Los cristianos: debemos ser personas tolerantes o intolerantes? parte VI


Los cristianos: debemos ser personas tolerantes o intolerantes?

parte VI

Por Paulo Arieu

teatro-ficha

En esta sexta entrega, veremos que el cristianismo ha tenido actitudes intolerantes. No podemos esconderlo como si nunca hubiese habido un acto de intolerancia entre los grandes teólogos de la historia. Por ejemplo, en épocas tempranas del imperio romano, el cristianismo estuvo en contra del teatro greco-romano. Hoy en día puede resultar habitual asistir al teatro e incluso socialmente se lo considera como una parte importante de la cultura occidental. Sería impensable considerar como una actitud intolerante que un teólogo importante criticara públicamente al teatro en general. Pero esta actitud mayoritariamente tolerante, no ha sido siempre así y el teatro, fue cuestionado durante siglos por la religión cristiana. Juan Crisóstomo, Agustín de Hipona, Nicolás Blanco y Fray Miguel de Santander fueron los principales críticos del teatro. Pero como veremos, estos grandes pensadores cristianos tenían sus razones de fondo para pensar de esa manera.

Juan Crisóstomo decía que

Los judíos reúnen el coro de los libidinosos, las hordas de mujeres desvergonzadas, y todo ese teatro junto con sus espectadores lo llevan a la sinagoga. Así pues, no hay ninguna diferencia entre la sinagoga y el teatro. Pero la sinagoga es más que un teatro, es una casa de lenocinio, un cubil de bestias inmundas, una madriguera del diablo. Y las sinagogas no son el único refugio de ladrones, mercaderes y demonios, porque lo mismo son las almas de los judíos. [0]

También él escribió en su Homilía V, a San Mateo que:

…teniendo que dar cuenta de tantos y tan graves crímenes ¿todavía te sientas a reír y proferir chistes mundanos y te entregas a la liviandad? Dirás: pero si no lo hago, sino que me siento a llorar ¿qué utilidad me viene? Grande, por cierto. Y tan grande que no te la puedo explicar. Porque en los tribunales humanos, por más que llores no escapas de la pena, una vez pronunciada la sentencia; en cambio en este otro tribunal basta con que gimas para revocar la sentencia y obtener el perdón. Por esto Cristo con frecuencia nos amonesta a que lloremos y a los que lloran los ama bienaventurados mientras que llama desdichados a los que ríen.

Este teatro no admite donaires. Ni nos reunimos aquí para excitar risotadas, sino para gemir y mediante nuestros gemidos obtener la herencia del reino. Si tú te presentas delante del emperador, no te atreves ni a sonreír con ligereza; y en cambio tienes en tu casa al Señor de los ángeles ¿y no tiemblas y no estás con la modestia conveniente y aun te atreves a reírte mientras él está irritado? ¿No piensas en que más lo irritas con esto que con tus pecados? Porque no se aparta Dios de los pecadores tanto cuanto se aparta de quienes pecan y no se arrepienten ni se moderan. Pero hay hombres tan locos, que aún habiendo oído estas palabras, todavía dicen: ¡Lejos de mí el derramar lágrimas! ¡Concédame Dios que esté siempre en risas y juegos!

¿Puede haber cosa más infantil? No es Dios quien concede el juego, sino el diablo. Oye lo que les sucedió a quienes se entregaban al juego: El pueblo se sentó a comer y beber y se levantaron después para danzar. Y así eran también los sodomitas y la gente que vivía al tiempo del diluvio. Porque de ellos se dice: Tuvieron gran soberbia, hartura de pan y mucha ociosidad y prosperidad y se colmaban de delicias. Y los que vivieron en tiempo de Noé, aun viendo que durante tantos años se iba fabricando el arca, se entregaban al placer sin cuidado alguno, y para nada prevenían lo futuro. Por esto a todos los hundió el diluvio y naufragó todo el orbe.

No pidas, pues, a Dios regalos del diablo. De Dios es dar un corazón contrito, un ánimo humilde, vigilante, temperado, continente, penitente y compungido. Tales son sus dones, porque de eso es de lo que estamos necesitados sobre todo. Se ha echado encima una gran pelea y nuestra batalla es contra las Potestades invisibles; nuestro combate es contra los espíritus de la maldad, contra los Príncipes del mal. Ojalá que procediendo con diligencia, vigilantes y despiertos, podamos sostenernos y hacer frente al feroz escuadrón. Pero si nos entregamos a la risa, a la danza y a ser perpetuamente perezosos, por nuestra desidia caeremos aun antes de combatir.

