Preparación del Señor previo a su ministerio (II)


Preparación del Señor previo a su ministerio (II)

Por Paulo Arieu

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Jesús destacó la importancia del estudio de la Biblia para bendición del alma:

El texto nos presenta un imperativo necesario: Jesús exhortó al estudio sincero de la palabra de Dios.

Juan el Bautista fue un testigo ocular. Fue él quien dijo que después de él venía uno a quien no era “digno de desatar los calzados de sus pies” (Jn. 1:27) y dio testimonio diciendo que el Mesías prometido “bautizaría con Espíritu Santo y fuego” (v.33). Este testimonio de Juan fue un gran acierto, especialmente para los incrédulos judíos que cegados por sus prejuicios negaban que Jesús fuera el Cristo. Jesús cita a los testigos que hablan claramente de él y su ministerio.

Sus propias obras se constituyen en “mayor testimonio que el de Juan” (Jn. 5:36). Sus obras, como alguien dijo, son evidencias que exigen un veredicto.

El testimonio de su Padre (v. 37). Ese sería como el testimonio supremo. Nadie hablaría mejor de él que Aquel a quien Jesús vino a dar a conocer. (Jn. 3:2b)

Las Escrituras y ellas deben ser tomadas en cuenta como verdadera fuente para oír lo relacionado al plan divino. “Escudriñad las Escrituras” es un imperativo al que Jesús espera nuestra dedicación En la vida, y dependiendo del grado de interés que tengamos en algo, somos muy dados a escudriñar diligentemente.

El texto nos presenta un descubrimiento asombroso: Jesús presentó una de las revelaciones más completa respecto a dónde debemos encontrar la salvación. ¿Dónde se encuentra la vida eterna? Jesús indicó que el sitio correcto para encontrar la salvación y la vida eterna está en las Escrituras. Las Escrituras nos aseguran un estado eterno y nos ofrecen una vida eterna.

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Ro. 10:17

La palabra de Dios tiene el propósito de despertar en nosotros aquella fe que nos ayuda a conocer al Dios que en ella se revela. Sin esa fe, la Biblia será un buen libro para enriquecer nuestro intelecto, pero no para salvara nuestra alma.

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. (Heb. 4:12)

En este texto encontramos el “gran quirófano divino”. La intención de la palabra es penetrar hasta las partes más recónditas de nuestro ser. Un bisturís podrá partir los huesos hasta ver los tuétanos, pero sólo la palabra de Dios podrá partir el alma y los pensamientos. Sólo la palabra de Dios podrá quebrantar un corazón endurecido.

“Siendo renacidos, no de cimiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pe. 1:23)

El Espíritu Santo toma la palabra leída o predicada y la coloca en nuestros corazones y desde allí levanta una vida nueva.

El texto nos presenta la persona que debe ser conocida: “y ellas son las que dan testimonio de mí”. La ceguera espiritual de los judíos, por reconocer al verdadero Mesías, fue única y notoria. Jesús había sanado a un paralítico que tenía 38 años postrado con esa enfermedad (Jn. 5:5) Semejante milagro tenía que llevar a los “estudiosos” de la ley a la conclusión que este hombre, a quienes llamaban Jesús, tenía que ser el Mesías prometido., pero no lo fue así. Tampoco pudieron entender que el era el Mesías, le fueron a preguntar si cuando viniera el Mesías haría mayores señales que las que el estaba haciendo en ese momento. El propósito de las Escrituras es mostrarnos a Jesús. Se pudiera pensar que desde el Génesis hasta el Apocalipsis hay una vena que corre en su historia y donde quiere que se le corte se derramara sangre mesiánica. Cristo es el centro de las Escrituras. Es el cumplimiento de una inmensa simbología del Antiguo Testamento. Cristo es el tesoro escondido en todas las páginas de la Biblia. Él es el Verbo, la Palabra viviente que nos habla por medio de la Palabra escrita, a fin de que nosotros lo conozcamos y alcancemos vida eterna.

“Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20:31)

La Biblia no tendría sentido si a través de ella no lográramos ver a Jesucristo. Como si se tratara del testigo más fiel, las Escrituras nos dicen que Jesucristo es el Mesías prometido, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado. Los judíos finalmente no vieron a Jesús en la Biblia. A mucha gente le sigue pasando lo mismo.

Conclusión: Si Jesús exhortó a “Escudriñad las Escrituras” es porque a través de ella el hombre pueda llegar a conocer la verdadera felicidad.

“¿Con qué limpiará el joven su camino? con guardar tú palabra” (Sal. 119:9)

Jesús habló de la necesidad de ir a la palabra, no solo para llenar el intelecto, pero sí para llenar el alma. Recomendó hacer de las Escrituras el estudio más diligente porque a “a vosotros os parece que en ella tenéis la vida eterna”, y porque “ellas son las que dan testimonio de mí”.

