La actual división entre ciencia y religión se remonta a Galileo


La actual división entre ciencia y religión se remonta a Galileo

por Paulo Arieu

La actual división entre la ciencia y la religión tiene su origen el diálogo entre la fe y la razón iniciado en el Areópago, cuando los helénicos cuestionaron a San Pablo sobre la relación entre las enseñanzas de la doctrina judeo cristiana y las enseñanzas de la filosofía helénica, es decir la relación entre la fe y la razón; y San Pablo separó la fe y la razón saliéndose por la tangente arguyendo que el Dios desconocido, era el Dios de Israel, siendo que todos los dioses del Olimpo habían sido derogados por la razón. Convirtiendo el cuestionamiento en controversia, y la controversia en una paradoja que ha mantenido perpleja a la humanidad desde hace dos milenios en espera de una respuesta satisfactoria.

La ciencia es un conjunto de conocimientos racionales, ciertos o probables que se obtienen mediante el empleo del método científico, esta se denomina moderna porque se desarrolla en los siglos XVI, XVII y XVIII; es decir, esta se basa en el conocimiento científico, el cual no es más que un rasgo característico de la ciencia pura como de la aplicada.

Una de las figuras importantes en la construcción de un saber radical en la ciencia fue el francés René Descartes (1596 – 1650), a quien se atribuye la fundación de la filosofía moderna que es el conocimiento y la existencia, y el desarrollo del paradigma mecanicista. Es considerado el fundador de la ciencia moderna, debido a que estableció los fundamentos metodológicos, epistemológicos y teológicos de la ciencia.La ciencia es un conjunto de conocimientos racionales, ciertos o probables que se obtienen mediante el empleo del método científico, esta se denomina moderna porque se desarrolla en los siglos XVI, XVII y XVIII; es decir, esta se basa en el conocimiento científico, el cual no es más que un rasgo característico de la ciencia pura como de la aplicada. [0]

El Dr. H.Van Riessen,catedrático de la Universidad Libre de Amsterdam, explica como fue que la ciencia se independizó de la fe cristiana:

Nos interesa tener en cuenta que al final del período griego y principios de nuestra civilización cristiana, permanecía inamovible la creencia en la autonomía y superioridad del pensamiento teórico humano, frente a la religión y el conocimiento práctico, así como el desprecio hacia la práctica en sí. Esa creencia en la ciencia y la razón constituía la base de la seguridad y el poder de la élite. El rasgo más importante de la filosofía y la ciencia, desde entonces en adelante, hasta finales de la Edad Media, fue el compromiso entre la fe cristiana y la idea entonces reinante acerca de la ciencia: hacer al hombre independiente mediante la investigación autónoma y neutral de la ciencia. Con el fin de hacer a la fe y a la razón independientes entre sí, fue necesario constituir dos niveles de vida, como Aquino hizo: el natural, donde la razón domina independientemente de la fe, y por sus propias luces, y el sobrenatural donde la fe marca el rumbo.
 
La filosofía y la ciencia pertenecen al campo de la razón; y su autonomía significa explícitamente neutralidad en relación a la fe y, de hecho, neutralidad en relación a Dios. El pecado es entonces la pérdida de lo sobrenatural, y no una corrupción de la naturaleza y de la razón. La gracia resulta ser no la restauración de la naturaleza y la razón, sino e! don de lo sobrenatural. Tal es la postura tradicional de la escolástica. Para ser ímparciales hay que decir que la moderna teología del catolicismo romano se aparta algo de ese esquema. Lo que deseamos resaltar es que el esquema “natural-sobrenatural” es el prototipo de la apostasía de los hombres a quienes aún consideramos cristianos por su fe personal. Debemos percatarnos de que además de las principales apostasías de este tipo (detectable en Barth y en todos los que defienden la neutralidad de la política y la ciencia) todos ¡os creyentes cristianos dejan traslucir de vez en cuando esas tendencias a la apostasía, si bien con frecuencia ni ellos mismos se percatan.
 
