Los educadores modernos, comisarios del pensamiento


Los educadores modernos, comisarios del pensamiento

Por: Hugo Marcelo Balderrama Ferrufino.

Desde la década del 60; las universidades y centros educativos en general, están secuestrados por el marxismo cultural. Su tesis revolucionaria, pretende cambiar las instituciones sociales que son tradicionales en occidente (matrimonio, familia, empresa y educación). Técnicamente, estos nuevos revolucionarios solo diferencian en el método, su fin último, sigue siendo la instalación de una tiranía socialista.

Cualquiera que se dedique a la docencia – habrá notado – la cantidad de eslóganes que circulan en las instituciones educativas: “formar por competencias”, “desarrollar habilidades meta cognitivas”, “educación integradora del ser”, etc. Todas declaran haber superado la educación clásica y tradicional. Pregunto: ¿Qué de malo tiene la educación tradicional?: nada. El objetivo no declarado de todas estas locuras, es destruir las habilidades cognitivas de los niños y jóvenes.

El primer pilar que atacan es la memoria. Los mandarines modernos, manifiestan que su sistema supera la educación mecánica y memorista. En realidad, desarrollar la memoria tiene tremendas ventajas, Cualquier persona que se precie de ser culta, no lo es por lo mucho que ha leído, sino por lo mucho que ha podido retener en su memoria de aquello que ha leído. ¿Por qué los pedagogos insisten en anunciar que ya no harán memorizar conocimientos?: simple nos quieren tratar como animales.

“Aprender a aprender”, estoy seguro, que se han topado con esa frase más de una vez. En primer lugar, es un error gramatical (pleonasmo y redundancia innecesaria). En segundo lugar, es un disparate que viola los principios filosóficos más básicos. Todo lo que nos rodea existe, por lo tanto todos los entes son sujetos de conocimiento (ontología). El hombre está dotado de la razón, que es el instrumento natural para conocer la realidad, transformar la realidad en conceptos se llama epistemología (conocer las causas de las cosas). ¿Se dio cuenta?: por naturaleza y mediante la razón aprendemos. Imagínese un letrero que diga: “Aprenda a aprender a cocinar” o “Le enseñamos a aprender a cocinar”. ¿Pagaría por semejante disparate?: Lastimosamente, hay gente que si lo hace.

 “Una pedagogía enfocada en el ser” o “Una pedagogía enfocada en competencias” son otros de los clichés de moda. Raspando un poco la cascara, nos encontramos con un odio a la profesión docente. Bajo el pretexto de actualización pedagógica, se impone a los profesores planes globales “mínimos”, bibliografía “oficial”, “competencias” que el estudiante debe lograr, etc. Por cierto, ahora está prohibido usar la palabra alumno (se la considera autoritaria y nada “cool”).

Los viejos y sabios profesores, fueron remplazados por el “pedagogo” (eufemismo para policía del pensamiento). Desde que aparecieron estos nuevos comisarios de la educación: se acabaron los buenos maestros. Ya los niños no escriben ni leen ni suman ni restan, ahora son expertos en plantar árboles,  en “filosofía” andina (como si el mito fuera sujeto de análisis filosófico) y amantes de la “Pachamama”.

Todo lo anterior se puede resumir en la frase: “Guerrilla Cultural”, que junto con la explotación de los micro conflictos y la teoría de género, son las nuevas armas de la izquierda “postmarxista”. El fin último, sigue siendo acabar con la familia, la propiedad privada y la poca economía capitalista que todavía queda en pie. 

Durante siglos, la izquierda estuvo destruyendo los valores de la civilización occidental. Los conservadores y liberales clásicos fuimos denigrados, tratados como cerdos explotadores, machistas y defensores del “falocentrismo”. Tontamente, dejamos que la izquierda se apropie de nuestros partidos políticos, de nuestras universidades, de nuestras iglesias y de nuestros hijos. Creo que es hora de hacerles frente: no tenemos otro camino.     

 

 

¿Cuál es el significado de la vida?


¿Cuál es el significado de la vida?

¿Cuál es el significado de la vida? ¿Cómo puedo encontrar propósito, realización y satisfacción en la vida? ¿Tendré el potencial para lograr algo de importancia duradera? Mucha gente nunca se ha detenido a considerar cuál es el significado de la vida. Años más tarde, miran hacia atrás y se preguntan por qué sus relaciones se han desmoronado y por qué se sienten tan vacíos, aún cuando pudieron haber conseguido lo que emprendieron. A un jugador de béisbol que figuraba en el paseo de la fama del béisbol se le preguntó, qué le hubiera gustado que le dijeran al principio, cuando empezó a jugar el béisbol. El respondió, “Deseo que alguien me hubiera dicho que cuando alcanzara la cumbre, no encontraría nada ahí”. Muchas metas revelan su vacío solamente después de que se han desperdiciado años en su búsqueda.

En nuestra sociedad humanística, la gente persigue muchos propósitos, pensando que en ellos van a encontrar significado. Algunas de estas búsquedas incluyen: éxito en los negocios, riquezas, buenas relaciones, sexo, entretenimiento, hacer el bien a otros, etc. La gente ha testificado que mientras alcanzan sus metas de riquezas, relaciones y placer, todavía hay un profundo vacío interior – un sentimiento de un vacío que nada lo parece llenar.

El autor del libro bíblico de Eclesiastés expone este sentimiento cuando dice, “¡Vanidad de vanidades! ¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad!”. Este autor tenía riquezas más allá de la medida, sabiduría más que cualquier hombre de su tiempo o del nuestro, mujeres por cientos, palacios y jardines que eran la envidia de los reinos, la mejor comida y el mejor vino, y poseía cada forma de entretenimiento disponible. Hasta cierto punto, dijo que cualquier cosa que deseaba su corazón, él la buscaba. Y todavía, resumía diciendo, “la vida debajo del sol ¡es vanidad!” (La vida es vivida como que está fuera de todo lo que podemos ver con nuestros ojos y experimentar con nuestros sentidos) ¿Por qué hay tal vacío? Porque Dios nos creó para algo más allá de lo que podemos experimentar en el aquí-y-ahora. Salomón dijo de Dios, “El también ha puesto la eternidad en los corazones de los hombres…”. Estamos conscientes de que, en nuestros corazones, este “aquí-y-ahora” no es todo lo que hay.

En Génesis, el primer libro de la Biblia, encontramos que Dios creó a la humanidad a Su imagen (Génesis 1:26). Esto significa que somos más como Dios que como cualquier otro (que cualquier otra forma de vida). También encontramos que antes de que la humanidad cayera en pecado y la maldición cayera sobre la tierra, las siguientes cosas fueron verdad: (1) Dios hizo al hombre una criatura social (Génesis 2:18-25); (2) Dios dio al hombre trabajo (Génesis 2:15); (3) Dios tuvo compañerismo con el hombre (Génesis 3:8): y (4) Dios dio al hombre dominio sobre la tierra (Génesis 1:26). ¿Cuál es la importancia de estos puntos? Yo creo que por cada uno de estos, Dios intentó añadir a nuestro cumplimiento satisfacción en la vida, pero todo esto (especialmente el compañerismo del hombre con Dios) fue perjudicado por la caída del hombre en pecado y la maldición resultante sobre la tierra (Génesis 3).

