La ignorancia catolicoromana en Argentina y el culto a Ceferino Namuncurá


La ignorancia catolicoromana en Argentina y el culto a Ceferino Namuncurá

Por Paulo Arieu

Comúnmente, cuando uno trata con los católicos promedios en nuestros países sudamericanos, no puede evitar la tentación de considerarlos ignorantes (bíblicamente hablando) o supersticiosos. Pero la realidad de la práctica de fe de este colectivo religioso, es que son muy propensos a rendirle culto a alguna virgen milagrosa, a algún santo o alguna reliquia milagrosa. Uno de estos ejemplos, es el culto a Ceferino Namuncurá. Yo conozco la devoción de este santo católico romano por haberla visto en mi país muchísimas veces. Incluso nosotros, de niños, cuando no éramos cristianos evangélicos, también éramos devotos de este santo e íbamos a rezarle a su tumba. Su tumba está ubicada en el interior de un templo católico, en un poblado del sur de mi país. Sus restos están enterrados en el Fortín Mercedes, un antiguo Fortín militar, en la provincia de Buenos Aires, cerca de la localidad de Pedro Luro.

Melchor Núñez Pérez es, licenciado en Biología, autor del libro “Patagonia, el país de la ausencia”, describe datos biograficos de este “santito” argentino:

De regreso de Plaza Huincul, me detengo en un pequeño y colorista santuario construido al borde de la carretera, dedicado a Ceferino Namuncura, el Lirio de la Patagonia. Había nacido en Chipay, en 1886, hijo del cacique Manuel Namuncura, que llegó a ser coronel del ejército. Un indio que si se hizo bueno y fue cristianizado. Durante su estancia en Buenos Aires, bajo la tutela de los salesianos de Don Bosco, Ceferino manifestó los primeros síntomas de una tuberculosis. De regreso a la Patagonia, a Viedma, empeoró. Con diecisiete años, acompaña al arzobispo Cagliero a Roma, donde conoce a Pío X. Allí fallece a la edad de diecinueve años. Finalmente, fue beatificado por Juan Pablo II. [0]

Y también describe algunos pocos rasgos del santuraio de este indio argentino:

El santuario está formado por una escultura del joven, de unos tres metros de alto, representado con botas de media caña, pantalones bombachos, un vistoso poncho y pañuelo azul al cuello. A un lado hay un cuartito en cuyo interior, además de un busto y numerosos carteles y retratos con su imagen, proliferan las ofrendas de flores plastificadas, medallas, algunos cascos de obrero, matrículas de vehículos y banderas argentinas, formando un abigarrado conjunto de exvotos.[1]

El culto a Ceferino, es parte del folklore religioso de los argentinos. Y el fervor de sus devotos es otra muestra más de la idolatría dentro de la iglesia católica en Argentina. Namuncurá fue un indio de la Patagonia Argentina, educado por los sacerdotes salesianos de la orden de San Juan Bosco. El fue un indígena cuya memoria se convirtió en un culto idolátrico  más.

 Ceferino Namuncurá, declarado Beato por la Iglesia Católica, representa una de las figuras más populares del devocionario nacional. Sus orígenes indígenas y su trayectoria como alumno salesiano fueron determinantes a la hora de relatar su biografía en orden a distintos modelos históricos: el niño santo, cuya matriz reconoce a los niños santos europeos; el “santito criollo” que invisibiliza sus orígenes y lo adapta al modelo nacional, o el “santo mapuche”, que intenta conjugar la santidad con la aboriginalidad.[2]

Ceferino Namuncurá ha estado muy presente en la piedad popular de la Argentina, sobre todo en el sur de la Argentina. Pero hay que distinguirlo de otras figuras más legendarias, como la difunta Correa o el gauchito Cruz Gil. Ceferino tiene una historia bien documentada. Muchos testigos que lo han conocido nos han dejado relatos de su vida y se conservan más de cincuenta cartas que él mismo escribió. Además, su vida está inserta en un momento trágico de la historia nacional, que afectó particularmente a su familia indígena. Pero es bueno comentar que Ceferino es bien argentino, un hijo precioso de nuestras pampas, que vivió sólo dieciocho años, pero que nos ha dejado un ejemplo precioso de fortaleza en la adversidad, de alegría, de amor a Jesús y de generosidad fraterna.[3] Por este motivo, pienso que Ceferino Namuncurá fue un creyente católico piadoso del sur de mi pais, nativo de los indios autóctonos de la República Argentina. Pero mi crítica es hacia la práctica idolátrica de muchos de mis compatriotas, que ignoran la realidad de las escrituras bíblicas que prohíben todo tipo de idolatría o veneración supersticiosa.