La Biblia debe ser leída con un corazón sediento y con un alma hambrienta hasta poder ser saciada. Ella es un tesoro escondido donde debemos ir para buscar el “oro” de la sabiduría, el “oro” de conocimiento, el “oro” de sus demandas. Pero sobre, el “oro” de la voluntad de Dios. La vida cristiana no tendrá éxito si no cumplimos con este imperativo bíblico. » [1]

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. (Juan 14:21)

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. (Romanos 1:16)

Aún entre el liderazgo de la fe católica, encontramos reflexiones importantes que animan a sus fieles y aún también a nosotros a escudriñar las escrituras: «El valor intelectual del estudio de la Biblia no consiste solamente en investigar la verdad y descubrir su estructura íntima, sino también en el esfuerzo requerido para abarcar los temas presentados. Si nunca se empeña en comprender verdades grandes y de vasto alcance, después de un tiempo pierde la facultad de crecer.

El cardenal Garibi Rivera, ex arzobispo de Guadalajara, expresó:”Si los fieles se proponen leer asiduamente la Sagrada Escritura, tendrán un conocimiento más profundo de la divina revelación, sacado de la palabra escrita de Dios. La oración por una parte, y la lectura de la Santa Biblia por otra, constituyen una conversación del cristiano con Dios, que sirve para alimentar su vida espiritual”.

El concilio Vaticano 2º dijo lo siguiente acerca de la Biblia: “La iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras. De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos, en particular a los religiosos, a que aprendan, el sublime conocimiento de Jesucristo, con la lectura frecuente de las divinas escrituras” » [2]

cruz

«Vio ud. alguno vez uno de esos rompecabezas en el cual se le dijo que descubriera el rostro de un hombre, u otro objeto? ud. colocó los cubos de uno y otra manera y, finalmente, de repente lo descubrió, tan sencillo y claro como la luz del día, y se asombró de que no lo hubiera descubierto antes. El gran rostro oculto en la Biblia es el de Jesús. Él es el objeto supremo de las Escrituras. “Escudriñad las Escrituras;… Ellas… dan testimonio de mí” (S. Juan 5: 39).

Como el hilo escarlata que corre a lo largo de cada pulgada de cuerda de la Marina Británica, como la melodía de un hermoso canto, como el tema de una gran obra maestra, así está Jesús en las Escrituras. Él es el autor y el héroe, el principio y el fin de vuestra Santa Biblia.» [3]

También los judíos tenían por costumbre un celo estricto por la educación religiosa

Escuelas de Ur, cuando Abraham, era niño

pastores

«Escuelas de Egipto cuando Moisés era joven:

«La expedición arqueológica presidida por Charles Leonard Woolley, llevada a cabo en Ur de los Caldeos de 1922 a 1934, ha probado que existieron escuelas en la ciudad en que Abraham pasó su juventud. Se descubrieron ladrillos de arcilla, en los cuales los alumnos escribían sus lecciones, que indican algunas materias que se enseñaban en las escuelas. Las clases de gramática incluían ejemplos de conjugación de verbos y lecciones de vocabulario al dictado. En aritmética tenían las tablas de multiplicar y dividir, y los más avanzados sabían raíz cuadrada y raíz cúbica, con enseñanzas de geometría práctica. Estas revelaciones, conjuntamente con otros descubrimientos en Ur, nos dan la idea de que Abraham provenía de una ciudad muy civilizada. Sin duda, él asistió a alguna de estas escuelas.»[9]

«El padre de Abraham, Téraj, vivía al otro lado del gran Río, en donde otros dioses ocupaban el lugar de Yahvé. Habitaban en la región Cladea de Ur. Y allí estaba casado con un caldea de nombre Saray. Y Yhavé le invitó a abandonar tierra y familia, costumbres y dioses, y le dijo: Vete de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición.

La región caldea donde se asentaba la gran ciudad de Ur era eminentemente agrícola. El río Eufrates regaba una enorme meseta, artificialmente construída por los caldeos. La zona estaba surcada por canales grandes, medianos y pequeños, los cuales lograban un extenso panorama de regadío que daba prosperidad a los campos de trigo, a los huertos que se multiplicaban por doquier, a los cuantiosos bosquecillos de palmeras que ponían una belleza de floresta tropical a la región.

No debió resultar fácil para Abraham dejar la tierra de sus padres y emprender camino hacia una tierra desconocida, sólo creyendo en la promesa de un dios al que ni siquiera se veneraba en su tierra. El dios de los caldeos era la Luna. El templo o ziggurat que habían construido en su honor constituía el mayor de los orgullos. Abraham, como buen caldeo, había acudido al templo para pedir protección sobre su familia; también para agradecer por el rey que les gobernaba en paz.

Solamente había una intranquilidad en la familia de Abraham: habían proliferado en los últimos tiempos los dioses familiares, de tal forma que cada casa y cada familia habían construido su pequeño altar y fabricado un dios a la medida de sus antojos y de sus necesidades.

Esta competencia de dioses no caía bien en la fe que Téraj, el padre de Abraham, había puesto en el dios de todos, ese que se adoraba en el zuggurat de Ur y en tras ciudades caldeas, como Jaran. Y así se lo había inculcado a sus hijos.

