La centralidad de la resurrección de Cristo Jesús


La centralidad de la resurrección de Cristo Jesús

(Sin la resurrección de Cristo, se desintegra el conjunto cristológico)

San Pablo, en su respuesta a los corintios que negaban la resurrección del cuerpo, hace una declaración muy radical:

Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes. Aún más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido, si los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.  Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera solo para esta vida, seremos los más desdichados de todos los mortales (1Cor 15:14-19 NVI).

El evangelio nos proclama que Jesús murió y fue sepultado, pero resucitó y fue visto por muchos testigos oculares, de los que Pablo fue el último (1Cor 15:1-8). Si Cristo no resucitó, insiste Pablo, nuestra esperanza es ilusoria y nuestra predicación no vale para nada. Eso es el evangelio, y sin la resurrección de Cristo de los muertos, no hay evangelio.

Pero, además, sin la resurrección la historia de Cristo pierde su sentido y su coherencia. Veamos:

(1) La encarnación y la deidad de Cristo (Jn 1:1-3,14): La encarnación significa que Dios mismo nació y vivió como ser humano, sin dejar de ser Dios.  Como el “DiosHombre” Jesucristo murió en la Cruz, pero como afirma el sermón pentecostal de Pedro, Dios lo resucitó, “porque era imposible que la muerte lo retuviera bajo su dominio… No dejarás que mi vida termine en el sepulcro” (Hch 2:24,27). Si Jesús murió y no resucitó, no era el Dios encarnado y la muerte lo hubiera vencido. Si él es Dios, es de esperar que su cadáver no se descomponga en la tumba sino que salga como Vencedor de la muerte para siempre.

El prólogo del cuarto evangelio (Jn 1:1-18) es una aplastante refutación del idealismo anti-materialista del platonismo medio y del proto-gnosticismo. Para ellos el Logos y laSofía eran las emanaciones más inmediatas de Dios (Theós) pero como tales no podían tener nada que ver con la creación ni con la materia. La materia fue creada por el error de una emanación muy inferior, el mal-nacido Demiurgo, un semi-mini-cuasi-diosito. Fue un rechazo radical de todo lo material, incluso del cuerpo.

Juan comienza su prólogo empleando los mismos términos de los platónicos: “el Logos estaba con Dios y el Logos era Dios”. ¡Excelente!, dirían ellos; ¡este hombre es de los nuestros! Pero inmediatamente viene la puñalada: “Todas las cosas, sin excepción, fueron creados por el Logos” y no por el desgraciado Demiurgo. Y para colmo de escándalos, “El mismo Logos fue hecho carne (sarx)”. No podría haber una refutación más contundente del anti-materialismo ni una afirmación más positiva del valor esencial del cuerpo.

Esa afirmación radical del cuerpo físico se reafirma definitivamente en la resurrección de Cristo de entre los muertos. Negar la resurrección es suponer que podemos ser plenamente humanos sin el cuerpo.

Durante su vida Jesús resucitó a varios muertos, anticipando su propia victoria sobre la muerte, y anunció tres veces su propia resurrección. Si al fin no resucitara, sería mucha la contradicción y fatal su error.

(2) El cuerpo resucitado de Jesús: San Lucas narra que Jesús, en la tarde del mismo domingo de su resurrección, sale a caminar hacia Emaús. En el camino ve dos de sus seguidores y acelera sus pasos para alcanzarlos. Camina con ellos, conversa (con un simpático sentido de humor), les enseña y “parte el pan” con ellos (Luc 24:13-29). ¡El Resucitado sigue siendo plenamente humano!

En eso, según el relato, el Resucitado desaparece y ellos vuelven solos a Jerusalén, a pie como habían venido (24:31-35). Reunidos ellos con los apóstoles, Jesús “se puso en medio de ellos” (24:36). Como ellos creían que él era un espíritu, el Resucitado pidió comida y la comió ante los ojos de ellos (24:36-42). Para Lucas, el cuerpo resucitado es un cuerpo liberado del “reino de la necesidad” de que hablaba el joven Marx.

La resurrección de Jesús fue un acontecimiento único e irrepetible para nosotros, porque Jesús también era un ser humano único e incomparable (Barth, Moltmann, Cullmann). Pero la resurrección de Jesús anticipa, en el centro de la historia, la resurrección nuestra al final de la historia (1Cor 15:20; Jn 5:28-29). Igual que el primer fruto de la siembra, la resurrección de Jesús garantiza y a la vez anticipa y modela la resurrección final nuestra.

(2) Ascensión y Pentecostés: Por cuarenta días, según Hechos 1, el Resucitado convivía con sus discípulos, comía con ellos y les enseñaba. Después ascendió visiblemente ante los ojos de ellos hasta que una nube lo quitó de su vista. Sin la resurrección de Cristo con cuerpo visible, la ascensión, tan importante para la teología del reino, sería inexplicable.

Hoy día está de moda decir “yo creo en la resurrección, pero de otro modo”. Igual de como Romero prometió resucitar en el pueblo salvadoreño (eso, porque él creía en la resurrección de Jesús), les gusta decir que Jesús resucitó en la iglesia, o en la fe de los discípulos, etc. Obviamente nada de eso cuadra con los datos del N.T. ¡La fe de los discípulos o su “esperanza utópica” no ascendió al cielo después de cuarenta días!

Antes de ascender, Cristo prometió derramar sobre todos el Espíritu que él recibiría del Padre. Por eso, el Pentecostés era una confirmación de la Ascensión: “Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ven y oyen” (Hch 2:33). En la lógica del relato lucano, si no hay resurrección del cuerpo no hay ascensión, y sin ascensión no hay pentecostés.  (¡Lo sentimos, hermanos pentecostales!)

(3) La venida de Cristo (Apoc 1:7): La esperanza del regreso de Jesús, tan central al mensaje del Nuevo Testamento, es totalmente inconcebible sin su resurrección corpórea. Su retorno, igual que su resurrección, se describe como visible y tangible. Sería absurdo hablar de “la segunda venida de la fe de los discípulos”, de la esperanza o de la iglesia misma. Pero la iglesia primitiva, en todas sus variantes, esperaba gozosa el regreso de su Señor y Salvador.

El mes pasado (12 febr 2016) circuló ampliamente una declaración del papa Francisco sobre la urgencia de la unidad: “Ya una vez dije que si la unidad se hace en un estudio, estudiando teología y lo demás, quizás venga el Señor y todavía la estemos haciendo. La unidad se hace caminando: que, por lo menos, el Señor cuando venga nos encuentre andando”. Aunque una hipérbole y no una afirmación teológica, indica que el papa cree, junto con la inmensa mayoría de los cristianos de siempre, que Cristo volverá. Sería difícil que pronunciara esas palabras si no creyere que Cristo haya prometido volver.

(4) La resurrección final: Juan 5:28-29 enseña que en el “todavía no” del reino de Dios tanto los justos como los injustos saldrán de sus sepulcros para resurrección de vida y resurrección de condenación respectivamente. Según 1Tes 4:16 la resurrección de los fieles coincide con el retorno de Cristo, lo que Apoc 20:5 llama “la primera resurrección” seguida posteriormente por “la segunda muerte” (20:6). De esa manera la resurrección de Jesús garantiza y prefigura la resurrección nuestra.

La visión final del mensaje bíblico no es la de un vuelo del alma al cielo sino de personas (¡nosotros y nosotras!) con cuerpos transformados y liberados que viven sobre una tierra nueva, bajo cielos nuevos, en una comunidad nueva llamada “la Nueva Jerusalén” ¡Gloria al Dios que hace nuevas todas las cosas!

El centro vital de toda esta esperanza es la resurrección de Cristo. “Porque él vive, viviré mañana”, reza un himno favorito de muchos cristianos. Monseñor Romero, frente a su propia muerte, pudo declarar “resucitaré en el pueblo salvadoreño”, no como alternativa a la resurrección de Cristo sino porque él estaba convencido de que Cristo resucitó de entre los muertos.

Conclusión: La resurrección corpórea es la afirmación más elocuente del valor imperecedero del cuerpo físico. Recordemos que la esperanza no termina en el cielo sino en una nueva tierra para personas con cuerpos resucitados en una comunidad nueva. De hecho, todo el mensaje bíblico, desde el pacto con Abraham hasta la nueva tierra, es una especie de materialismo histórico.

Esta interpretación cristológica y realista no es literalismo. El literalismo consiste en priorizar a priori, con o sin evidencias exegéticas, las interpretaciones literales. En estos textos, las razones exegéticas favorecen la interpretación corpórea y realista.

Juan Stam B.

febrero de 2016

El carácter ineludible de Jesús de Nazaret


El carácter ineludible de Jesús de Nazaret

La persona de Jesucristo ha sido objeto de diversos análisis y motivo de miles de libros, dentro y fuera de la fe cristiana. Hay ciertos aspectos que han hecho que Su vida y palabras afecten aun hoy a cada ser humano. ¿Pero qué pudo tener de especial un carpintero judío hace dos mil años para ser “ineludible” para la humanidad?

Una escena de la película “Hijo de Dios” (2014), de Mark Burnett y Roma Downey.

Jesús, ¿otra versión de muchos mitos? 

Vale decir que la persona de Jesús siempre ha sufrido ataques desde diversos frentes. Uno de los ataques más interesantes tiene que ver con el de algunos ateos, principalmente, que sugieren que la historia de Jesús relatada en el Nuevo Testamento no es más que una copia y adaptación de los mitos de otras divinidades paganas. Entonces, con este planteamiento como base, los proponentes de esta idea señalan supuestas coincidencias entre el Jesús de los evangelios y algunas divinidades antiguas como Horus, Dionisio, Mitra y Krishná. Las principales similitudes alegadas por estos críticos son que todas aquellas divinidades:

  • Nacieron un 25 de diciembre.
  • Nacieron de una virgen.
  • Eran “niños maestros” a la edad de 12 años.
  • Caminaron sobre el agua y realizaron muchos milagros.
  • Tuvieron 12 discípulos.
  • Fueron traicionados por un amigo.
  • Murieron crucificados y resucitaron al tercer día.