Por un lado tenemos sus creencias doctrinales, que se alejan de la ortodoxia cristiana de los primeros siglos para introducirse en las costumbres romanistas del catolicismo. Sus creencias son muy católicas por cierto, con todas las supersticiones y creencias marianas que el catolicismo le inculcó. Aunque pienso que mas allá de esos errores de ignorancia, había un corazón piadoso. Sus últimas palabras fueron “¡ Bendito sea Dios y María Santísima!, Basta que pueda salvar mi alma, y en los demás que se haga la santa voluntad de Dios”.

Yo espero que su espíritu y alma, estén entre los escogidos del Señor, que Dios haya tenido misericordia de él y que también la tenga en el día del juicio final, más allá de sus creencias particulares. Pero lo más lamentable no fue  su vida ni sus errores doctrinales, típicos de la iglesia de Roma. Lo más trágico sucede luego de muerto, que su testimonio una vez mas fue utilizado por los curas salesianos para animar más aún todavía el fervor religioso popular pagano del pueblo argentino, aprovechándose de la ignorancia de los argentinos en la Palabra de Dios. Recordemos que no fue hasta después de Concilio Vaticano II, muchas décadas después, que la Palabra de Dios comenzó a circular con un poco más intensidad dentro del catolicismo.

El día 4 de marzo del año 2008, aparece en un árbol la imagen bien detallada de Ceferino Namuncurá, en El Trebol, Santa Fé. La municipalidad y los vecinos de la ciudad le hicieron una especie de altar, en el cual la gente se para en la vereda y se pone a rezar a “san Ceferino”. Así surge el culto a este indígena católico, convirtiéndose una vez más en foco de atención del hombre por el hombre, y no del hombre hacia el Dios que nos creó, según los parámetros que ordena la Palabra de Dios.

La devoción popular a Ceferino Namuncurá se fue difundiendo desde mediados de siglo XX por toda la Argentina. Es así que a fines de los 1960s  ya era muy común encontrar estampitas dedicadas a San Ceferino en plena ciudad de Buenos Aires, de este modo su foto se hizo tan popular que muchas papeletas de propaganda en las cuales ofrecían y ofrecen sus servicios los “plomeros” — fontaneros—, albañiles y trabajadores de oficios afines tienen impresas el rostro del beato.

«De la estadía de Ceferino en Viedma se conservan algunas hojas donde hacía sus deberes, y en los márgenes hay pequeñas oraciones que él escribía. Por ejemplo: “¡Viva Jesús!”, o “Señor, todo esto por tu amor”. Sus compañeros dieron testimonio de su permanente amabilidad, de su alegría y de su preocupación por consolar y acompañar a los que estaban tristes.Aunque Ceferino era feliz en el ambiente de los colegios, nunca dejó de manifestar su deseo de regresar a servir a los suyos. Este sueño fue tomando cada vez más un carácter espiritual y misionero. No era para menos si uno advierte la fascinación que Ceferino sentía por Jesucristo. Por eso, era inevitable que tuviera un fervoroso propósito de llevar a los indígenas a un conocimiento cada vez más profundo del Señor. Cuando lamentaba que muchos de ellos no fueran creyentes, destacaba que  ¡”no saben que Jesucristo derramó su sangre para salvarnos” ¡

En una carta que Ceferino escribe el18 de julio de 1903, le cuenta al padre Beraldi que está triste porque sus compañeros habían sido trasladados a Patagones, pero a él, por su poca salud, lo dejaron en Viedma. “¡Cuánto he sufrido!” dice Ceferino en su carta, con la sinceridad que lo caracterizaba. Sin embargo, expresa también dónde encontraba su consuelo: 

“En Viedma me han confiado el dulce cargo de sacristán del colegio, oficio verdaderamente envidiable, porque es tan hermoso estar cerca de Jesús, prisionero de amor en el santo tabernáculo”[4]

