hemos visto que esto mismo (utilizar un medio material) ocurrió con el ciego de Betsaida y el tartamudo. El ciego de Jericó, sin embargo, fue curado sólo con la palabra. ¿Por qué en los otros dos casos no pudo hacerlo?

Los vecinos se enteran del acontecimiento al ver al ciego ya curado, le inte­rrogan y lo llevan a los fariseos, que a su vez interrogan a sus padres, pues no creían que aquel hombre fuese ciego de nacimiento, y después al enfermo sa­nado, que resulta ser un experto orador respondiendo a los fariseos. Más tar­de, Jesús se encuentra con él y le pregunta, sin que sepamos por qué, si cree en el Hijo del hombre. Por supuesto que el nuevo vidente no sabe nada de ese personaje, y Jesús tiene que decirle:’ “Es el que está hablando contigo”. El otro cae de rodillas ante Jesús y exclama: “Creo, Señor”. Jesús aprovecha la ocasión para decir, no se sabe a quién, que ha venido a este mundo para que los ciegos vean y los que ven (los presuntuosos) se vuelvan ciegos. Sin duda se trata de una reflexión del evangelista, que ha urdido esta escena posterior al milagro para introducir las palabras de Jesús. En ese instante se dice que había por allí unos fariseos que se dieron por aludidos. Jesús continúa su discurso: “Si fue­rais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece“. Y aquí termina el relato. Juan ya ha dicho lo que tenía que decir: que la curación del ciego es una “señal” del poder divino que poseía Jesús, que los fariseos son sus oponentes encarnizados, y que serán rechazados por Dios. Todo su evangelio es la expresión permanente de este rechazo.

Dicen los traductores de la Biblia de Jerusalén: “El milagro del ciego de na­cimiento es probablemente para el evangelista un símbolo del bautismo, nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu”. Puede ser que esta “novela” esté toda ella urdida para expresar ese pensamiento. Son muchas las analogías de este mila­gro con el discurso de Jesús a Nicodemo referente al nuevo nacimiento.

Jesus, haz algo!!!


Jesus, haz algo!!!

  • “Muchas veces lo ha echado al fuego y al agua para matarlo. Si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos.” (Mar. 9:22 NVI)

Jesucristo estaba bajando del monte con Pedro, Jacobo y Juan luego de una gloriosa transfiguración, mientras hablaba con Elías y con Moisés. Nadie sabe de que hablaron pero definitivamente, no habrá sido del tiempo o de la política social de Roma. Fue un tiempo de gloria, donde Cristo mostró Quien era: Dios.

Apenas bajan de semejante momento, se encuentran a una multitud peleando y discutiendo. Y en el medio un padre desahuciado. Tenía un hijo con epilepsia y endemoniado. Sordo y mudo. Sus ataques eran tan violentos que se sacudía y arrojaba espuma por la boca, y nadie podía detenerlo. Para aliviar sus trastornos intentaron matarlo varias veces tirándolo al agua o quemándolo, pero nada había resultado.

Comenta el evangelista que el joven se estaba secando, se estaba consumiendo física y mentalmente por la enfermedad. Y el padre ya estaba  desesperado. Había visto sufrir a su hijo durante años, sin poder ayudarlo o mejorarlo. No tenía esperanza, solo quería algo de paz. En semejante estado, llegó donde estaban los discípulos y les pidió ayuda. Ellos nada pudieron hacer.

Encontces llega Jesucristo y el padre le dice: si puedes hacer algo, por favor, ayudanos. ¡Se lo estaba pidiendo al mismísimo Dios! Aquel que dijo en Belén a María: No hay nada imposible para Dios. Aquel que le dijo a Sara la estéril: no hay nada difícil para Dios. El Creador, el que abrió el mar Rojo, el que resucitó a Lázaro.