En Apocalipsis, el último libro de la Biblia, al final de muchos otros eventos del fin de los tiempos, Dios revela que va a destruir esta tierra y cielo presentes como los conocemos, y conducirnos al estado eterno, al crear un nuevo cielo y una nueva tierra. En ese tiempo, El va a restaurar por completo el compañerismo con la humanidad redimida. Algunos van a ser juzgados indignos y arrojados en el Lago de Fuego (Apocalipsis 20:11-15). Y la maldición del pecado será disipada; no habrá más pecado, aflicción, enfermedad, muerte, dolor, etc. (Apocalipsis 21:4). Y los creyentes heredarán todas las cosas; Dios habitará con ellos, y ellos serán Sus hijos (Apocalipsis 21:7). De este modo, llegamos a un círculo completo en el que Dios nos creó para tener compañerismo con El, pero el hombre pecó, rompiendo ese compañerismo; Dios restaura ese compañerismo completamente, en el estado eterno, con aquellos considerados dignos por El. ¡Ahora, ir a través de la vida haciendo nada y todo, solamente para morir separados de Dios por la eternidad, sería peor que vano! Pero Dios ha hecho un camino no solamente para hacer posible la dicha eterna (Lucas 23:43), sino también esta vida satisfactoria y valiosa. Ahora, ¿cómo se obtienen esta dicha eterna y este “cielo sobre la tierra”?

EL SENTIDO DE LA VIDA RESTITUIDO POR JESUCRISTO

Como hicimos alusión arriba, el verdadero significado tanto ahora como en la eternidad, se encuentra en que uno restaure la relación con Dios que fue perdida en el tiempo de la caída por el pecado de Adán y Eva. Hoy, esa relación con Dios es solamente posible a través de Su Hijo, Jesucristo (Hechos 4:12; Juan14:6; Juan 1:12). La vida eterna se gana cuando uno se arrepiente de sus pecados (ya no quiere continuar en esto, sino que quiere que Cristo lo cambie y lo haga una nueva persona) y comienza a confiar en Jesucristo como Salvador (vea la pregunta “¿Cuál es el plan de salvación?” para obtener mayor información en este tan importante asunto).

Ahora, el verdadero significado de la vida no se encuentra solamente en tener a Jesús como Salvador (maravilloso como es eso). Mas bien, el verdadero significado de la vida se encuentra cuando uno comienza a seguir a Cristo como Su discípulo, aprendiendo de Él, pasando tiempo con Él en Su Palabra, la Biblia, comunicándose con Él en oración, y caminando con Él en obediencia a Sus mandatos. Si usted es un no creyente (o tal vez un nuevo Creyente) es probable que esté diciéndose, “¡Eso no suena muy emocionante o satisfactorio para mí!” Pero, por favor lea solamente un poquito más. Jesús hizo las siguientes declaraciones:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30). “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan10:10b). “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:24-25). “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmos 37:4).

Todo lo que estos versículos están diciendo es que nosotros tenemos una elección. Podemos continuar buscando guiar nuestras propias vidas (con el resultado de llevar una vida vacía) o podemos escoger seguir a Dios y Su voluntad para nuestras vidas con todo nuestro corazón (lo cual resultará en tener una vida vivida por completo, teniendo satisfechos los deseos del corazón, y encontrando contentamiento y satisfacción). Esto es así porque nuestro Creador nos ama y desea lo mejor para nosotros (no necesariamente la vida más fácil, sino la mayor satisfacción).

Al cerrar, quiero compartir una analogía tomada de un pastor amigo. Si usted es un aficionado a los deportes y decide asistir a un juego profesional, puede aflojar unos pocos dólares y obtener un asiento “alejado de la acción” en las filas superiores del estadio, o puede soltar unos pocos cientos de dólares y estar muy cerca de la acción. En la vida Cristiana también es así. Observar la obra de Dios de PRIMERA MANO no es para los cristianos domingueros. Ellos no han pagado el precio. Observar la obra de Dios de PRIMERA MANO es para los discípulos de Cristo incondicionales, quienes verdaderamente han dejado sus propios deseos, de manera que pueden seguir los propósitos de Dios en la vida. ¡Ellos han pagado el precio (una completa rendición a Cristo y a Su voluntad); ellos están experimentando la vida a plenitud, y pueden encararse a ellos mismos, y a su Hacedor sin lamentarse! ¿Ha pagado el precio? ¿Está dispuesto a hacerlo? Si es así, usted no va a anhelar sentido o propósito para su vida nuevamente.


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La naturalidad de la religión: ¿Estamos hechos para creer?


La naturalidad de la religión: ¿Estamos hechos para creer?

Conversaciones con Ramón María Nogués (III)

A mediados de abril, se publicó en ‘Tendencias21 de las Religiones’ una conversación con Ramón María Nogués, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre sobre lo religioso desde una perspectiva biológica, neurológica y antropológica (Leer ACA). A principios de mayo, la segunda entrevista planteaba el cuestionamiento neurológico de la libertad o “determinismo neurológico” (Leer ACA). En esta tercera y última conversación se indaga en la “naturalidad” de la religión y se valora su supervivencia. Por Diego Bermejo.

Imagen: Alexis. Fuente: Pixabay.

Imagen: Alexis. Fuente: Pixabay.

Ramón María Nogués es doctor en biología, Catedrático emérito de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, además de especialista en investigación en genética de poblaciones y en evolución molecular del cerebro. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre evolución, genética y relaciones entre cerebro y experiencias espirituales y religiosas.

En 2015, fue invitado a la Universidad de Deusto para impartir tres seminarios y sendas conferencias dentro del Ciclo Ciencia y Religión, en que yo mismo actuaba como organizador y moderador, sobre el tema neurociencias y espiritualidad.

Recientemente, la Editorial Sal Terrae ha publicado su libro Neurociencias, espiritualidades y religiones (Sal Terrae, Santander, 2016), que recoge y completa el contenido de estos encuentros. De ellos nacieron las conversaciones que hemos publicado (la primera apareció en esta misma sección a mediados de abril y la segunda a principios de mayo).  

Las religiones se presentan, desde el punto de vista evolutivo, como sistemas consistentes, porque se anclan en experiencias antropológicas racioemotivas primarias que constituyen el nicho originario sobre el que se asienta la singularidad de lo humano. Tan originaria, originante y original es la “tendencia a creer” que ha lanzado a la especie humana a la aventura de crear y recrearse en la construcción de sistemas simbólico-culturales postbiológicos en los que habita y se reconoce.

El homo sapiens-sapiens ha evolucionado culturalmente porque ha sido religioso y religioso porque ha sido creyente. Creyente y creador. Animal de creencias y deseos sin límite, abierto a una realidad experimentada como indefinida y constructor de sistemas de sentido, animal fingens, inventor de sí mismo y de la realidad humanada. Las religiones y las espiritualidades han aglutinado y conformado la experiencia humana de la contingencia radical, por una parte, y la esperanza de un “más allá” salvífico, por otra. Evolución cultural, civilización y religión comparten nicho común.

El animal humano, homo sapiens, es constitutivamente, y en sentido amplio, “naturalmente” religioso: consciente de su extrañamiento y obligado a pensarse y dotarse de sentido, un sentido que remite y religa a una realidad vivida siempre de modo trascendente (“más allá”) y en trascendencias múltiples: un más allá ético (alteridad), un más allá estético (sublimidad y éxtasis), un más allá racional (orden y coherencia), un más allá ontológico (densidad y sentido), un más allá espiritual (invisibilidad y misterio)… trascendencias que lo sacan de sí y lo relacionan y religan con lo otro de sí.

Quizá, por ello, estudios recientes y coincidentes en ciencias de la evolución están poniendo de relieve tres evidencias que obligan a cuestionarse y tomar en serio la relación entre religión y proceso de humanización:

1) Evidencia histórico/sociológica. La pervivencia de la religión contra pronósticos racionalistas, cientistas y secularistas. El éxito evolutivo de la religión –la pervivencia lo es como criterio de adaptación útil– induce a pensar en que la religión es más natural que sobrenatural y más natural que artificial. Al menos, en comparación con otros sistemas simbólicos humanos. Y la clave de su éxito estribaría en que responde a necesidades fudantes de la iniciática aventura humana, acogiendo de modo holístico cuestiones no sólo racionales, sino emocionales, relacionales, motivacionales, conductuales…y sensacionales.  “La religión es natural, la ciencia no lo es”, ha tratado de mostrar McCauley, comparando religión y ciencia.