Así es que no nos conviene andar perpetuamente riendo y entregarnos a los banquetes. Eso es propio de quienes danzan en el teatro, de las meretrices, de los que para eso se hacen cortar el pelo, de los parásitos, de los aduladores; pero no de quienes están destinados al cielo, de los que tienen sus nombres escritos entre los ciudadanos de la eterna ciudad, de los que están dotados de armas espirituales. Es propio de aquellos a quienes el diablo ha iniciado en aquello otro. Porque es él, él mismo, quien con artimañas de este jaez se esfuerza por este camino en debilitar a los soldados de Cristo y volver muelles los nervios y las fuerzas del alma. Por eso instituyó en las ciudades los teatros, en donde, agitando a los payasos, lanza contra toda la ciudad esa peste, esa que Pablo ordenó que se rehuyera. Se refiere a las conversaciones necias y a los chistes livianos; pero de ambas cosas es suprema ocasión la carcajada.

Cuando los mimos, en medio de sus payasadas dijeren algo blasfemo o torpe, entonces algunos de los más necios se ríen y se alegran, siendo así que a semejantes mimos se les debería lapidar en vez de aplaudirlos por sus chistes; pues por semejante placer atraen sobre sí el fuego del ‘horno Quienes les alaban lo que dicen son quienes más a decirlo los impulsan. Y por tal motivo con toda justicia quedan sujetos al tormento debido por crimen semejante. Si no hubiera espectador, tampoco habría comediantes. Pero cuando ven que vosotros abandonáis las oficinas, los oficios, las ganancias, en una palabra toda otra cosa, para correr a tales espectáculos, mayor cuidado ponen y mayor empeño en prepararlos.

No digo esto para librarlos a ellos de pecado, sino para que caigáis en la cuenta de que sois vosotros quienes suministráis el principio y raíz de semejante maldad, pues gastáis todo el día en eso, traicionando la decencia de vuestro estado de cónyuges y deshonrando el gran sacramento del matrimonio. No peca tanto el comediante como tú que le ordenas proceder así. Más aún: ni siquiera lo ordenas, sino que lo celebras con risas y aplaudes semejantes espectáculos y de mil maneras ayudas a esa oficina del demonio. ¿Con qué ojos, te pregunto, verás luego en tu casa a tu esposa; a tu esposa, a la que en el teatro contemplaste injuriada? ¿Cómo no te avergüenzas al acordarte de tu esposa, cuando ves en el teatro deshonrado su sexo?

Ni me opongas que ahí en el teatro todo es asunto de comedia y fingimiento; porque ese fingimiento ha convertido a muchos en adúlteros y ha destruido muchas familias. Y esto es lo que más lamento: que ya ni siquiera os parezca ser malo, sino que al contrario te entregues a los aplausos, los gritos, las risotadas, cuando los actores se atreven a presentar en público el adulterio. ¿Por qué llamas a semejante representación simple ficción? Infinitos suplicios merecen los comediantes, pues procuran imitar lo que todas las leyes ordenan evitar. Si mala es la cosa, mala es también su representación. Y no digo aún que semejantes ficciones de adulterio convierten a los espectadores en adúlteros y petulantes y desvergonzados; ya que nada hay más lascivo, nada más petulante para la mirada capaz de soportar semejantes espectáculos. Sin duda que tú no quisieras ver en el foro y mucho menos en tu casa a una mujer desnuda, porque semejante cosa la consideras como una injuria. Y en cambio vas al teatro a injuriar a ambos sexos manchando al mismo tiempo tus miradas.

Tampoco alegues que aquella mujer desnuda en el teatro es una meretriz: uno mismo es el cuerpo y el sexo de la meretriz y de la libre. Si en realidad nada hay de obsceno en ese espectáculo ¿por qué cuando en el foro ves a la mujer desnuda al punto te apartas y echas de ti a la desvergonzada? ¿Acaso el espectáculo es obsceno cuando andamos separados en los negocios, y cuando nos reunimos y nos sentamos en el teatro todos ya no es igualmente torpe? Semejante excusa es ridícula y deshonrosa y lleva consigo al extremo de la locura. Sería preferible tapiar los ojos con cieno y con lodo a contemplar cosa tan fea y tan inicua. Porque no daña tanto al ojo el lodo, como el espectáculo lascivo y la vista de una mujer desnuda dañan al alma.