Pero este hombre estaba vencido, y dudaba de todo. Y si Dios podía hacer algo, alguna cosita, cualquier cosa era bienvenida. Mientras esuchaba hablar de este hombre, me identifiqué con él. ES fácil criticarlo por su falta de fe. Es sencillo ponerse en el pedestal de los que señalan con el dedo acusador por su falta de confianza. Pero los golpes de la vida, a veces te tiran al piso y te dejan casi nock out.

Rescato de este padre desesperado su siguiente frase: creo, pero ayuda a mi incredulidad. Tal vez hoy le estás pidiendo a Dios una migaja, una ayudita de lástima, lo que le sobra. Y desconfías que pueda responderte, porque hace muchos años que no te responde. No pidas algo. Pedile todo. No dudes, no pierdas la fe. Si le pedís a Dios, al Creador y Sustentador, al Eterno, al Todopoderoso, tenés que confiar que Él va a hacer. Es difícil, pero necesario.

REFLEXIÓN – No pidas algo, pedí todo.

Un gran abrazo y bendiciones

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Resolviendo Mateo 2:23


Resolviendo Mateo 2:23

por Juan Valles

Una de las “excusas” esgrimidas por algunos para no aceptar los evangelios es lo concerniente a Mateo 2:23, donde la versión Reina Valera dice: “para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”.

Este “para que se cumpliese” es característico de Mateo cada vez que se refiere a una profecía. Esto se debe a que no existe ninguna profecía que de manera literal diga que el Mesías sería llamado nazareno. De hecho, en todo el antiguo testamento no aparece siquiera la ciudad de Nazaret. Entonces, ¿por qué Mateo introdujo esa frase?

Así lo expresa Milton Ash en su libro “Jesús, El Falso Mesías: la Mentira de Las Profecías Mesiánicas”, quien en la página 115 dice textualmente “¿Cuáles profetas y en dónde dijeron que el mesías había de ser llamado nazareno o nazireo?… En consecuencia, la misma presentación del punto es falsa.” Por ello, la crítica será inmisericorde, y tildará de falsa a la Biblia y su mensaje, y más, a Jesucristo. ¿Qué respuesta hay para esto?

Nos toca analizar la profecía en su contexto. Mateo escribió: Y vino, y habitó en la ciudad que se llama Nazaret: para que se cumpliese lo que fué dicho por los profetas, que había de ser llamado Nazareno.

Aquí la pregunta que surge es ¿cuáles profetas? Se sugiere que Isaías y Salmos son los libros que vinculan esta profecía. Otros alegan que es un problema aún no resuelto. ¿Qué podemos decir aquí?

Hay quien ha intentado establecer una conexión entre la palabra “nazareno” y “Nazaret. Para ello, esta palabra “nazareno” es la traducción de nazoriao, y por su semejanza, se ha querido relacionar con el nazoriato, es decir, la consagración o separación,  tal como Sansón, pero que esto deriva en otro problema, ya que Jesús no fue nazareo (o consagrado, como Sansón), pues es conocido que el nazareo no debía tomar vino ni sidra. Aparentemente, este voto sí fue tomado por Juan el Bautista, ya que cuando el ángel le da l anuncio a Zacarías, Padre de Juan, le anunció respecto del niño “porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre (Luc. 1:15).
Entonces, si no era el nazareato, ¿qué otra opción disponemos?

La opción más concreta es que la palabra Nazaret y nazareno vienen de una raíz hebrea llamada “netzer”, que significa “retoño” o “renuevo”. Por ejemplo, Jeremías 23:5 dice “Vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo…” Este “renuevo” es la palabra “netzer”. Zacarías 3:8 es también un ejemplo de esto: “Escucha pues,  ahora,  Josué, Sumo sacerdote, tú y tus amigos que se sientan delante de ti, pues sois como una señal profética: Yo traigo a mi siervo, el Renuevo.”

Entonces, de aquí partimos a la profecía de Isaías 11:1,2 “Saldrá una vara del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces y reposará sobre él el espíritu de Jehová: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimientoy de temor de Jehová.”