El día que Abraham comunicó a su padre que Dios le había hablado y que ese Dios no era el que se veneraba en la torre templo de Ur, Téraj torció el ceño. ¡Un nuevo dios familiar!. En vano se esforzó Abraham para convencer a su progenitor de que no se trataba de un dios más. EL anciano Téraj, que no tení interés alguno en desprenderse de sus hijos, optó por reunirlos y terminó convenciéndolos de la necesidad de abandonar Ur y comenzar una vida más próspera en Jarán. No les comunicó el verdadero objetivo: Jarán estaba menos contaminada que Ur y allí todavía se conservaba puro el culto al dios Luna.

Pero a Abraham le seguía resonando en la mente la oferta de Yahvé: Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición.

La decisión de Téraj no era arriesgada. Con lo que podía recaudar con la venta de su casa y del negocio, que no eran de poco valor, podía emprender en jarán, sin menor competencia, una actividad más lucrativa.

Efectivamente, recibió buen precio por la casa. La ciudad de Ur ya lucía superpoblada. La demanda de vivienda digna crecía aceleradamente. Téraj negoció su espaciosa casa de dos pisos, con el número de habitantes suficientes para que en ella pudiera vivir, sin contratiempos ni estrecheces una familia numerosa; padres e hijos, nietos y bisnietos y la servidumbre.

Durante los días previos a la partida, Abraham recorrió varias veces la ciudad. Era su ciudad. En sus escuelas había aprendido a leer, a escribir, a hacer cuentas. En el negocio de su padre se había curtido en el arte de la venta y la discusión. Junto a las murallas se habían despertado sus primeros amores. También le había enseñado a sus hermanos Najor y Aran a desenvolverse en los juveniles juegos por las intrincadas calles. Recuerda cómo conoció a Saray, su bella esposa. Solamente aquella ciudad no le había proporcionado la alegría de tener hijos: era su espina.

Por más que habían visitado galenos especializados y por más que se habían desviado hacia los vericuetos de los curanderos, por más que la joven Saray bebió brebajes certificados como eficaces, por más que la familia rogó en el templo de Ur, al dios Luna, la fertilidad en el vientre de Saray no se había hecho presente. Sin embargo, podía más el amor, al menos durante los primeros años, que la descendencia. Y Abraham no se lo echó en cara a Saray. Más aún, tenía que extremar cuidados y mimos para levantar el ánimo de aquella adorable caldea quien a veces lo miraba con una infinita pena de culpabilidad.

No resultaba fácil para Abraham abandonar aquella ciudad. Su ciudad. Sabía que su padre era emprendedor e intuía que en Jarán las cosas marcharía aún mejor, pero romper la vida tan radicalmente no terminaba de encajarlo.

Otro dolor, que no quiso revelar para no intranquilizar el ánimo de su padre, sufría Abraham en aquellos días y en aquellos recorridos: su hermano menor, harán, hacía poco que había fallecido. ¿Cómo dejarlo solo, enterrado para siempre, allí?. O, ¿no sería acaso ésta la verdadera razón de su padre para abandonar Ur: procurar que la distancia favoereciera el pesar por el hijo difunto?. ¿Y qué pasaría con Lot, el hijo del hermano muerto?.

En cierto sentido, Abraham se alegró cuando su hermano Najor le dijo: Yo me quedo. Al menos, el hermano allí enterrado tendría a un familiar cerca. »http://www.avmradio.org/16/ihtml/libros/el_anuncio/anuncio17.html

Esteban nos da el relato de que “Fue enseñado Moisés en toda sabiduría de los egipcios” (Hch. 7:22). Nos ha venido de la tierra del Nilo una rica información para hacernos saber lo valioso que era la educación de este legislador en Egipto.

La tradición nos dice que Moisés concurrió a la escuela del templo del Sol en Heliópolis. Fue allí sin duda donde aprendió a leer y a escribir. Hay indicaciones que recibía lecciones de aritmética, usando la anotación de la escala decimal. Debe haber estudiado suficiente geometría que le permitió estar familiarizado con la agrimensura, el arte de medir la tierra, y sus conocimientos de las matemáticas le llevaron a la trigonometría. Los egipcios tarnbién estudiaban la astronomía, así como la arquitectura. También algunos conocimientos de la ciencia médica y dental, y conocían: anatomía y la química, teniendo también conocimientos de los ¡fl tales, porque tenían minas de oro, y de cobre, y estaban familiarizados con el uso del hierro y la manufactura del bronce. La música también la consideraban como una materia importante en las escuelas egipcias. Moisés debe haber tenido una cultura amplia de acuerdo con las normas del Egipto antiguo, que eran de alto calibre

La educación bajo la Ley de Moisés:

La obligación de educar a la juventud había sido delegada por la ley mosaica a los padres hebreos. El hogar debía ser la escuela y los padres eran los maestros. El Reglamento dice así:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes: Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portadas” (Deut. 6:6-9).

Las fiestas de la Ley tales como la Pascua estaban diseñadas en tal forma que los jóvenes no tenían más que hacer esta pregunta:

“Qué rito es éste vuestro?” (Ex. 12:26), (dando así a los padres una oportunidad para explicarles su verdadero significado.

