Preparación del Señor Jesús previo a su ministerio IV


Preparación del Señor Jesús previo a su ministerio IV

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La enseñanza de Jesús

En la descripción que Marcos hace de las actividades del Señor Jesucristo, hay catorce referencias al hecho de que se ocupaba en enseñar a la multitud o a sus discípulos. También Lucas y Mateo con mucha frecuencia hablan de su trabajo magistral. Instruirle era un deleite, y la eficacia con que lo hacía queda bien atestiguada por la manera en que sus discípulos recuerdan sus palabras y las repiten a otros.

Son 4 puntos a ver:

  1. Métodos
  2. Propósito
  3. Contenido
  4. Doctrina
  5. Métodos

El método que usaba el Señor Jesús para enseñar no era enteramente nueva. Algunos de los rabinos, contemporáneos suyos, como Hillel, eran famosos por su sabiduría y por su habilidad para retener la atención del pueblo. Sin duda todos los recursos pedagógicos empleados por ellos eran conocidos de nuestro Señor y Él también los usó, pero con mayor efectividad que ellos. El pueblo “se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene potestad, y no como los escribas” (Marcos 1:22). Había un acierto, una originalidad y tan sobresaliente autoridad en la enseñanza del Señor que por eso demostró mayor eficiencia que sus contemporáneos. Era un experto maestro cuya capacidad para instruir al ignorante y al voluntarioso no tenía rival. ¿Cuáles eran sus métodos?

La parábola:

El método de enseñanza por el que es mejor conocido nuestro Señor, es la parábola. Una parábola es una metáfora amplificada; la descripción de una acción común u objeto para ilustrar una verdad espiritual. Es diferente de una alegoría, porque ésta recurre exclusivamente a la ficción, en tanto que la parábola siempre se relaciona con acontecimientos ordinarios aunque quizá no absolutamente reales Las parábolas de Jesús referentes a los odres nuevos y viejos (2:22), la semilla que cayó en diferentes clases de terreno (4:2-8), la sal (Mat. 5:13), el fruto de los árboles buenos y malos (7:16-20), las vírgenes prudentes y las insensatas (25:1-13) y el mayordomo infiel (Lucas 16:1-8), son magníficos ejemplos de este tipo de enseñanza. Cada situación está tomada de la vida diaria bien conocida de los oyentes de Jesús. Cada narración es sencilla y está presentada con el mínimum de detalles. La intención de la parábola quedaba a la vista y algunas veces se sabía la aplicación de ella por medio de una sentencia final, como en la parábola de las diez vírgenes: “Por tanto velad, porque no sabéis el día ni la hora” (Mat. 25:13).

La parábola como medio de enseñanza sirvió para varios propósitos. El oyente común la entendería de inmediato porque descubriría al instante la relación de ella con la vida diaria. Puede ser que Jesús haya tomado algunas de sus parábolas de los sucesos comunes, de modo que su auditorio creería poder reconocer a las personas de quienes Él hablaba. Las parábolas podían recordarse con facilidad, tanto por su brevedad como porque no eran abstractas. En su aplicación espiritual siempre eran pertinentes para las necesidades del oyente. A veces las parábolas tenían un encadenamiento conveniente para presentar diferentes aspectos del mismo asunto, lo que se ve en los de Mateo 13 sobre el reino de los cielos, o en las de Lucas 15 referentes a la redención que Dios tiene para los pecadores.

El epigrama proverbio

Es una afirmación pulida y penetrante que se hinca en la mente del oyente como flecha barbada—. A esta categoría pertenecen las Bienaventuranzas (Mat. 5:3-12), o la proposición: “El que hallare su vida la perderá, y el que por mi causa la perdiere, la hallará” (10:39). Muchos de estos epigrama proverbios contienen paradojas que los hacen de mucho más efecto todavía.

A veces nuestro Señor se valía de argumentos en su enseñanza

Cuando lo hacía, acostumbraba argüir sobre la base de la Escritura más bien que sobre premisas abstractas, o suposiciones. En este aspecto difería de los filósofos griegos, que acostumbraban establecer alguna verdad axiomática por común consentimiento, y luego desarrollar sus implicaciones en forma de sistema. En Mateo 22:15-45 se consignan ios debates que tuvo Jesús con fariseos y saduceos. En cada ocasión sus adversarios introdujeron el argumento; cuando por fin Él puso sobre el tapete una pregunta suya, fundó su argumento sobre una afirmación bíblica. Jesús no argumentaba por argumentar. Cuando se comprometía en un debate, su lógica era irresistible.