Oye lo que la desnudez causó ya desde el principio de los tiempos y teme lo que está detrás de tan grande torpeza. ¿Qué fue lo que dio origen a la desnudez? La desobediencia y las asechanzas del demonio. De manera que ya desde el principio en la desnudez puso el demonio su empeño principal. Pero en fin, a lo menos nuestros primeros padres se avergonzaban de estar desnudos, mientras que vosotros lo tomáis a honra, como lo dijo el apóstol: Gloriándose de la torpeza. ¿Con qué ojos te mirará tu esposa cuando regreses de tan desvergonzado espectáculo? ¿cómo te recibirá? ¿con qué palabras te hablará cuando en tal forma has deshonrado al sexo femenino y vuelves hecho por el tal espectáculo esclavo y siervo de una meretriz?

Si oyendo esto os compungís, os felicito. Porque dice Pablo: ¿Quién va a ser el que a mí me alegre, sino aquel que se contrista por mi causa? No ceséis de doleros y arrepentiros por esto. El dolor por semejante motivo será el principio de vuestra conversión a una vida mejor… Me he dejado llevar de la vehemencia algún tanto más en mis palabras con el objeto de libraros de la podredumbre de los hombres ebrios y volveros la salud del alma, mediante un corte profundo. Ojalá que por medio de él disfrutemos todos de los bienes eternos y alcancemos el premio preparado para las buenas acciones, por gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.[1]

Agustín de Hipona (354 – 430 d.c.) no toleró al teatro pues este, tuvo su origen en el “paganismo”. Para Agustín el teatro (la “institución de juegos escénicos”) es un lugar de “apestados” (Ciudad de Dios, Libro I, cap XXXII). El escribió:

A pesar de todo, sabedlo quienes lo ignoráis y los que fingís ignorarlo. Tenedlo en cuenta, vosotros que murmuráis contra el que os libró de tales tiranos: los juegos escénicos, espectáculo de torpezas y desenfreno de falsedades, fueron creados en Roma no por vicios humanos, sino por orden de vuestros dioses. Sería más tolerable el haber concedido los honores divinos al Escipión aquel que dar culto a dioses semejantes. Porque no eran éstos mejores que su pontífice. ¡A ver si ponéis atención, si es que vuestro espíritu, emborrachado de errores desde hace tanto tiempo, os permite hacer alguna consideración que valga la pena! Los dioses ordenaban exhibiciones de juegos teatrales en su honor para poner un remedio a vuestros cuerpos apestados; el pontífice, en cambio, prohibía la construcción del teatro mismo para evitar que vuestras almas quedaran apestadas. ¡Si os queda una chispa de lucidez para dar preferencia al alma sobre el cuerpo, elegid a quién de los dos deberéis dar culto: si a vuestros dioses o a su pontífice!

Y no se calmó aquella epidemia corporal precisamente porque en un pueblo belicoso como éste, acostumbrado hasta entonces únicamente a los juegos de circo, se infiltró la manía refinada de las representaciones teatrales. Al contrario, la astucia de los espíritus malignos, adivinando que aquella peste iba a terminar a su debido tiempo, puso cuidado en inocular, con ocasión de ello, otra mucho peor y de su pleno agrado, no en los cuerpos, sino en las costumbres. Esta segunda plaga les ha cegado el espíritu a estos desdichados con tan espesas tinieblas, y se los ha vuelto tan deformes, que todavía ahora (si llega a oídos de nuestra posteridad quizá se nieguen a creerlo), recién devastada Roma, aquellos contagiados de esta segunda peste, que en su huida han logrado llegar a Cartago, a porfía se vuelven locos por los histriones diariamente en los teatros. [2]

En Roma había tres teatros, con más de diez mil localidades. Pero ¿porque los grandes teólogos de la cristiandad primitiva se mostraron intolerantes en contra del teatro? La razón de esta actitud es que en esas obras de teatro se consagraba a dioses paganos y se mostraba escenas de lujuria que atentaban contra la buena moral del pueblo creyente:

Las representaciones teatrales reflejaban la degradación moral de la vida moral, propiciada por el paganismo. Los “mimos” eran representaciones de actores que, sin pronunciar palabras, expresaban danzando mímicamente con un acompañamiento musical lo que el coro cantaba. Los temas solían estar tomados de los relatos mitológicos, especialmente los que tenían contenido sensual o erótico. Los grandes dramas clásicos sólo se representaban en contadas ocasiones. Lo más corriente eran las comedias y, dada la corrupción del público que frecuentaba el teatro, se acostumbraba a representar adulterios con escenas picantes y escandalosas. Incluso, cuando el cristianismo estuvo más extendido en los siglos III y IV, se ridiculizaban aspectos de la vida sacramental cristiana, como el bautismo.[3]

