Acerca de la violencia de género


Acerca de la violencia de genero

El tan debatido tema de la globalización encuentra en la violencia contra la mujer uno de los problemas más negativos no sólo por su presencia en todas las sociedades, sino también porque sus múltiples formas y aspectos comprenden desde la falta de recursos económicos –que no deja de ser una manera de presionar sobre la libertad y el futuro de la mujer, reduciéndola a situaciones de violencia más o menos solapadas– hasta los malos tratos, la violación, la tortura y la muerte, pasando por las diversas formas de esclavitud a que se somete a la mujer, ya sea la esclavitud del hogar, tan dura en determinadas culturas,
o la esclavitud sexual, en manos de las mafias en Occidente y en manos de la propia familia en algunos de los países menos desarrollados. La perplejidad que a veces ocasiona contemplar la aceptación y comprensión de las situaciones de violencia por parte de la sociedad –e incluso de las propias mujeres– muestra la necesidad de un cambio de la sociedad; a este cambio ayudaría probablemente la aceptación y la utilización de todos aquellos factores, elementos y estructuras que ofrece la globalización, pues, al favorecer la difusión del problema, podrían facilitar el cambio de mentalidad de la sociedad mundial, haciendo posible que las actitudes que rechazan  la violencia contra la mujer se globalicen.

Es cierto que la violencia de género se enmarca en el contexto mucho más amplio de la violencia y la agresividad humanas, pero también lo es que posee unas características que históricamente la determinan y hacen necesario su estudio específico. Ante el tema de la violencia surgen preguntas inquietantes, como por ejemplo si el hombre es un ser cada vez más violento o más bien sucede que nuestra sociedad ha tomado ya conciencia de ello y se le da más importancia que en tiempos pasados. Hasta hace poco tiempo, no era algo excepcional que el marido pegase a la mujer, y, desde luego, no estaba considerado un delito. En la Europa del siglo XVIII, uno de cada cinco niños que nacían era abandonado por sus padres y no pasaba nada. ¿Quiere esto decir que la violencia está disminuyendo actualmente y que lo que realmente ocurre es que cuando ésta surge nos llama más la atención? La esperanza en que la sociedad esté en un proceso de mayor humanización nos lleva a pensar que lo cierto es esto último, pero la realidad, sobre todo en otras sociedades distintas de la europea, plantea serias dudas.

Una cosa sí es cierta con respecto al hecho concreto de la violencia doméstica: se ha convertido en un delito y en un comportamiento no aceptado por la sociedad. Algo ha cambiado. Aun así, en España siguen muriendo por esta causa entre 60 y 70 mujeres al año, probablemente más, y esto es muy grave. Pero es que antes seguramente eran miles las que morían, y nadie, absolutamente nadie, decía una palabra. La violencia hunde sus raíces en las relaciones de desigualdad entre los hombres y las mujeres.

Los grupos humanos crean ideologías y formas de organización social que perpetúan estas relaciones de desigualdad, y la violencia se teje, precisamente, en estas ideologías y estructuras por la sencilla razón de que han proporcionado enormes beneficios y privilegios a los grupos dominantes.

Pero ¿qué es la violencia? Etimológicamente, la violencia está en relación con la fuerza (vis) y, semánticamente, con la “violación”, en cuanto a “hacer violencia”. Puede ser física (asesinatos, atentados, sevicias…), psicológica o moral (tortura por aislamiento, por ejemplo, o chantaje afectivo…), económica (explotación en cualquiera de sus formas, imposibilidad de acceder a los recursos económicos…), política (terrorismo, totalitarismos, genocidios…) e incluso religiosa. Así pues, se puede afirmar que la violencia es omnipresente y multiforme, lo que lleva a preguntarse si esta diversidad, constatable en la realidad social, es algo esencial a la violencia, es decir, si se puede hablar de violencia en general o si, cuando se habla de determinados aspectos de la violencia, ésta guarda relación con actitudes éticas, políticas y religiosas. En cualquier caso, se puede decir que, cualquiera que sea la forma de violencia, ataca al orden social y, por ello, es subversiva.

Por otro lado, se puede afirmar que todas las mujeres han pasado en algún momento de su vida por alguna experiencia de violencia masculina en cualquiera de sus formas y grados diversos, bien sea física, sexual o psicológica, y ejercida en el seno de la familia, por la sociedad o el Estado. Los golpes, las sevicias sexuales –infligidas incluso a las niñas–, las violencias ligadas a la dote, la violación conyugal, las mutilaciones genitales, el incesto o el matrimonio forzado son otras tantas  formas de violencia contra la mujer. En contra de lo que generalmente se piensa, esta violencia no siempre va unida a la pobreza, el alcohol o la droga. La violencia alcanza a todos los medios sociales en todos los países, y no puede ser justificada en ningún caso por prácticas culturales o por tradiciones religiosas, porque nada legitima acciones como, por ejemplo, la lapidación, la excisión o el repudio.