Otro de los métodos favoritos del Experto Maestro era el de preguntas y respuestas.

Nunca eran triviales sus preguntas, sino que se referían generalmente a los más profundos problemas humanos. Algunas veces eran sorprendentes: “Qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados; o decir: Levántate, y anda?” (9:5). “Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? (16:26). Las preguntas hacen pensar, sean directas o retóricas. Las preguntas de Jesús colocaban siempre a sus oyentes ante una alternativa, especialmente aquellas que se referían a Él mismo, por ejemplo: “Quién dicen los hombres que soy?… y vosotros ¿quien decís que soy? (Marcos 8:27, 29). Jesús animó a sus discípulos a que también preguntaran. Su enseñanza incluía la libre discusión (Juan 13:31-14:24), en la que ellos presentaban sus problemas y Él los resolvía.

En algunas ocasiones Jesús dio lecciones objetivas:

Tomó a un niño para ilustrar la humildad (Mateo 18:1-6), y de la conducta de la viuda que contribuyó para el tesoro, dedujo una lección de libertad aplicable a nuestras ofrendas (Lucas 21:1-14). Todas las parábolas implicaban lecciones objetivas, aunque el material del que Jesús hablara no estuviera presente cuando Él hacía las comparaciones.

Estos ejemplos de los métodos de Jesús ilustran su variedad y su éxito. Creó la parábola como medio de enseñanza, aunque se encuentran aproximaciones del mismo método en el Antiguo Testamento (Jueces 9:7-15, Isaías 5:1-7), y aunque los rabinos, ahora como entonces, empleen la misma técnica general. Sabía nuestro Señor cómo hacer que la verdad fuera sencilla y convincente; sus parábolas han sobrevivido cuando las de otros quedaron en el olvido.

Propósito

Toda la enseñanza de Jesús tuvo un propósito mora: y espiritual enlazado con la misión por la que fue enviado del Padre. ”Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo: Mas el padre que está en mí, Él hace las obras” (Juan 14:10). No’ consideró su enseñanza nada más como un buen consejo o como una esperanzada contemplación de teorías universales para que una declaración de finalidades morales y espirituales “Cualquiera pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la peña…” (Mat. 7 24). Jesús enseñó para dar a los hombres la autorizada palabra de Dios de la que depende el destino de el1os.

Contenido

Todas sus enseñanzas están esparcidas en los evangelios, y difícil será poder hallar una sola página en cualquiera de ellos que no contenga alguna declaración didáctica de nuestro Señor. Algunas de ellas aparecen formando como conjuntos de bloques. La enseñanza ética está concentrada en el Sermón del Monte Mat. caps. 5, 6 y 7 Las parábolas del reino están reunidas en Mateo 13; la enseñanza escatológica referente al fin de la era, se encuentra en su mayor parte en los capítulos 24 y 25 de Mateo, y en los pasajes paralelos de Marcos 13 y Lucas 21. Juan está lleno de discursos: La enseñanza de Jesús acerca de sí mismo (Juan 5:19-47), el pan de vida (6:32-59), la naturaleza de su persona y de la propia misión (8:12-59), el pastor y las ovejas (10:1-30), y la despedida a los discípulos, considerando que iba a morir y que era necesario prepararlos (13:31-16:33). Algunos de estos discursos, como el último al que nos hemos referido, fueron pronunciados una vez solamente; otros, como el sermón del Monte pudieron haberlo sido múltiples veces. Jesús hizo muchas giras de predicación y no cabe duda de que con frecuencia dio sus parábolas y epigrama proverbios en diferentes lugares según la necesidad lo demandaba.

Los temas que nuestro Señor trató fueron diversos. Ajustes sociales (Mat. 5:21-26), moralidad del sexo (5:27-32), juramentos (5:33-37), actitud ante el mal (5:38-42), dádivas de bondad (6:1-4), oración (6:5-15, 7:7-12), ayuno (6:16-18), solución a los problemas económicos de la vida (6:19-34), matrimonio y divorcio (19:3-12), obligaciones fiscales (22:15-22), naturaleza de Dios (Juan 4:21-24), y otros, que fueron: discutidos en turno. No hay ninguna indicación de que Él tratara de codificar todas sus enseñanzas en un cuerpo de ley que demandan obediencia, o en un sistema filosófico que fuera lógicamente inexpugnable. No estuvieron organizadas alrededor de un sistema sino alrededor de s mismo, y su valor depende de lo que Él es. Notable es la frase del Sermón del Monte: “Mas yo os digo”, la cual denuncia la autoridad que Jesús poseía y que constantemente afimaba. A muchos les parecerá que su enseñanza es una colección irreductible de dichos inconexos, pero a la luz de su persona sus palabras adquieren un nuevo significado. Son como deslumbrantes facetas de una personalidad divina.