El tabernáculo, y más tarde el templo, debían ser lecciones objetivas de la verdad divina. Cada séptimo año, en la fiesta de los tabernáculos, el sacerdote leía la Ley al pueblo. De esa manera también los sacerdotes y los levitas eran maestros en la tierra. Luego se levantó un orden de profetas, principiando con Moisés y continuando a través de una larga e ilustre línea, quienes fueron sin duda valiosos maestros de la juventud en la tierra. Fueron desarrolladas por ellos escuelas especiales para el entrenamiento de los jóvenes profetas, Como luego lo veremos.

Las escuelas de profetas:

Por causa de la declinación moral del sacerdocio bajo Elí y sus malvados hijos, Samuel tuvo la inspiración de formar una escuela de profetas donde los jóvenes mayormente los levitas se entrenaban para enseñar la ley de Dios al pueblo. Había una de esas escuelas en la ciudad de Rama presidida por Samuel, y a la cual huyó David estando allí por algún tiempo cando Saúl le buscaba para matarlo (1 Sam. 19:18-21). Parece que había otra escuela en Gilgal donde Samuel menciona “una compañía de profetas” (1 Sam. 10:5,10) En los días de Elías y Eliseo, se hacía referencia a “los hijos de los profetas” (1 Reyes 20:35), que vivían juntos en Gilgal, Bethel y Jericó (2 Reyes 2:1, 3,5; 4:38). Cerca de cien profetas comieron con Eliseo en Gilgal (2 Reyes 4:38-44). Puede haber existido tantos como esos en Jericó, porque se hace mención de “cincuenta varones de los hijos de los profetas” (2 Reyes, 2:7), que fueron a buscar el cuerpo de Elías. Sin duda estas escuelas eran para la enseñanza y estudio de la ley y la historia de Israel, cultivando también la música y poesía sagradas. La escritura de la historia sagrada vino a ser una parte importante del trabajo de los profetas. A estos jóvenes se les estudiaba mental y espiritualmente para ver que estuvieran en capacidad para ejercer una mayor influencia para el bien sobre el pueblo de su tiempo.

Las escuelas de las sinagogas cuando Jesús era un niño:

maestros

Maestro con niños, enseñándoles La Torah

Cuando Jesús hubo crecido basta convertirse en un joven, sin duda que concurría a la escuela de la sinagoga, en la villa de Nazareth). El niño judío era enviado a esta escuela cuando estaba entre el quinto y el sexto año de su vida. Los alumnos cada uno estaban de pie juntamente con el maestro, o se sentaban en el piso en un senil- círculo, dando frente al maestro. Cuando los niños tenían diez años de edad, la Biblia era su único texto. De los diez a los quince años la ley tradicional era la materia mas importante, y un estudio de teología como se enseñaba en el Talmud era aplicado a aquellos mayores de quince años de edad. El estudio de la Biblia principiaba con el libro de Levítico, y se continuaba con otros pasajes del Pentateuco, luego seguían con los Profetas, y finalmente las demás Escrituras.

Debido a la notable familiaridad de Jesús con las Santas Escrituras, podemos estar justamente ciertos de que su hogar de Nazareth tenía una copia completa del Libro Sagrado. Sin duda él amaba meditar sobre sus páginas en su casa después de haber recibido sus enseñanzas en la escuela.

La escuela rabínica en los tiempos de Pablo

En tiempos de Pablo había dos escuelas rivales de teología rabínica, la escuela de Hillel a la que Pablo asistía en Jerusalén, y la escuela de Shamai. La primer escuela era el más liberal, como nosotros pudiéramos pensar en la actualidad, y ponía un énfasis tremendo sobre las tradiciones orales de los judíos. Como un joven de 13 años de edad, Saulo de Tarso fue a Jerusalén para principiar su entrenamiento, bajo el gran maestro Gamaliel. Pablo se graduó en esta escuela y vino a ser el típico rabí fariseo. De su entrenamiento, él mismo decía: “Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cicilia, mas criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy” (Hech. 22:3) –

El entrenamiento de Jesús cuando era joven había sido bajo la otra escuela, donde había menos conflicto sobre la tradición, y más sobre las enseñanzas espirituales de la Ley y los Profetas. En los días antes de su conversión, como Saulo había resentido lo que Jesús dijo de los fariseos, “Por qué también vosotros traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mat. 15:3, 6).

Las escuelas romanas en el primer siglo

Hoy se sabe que hubo veinte escuelas de gramática en Roma Cuando el apóstol Pablo hizo su primera visita a la ciudad. A señoritas lo mismo que a jóvenes se les permitía ir a la escuela, pero hay evidencia que más jóvenes que señoritas aprovechaban este privilegio.

La referencia de Pablo al “ayo” (Gál. 3:24) de estas escuelas romanas, fue primeramente mal entendida por muchos, hasta que los escritos papiros arrojaron luz sobre su significado. El individuo llamado en nuestra traducción “ayo” realmente no era el jefe o maestro; más bien un esclavo fiel cuya obligación era llevar y traer los hijos de su jefe a la escuela y cuidar de que no les sucediera algún mal. Pablo comparaba a Cristo con el maestro real, y la ley era semejante el esclavo cuya obligación era llevar al alumno al maestro.