La religión descansa sobre experiencias intuitivas, emocionales y prerracionales, que la hacen más persistente y resistente que la misma ciencia, complicada, contraintuitiva, costosa y elitista. La religión resiste, porque es más “natural”. El procedimiento selectivo de la evolución tiende a eliminar lo nocivo, lo inútil y contraproducente. Si las religiones han sobrevivido cabe colegir que es debido a que en algún sentido han supuesto ganancia evolutiva para el desarrollo de la especie humana.

2) Evidencia antropológica. La “verdad” antropológica recogida en el núcleo más profundo de la experiencia religiosa. Son cada vez más lo ateos que consideran la necesidad de tomarse en serio la religión –más allá de la descalificación precipitada y, muchas veces, justificada de la misma–, no sólo por curiosidad diletante, sino, sobre todo, por intererés científico en el contenido antropológico que encierra. Algo potente –y, por tanto, digno de tenerse en cuenta– debe de estar a la base de la religión para dar razón de su pertinaz pervivencia. M. Gauchet ha venido a decir que lo que constituye la singularidad de la condición humana tiene que ver con la tendencia a lo invisible y a la alteridad. Y ambos impulsos ya están presentes en la religión, considerada como sistema natural, no sobrenatural…

J. L. Barrett, tras años de investigación, concluye en que “nacemos creyentes” (“Born Believers”, “born to believe”). El animal humano tiene una tendencia innata a creer lo increíble.  Y la aventura humana en sus grandes construcciones y conquistas tiene que ver directamente con esta virtualidad creadora y “creedora”.

3) Evidencia psicológica. Finalmente, el reconocimiento empírico de los beneficios terapéuticos de la práctica espiritual y religiosa. Los estudios dedicados a la meditación y a la asistencia religiosa permitirían asociar estados psicológicos de bienestar con valores derivados del sentido de aceptación armónica de la vida, sentido de pertenencia comunitaria, sentido de apertura al misterio, sentido de reconciliación con la contingencia, sentido amoroso y compasivo, sentido de liberación del ego, sentido de confianza y esperanza, etc.

Y, aunque estos fenómenos no son exclusivos de la experiencia religiosa y/o espiritual, invitan al menos a valorar las religiones como depósitos de recursos y técnicas útiles para la salud  integral de las personas –concepto secularizado de salvación–. No es casualidad que pensadores ateos y humanistas reivindiquen estos últimos años la necesidad de una “espiritualidad atea” (Alain de Botton, Comte-Sponville, Sam Harris, Ph. Kitcher, P. Kurtz… y otros muchos). Intentar vivir armónicamente en sociedades sin Dios exige llenar el vacío de su ausencia con algo más que con cosas o solicitaciones inmediatistas… Se reconoce en las religiones y espiritualidades tradicionales una sabiduría aprovechable, “reciclable” y naturalizable; aunque no sea más que en forma estética, dietética y terapéutica.

Pero, siendo esto cierto, y siendo unánime el reconocimiento de estos hechos, urge también admitir de inmediato, primero, que nada de esto hace buenas in toto a las religiones (para no incurrir en la falacia naturalista), y segundo, y por ello, la polivalencia del hecho religioso y la experiencia espiritual. Recordar su posible “toxicidad” (como dice elegantemente Nogués) o su maldad (como unilateralmente algunos “neoateos”) no está nunca de más, por fidelidad a la pluridemensionalidad y complejidad del fenómeno –algo, por otra parte, de sobra resaltado desde hace tres siglos en la crítica a la religión–.

Pero rigor, discernimiento y matización caracterizan el ejercicio intelectual honesto. Por eso, lo que sorprende ahora en el panorama intelectual secularizado es que lo religioso vuelva a ser de nuevo objeto de estudio y consideración de un modo más matizado. El interés de las neurociencias y la antropología evolutiva en estos temas es sintomático.  Pero, en cualquier caso, urge afinar el análisis y distinguir entre disposición a creer y creencia, entre experiencia religiosa y sistema religioso, entre espiritualidad y religión, y, además entre religiones y espiritualidades en plural. El futuro será espiritual y, quizá, también religioso, mientras siga conservando memoria evolutiva de la matriz antropológica originaria y “natural” sobre la que se ha construido la aventura humana.

Conversando con Ramón M. Nogués

Retomemos la afirmación de McCauley de la segunda conversación: “la religión es natural y la ciencia no lo es”.¿Se podría afirmar realmente que la religión es más natural y, por ello, más persistente que incluso la misma ciencia? ¿Su supervivencia estaría mas asegurada, porque estaría anclada en sistemas más espontáneos y “naturales”, y responde a estructuras primarias cognitivo-emocionales anteriores a los procesos racionales, posteriores y más sofisticados? ¿Sería ésta una de las claves del éxito evolutivo de la religión?

Yo estaría bastante de acuerdo con esto.  Incluso hoy, por ejemplo, las teorías antropológicas sobre el origen de la civilización, que  tradicionalmente defendían la idea de que, cuando los humanos al principio del neolítico empiezan a crear estructuras fijas, es decir, la ganadería, la agricultura, etc, como resultado de esto surge la religión, hoy, especulan en sentido contrario, es decir, empiezan a formularse la idea de que primero es la religión,  y como una consecuencia de este empuje cultural se estabiliza la sociedad y, posteriormente, empieza la indagación sobre temas tanto sociales como más científicos, un conocimiento más estructurado. Lo otro, lo religioso, es un conocimiento más espontáneo, es como conocer con las tripas. En este sentido, las grandes construcciones inicialmente son los santuarios (Gobegli Tepe, por ejemplo, en la actual Turquía); posteriormente y alrededor de ellos nacerían las ciudades.

Entonces podríamos decir que la naturaleza humana es originariamente religiosa.

En este sentido sí, y esto hoy prácticamente no lo niega nadie. “Somos máquinas para creer”, como dirían muchos autores: vivimos de creencias y de la credibilidad que nos merezcan las realidades.

Eso induce a pensar en que las ideas, prácticas e instituciones religiosas se han mantenido porque han supuesto algún beneficio evolutivo para la supervivencia de la especie y el establecimiento de la civilización. ¿Sería mucho afirmar que se ha creído lo que se ha creído porque era bueno creer y creer en lo que se ha creído?

Desde el punto de vista darwiniano, algo bueno ha de tener la religión para haber tenido tal éxito;  si no, en principio hubiese sido bandeada. Esta idea de que lo religioso aporta una cierta bondad en algún sentido, yo creo que hoy lo confirman los estudios de tipo neurológico que vendrían a concluir que una buena religión –-es decir, religiones que no sean tóxicas—aporta tanto beneficios de tipo personal —menos estrés, etc,–como beneficios sociales.

Por ejemplo, hay bastantes estudios hoy sobre lo que llaman la prosocialidad de las religiones, es decir, que las religiones en su gran mayoría han contribuido a crear estructuras beneficiosas para la sociedad a pesar de que se le acuse de muchas cosas, pero eso puede pasar con todo.  En general, se le reconoce este carácter prosocial a lo religioso; por ejemplo, hay bastantes estudios en Alemania que muestran que la gente religiosa se apunta mucho más a las organizaciones de ayuda internacional.

Así como tenemos la experiencia de que las religiones disponen de un depósito de bondad y solidaridad, que cumple funciones terapéuticas y prosociales en los individuos y en las comunidades humanas, tenemos también la experiencia de que las religiones funcionan como sistemas opresivos y pueden convertirse en lo que tu llamas “religiones tóxicas”. ¿Dónde radica la toxicidad de la religión? ¿Existe alguna experiencia primaria sobre la que pueda fundarse la perversión de lo religioso?