Doctrina

A causa de su importancia doctrina! algunas de las enseñanzas de Jesús merecen especial mención. Presentó a Dios como el Padre Celestial, cuya paternidad debía definirse ante todo en términos de la relación de Él con Dios. “Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; Y nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar” (Mat. 11:27). En ninguna parte de los evangelios dijo Jesús “Nuestro Padre” incluyéndose Él mismo con sus discípulos en el pronombre personal. Por el contrario le dijo a María Magdalena junto al sepulcro: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios (Juan 20:17). En la oración modelo que dio a sus discípulos les enseñó a orar, “Padre nuestro” (Mat. 6:9), expresando la relación moral del hombre con Dios. La paternidad divina significaba más para Él que para ellos, puesto que Él era en un sentido singular el Hijo de Dios. Era Hijo de Dios por naturaleza; los discípulos podrían serlo únicamente recibiendo a Cristo (Juan 1:12).

El término “padre”, sin embargo, expresa la actitud de Dios hacia los hombres. Implica su amor y justicia (Mat. 5:44, 45), su interés y cuidado por su creación (10:29, 30), su eterno decreto y propósito (20:23), su disposición para perdonar (Lucas 15:11-32), y su determinación final de que ellos le acompañen a “la casa de mi Padre” (Juan 14:2). El evangelio de Juan contiene más referencias a la enseñanza de Jesús acerca de Dios como nuestro “Padre” que ninguno de los otros, puesto que esta expresión aparece más de cien veces como la forma usual en que Jesús se refería a Dios.

Quizás uno de los más grandes tópicos discutidos por Jesús fue el del reino. Ha habido un extraordinario volumen de controversia referente a su exacta naturaleza. ¿Es ese reino lo mismo que el dominio espiritual de Cristo sobre la vida de los hombres? ¿Al hablar de él daba nuestro Señor a entender la mera restauración de la monarquía judía en forma independiente? ¿Es este reino idéntico a la iglesia? ¿Debe identificarse con el reino milenial? ¿O se trata de algún revolucionario orden económico que Él quería establecer? Todas estas preguntas se han contestado afirmativamente por uno u otro de los bandos en contención.

Dejando a un lado toda conjetura, notemos ciertos hechos que se destacan en los evangelios. Todos mencionan el reino (Mat. 6:33, Marcos 1:15, Lucas 4:43, Juan 3:3), afirmando que Jesús lo predicó. El evangelio de Juan habla del reino dos veces nada más: En la entrevista con Nicodemo (3:3, 5) y en el juicio delante de Pilato (18:36). Para nuestro Señor el reino significaba toda la esfera del gobierno de Dios. Incuestionablemente su naturaleza fundamental es espiritual, no política; pero su plena manifestación todavía no llega, ni llegará, hasta que el Rey vuelva personalmente para reinar (Mat. 25:1, 31).

Cuando se examina la enseñanza de Jesús no se puede apreciar diferencia alguna entre el significado de “el reino de los cielos”, frase usada exclusivamente por Mateo, y “el reino de Dios”, usada por los otros evangelistas. Jesús proclamó, usando ambas frases, que el reino “había llegado” (3:2, Mar. 1:15); los “misterios” (del reino de los cielos y del reino de Dios) se mencionan en las parábolas (Mat. 13:11, Lucas 8:10); ambos fueron predicados desde los días de Juan el Bautista (Mat. 11:12, 13; Lucas 16:16); las dos frases se usan indistintamente con referencia a los niños (Mat. 19:14, Marcos 10:14). Si alguna diferencia se pudiera establecer entre ambos términos, podría decirse que el reino de los cielos es término judío, usado posiblemente para evitar la irreverente o innecesaria repetición del nombre de Dios, y que la enseñanza que se relaciona con este reino se refiere a la manifestación visible de él. La mayor parte de los pasajes referentes al aspecto interno del reino, usan la expresión “el reino de Dios” (Lucas 17:20; Juan 3:3, 5; Lucas 22:16, 18: 23:51).