Los descubrimientos arqueológicos en Éfeso indican que la escuela de Tirano en la que Pablo discutía cada día (Hech. 19:9), probablemente era la escuela elemental, donde el maestro enseñaba algunas horas por la mañana y algunas veces por la tarde. Así el cuarto podía estar a disposición de Pablo cuando lo necesitase. De tal manera que los cuartos de escuela estaban situados adyacentes a la calle prestándose admirablemente a su propósito.

La Religión en el Hogar

El padre como sacerdote en tiempos patriarcales:

En los días de los primeros patriarcas, el padre era el sacerdote de toda la familia, y este honor y responsabilidad de ejercer el sacerdocio comúnmente pasaba al hijo mayor a la muerte del padre. Esta práctica continuó hasta que la ley de Moisés transfirió su derecho a la tribu de Leví de cuya tribu salieron los sacerdotes para Israel como nación.

El Altar: La religión en los hogares de aquellos antiguos tiempos se centralizaba grandemente en torno a un altar sobre el cual los animales sacrificados se ofrecían a Dios. Así cuando Abrahán llegó a la Tierra, levantó su tienda en la región de Bethel, la Escritura nos dice que “edificó allí altar a Jehová, e invocó e nombre de Jehová” (Gen. 12:8). Se dice que más tarde él mismo edificó un altar en Rebrón (Gen. 13:18. Asimismo dice que Jacob edificó un altar en Sichem (Gen. 33:18.20). Después, en obediencia al mandato de Dios, fue a Bethel, y como su abuelo, edificó un altar en Hebrón (Gen. 3:18) allí Antes de hacer esto, dijo a su familia “Levantémonos, y subamos a Bethel; y haré allí altar a Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha sido conmigo en el camino que he andado” (Gen. 35:3). El altar en la vida del hogar en aquellos días antiguos ayudaba a producir el sentido de pecado, una realización de la autoridad de Dios, y un conocimiento de que el camino para acerca a El era a través del sacrificio. El altar era el precursor de la vida familiar de oración en un hogar cristiano actual, que se basa en el perdón del pecado a través de la sangre de Cristo, de quien el sacrificio de los animales era símbolo.

El Serafín: En la tierra de Babilonia de donde originalmente llegó Abrahán, había adoración familiar a sus dioses, y el hogar ante su altar con figuras de arcilla de estos dioses, que se llamaban “terafín”. Estos dioses familiares servían como ángeles guardianes del hogar. A la muerte del padre, estos dioses del hogar, o terafín, eran siempre dejados al hijo mayor, en la inteligencia que los demás miembros de la familia tenían derecho de adorarlos.

Cuando Jacob dejó el hogar de Labán en Harán, nos dice libro del Génesis, “Raquel hurtó los ídolos (terafin) de su padre” (Gen. 31:19). Labán estaba muy perturbado por este hurto. Persiguió a Jacob con todo lo que éste llevaba y le dijo, “¿Por qué has hurtado mis dioses?” (Gen. 31:30) .Por qué Labán tenía tanto interés en descubrir el terafín perdido? Sir Charles Leonard Woolley, quien tuvo a su cargo las excavaciones en Ur de los Caldeos dice de un ladrillo de la región que revela una ley que arrojaba sobre el robo de Raquel. El Dr. Woolley dice que en la ley se afirma “La posesión de estos dioses del hogar confiere el privilegio de primogenitura”. Así Raquel debe haber hurtado el derecho de hermano cuando se llevó el terafín de su padre, y buscaba por medio que Jacob fuera el heredero legal de la riqueza de Labán. La forma antigua de la idolatría estaba ligada vitalmente a los asuntos familiares. Parecería que Raquel se trajo aquel serafín hurtado cuando la familia estaba para movilizarse de Sichem a Bethel. Entonces Jacob dijo a su familia “Quitad los dioses ajenos que están entre vosotros, limpiaos y mudad vuestros vestidos” (Gen. 35:2)

La presencia de estas reliquias de antaño indicaba un esfuerzo para combinar la superstición y los maleficios paganos de una adoración idolátrica, con la adoración del Dios vivo y verdadero. El terafín apareció en distintas ocasiones en la historia postrera de Israel.