En un marco deseable de respeto a la persona humana, es preciso llamar la atención acerca de una realidad que a veces puede aparecer algo difusa: una cosa es la tolerancia y el respeto por otras culturas y otra dudar sobre el derecho a la vida y a la integridad física de nadie, e incluso llegar a cuestionar la primacía de los derechos humanos sobre costumbres culturales o tradiciones religiosas que de ninguna de las maneras parecen respetarlos. Es asimismo conveniente llamar la atención de una manera especial sobre aquellas mujeres que se encuentran en una situación particularmente difícil, como las mujeres y las jóvenes minusválidas, o las mujeres emigrantes ilegales y sin derechos sociales, o las que se encuentran en demanda de asilo, porque son mucho más susceptibles de verse enfrentadas a la violencia.

Durante miles de años, los roles que las mujeres han asumido tradicionalmente se han basado en las normas, leyes y pautas que han regido un modelo de convivencia ideado, representado e impuesto por los hombres. De ahí el poder afirmar que la violencia de género es fruto de la estructura ideológica de la sociedad; se trata, pues, de una violencia cuya ideología responde a un sistema patriarcal, asimétrico y desigual, de dominación del hombre sobre la mujer, que, a pesar de los cambios sociales y las reformas legales, ha venido permaneciendo invariable en el tiempo y en el espacio. La violencia contra las
mujeres ocurre en un contexto cultural patriarcal donde el control y sometimiento de la mujer ha sido tradicionalmente tolerado, cuando no legitimado incluso religiosamente. En las sociedades actuales, este modelo de diferenciación de género asociado a una rígida jerarquía de dominio masculino no se sustenta más y ha hecho surgir un cambio de roles que no es aceptado por muchos hombres y que, con demasiada frecuencia, lleva a la mujer a pagarlo con su vida.

Sin embargo, a pesar de que la sociedad va tomando conciencia de la gravedad de esta situación, sigue siendo un problema relativamente desconocido, sobre todo por la escasez y dispersión de los datos estadísticos y porque las cifras sobre la violencia contra la mujer son raras e incompletas. Por otro lado, si bien las agresiones no son en origen de carácter estrictamente individual, tampoco lo son en sus consecuencias, ya que los costes sociales son elevados. Según un indicador de Naciones Unidas, la agresión a la mujer en todas sus manifestaciones supone anualmente la pérdida de nueve millones de años de vida saludable. Afecta también a la salud pública de las sociedades, pues entre el veinte y el cuarenta por ciento de las mujeres que se suicidan han sido víctimas de malos tratos. Se puede decir que, en el caso concreto de la violencia doméstica, el noventa y ocho por ciento de las víctimas son mujeres; en Europa, una de cada cinco mujeres ha sufrido alguna forma de violencia por parte de su compañero. Según un estudio realizado en los Países Bajos, el coste de la violencia doméstica en este país (servicios sociales y de salud, policía, etc.) gira alrededor de los 150 millones de euros al año. Por otro lado, y según los datos aportados por las ONG del sector, las denuncias por maltrato presentadas en España oscilan en torno al veinte por ciento de los casos totales que se producen, pero este porcentaje puede estar distorsionado porque se desconoce el número de mujeres víctimas de malos tratos pertenecientes a los niveles económicos más altos, debido en parte a que se trata de un sector que no demanda servicios sociales.

En todo caso, también es cierto que cada vez van apareciendo más casos de violencia familiar fuera de las habituales situaciones de pobreza y más en relación con situaciones de separación o ruptura de la convivencia, que suele ser el punto de partida de numerosas situaciones de maltrato y que incidirían en ese porcentaje de denuncias mencionado. Por otro lado, el hecho de que más del noventa por ciento de las mujeres muertas a manos de su pareja había presentado previamente denuncias contra el agresor demuestra que el sistema en su conjunto no está dando la respuesta adecuada. Por último, es especialmente grave la repercusión que la violencia tiene sobre la repetición de conductas violentas en los niños.