La doctrina del reino estaba ligada con el Antiguo Testamento. Su demanda ética exigía arrepentimiento (Mat. 4:17), obediencia a los mandamientos de la ley (5:19) y la completa y sincera obediencia a la voluntad de Dios (7:21). Sin embargo, todo esto no era sinónimo de legalismo, puesto que José de Arimatea, uno de los primeros discípulos, está descrito como el que “también esperaba el reino de Dios” (Lucas 23:51). Jesús mismo consideró el reino como algo que tenía que venir en plenitud, después de que él hubiese muerto y resucitado (22:16). El reino, pues, es aquel orden que Dios establecerá sobre la tierra cuando Cristo regrese. Sus principios armonizarán con el más elevado espíritu de santidad según la revelación hecha por Dios en su ley y su perfecta realización será el cumplimiento de la obra de Cristo en su carácter de Redentor y Rey.

La enseñanza de Jesús referente a sí mismo, es de gran significación. Siendo niño informó a José y a María de la peculiar obligación que tenía con su Padre celestial (2:49). Preguntó a sus discípulos qué opinaban de Él (Mat. 16:15) y aceptó con aprobación la respuesta de Simón, de que Él era “el Hijo del Dios viviente” (16:16). Delante de sus enemigos usó palabras que afirmaban tanto su preexistencia como su deidad (Jn. 8:42, 58; 10:30-33, 36; Mat. 22:41-45). Cuando los creyentes lo adoraron no objetó (Juan 9:38; 20:28, 29), como Pablo lo hizo en una ocasión (Hch. 14:11-18). Las implicaciones indirectas de sus enseñanzas son igualmente concluyentes, puesto que Él mismo se colocó sobre la ley (Mat. 5:21, 22), y declaró su autoridad para perdonar pecados (Mar. 2:9-11). Si los relatos de los evangelios son del todo fidedignos declaran sin lugar a equivocación no sólo que Jesús tuvo origen sobrenatural sino que también afirmó su divinidad.

Su evaluación de la propia misión es importante. Vino a predicar el evangelio del reino (Luc. 4:43), a llamar pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13), a buscar y a salvar lo que se había perdido (Luc. 19:10), a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mar. 10:45). Fue enviado del Padre (Jn. 20:21), y precisamente antes de morir le informó que había cumplido el encargo que Él le confirió (17:4). La revelación y la redención le fueron encomendadas a Él y cumplió las dos. En muchas ocasiones predijo su muerte y resurrección (2:19; 3:14; 6: 51; 12:24; Mat. 16:21; Mar. 10:33, 34), lo mismo que su regreso para fungir como juez (Mat.25:31-46).

Son demasiado numerosos para tratarse aquí los abundantes tópicos espirituales y éticos sobre los que Jesús hizo declaraciones. Hay una característica digna de notarse y que es común a todos sus discursos: Todos se basan sobre el hecho de que Él vino para proclamar la verdad de Dios, que tenía toda la autoridad para ha cerio y que el hombre estaba obligado a seguir su enseñanza. Se presentó a sí mismo como el Hijo de Dios, y como Hijo de Dios, El tiene la última palabra.» [1]

Tres consideraciones de importancia de la conocida precursora del movimiento adventista, Elena G, de White, sobre las Escrituras [2]

1-Cómo consideró Jesús las Escrituras

Ningún hombre, mujer o joven, podrá lograr la perfección cristiana si descuida el estudio de la Palabra de Dios. Al escudriñar cuidadosa y atentamente su Palabra, obedeceremos la orden de Cristo: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. Este estudio capacita al que lo efectúa a observar atentamente el Modelo divino, pues ellas testifican de Cristo. El Modelo debe ser examinado a menudo y con toda atención a fin de imitado. A medida que uno llega a dominar la historia del Redentor, descubre en sí mismo defectos de carácter; su falta de semejanza a Cristo es tan grande que ve que no puede ser un seguidor de él sin efectuar un gran cambio en su vida. Continúa estudiando, con un deseo de ser igual a su gran Ejemplo; capta las miradas, el espíritu de su amado Maestro; observando se transforma. “Puestos los ojos en el autor, y consumador de la fe, en Jesús” (Consejos sobre la obra de la escuela sabática, p. 17).

