La fría ortodoxia nunca podrá reemplazar una relación cálida y vital con Dios.


La fría ortodoxia nunca podrá reemplazar una relación cálida y vital con Dios.

Por Paulo Arieu

oracion

He conocido muchisimos predicadores ortodoxos en su teología, que predican con una excelente técnica de oratoria. Sin embargo, muchas de sus mensajes son fríos (espiritualmente hablando) e incluso excesivamente racionalizados. El título de este artículo, es una frase del libro los carimáticos del pastor norteamericano John MacArthur, donde comenta que podemos aprender de los grupos cristianos evangélicos de corte carismático-pentecostal. A modo personal, yo admiro muchísimo la espiritualidad de algunos predicadores que he conocido, que cuando abren la boca para predicar, marcan la diferencia. John MacArthur dice que:

La necesidad de calor y realidad espiritual ha hecho mucho para fomentar el movimiento carismático. Tenemos que aprender la gran lección de que en muchos casos de iglesias muertas, los carismáticos han ayudado a los creyentes a tener una experiencia espiritual significativa.[1]

Si bien yo personalmente detesto las predicas que no estén excelentes y lógicamente organizadas  y que no sean 100% correctas en su homilética, la calidez y el fervor de algunos predicadores pentecostales que he escuchado en mis 30 años de convertido  no deja de llamarme la atención.  Edward M.Bounds (1835-1913,quizás el mejor escritor sobre la oración que haya existido), “El poder a través de la oración”,de editorial Peniel , dice acerca de la letra de los sermones que te mata, que:

La prédica que mata puede ser, y muchas veces es, dogmática e inviolablemente ortodoxa. Nosotros amamos la ortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la enseñanza limpia, bien delineada de La Palabra de Dios, los trofeos ganados por la verdad en su conflicto con el error, un dique que la fe ha levantado contra las desoladoras inundaciones de honestas o temerarias creencias falsas, o contra la incredulidad. Pero la ortodoxia, clara y dura corno el cristal, celosa y combatiente, no podrá ser sino letra bien formada, bien nombrada y bien aprendida, la letra que mata. Nada es tan muerto como la ortodoxia muerta, demasiado muerta para especular, demasiado muerta para pensar, para estudiar o para orar. La prédica que mata podrá tener discernimiento y abrazarse a principios, podrá ser erudita y crítica en gusto, podrá tener cada minucia de etimología y gramática, podrá ataviar la letra dentro de su modelo perfecto, e iluminarla como Platón y Cicerón lo hicieron, podrá estudiarla como un abogado estudia sus libros de texto para hacer su informe o para defender su caso, y aún ser como una escarcha, una escarcha que mata. La predica de la letra puede ser elocuente, recubierta de poesía y retórica, salpicada con oración condimentada con sensación, iluminada por el talento natural, y aún así estos no ser sino una base maciza y pura, las flores raras y hermosas que atavían el ataúd. La prédica que mata puede ser sin conocimiento, sin marca de frescura de pensamiento o sentimiento, ataviada de insípidas generalidades o insulsas especialidades, con estilo irregular, desaliñado, carente de oración privada ni tiempo en el cuarto de estudio, ni tampoco está agraciada por pensamiento, expresión u oración. Bajo esta prédica, ¡qué inmensa y absoluta la desolación! ¡Qué profunda la muerte espiritual!Esta prédica de la letra trata con la superficie y la sombra de las cosas, y no con las cosas en sí mismas. No penetra la parte interna. No tiene una comprensión profunda, ni entendimiento de la vida escondida de La Palabra de Dios. Es verdad para el afuera, pero el afuera es la cáscara que debe ser quebrada y penetrada por la semilla. La letra puede estar adornada para atraer y ponerse de moda, pero la atracción no es hacia Dios ni tampoco la moda es por el cielo. La falla está en el predicador. Dios no lo ha creado. Nunca ha estado en las manos de Dios como arcilla en las manos del alfarero. Ha estado ocupado con el sermón, su concepto y acabado, su fuerza de atracción, pero nunca buscó, estudió, sondeó o experimentó las cosas profundas de Dios. Nunca estuvo ante “El trono alto y sublime” (Isaías 6:1), nunca escuchó la canción de los serafines, nunca vio la visión ni sintió la fuerte corriente de esa santidad ni clamó en absoluto abandono y desesperación bajo el sentimiento de debilidad y de culpa, ni fue renovada su vida, ni su corazón tocado, depurado, encendido por el carbón vivo del altar de Dios. Su ministerio puede atraer gente hacia él, a la Iglesia, a la forma y ceremonia; pero no atraer verdaderamente hacia Dios, a una comunión divina, dulce y santa. La Iglesia ha sido blanqueada pero no edificada, complacida pero no santificada. La vida es suprimida; se enfría el aire del verano; la tierra está seca. La ciudad de nuestro Dios se convierte en la ciudad de la muerte; la iglesia en un cementerio y no un ejército en lucha. La alabanza y la oración son ahogadas; la alabanza está muerta. El predicador y la prédica han ayudado al pecado, no a la santidad; ha poblado el infierno, no el cielo. La prédica que mata es una prédica sin oración. Sin oración el predicador crea muerte, no vida. El predicador que es débil en oración lo es también en poder de vida. El predicador que haya dejado de tener a la oración como un elemento eminente y predominante en su propio carácter, ha sacado de su prédica el distintivo poder que da vida. Hay y habrá oración profesional, pero esta ayuda al predicador en su trabajo de muerte. La oración profesional enfría y mata tanto a la prédica como a la oración. Mucha de la devoción laxa y de las actitudes irreverentes en la oración congregacional es atribuible a la oración profesional en el pulpito. Las oraciones en muchos pulpitos son largas, discursivas, secas e inútiles. Sin unción o corazón, caen como una escarcha que mata sobre todas las oraciones de adoración. Son oraciones que negocian con la muerte. Cada vestigio de devoción ha perecido bajo su aliento. Cuanto más muertas están, más largas se vuelven. Debe pedirse una oración corta, viva, que provenga realmente del corazón, del Espíritu Santo, directa, específica, ardiente, simple, productiva en el pulpito. Una escuela que les enseñe a los predicadores cómo orar. De la manera en que Dios toma en cuenta la oración, sería más beneficiosa para la verdadera devoción, la verdadera adoración y la verdadera prédica que todas las escuelas teológicas. ¡Pare! ¡Deténgase! ¡Considérelo! ¿Adonde estamos? ¿Qué hacemos? ¿Predica para matar? ¿Ora para matar? ¡Ora a Dios! El gran Dios, el Hacedor de todos los mundos, el Juez de todos los hombres. ¡Cuánta reverencia! ¡Qué simplicidad! ¡Cuánta sinceridad! ¡Cuánta verdad interior se demanda. ¡Cuan reales debemos ser! ¡Cuan sinceros! La oración a Dios, el ejercicio más noble, el más alto esfuerzo del hombre, lo más real. ¿No deberíamos desechar para siempre prédicas maldecidas que matan y las oraciones que matan y hacer lo verdadero, lo más poderoso, la oración devota, la prédica que crea vida, y atraer lo inagotable de Dios y el tesoro abierto para satisfacer la necesidad y pobreza absoluta del hombre? [2]