En cualquier caso, hay alguna cosa en la eventual toxicidad de las religiones que empalma con algo muy arcaico. Por ejemplo, las culpabilidades. La culpabilidad es un fenómeno psicológico central y muy importante que favorece actitudes buenas si la culpabilidad lleva a la reparación, o a actitudes tóxicas, si conduce al escrúpulo o a la persecutoriedad. En muchos casos, algunas religiones han aprovechado perversamente la culpabilidad para mantener sometidas a las personas. Aquí lo tóxico de las religiones ha jugado un papel importante.

El mito de Caín y Abel, la violencia original…

La violencia y la culpabilidad, todo el tema que desarrolló Girard en sus estudios sobre la violencia, sobre lo sagrado, manifiestan  que hay algo  muy arcaico que más bien las religiones han tendido a superar, como en el caso del judaísmo y el cristianismo, que han ido minimizando el valor de lo sacrificial e interiorizándolo, con lo que el sacrificio ha dejado de ser cruento y violento y se ha convertido en interior y personal.

El judaísmo a partir del Segundo Templo y el cristianismo con la misma Carta a los Hebreos anuncian el fin del sacrificio. Assmann ha comentado el riesgo de favorecer cierta violencia asociado a los monoteísmos y ha matizado bien este tema. De todas formas, la violencia asociada a procesos sociales de tono religioso no es exclusiva ni de los monoteismos ni de las religiones. Véase, por ejemplo la violencia asociada a lo político.

Volviendo al tema de la naturalidad de la religión y la artificialidad de la ciencia… Algunos autores afirman que es más probable que desaparezca la ciencia,tal como la conocemos, que la religión; debido a la necesidad de más apoyo económico e institucional y a la mayor exigencia formativa y selectiva que exige la primera, frente al sentimiento religioso menos costoso y más espontáneo que exige segunda… En principio, eso no diría nada a favor o en contra de la verdad y valor de ambas. Pero sí permite, frente a las pretensiones fundamentalistas, tanto religiosas como cientistas, plantear el debate ciencia-religión de otro modo, más antropológico, más evolutivo, y sacarlo del debate racionalista sobre la verdad. No cabe duda de que la “naturalidad” de la religión otorga a la religión, desde el punto de vista evolutivo,  un estatuto de “verdad” antropológica equiparable al estatuto de “verdad” pretendido por la ciencia. ¿El debate ciencia-religión, visto desde ese punto de vista, no está mal enfocado? Porque parece que el debate ciencia-religión se sigue planteando en términos de verdad y no de sentido, confundiendo las preguntas, las perspectivas y los planos…. Porque ciencia y teología, cuando siguen discutiendo sobre la verdad, operan desde el mismo marco conceptual y la misma estructura racional y metafísica. ¿Yerran tanto la ciencia como la teología, cuando intentan suplantar el imaginario primario (que subyace como “verdad” antropológica tanto al sentido común como a la religiosidad popular) por construcciones sofisticadas?

A mí siempre me ha parecido que el debate ciencia-religión es un debate que está llegando a su fin. La ciencia es tan metodológica y además la especializada todavía más, tan limitada en sus pretensiones que no manifiesta ningún interés transcendente. Por tanto, ciencia y religión no son dos contrincantes interesantes. A mí me parece que el debate de la religión es más con la filosofía o con lo que llamaría el humanismo vital; por ejemplo, Nietzsche me parece que es un buen peleón contra lo religioso, incluso Freud.

Pero no los grandes científicos, porque al final incluso ellos mismo se han ido separando de este debate. Por ejemplo, Dawkins, el biólogo británico, es un poco decimonónico en este momento. Me parece que la ciencia va asumiendo que no tiene grandes cuestiones a enfrentar contra la religión, ni la religión contra la ciencia. La ciencia intenta mostrar cómo son las cosas y sobre esto la religión no tiene  gran cosa que decir. La religión trabaja sobre la confianza y, si este tema se plantea bien, sin creencias engañosas, la ciencia no tendría por qué incomodarse.

 

Ramon Maria Nogués. Fuente: Fragmenta Editorial.

Ramon Maria Nogués. Fuente: Fragmenta Editorial.

En ese sentido, la ciencia no supone una amenaza contra la religión…

No, yo creo que cada vez menos. Al contrario, yo creo que los análisis que se están haciendo en la neurociencia apuntan a que la religión es más bien beneficiosa. Y, aparte de eso, el tema de la verdad de lo trascendente, adecuadamente explicado a través del símbolo, a la ciencia ni le va ni le viene, simplemente calla. Naturalmente esto exige la contrapartida de que la religión sepa colocarse en su lugar preciso y no pretenda decir a la ciencia lo que debe o no debe hacer en su búsqueda de la verdad experimentable.

¿Errarían tanto la ciencia atea militante como la teología dogmática al infravalorar la religiosidad popular en tanto que fenómeno natural y espontáneo con pedigree evolutivo? Tratar de erradicar lo “natural” o de corregirlo a base de sofisticación racionalista –común a la ciencia y a la teología sistemática– ¿no es un intento condenado al fracaso?

Lo que la teología tiene que reivindicar es el derecho a pensar. Ahora bien, un análisis excesivamente técnico de lo religioso desde el punto de vista de verdad teológica me parece un tanto equivocado. Porque, finalmente, no es esta la pretensión de lo religioso. La pretensión honda de lo religioso es anunciar la confianza y la “salvación”, es decir, una aceptación en el límite, en todos los límites. La teología puede ser un mal acompañante de lo religioso si se cierra en su sistemática. Y, por eso, creo que la teología está volviendo en algunos casos, aunque la oficial no tanto, a las consideraciones más de tipo antropológico, emocional, para ver cómo esto se conecta con la aspiración profunda de lo humano.

Trabaja sobre lo simbólico, sobre la mediación poética de los relatos para orientar la esperanza y recordar que los humanos tenemos una “ley” superior en muchos órdenes, el de la misma naturaleza, el de la ética y el del Misterio que nos trasciende. Creer que lo humano constituye una realidad absoluta es una estupidez, tanto frente al Misterio como frente a la Naturaleza de la que somos una pieza o la grandiosidad del Universo ante el que somos muy irrelevantes.

Recientes estudios científicos están poniendo de relieve las bondades bioneuropsíquicas de experiencias espirituales relacionadas concretamente con la meditación.

Esto claramente.

¿Cómo proceden estos estudios? ¿Cómo afecta la experiencia espiritual al cerebro y, consiguientemente, a la regulación psicosomática del ser humano y cómo se registra?

Hay algún tipo de detección que se intenta registrar a través de la pista genética. Por ejemplo, en el trabajo de Hammer (“El gen de Dios”),  que muestra cómo algunos polimorfismos van unidos a una cierta capacidad para sintonizar con los grandes temas de la totalidad o la sensibilidad espiritual. Existirían, pues, predisposiciones muy arcaicas hacia lo espiritual o religioso.  Aquí habría una pista. Lo que pasa es que todavía no está muy explotada. En cambio, lo que está muy estudiado son los beneficios de las técnicas o prácticas asociadas a lo religioso y lo espiritual en general.

En la actualidad, por ejemplo, las escuelas budistas de meditación se presentan en formato mindfulness y en este formato son estudiadas en múltiples aplicaciones espirituales y clínicas. Existe la convicción de que estas prácticas son susceptibles de crear notables beneficios psicológicos (también presentan algunos riesgos). Controlar la atención, educar la sensibilidad emocional, superar el egoísmo, sentirse adecuadamente inmersos en el todo, son parámetros psicológicos y espirituales y religiosos que favorecen la estabilidad mental y la salud. Existe un consenso general en la neuropsicología acerca de los aspectos beneficiosos de muchas prácticas espirituales ligadas a las grandes tradiciones mundiales, espirituales y religiosas.