La Biblia no está encadenada. Se la puede llevar a la puerta de todo hombre y sus verdades pueden ser presentadas a la conciencia de todo ser humano. Hay muchos que, como los nobles bereanos, escudriñarán las Escrituras diariamente por sí mismos, cuando les sea presentada la verdad, para ver si estas cosas son así. Cristo ha dicho: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”. Jesús, el Redentor del mundo, manda a los hombres no sólo que lean, sino que escudriñen las Escrituras. Ésta es una obra grande e importante, y nos está encomendada a nosotros, y al hacerla seremos grandemente beneficiados; porque la obediencia al mandato de Cristo no queda sin recompensa. Él coronará con señales especiales de su favor este acto de lealtad que consiste en seguir la luz revelada en su Palabra (Consejos sobre la obra de la escuela sabática, pp. 92, 93).

Empezando con Moisés, alfa de la historia bíblica, Cristo expuso en todas las Escrituras las cosas concernientes a él. Si se hubiese dado a conocer primero, el corazón de ellos habría quedado satisfecho. En la plenitud de su gozo, no habrían deseado más. Pero era necesario que comprendiesen el testimonio que le daban los símbolos y las profecías del Antiguo Testamento. Su fe debía establecerse sobre éstas. Cristo no realizó ningún milagro para convencerlos, sino que su primera obra consistió en explicar las Escrituras. Ellos habían considerado su muerte como la destrucción de todas sus esperanzas. Ahora les demostró por los profetas que era la evidencia más categórica para su fe.

Al enseñar a estos discípulos, Jesús demostró la importancia del Antiguo Testamento como testimonio de su misión. Muchos de los que profesan ser cristianos ahora, descartan el Antiguo Testamento y aseveran que ya no tiene utilidad. Pero tal no fue la enseñanza de Cristo. Tan altamente lo apreciaba que en una oportunidad dijo: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos” (El Deseado de todas las gentes, pp. 739, 740).

Cristo abrió las Escrituras a sus discípulos, comenzando con Moisés y los profetas, y los instruyó en todo lo concerniente a sí mismo, y también les explicó la profecía…

Señaló las Escrituras como algo de incuestionable autoridad, y nosotros debemos hacer lo mismo…

Todo niño puede adquirir conocimiento, como lo adquirió Jesús, de las obras de la naturaleza y de las páginas de la santa Palabra de Dios. Al tratar nosotros de llegar a conocer a nuestro Padre celestial por su Santa Palabra, se nos acercarán los ángeles, nuestra mente se fortalecerá, nuestro carácter se elevará y refinará (Parcialmente en, Hijos e hijas de Dios, p. 136, Y en, Consejos sobre la obra de la escuela sabática, p. 43).

Los apóstoles y las Escrituras

Pablo no se dirigía a los judíos de un modo que despertase sus prejuicios. No les decía primero que debían creer en Jesús de Nazaret, sino que se espaciaba en las profecías que hablaban de Cristo, de su misión y obra. Paso a paso llevaba a sus oyentes hacia adelante, y les demostraba la importancia de honrar la ley de Dios. Rendía el debido honor a la ley ceremonial, demostrando que Cristo era quien había instituido la dispensación judaica y el servicio de sacrificios. Luego los traía hasta el primer advenimiento del Redentor, y les demostraba que en la vida y muerte de Cristo se había cumplido toda especificación del servicio de sacrificios.

Al hablar a los gentiles, Pablo ensalzaba a Cristo, presentándoles luego las imposiciones vigentes de la ley. Demostraba cómo la luz reflejada por la cruz del Calvario daba significado y gloria a toda la dispensación judaica.

Así variaba el apóstol su manera de trabajar, y adaptaba el mensaje a las circunstancias en que se veía colocado. Después de trabajar pacientemente, obtenía gran éxito; aunque eran muchos los que no querían ser convencidos. Algunos hay hoy día que no serán convencidos por ningún método de presentar la verdad; y el que trabaja para Dios debe estudiar cuidadosamente los mejores métodos, a fin de no despertar prejuicios ni espíritu combativo (Obreros evangélicos, p. 124).