Todo esto indica que una reflexión sobre la violencia de género requiere también analizar las actitudes de violencia y agresividad presentes en la sociedad, sus causas diversas y sus diferentes formas, así como la relación que pueda darse entre ellas como origen de este modo concreto de violencia. De ahí el propósito de esta reflexión: analizar y reflexionar sobre el tema de la violencia de género desde distintos campos del conocimiento,detectando no sólo las raíces culturales, políticas y económicas, sino también las raíces religiosas, sin duda muy importantes a lo largo de la historia a la hora de justificar normas, costumbres y hábitos que menosprecian a la mujer y que, al tratar de fundamentarlas desde determinadas teologías e interpretaciones, han restado importancia –cuando no fomentado y legitimado– a la violencia contra la mujer. No menos importante es la reflexión sobre la incidencia de los ordenamientos jurídicos en este tema y las medidas que se han ido adoptando para dar respuesta a estas situaciones.

Tampoco lo es el tema de la educación, vital a la hora de crear una conciencia social que asuma la igualdad y el respeto hacia la mujer desde la infancia. Sin embargo, es preciso recordar que, a pesar de la frecuencia con que se menciona que la escuela debe educar en la igualdad de oportunidades, a menudo se convierte en un lugar de discriminación y exclusión. La violencia se aprende. El ser humano no nace violento, porque si así fuese la especie humana ya habría desaparecido.

La violencia se aprende en los primeros años de la vida, siendo objeto o testigo de una violencia continuada. De ahí la importancia de la educación como manera de prevenirla, a pesar de saber que la prevención real es costosa por los años que requiere para dar sus frutos. Lo que ocurre es que, a menudo, la sociedad no tiene paciencia para esperar. Las mujeres estamos a punto de perderla.

A lo largo de este trabajo comunitario, también se hace referencia a sectores concretos en los que el riesgo de violencia es mayor o más frecuente, como los supuestos de malos tratos o la situación de las mujeres inmigrantes, sobre todo la de aquellas que se encuentran en situación de ilegalidad, y el muy escabroso tema de las mujeres como botín de guerra, sin olvidar el espinoso problema de la prostitución, que se cruza y entrecruza con el de la violencia hacia las mujeres y que, con frecuencia, entra en estrecha relación con la inmigración ilegal, haciendo de ella el sector de mujeres más terriblemente castigado. A este respecto, no se puede olvidar que las mujeres jóvenes son las víctimas principales del tráfico de
seres humanos[1], una forma de violencia particularmente abominable, porque combina a menudo la violencia física, la psicológica y la explotación sexual. Son reclutadas por los traficantes, con falsas promesas de trabajo, como empleadas de hogar o bailarinas, pero, una vez que estas mujeres han llegado a un país extranjero, pierden todas sus referencias de identidad.

Amenazadas, violentadas, aisladas y sin papeles, estas mujeres son extremadamente vulnerables y les resulta muy difícil salir de esta situación. Las especiales circunstancias de esclavitud y extorsión en las que se encuentran respecto a las redes y mafias que trafican con ellas, requiere, como necesidad prioritaria y urgente, prestar una atención integral a esta forma de violencia; también requiere adoptar soluciones específicas a la hora de motivar a estas mujeres a denunciar su situación y de procurarles una reinserción social y laboral adecuada. Por otro lado, es también importante señalar que la prostitución no se debe sólo a la pobreza, sino a la situación de subordinación en que se encuentra la mujer en las sociedades que todavía presentan fuertes rasgos patriarcales;por eso, con mucha frecuencia, las mujeres no suelen ser prostitutas, sino mujeres prostituidas, porque por debajo de esta situación siempre hay algún hombre.

Por su parte, la violencia doméstica necesita ser diferenciada de cualquier otro tipo de violencia, pues en ella la víctima no puede enfrentarse al agresor, ni le resulta fácil pedir ayuda ni mucho menos escapar de la escena de violencia al constatar su situación de inferioridad. La violencia doméstica es fruto de una sociedad patriarcal y androcéntrica, mandada y controlada por el hombre, que establece su propio patrón de comportamiento.

Se trata de una violencia que no es individual en su origen, sino que es una violencia estructural, que parte de una serie de normas socioculturales que, aunque no dicen “arremete contra la mujer”, sí justifican, minimizan, amparan o quitan importancia y trascendencia a este tipo de conductas y, por tanto, colaboran en cierto modo a mantener ese orden androcéntrico como estructura social. La sociedad, con sus normas, va así matizando y modificando la agresión hasta normalizarla y aceptarla, e incluso llega a hacerse rentable para el agresor.