El beato Ceferino Namuncurá Burgos nació en Chimpay, Río Negro el 26 de agosto de 1886 y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, era un joven laico salesiano argentino de orígenes mapuches y criollos. Mi crítica es porque una vez más estamos ante un claro caso de aprovechamiento del clero católico de la figura de un joven católico, piadoso y temeroso de Dios, para sus fines paganizantes. Es lamentable que utilicen la figura de este joven para propagar la idolatría y el culto a su figura, violando una vez más las claras enseñanzas de  la Palabra de Dios. Me pregunto yo una vez  mas ¿Tan difícil es al ser humano comprender que no hay otro nombre en la tierra dado a los hombres, digno de ser invocado? Es como dice la Palabra de Dios

  • “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (1 cor. 2:14)

Lamentablemente, hemos podido observar una vez mas, como ya lo hemos comentado en el artículo sobre San Expedito, que

«en la religión católica existen aquellos que en vez de acudir a Cristo para salvación, redención, regeneración, etc., acuden a María, o a una amplia variedad de santos. Sin embargo, Dios austeramente prohíbe la idolatría. ¡UN CRISTIANO VERDADERO NO PUEDE CONDONAR LO QUE DIOS CONDENA!.» [5]

A Ceferino,le tocó vivir tiempos muy dificiles luego de que los indios fueron derrotados por los soldados y sus tierras erradicadas. En sus notas, se vislumbra la piedad religiosa, donde cita su veneración por María.Lamentablemente, esto es algo nada extraño dentro de los círculos católico romanos. El vivió «angustias en carne propia, al lado de su padre viejo y humillado. Por eso en 1897, cuando todavía estaban en Chimpay, Ceferino “lagrimeaba al ver la miserable condición de los indios … ante el apremio del padre imposibilitado de aliviar los necesidades de su gente hambrienta”, y entonces dijo a su padre: “Papá, ¡cómo nos encontramos después de haber sido dueños de esta tierra! Ahora nos encontramos sin amparo. ¿Por qué no me llevas a Buenos Aires a estudiar? … Y yo podré estudiar y ser un día útil a mi raza .[6]  Tiempo después, el día que llegó a Buenos Aires y un grupo de indígenas fue a recibirlo a la estación de tren, Ceferino les dijo con contundencia: “Vengo a estudiar para bien de los de mi raza” »[7]

Esta actitud solidaria y generosa nunca desapareció del corazón de Ceferino. Varios testimonios resaltan el afecto que le tenía a su padre y a su familia: 

“Lo que varias veces llamó mi atención fue el cariño tan especial que demostraba a su anciano padre” [8].

“¡Cuánto amaba a su querido y anciano padre, a su buena madre, hermanos y hermanas y a toda la gente de su tribu!”[9]

¿Quién era la madre de Ceferino? Se llamaba Rosario Burgos. Los testimonios indican que era una indígena o mestiza chilena y que Manuel Namuncurá la había raptado en un malón en 1879, cuando ella tenía unos 18 años. Pero luego Manuel tomó otra esposa más joven con la cual se casó en 1900. Su hijo Aníbal cuenta que “una vez que el cacique Manuel se casó ante el civil y ante la Iglesia con doña Ignacia, entonces doña Rosario pasó a la tribu de Yanquetruz … Allí se casó con un tal Francisco Coliqueo y con él se fue a Comallo”[10]

«En el corazón de Ceferino se mezclaban el cariño y la admiración que sentía por su padre, y el dolor que le habrá provocado pensar en su madre abandonada por otra mujer y errante con otro hombre.  Poco antes de morir le manda a su madre una tarjeta postal. De un lado le dice: “A mi querida mamá Rosario … ¡Felicidad!. Del otro lado le habla de su “amor, cariño y gratitud”, y le pide a Dios y a la Virgen que “le concedan felicidad’. Dos veces le desea “felicidad” a esa madre que había llevado una vida tan sufrida, como esperando que al menos en sus últimos años gozara de un poco de consuelo.»[11]

Pero la idolatría hacia su persona no tiene nada que ver con política,ni con la crisis de los indios, ni siquiera con la figura de este joven piadoso indígena, sino con la falta de conocimientos bíblicos, y los dogmas romanistas de la religion católica que muchos de mis compatriotas practican, sin profundizar mucho en la lectura de las Sagradas Escrituras. Por que si lo hiciesen, tendrían que leer que en los salmos está escrito que:

«Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho. Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, más no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen mas no oyen, tienen narices, mas no huelen, manos tienen, mas no palpan. Semejantes a ellos son los que los hacen y cualquiera que confia en ellos».(Sal.115)

Como se inciaron todas estas costumbres paganas? Se iniciaron en Roma en el siglo IV, y no tienen nada de cristianas. Roma ya era pagana en los tiempos del Señor Jesús.