Al predicar a los tesalonicenses, Pablo apeló a las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías. Cristo había abierto en su ministerio la mente de sus discípulos a estas profecías; pues “comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, dec1arábales en todas las Escrituras lo que de él decían” (S. Lucas 24:27). Pedro, al predicar a Cristo, había sacado del Antiguo Testamento sus evidencias. Esteban había seguido el mismo plan. Y también Pablo en su ministerio apelaba a las Escrituras que predecían el nacimiento, los sufrimientos, la muerte, de Moisés y los profetas, probaba claramente la identidad de Jesús de Nazaret como el Mesías, y mostraba que desde los días de Adán era la voz de Cristo’ la que había hablado por los patriarcas y profetas (Los hechos de los apóstoles, p. 180).

La unidad en medio de la diversidad

Las Escrituras fueron dadas a los hombres, no en una cadena continua de declaraciones ininterrumpidas, sino parte tras parte a través de generaciones sucesivas, a medida que Dios en su providencia veía una oportunidad adecuada para impresionar a los hombres en varios tiempos y en diversos lugares. Los hombres escribieron a medida que fueron movidos por el Espíritu-Santo. Hay primero el brote, después el capullo y después el fruto; “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. Esto es exactamente lo que son las declaraciones de la Biblia para nosotros;

No siempre hay orden perfecto o aparente unidad en las Escrituras.  Los milagros de Cristo no son presentados en orden exacto, sino que son dados así como ocurrieron las circunstancias que demandaron la revelación divina del poder de Cristo. Las verdades de la Biblia son como perlas ocultas. Deben ser buscadas, extraídas mediante esfuerzos concienzudos. Los que tan sólo dan un vistazo a las Escrituras, con un conocimiento superficial que piensan que es muy profundo, hablan de las contradicciones deja Biblia y ponen en duda la autoridad de las Escrituras. Pero aquellos cuyo corazón está en armonía con la verdad y el deber, escudriñarán las Escrituras con un corazón preparado para recibir impresiones divinas. El alma iluminada ve una unidad espiritual, una gran hebra de oro que corre por todo el conjunto, pero se requieren paciencia, meditación y oración para rastrear la preciosa hebra áurea. Algunas contiendas ásperas en cuanto a la Biblia han resultado en investigaciones que han revelado las preciosas joyas de verdad. Muchas lágrimas se han derramado, muchas oraciones se han ofrecido para que el Señor abriera la comprensión de su Palabra (Mensajes selectos, 1. 1, pp. 22,23).

«Durante los siglos que precedieron al advenimiento de Jesús hubo un número cada vez mayor de judíos que vivían fuera de Palestina. Algunos de estos judíos eran descendientes de los que habían ido al exilio en Babilonia, y por tanto en esa ciudad así como en toda la región de Mesopotamia y Persia había fuertes contingentes judíos. En el Imperio Romano, los judíos se habían esparcido por diversas circunstancias, y ya en el siglo primero las colonias judías en Roma y en Alejandría eran numerosísimas. En casi todas las ciudades del Mediterráneo oriental había al menos una sinagoga. En el Egipto, se llegó hasta a construir un templo alrededor del siglo VII a.C. en la ciudad de Elefantina, y hubo otro en el Delta del Nilo en el siglo II a.C. Pero por lo general estos judíos de la “Dispersión” o de la “Diáspora” !que así se les llamó! no construyeron templos en los cuales ofrecer sacrificios, sino más bien sinagogas en las que se estudiaban las Escrituras. El judaísmo de la Diáspora es de suma importancia para la historia de la iglesia cristiana, pues fue a través de él, según veremos en el próximo capítulo, que más rápidamente se extendió la nueva fe por el Imperio Romano. Además, ese judaísmo le proporcionó a la iglesia la traducción del Antiguo Testamento al griego que fue uno de los principales vehículos de su propaganda religiosa.

Este judaísmo se distinguía de su congénere en Palestina principalmente por dos características: su uso del idioma griego, y su contacto inevitablemente mayor con la cultura helenista. En el siglo primero eran muchos los judíos, aun en Palestina, que no usaban ya el antiguo idioma hebreo. Pero, mientras que en Palestina y en toda la región al oriente de ese país se hablaba el arameo, los judíos que se hallaban dispersos por todo el resto del Imperio Romano hablaban el griego. Tras las conquistas de Alejandro, el griego había venido a ser la lengua franca de la cuenca oriental del Mediterráneo. Judíos, egipcios, chipriotas, y hasta romanos, utilizaban el griego para comunicarse entre sí. En algunas regiones —especialmente en Egipto— los judíos perdieron el uso de la lengua hebrea, y fue necesario traducir sus Escrituras al griego.