¿Qué de cierto se ha hallado en estos cargos tan serios contra la integridad del Cristianismo? Ninguna, absolutamente. Desde el siglo XIX, cuando ciertos racionalistas presentaron por primera vez estas “coincidencias”, hasta ahora, ninguna prueba se ha podido presentar. Muy por el contrario, la documentación existente referente a las divinidades mencionadas —escasísima en comparación con las fuentes que comprueban la historicidad de Jesús y la veracidad de los evangelios— ofrecen una información completamente diferente en cada aspecto (Ver fuentes al final del artículo).

El apóstol Pedro escribió: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 P 1.16). No es lógico pensar que los discípulos de Jesús conspiraron para crear una mentira monstruosa para engañar al mundo y luego la defendieron a costa de sus propias vidas. ¿Moriría usted por algo que sabe que es mentira? Los discípulos tampoco, y sin embargo la mayoría de ellos murió como mártir.

Jesús es sencillamente incomparable. Todos los intentos por hacerlo quedar como “uno más entre muchos” han acabado, uno tras otro, en fracaso. Jesús fue único por muchas razones, pero nos gustaría señalar dos principalmente.

Único por las profecías que cumplió 
El Cristianismo no necesita de ninguna influencia externa como la mitología para obtener su contenido. Toda la enseñanza del Nuevo Testamento, incluyendo la vida y el mensaje de Jesús, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, donde se destacan especialmente las promesas concernientes a un Mesías venidero. Muchas profecías que encontramos en el Antiguo Testamento se refieren a la venida de Jesucristo como Salvador:

  1. El lugar de Su nacimiento: Belén (Mi 5.2; Mt 2.5-6; Lc 2.4).
  2. El tiempo de Su nacimiento: basado en las 70 semanas de años dados a Daniel (Dn 9.25; Lc 2.25-32).
  3. La forma de Su nacimiento: nacido de una virgen (Is 7.14; Lc 1.34).
  4. El precio de Su traición: treinta piezas de plata (Zac 11.12; Mt 26.15; 27.9-10).
  5. La forma de Su muerte: la crucifixión (Sal 22.16, 18; Mt 27.35; Lc 23.34; Jn 19.24; 20.25).
  6. La condición de Su cuerpo: ningún hueso roto (Sal 34.20; Juan 19.31-33) pero el costado traspasado (Zac 12.10; Jn 19.34, 37).
  7. La deslealtad de Sus discípulos: abandonado por sus seguidores (Zac 13:7; Mt 26.31).
  8. El lugar de Su sepultura: puesto en la tumba de un hombre rico (Is 53.9; Mt 27.57-30).

La probabilidad de que cualquier persona pudiera cumplir las ocho profecías es de 1 probabilidad en 100,000,000,000,000,000 ó 1 en 100 mil billones. Hay que considerar que Jesús no tenía control sobre el cumplimiento de estas profecías. Por ejemplo, no podía elegir dónde nacer, cómo morir, o dónde ser enterrado. Se ha registrado más de 330 predicciones distintas que Jesús cumplió. La probabilidad de que una sola persona cumpliera apenas 48 profecías es de 1 en 10157. Este número es tan grande —1 seguido de 157 ceros— que es inimaginable.

Único por todo lo que afirmó 
Jesús dijo cosas que nadie más pudo decir. Ni los “grandes maestros” de la historia, entre los que tantas veces se ha tratado de incluir a la fuerza a Jesús, se atrevieron a hacer afirmaciones como las que Él hizo sobre Sí mismo, sobre la humanidad, sobre Dios, sobre la vida y sobre la muerte. Por ejemplo:

  • Dijo que Dios era Su Padre (Jn 5.18).
  • Se atribuyó el poder de perdonar los pecados (Mt 9.6).
  • Dijo que el que no cree en él está bajo la ira de Dios (Jn 3.36).
  • Declaró que juzgaría a todas las naciones (Mt 25.31-33).
  • Retó a que alguien le acusara de algún pecado (Jn 8.46).
  • Reclamó ser honrado al igual que Dios (Jn 5.23).

Afirmaciones como estas solo pueden ser calificadas o como muy atrevidas, como mínimo, o muy sublimes. Son afirmaciones absolutas, incondicionales, radicales. ¿Cuáles son nuestras alternativas frente a estas declaraciones?

Tomemos solo la primera de la lista, para darnos cuenta de la gravedad del asunto. Jesús afirma ser el Hijo de Dios. ¿Qué opciones tenemos frente a esto? Muchos simpatizantes de Jesús han tratado de minimizar Sus palabras para poder quedarse “cómodos” con Él sin tener que rendirle sus vidas. Otros, opositores, han rechazado rotundamente las pretensiones de Jesús y se han negado a considerarlas siquiera como válidas. Pero otros han concluido que la honestidad nos obliga a evaluar las verdaderas posibilidades de lo que Jesús declaró sobre Sí mismo.

En su “trilema” sobre la afirmación de Jesús de ser el Hijo de Dios, C. S. Lewis señalaba que tras una franca valoración de las cosas solo nos quedan tres posibilidades:

  1. Era mentira y Jesús lo sabía —entonces era un farsante despreciable.
  2. Era mentira pero Jesús no lo sabía —entonces era un demente digno de lástima.
  3. Era verdad —entonces Jesús es realmente el Hijo de Dios.

Las palabras y acciones de Jesús no reflejan la conducta de un charlatán o la de una persona mentalmente desequilibrada. Una acusación como esa no resiste el abundante testimonio de Sus milagros o la brillantez de Sus enseñanzas. Solo la tercera opción es lógicamente admisible.

Se nos exige una respuesta.

Podemos aplicar este mismo método a las demás afirmaciones de Jesús. Lo que no podemos es evadir la respuesta personal que ellas exigen de nosotros. Si las declaraciones de Jesús son verdad, entonces toda Su vida, muerte, resurrección y coronación en el cielo tienen una relevancia vital para cada uno de nosotros. El hecho de que Su venida tenía algo que ver con nuestras vidas es una verdad inescapable.

Aquel carpintero judío, que nació en un humilde pueblecito hace dos mil años, dijo ser el Hijo de Dios, que puede perdonar nuestros pecados, que merece ser honrado como Dios, y que un día juzgará al mundo. Todo esto exige una respuesta de nuestra parte. ¿Cuál será la suya?

Fuentes:

  • VerdadyFe.com. “¿Es Jesús una imitación de otros dioses de la mitología pagana?” En línea: bit.ly/1aKQgn6
  • Gary DeMar. “A beginner’s guide to Bible prophecy”. En Biblical worldview (Oct-Nov 2007).
  • Kurt De Haan. ¿Por qué es lógico creer en Cristo? RBC Ministries.

El carácter ineludible de Jesús de Nazaret

http://www.revistalafuente.com/2015/12/el-caracter-ineludible-de-jesus-de.html

¿Qué es la inmaculada concepción?


¿Qué es la inmaculada concepción?

Mucha gente equivocadamente cree que la inmaculada concepción se refiere a la concepción de Jesucristo. La concepción de Jesús fue total y absolutamente inmaculada… pero este concepto no se refiere para nada a Jesús. La inmaculada concepción es una doctrina de la Iglesia Católica Romana respecto a María, la madre de Jesús. Una declaración oficial de esta doctrina dice.

“… la bendita Virgen María ha sido, desde el primer instante de su concepción, por una singular gracia y privilegio del Todopoderoso Dios, en vista de los méritos de Jesucristo el Salvador de la Humanidad, conservada libre de toda mancha del pecado original.”

Esencialmente la inmaculada concepción es la creencia de que María fue protegida del pecado original, que María no tuvo una naturaleza de pecado, y fue, de hecho, sin pecado.

El problema con esta doctrina de la inmaculada concepción es que no es enseñada en la Biblia. En ninguna parte de la Biblia se describe a María como más que una mujer ordinaria, a quien Dios eligió para ser la madre del Señor Jesucristo. María fue indudablemente una mujer piadosa (Lucas 1:28). María seguramente fue una maravillosa esposa y madre. Jesús definitivamente amaba y apreciaba a Su madre (Juan 19:27) . La Biblia no nos da razón para creer que María era sin pecado. De hecho, la Biblia nos da todas las razones para creer que Jesucristo es la única Persona a que no estuvo “infectada” por el pecado y que jamás cometió pecado (Eclesiastés 7:20; Romanos 3:23; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:22; 1 Juan 3:5).

La doctrina de la inmaculada concepción se originó de la confusión sobre el cómo Cristo pudo haber nacido sin pecado si Él fue concebido dentro de una humana mujer pecadora. La idea era que Jesús habría heredado una naturaleza pecaminosa de María si ella era una pecadora. En contraste a la inmaculada concepción, la solución bíblica a este problema es entendiendo que Jesús Mismo fue milagrosamente protegido de ser contaminado por el pecado mientras Él estuvo dentro del vientre de María. Si Dios fue capaz de proteger a María del pecado, ¿no podría ser capaz de proteger a Jesús del pecado? Por lo que, la naturaleza sin pecado de María resulta ser ni necesaria, ni bíblica.