Creo que este párrafo no necesita mucha explicación. Es que muchas veces nuestras plegarias a Dios salen de adentro de un corazón frío, duro, insensible a la acción del Espíritu Santo. Quiera Dios tener a bien quebrantar nuestros corazones en su precioso altar divino, para que cuando oremos o prediquemos la Palabra de Dios, nuestros oyentes sean edificados no solo a nivel intelectual sino también espiritual. Los sermones frios no conmueven el corazón de los oyentes. Valeri Slezin, jefe del Laboratorio de Neuropsicofisiología del Instituto de Investigación y Desarrollo Psiconeurológico Bekhterev de San Petersburgo ha afirmado que

“Una oración es un medicamento poderosísimo. La oración no sólo regula todos los procesos del organismo humano, sino que también repara la estructura de la conciencia más afectada”.[3]

Busquemos a Dios en oración antes de predicar un sermón y roguemos que El nos hable a través de Su Palabra y veremos como Dios nos llena de Su precioso gozo antes de salir a hablar de El. Recordemos que nuestra relación personal con el Señor no es sustituible por ninguna otra cosa. Busquemos el reino de Dios primero y todas las cosas vendrán por añadidura.

  • Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.” (Mateo 6:33 Nueva Traducción Viviente)

Dios lo bendiga.<>

Notas:

[1]. Jhon F.Macarthur, “Los carismáticos Una perspectiva doctrinal”, ed. CBP, p.11
[2]. Edward M.Bounds, “El Poder a través de la oración”, ed. Peniel, p.32-35

[3] http://verdadosharalibres8.wixsite.com/mrc37/single-post/2016/03/10/EL-VALOR-DE-LA-ORACI%C3%93N

imagen: http://verdadosharalibres8.wixsite.com/mrc37/single-post/2016/03/10/EL-VALOR-DE-LA-ORACI%C3%93N

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