La ciencia moderna apareció tras el período escolástico. Sin ningún género de dudas vemos que adoptó el esquema “natural-sobrenatural”. La neutralidad de la ciencia era algo presupuesto. Esto desembocó en una nueva actitud hacia el hombre y el mundo. El lazo entre la ciencia y la iglesia se rompió tanto a causa del Rehacimiento (humanismo) como de la Reforma. Mientras que la Reforma se oponía a la ¡dea de una naturaleza autónoma y en general a la idea de que algo podía ser independiente de Dios, o intocado por el pecado y capaz de perfeccionarse sin la gracia, al propio tiempo proclamaba la vocación del hombre para servir a Dios en su creación, desarrollándola y dominándola. Ese reto inspiró a los hombres a investigar la tecnología y las ciencias. El humanismo, por el contrario, utilizó la idea de la naturaleza y la razón autónoma para proclamar la independencia del hombre respecto a Dios, engendrando de este modo su seguridad y poder seculares. También esta creencia sirvió de inspiración a la ciencia. Más adelante volveremos a referirnos a esta diferencia. Pero primero debemos fijarnos en el nuevo método que ha hecho que la ciencia sea lo que hoy es.
 
El desarrollo de la ciencia se aceleró a causa de dos nuevos métodos: el primero es el método experimental, que con su renovada apreciación del esfuerzo práctico, en contraposición al anterior desprecio del mismo, pasó a ser la base de la ciencia. Reemplazó a la especulación. En segundo lugar está el método matemático, que llevó al análisis funcional de los hechos y a la introducción de la ley de causa y efecto, convirtiéndose en la forma exacta del razonar. Estos dos métodos han hecho avanzar la ciencia de forma asombrosa. No tardó mucho en hacerse notoria la diferencia entre la Reforma y el humanismo en cuanto a las respectivas evaluaciones de la ciencia. Es muy comprensible que la ciencia, en tanto se considerase neutra, estuviera destinada a convertirse en el objeto predilecto del humanismo y en enemiga del cristianismo, pues el humanismo afirmaba que una ciencia autónoma podía entendérselas con una naturaleza autónoma con el fin de llegar a la verdad. Por otra parte, la tendencia de continuidad de la ciencia originó el concepto de un campo en constante crecimiento llamado “naturaleza” en el que la ciencia tiene dominio absoluto, y consecuentemente también de un campo en constante decadencia, la religión, en el que la fe constituía la dirección del hombre.
 
Claro está que el actual desprecio hacia la religión al principio en la intención de los científicos, Descartes esperaba servir la causa de la religión, y Newton ensalzó el honor divino al explorar las leyes naturales por las que Dios había establecido el orden. Pero esa misma idea de que existen leyes que regulan completamente la naturaleza y que, en principio, están a disposición de la ciencia, no sólo condujo al deísmo (el “absentismo” de Dios), sino que produjo, durante el siglo XIX, la noción científica de que podía omitirse toda especulación respecto a Dios. Sin embargo, aunque esta secularización de la vida no molestó al científico en su disfrute de la primera emoción de su revolucionadora victoria, no deja de ser cómico e irónico el pensar que esta “todopoderosa” ciencia, que no tenía lugar para Dios, fue incapaz de hallar un lugar para el propio hombre. La soberanía y libertad de éste, fin supremo del humanismo, fueron barridas por la ciencia. Esta ha produ­cido un alejamiento entre el hombre y los instrumentos con los que ha de construir el poder y la seguridad.
 