La iglesia Católica Romana argumenta que la inmaculada concepción es necesaria, porque sin ella, Jesús hubiera sido el objeto de Su propia gracia. La idea es como sigue – para que Jesús fuera milagrosamente preservado del pecado, que en sí mismo hubiera sido un acto de gracia, significaría esencialmente que Dios “se Auto-agració” La palabra gracia significa “un inmerecido favor”. La gracia es concederle a alguien algo que él o ella no merecen. El que Dios realizara el milagro de preservar a Jesús del pecado no es “gracia”- En ningún sentido era posible que Jesús fuera infectado por el pecado. Él era perfecto y una naturaleza humana sin pecado se unió a una divinidad sin pecado. Dios no puede ser infectado o afectado por el pecado, porque Él es perfectamente y totalmente santo. Esta misma verdad se aplica a Jesús. No fue necesaria la “gracia” para proteger a Jesús del pecado. Siendo Dios encarnado, Jesús era en Su esencia “inmune” al pecado.

Así que, la doctrina de la inmaculada concepción no es ni bíblica ni necesaria. Jesús fue milagrosamente concebido dentro de María, quien era una virgen en ese tiempo. Eso es el concepto bíblico del nacimiento virginal. La Biblia ni siquiera sugiere que hubo algo significativo acerca e la concepción de María. Si examinamos esto concepto lógicamente, la madre de María tuvo que haber sido concebida inmaculadamente también. ¿Cómo podía María ser concebida sin pecado, si su madre fue pecadora? Lo mismo se habría tenido que decir de la abuela de María, su bisabuela, su tatarabuela, etc, etc. Así que, en conclusión, la inmaculada concepción no es una enseñanza bíblica. La Biblia enseña la milagrosa concepción virginal de Jesucristo, no la inmaculada concepción de María.

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El Verbo


El Verbo

Las construcciones gramaticales constan de diferentes partes, tales como inicio, medio, final, sujeto, predicado, etc. A su vez también están conformadas  por diferentes palabras, tales como sustantivos, artículos definidos e indefinidos, adjetivos, verbos, etc.

Cada uno de ellos puede llegar o no a tener un significado por sí mismo. Los artículos denotan el género y número. Los sustantivos manifiestan de qué se habla. Los adjetivos muestran cómo es el objeto. Pero solamente el verbo puede expresar lo que está sucediendo, lo que se desea alcanzar o lo que se intenta explicar.

Si decimos simplemente “la casa grande”, no podemos definir totalmente la situación. Necesitamos agregarle el verbo para especificar: “la casa es grande”, “la casa grande está en venta”, “arreglamos la casa grande”, etc.

En Juan 1:1 leemos:

  • En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”

Más adelante La Biblia nos explica que fue lo que ocurrió con ese Verbo…

  • “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14)

Y también podemos aprender lo que El hace…

  • “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros  ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida, porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el  Padre, y se nos manifestó… Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:1-2,5-7)

Ese Verbo fue hecho carne (cuerpo) con un propósito muy específico:

  • “Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado…” (Lucas 22:19)
  • “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10)
  • “…quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia;  y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24)

Recordemos: El libro de nuestra vida jamás tendrá oportunidad de llegar a ser un “best seller” si no incluimos en él al “Verbo hecho carne”

DIos le bendiga mucho

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TBS
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¿Cuántas fueron las apariciones de Jesús una vez resucitado?


22 abril 2015
¿Cuántas fueron las apariciones de Jesús una vez resucitado?

Litúrgicamente hablando, conmemoramos estos días del año los días que Jesús pasó en la tierra hasta que ascendió a los cielos, que celebraremos precisamente el día de la Ascensión, que este año caerá el 17 de mayo. Días en los que el ministerio de Jesús se expresó a través de una serie de apariciones a las personas que estimó oportuno hacerlo, por lo que el momento se antoja más que adecuado para preguntarse por las apariciones de Jesús resucitado que registran los textos canónicos.

Lo primero que ha de decirse al respecto es que la presencia de Jesús entre los suyos una vez resucitado duró cuarenta días, cosa que curiosamente, no conocemos por ninguno de los evangelios, sino por los Hechos de los Apóstoles, donde Lucas así lo expresa:

“A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles pruebas de que vivía, dejándose ver de ellos durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios” (Hch. 1, 3).

En cuanto a las apariciones, las que recogen los textos canónicos son las siguientes.

Mateo recoge dos: la aparición a María Magdalena y “la otra María” (28, 9-10), y la aparición a “los once discípulos” en Galilea (Mt. 28, 16-20).

Marcos, en los episodios que podemos denominar “canónicos apócrifos”, es decir, que forman parte del conjunto canónico aunque no aparezcan en todos los manuscritos que han llegado a nuestros días como notablemente los importantísimo Vaticano y Sinaítico, los cuales constituyen el final de su Evangelio pero podrían ser debidos a pluma diferente de la de Marcos, recoge tres: una primera a María Magdalena (Mc. 16, 9), una segunda a dos discípulos “que iban camino a una aldea” (Mc. 16, 12), y una tercera a “los once discípulos” (Mc. 16, 14), aparentemente en Jerusalén.

Lucas recoge cuatro: una primera aparición a los discípulos que iban “a un pueblo llamado Emaús” (Lc. 24, 13-32; pinche aquí para conocer la aparición en todo su detalle); otra a Pedro (Lc. 24, 34); una tercera a los discípulos en Jerusalén terminada en Betania (Lc. 24, 36-50); y una cuarta no en su Evangelio sino en los Hechos de los Apóstoles en la que acontece la Ascensión, indudablemente fuera de Jerusalén (Hch. 1, 4- 11). Cabe sostener que esta última aparición es la misma que la que cita Lucas en su Evangelio en tercer lugar, y de hecho, la tradición registra que la Ascensión tuvo lugar en Betania.

Juan también recoge cuatro: una primera aparición a María Magdalena (Jn. 20, 11-18); una segunda a “los discípulos” menos a Tomás (Jn. 20, 19-23) en Jerusalén; una tercera “ocho días después” a los discípulos, Tomás incluído (20, 24-29), aparentemente también en Jerusalén; y una cuarta a orillas del lago Tiberíades a siete de sus discípulos “Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos” (Jn. 21, 1-23).

Pablo por último, cita cinco apariciones: una primera a Cefas, es decir, el apóstol Pedro (1Co. 15, 5); una segunda “a los Doce” (sic, se trata de los Once, pues Judas ya no se halla entre ellos, 1Co. 15, 5); una tercera a “más de quinientos hermanos a la vez” (1Co. 15, 6); una cuarta a Santiago (ha de entenderse que el Menor, 1Co. 15, 7) y una quinta a “todos los apóstoles” (1Co. 15, 7).

Material con el que puede realizarse la siguiente sistematización de las apariciones de Jesús:

1º.- Una primera aparición a María Magdalena (Mc. 16, 9 y Jn. 20, 11-18). En Mateo, en esta primera aparición a Magdalena acompaña “la otra María” (28, 9-10).

2º.- Una aparición que podría ser la primera en Lucas a los dos discípulos que iban “a un pueblo llamado Emaús” (Lc. 24, 13-32), la cual es aparentemente recogida también por Marcos (Mc. 16, 12), aunque para él es la segunda, después de la de Magdalena.

3º.- Una aparición a Pedro en solitario que podría ser la primera en Lucas (Lc. 24, 34) –ello depende ya lo vimos de la interpretación que demos al texto en el que Lucas relata las apariciones a los discípulos de Emaús y a Pedro- y que para Pablo es indudablemente la primera (1Co. 15, 5).

4º.- Una aparición a los Once en Jerusalén que recogen Marcos (Mc. 16, 14), Lucas (Lc. 24, 36-50) y Pablo (1Co. 15, 5).

5º.- Una aparición también en Jerusalén a los Once menos Tomás que recoge Juan (Jn. 20, 19-23). Podría ser la misma que la anterior, sólo que Marcos, Lucas y Pablo habrían omitido citar la ausencia de Tomás.

6º.- Una aparición ocho días después de resucitado a los Once, esta vez con Tomás incluído (20, 24-29), también en Jerusalén.

7º.- Una aparición a más de quinientos discípulos a la vez en lugar indeterminado que recoge Pablo (1Co. 15, 6).

8º.- Una aparición a Santiago, presumiblemente el Menor, en lugar indeterminado, que también recoge Pablo (1Co. 15, 7).

9º.- Una aparición a siete discípulos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos, en el lago Tiberíades, que recoge Juan (Jn. 21, 1-23).

10º.- Otra aparición a “los once discípulos” en Galilea que recoge Mateo (Mt. 28, 16-20).

11º.- Una última aparición a los Once, probablemente acompañados por María (como sostiene firmemente la tradición), que habría tenido lugar en Jerusalén o Betania, en la que Jesús se despide y asciende al cielo, la cual recogen Lucas dos veces (Lc. 24, 36-50 y Hch. 1, 4- 11), Marcos (Mc. 16, 14) y Pablo (1Co. 15, 7).

Dieciocho relatos pues en los textos canónicos que por mor de la repeticiones y reiteraciones –sólo a modo de ejemplo, la que citamos como la última y se culmina con la ascensión es recogida en cuatro ocasiones- quedan reducidos a once eventos reales, incluso diez si las que hemos citado en cuarto lugar y en quinto son, en realidad y como hemos dicho, la misma aparición.

Y bien amigos, esperando haber sido de ayuda para la sistematización de un tema tan complejo, deseo a Vds. como siempre que hagan mucho bien y que no reciban menos, invitándoles una vez más a acompañarme mañana una vez más en la columna.

©L.A.

http://www.religionenlibertad.com/cuantas-fueron-las-apariciones-de-jesus-una-vez-resucitado-41961.htm

¿La resurrección de Jesucristo es verdad?


¿La resurrección de Jesucristo es verdad?