Educación religiosa bajo La Ley:

La ley de Moisés era muy diferente en los requerimientos que los padres debían entrenar a sus hijos en el conocimiento de Dios y sus leyes. En relación a estas divinas enseñanzas dice: “Y enseñarlas has a tus hijos, y a los hijos de tus hijos” (Deut. 4:9). Y en lo referente al cumplimiento de los mandamientos, un escritor ha dicho: “La educación religiosa de la familia vino a ser, como ha continuado siendo, una marca especial del judaísmo”. Vino a ser una obligación solemne de los padres hebreos enseñar a sus hijos los mandamientos de la ley, y también explicarles el significado real de las observancias religiosas. Sin duda ha sido este énfasis en la educación religiosa en la familia lo que ha contribuido grandemente a la permanencia del judío en la historia. También es cierto que cualquier fracaso de los judíos para llenar la misión dada por Dios en el mundo puede ser trazada en parte cuando menos a su fracaso en el entrenamiento religioso de la familia.
Peregrinaciones familiares al santuario:

Una parte muy importante en la vida de la familia hebrea era la peregrinación que se hacía al santuario. “Tres veces en el año Será visto todo varón tuyo delante del Señoreador Jehová, Dios de Israel” (Ex. 34:23). La familia entera podía ir, pero se requería que todo miembro varón fuese en la peregrinación. Las fiestas del Señor se celebraban en esas tres estaciones del año. Los elementos de la acción de gracias eran muy enfatizados en la mayoría de ellos. El Señor hizo una promesa especial a los que iban en esas peregrinaciones a la casa de Dios. “Ninguno codiciará tu tierra, cuando tu subieres para ser visto delante de Jehová tu Dios” (Ex. 34:24). Con todos los hombres fuera de sus hogares, era la promesa de Dios de cuidar de esos hogares contra cualquier ataque posible de algún enemigo, mientras la familia iba en la peregrinación.

La familia de Elcana tenía el hábito de hacer tales peregrinaciones. “Y subía aquel varón todos los años de su ciudad, a adorar y sacrificar a Jehová de los ejércitos en Silo” (1 Sam. 1:3), y fue en tales peregrinaciones que Ana oró por el niño, y en el tiempo debido nació Samuel.

El ejemplo más famoso de una familia en peregrinación a Jerusalén, es por supuesto la de José, María y Jesús. Lucas nos refiere “E iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua, Y cuando fue de doce años, subieron ellos a Jerusalén conforme a la costumbre del día de la fiesta” (Luc. 2:41, 42). Difícilmente podemos imaginar lo que aquel viaje a la Ciudad Santa significaba para el niño Jesús. Solamente la jornada era conmovedora para el niño, pero para el estar en la Casa de su Padre era lo que más le emocionaba (Luc. 2:49).

Algunos lectores de la Biblia se han sentido perplejos porque Lucas dice que José y María caminaron la jornada de un día antes de descubrir que el niño Jesús no iba en la peregrinación con ellos. Pero la costumbre actual siríaca (le las peregrinaciones de una familia religiosa arroja luz sobre lo acontecido. Lucas dice: “y le buscaban entre lo parientes y entre los conocidos” (Luc. 2:44). En esas peregrinaciones los parientes y conocidos viajaban juntos en grandes grupos, y los niños del grupo se consideraban completamente seguros mientras permanecían en él. En estos viajes los padres a menudo caminan varias horas sin ver a sus hijos. Es muy posible que Jesús estuviera con la caravana cuando ésta salió, Y después se separó de sus familiares volviendo a la ciudad al Templo

La Biblia en los hogares judíos en tiempo de Cristo:
En los días cuando Jesús crecía como un niño en su hogar de Nazareth, con cualquier parte de la Escritura hebrea que el joven deba haber conocido ellos crecían para ver recitada la plegaria llamada “El Shemá”. Esa plegaria era en realidad el resumen de de tres pasajes del Pentateuco. Era repetida mañanas y tardes por los hombres. El niño judío, cuando llegaba a la edad de los doce años, ya debía repetir esta oración. Los tres pasajes que componían “El Shemá” eran: Deut. 6:4-9; Deut. 11:13-21; y Núm. 15:37-41. Es muy posible que Jesús después que retornó de la peregrinación a Jerusalén pidiera prestado el manuscrito de la Sinagoga de Nazareth (si es que en su hogar no tenían una copia de las Escrituras) y estudiar en esta especialmente los libros de Moisés y los Profetas. En sus enseñanzas El siempre se refiere a estos escritores y sentía especial inclinación por Isaías y Jeremías.

El uso muy extendido de “El Shemá” en los tiempos de Cristo vino a ser con otros muchos, una mera fórmula, con muy poco y ningún significado. Es probable que esta oración llegase a ser tan vana como una oración pagana. Sin duda Cristo protestó por el uso inmoderado de ello cuando dijo: “y orando no seáis prolijos, como los gentiles” (Mat. 6:7). La práctica de las filacterias, de la cual los fariseos hicieron un uso muy grande, estaba basada en algunas de las Escrituras en “El Shemá” y como ellos hacían mucho uso de ellas Jesús las condenó.