En el siglo XIX la ciencia se había convertido ya en un importante factor de la vida humana. Esto era debido al hecho de que a principios de ese siglo la ciencia dio un segundo paso para aproximarse a la práctica. Centró su aplicación en la realidad con el fin de transformarla. Debe recordarse que este enfoque práctico tuvo su origen en la ¡dea bíblica de la vocación del hombre en este mundo. El calvinismo fue el primer movimiento que hizo revivir dicha idea. La ciencia aplicada alcanzó un gran éxito. Al adelanto en conocimiento siguió una alianza de la ciencia y la tecnología. Por primera vez en la historia esta alianza ofreció a la humanidad un verdadero y rápido desarrollo de la vida práctica. Era el desarrollo de la creación, querido por Dios para bien del hombre. Pero la actitud del hombre no era concordante. El hombre no tenía intención de ser un buen administrador. Su propósito era el de convertirse en dueño y señor del mundo mediante sus nuevos instrumentos. Comte resumió en una máxima esta creencia: “Savoir pour prevoir, prevoir pour gouverner.” La humanidad, dijo, había atravesado con su fe la etapa teológica: y la etapa metafísica de Kant con las ideas especulativas: y ahora estaba entrando en la etapa final de la industria con una ciencia basada sólo en los hechos.
¡Y todo esto se proclamaba en nombre de la neutralidad! Acto seguido el ateísmo cruzó el umbral. El ateísmo fue el fruto de una ciencia todopoderosa, independiente, que prometía liberar a la humanidad y al mundo mediante una tecnología que estaba en la senda del progreso. Ya no se necesitaba a Dios y su obra de salvación en Cristo. El hombre se podía liberar por sí mismo. En aquella época esta creencia humanista estaba todavía completamente centrada en la ciencia. La era del pragmatismo todavía no había llegado.
Se continuaba creyendo que la ciencia era independiente y neutral, y como tal la única forma segura de conocimiento y dominio del mundo. ¿Pero cómo podía cumplirse esta promesa tras el fracaso del idealismo especulativo?  Comte bosquejó la esperanza del futuro. Su positivismo se ocuparía únicamente de los hechos de la realidad. Estos hechos son realmente verda­deros y, desde luego, neutrales. Basándose sólo en ellos, el conocimiento científico sería verdadero e independiente; y si la ciencia obtenía de estos hechos las leyes que los gobernaban, sería capaz de llegar al modelo de las leyes que gobernaban toda la realidad. En este sencillo planteamiento de la postura de Comte se puede reconocer el método con el que muchas ciencias de nuestros días operan. Pero el positivismo fue más allá en su época. En aras de la coherencia y unidad de las ciencias este modelo positivista tenía que convergir en una ley general.
 
Era de esperar que esta ley general, de acuerdo con el espíritu del siglo XIX, subrayara el progreso. Esto, sin embargo, nos demuestra que la neutralidad no es tan neutra como se pretendía. Estaba claramente basada en una fe presupuesta en el progreso. Este modelo asumido del progreso nunca fue demostrado científicamente, y no obstante se aplicó a diversos campos de la investigación científica. Podemos dar muchos ejemplos. Los más conocidos son la ley general de la evolución, patrocinada por Darwin y Spencer, y la ley del materialismo histórico, proclamada por Marx, quien insistió en la necesaria evolución histórica hacia una sociedad comunista. La ley de ía evolución de Darwin afirmaba la continua evolución de la vida, a partir de la materia, y de las formas superiores de vida, partiendo de las inferiores, estando este proceso de desarrollo regulado por leyes físicas y por el azar. La ley de Spencer era más complicada, y esencialmente filosófica, pero también argüía que la realidad estaba regida únicamente por leyes físicas. De este modo la ciencia erigió una imponente estructura de conocimiento independiente de la religión, superior a la fe, esencialmente neutral, y en principio considerada como “todopoderosa” [1]
 
Un nuevo libro analiza el origen del enfrentamiento entre la Iglesia y el científico
El escritor Dan Hofstadter ha publicado un libro titulado “The Earth Moves: Galileo and the Roman Inquisition”, en el que analiza el juicio de Galileo por parte de la Iglesia Católica Romana a mediados del siglo XVII, y el conflicto surgido entonces por la defensa que hizo el astrónomo de la teoría del heliocentrismo (la Tierra gira alrededor del Sol). Según Hofstadter, el enfrentamiento entre ciencia y religión surgido en aquel momento explicaría muy bien la génesis de la división entre ciencia y religión, característica de la mentalidad occidental moderna. 

El escritor estadounidense Dan Hofstadter afirma en su último libro “The Earth Moves: Galileo and the Roman Inquisition” ( La tierra se mueve: Galileo y la Inquisición Romana) que el gran choque entre ciencia y religión que supuso el juicio al que fue sometido Galileo (1564-1642) por parte de la Iglesia Católica Romana persiste de alguna forma en nuestros días.

Hofstadter, autor de obras anteriores, como “The Love Affair as a Work of Art” o “Falling Palace” es un gran conocedor de la cultura italiana, de su literatura, y también de los archivos del Vaticano, que ha analizado a fondo para tratar de comprender, desde el punto de vista político, científico y psicológico, el enfrentamiento entre Galileo y el Papa Urbano VIII.