Aunque la Escritura no intenta “probar” que Jesús fue resucitado de entre los muertos, si presenta evidencias concluyentes del hecho de que Él verdaderamente resucitó. La resurrección de Cristo está registrada en Mateo 28:1-20; Marcos 16:1-20; Lucas 24:1-53 y Juan 20:1-21:25. La resurrección de Cristo también aparece en el libro de Los Hechos (Hechos 1:1-11). De estos pasajes puedes obtener muchas “pruebas” de la resurrección de Jesucristo. Fíjate en el dramático cambio en los discípulos. Ellos fueron del temor que los hizo esconderse en un cuarto, al entusiasmo y propagación del Evangelio por todo el mundo. ¿Qué otra cosa pudo explicar este dramático cambio en ellos, sino la experiencia de ver a Jesucristo resucitado?

Mira la vida del apóstol Pablo. ¿Qué fue lo que lo cambió de ser un perseguidor de la iglesia, a convertirse en un apóstol de la iglesia? Esto sucedió cuando el Cristo resucitado se le apareció en el camino a Damasco (Hechos 9:1-6). Otra “prueba” indiscutible es la tumba vacía. Si Cristo no resucitó, entonces ¿dónde está Su cuerpo? Los discípulos y muchos otros vieron la tumba donde Él fue sepultado. Cuando regresaron, Su cuerpo ya no estaba ahí. Los ángeles declararon que Él se había levantado de los muertos, como Él lo había prometido (Mateo 28:5-7). Más aún, otra evidencia de Su resurrección es la gran cantidad de gente a la que Él se apareció (Mateo 28:5,9,16-17; Marcos 16:9; Lucas 24:13-35; Juan 20:19,24,26-29; 21:1-14; Hechos 1:6-8; 1 Corintios 15:5-7).

El pasaje clave de la resurrección de Jesucristo está en 1 Corintios 15. En este capítulo, el apóstol Pablo explica por qué es crucial el entender y creer en la resurrección de Jesucristo. La resurrección es importante por las siguientes razones: 

(1) Si Cristo no resucitó de los muertos, tampoco lo harán los creyentes (I Corintios 15:12-15). (2) Si Cristo no resucitó, Su sacrificio por el pecado no fue suficiente (1 Corintios 15:16-19). La resurrección de Jesús prueba que Su muerte fue aceptada por Dios como la expiación por nuestros pecados. Si Él simplemente hubiera muerto y hubiera permanecido muerto, eso hubiera indicado que Su sacrificio no fue suficiente. Por lo tanto, los creyentes no tendrían el perdón de sus pecados, y ellos permanecerían muertos después de su muerte física (1 Corintios 15:16-19) – no existiría tal cosa como la vida eterna (Juan 3:16). “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20) Cristo ha resucitado de los muertos – ¡Él es el primero de los frutos de nuestra futura resurrección! (3) Todos aquellos que creen el Él, serán resucitados para vida eterna, tal como Él lo hizo (1 Corintios 15:20-23). 1 Corintios 15 sigue describiendo cómo la resurrección de Jesucristo prueba Su victoria sobre el pecado, y nos provee de poder para una vida de victoria sobre el pecado (1 Corintios 15:24-34). (4) Este texto describe la gloriosa naturaleza del cuerpo resucitado que recibiremos (1 Corintios 15:35-49), y, (5) Proclama que como resultado de la resurrección de Cristo, todos los que creen en Él obtienen la victoria final sobre la muerte (1 Corintios 15:50-58) ¡Cuán gloriosa verdad es la resurrección de Jesucristo! “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).

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¿Lama Sabactani?


¿Lama Sabactani?

NO. 2133
Un sermón predicado la mañana del Domingo 2 de Marzo, 1890

por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.

  • “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? – Mateo 27: 46.

“Hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena”: este clamor provino de aquellas tinieblas. No esperen percibir como si cada una de estas palabras descendiera de lo alto, cual rayo procedente del Sol de Justicia desprovisto de nubes. Hay luz en ellas, luz brillante, deslumbrante; pero también hay un centro de impenetrable oscuridad, donde el alma se encuentra a punto de desfallecer debido a las terribles tinieblas.

Nuestro Señor se encontraba en ese momento en la parte más oscura de Su camino. Él había pisado ya el lagar durante horas, y la obra estaba casi consumada. Había alcanzado el punto culminante de Su angustia. Este es Su doloroso lamento procedente de lo más profundo del abismo de la miseria: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Yo no creo que los registros del tiempo, y ni siquiera los de la eternidad, contengan una frase más llena de angustia. Aquí fueron eclipsados el ajenjo y la hiel, y cualquier otro tipo de componentes amargos. Aquí pueden mirar ustedes como si contemplaran un profundo abismo; y aunque fuercen sus ojos y miren hasta que la vista se canse, no pueden percibir el fondo; es inmedible, insondable, inconcebible. Esta angustia del Salvador por ustedes y por mí, no se puede medir ni pesar, como tampoco el pecado que la motivó, o el amor que la soportó. Estemos listos a adorar eso que no podemos comprender.

He elegido este tema para que ayude a los hijos de Dios a entender un poco lo relativo a sus obligaciones infinitas hacia su Dios Redentor. Medirán la altura de Su amor, si es que puede medirse jamás, mediante la profundidad de Su dolor, si es que puede conocerse jamás. ¡Vean con qué precio nos ha redimido de la maldición de la ley! Y al ver todo esto, díganse a ustedes mismos: ¡qué clase de personas debemos ser! ¡Qué clase de amor debemos entregar a Quien soportó el máximo castigo para que nosotros pudiéramos ser liberados de la ira venidera! No pretendo que puedo sumergirme en estas profundidades: sólo voy a aventurarme hasta la orilla del precipicio, y voy a pedirles que miren hacia abajo, y que oren al Espíritu de Dios para que puedan concentrar su mente en esta lamentación de nuestro Señor agonizante, conforme se eleva en medio de las densas tinieblas: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Nuestro primer tema de reflexión será el hecho; o, lo que Él sufrió: Dios lo había desamparado. En segundo lugar, analizaremos la pregunta; o, por qué sufrió: estas palabras “¿por qué?” son el meollo del texto. “¿Por qué me has desamparado?” Luego, en tercer lugar, vamos a considerar la respuesta; o, el resultado de Su sufrimiento. La respuesta fluyó suavemente al alma del Señor Jesús sin necesidad de palabras, pues Él se liberó de la angustia con el grito triunfante de: “Consumado es.” Su obra había sido consumada, y su experiencia de abandono fue una parte primordial de la obra que había asumido por causa nuestra.

I. Con la ayuda del Espíritu Santo, primero reflexionemos sobre EL HECHO; o, lo que nuestro Señor sufrió. Dios lo había desamparado. La aflicción mental es más dura de soportar que el dolor corporal. Puedes armarte de valor y soportar el tormento de la enfermedad y del dolor, en tanto que el espíritu esté sano y valeroso; pero si la propia alma es afectada y la mente se duele por la angustia, entonces cada dolor aumenta en severidad, y no hay nada que pueda sustentar al alma.

Las aflicciones espirituales constituyen las peores miserias mentales. Un hombre puede experimentar una gran depresión de espíritu acerca de las cosas del mundo, si está convencido que tiene a su Dios a Quien acudir. Está abatido, pero no desesperado. Como David, dialoga consigo mismo, y pregunta: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle.”

Pero si el Señor se aleja alguna vez, si la luz del consuelo de Su presencia se oculta aunque sea por una hora, hay un tormento dentro del pecho que sólo puedo comparar al preludio del infierno. Este es el mayor de todos los pesos que puede presionar al corazón. Esto condujo al Salmista a suplicar: “No escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo.” Podemos aguantar mientras el cuerpo se desangra, y aun soportar un espíritu herido; pero la condición de un alma que está consciente del abandono de Dios es insoportable, más allá de toda concepción. Pero cuando Él esconde el rostro de Su trono, y despliega Su nube sobre él, ¿quién podrá soportar esas tinieblas?

Esta voz salida del “seno del Seol” marca lo más profundo de la aflicción del Salvador. El abandono fue real. Aunque bajo ciertos aspectos nuestro Señor podía decir: “el Padre está conmigo,” era sin embargo solemnemente cierto que Dios efectivamente Lo desamparó. No era una falta de fe de Su parte que Le condujo a imaginar algo que no era un hecho verdadero. A nosotros nos falla la fe, y entonces pensamos que Dios nos ha desamparado; pero la fe de nuestro Señor no vaciló ni un instante, pues Él repite dos veces: “Dios mío, Dios mío.” ¡Oh, el poderoso doble asidero de Su decidida fe! Él parece decir, “Aun si Tú me has desamparado, Yo no Te he abandonado.” La fe triunfa, y no hay señal de algún desfallecimiento del corazón hacia el Dios viviente. Sin embargo, a pesar de la fortaleza de Su fe, Él siente que Dios ha retirado Su comunión consoladora, y tiembla bajo esa terrible privación.

No se trataba de una fantasía, o de un delirio mental causado por la debilidad de Su cuerpo, o por el calor de la fiebre, o la depresión de Su espíritu, o la cercanía de la muerte. Él tenía Su mente clara hasta este punto. Mantuvo Su ánimo en medio del dolor, de la pérdida de sangre, del menosprecio, de la sed, y la desolación; no se quejó de la cruz, ni de los clavos, ni de las burlas. No leemos en los Evangelios nada que no sea el clamor natural de la debilidad: “tengo sed.” Él soportó en silencio todas las torturas de Su cuerpo, pero cuando llegó al punto de ser desamparado por Dios, entonces Su grandioso corazón estalló en el “¿lama sabactani?” Su único gemido es relativo a Su Dios. No es: “¿Por qué Pedro me ha desamparado? ¿Por qué Judas me traicionó?” Estos eran dolores agudos, pero aquél era el más agudo. Lo ha herido en lo más vivo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” No era un fantasma de la oscuridad; Él se lamentaba de una ausencia real.