En el libro de Josh McDowell, Evidencia que exige un Veredicto, es citado Fran Delitzcch, quien comenta:

“Del tronco de Isaí, es decir, del remanente de la familia real escogida que se ha sumido en la insignificancia de la cual surgió, brota un renuevo, el cual promete tomar el lugar del tronco y de la copa; y allá abajo, en las raíces cubiertas de tierra, y elevándose apenas un poquito sobre ellas, se manifiesta un brote tierno. En el recuento histórico del cumplimiento, se toma nota aún del resonar de las palabras de la profecía: el vástago, al principio tan humilde e insignificante, era un pobre y despreciado nazareno” (Tomado del libro Comentario Bíblico de las Profecías de Isaías).

También a este respecto, Barclay agrega:

Los antiguos escritores eran muy aficionados a los retruécanos y juegos de palabras. Se ha sugerido que Mateo está jugando con las palabras de Isaías 11:1: «Saldrá una vara del tronco de Isaí; un vástago retoñará de sus raíces.» La palabra para vástago es nétser, la Rama prometida del tronco de Jesé, el Descendiente de David, el prometido Ungido Rey de Dios; y nétser se parece a nótsrí, Nazareno.

Pero concluye diciendo que aunque esto es posible, no está garantizado. De tal modo que

“No se puede asegurar nada. Seguirá siendo un misterio la profecía que Mateo tenía en mente.”

Otro Comentario Bíblico de relevancia, el escrito por Roberto Jamieson, A. R. Fausset y David Brown, que destaca:

La mejor explicación del origen de este nombre parece ser aquella que lo relaciona con la palabra netzer en Isaías 11:1: que significa una pequeña vara, vástago o retoño, a la cual el profeta se refiere cuando dice; “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces”. El pequeño pueblo de Nazaret, que no se menciona ni en el Antiguo Testamento ni en Josefo, probablemente recibió ese nombre por ser tan insignificante: una varita en contraste con un árbol; y de ahí que se le mirase con desprecio: “¿De Nazaret puede haber algo de bueno?” (Juan 1:46). El desprecio era aún mayor que aquel en que se tenía a Galilea, debido al número de gentiles que se habían establecido en la parte alta de su territorio, que en opinión de los judíos la degradaban. De modo que en el arreglo providencial mediante el cual nuestro Señor se crió en el despreciado e insignificante pueblo llamado Nazaret, se hallaba envuelta, en primer lugar, una humillación local; en segundo lugar, una alusión a la predicción de Isaías en cuanto a su humilde aparición, a modo de retoño del tronco seco sin ramas de Isaí; y en tercer lugar, un perenne monumento de la humillación que “los profetas” habían aplicado al Mesías en varias de las más destacadas predicciones.

A pesar de lo dicho anteriormente, no hay explicación que satisfaga mejor esta profecía que señala Mateo. Por ello, el Comentario Bíblico Mundo Hispano comenta de este pasaje: “Esta solución parece ser la más satisfactoria, pues dado que agrupa ideas de varios profetas, soluciona también la referencia a lo dicho por medio de los profetas.”

Empero, otros comentaristas han ido por una vía diferente a la explicación de este pasaje. Para ello, citan Isaías 53:3 que utiliza las palabras “despreciado”, “desechado”. ¿Por qué? Por ser nazareno, porque Nazaret no era nada, y si venía de Nazaret era un don nadie. También a este respecto se toma como referencia el salmo 22. Como se dijo anteriormente “¿de Nazaret puede venir algo bueno?”, un comentario de un judío común al saber que Jesucristo venía de allá. Ser un nazareno es un título deshonroso, y es notorio que ambas explicaciones van de la mano.

