La opinión de la Palabra de Dios sobre las imágenes religiosas


La opinión de la Palabra de Dios sobre las imágenes religiosas

Por Paulo Arieu

Desde los mismos comienzos de la humanidad, el ser humano ha mostrado inclinacion a representar mediante alguna forma de imagen la deidad que venera o adora. Desde los cultos a Baal y Assera de los cananitas hasta la imagen al dios desconocido de los griegos que conoció el apostol san Pablo. Supongo que el ser humano intenta representar de alguna forma su dios para poder entenderlo, humanizarlo a fin de poder perderle miedo a lo desconocido y de algún modo rendirle culto para apaciguar la ira de este dios. Doctrinalmente todos los llamados “cris­tianos” estamos de acuerdo en condenar toda forma de idolatría, hasta la Iglesia Católica en su Nuevo Catecismo dice: 

“Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios” (NC 2113).

Otra cosa es la vida práctica de cada cual. El hombre está inclinado por su naturaleza corrompida a divinizar lo que no es “dios” y a dar culto a sus propias fantasías religiosas. Toda idolatría tiene su origen en el desconocimiento de Cristo y de Su obra completa y perfecta de salvación. Cuando una persona conoce a Cristo como su único y perfecto Salvador por medio de la fe, es una nueva criatura que adora al Padre en espíritu y en verdad (Juan 4:23). En esta relación no cabe, ni es necesaria, ninguna imagen o figura material. Todo culto a imágenes de “santos” y “vírgenes” es una negación del plan perfecto de salvación de Cristo Jesús.

Porque con ese culto a las imágenes se les está reconociendo un poder de intercesión y ayuda para la salvación del hombre. Pero la Palabra de Dios no reconoce otro nombre bajo el cielo dado a los hombres para ser salvos, que el Nombre del Señor Jesús (Hechos 4:12). Y además añade, que Jesús con Su propia sangre obtuvo eterna redención” y “con esta sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 9:12; 10:14)esto es, a los que creen en Su Nombre.

El culto o veneración a las imágenes de “santos y vírgenes” sólo puede tener lugar dentro del profundo vacío que se da en el co­razón de las personas y de las “iglesias” que no conocen a Cristo como su único y perfecto Salvador personal. Muchos no estarán de acuerdo con esta reflexión porque eso les llevaría a reconocer su propia idolatría. Pero es mucho mejor desechar la propia idolatría para aceptar a Cristo, que con toda tu propia idolatría desechar a Cristo Jesús como tu único y perfecto Salvador. Y no vale que digas que tú también crees en Cristo. Porque no puedes compartir esa fe en tus “santos y vírgenes” con la fe en Cristo como tu único Salvador.

La palabra “ídolo” reenvía inmediatamente a otras dos palabras, que en la cultura
occidental han gozado de un éxito extraordinario: “idólatra” e “idolatría”. Se trata de
compuestos griegos, formados por éidolon, “imagen”, y latréuo, “adorar, venerar”.
Por consiguiente, con éidololátres se define a una persona que “adora las imágenes”,
de la misma forma que eidololatréia designa el “culto de las imágenes”[0]

Lewis Sperry Chafer, teologo protestante escribió al respecto que:

El hecho de que Dios es supremo implica que no hay ningún otro comparable a El; aún así casi universalmente la humanidad ha practicado las abominaciones de la idolatría con una obstinación que está lejos de ser accidental. El pueblo judío, del cual proceden las Escrituras humanamente hablando, no era inmune a esta tendencia. Desde los días del becerro de oro y a través de los siglos los israelitas siempre estuvieron retrocediendo a la idolatría y eso a pesar de la abundante revelación y del castigo. La historia de la iglesia está manchada por la adoración de imágenes tomadas del paganismo.[1]

Para aclarar todo lo que Dios en Su Pa­labra nos muestra de la idolatría, nada mejor que comparar tus pensamientos y la doctrina de tu iglesia con lo que dice la Palabra de Dios.