Hospedar compañeros-creyentes en los tiempos del Nuevo Testamento:
En los días de los apóstoles, se daba mucha importancia a la obligación de hospedar a los compañeros-creyentes que llegaban a su pueblo. En los tiempos de la persecución, tal hospitalidad era de un gran valor. Lucas alude a un tiempo de persecución así: “Mas los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra” (Hech. 8:4). ¡Qué bienvenido sería un hogar cristiano de refugio a quien tuviese que huir de su hogar por el testimonio de Cristo! El apóstol Pablo se hospedó en el hogar de Aquila y Priscila, mientras llevaba al cabo su trabajo misionero en Corinto (Hech. 18:1-3). Una de las calificaciones de un buen prelado, la dio Pablo en las palabras “dado a la hospitalidad” (I Tim. 3:2). Y a los legos les expresó la importancia de estar “siguiendo la hospitalidad” (Rom. 12:13). Pedro decía a los santos “hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones” (1 Ped. 4:9). La palabra traducida “hospitalidad” aquí quiere decir “amigables con los extranjeros”. Pedro no pensaba en que los creyentes hospedaran a sus amigos cristianos, sino .mas bien de hospedar a los cristianos-viajeros que necesitaban alimento y techo. La hospitalidad entre los primeros cristianos promovió la camaradería cristiana, y así fortaleció el crecimiento de la fe. Debe haber ejercido una gran influencia entre la juventud que se levantaba en los hogares donde se practicaba.

Asambleas cristianas en el hogar:

Los primeros lugares en que se reunían los cristianos para adorar, era el hogar. Las primeras excavaciones en que se encontró una iglesia por los arqueólogos, donde se ha establecido una fecha, es un cuarto dentro de una casa que fue apartado para la adoración. y fue amueblado como capilla. Data del siglo tercero D. C. Parece difícil para los cristianos del siglo XX reconocer que la mayoría, Si no todas las primeras iglesias, se reunían en los hogares.

El Dr. A. T. Robertson hace una lista de algunos de esos lugares de reunión

La iglesia de Jerusalén se reunía en casa de María (Hech. 12:12), la de Filipo en la casa de Lidia (Hech. 16:40). En Éfeso, en la casa de Aquila y Priscila (1 Cor. 16:19), y más tarde en Roma (Rom. 16:5); y de la misma manera había una iglesia que aparentemente se reunía en la casa de Filemón en Colosas (Fil. 2). Seguramente estos hogares recibieron una bendición especial por este servicio. Había también grande responsabilidad»[4]
Celo por las escrituras de los judíos:

Flavio Josefo, Contra Apión, I, 42., comenta que «Hemos dado pruebas prácticas de nuestra reverencia por la Escritura. A pesar de haber transcurrido largos años, nadie se ha aventurado a añadir o remover, o alterar alguna sílaba; es un instinto en cada judío, desde el día de su nacimiento, a considerar las Escrituras como decreto de Dios, a vivir por ellas, y si es necesario, a morir con alegría por ellas» [5]

«El judaísmo no tiene un credo formal, pero lo esencial de su fe se encuentra en el Shemá, nombre dado a los tres pasajes de la Biblia que todo devoto hebreo lee cada mañana y cada tarde (Shemá es una palabra hebrea que significa “escucha”). El Shemá comienza así: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria”. El judío piadoso trata de amar a Dios con todo su ser, y ese amor queda expresado en la obediencia práctica a la ley divina en la vida de cada día. De ahí que “la ley” revista una importancia excepcional para el judío.

Esta ley se contiene en los primeros cinco libros de la biblia (el Pentateuco o Torah), que registran la revelación hecha por Dios a Moisés en el monte Sinaí hace 3000 años, y que consta de 613 mandatos que cubren todo el ámbito de la vida diaria desde la ley civil a la higiene personal y a la dieta. Estas instrucciones, resumidas más sucintamente en los diez mandamientos, han servido de base a muchos de los grandes códigos legales posteriores del mundo.

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Hebreos comiendo en una fiesta

La mayoría de los judíos pertenecen a una sinagoga, lo que no significa de hecho que asistan a ella cada semana. La sinagoga es una palabra griega que significa “lugar de reunión”. Su origen es incierto, pero puede datar de la época en que los hebreos estaban exiliados en Babilonia, después de la caída de Jerusalén en el 586 a.C. Después de la vuelta del exilio, comenzará a construir sinagogas o casas de enseñanza religiosa para el estudio de la Torah. Había muchas sinagogas en el área del templo de Jerusalén y, después de la destrucción del templo en el año 70 d.C., la sinagoga asumió un rol de vital importancia en la preservación y desarrollo del judaísmo.

El elemento más relevante de una sinagoga es el “arca” o armario colocado contra el muro oriental y vuelto hacia Jerusalén. El arca contiene los rollos de la ley escrita en hebreo sobre pergamino, rollo envuelto en terciopelo, seda o brocado y adornado de campanillas, una corona y un “pectoral” de metal precioso. Enfrente mismo del arca hay una lámpara que arde permanentemente. En el centro de la sinagoga hay una plataforma o púlpito, desde la que se dirige el servicio religioso y se proclama la Ley. El servicio religioso sigue el orden establecido en el siddur, el libro hebreo de oración. Los fieles cubren normalmente sus cabezas en la sinagoga en señal de reverencia. En las sinagogas ortodoxas hombres y mujeres se sientan separadamente.

Todos los sábados, durante el servicio de la mañana, se abre ritualmente el arca y el rollo de la ley es levantado en el alto y llevado en procesión alrededor de la sinagoga. Se leen varios pasajes del rollo en hebreo, siguiendo las antiguas costumbres judías. Miembros de la congregación son invitados a recitar la bendición tradicional antes y después de cada lectura.