Este fue un abandono muy extraordinario. Dios no tiene la costumbre de dejar a Sus hijos o a Sus siervos. Sus santos, a la hora de la muerte, en medio de su gran debilidad y dolor, Lo encuentran siempre cerca. Debido a la presencia de Dios son motivados a cantar: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.” Los santos moribundos tienen claras visiones del Dios viviente. Nuestra propia observación nos ha enseñado que si el Señor está lejos en otros momentos, nunca está ausente de Su pueblo en el momento de la muerte, o en el horno de la aflicción. En lo relativo a los tres santos varones, no leemos que el Señor haya sido visible para ellos sino hasta que caminaron en los fuegos del horno de Nabucodonosor; pero en ese lugar y en ese momento el Señor se encontró con ellos.

Sí, amados hermanos, es costumbre y hábito de Dios acompañar a Su pueblo afligido; y, sin embargo, ¡Él desamparó a Su Hijo en la hora de Su tribulación! ¡Cuán usual es ver al Señor con Sus testigos fieles cuando están resistiendo hasta derramar su sangre! Lean el Libro de los Mártires, y no importa si estudian las primeras o las últimas persecuciones. Encontrarán que todas ellas están iluminadas con la evidente presencia del Señor en medio de Sus testigos. ¿Acaso el Señor falló alguna vez en apoyar a un mártir consumido en la hoguera? ¿Acaso alguna vez desamparó a alguno de Sus testigos en el cadalso?

El testimonio de la iglesia ha sido siempre que mientras el Señor ha permitido que Sus santos sufran en el cuerpo, ha sostenido tan divinamente sus espíritus, que han sido más que conquistadores, y han considerado sus sufrimientos como ligeras aflicciones. El fuego no ha sido un “lecho de rosas,” pero ha sido una carroza de victoria. La espada es filosa y la muerte es amarga; pero el amor de Cristo es dulce, y morir por Él ha sido convertido en gloria. No, el procedimiento de Dios no es desamparar a Sus campeones, ni abandonar al más pequeño de Sus hijos en la hora de la prueba.

En cuanto a nuestro Señor, este desamparo fue singular. ¿Acaso Su Padre lo había abandonado antes? ¿Acaso podrían leer a los cuatro evangelistas de principio a fin y serían capaces de encontrar alguna situación previa en la que Él se queje porque Su Padre lo ha desamparado? No. Él dijo: “Yo sabía que siempre me oyes.” Él vivía en constante contacto con Dios. Su comunión con el Padre siempre fue cercana y amada y clara; pero ahora, por primera vez, Él clama: “¿por qué me has desamparado?” Eso era extraordinario. Era un enigma que sólo podía explicarse por el hecho que Él nos amó y se entregó por nosotros, y en la ejecución de Su propósito lleno de amor, llegó hasta esta aflicción de lamentar la ausencia de Su Dios.

Este desamparo fue muy terrible. ¿Quién puede decir plenamente en qué consiste ser desamparado por Dios? Sólo podemos formular una conjetura por lo que nosotros mismos hemos sentido bajo un abandono temporal y parcial. Dios no nos ha dejado nunca por completo, pues Él ha dicho expresamente: “No te desampararé, ni te dejaré”; sin embargo, algunas veces hemos sentido como si Él nos hubiera abandonado. Entonces hemos clamado: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” Los claros destellos de Su amor han sido retirados. De esta manera somos capaces de formarnos una pequeña idea de qué sintió el Salvador cuando Su Dios lo había desamparado. La mente de Jesús se vio reducida a reflexionar sobre un tema oscuro, y ninguna consideración alentadora lo podía consolar. Era la hora en que fue llevado a comparecer ante el trono de Dios, cargando con el pecado conscientemente, de conformidad a esa antigua profecía: “y llevará las iniquidades de ellos.” Entonces se volvió verdad que: “por nosotros lo hizo pecado.” Pedro lo explica así: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” Él no había cometido ningún pecado “mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.”

Él no poseía ninguna fuerza que le fuera dada de lo alto, ningún ungüento secreto ni vino que fueran derramados en sus heridas; sino que fue llevado a comparecer en el solitario carácter del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y por tanto debía sentir el peso del pecado, y experimentar que el sagrado rostro que no podía contemplarlo, se volteara hacia otro lado.

Su Padre, en aquel momento, no le hizo ningún reconocimiento abierto. En ciertas otras ocasiones se había escuchado una voz diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”; pero ahora, cuando más que nunca se requería de un testimonio así, el oráculo enmudeció. Él fue colgado como una cosa maldita en la cruz; pues fue “hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero);” y el Señor Su Dios no lo reconoció ante los hombres.

Si al Padre le hubiera agradado, podría haberle enviado doce legiones de ángeles; pero ni un solo ángel vino después que el Cristo había abandonado Getsemaní. Sus despreciadores podían escupir Su rostro, pero ningún veloz serafín vino para vengar la indignidad. Podían atarlo, y azotarlo, pero nadie de todo el ejército celestial se iba a interponer para proteger Sus hombros del látigo. Podían sujetarlo al madero con clavos, y levantarlo, y burlarse de Él; pero ninguna cohorte de espíritus ministrantes se apresuró para reprimir al populacho y liberar al Príncipe de la vida.

No, Él se mostraba desamparado, “herido de Dios y abatido,” entregado en las manos de hombres crueles, cuyas manos impías le propinaban una miseria ilimitada. Bien podía preguntar Él: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Pero esto no era todo. Su Padre secó ahora ese torrente sagrado de comunión llena de paz y amante compañerismo, que había fluido hasta aquí a lo largo de toda Su vida terrenal. Él mismo dijo, como ustedes recordarán, “seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” Allí radicaba Su constante consuelo: pero todo consuelo proveniente de esta fuente Le iba a ser retirado. El Espíritu divino no ministró a Su espíritu humano. Las comunicaciones con el amor de Su Padre ya no fueron derramadas en Su corazón. No era posible que el Juez sonriera a Quien representaba al prisionero en el tribunal.

La fe de nuestro Señor no le falló, como ya se los he demostrado, pues dijo: “Dios mío, Dios mío”: sin embargo, ningún apoyo sensible le fue proporcionado a Su corazón, y ningún consuelo fue derramado en Su mente. Un escritor declara que Jesús no probó la ira divina, sino únicamente la supresión de la comunión divina. ¿Dónde está la diferencia? Ya sea que Dios retire el calor o produzca el frío, es lo mismo. No recibió una sonrisa, ni le fue permitido sentir que estaba cerca de Dios; y esto, para Su tierno espíritu, fue un dolor sumamente agudo. Cierto santo dijo una vez que, en su aflicción, él recibía de Dios “lo necesario mas no lo dulce;” eso que era conveniente pero que no era dulce.

Nuestro Señor sufrió hasta el punto extremo de la carencia. No tenía la luz que hace que la existencia sea vida, y que la vida sea una bendición. Ustedes que saben, a su medida, lo que significa perder la presencia consciente y el amor de Dios, pueden adivinar tenuemente cuál fue la aflicción del Salvador, ahora que se sentía desamparado de Dios. “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?” Para nuestro Señor, el amor del Padre era el fundamento de todo; y cuando eso se hubo ido, todo se había ido. Nada permaneció dentro, fuera, arriba, cuando Su propio Dios, el Dios de Su entera confianza, lo dejó. Sí, Dios en verdad desamparó a nuestro Salvador.

Ser desamparado por Dios fue mucho más una fuente de angustia para Jesús de lo que sería para nosotros. “Oh,” dirán ustedes, “¿cómo es eso?” Yo respondo: porque él era perfectamente santo. Una ruptura entre un ser perfectamente santo y el tres veces santo Dios debe ser extraña en grado sumo, anormal, sorprendente y dolorosa. Si alguien aquí presente, que no esté en paz con Dios, simplemente conociera su verdadera condición, desfallecería de terror. Si ustedes, que no han sido perdonados, solamente supieran dónde se encuentran, y lo que son en este momento ante los ojos de Dios, nunca sonreirían de nuevo hasta que no fueran reconciliados con Dios. ¡Ay!, somos insensibles y estamos endurecidos por el engaño del pecado, y por eso no sentimos nuestra verdadera condición. Su perfecta santidad convirtió en una terrible calamidad para nuestro Señor, el desamparo del Dios tres veces santo.

Yo recuerdo, también, que nuestro bendito Señor había vivido en una ininterrumpida comunión con Dios, y ser desamparado era un dolor nuevo para Él. Desconocía hasta ese momento lo que eran las tinieblas: había vivido Su vida a la luz de Dios. Piensa, amado hijo de Dios, si siempre hubieras habitado en plena comunión con Dios, tus días habrían sido como días del cielo en la tierra; y qué frío golpe sería para tu corazón si te encontraras en las tinieblas del abandono. Si puedes concebir que tal cosa le suceda a un hombre perfecto, puedes ver por qué constituyó una prueba especial para nuestro Bienamado.

Recuerda que Él había gozado de la comunión con Dios más ricamente, y también más constantemente, que cualquiera de nosotros. Su comunión con el Padre era del orden más elevado, más profundo, y más pleno; ¡y cómo sería la pérdida de esa comunión! Nosotros sólo perdemos unas cuantas gotas, cuando perdemos nuestra gozosa experiencia de comunión celestial; y sin embargo, la pérdida es mortal: pero para nuestro Señor Jesucristo el mar se secó: me refiero a Su mar de comunión con el infinito Dios.

No olviden que Él era un Ser tal que para Él, estar sin Dios debe haber sido una calamidad abrumadora. En cada parte Él era perfecto, y en cada parte apto para la comunión con Dios a un grado sumo. Un pecador tiene una terrible necesidad de Dios, pero no lo sabe; y por eso no siente esa sed y hambre de Dios que sentiría un hombre perfecto si fuese privado de Dios. Precisamente esta perfección de Su naturaleza hace inevitable que el santo esté en comunión con Dios o esté desolado.

¡Imaginen a un ángel descarriado! ¡Un serafín que haya perdido a su Dios! ¡Concíbanlo como perfecto en santidad, y sin embargo que haya caído hasta una condición en la que no pueda encontrar a su Dios! No puedo imaginarlo; tal vez un Milton podría haberlo hecho. Él es inmaculado y confiado, y sin embargo tiene un opresivo sentimiento que Dios está ausente de Él. Él ha sido arrastrado a ningún lado: la región inimaginable detrás de la espalda de Dios. Me parece oír el gemido del querubín: “Dios mío, Dios mío, ¿dónde estás?” ¡Qué clase de aflicción para uno de los hijos de la mañana!

Pero aquí tenemos el lamento de un Ser mucho más capaz de comunión con la Deidad. En la proporción en la que Él es más apto para recibir el amor del grandioso Padre, en esa proporción es más intenso el anhelo por ese amor. Como Hijo, Él es más capaz de tener comunión con Dios que un ángel-siervo; y ahora que ha sido desamparado por Dios, el vacío interior es mayor, y la angustia es más amarga.

El corazón de nuestro Señor, y toda Su naturaleza estaban formados tan delicadamente, eran moral y espiritualmente tan sensibles, tan tiernos, que estar sin Dios era para Él un dolor que no podía sopesarse. Lo veo en el texto soportando el abandono, y sin embargo percibo que no puede soportarlo. No sé cómo poder expresar lo que quiero decir, excepto mediante una paradoja así. Él no puede soportar el estar sin Dios. Había aceptado ser abandonado por Dios, como debe serlo el representante de los pecadores; pero Su naturaleza pura y santa, después de tres horas de silencio, encuentra que la posición es insoportable para el amor y la pureza; y saliendo de esa situación, ahora que la hora se había cumplido, exclama: “¿por qué me has desamparado?” No riñe con el sufrimiento, pero no puede permanecer en la posición que lo motivó. Parece como si debe poner fin a las ordalías, no por causa del dolor sino debido a la sacudida moral.

Tenemos aquí la repetición, después de Su pasión, de ese desprecio que experimentó antes de ella, cuando clamó: “Si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” es la santidad de Cristo en una condición de asombro ante la posición de sustituto por los hombres culpables.

Allí tienen, amigos; he hecho lo mejor que he podido, pero me parece a mí mismo que he estado platicando como un niñito, hablando de algo que está infinitamente por encima de mí. Así dejo el hecho solemne que nuestro Señor fue desamparado por Dios en la cruz.

II. Esto nos lleva a considerar LA PREGUNTA, o, ¿por qué sufrió Él?

Noten cuidadosamente este clamor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Es angustia pura, agonía sin dilución, la que clamó de esta manera; pero es la agonía de un alma piadosa, pues únicamente un hombre de ese orden habría usado tal expresión. Aprendamos de ella lecciones útiles. Este clamor es tomado “del Libro.” ¿Acaso no nos muestra el amor de nuestro Señor por el sagrado volumen, de tal forma que cuando sintió Su dolor más agudo, acudió a la Escritura para encontrar una expresión adecuada para él? Aquí encontramos la frase inicial del Salmo veintidós. ¡Oh, que nosotros pudiéramos amar así la Palabra inspirada de Dios, para que no sólo cantáramos leyendo su partitura, sino que también lloráramos al compás de su música!

Observen, además, que el lamento de nuestro Señor es dirigido a Dios. Los piadosos, en su angustia, se vuelven a la mano que los golpea. El grito de nuestro Salvador no es contra Dios, sino a Dios. “Dios mío, Dios mío”: Él hace un doble esfuerzo para acercarse. Encontramos aquí una verdadera condición de Hijo. El niño en la oscuridad está clamando a Su Padre: “Dios mío, Dios mío.” Tanto la Biblia como la oración eran preciosas para Jesús en Su agonía.

Observen, también, que es un grito de fe; pues aunque pregunta: “¿por qué me has desamparado?” sin embargo, primero dice, repitiéndolo dos veces: “Dios mío, Dios mío.” La fuerza de apropiación está en la palabra “mío”; pero la reverencia humilde está en la palabra “Dios.” Es “‘Dios mío, Dios mío,’ Tú eres siempre Dios para mí, y yo soy una pobre criatura. Yo no disputo contigo. Tus derechos son incuestionables, pues Tú eres mi Dios. Tú puedes hacer lo que quieras, y yo me someto a Tu sagrada soberanía. Yo beso la mano que me golpea, y con todo mi corazón clamo: ‘Dios mío, Dios mío.'” Cuando estés delirando de dolor, piensa en tu Biblia: cuando tu mente divague, deja que deambule hacia el propiciatorio; y cuando tu corazón y tu carne fallen, aún así vive por fe e inclusive clama: “Dios mío, Dios mío.”

Acerquémonos a la pregunta. Me pareció, a primera vista, como una pregunta proveniente de alguien aturdido, con su balance mental momentáneamente sacudido: no irrazonable, sino más bien producto de demasiado razonamiento, y por lo tanto agitado de un lado a otro. “¿Por qué me has desamparado?” ¿Acaso no lo sabía Jesús? ¿No sabía por qué era desamparado? Lo sabía muy claramente, y sin embargo Su humanidad, mientras estaba siendo aplastada, golpeada y disuelta, parecía no entender la razón de tan gran dolor. Él debía ser desamparado; pero ¿había causa suficiente para un dolor tan punzante? La copa debía ser amarga; pero ¿por qué debía contener el más nauseabundo de los ingredientes? Tiemblo por no decir lo que no debo decir. Lo he dicho, y creo que hay verdad en ello: el Varón de Dolores estaba agobiado por el horror. En ese momento, el alma finita del hombre Cristo Jesús entró en un contacto cercano con la justicia infinita de Dios. El único Mediador entre Dios y el hombre, el hombre Cristo Jesús, contempló la santidad de Dios en armas contra el pecado del hombre, cuya naturaleza había asumido.

Dios estaba a favor de Él y con Él en un cierto sentido incuestionable; pero por el momento, en lo relativo a Su sentimiento, Dios estaba contra Él, y estaba necesariamente retirado de Él. No es sorprendente que el alma santa de Cristo temblara al descubrirse conducida a un doloroso contacto con la justicia infinita de Dios, aun cuando su designio era únicamente reivindicar esa justicia y glorificar al Legislador. Nuestro Señor podía decir ahora: “Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí;” y por tanto usa un lenguaje que está todo demasiado hirviendo de angustia para permitir una disección hecha por la fría mano de un criticismo lógico.

El dolor tiene poca consideración por las leyes del gramático. Aun los más santos, en medio de la agonía extrema, aunque no puedan hablar de otra manera sino de conformidad a la pureza y la verdad, usan un lenguaje propio, que sólo el oído dado a la simpatía puede recibir plenamente. No veo todo lo que está contenido aquí, pero lo que puedo ver no soy capaz de traducirlo en palabras para ustedes.

Creo que veo en la expresión, sumisión y determinación. Nuestro Señor no se hace para atrás. La pregunta implica un movimiento hacia delante: quienes abandonan un negocio ya no preguntan nada acerca de él. No pide que el desamparo termine prematuramente, sólo quiere entender de nuevo su significado. Él no se encoge, sino más bien se entrega nuevamente a Dios mediante las palabras, “Dios mío, Dios mío,” y busca revisar la base y la razón de esa angustia que está decidido a soportar hasta su amargo fin. Le aliviaría sentir de nuevo el motivo que lo ha sostenido y había de sostenerlo hasta el fin. El clamor me suena a mí como una profunda sumisión y una poderosa determinación al dirigirse a Dios.

¿No creen que el asombro de nuestro Señor, cuando fue “hecho pecado por nosotros” (2 Corintios 5: 21), lo condujo a clamar así? Para tal ser sagrado y puro, ser hecho una ofrenda de pecado fue una experiencia sorprendente. El pecado fue colocado sobre Él, y fue tratado como si fuera culpable, aunque personalmente nunca había pecado; y ahora el infinito horror de la rebelión contra el santísimo Dios llena Su alma santa, la injusticia del pecado quebranta Su corazón, y retrocede de ese pecado, clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¿Por qué debo soportar el terrible resultado de la conducta que más aborrezco?

¿Acaso no ven, además, que hubo aquí una mirada a Su propósito eterno, y a Su fuente secreta de gozo? Ese “¿por qué?” es el borde plateado de la nube negra, y nuestro Señor lo miraba anhelante. Él sabía que el desamparo era necesario para que pudiera salvar al culpable, y miraba esa salvación como Su consuelo. No ha sido desamparado innecesariamente, o sin un propósito valioso. El propósito es en sí mismo tan amado por Su corazón que cede ante el mal pasajero, aunque ese mal fuera la muerte para Él. Mira ese “¿por qué?,” y a través de esa estrecha ventana, la luz del cielo penetra a raudales en Su vida en tinieblas.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Seguramente nuestro Señor consideró ese “¿por qué?”, para que nosotros también volvamos nuestros ojos en esa dirección. Quiere que nosotros veamos el por qué y la causa de Su dolor. Quiere que nosotros nos fijemos en el motivo lleno de gracia que lo llevó a soportar eso. Piensen mucho en todo lo que su Señor sufrió, pero no pasen por alto el motivo. Si no pueden entender siempre, cómo este o ese dolor obraron hacia el grandioso fin de toda la pasión, crean de todas formas que participan en el gran “¿por qué?” Estudien durante toda la vida esa pregunta amarga pero bendita: “¿por qué me has desamparado?” Así, el Salvador hace una pregunta no tanto para Sí mismo sino más bien para nosotros; y no tanto por alguna desesperación dentro de Su corazón, sino a causa de la esperanza y el gozo puestos delante de Él, que eran pozos de consuelo para Él en el desierto de la calamidad.

Reflexionen por un momento, que el Señor Dios, en el sentido más amplio y sin reservas, no podría nunca, en verdad, haber desamparado a Su Hijo más obediente. Él estuvo siempre con Dios en el grandioso diseño de la salvación. Hacia el Señor Jesús, personalmente, Dios mismo, personalmente, mantuvo siempre unos términos de infinito amor. ¡Verdaderamente el Unigénito nunca fue más digno de amor para el Padre que cuando se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz! Pero debemos ver aquí a Dios como el Juez de toda la tierra, y debemos ver también al Señor Jesús en Su función oficial, como la Garantía del pacto y el Sacrificio por el pecado. El gran Juez de todo no puede sonreír a Quien se ha convertido en el sustituto del culpable.

El pecado es aborrecido por Dios; y si, para quitarlo, Su propio Hijo es cargado con él, sin embargo, como pecado, es todavía aborrecible, y Quien lo lleva no puede estar en feliz comunión con Dios. Esta fue la terrible necesidad de una expiación; pero en la esencia de las cosas, el amor del grandioso Padre por Su Hijo no cesó nunca, ni conoció nunca una disminución. Debió ser restringido en su fluir, pero no pudo ser disminuido en su fuente. Por tanto, no se sorprendan de la pregunta: “¿Por qué me has desamparado?”

III. Esperando ser guiado por el Espíritu Santo, voy a LA RESPUESTA, en relación a la cual, únicamente puedo usar los pocos minutos que me quedan. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¿Cuál es el resultado de este sufrimiento? ¿Cuál fue su razón? Nuestro Salvador pudo responder Su propia pregunta. Si por un instante Su humanidad se quedó perpleja, Su mente pronto llegó a un claro entendimiento; pues dijo, “Consumado es;” y, como ya lo he dicho, luego se refirió a la obra que en Su solitaria agonía había completado. ¿Por qué, entonces, desamparó Dios a Su Hijo? No puedo concebir ninguna otra respuesta fuera de esta: Él tomó nuestro lugar. No había ninguna razón en Cristo para que el Padre lo desamparara: Él era perfecto y Su vida fue sin mancha. Dios no actúa nunca sin razón; y puesto que no había ninguna razón en el carácter ni en la persona del Señor Jesús para que el Padre lo desamparara, debemos buscar esa razón en otro lado. Yo no sé cómo respondan otras personas a esta pregunta. Yo puedo responderla únicamente en este sentido:

“Pero todos los dolores que Él sintió eran nuestros,
Nuestras, las aflicciones que Él soportó;
Los tormentos, que no eran propios, Su alma inmaculada
Despedazaron, con angustia amarga.

Lo consideramos como condenado por el cielo,
Un abandonado por Su Dios;
Pero fue por nuestros pecados que gimió, y sangró,
Bajo la vara de Su Padre.

Él cargó con el pecado del pecador, y entonces tuvo que ser tratado como si fuera un pecador, aunque no podía nunca ser un pecador. Con Su pleno consentimiento Él sufrió como si hubiese cometido las transgresiones que fueron puestas sobre Él. Nuestro pecado, cargado sobre Él, es la respuesta a la pregunta: “¿Por qué me has desamparado?”

En este caso, ahora vemos que Su obediencia fue perfecta. Él vino al mundo para obedecer al Padre, y rindió esa obediencia a lo sumo. El espíritu de obediencia no podía ir más lejos para quien, sintiéndose desamparado por Dios, todavía se aferraba a Él en una entrega solemne y comprometida, declarando ante una multitud que se burlaba, Su confianza en el Dios que lo afligía.

Es noble clamar: “Dios mío, Dios mío,” cuando uno está preguntando: “¿Por qué me has desamparado?” ¿Qué tanto más lejos puede ir la obediencia? No veo nada más allá. El soldado a las puertas de Pompeya, que se quedó en su puesto de centinela cuando la lluvia de cenizas ardientes estaba cayendo, no era más fiel a su responsabilidad que Quien se adhiere con la lealtad de la esperanza, a un Dios que lo está desamparando.

El sufrimiento de nuestro Señor en esta forma particular, fue apropiado y necesario. No habría sido suficiente que nuestro Señor hubiera experimentado simplemente dolor corporal, ni tampoco que hubiera sido afligido en la mente, de otras maneras: Él debía sufrir de esta manera particular. Debía sentirse desamparado por Dios, porque esta es la consecuencia necesaria del pecado. Que un hombre sea desamparado por Dios es el castigo que merece, natural e inevitablemente, al haber quebrantado su relación con Dios.

¿Qué es la muerte? ¿Cuál era la muerte con la que fue amenazado Adán? “El día que de él comieres, ciertamente morirás.” ¿Es la muerte una aniquilación? ¿Acaso Adán fue aniquilado ese día? Ciertamente no: él vivió muchos años después de eso. Pero el día que comió del fruto prohibido murió, al ser separado de Dios. La separación entre el alma y Dios es la muerte espiritual; de la misma manera que la separación entre el alma y el cuerpo es la muerte natural.

El sacrificio por el pecado debe ponerse en el lugar de la separación, y debe sujetarse a la pena de muerte. Al colocar al Gran Sacrificio bajo el desamparo y la muerte, todas las criaturas en todo el universo verían que Dios no puede tener comunión con el pecado. Si inclusive el Santo, el Justo que tomó el lugar de los injustos, experimentó que Dios lo desamparara, ¡cuál no será la condenación del propio pecador! El pecado es evidentemente, siempre, en todos los casos, una influencia divisoria, que coloca inclusive al propio Cristo, cargado con el pecado, en un lugar distanciado.

Esto era necesario por otra razón: no podría darse el cargar con el sufrimiento del pecado sin el desamparo del Sacrificio sustituto efectuado por el Señor Dios. En tanto que la sonrisa de Dios descanse en el hombre, la ley no lo aflige. La mirada aprobatoria del gran Juez no puede caer sobre un hombre que es visto como colocado en el lugar del culpable. Cristo no sólo sufrió del pecado, sino por el pecado. Si Dios lo hubiera animado y apoyado, no habría sufrido por el pecado. El Juez no estaría infligiendo sufrimiento por el pecado, si socorriera de manera manifiesta al castigado.

No podría existir un sufrimiento vicario por la culpa humana de parte de Cristo, si hubiera continuado experimentando conscientemente el pleno brillo del sol de la presencia del Padre. Al ser una víctima en lugar nuestro, era esencial que clamara: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

¡Amados, vean cuán maravillosamente, en la persona de Cristo, el Señor nuestro Dios ha reivindicado Su ley! Si para hacer que Su ley fuese gloriosa, Él hubiera dicho, “estas multitudes de hombres han quebrantado mi ley, y por tanto perecerán,” la ley hubiera sido engrandecida terriblemente. Pero, en vez de eso, Él dice: “Aquí está mi Unigénito Hijo, mi otro Yo; Él toma sobre Sí la naturaleza de estas criaturas rebeldes, y acepta que coloque sobre Él la carga de su iniquidad, y que visite en Su persona las ofensas que podrían haberse castigado en las personas de todas estas multitudes de hombres: y yo quiero que así sea.”

Cuando Jesús inclina Su cabeza al golpe de la ley, cuando consiente sumisamente que Su Padre aleje Su rostro de Él, los millones de mundos se quedan asombrados por la santidad perfecta y la severa justicia del Legislador. Hay, probablemente, innumerables mundos a lo largo de la ilimitada creación de Dios, y todos ellos verán, en la muerte del amado Hijo de Dios, una declaración de Su determinación de no permitir nunca que el pecado sea tratado con ligereza. Si Su propio Hijo es llevado ante Él, cargando con el pecado de otros, esconderá de Él Su rostro, de la misma manera que lo hace con el propio culpable.

En Dios, el amor infinito brilla sobre todos, pero no eclipsa Su justicia absoluta, de la misma manera que no permite que Su justicia destruya Su amor. Dios posee a la perfección todas las perfecciones, y en Cristo Jesús vemos el reflejo de esas perfecciones. ¡Amados hermanos, este es un tema maravilloso! ¡Oh, que yo tuviera una lengua digna de este tema! Pero, ¿quién podrá alcanzar jamás la altura de este grandioso argumento?

Además, al preguntarnos, ¿por qué sufrió Jesús al ser desamparado por el Padre?, vemos el hecho que el Capitán de nuestra salvación fue hecho perfecto de esta manera, por medio del sufrimiento. Cada parte del camino ha sido transitada por lo propios pies de nuestro Señor. Supongan, amados hermanos, que el Señor Jesús no hubiera sido desamparado nunca, entonces alguno de Sus discípulos podría haber sido llamado a experimentar esa aguda prueba, y el Señor Jesús no habría podido identificarse con el discípulo en esto. Él se volvería a su Líder y Capitán, y le preguntaría: “¿alguna vez sentiste, Señor mío, estas tinieblas?” Entonces el Señor Jesús tendría que responder: “No. Este es un descenso que nunca he realizado.” ¡Cuán terrible carencia percibiría el discípulo que experimenta esa prueba! Que el siervo soporte un dolor que su Señor nunca conoció, sería ciertamente algo muy triste.

Habría habido una herida para la que no existiría un ungüento, un dolor para el que no habría habido bálsamo. Pero ahora no es así. “En toda angustia de ellos él fue angustiado.” “Uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” En ello nos gozamos en este momento, cada vez que estamos abatidos. Ante nosotros está la profunda experiencia de nuestro desamparado Señor.

Después de decir tres cosas habré terminado. La primera es, ustedes y yo, que somos creyentes en el Señor Jesucristo, y que descansamos únicamente en Él para salvación, apoyémonos con fuerza, pongamos todo nuestro peso en nuestro Señor. Él soportará el peso completo de todo nuestro pecado y cuidado. En cuanto a mi pecado, ya no oigo más sus duras acusaciones cuando oigo clamar a Jesús: “¿Por qué me has desamparado?” Yo sé que merezco el infierno más profundo a manos de la venganza de Dios; pero no tengo ningún temor. Él no me va desamparar nunca, pues Él desamparó a Su Hijo por mi causa. No sufriré por mi pecado, pues Jesús ha sufrido plenamente en mi lugar; sí, sufrió hasta clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Tras esta pared de bronce de la sustitución, el pecador se encuentra seguro. Esta “fortaleza de rocas” protege a todos los creyentes, y pueden descansar seguros. La roca está hendida para mí; yo me escondo en sus rendijas, y ningún mal puede alcanzarme. Ustedes tienen una expiación plena, un grandioso sacrificio, una gloriosa reivindicación de la ley; por tanto, descansen tranquilos todos ustedes que ponen su confianza en Jesús.

Además, si alguna vez, a partir de este momento en nuestras vidas, llegáramos a pensar que Dios nos ha abandonado, aprendamos cómo comportarnos, del ejemplo de nuestro Señor. Si Dios te ha dejado, no cierres tu Biblia; es más, ábrela, como lo hizo tu Señor, y encuentra un texto que se adecue a tu situación. Si Dios te ha dejado, o piensas que es así, no dejes de orar; es más, ora como lo hizo tu Señor, y sé más sincero que nunca. Si piensas que Dios te ha desamparado, no abandones tu fe en Él; sino como tu Señor, clama: “Dios mío, Dios mío,” una y otra vez. Si has tenido un ancla antes, arroja dos anclas ahora, y duplica el agarre de tu fe. Si no puedes llamar a Jehová “Padre,” como era la costumbre de Cristo, llámalo entonces tu “Dios.” Deja que los pronombres personales se vuelvan un asidero: “Dios mío, Dios mío.” No permitas que nada te separe de la fe.

Aférrate a Jesús, ya sea que te hundas o nades. En lo que a mí se refiere, si me llegara a perder, será al pie de la cruz. A esta condición he llegado, que si no veo nunca el rostro de Dios mostrando aceptación, yo creeré que Él será fiel a Su Hijo, y verdadero al pacto sellado con juramentos y sangre. El que cree en Jesús tiene vida eterna: yo me aferro a eso como la hiedra se adhiere a la roca. No hay sino una puerta para el cielo; y aun si no entrara por ella, me voy a aferrar a los dinteles de su puerta. Pero, ¿qué estoy diciendo? Yo voy a entrar; pues esa puerta nunca se ha cerrado a un alma que aceptó a Jesús; y Jesús dice: “al que a mí viene, no le echo fuera.”

El último de los tres puntos es este: “aborrezcamos el pecado que proporcionó tal agonía a nuestro amado Señor. ¡Qué cosa tan maldita es el pecado, que crucificó al Señor Jesús! ¿Se ríen de eso? ¿Quisieran ir y pasar una noche viendo una representación de ello? ¿Saborean al pecado en su lengua como si fuera un trozo de dulce, y luego vienen a la casa de Dios, el domingo por la mañana, y piensan adorarlo? ¡Adórenlo! ¡Adórenlo, con el pecado siendo bienvenido en su pecho! ¡Adórenlo, con el pecado amado y consentido en su vida! Oh, señores, si yo tuviera un hermano amado que hubiera sido asesinado, ¿qué pensarían de mí si yo valorara el cuchillo enrojecido por su sangre? ¿Qué dirían si me hiciera amigo del asesino, y diariamente compartiera con el criminal que clavó el puñal en el corazón de mi hermano? ¡Ciertamente, yo también sería un cómplice del crimen! El pecado mató a Cristo; ¿Acaso serán sus amigos? El pecado traspasó el corazón del Dios Encarnado; ¿acaso podrán amarlo?

¡Oh, que hubiera un abismo tan profundo como la miseria de Cristo, para que yo pudiera arrojar de inmediato el puñal del pecado a sus profundidades, de donde no pudiera salir nunca otra vez a la luz! ¡Fuera, pecado! ¡Tú has sido expulsado del corazón en el que reina Jesús! Fuera, pues tú has crucificado a mi Señor, y lo hiciste clamar: “¿por qué me has desamparado?”

Oh, lectores de este mensaje, si ustedes se conocieran en verdad, y conocieran el amor de Cristo, cada uno de ustedes haría votos de no albergar al pecado nunca más. Estarían indignados por el pecado, y clamarían:

“El ídolo más preciado que he conocido,
Cualquier cosa que ese ídolo pueda ser,
Señor, yo lo voy a derribar del trono,
Y voy a adorarte únicamente a Ti.”

Que ese sea el resultado de mi sermón de hoy, y entonces estaré muy contento. ¡Que el Señor los bendiga! ¡Que el Cristo que sufrió por ustedes, los bendiga y que de Sus tinieblas pueda surgir la luz para ustedes! Amén.

Porción de la Escritura leída antes del Sermón: Salmo 22.

¿Es el Nacimiento Virginal de Cristo esencial para su fe?


¿Es el Nacimiento Virginal de Cristo esencial para su fe?

Por Dr. David R. Reagan

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La creencia en el nacimiento virginal de Jesús es absolutamente esencial para la fe cristiana. Negar el nacimiento virginal es negar la deidad de Jesús y si Jesús no fue Dios en la carne, entonces usted y yo no tenemos ninguna esperanza en absoluto.

Y sin embargo, a pesar de la centralidad y esencialidad de la doctrina del nacimiento virginal, no existe ninguna doctrina en toda la Cristiandad que haya sido más vilipendiada y ridiculizada.

Considere a Thomas Jefferson. El era un Deísta que rechazaba lo sobrenatural. Él produjo su propia versión del Nuevo Testamento. Fue un trabajo de copiar y pegar que eliminó el nacimiento virginal, todos los milagros de Jesús y, por supuesto, Su resurrección. Con respecto al nacimiento virginal, Jefferson escribió: “Vendrá el día cuando la generación [concepción] mística de Jesús por el Ser Supremo como su padre, en el vientre de una virgen, será clasificada junto a la fábula de la generación de Minerva en el cerebro de Júpiter”.

A comienzos del Siglo XX, cuando la Escuela Alemana de la Alta Crítica invadió este país, el popular portavoz principal de ese punto de vista liberal fue Harry Emerson Fosdick, el pastor de la Iglesia Riverside en la Ciudad de Nueva York. Ésta es su observación condescendiente con respecto al nacimiento virginal: “Por supuesto que no creo en el nacimiento virginal… No conozco a ningún ministro inteligente que lo haga”.

En su libro, En Búsqueda de Jesús (In Quest of Jesus), publicado en 1983, W. Barnes Tatum, un profesor de la Universidad Greensboro en Carolina del Norte, llamó al nacimiento virginal “ficción teológica”.

Hans Kung, el renombrado teólogo católico que ha sido censurado por su iglesia por sus ideas herejes, tenía esto que decir acerca del nacimiento virginal: “Aunque el nacimiento virginal no puede ser entendido como un evento histórico y biológico, puede ser considerado como un símbolo significativo, al menos para esa época”.

El teólogo Robert Funk, el fundador y líder del notorio Seminario Jesús, escribió estas palabras acerca del nacimiento virginal: “El nacimiento virginal de Jesús es un insulto a la inteligencia moderna y debería abandonarse. Además, es una doctrina perniciosa que denigra a las mujeres”.

Y luego, por supuesto, está John Shelby Spong, el antiguo Obispo Episcopal de Newark, Nueva Jersey, quien es reconocido por sus opiniones apóstatas. Esto es lo que él tenía que decir acerca del nacimiento virginal: “Con el tiempo, el relato del nacimiento virginal se unirá a Adán y Eva… como elementos mitológicos claramente reconocidos en nuestra tradición de fe cuyo propósito no fue describir un evento literal, sino capturar las dimensiones trascendentes de Dios en palabras y conceptos terrenales de los seres humanos del Siglo I”.

En otras palabras, el nacimiento virginal, al igual que la historia de Adán y Eva, es sólo un mito inventado por gente primitiva e ignorante.

Ahora, lo sorprendente acerca de todos estos ejemplos es el hecho de que ¡cada una de las personas que he citado era un cristiano profesante! Así pues, no estoy hablando acerca de ataques de ateos o agnósticos. Sus ataques son esperados. Estoy hablando de ataques de cristianos profesantes.

Y para que usted no piense que esta clase de incredulidad es característica sólo de los cristianos más liberales, demos un vistazo a Rob Bell. Él es el pastor de una mega-iglesia llamada Mars Hill Church que se encuentra en Grand Rapids, Michigan. Y él es uno de los líderes de lo que es llamado El Movimiento de la Iglesia Emergente, un movimiento que afirma ser evangélico, pero que en realidad es apóstata.

En su libro best-seller, Elvis de Terciopelo (Velvet Elvis), subtitulado Repintando la Fe Cristiana, Rob escribió estas palabras acerca del nacimiento virginal: “Si descubriera que Jesús tuvo un padre terrenal llamado Larry, si encontraran la tumba de Larry, tomaran muestras de ADN y demostraran más allá de toda sombra de duda que el nacimiento virginal fue realmente sólo un poco de mitología… ¿Podría usted ser todavía un cristiano?”.

Note qué sutil es él con esta declaración. Sin negar el nacimiento virginal, simplemente procede a proyectar toda clase de dudas acerca de él y, en el proceso, deja en claro que si es un mito, no pondría en peligro su fe debido a que obviamente no considera que sea esencial para el cristianismo.

Entonces, ¿qué acerca de ello? ¿Es el nacimiento virginal sólo un poco de mitología? ¿Realmente hace alguna diferencia para la fe cristiana?

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