 La Biblia dice:  La Iglesia Católica dice:  La Reforma dice: “¿Qué es idolatría?
“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas de. debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás” (Ex. 20:4,5). “No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni os levantaréis estatua, ni pondréis en vuestra tierra piedra pintada para inclinaros a ella; porque Yo soy Yavé vues­tro Dios” (Lv. 26:26:1). “Guardaos, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Yavé habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultu­ra, imagen de figura alguna, efigie de varón o de hembra, figura de animal alguno… y te inclines a ellos y les sirvas” (Deut. 4:15-19).

 

“El mandamiento divino implicaba la prohibición de toda representación de Dios por mano de hombre.”

Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imáge­nes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf. Nm 21, 4-9; Jn 3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf. Ex. 25, 10-20; 1 R 6:23-28; 7:23-26).

Fundándose en el miste­rio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva “economía “de las imágenes”. “El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que prescribe los ídolos” (NC 2129-2132).

 

Es inventar o poner en el lugar que sólo corres­ponde al Dios verdadero que se ha revelado por Su Palabra, o junto a Él, cualquier otra cosa en la cual se ponga confianza.

¿Qué pide Dios en el segundo manda­miento?

Que no representemos a Dios por medio de alguna imagen o figura, y sólo le rindamos culto como Él ha mandado en Su Palabra.

“¿No es lícito hacer ninguna imagen?

No podemos, ni debemos representar a Dios de ninguna manera, y aun en el caso de que fuese lícito representar a las criaturas, Dios prohibe hacer o poseer ninguna imagen destinada a ser adorada o empleada en su servicio. ¿No se po­drían tolerar las imáge­nes en las iglesias, como si fuesen libros para enseñar a los ignorantes? No, porque nosotros no debemos ser más sabios que Dios, que no quiere instruir a su pueblo por imágenes mudas, sino por la predicación viva de Su Palabra” (Cat. Heidelberg). 

¿Cómo conciliar el segundo mandamiento, que prohibe toda imagen de culto, con las imágenes de criaturas hechas en las paredes del templo, y el tabernáculo, el arca y el lugar santísimo? Dios prohibe y condena en la Biblia toda forma de culto que nace de la pura fantasía del hombre. No prohibe la escultura o el adorno arquitectónico que forman parte de la estructura de un edificio. El Señor en Su Palabra prohibe que nosotros hagamos lugar en nuestro corazón a imagen alguna, a la cual le rindamos culto, dirijamos nuestros rezos e imploremos su mediación o su favor. Esa imagen puede estar en el altar de una iglesia, en el cruce de caminos, en un rincón de tu casa o simplemente en tu mente. Eso para Dios es idolatría. Nada de lo que Dios ordenó a Moisés en la construcción del tabernáculo podía inclinar al pueblo a la idolatría, ya que la mayor parte de esas cosas estaban en el lugar santísimo y allí sólo entraba el sumo sacerdote una vez al año, y no sin sangre, para hacer expiación por sus pecados y por los del pueblo, pero no para dar culto a lo que allí había. Con esto el Espíritu Santo daba a entender que hasta la llegada de Cristo el camino al Lugar santísimo no se manifestaría. Pero no debemos olvidar que el tabernáculo en que entró Cristo como sumo sacerdote de los bienes venideros, no es hecho de manos, es decir, no es de esta creación, sino que “entró en el cíelo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios…una vez para siempre por el sacrificio de Sí Mismo para quitar de en medio el pecado…” (cf. Hebreos 9:11-28). Por eso no se comprende muy bien que el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica diga:

“El Hijo de Dios, al encarnar inauguró una nueva “economía” de las imágenes” (NC 2131).

Pero en ninguna parte de las Sagradas Escrituras se dice tal cosa, antes al contrario, Jesús mismo dice a la mujer samaritana, al ser interrogado por ella sobre el mejor sitio de adoración: “Mujer, créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espiritu y verdad es necesario que le adoren” (Juan 4:21-24).