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http://apologetic-ministries.blogspot.com/2011/11/resolviendo-mateo-223.html

Historicidad de Lucas 23:46


Historicidad de Lucas 23:46

Autor:Paulo Arieu

jesusinri

Introducción

Antonio Piñero(*), da su opinión personal como erudito, de  este último texto de los que Lucas presenta en su evangelio. Segun Piñero cita, respecto de la historicidad de este texto, y coincidiendo según el, con la opinión de la mayoría de los exegetas, incluidos los católicos, es más que dudosa, aunque el testimonio del pasaje es unánime en todos los grandes manuscritos del Nuevo Testamento: aparece en ellos sin cambios ni dudas especiales. Las razones que dan son porque el contenido del pasaje es dudoso en cuanto a su historicidad  dado que la escena que pinta, un Jesús sereno y tranquilo que se encomienda a Dios como su padre en el momento final, no se corresponde en absoluto con la que dibuja Marcos en 14:34: “«¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»”, que es un grito desgarrador.

¿Cuáles son las últimas palabras de Jesús?

  • 1. (Mat. 27:46) – “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo:” Eli, Eli, ¿lama sabactani “, es decir,” Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado “?
  • 2. (Mar. 15:34) – “Y a la hora novena, Jesús clamó a gran voz:” Eloi, Eloi, ¿lama sabactani “, que traducido es:” Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ”
  • 3. (Luc. 23:46) -. “Y Jesús, clamando a gran voz, dijo:” Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu »y, dicho esto, expiró.”
  • 4. (Jn. 19:30) – “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo:” Todo está cumplido “Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.”!

Un arreglo simple de los textos evangélicos diversos temas del Cronología Crucifixión página muestra que la última cosa que Jesús dijo fue: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23:46).

Sobre el evangelio de Lucas

Al llegar a Hechos, debemos recordar que tanto este libro como el Evangelio de Lucas fueron escritos por la misma persona. Leamos Luc. 1:3: “Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas ordenadamente, excelentísimo Teófilo”.

Los dos primeros versículos de Hechos indican que este libro es la continuación del Evangelio de Lucas: “En el primer relato, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue llevado arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido”. Por lo tanto podemos partir desde el propio evangelio de Lucas, para comprender adecuadamente el mensaje que nos comparte el libro de Hechos. Así que, antes de proseguir revisemos algunos aspectos del mensaje expresado en el evangelio de Lucas. Este evangelio presenta al Salvador-Hombre y muestra que nuestro Redentor, el Salvador, es el Dios-Hombre.

Lucas nos proporciona un relato claro, del nacimiento del Salvador-Hombre, y también de Su concepción. Además, describe la juventud, la vida, el ministerio, la muerte, la resurrección y la ascensión del Señor. Por tanto, el Evangelio de Lucas presenta un panorama amplio de todo lo que incluye la Persona maravillosa del Dios-Hombre desde Su concepción hasta Su ascensión. Podemos afirmar que la concepción del Salvador-Hombre fue Su venida de los cielos y también de Dios el Padre.

Asimismo, Su ascensión fue Su regreso, no solamente a los cielos, sino también al Padre. La concepción del Salvador-Hombre fue Su venida a la tierra, y Su ascensión fue Su ida a los cielos. Esto hizo del Señor Jesús un Ser maravilloso. Su concepción y nacimiento lo constituyó una persona divina y humana.

Luc. 2:13-14 muestra que los ángeles celebraron al ver el nacimiento del Salvador-Hombre, quien venía a salvarnos. Los ángeles alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de Su complacencia!” de lo mismo.

Si en el evangelio vemos a Jesús en su vivir humano, estableciendo así la economía de Dios, en el libro de Hechos volvemos ver a Jesús en su vivir en la iglesia llevando adelante dicha economía divina. Aunque en el primer tratado vemos a Jesús y en el segundo veremos a la iglesia, con todos estos expresan la misma vida y el mismo vivir. Ver esto es crucial para entender Hechos.

Cuenta una historia de un hombre hindú que quedo cautivado por la persona de Jesús al conocerlo a través del testimonio de los evangelios. Luego siguió adelante y conoció el libro de Hechos, es decir, a aquellos que continuaron el camino que Jesús abrió, este hombre conoció a la iglesia. Se cuenta que este hombre dijo:

“tengo que pertenecer a la iglesia que continua la vida de Jesús”.