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Algunos hebreos

Terminada la lectura, se vuelve a llevar el rollo alrededor de la sinagoga antes de reponerlo en el arca. Los miembros de la congregación pueden toda el rollo con su chal (en hebreo Tallit) de oración, para después besar sus borlas como un acto de devoción y de reverencia a la palabra de Dios.

El servicio es dirigido por un cantor más que por un rabino. Los deberes de un rabino consisten en instruir en la fe a la asamblea y en tomar decisiones relativas a las cuestiones legales judías. Tiene derecho a ser llamado “rabí” sólo después de haber realizado serios y laboriosos estudios sobre la ley judía.» [6]

«Cuando Jesús fue adulto, adoptó como práctica asistir al culto semanalmente. No sólo asistía, sino que además participaba activamente. Algunos estudiosos se refieren al incidente de Lucas 4 como al discurso inaugural de Jesús porque ocurrió al comienzo de su ministerio. El pasaje que anunció Jesús (Isaías 61:1-2) demuestra que Jesús consideraba que su misión se vería proyectada más allá de las paredes de la sinagoga. Los versículos de Hechos 13 corresponden al primer sermón de Pablo, que también tuvo lugar en una sinagoga. En vez de sentarse a enseñar, como lo hacía Jesús y como era la costumbre judía, Pablo permanecía de pie. Él quizás fue influenciado por los griegos, dado que este sermón tuvo lugar en Antioquía de Pisidia, en Asia Menor. Quizá muchos de los judíos de la diáspora adoptaron algunas de las costumbres del lugar. El mensaje de Pablo es sencillamente el evangelio: Jesús es el Salvador prometido por los profetas. Él sufrió, murió, y resucitó de los muertos dando cumplimiento a las Escrituras. Solamente a través de Cristo obtenemos el perdón de nuestros pecados.» [7]

maestros

En una nota titulada “DICHOSO EL QUE LEE”, por Jonás Aquino López, Publicado en EL HERALDO DE SANTIDAD de septiembre de 1995, comenta que en el prólogo de su último libro, Juan, hijo de Zebedeo, dice lo siguiente: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (Apocalipsis 1:3). Bienaventurado el que sabe leer, porque tiene abierta la puerta del cúmulo del saber humano en la superabundante literatura, y podrá entrar a escudriñas la revelación divina. Más bienaventurado es el que lee, pues no basta saber leer con propiedad sino tener el hábito de leer. Así, día tras día, va acrecentando su saber. Además del placer que hay en el acto de conocer nuevas verdades, estará mejor capacitado para enfrentarse a la vida. Sin embargo, más dichosos es el que lee la profecía, la Biblia. Si los conocimientos humanos le capacitan para enfrentarse con más éxito al mundo material que le rodea, los conocimientos divinos le enseñan cómo vivir en paz con Dios, con los demás y con su conciencia. Encontrará el sentido correcto de la vida y, por lo tanto, la felicidad. El Maestro de los siglos declaró: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Todavía es más bienaventurado el que entiende lo que lee en la Palabra de Dios. Porque el simple hecho de leer las Escrituras no es suficiente, si no se siguen los métodos correctos, la dirección de los pastores, y sobre todo, la dirección del Espíritu Santo para entenderlas. Es necesario leer la Biblia sistemáticamente día tras día y libro tras libro; ordenadamente desde el principio hasta el fin de cada libro; históricamente, tratando de colocarse, hasta donde le sea posible dentro del tiempo y el lugar en los cuales vivió el escritor sagrado; gramaticalmente, considerando el significado de cada palabra. Otro recurso para entender las Sagradas Escrituras, consiste en escuchar a los maestros en la escuela dominical, a los pastores cuando predican y atender a las explicaciones particulares. “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía”. Pero antes de poner en práctica todo lo anterior, debemos orar para solicitar la dirección del Espíritu Santo; porque la Biblia, la cual fue escrita por revelación e inspiración del Espíritu de Dios, se ha de discernir espiritualmente (2ª Corintios 2:4). Sobre todo, tiene mayor dicha el que practica lo que lee y entiende de la Palabra Divina. “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado e n lo que hace” (Stgo. 1:22-25). » [8]

calle

Calle de Jerusalen

Notas:

  1. Copiado y adaptado del portal de Iglesia Misionera http://iglesiamisionera.net/modules.php?name=News&file=print&sid=115
  2. http://www.estubiblia.com.ar/Reflexion%203M.htm
  3. http://www.tagnet.org/meraz/ensenanzas_biblia005.html
  4. Usos y costumbres de la tierra bíblica, Pág. 117-129, Fred Wight, edit. Portavoz
  5. http://discipulos.mforos.com/94580/1377211-la-septuaginta/
  6. http://www.parresia.org/teologia/teo_02c.htm
  7. http://html.rincondelvago.com/antiguo-testamento-y-judaismo.html
  8. http://www.davidccook.com/catalog/resources/samples/103263.pdf
  9. http://www.labibliaweb.com/articulo/48/544

 

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