Esta respuesta de Jesús, no sólo no “inaugura una nueva “economía “de las imágenes”, sino que condena toda adoración o culto a las imágenes, sea de quienes sean. No cabe duda que para la Iglesia Católica la “economía” de imágenes ha sido muy floreciente, y sería un serio contratiempo a sus finanzas “que medran falsificando la Palabra Dios” (2 Cor. 3:17). ¿Cómo podríamos compaginar que Dios por medio de la fe en Cristo Jesús nos dé el Espíritu Santo (Galatas 3:14), ‘ morando en nosotros el Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16) rindamos culto a las imágenes de sus criaturas? Pablo dice que Dios destruirá a todo el que haga tal cosa. ¿Por qué? “Porque vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros” (1 Corintios 6:19), y en ese templo del hombre creyente sólo se adora a Dios en espíritu y en verdad. Pero no hay lugar alguno en ese templo del creyente en Cristo para el culto o la veneración de imagen alguna.

¿Por qué, si Jesús es Dios hecho hombre, que apareció como un hombre cualquiera ante todo el mundo, no se le puede representar como representamos a cualquier hombre? Si aun aquellos hombres que habían convivido con Jesús durante tres años tienen que escuchar de sus propios labios: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido Felipe? El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre. ¿No crees que Yo soy en el Padre, y eí Padre en Mí?” (Juan 14:9,10). Cómo hombre alguno puede representar a Jesús, si “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación; todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho; porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles. Todo fue creado por medio de Él y para Él… Quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de Sí Mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Juan 1:3; Colosenses 1:15-16; Hebreos 1:2-3).

La iglesia católica lo que ha hecho en los siglos que tiene de historia, es cristianizar la idolatria. Ya no la llama adorar, sino que ahora es un grado menor de culto llamado venerar. No se arranca de lleno la práctica pagana de representar de alguna manera  al dios al que se rinde culto sino que se lo cristianiza, siendo ahora alguien de la Sagrada Familia (Jesús,María,José), algun apostol como Pedro o Pablo, o algun creyente piadoso al que se lo declara santo y luego se le solicita su mediacion para la realización de favores o milagros. Se le construye un altar, se construye una imagen, alguna estampa con su imagen y a buscar su favor, alimentando asi la piedad popular de un pueblo religioso pero ignorante de la Palabra de Dios y sus enseñanzas.

Cuando representamos a Jesús en un lienzo o en una imagen estamos falsificando la imagen del Dios invisible y ridiculizando la plenitud de la Deidad. Todas estas representaciones que el hombre se imagina de Jesús son una falsedad que nada tiene que ver con el resplandor de la gloria de Dios. Todo esto no ayuda al hombre a tener un conocimiento de Jesús, más bien lo confunde y lo degrada. En el Nuevo Pacto el que cree en Cristo como su perfecto Salvador jamás hará imagen alguna del Señor, porque esa función le corresponde al Espíritu del Señor hacerla realidad en el creyente. Como está escrito: “El que se une al Señor un espíritu es con Él” (1 Cor. 6:17), y “el Señor es Espíritu…, y somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18), “hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Galatas 4:19). Y el apóstol Pablo concluye: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios” (Gal. 2:20). Si los que creen en Cristo Jesús, lo que viven en la carne, lo viven en la fe, ¿cómo van a poder hacer una imagen material? Y es muy adecuado lo que se dice a los Corintios: “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no le conocemos así” (2 Cor. 5:16). El Señor es Espíritu, no lo materialicemos con nuestra incrédula idolatría. Porque los que se unen al Señor por medio de la fe un espíritu son con Él. Por eso mientras viven en la carne (en este cuerpo) lo viven en la fe, para ser un espíritu con el Señor. Amén.<>

Fuente bibliográfica

Fundación “En la Calle Recta”, Prins Hendrikweg 4 6721 AD Bebbekom Holanda, http://www.enlacallerecta.es

[0] https://revistas.ucm.es/index.php/CIYC/article/viewFile/49383/45990

[1] Chafer,Sperry Lewis. Teologia Sistematica. Tomo I.p.24. Editorial Clie,España.

Imagen: http://casadoracionnorte.blogspot.com/2013/10/idolatria-religiosa.html

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