Este enfoque es necesario para nosotros hoy, ser testigos, no tiene que ver tanto con realizar actividades, escribir libros o ser “espirituales”, sino sobretodo de vivir la vida de Jesús por el Espíritu que ha sido derramado sobre nosotros y que mora en nosotros.

Razones por las que Piñero duda de la historicidad de Luc. 23:46

Marcos parece pintar a un Jesús a) que no esperaba ese final desgraciado en la cruz, y b) que no acaba de comprender cómo después de tanto predicar la inmediata venida del Reino, éste no llega.  Esta última pintura es mucho más concorde con lo que por otras vías podemos reconstruir del Jesús histórico. Parece imposible que la iglesia primitiva hubiera inventado final más triste y fracasado teniendo en cuenta que cuando se transmite por vez primera en un Evangelio (hacia el 71 d.C.) la teología comunitaria de Jesús como divino de algún modo es ya muy clara y firme.

Por tanto, lo que transmite Marcos es un dato de la tradición muy claro y firme que no puede obviarse. Por ello, la tradición distinta recogida por Lucas es más que sospechosa: parece una edulcoración consciente de ese momento trágico final de Jesús y la presentación de éste como un modelo a imitar (tema muy lucano) por los cristianos: el héroe indomable que afronta su muerte con serenidad y confianza en Dios.  Hay exegetas, sin embargo, que abogan por la historicidad del dicho que comentamos argumentando que Jesús, como judío piadoso que era, estaba citando expresamente palabras del samista, “Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias; Mas yo en Jehová he esperado”, Sal. 31:6 RV 1960, que en ambientes judíos se empleaba en la oración de la tarde.  Ciertamente así es…, ¡pero la cita está presentada en su versión griega (no exactamente del todo, mas sí en sus líneas generales)! Y es muy extraño que Jesús citará ese salmo en una versión que circulaba en la lengua helénica. Parece, por tanto más verosímil que la mano del evangelista Lucas esté detrás de estas palabras de Jesús y no él mismo. Además, dicen los expertos, está probado que fue sólo a lo largo del siglo II cuando se hizo costumbre citar ese salmo como oración vespertina…, ¡no antes! (es decir, en tiempos de Jesús).

J. Schlosser , señala: El origen postpascual (es decir de la iglesia primitiva), si no directamente lucano, ” Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró ”  Luc 23:46, se ve confirmado por los siguientes hechos […]: a juzgar por I Pe. 4:19 (“De modo que, aun los que sufren según la voluntad de Dios, confíen sus almas al Creador fiel, haciendo el bien”), el Sal. 31:6 se utilizaba en las exhortaciones comunitarias (cristianas primitivas), y una plegaria análoga es la que pone Séneca en labios de Hércules moribundo (es decir, en boca de un héroe, imitable al menos en parte de su vida). Por tanto teniendo en cuenta estos datos la procedencia de Lc 23:46 (no de Jesús) sino del redactor lucano es muy verosímil.

Defensa de la historicidad del pasaje

(v. 23:46) “encomiendo mi espíritu” Esta es la séptima de Cristo, y la última palabra, desde la cruz (para los demás, véase Luc. 23:34;. Jn. 19:26, Luc. 23:43, Mat. 27:46, Jn. 19:28, 30). Después de las tres horas de tinieblas (Luc. 23:44), cuando el Padre le había abandonado, y Cristo sólo podía llamarle “mi Dios” (Mat. 27:46), la obra fue terminada (Jn. 19:30) y Cristo podría volver a lo llaman “Padre”. Además, ningún ser humano podría mero, simplemente por su propia voluntad, despedir su espíritu de su propio cuerpo. Pero Cristo era Dios completamente nuevo, así como el hombre, por lo que podía y lo hizo exactamente eso.[2]