Pero esta estructura de la violencia doméstica hace pensar también, y necesariamente, en comportamientos de género. Existe una serie de ideas consolidadas que son responsables de las causas que conlleva la violencia; un claro ejemplo es el hecho de que, en general, las mujeres, por una expectativa de género, se sienten responsables de las buenas relaciones personales que llevan a cabo; por ello, están constantemente aliviando tensiones, adoptando posturas de sacrificio y abnegación, si eso es necesario para tutelar esas relaciones personales. Pero esta función de aliviar tensiones que se atribuyen ellas mismas como rol es uno de los principales problemas, porque no siempre las alivian a su favor, sino a veces en contra de sus propios intereses. Por otro lado, en las costumbres, en los usos del lenguaje y en la práctica cotidiana existen algunos mecanismos que se dan en la agresión doméstica y no en otro tipo de agresiones. Por ejemplo, lo primero que se hace es clandestinizar, ocultar el maltrato y la injuria, convirtiéndolos en algo cotidiano que forma parte de una relación normal. Evidentemente, este ocultamiento no significa en realidad otra cosa que el sentimiento de encontrarse sin autoridad para defenderse ante el otro y mostrarle su derecho a disentir. Con frecuencia, también se puede observar que detrás de los comportamientos violentos hay en la pareja un discurso que trata de explicar los de cada uno de ellos en base a los roles sexuales y sociales, y no a su condición como sujetos individuales.

El proceso de la violencia doméstica actúa a modo de trampa. En ella, la mujer se siente atrapada y es incapaz de dar una respuesta una vez que el agresor ha ido destruyendo paulatinamente su autoestima y confianza a través de la crítica constante, la descalificación, la vejación, el menosprecio y el insulto. La víctima sufre una especie de “muerte psíquica” que, unida al temor a la reacción del agresor y a la dependencia económica, configuran un círculo del que no puede salir.

Tampoco se puede olvidar que este tipo de violencia implica a todo el entorno familiar, lleno ciertamente de contradicciones y centro de grandes conflictos entre mujeres y hombre adultos, pero también el lugar a donde acudimos para buscar apoyo y cariño. Es, además, un entorno rodeado de secretos: con frecuencia cuesta trabajo hablar de cómo son las relaciones familiares incluso en familias aparentemente normales. Por eso, la mujer maltratada, al igual que el niño o el anciano maltratados, suele encontrarse como si estuviera en un campo de concentración o en una cárcel, amarrada por la coacción física, psicológica,económica y social.

El círculo se cierra aún más cuando la mujer maltratada tampoco ve salida a su problema, porque, con mucha frecuencia, teme no encontrar fuera del ámbito familiar la comprensión necesaria. A lo largo de este proceso de victimización, muchas mujeres han sido secuestradas dentro de sus propios hogares, de manera que han perdido sus amistades e incluso el contacto con sus familias, por lo que la decisión de irse se hace aún más difícil por la falta de apoyos exteriores. Y para agravar aún más esta situación, suele darse un intento de culpabilización de la víctima. Esto es algo que saben muy bien las mujeres violadas, que, en demasiadas ocasiones, se ven cuestionadas e incluso culpadas cuando denuncian el delito. Lo mismo ocurre también con las mujeres maltratadas: demasiadas veces han tenido que escuchar en boca de familiares, amigos o cualesquiera que intervengan en estos sucesos aquello de “¿tú qué haces para provocar a tu compañero?”.

El tema de la violencia de género no es, pues, un problema que atañe única y exclusivamente a la mujer, no es un problema de ámbito privado, sino que tiene una dimensión social, ya que, en definitiva, el ser humano es un ser de encuentro, que crece conforme va ampliando sus relaciones al encontrarse con las realidades que le rodean.

Encuentro en todos los ámbitos de las relaciones personales y sociales, en la familia y en la enseñanza, porque todos son lugares de información, de formación y de búsqueda del encuentro con el otro, porque el problema de fondo de la violencia de género es una cuestión de educación de la sociedad, y ésta es una tarea larga y difícil, sobre todo porque habría que realizar también una tarea de inculturación, lo que hace necesario un planteamiento ético lo más universal posible.

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Notas

[1] La Organización Internacional para las Migraciones estima en 500.000 el número de mujeres víctimas del tráfico de seres humanos sólo en Europa. De ellas, alrededor de 300.000 provienen de los Balcanes.

Extr de

  • Esperanza Bautista,10 palabras claves sobre la violencia de género, Paginas 11 – 21, Editorial Verbo Divino, Avenida de Pamplona, 41,31200 Estella (Navarra), España

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