Esa versión del Antiguo Testamento al griego recibe el nombre de Septuaginta, que se abrevia frecuentemente mediante el número romano LXX. Ese nombre —y número— le viene de una antigua leyenda según la cual el rey de Egipto, Ptolomeo Filadelfo, ordenó a setenta y dos ancianos hebreos que tradujesen la Biblia independientemente, y todos ellos produjeron traducciones idénticas entre sí. Al parecer, el propósito de esa leyenda era garantizar la autoridad de esta versión, que de hecho fue producida a través de varios siglos, por traductores con distintos criterios, de modo que algunas porciones son excesivamente literales, mientras que otras se toman amplias libertades con el texto. En todo caso, la importancia de la Septuaginta fue enorme para la primitiva iglesia cristiana. Esta es la Biblia que cita la mayoría de los autores del Nuevo Testamento, y ejerció una influencia indudable sobre la formación del vocabulario cristiano de los primeros siglos. Además, cuando aquellos primeros creyentes se derramaron por todo el Imperio con el mensaje del evangelio, encontraron en la Septuaginta un instrumento útil para su propaganda. De hecho, el uso que los cristianos hicieron de la Septuaginta fue tal y tan efectivo que los judíos se vieron obligados a producir nuevas versiones —como la de Aquila— y a dejar a los cristianos en posesión de la Septuaginta.

La otra marca distintiva del judaísmo de la Dispersión fue su inevitable contacto con la cultura helenista. En cierto sentido, podría decirse que la Septuaginta es también resultado de esta situación. En todo caso, resulta claro que los judíos de la Dispersión no podían sustraerse al contacto con los gentiles, como podían hacerlo en cierta medida sus correligionarios de Palestina. Los judíos de la Dispersión se veían obligados en consecuencia a defender su fe a cada paso frente a aquellas gentes de cultura helenista para quienes la fe de Israel resultaba ridícula, anticuada o ininteligible. Frente a esta situación, y especialmente en la ciudad de Alejandría, surgió entre los judíos un movimiento que trataba de mostrar la compatibilidad entre lo mejor de la cultura helenista y la religión hebrea. Ya en el siglo III a.C. Demetrio narró la historia de los reyes de Judá siguiendo los patrones de la historiografía pagana. Pero fue en la persona de Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, que este movimiento alcanzó su cumbre.

Puesto que los argumentos de Filón —u otros muy parecidos— fueron utilizados después por algunos cristianos en la propia ciudad de Alejandría, vale la pena resumirlos aquí. Lo que Filón intenta hacer es mostrar la compatibilidad entre la filosofía platónica y las Escrituras hebreas. Según él, puesto que los filósofos griegos eran personas cultas, y las Escrituras hebreas son anteriores a ellos, es de suponerse que cualquier concordancia entre ambos se debe a que los griegos copiaron de los judíos, y no viceversa. Y entonces Filón procede a mostrar esa concordancia interpretando el Antiguo Testamento como una serie de alegorías que señalan hacia las mismas verdades eternas a que los filósofos se refieren de manera más literal.

El Dios de Filón es absolutamente trascendente e inmutable, al estilo del “Uno Inefable” de los platónicos. Por tanto, para relacionarse con este mundo de realidades transitorias y mutables, ese Dios hace uso de un ser intermedio, al que Filón da el nombre de Logos (es decir, Verbo o Razón). Este Logos, además de ser el intermediario entre Dios y la creación, es la razón que existe en todo el universo, y de la que la mente humana participa. En otras palabras, es este Logos lo que hace que el universo pueda ser comprendido por la mente humana. Algunos pensadores cristianos adoptaron estas ideas propuestas por Filón, con todas sus ventajas y sus peligros. Como vemos, en su dispersión por todo el mundo romano, en su traducción de la Biblia, y aun en sus intentos de dialogar con la cultura helenista, el judaísmo había preparado el camino para el advenimiento y la diseminación de la fe cristiana.»[3]

Notas:

  1. http://www.davidccook.com/catalog/resources/samples/103263.pdf
  2. http://www.prodigyweb.net.mx/jonasaquinolopez/articulos/biblia.htm
  3. Nuestro Nuevo Testamento, Pág. 262-270, Merrill C. Tenney, Edit. Portavoz

 

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