Aquí Jesús termina con las palabras del Salmo 31:5, hablando con el Padre. Vemos su confianza total en el Padre. Jesús entró en la muerte de la misma manera que vivió cada día de su vida, ofreciendo su vida como el sacrificio perfecto y poniéndose en manos de Dios.[3]

Yo no encuentro razones de peso que me induzcan a creer que Lucas haya querido hermosear el relato final agregando estas hermosas palabras y poniéndolas piadosamente en los labios del Cristo moribundo. Pero no olvidemos que Lucas no fue testigo de Jesús, sino un buen y fiel discipulo del apostol  Pablo, médico e historiador, que organizó los relatos de Jesús de un modo confiable, para que no se transformaran en un mito ni en leyendas. Es posible que Lucas haya oido el relato de labios de algún soldado romano cercano a la escena o confidente de alguno de estos legionarios apostados al pie de la cruz. Quizás esta sea la razón mas probable por la cual Lucas usó el griego para relatarlo. A lo mejor tampoco los oyentes lo escucharon los testigos con total claridad,y esa es la razón por la que el texto griego aparece como parafraseado.

También es posible que Lucas haya conversado con el apostol Juan o alguna de las mujeres piadosas al pie de la cruz, como Maria, Magdalena,  o Juana, esposa del funcionario de Herodes. Estas son todas especulaciones probables, pero a mi modo de entender, están mas cerca de la verdad posible que la hipotesis de algunos eruditos que les mueve a pensar que Lucas, porque si nomás, puso una bella flor en los labios del moribundo, una flor que nunca existió, salvo en la imaginación de Lucas. (!)

Pero esta escéptica razón no me persuade. A algunos eruditos este texto no les parece ‘histórico’ porque según ellos no cuadra una escena con la otra… Escépticos van, escépticos vienen, pero sin embargo, el texto permanece.

Moody comenta que Jesús, “remite su espíritu al Padre. Su muerte fue consciente y voluntaria. El centurión, un gentil, y acostumbrado a ver gentes de toda clase y condicion, declaro que Jesús ‘era justo'” [1]

Es de importancia la frase “Encomiendo mi espíritu”.

Esto es significativo, porque indica que el Salvador sufrió el único tipo de muerte que podía satisfacer la justicia de Dios y salvar a los hombres. Tenía que ser un sacrificio voluntario. El hecho mismo que Jesús pronunciara esta palabra a gran voz también muestra que él había puesto su vida gustosa y voluntariamente (” Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.””Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas “Jn. 10:11,15).

También es de destacar el testimonio del centurión al pie de la cruz.

  • “Cuando el centurión vio lo que había ocurrido, comenzó a glorificar a Dios, diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”.  Y toda la multitud que se había reunido para ver este espectáculo, después de observar lo ocurrido, comenzó a regresar, golpeándose el pecho.  Pero todos sus conocidos, incluidas las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban de pie a distancia mirando estas cosas.”(Luc. 23:46-48).

Las palabras finales de Lucas “Y cuando hubo dicho esto, expiró”(Mar. 15:37; Luc.2 3:46), muestran “la serena calma, el reposo” (Geldenhuys) que había en la mente y en el corazón de Jesús en el momento en que su alma partió de esta tierra. Habiendo cumplido cabalmente  la obra que el Padre le había dado que hiciera (Jn. 17:4), gozó plenamente de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7).[8]

El centurión había visto cómo se había comportado Jesús en medio de todas las provocaciones y burlas, además del dolor que soportaba. Y ahora, ese grito fuerte de serena entrega; más bien, de rendición voluntaria. Era un grito de confianza, grito que una vez oído, no podía jamás ser olvidado. Con toda probabilidad el legionario no era judío. Su corazón no había sido endurecido contra Jesús, como había ocurrido con el de muchos judíos, especialmente el de los dirigentes. Además, había visto y debe haber sentido cómo hasta la naturaleza había reaccionado ante la muerte de Jesús. Piénsese en el terremoto, las piedras que se parten, la apertura de las tumbas (Mat. 27:51–54).