Al parecer, este papa y Galileo habían sido inicialmente amigos, cuando Urbano VIII aún era el cardenal Maffeo Barberini, con el que Galileo intercambió amables cartas, según se explica en otro libro: “Galileo en Roma: Crónica de 500 días”, de William y Artigas.

Consecuencias presentes de un conflicto antiguo

Pero luego las cosas cambiaron, y durante su pontificado (septiembre de 1632- junio de 1634) fue cuando tuvo lugar el juicio contra Galileo Galilei, en el que el científico se vio obligado a retractarse de sus tesis sobre el heliocentrismo.

La causa del procesamiento de Galileo fue que el astrónomo defendió la teoría de Nicolás Copérnico, autor del libro “De revolutionibus orbium coelestium”, en el que se expone el modelo heliocéntrico del universo.

Este modelo, que planteaba que la Tierra giraba alrededor del sol en lugar de ser el centro del cosmos como hasta entonces se había pensado, resultó demasiado revolucionario para la mentalidad de la época, por lo que la Iglesia Romana ordenó explícitamente que la teoría copernicana no se enseñase ni se promoviese.

Sin embargo, las observaciones realizadas por Galileo con su famoso telescopio no dejaron lugar a dudas para el científico de que su antecesor llevaba la razón, por lo que el investigador entró en conflicto con la institución eclesiástica de entonces.

Según declaraciones realizadas por Hofstadter para la agencia Reuters, este enfrentamiento –sucedido en el año 1633- ha tenido consecuencias incluso en el presente.

Restos de la discusión

El autor señala dos de ellas: en primer lugar, la relacionada con la cuestión de qué es una teoría científica.

Ya entonces se planteó esta pregunta, y hoy día se ha tenido que volver a plantear ante aquéllos que apoyan conceptos como el del diseño inteligente. Básicamente, nos encontramos ante la misma discusión, afirma el escritor.

El diseño inteligente es el nombre utilizado para describir a la corriente que sostiene que el origen o evolución del Universo, la vida y el hombre, son el resultado de acciones racionales emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes.

Aunque esta corriente está considerada como pseudociencia por la comunidad científica, sus partidarios la defienden como propuesta científica legítima, susceptible de ser objetivo de investigaciones metodológicamente rigurosas.

Otro de los efectos del enfrentamiento entre Galileo y la Iglesia Católica Romana se reflejó en las declaraciones que Benedicto XVI realizó en 2006, cuando aún era el cardenal Ratzinger.

Entonces, el actual papa defendió que: “en el tiempo de Galileo, la Iglesia permaneció más fiel a la razón que el mismo Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo”, en un intento de limpiar la leyenda sobre el trato de la Iglesia a Galileo. Estas declaraciones de Ratzinger supusieron, incluso, una rectificación a las palabras de Juan Pablo II, que en 1992 había pedido perdón por el maltrato al científico.

Persistente división ideológica

El juicio de Galileo en 1633 supuso una conmoción política y científica –además de religiosa-, y se produjo gracias a una mejora tecnológica: los adelantos de Galileo en el telescopio (con respecto al anterior telescopio holandés, el científico consiguió que el suyo no deformara los objetos y los aumentara 6 veces).

Por otro lado, en 1616, un edicto de la Iglesia contra el heliocentrismo intentaba proteger a la Biblia de las lecturas e interpretaciones libres de los profanos.

En este contexto, y a pesar del coste que podía suponer enfrentarse al orden establecido por la Iglesia y la ciencia de la época, Galileo publicó en Florencia, en 1632, su diálogo de los Massimi sistemi (Diálogo sobre los principales sistemas del mundo) donde se burlaba implícitamente del geocentrismo de Ptolomeo y argumentaba abiertamente a favor de la teoría copernicana. El Diálogo fue a la vez una revolución y un verdadero escándalo.

Para Hofstadter, el conflicto surgido en ese momento y el relato de la posterior persecución de Galileo explicarían la génesis de la persistente división ideológica del mundo occidental, que aún hoy sigue vigente.

Notas

[0] http://html.rincondelvago.com/ciencia-moderna-y-conocimiento.html

[1] Dr. H. Van Riessen,Enfoque cristiano de la ciencia, ed. Felire ,pag. 16-20

[2] Miércoles 22 Julio 2009,Yaiza Martínez, tendencias21.net

2 comentarios en “La actual división entre ciencia y religión se remonta a Galileo

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