Con el desarrollo de la preponderancia militar y sus consecuentes contactos con la civilización griega, se produjo una fusión de deidades bajo la influencia dominante del panteón griego. Júpiter, el dios del cielo, se identificó con el Zeus griego; Juno, su esposa, con Hera; Neptuno, el dios del mar, con Poseidón; Plutón, el dios de los infiernos, con Hades, etcétera. Toda la lista de las deidades homéricas se fusionó con sus similares romanas. Gobernando Augusto se erigieron nuevos templos y se establecieron nuevas clases de sacerdotes. Había muchos adoradores fieles a los antiguos dioses, romanos o griegos, a los que rendían homenaje.
La adoración de los dioses griegos había empezado a declinar en el tiempo que apareció Cristo. Sus vulgares inmoralidades e insignificantes riñas, que los presentaban como hombres y mujeres superiores nada más, los exponían a la burla de los satíricos y al escarnio de los filósofos. Platón, más de tres siglos antes de Cristo, había afirmado que las historias de los dioses deberían excluirse del Estado ideal porque tendían a corromper a la juventud con sus males ejemplos. Los sabios filósofos no dejaron lugar para los dioses en el cuadro de cosas que idearon, y notoriamente los convirtieron en objeto de burla. No cabe duda que todavía quedaban muchos devotos adoradores de esas deidades, pero su número, más que crecer, decrecía.»[12]

Me llama mucho la atención el acertado criterio con el que el filósofo ateo argentino Ladislao Vadas explica la idolatria en el sistema romanista. El afirma que !si el creyente, le reza a Ceferino Namuncura, al gauchito Giles, a la difunta Correa,a San Expedito o a María, la madre del Señor , es idolatría! Asi lo  explica Ladislao Vadas[13], desde un correcto punto  de vista antropológico:

«…pero si el creyente reza a la Virgen y a los santos de toda laya, en lugar de dirigirse directamente al Dios Unico, se convierte en un politeísta en la práctica, aunque en teoria la iglesia sostenga lo contario. El catolicismo es un politeísmo perfecto en la práctica,porque se adora y se reza al dios Padre, al dios Hijo, al dios Espíritu Santo, a la diosa Virgen María y a todos los santos cual diositos menores, y nadie me puede contradecir es este aspecto de las creencias desde el punto de vista antropológico.»[14]

Nuestra critica hacia el sistema romanista es fuerte, porque escrito está en la Palabra de Dios que seamos criticos hacia todo lo que sea fabulezco, supersticioso o aleje a los hombres de la verdad de Jesús, muerto y resucitado,para que los hombres adoren al Dios verdadero por medio de la fe en el:

  • “Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.” (Tito 1:13-14). 
  • “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo… que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” (2° Tim. 4:1-5)

En febrero de 1903, sabiendo que Ceferino tenía un problema de salud en los pulmones (tuberculosis), deciden trasladarlo a un colegio de Viedma. Tenía dieciséis años. Cuando llegó a Viedma, aunque ya estaba afectado por la tuberculosis, “llamó la atención de todos sus compañeros por su ánimo constantemente alegre . Entre los enfermeros que lo atendieron había uno con fama de santo, el hermano Artémides Zatti. Sabemos que Ceferino lo recordaba con gratitud porque le envió una postal desde Turín, poco después de llegar (el 16/08/1904). Zatti dio un testimonio sobre las virtudes de Ceferino destacando sobre todo su humildad y su paciencia con los compañeros molestos. También cuentan que, a pesar de su mala salud, Ceferino se empeñaba en prestar servicios y en hacer tareas manuales que lo dejaban agotado, como subir una loma llevando cajones con frutas o limpiar la iglesia. Sin dudas, fue un joven piadoso y un caracter sufrido.

De la estadía de Ceferino en Viedma se conservan algunas hojas donde hacía sus deberes, y en los márgenes hay pequeñas oraciones que él escribía. Por ejemplo: “¡Viva Jesús!”, o “Señor, todo esto por tu amor”. Sus compañeros dieron testimonio de su permanente amabilidad, de su alegría y de su preocupación por consolar y acompañar a los que estaban tristes.

Aunque era feliz en el ambiente de los colegios, nunca dejó de manifestar su deseo de regresar a servir a los suyos. Este sueño fue tomando cada vez más un carácter espiritual y misionero. No era para menos si uno advierte la fascinación que Ceferino sentía por Jesucristo. Por eso, era inevitable que tuviera un fervoroso propósito de llevar a los indígenas a un conocimiento cada vez más profundo del Señor. Cuando lamentaba que muchos de ellos no fueran creyentes, destacaba que “no saben que Jesucristo derramó su sangre para salvarnos” .

En una carta que Ceferino escribe el18 de julio de 1903, le cuenta al padre Beraldi que está triste porque sus compañeros habían sido trasladados a Patagones, pero a él, por su poca salud, lo dejaron en Viedma. “¡Cuánto he sufrido!” dice Ceferino en su carta, con la sinceridad que lo caracterizaba. Sin embargo, expresa también dónde encontraba su consuelo: 

“En Viedma me han confiado el dulce cargo de sacristán del colegio, oficio verdaderamente envidiable, porque es tan hermoso estar cerca de Jesús, prisionero de amor en el santo tabernáculo”.

En otra carta, el 26 de agosto, vuelve a mencionar su dolorosa tristeza, pero una vez más habla del dulce alivio que encuentra en la Eucaristía con unas palabras sublimes:

“Mi óptimo confesor me ha permitido la comunión cotidiana y yo trato de hacerla fervorosamente. Si ahora gusto la dulzura del amor de Jesús, lo debo a usted, amadísimo don Juan, que inspirando en mi pobre corazón el amor a la Virgen, me condujo, sin que yo me diese cuenta, a conocer y amar a Jesús”. 

Los que admiran la piedad de Ceferino escriben de su fuerte devoción religiosa:

¡Qué preciosa conciencia de ese amor de Dios completamente gratuito! Ceferino se sintió conducido amorosamente al encuentro místico con Jesús, sin atribuirlo a sus capacidades, a sus prácticas o a sus pensamientos. Dice que fue conducido “sin que él se diera cuenta”. Luego sigue agradeciendo la fe cristiana, afirmando que penetró “hasta lo más hondo de mi alma”. Los compañeros cuentan que “cuando estaba en el estudio, no pasaban cinco minutos sin que el indiecito besara un crucifijo que siempre tenía delante, y se le oía pronunciar jaculatorias” .[15]

Yo, personalmente, aunque no comparto como protestante su misticismo religioso, puedo ser comprensivo de la sinceridad religiosa católica romana del joven indio. Respeto el hecho de que algunos creyentes católicos piadosos admiren su ejemplo de fe. Conociendo la mentalidad de los catolicos argentinos, entiendo y pienso que esto es una conducta hasta cierto punto comprensible, pero venerarlo es otra práctica completamente distinta. Coincido con Vadas en su diagnóstico intelectual, que venerar a Ceferino, al gauchito Giles, a la difunta Correa, o los miembros de la Sagrada Familia, es una práctica idólatra, supersticiosa completamente. Solo Jesús es nuestro mediador, entre Dios y los hombres y nuestra mirada debe estar puesta siempre en El y en lo que Su Palabra nos dice. Ignorar esta realidad espiritual,nos conducirá a la superstición, a la idolatría y al reforzamiento de prácticas religiosas ajenas a la Palabra de Dios.

Dios lo bendiga mucho!!! <>

Notas

[0] Melchor Núñez Pérez.(2016). “Patagonia, el país de la ausencia”, p.76. Editorial Bubok Publishing S.L..Impreso en España

[1] Ibid

[2] http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-28792010000100001

[3]. http://www.curas.com.ar/Documentos/Ceferino.htm

[4] Ibid

[5] http://www.antesdelfin.com/catolicossalvos.html

[6] Confidencia del primo de Ceferino y secretario de su padre, llamado Juan Coñuel, al padre Pagliere: Testimonios, serie primera, p. 90., citado en http://www.curas.com.ar/Documentos/Ceferino.htm

[7] Ibid

[8] Testimonios, serie primera, p. 52.,Ibid

[9] Testimonios, serie segunda, pp. 20ss.,Ibid

[10] Testimonios, serie segunda, p. 92.,Ibid

[11] Ibid

[12] Merril C.Tenney,  (1989)”Nuestro Nuevo Testamento“,p.89, ed. Portavoz, USA. 

[13] http://tematicacristiana.blogspot.com/2008/08/ladislao-vadas.html

[14] http://www.curas.com.ar/Documentos/Ceferino.htm

[15] Ibid

Imagenes: http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-28792010000100001

 

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