Así que comenzó a alabar y a glorificar a Dios diciendo: “Ciertamente este era un hombre justo”. Esto significa que probablemente glorificaba a Dios reconociendo la justicia de Jesús. Mateo y Marcos declaran que él dijo: “Ciertamente, éste (hombre) era Hijo de Dios” (Mat.27:54;Mar.15:39). Indudablemente dijo ambas cosas, proclamando que Jesús era tanto Hijo de Dios como hombre justo. Realmente no hay conflicto.

Y también citemos a Esteban,quien usó palabras similares al morir, siendo el primer mártir de la fe cristiana (“Señor Jesús, recibe mi espíritu”,Hch.7:59). Apedreaban a Esteban, mientras él gritó, diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu!” Puesto de rodillas, clamó a gran voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado!” Y habiendo dicho esto, se quedó dormido.[4]

Recordemos que asi como “Pablo escribía a unos corintios conocedores de mitos y leyendas griegas. Un lenguaje de resonancias miticas le parecia inteligible y expresivo”, como dice Luis Alonso Schökel [6],también Lucas hacia lo mismo.Por eso no debemos escandalizarnos al encontrar palabras que no cuadran con nuestra cosmovisión occidental, ya que algunas de estas frases pueden estar cristologizadas para dar respuestas kerygmáticas a los lectores de aquella época.

En su discurso Esteban desarrolla los temas teológicos de Dios, la adoración, la ley, el pacto, y la persona y mensaje del Mesías. A través de la obra del Mesías, la casa de Israel está en condiciones de adorar a Dios en verdad y en justicia. Esteban evita mencionar el nombre de Jesús, pero enseña que Dios ha levantado al Salvador de la casa de Israel. No es posible asegurar de quién recibió Lucas la substancia del discurso de Esteban.

Suponemos que tuvo acceso a él a través de Pablo y de aquellos miembros del propio Sanedrín que llegaron a ser cristianos. A Lucas llegó a través de una tradición mixta: oral y escrita. Con referencia a Hechos 7, un estudio de la palabra escogida, referencias al templo y a Moisés y la ausencia de la típica construcción lucana son factores que indican que el discurso de Esteban no se originó en la mente de Lucas.  En efecto, las palabras promesa y aflicción tienen su propio significado en el contexto de Hechos 7 y no corresponden a su uso en el resto del libro.

Luego, la forma en que Esteban se refiere a Moisés y al templo corresponden sólo a este particular discurso. No hay nada en Hechos que Lucas haya escrito en forma similar. Finalmente, en el discurso de Esteban hay a lo menos veintitrés palabras que no se vuelven a encontrar ni en Hechos ni en ningún otro libro del Nuevo Testamento; también están ausentes del discurso de Esteban numerosas formas literarias, peculiares tanto al Evangelio de Lucas como a Hechos.

No podemos presumir que Lucas haya presentado un relato al pie de la letra del sermón de Esteban, pero sí estamos completamente seguros que permite que el orador original, es decir, el propio Esteban, sea oído en palabras y conceptos que pertenecieron a él, el primer mártir del cristianismo. Inferimos también que como un historiador fiel, Lucas incorporó el discurso de Esteban en este lugar de Hechos para preparar al lector para la persecución que seguiría a la muerte de Esteban y para la extensión de la iglesia más allá de los confines de Jerusalén.

Fue Esteban y no Lucas quien proveyó el ímpetu para fomentar el desarrollo de la iglesia. Lucas, por lo tanto, está escribiendo hechos reales basados en acontecimientos históricos. Lucas es un historiador que, a la manera de Tucídides, registra lo más exactamente que puede el sentido de todo lo que el orador en realidad dijo.[5]

Y por extensión luego, a la nuestra[7].Por este motivo, creo que para escapar del fundamentalismo religioso, lo mejor que podemos hacer es como bien dijo el educador José Ortega y Gasset,

“Lo menos que podemos hacer, en servicio de algo, es comprenderlo.” [0] No hay pecado alguno en esto. Al contrario, hay virtud en comprender a Cristo.