La Revista Online Protestante Digital, explica que

Los Padres de la Iglesia condenaban los espectáculos del mundo antiguo. Cuando alguien llegaba a la fe cristiana, no debía asistir ya más al teatro. Los actores que se convertían, tenían por lo tanto que abandonar su oficio. Hay no obstante algunas excepciones de profesionales que continuaron trabajando en el teatro, siendo ya cristianos. A finales del siglo II, Tertuliano denunciaba por primera vez, en su obra De spectaculis, la asistencia cristiana a unos espectáculos que la Iglesia consideraba como inmorales. El problema no era solamente que los actores incitaran a la lujuria o se vistieran de mujer, sino que estos espectáculos se consideraban idolátricos. Eran en cierto modo un acto de culto. Los juegos romanos tenían claramente un origen religioso, ya que estaban dedicados a honrar a diferentes dioses -sólo los combates de gladiadores nacen de un ritual funerario, con que se honraba a los difuntos-. La verdad es que en el siglo III ya nadie veía el teatro como un fenómeno de culto, pero eso no cambia la opinión de los Padres de la Iglesia.[4]

En aquella temprana época del cristianismo, había muchos nuevos creyentes que dejaban su trabajo en el teatro, porque no creían que su oficio fuese compatible con su fe cristiana. Pero era cierto que en aquella época, había profesiones que eran contradictorias con el cristianismo.

Un texto del siglo I, la Didaqué, recuerda que la Biblia prohíbe la adivinación, los encantamientos y la astrología. Tertuliano pensaba que un cristiano no podía ser pintor o escultor, porque estaba obligado a representar a dioses. Y la Traditio Apostolica cita la ocupación de proxeneta o prostituta, como incompatibles con la fe cristiana, por su evidente deshonestidad. Pero ¿se puede ser un actor cristiano? Tertuliano veía el drama como algo inherentemente malo, pero también creía que el sexo dentro del matrimonio era pecaminoso. “El drama es hacer creer”, dice Somerset Maugham, “no trata con la verdad, si no con el efecto”. Por lo tanto “la importancia de la verdad, para el dramaturgo, es que añade interés”, pero “la verdad dramática es sólo verosimilitud”. Puesto que “es lo que se puede persuadir al público a aceptar”. El término griego para un actor es hipócrita, ya que está relacionado con la máscara con que se interpreta. Es por eso que la hipocresía religiosa se representa más fácilmente que la verdad del Evangelio.[5]

La Reforma acabó con las representaciones melodramáticas que se venían haciendo desde la Edad Media (obras sobre mártires, misterios y pasiones), no porque esté en contra del drama, si no por el abuso religioso que se hacía del teatro.

Los puritanos prohibían el teatro en domingo, pero aceptaban incluso que las mujeres actuaran, ya que en la época de Shakespeare, los hombres hacían el papel de mujeres. Lo que el actor representa, no significa necesariamente que lo apruebe. La Biblia está llena de hechos terribles, pero eso no significa que Dios los acepte. El drama puede que no sea la mejor forma para comunicar el Evangelio, pero tiene un gran poder emocional para mostrar la verdad del ser humano. Y la verdad es que no hay nada humano que nos haya de ser extraño…[6]

Pero debemos comprender que no todo en la cultura es pecaminoso y no debemos caer en la tentación de prohibir lo que Dios no ha prohibido. Solamente deberíamos tener en cuenta si es de edificación espiritual de nuestras vidas o no. Hay tres palabras importantes a tener en mente al definir la responsabilidad cristiana en cualquier cultura.

La primera es cooperación con la cultura. La razón de esta cooperación es que podremos identificarnos con nuestra cultura para que pueda ser influida para Jesucristo. Jesús es un modelo para nosotros en esto. No fue, en general, un anticonformista. Asistió a bodas y funerales, sinagogas y fiestas. No era un judío practicante. Por lo general, hizo las cosas culturalmente aceptables. Cuando no lo hizo, era por claros principios espirituales.

Una segunda palabra es persuasión. La Biblia describe a los cristianos como sal y luz, los elementos penetrantes y purificadores dentro de una cultura. El cristianismo busca tener una influencia santificadora en una cultura, y no ser absorbido por transigir repetidamente.

Un tercer concepto es confrontación. Mediante el uso cuidadoso de la Biblia, los cristianos pueden desafiar y rechazar aquellos elementos y prácticas dentro de una cultura que son incompatibles con la verdad bíblica. Hay ocasiones en que los cristianos deben confrontar a la sociedad. Cosas como la poligamia, la idolatría, la inmoralidad sexual y el racismo deben ser desafiadas frontalmente por los cristianos.[7]

En conclusión, la intolerancia en contra del arte, especialmente el teatro, tenía sus razones. Los cristianos debemos ser tolerantes, pero esta tolerancia tiene un límite ordenado por el mismo Dios. La Biblia es clara cuando dice que un cristiano debe abstenerse de todo aquello que sea malo para su vida espiritual (Ver I Tesalonicenses 5:22). Aquellos grandes teólogos de la iglesia Primitiva, fueron intolerantes con muchos aspectos del arte grecoromano, porque había razones de peso para serlo. No lo eran porque fuesen fanáticos religiosos, como alguien a la ligera puede presuponer. Aunque algunos como Tertuliano veían el drama como algo inherentemente malo, pero también creía que el sexo dentro del matrimonio era pecaminoso. El tenía un celo excesivo por la verdad. Pero no todos los teólogos estuvieron influenciados por el gnosticismo de aquella época, como sucedió con Tertuliano. Durante el transcurso de la Edad Media vemos que se hacían obras sobre mártires, misterios y pasiones y el clero lo toleraba sin problemas, porque se hacía con fines apologéticos. 

Es muy necesario que los cristianos influencien la cultura con el cristianismo. Yo personalmente creo que debemos llenar todo con el evangelio, como dice Pablo (Ver Romanos 15:19). Las artes necesitan mucho hoy en día de cristianos talentosos que glorifiquen a Dios con sus telentos. Las cosas en esta sociedad postmoderna no mejorarán en tanto y en cuanto los cristianos se conforman con dejar la producción artística en la mano de los inconversos[8]. Puede ser algo duro hoy en dia trabajar en un medio artístico, los peligros para un creyente pueden ser muy grandes por el fuerte liberalismo moral en el que vivimos.  Sabemos bien que la profesión de actor ha sido notoria por ser desilusionadora. Hollywood y Broadway [centros del cine en los EE. UU.], son dos fuentes de corrupción, que han convertido a Norteamérica en una Sodoma. Pero como dice la Biblia: si comemos o bebemos o hacemos cualquier otra cosa, como el arte, hagámoslo para que Dios sea glorificado (Ver I Corintios 10:31). Gini Andrews, una aclamada concertista de piano y autora, escribe de la gran necesidad de que los cristianos se destaquen en todos los campos artísticos, y desafía a todos los artistas cristianos para que desarrollen sus dones:

“Todas las disciplinas -la música, la pintura, la escultura, el teatro, la escritura- están necesitadas de pioneros que busquen una forma de ejecutar propia del siglo XX; que muestren con una obra de calidad que hay una respuesta a lo absurdo de la vida, a la amenaza de aniquilamiento, a la mecanización del hombre -el mensaje que es proclamado fuerte y claro por el artista no cristiano. . . .

“Si hemos de presentar el mensaje de Dios a las personas desilusionadas y frenéticas del siglo XX, exigirá su creatividad expresada de formas especiales. Espero que algunos de ustedes en los campos creativos se vean desafiados por la condición de todopoderoso del Dios-Creador y pasarán largas hora con Él, diciendo, como Jacob: ‘No te dejaré, si no me bendices, hasta que me muestres cómo hablar de tu maravilla a la mente contemporánea'”.[9]

“Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos. Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios.” (2 Co. 4:1-2 NVI)

Dios lo bendiga. 

Continúa….

Notas

Imagen: http://servicios.laverdad.es/proyectos/cartagena/teatro-romano-ficha.html

[0] https://www.ateoyagnostico.com/2017/08/29/el-cristianismo-estuvo-en-contra-del-teatro/

[1] Ibid

[2] Ibid

[3] http://www.primeroscristianos.com/index.php/entrevistas/item/1674-los-espectaculos-del-imperio-romano-y-los-primeros-cristianos

[4] http://protestantedigital.com/blogs/139/El_teatro_y_la_Iglesia_antigua

[5] Ibid

[6] Ibid

[7] http://www.ministeriosprobe.org/docs/artes.html

[8] El escritor Thomas Howard dice que el arte moderno expresamente rechaza la influencia cristiana en el arte: El cristianismo y el arte estuvieron vinculados de un modo causal entre los siglos IV y XX. Aun el arte y literatura «post-cristiana» en los últimos doscientos años en el mundo occidental surge de raíces cristianas; sin embargo, con frecuencia conlleva un repudio más o menos consciente de las categorías cristianas y un intento de forjar nuevas formas libres de la influencia cristiana.(Thomas Howard, Christianity and the arts [El cristianismo y las artes], In Dowley, ed., A Lion Handbook: The History of Christianity [La historia del cristianismo], p. 37.)

[9] Gini Andrews, Your Half of the Apple (Grand Rapids, MI:, Zondervan, 1972) pp. 64-65. 

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