Se dice que, a parte de determinados beneficios psicológicos, también el propio cerebro se altera en la práctica religiosa, en determinadas prácticas o ritualizaciones religiosas.

Incluso hay artículos de alta calidad y de  primer nivel que hablan de mejoras morfológicas del cerebro a través de  prácticas de tipo espiritual y religioso bien hechas.

Incluso para prevenir la senilidad…

Sí, sí… por ejemplo, en un aumento de materia gris, en la mejora de las conexiones entre los hubs del cerebro…

¿Que sería una experiencia espiritual?

La palabra espiritual es tan inconcreta, tan amplia, que puede indicar muchas cosas; pero, en términos generales, a mí me parece que lo espiritual puede definirse como una divagación por los límites y por el centro espiritual  de las personas. Es decir, como  nosotros no estamos estereotipados para las conductas duras de supervivencia, tenemos los limites muy abiertos.

Entonces, moverse bien por las dimensiones no estrictamente orientadas a la supervivencia (ética, estética, religión frente a alimentación, sexo, agresividad, jerarquía…), me parece que es lo propio de la espiritualidad. Cuando hablo de límites, no me refiero sólo al límite de la muerte o del dolor, también me refiero al límite del goce. Estas zonas están todas muy ampliadas y enriquecidas en el cerebro humano en relación con el cerebro animal.  Moverse creativamente por estas zonas me parece que es una pretensión de lo espiritual.

Así, por ejemplo, en el caso del deseo. En general el deseo animal corresponde a la pulsión de satisfacer alguna necesidad. El humano desea sin límites y apunta a dimensiones de abundancia e incluso lujo, ya se trate del significado del vivir, del goce estético o de la exigencia ética. Ahí se desenvuelven las espiritualidades.

Las espiritualidades trabajan y modulan los deseos, tratando de orientarlos o dirigirlos hacia metas de cualidad. En este punto difieren las espiritualidades. Por ejemplo, la espiritualidad budista desconfía del deseo en sus duras introspecciones, mientras que la cristiana se centra en purificar el deseo amoroso potenciado respecto al otro y a Dios.

Distingamos religión y espiritualidad.

Lo espiritual se preocupa de la interesante tarea de cuidar el santuario interior para elaborar su cualidad atendiendo a las actitudes, los deseos, el coraje de vivir y morir, la atención benevolente hacia los demás, etc.  La religión también se preocupa de la espiritualidad, pero de forma subordinada al reconocimiento de una realidad completa (a  la que se suele aludir como Dios) que constituye  una objeto central del deseo amoroso y una referencia superior a la que se ordenan actitudes y conductas.

Las espiritualidades corren el riesgo de fomentar egocentrismos muy sutiles, mientras que las religiones deben atender al riesgo de alienar la libertad. No cabe duda de que tanto espiritualidades como religiones pueden presentar perfiles muy interesantes y perfiles muy degradados. Es preciso un cuidadoso trabajo de discernimiento. Dios puede ser presentado en el marco de un antropomorfismo persecutorio que destruya  el coraje humano.

La espiritualidad puede  venderse como un producto fácil para el “wellbeing” consumista. Pero Dios puede  también ser propuesto como la gran referencian transcendente de la promoción y liberación humanas, y las espiritualidades pueden sugerir las mejores cualidades del vivir, superando los narcisismos autorreferentes.

 

Imagen: chidioc. Fuente: Pixabay.

Imagen: chidioc. Fuente: Pixabay.

Una transcedencia radical y una transcendencia inmanente…

Sí, algo de esoAunque cuando se dan definiciones sobre la espiritual y lo religioso, por ejemplo en el Handbookof Psychology of Religion and Spirituality, del  que acaba de salir la segunda edición, hay una lista de definiciones de lo espiritual y lo religioso que con facilidad interseccionan.

Un fenómeno curioso al que estamos asistiendo también desde hace unos años es a la reivindicación de la espiritualidad dentro del círculo de intelectuales ateos. Reclamar la espiritualidad como una dimensión antropológica irrenunciable, más allá o más acá de las religiones, obliga a plantearse la cuestión de la religiosidad sin Dios (cultos profanos, seculares, sustitutivos y reencatadores de la secularidad) y de la espiritualidad atea (filosofías de la lucidez y el arte de vivir en el desencantamiento del mundo).

La reivindicación expresa de una espiritualidad no religiosa es un producto occidental nacido desde la crisis religiosa proveniente de la Ilustración. La espiritualidad occidental siempre había sido monopolizada por lo religioso. En oriente la situación es distinta en la medida en que grandes espiritualidades orientales (budismo, taoísmo, etc.) no han sido originalmente religiosas (aunque hayan funcionado como religiones). Cuando en Europa las instituciones religiosas han sufrido una evidente crisis, y la figura de Dios ha acabado molestando, la necesidad de trascendencia humana respecto de los grandes temas vitales se ha concretado en una reivindicación espiritual no religiosa.

En Occidente, por motivos muy diversos, pero esencialmente por haber presentado una imagen alienante y opresora de Dios, su figura ha representado la heteronomía frente a la autonomía humana que la cultura europea considera irrenunciable. Lo religioso, auténticamente revelado, orienta hacia la teonomía, la cual no es incompatible con la autonomía. La heteronomía, por el contrario, es siempre negativa.

¿Podría ser “Dios” un obstáculo para la propia religión? Un exceso de teísmo, responsable de una imagen de Dios masculina, patriarcal y demasiado antropomórfica, parece estar dando cabida en nuestra cultura, incluso de masas, a una imagen de Dios más einsteniana, más acorde con la cultura científica, más panteísta y menos personal. Recordemos algunas afirmaciones de Einstein que ateos o agnósticos, incluso muchos creyentes (a tenor de la recientes encuentas), aceptan de buen grado: “Soy un no-creyente profundamente religioso. De alguna manera, esta es una nueva clase de religión”… “Nunca he atribuido a la Naturaleza ningún propósito u objetivo, ni nada que pueda entenderse como antropomófico. Lo que yo he percibido en la Naturaleza es una estructura magnífica que solo podemos comprender muy imperfectamente, y eso debe llenar a cualquier ser pensante de un sentimiento de humildad. Este es un sentimiento genuinamente religioso que nada tiene que ver con el misticismo”… “La ide de un Dios personal es bastante extraña para mí, e incluso me parece infantil”… “Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede revelarla”… “Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela a sí mismo en la antigua armonía de todo lo que existe, no en un Dios que se preocupa por los destinos y acciones de los seres humanos”… Y otras similares. El proceso secularizador de la modernidad ha puesto en entredicho imágenes infantiles e infantilizadoras de Dios, recogidas en la crítica fuerte a la religión de los apodados por Ricoeur “maestros de la sospecha” (Marx, Freud, Nietzsche). ¿Dice algo este giro einsteniano de la “religiosidad científica” sobre el cristianismo como religión?

Sí, y en este sentido aquella frase de algunos filósofos y también de teólogos que  afirman que el cristianismo es “la religión de la salida de la religión”, como dice Gauchet, debía ser un poco esta constatación, y no por enemistad específica contra Dios, sino contra religiones que han constituido la imagen de Dios como algo muy alienante. Una religión no perjudicial sería una que salga de lo religioso más típico en este sentido.

¿El cristianismo debe entenderse como religión o como fe, o como ambas? Una vieja cuestión que retorna de cara al futuro del cristianismo.

Yo creo que el cristianismo es religión, pero tiene muchas pistas para convertirse solamente y fundamentalmente en una fe, es decir, una confianza básica en la vida. Sería una fe que es compatible tanto con la religión como con la no religión, pero sí que es una religión el cristianismo que está  guiñando el ojo a esta religión que es la salida de la religión. Y esto creo que hay que profundizarlo.

Definir la religión cristiana como aquella religión que ya no es religión también me parecería un poco excesivo, porque  la religión cristiana está muy pendiente de Jesucristo (lo que es bastante lógico), y quitarle lo religioso a Jesucristo es un poco excesivo y no responde a los datos más fiables sobre Él.

Sin embargo, las teologías más radicales de los años 60, 70 de Bonhoeffer, Hamilton, Cox… sí que planteaban la posibilidad de esto, de desdogmatizar hasta tal punto el cristianismo y vivir “como si Dios no existiera” (“etsi deus non daretur” de Bonhoeffer, reinterpetando a Hugo Grocio, por ejemplo).  De hecho esta teología radical suena bien dentro del ateísmo. Además de las críticas realizadas a esta teología radical, hay que reconocer que dentro del cristianismo se abre paso también una teología inmanentista que pretende dialogar con la cultura científica, y que está repensando aspectos nucleares del dogma cristiano como, por ejemplo, la resurrección, en claves casi panteístas…

Al hablar de lo religioso, hay que distinguir temas.  Uno es el tema de Dios y otro es el tema de la transcendencia del individuo, que  son dos temas que tradicionalmente van bastante juntos pero que son distintos. En este  debate puede citarse a  López Aranguren (con Muguerza, Fraijó…) acerca de si realmente la religión se lo tenía que jugar todo a esta transcendencia. Creo que es más frágil la transcendencia personal que Dios.

De hecho el pueblo judío estuvo mucho tiempo creyendo en Dios sin creer en la transcendencia personal, y hoy volvemos a encontrar sectores religiosos bastante sólidos y muy profundos, incluso en la teología cristiana, que ponen en entredicho que la trascendencia personal, entendida como persistencia de mi yo, sea un dato esencial de la fe cristiana. Existen teólogos cristianos que interpretan la trascendencia personal con fórmulas que no suponen una persistencia de una individualidad estricta. Díez  Alegría, por ejemplo, cuando decía: “Para mí, si la transcendencia fuese como la gota de agua que se vuelve al mar, ya tengo bastante, no necesito más”.

Es una fórmula que permite reconsiderar todo el tema. Y Pohier, el teólogo dominico francés condenado por el antiguo Santo Oficio, decía que no le fulminaron porque hubiese hablado mal de Dios, sino porque había puesto entre paréntesis la supervivencia individual, y esto era intolerable para Roma, porque para los teólogos de Roma la inmortalidad del alma era la piedra angular de la fe y no Dios, lo cual supone una denuncia muy profunda e interesante.

Esto podría invitarnos a pensar en la posibilidad de que un cristianismo inculturado en tradiciones orientales quizá tenga menos problemas para aceptar otras formas de transcendencia menos personalistas y más transpersonalistas…

Sí. Probablemente asistiremos a combinaciones diversas de cuestiones culturales, filosóficas y religiosas, y nos darán productos creyentes diferentes a los que estamos acostumbrados a asignar a cada cultura.

En Europa algunas creencias tenidas por verdades sustanciales del cristianismo no encuentran la misma aceptación que antaño entre quienes se consideran creyentes (las tipologías de la creencia religiosa se han diversificado considerablemente…). Hace tiempo que se vive la sensación de un proceso de desdogmatización de la creencia.

Por ejemplo, yo veo que cuando se da cuenta en investigaciones sociológicas sobre las creencias en el  más allá, después de la muerte,  en general en todas las culturas se afirma que sí, pero en Europa aparece el modelo de los tercios: un tercio de los opinantes dice que si, un tercio dice que no, y otro tercio no sabe no contesta. Cuando los temas están en crisis, el modelo de los tercios es el punto de equilibrio de opiniones.

¿Se te ocurre cómo repensar la esperanza cristiana en la vida más allá de la muerte?

Hay alguna fórmula solamente sugerida pero que a mí me parece interesante, que es, por ejemplo, toda  la reflexión de la física fundamental. La física actualmente maneja unas nociones  e intuiciones que nos orientan hacia la comprensión de lo contraintuitivo, de realidades que no cuadran con los sistemas descriptibles más comunes y observables. Muchos critican la religión por plantear temas contraintuitivos, pero resulta que hoy la física cuántica o la física básica hablan de realidades contraintuitivas y, entonces, pienso que no es anormal que la religión presente realidades contraintuitivas, siempre que lo haga con respeto.

Respecto de la supervivencia individual después de la muerte, no me imagino a mi mismo con la misma identidad psicológica en el más allá, porque mi identidad actual es el fruto psicológico de mi cerebro y la fe ni anuncia esta pervivencia. Sin embargo, tampoco quiero cerrarme en la nada, en el nihilismo de mi representación, porque creo que hay elementos suficientes para poder pensar que no soy capaz de definir qué hay más allá y que es posible que haya realidades contraintuitivas que son realidades, aunque ahora no pueda  definirlas desde mi estatuto psicológico.

Esta es mi posición y coincide con la de muchas personas que, al reflexionar sobre estos temas, no quieren ni el sí ni el no sencillo, sino una abertura compleja, desde la conciencia de limitación obvia de mi condición psicológica presente.

Pero el tema de la esperanza escatológica incluye también otros aspectos a los que, incluso ateos como Horkheimer (de la Escuela de Frankfurt), reconocen  pertinencia teórica desde la razón ética. Por ejemplo, la postulación de justicia radical y universal que reconcilie la historia y restaure la suerte de los inocentes masacrados y oprimidos injustamente… En el sentido de que sería más coherente, si se cree en un concepto de justicia pleno, postular un juicio universal para dotar de sentido a la historia que, en su ausencia, dejaría sin resolver ni reparar las injusticias que, de otro modo, habría que aceptar resignadamente o fatalistamente…

Yo creo que en este sentido la religión lleva razón, si logramos contener la imaginación. Porque si uno empieza a considerar cuáles son las formas en las cuales se hará justicia, hay que dar un espacio a la reparación. Si sabemos tener contención sobre la imaginación, me parece que se puede seguir reivindicando que haya una justicia para aquellos que lo han tenido tan mal en la vida. Personalmente tomo como referencia interpretativa  la Carta a los Romanos, capítulo ocho: los conflictos a los que nos enfrentamos son dolores de parto y no sabemos qué se engendrará, pero los dolores de parto presagian un futuro de vida.

Ya para acabar: asistismos desde hace tiempo al retorno de intelectuales ateos a repensar la religión y su papel en la esfera ético-política, como Rorty, Habermas, Gauchet, Ferry, Eagleton, Flores d´Arcais… tras la senda abierta por Vattimo. Habermas, por ejemplo, reconoce en la religión un depósito de buenos argumentos que todavía no ha sido agotado por el discurso secularista y que, de algún modo, mantendría la memoria de aquello que nos falta y que no se puede imponer exclusivamente desde la argumentación racional y desde las instituciones públicas… A pesar de no ignorar el daño causado por las religiones históricas, invita al diálogo con la religión y coincide en la necesidad de tomar en serio y analizar el núcleo antropológico que subyace a la religión y que sigue dando que pensar. ¿Qué núcleo antropológico podría ser digno de tenerse en cuenta por su virtualidad para el diálogo entre creyentes y no creyentes comumnente preocupados por el futuro del ser humano?

Yo creo que las religiones tienen una gran misión que es: asignar un buen símbolo a la aspiración de los humanos. Éste sería para mí el eje antropológico. Los humanos tenemos unas aspiraciones que no son pura frustración y, por tanto, tienen un sentido. La clave de darle salida correcta a esta aspiración es encontrar el símbolo adecuado y, por eso, yo creo que las religiones tendrían hoy que trabajar mucho el valor simbólico a través de sus relatos particulares, cosa que ya se hace en algunos casos, pero que la teología sistemática u oficial, por ejemplo, tiene resistencias a aceptar, porque a última hora está impresionada por la importancia de la ciencia y, entonces, quiere hacer pasar por científicos, históricos, críticos etc., textos que son puramente simbólicos.

El reconocer este carácter simbólico creo que daría una gran y segunda oportunidad incluso a los textos y relatos de las diversas religiones, para formular un objetivo a esta aspiración profunda de lo humano que es una aspiración a la salvación. La aspiración a una “salvación” de toda la realidad no es una frustración y un sinsentido, pero hay que darle una respuesta compatible con la cultura en la que nos movemos y aquí tiene un papel fundamental el símbolo, el cual afirma pero desde la distancia respetuosa y la capacidad de sugerir más que de definir.  El símbolo tiene la virtud de proponer lo que la descripción no puede precisar, porque el símbolo es abierto por definición y ni siquiera queda encerrado en sus propias definiciones.

¿Entonces, podemos concluir afirmando que el homo sapiens-sapiens es homo spiritualis y que la religión tiene futuro?

Esta característica espiritual del humano se va a rehabilitar, pero en perspectivas diferentes a las que estábamos acostumbrados tanto desde el punto de vista espiritual como religioso.

El futuro es espiritual…

Sí,  yo creo que sí.

Finalizamos con este titular. Gracias, Ramón.
Artículo elaborado por Diego Bermejo, Universidad de Deusto, Bilbao, y colaborador de Tendencias21 de las Religiones.

«El multiculturalismo aboca al conflicto religioso si no se educa en los valores cristianos comunes»


Patrick Sookhdeo, musulmán convertido al cristianismo

«El multiculturalismo aboca al conflicto religioso si no se educa en los valores cristianos comunes»

Patrick Sookhdeo, antiguo musulmán, preside el Instituto para el Estudio del Islam y el Cristianismo.

ReL4 mayo 2016

Durante un documental emitido el 13 de abril en Channel 4 se dieron a conocer los números de una investigación llevada a cabo por el competente centro de investigación ICM [The Insitute of Commercial Management] sobre lo “que piensan los musulmanes que viven en Gran Bretaña”, a raíz del cual se ha creado un amplio debate en el país por los resultados poco alentadores del sondeo, según el cual un joven musulmán de cada cuatro prefiere la sharia a las leyes inglesas, el 4% declara su simpatía por los terroristas y sólo la mitad de los mil entrevistados piensa que se debe hacer algo más contra el fundamentalismo.

Trevor Phillips, ex presidente de la Comisión para la Igualdad, ha comentado estos datos declarando que «nos hemos equivocado en todo». Para Phillips, la fracasada política del multiculturalismo ha permitido el «nacimiento de un estado dentro del estado, con su geografía, sus valores y su propio futuro separado del nuestro».

Incluso Trevor Phillips, político laborista que presidió la Equality and Humarn Rights Commission creada en 2007 para favorecer las políticas de discriminación a favor de las minorías, ha tenido que confesar el fracaso del sistema multiculturalista.

Benedetta Frigerio habló de todo esto para Tempi con Patrick Sookhdeo, director del Instituto Inglés para Estudios sobre el Islam y el Cristianismo, autor de numerosos libros sobre el Islam, ex musulmán convertido al cristianismo, que se ocupa desde los años 70 de las persecuciones que sufren los cristianos:

Patrick Sookhdeo apunta al discurso de Ratisbona de Benedicto XVI sobre la convergencia de fe y razón como alternativa al fracaso del multiculturalismo.

-¿Qué piensa del sondeo difundido por Channel 4?
-En general creo que es difícil presentar una reflexión sobre un único sondeo, pero dada la muestra examinada y el juicio de Phillips creo que el sondeo representa un instrumento útil para poder orientarse.

-Phillips sostiene que la nueva generación corre peligro a causa de unos valores que son antitéticos respecto a los de los ingleses y porque «el multiculturalismo ha fracasado».
-Estoy convencido de ello. En 1989 yo escribía que el enfoque multicultural era un fracaso. De hecho, aunque me señalaban con el dedo acusándome de “islamófobo”, no podía dejar de plantear la pregunta: ¿cómo evolucionará la sociedad multicultural? Cuando llegué a Inglaterra a finales de los años cincuenta, se animaba a los inmigrantes como yo a asimilar la historia, la lengua, la cultura y los valores ingleses. Pero en los años sesenta, con el revisionismo histórico y la condena del colonialismo, Inglaterra permitió a los inmigrantes vivir paralelamente dos culturas. Este enfoque desembocó posteriormente en el multiculturalismo, en el que cada uno es libre de vivir como cree. El fracaso de este planteamiento, admitido ya por muchos, ha llevado a la formación de verdaderos guetos étnicos dentro de nuestras ciudades. Exactamente igual que el esquema del colonialismo inglés sudafricano que se quería condenar.

-¿Cómo se ha llegado a esta situación?
-Nos hemos olvidado de algunos factores fundamentales, como por ejemplo el hecho de que a diferencia de otras religiones, el islam no contempla una separación entre los preceptos de la fe y las leyes del Estado. Por consiguiente, mientras los chinos y los indios pueden vivir siguiendo la propia religión y, al mismo tiempo, abrazar la cultura occidental, para los musulmanes esto significa contradecir la propia fe. Motivo por el que los musulmanes, al no aceptar el juicio de los tribunales occidentales, han instituido tribunales islámicos en nuestras sociedades occidentales.

-¿Por qué los líderes políticos callan y no toman medidas?
-Hace algunos años, durante una conferencia en Roma, estaba presente el comandante en jefe del ejército italiano que dijo: «¿Por qué combatimos nosotros, europeos? No lo sabemos». Esta afirmación es muy interesante porque explica que, antes de enfrentarse al Islam, Occidente debe enfrentarse a sí mismo. Al haber renegado de sus raíces judeo-cristianas, Occidente se ha convertido al materialismo y ya no sabe por qué combate ni si existe algo por lo que valga la pena dar la vida. Preguntamos a los musulmanes, como en el citado sondeo, si son favorables a las uniones entre personas del mismo sexo o qué piensan del alcohol y nos escandalizamos si dicen que son contrarios a todo esto. ¿Quiere esto decir que la única solución que tenemos para integrarlos consiste en difundir la homosexualidad en sus comunidades o en hacer que se emborrachen? No vamos más allá: sin un ideal nos agarramos a la conservación del materialismo, que sin embargo el Islam rechaza.

-¿Qué camino tenemos que recorrer para favorecer la convivencia?
-Si el Islam no acepta el secularismo, tenemos que preguntarnos qué es lo que puede unirnos a otros hombres y en qué se puede educar a los jóvenes musulmanes, pero también a los occidentales. ¿Tenemos algo que ofrecerles que pueda permitir una convivencia? Es un pregunta que también se debe plantear la Iglesia católica: ¿podemos predicar el respeto y el amor sin la justicia y la verdad? Y viceversa, ¿podemos predicar la justicia y la verdad sin el respeto y el amor? El punto es que si se separan estos términos se produce lo contrario: la tolerancia sin justicia se transforma en intolerancia. De este modo, al no proponer nada, nos encontramos siendo esclavos del Islam y tememos imponer un límite.

-Pero hoy Occidente piensa que proponer los valores judeo-cristianos es una imposición.
-Occidente se equivoca. Ya no conoce esos valores, ya no sabe que esos fueron la semilla del arte, de la música, de la cocina, de la poesía, de la ciencia, de la grandeza de la tradición occidental.

-¿Cómo se puede recuperar esa conciencia?
-Creo que el camino es el que delineó Benedicto XVI en su discurso de Ratisbona: la unión de fe y razón en un Occidente que ha eliminado la primera y ha corrompido la segunda. Al mismo tiempo, el islam debe recuperar el concepto de razón, superando la interpretación del Corán que prevaleció tras la disputa teológica del siglo XIII, según la cual la revelación y la razón son incompatibles. El problema es que el uso de la razón, que demuestra por ejemplo que Dios no puede querer la muerte de su criatura, es percibido como una amenaza al plan político del islam.

-Hay quien sostiene, como el experto jesuita Samir Khalil Samir, que el terrorismo no necesita la nueva oleada de emigrantes porque «las ciudades ya han sido conquistadas». ¿Estamos en ese punto?
-Los políticos, a pesar de los atentados, aún no se han dado cuenta de la gravedad de la situación de los guetos de las ciudades y piensan que la solución llegará por sí sola dentro de unos años, cuando se hayan resuelto las tensiones. Pero si seguimos así (también teniendo en cuenta la creciente pobreza que alimenta la lucha por los recursos entre las etnias religiosas), sin redescubrir y educar en los valores cristianos comunes a otros hombres, creo que el conflicto religioso será inevitable.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

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http://www.religionenlibertad.com/el-multiculturalismo-aboca-al-conflicto-religioso-si-no-se-educa-en-49261.htm

¿Qué es el laicismo?


¿Qué es el laicismo?

El laicismo sano propugna la separación entre la Iglesia y el Estado; el laicismo radical es contrario al derecho a la libertad religiosa

Por: Pedro María Reyes Vizcaíno |

El término laicismo puede hacer referencia a dos conceptos. Por un lado, el laicismo se entiende como la separación entre el Estado y la Iglesia o confesión religiosa. En virtud de este laicismo, el Estado no debe inmiscuirse en la organización ni en la doctrina de las confesiones religiosas, y debe garantizar el derecho de los ciudadanos a tener sus propias creencias y manifestarlas en público y en privado, y a dar culto a Dios según sus propias convicciones. También debe garantizar el derecho a la objeción de conciencia, por el cual los ciudadanos no podrán ser obligados a actuar en contra de sus propias convicciones o creencias. Los Estados modernos suelen reconocer en sus Constituciones este concepto de laicismo. De acuerdo con este concepto de laicismo, el Estado y la Iglesia u organización religiosa mantendrán relaciones de colaboración en los asuntos que son de interés común, como el patrimonio histórico y artístico, la asistencia religiosa en centros estatales como cuarteles, hospitales o prisiones, el derecho a la enseñanza con contenido religioso, etc.

Puede haber también colaboración económica con la Iglesia u otro organismo religioso en la medida en que ayudan a solucionar problemas que son de competencia del Estado, como es la atención a los marginados, la ayuda a mayores u otos sectores de la población desprotegidos.

La existencia de relaciones entre el Estado y la Iglesia u organización religiosa no supone privilegio para ninguna religión, sino un reconocimiento del hecho religioso como uno de los intereses de los ciudadanos. Sería discriminatorio que el Estado ignorara el hecho religioso puesto que es uno de los asuntos por el que los ciudadanos manifiestan interés.

La doctrina de la Iglesia Católica también reconoce el concepto de laicismo como se ha descrito hasta aquí; muchas veces se ha llamado sano laicismo o sana laicidad del Estado: puede ampliar la doctrina de la Iglesia sobre la sana laicidad el Mensaje de Juan Pablo II a la Conferencia episcopal francesa en el centenario de la ley de separación de la Iglesia y el Estado.

Sin embargo, el laicismo es entendido por otros como una ausencia de relaciones. En virtud de este concepto de laicismo, el Estado debe ignorar a todas las confesiones religiosas. Quienes propugnan este concepto de laicismo, defienden que se debe prohibir que el Estado mantenga relaciones con la Iglesia u otra organización religiosa. Según este concepto de laicismo, no puede haber capillas o capellanes en los hospitales o cuarteles o prisiones, ni debe haber colaboración entre las autoridades religiosas y estatales. Esta actitud supone una discriminación. Los hospitales públicos y aeropuertos suelen facilitar locales a los sindicatos de los empleados para que desarrollen sus funciones. No se entiende que se niegue este mismo derecho a las confesiones religiosas, especialmente porque la capilla la usa no solo el personal, sino también los usuarios (pacientes o viajeros).

Esta ausencia de relaciones incluye la falta de colaboración económica con la Iglesia incluso en asuntos de tanto interés público como es la conservación del patrimonio artístico. Se puede llegar a negar aportaciones económicas a asociaciones o fundaciones confesionales que contribuyen al bienestar y al desarrollo de la sociedad porque son confesionales, lo cual supone una evidente discriminación religiosa. Es una injusticia que se nieguen subvenciones de fondos públicos a organizaciones católicas para la atención a minusválidos o a colegios católicos porque son confesionales, si se dan subvenciones a organizaciones con fines similares y reúnen las mismas condiciones.

Algunas doctrinas laicistas negativas llegan a criticar que los Obispos den indicaciones a los fieles sobre asuntos de actualidad con trasfondo religioso, como el aborto o la eutanasia o la homosexualidad. Quienes actúan así, parecen no darse cuenta de que están negando a los Obispos por el mero hecho de ser Obispos un derecho tan fundamental como es la libertad de expresión. El Estado debe garantizar a todos los ciudadanos el derecho a expresar su opinión en cualquier asunto, y esto incluye a los ciudadanos que son Obispos. Sería una discriminación por motivos religiosos que los Obispos no pudieran expresar la doctrina de la Iglesia Católica sobre determinados asuntos, aunque estos sean de actualidad en el debate político.

Los ciudadanos, además, tienen derecho a formar su opinión sobre los asuntos de interés político. Para ello, pueden considerar las fuentes de opinión que estimen conveniente. Nadie se puede extrañar de que entre ellas se encuentre la doctrina de la Iglesia o de su propia confesión religiosa, o el pronunciamiento de un Obispo. Si un ciudadano (o un diputado en el Parlamento o un concejal en el ayuntamiento) vota en conciencia de acuerdo con sus creencias, lo hace porque ha escuchado los argumentos de su confesión religiosa y le han convencido. Sería una discriminación religiosa que los ciudadanos (o los diputados o los concejales) pudieran leer cualquier libro o revista que le ayude a formar opinión, salvo los religiosos. También sería una grave discriminación que se pidiera a los ciudadanos (o diputados o concejales) que actuaran en contra de su conciencia en el momento de emitir su voto.

Las doctrinas laicistas negativas más radicales pretenden prohibir que haya símbolos o manifestaciones religiosas públicas, como crucifijos o procesiones, o que las autoridades públicas asistan a ceremonias religiosas como bendiciones de edificios o Misas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por las Naciones Unidas en 1948 garantiza en su artículo 18 a todas las personas la “libertad de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado”. Los poderes públicos deben garantizar, por lo tanto, el derecho de los creyentes a manifestar sus convicciones religiosas en público. Los creyentes tienen el derecho a organizar procesiones, a colocar cruces en lugares a la vista del público, etc. No sería razonable que se pudieran organizar manifestaciones políticas en las ciudades o que se pudieran colocar emblemas de partidos políticos o de sindicatos en la calle, y que se negaran los mismos derechos a los creyentes porque son símbolos religiosos.

También pueden ir las autoridades públicas a eventos religiosos en su calidad de representantes del Estado o de los Ayuntamientos u otras entidades públicas. Muchas veces las autoridades públicas acuden en calidad de representantes públicos a importantes acontecimientos de entidades privadas, como homenajes a personajes políticos o sindicales, o inauguraciones de fábricas o empresas, o aniversarios importantes de clubes de fútbol. Los ciudadanos creyentes se sentirían discriminados si vieran que el alcalde va con carácter oficial a un partido de fútbol y se excusara de ir a una procesión, o que inaugura un centro comercial y no va a la Misa el día de la fiesta del santo patrón.


http://es.catholic.net/op/articulos/23492/qu-es-el-laicismo.html