Conclución

Si Lucas no fue exacto con las palabras de Jesús, como cita Piñero, desconecemos la razón por las que obró de esta manera. A lo mejor nunca sepamos con exactitud científica cuáles fueron realmente las últimas palabras de Jesús si seguimos la linea de pensamiento del prof. Piñero. Pero no hay razones para negar las palabras como dichas por Jesús. “Quod scripsi, scripsi (lat) Lo que esta escrito, escrito está” (Jn.19:22)

Lo que negamos rotundamente es la afirmacion de que nada puede sacarse del texto que comentamos (Luc.23:46), a favor de la tesis de quienes defienden que al menos implícitamente existe en los evangelios apuntes que señalan la posibilidad de una filiación especial, divina, de Jesús.,como cita Piñero. Esta intención  arriana ya fue juzgada en la Iglesia por los teologos preniceanos,niceanos y post-niceanos.

Dios lo bendiga

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Notas

(*) Antonio Piñero es Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.

[0] La personalidad de Jesús,  es, sin lugar a dudas, una de las más importantes e influyentes de toda la historia de la humanidad. Millones de personas a lo largo de los pasados veinte siglos, en mayor o menor medida, han estudiado sus palabras, se han nutrido de sus enseñanzas y han adoptado sus sabios consejos, o al menos los han escuchado. Prácticamente no hay nadie en el mundo occidental que no conozca, al menos superficialmente, alguna de sus sentencias. Y la única fuente de la cual pueden extraerse las palabras de Jesús, en lo que respecta al mundo occidental, la constituye el Nuevo Testamento, con sus cuatro Evangelios canónicos, al margen de algunos Evangelios señalados como apócrifos, cuyas copias son de una distribución muy limitada y completameente dudosa.

[1] Moody – Redactado por Everett F.Harrison, Comentario Bílbico Moody – Lucas,pag. 134,,CBP

[2] http://www.icr.org/bible/Luke/23/46/

[3] http://christianity.about.com/od/biblefactsandlists/qt/sevenlastwords.htm

[4] http://www.believersresource.com/bible/luke-23-46.html

[5] libro electrónico, Simon Kistemaker, comentario al Nuevo Testamento, exp. de los Hechos de los apostoles,pag. 17,ed. libros Desafio 2001

[6] Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, Vol. 2, pag. 299, ed. Cristiandad

[7] La inspiración no anula al hombre. Solo cuando el profeta recibe oráculo directamente de Dios.Dios compró con la sangre de Jesús la vida de Su santos (y las nuestras), y en ese precio están incluidas su obras, y también sus palabras. Las palabras de ellos, ahora son de Dios. Cristo pagó por ellas, al igual que usó un burrito para entrar a Jerusalén, lo tomó y lo usó. Ellos escriben, pero Dios no anula  sus culturas, sino que las cristologiza, las redime. Esto es lo que nos cuesta entender. Dios preservó de error los textos, claro que si, preservó de error los textos, pero no los preservó de sus culturas,sino que lo usó a pesar de ellas. Los relatos fueron escritos por hombres piadosos y no por ángeles. Por eso son testigos confiables, porque fueron sinceros y honestos para describir lo que veían. Y Dios los libró del error, de la mentira, pero no de sus propósitos Divinos, que no son los nuestros primariamente. Dios por la sangre de Jesús, limpió a los escritores para que sean vasos limpios y acépticos (gr. asespsis, sin bacterias espirituales). Luego lo ungió y los dotó de sabiduría sobrenatural para escribir los textos inspirados; y les dió autoridad sobrenatural. Pero no mató sus culturas, sino que a través de la cruz, ahora estas son aceptadas ante los ojos del Amado Salvador quien redime todas las cosas.

[8]  libro electronico, William Hendriksen, comentario al Nuevo Testamento LUCAS ,pag. 708, ed. libros Desafio 2001

Fuentes: