Max WEBER. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.


Max WEBER. La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

CONFESION Y ESTRUCTURA SOCIAL[6]

eticapror

Al disponernos a examinar las estadísticas profesionales de países en los que existen credos religiosos, sobresale con mucha frecuencia[7] un fenómeno, motivo de vivas controversias en la prensa y la literatura católicas, así como en congresos de católicos alemanes:[8] es la índole por excelencia protestante que se distingue en las propiedades y empresas capitalistas y, también, en las esferas superiores de las clases trabajadoras, sobre todo del alto personal de las empresas modernas, con más experiencia técnica o comercial.[9]

Dicho fenómeno se refleja en cifras de las estadísticas confesionales, allí donde las diferencias de confesión coinciden con las de nacionalidad y, por consiguiente, con el distinto nivel de desarrollo cultural (de la misma manera que en la Alemania oriental acontecía con alemanes y polacos), como, por lo regular, allí donde el progreso capitalista en el periodo de su mayor apogeo tuvo poder para organizar la población en clases sociales y profesionales, a medida que las requerían. Y, ¿cuál puede ser el motivo de esta intervención algo más considerable, de este porcentaje superior de acuerdo a la totalidad de la población, con el que los protestantes toman parte en la posesión de capital [10] y en la dirección, así como también en los puestos más encumbrados en el trabajo de las empresas de mayor categoría tanto en la industria como en el comercio?[11] Ello se debe, en parte, a motivos históricos,[12] cuyas raíces se encuentran en el remoto pasado y en los cuales su apego a un determinado credo religioso no aparece como causa de fenómenos económicos, antes como el resultado de ellos. El ejercicio de esas funciones da por admitido la posesión de capital o la educación ciertamente costosa, así como ambas a un tiempo, con bastante frecuencia. En la actualidad, se presenta enlazada a la posesión de la riqueza hereditaria o, por lo menos, a una situación más o menos confortable. Justamente, muchos de los habitantes de una gran parte de las tierras más ricas del Reich, a las que la naturaleza ha favorecido de preferencia, amén de su privilegiada posición geográfica, tan determinante para la actividad comercial, y cuyo desenvolvimiento fue el mejor logrado en el orden económico, de manera especial en la mayoría de las más ricas poblaciones, se habían convertido al protestantismo en el siglo XVI, pudiendo asegurarse, aún en la actualidad, los benéficos resultados de esa conversión, para los protestantes, en la lucha económica por la vida, bien que, ante este hecho singular, se presenta esta disyuntiva histórica: ¿por qué en dichas tierras, las más adelantadas económicamente, existía allí, precisamente, tan singular tendencia para una revolución eclesiástica? Posiblemente alguien creerá que la respuesta es fácil, mas no es así. Evidentemente, la ruptura con el tradicionalismo económico da la impresión de ser el excepcional momento propicio para que en el espíritu surja la duda ante la tradición religiosa y decida enfrentarse a las autoridades impuestas por la tradición. Aquí es conveniente tener presente un hecho tal vez olvidado: la supresión del dominio eclesiástico sobre la vida no era el espíritu de la Reforma, antes bien el anhelo de cambiar la forma de aquel poder por otra distinta. Es más, sustituir un poder demasiado suave, casi imperceptible en la práctica y, en efecto, próximo a lo puramente clásico, por otro que debería intervenir con mucha más intensidad en todos los ámbitos de la vida pública y privada, estipulando una regulación onerosa y con meticulosidad en la conducta personal.

Hoy en día hay pueblos que, no obstante su cariz económico totalmente moderno, toleran el dominio del clero católico —“que castiga al hereje, si bien es benévolo con el pecador”, lo cual se hizo aún más evidente en aquel entonces que ahora—, como lo toleraron las naciones en extremo ricas, en constante auge económico, significados en las postrimerías del siglo XV. Por el contrario, entre nosotros no cabe imaginar una forma más intolerable de dominio eclesiástico sobre la vida individual, como habría de serlo el calvinismo, en el siglo XVI, tanto en Ginebra como en Escocia y en gran parte de los Países Bajos antes de terminar aquél y en el curso del siguiente, y también en la Nueva Inglaterra y aun en la propia Inglaterra durante parte del siglo XVII, de igual manera como lo vivieron en el amplio territorio del antiguo patriciado de aquella época en Ginebra, Ho landa e Inglaterra. No se trata de que aquellos reformadores —originarios de las naciones con más avance económico— encontraran precisamente condenable el abuso del poder eclesiástico-religioso, sino justo lo contrario. ¿Cuál será, pues, la razón de que precisamente estas naciones que gozaban de tanto auge económico, incluyendo en cada una la incipiente clase media burguesa, fueran las que, además de aceptar esa tiranía puritana hasta entonces ignorada, tomaran en su defensa un heroísmo del cual la burguesía no había antes dado indicios y tampoco los ha dado después, salvo en muy raras ocasiones: the last of our heroism, como Carlyle ha dicho con justa razón?

De manera clara podemos observar, no obstante lo dicho, que así como es comprensible el mayor concurso de los protestantes en la posesión del capital y en la dirección de la moderna economía, como evidente resultado de la mejor situación económica que han sabido sostener al correr del tiempo, es posible seña lar otra índole de acontecimientos en los cuales se revela, patentemente, sin duda, una inversión de este nexo causal. Entre otros ejemplos, para sólo citar el más destacado, recordemos la notoria diferencia que se deja ver en la clase de enseñanza que lo hijos de padres católicos reciben de éstos, comparándola con la de los protestantes, fenómeno que por igual se manifiesta en Baden o Baviera que en Hungría, por ejemplo. Es comprensible — tomando en cuenta la economía insinuada— que el monto de católicos entre discípulos y bachilleres de los centros de enseñanza superior no corresponde a su proporción demográfica.[13]

Pero es el caso que entre los bachilleres católicos ocurre, también, que el porcentaje de los que asisten a los modernos plan teles de enseñanza, dedicados primordialmente a la base del estudio técnico y de las profesiones en el campo industrial y mercantil, en general, que viene a ser de manera específica una profesión propia de burgueses (como en los conocidos Realgymnasien y Realschule, escuelas superiores civiles, etcétera), es evidentemente inferior al de los protestantes,[14] pues los católicos tienen preferencia por aquella enseñanza de carácter humanista que imparten las escuelas que se basan en la formación formal. Veamos, ahora: la explicación de este fenómeno no es similar a la del anterior; debe considerarse la causa en un sentido inverso para aclarar por él (aunque no únicamente por él) la participación de menor número de católicos en la vida capitalista. Pero aún es más sorprendente otra observación que viene en auxilio, indudablemente, para encontrar la razón por la cual los católicos toman parte en menor proporción en las esferas instruidas del elenco trabajador de la industria modernista. Es bien sabido que las fábricas alimentan las filas de sus trabajadores mejor adiestra dos, con operarios extraídos de los pequeños talleres de los cuales proceden y en los que se han forjado profesionalmente, alejándose de éstos cuando se sienten con suficiente capacidad. Más ello acontece con mayor frecuencia entre los protestantes que entre los católicos, ya que éstos demuestran una dedicación más tenaz a persistir en el oficio, llegando a merecer la maestría, en tanto que los otros, en mayor número, eligen el trabajo en las fábricas y escalan los cargos altos del proletariado entendido y de la burocracia de la industria.[15]

Estos casos demuestran que el adiestramiento de una habilidad personal, dirigida bajo el influjo de un ambiente religioso, tanto patriótico como familiar, ha determinado la elección profesional y, consecuentemente, todo el destino de una vida, y en ella ha consistido, pues, la relación causal.

En el moderno capitalismo alemán, esa menor intervención de los católicos se nos presenta tanto más sorpresiva por cuanto que demuestra que está en contradicción con una experiencia común en el curso del tiempo,[16] esto es: que las minorías nacionales o religiosas puestas en calidad de “oprimidas” frente a otros grupos calificados como “opresores”, debido a que, por propia voluntad o irremediablemente se ven excluidos de los puestos influyentes en la política, emprenden por costumbre la actividad industrial, que favorece a sus miembros mejor capacitados a convertir en realidad un deseo en cuyo logro no puede ayudar el Estado teniéndolos a su servicio. Eso quedó palpablemente demostrado con los polacos, tanto en Rusia como en la Prusia oriental, donde impusieron los adelantos económicos, incapaces de implantarlos en la Galitzia, bajo su dominación, lo cual había ocurrido anteriormente en Francia con los hugonotes, en tiempos de Luis XIV, así como en Inglaterra con los conformistas y los cuáqueros, y —last not least— desde hace dos mil años, con los judíos. Por el contrario, no encontramos un fenómeno similar, perceptible, al menos, por sus peculiares características, entre los católicos alemanes acerca de los cuales no podemos decir que mostraron, tampoco, un especial avance económico a diferencia de los protestantes en periodos remotos en los que en Inglaterra o en Holanda eran perseguidos o sólo soportados. Es más pronto que los protestantes (en especial en una que otra de sus confesiones, como veremos más adelante), tanto en calidad de oprimidos u opresores, como en mayoría o minoría, han revelado siempre una singular inclinación hacia el racionalismo económico, inclinación que no se manifestaba entonces, como tampoco ahora, entre los católicos en ninguna de las circunstancias en que puedan hallarse.[17] La causa de tan disímil conducta habremos de buscarla no sólo en una cierta situación histórico-política de cada confesión[18], sino en una determinada y personal característica permanente.

Antes que nada habría que dilucidar la problemática, investigando cuáles son o fueron los elementos de las características confesionales que actuaron o actúan, en parte, en la dirección de referencia. Podríamos intentar la explicación de la antítesis, desde un punto de vista superficial y moderno, afirmando que el mayor “distanciamiento del mundo” católico, el cariz ascético peculiar de sus más altos ideales, tiene que ejercer su influjo en el espíritu de sus fieles con respecto a un despego ante los bienes terrenales. En tal explicación podría hallarse la coincidencia con el popular esquema que sirve en la actualidad para juzgar las dos confesiones.

En cuanto a los protestantes, éstos se valen de dicha concepción para censurar el idealismo ascético, real o supuesto, de la vida del católico, a lo cual éste responde reprobándole el espíritu materialista, que podría tomarse como resultado de la campaña de instrucción laica de toda la compilación vital llevada a término por el mundo protestante. Nos valemos de la fórmula lograda por un escritor moderno cuya intención fue dar, precisamente, la explicación acerca de la conducta observada, opuestamente, en la vida industrial de ambas confesiones: “El católico..,siendo el más tranquilo, el menos dotado de afán adquisitivo, tiene preferencia por una vida bien asegurada aunque los ingresos en ella sean de menos cuantía que los que pudiera redituarle una vida de incesantes peligros y exaltaciones tras los honores y las riquezas adquiridos eventualmente. Si analizamos el refrán que reza: comer bien y dormir tranquilo, vemos que el protestante es quien se decide por lo primero, en tanto que al católico le gusta más dormir tranquilo”.[19] Con eso de “comer bien”, podemos, de hecho, hablar acertadamente, siquiera en parte, de la motivación principal de las zonas más diferentes en cuanto a la religión del actual protestante alemán, exclusivamente de éste. Lo que ocurría en los tiempos idos era del todo distinto: los puritanos ingleses, holandeses y americanos se caracterizaban, sin duda, por un sentimiento de amor al mundo opuesto totalmente. Este era, con exactitud, uno de los rasgos más peculiares y de mayor importancia. Además, hemos de tomar en cuenta que en el protestantismo francés permaneció por largo tiempo (y, en cierto modo, aún permanece) el sello que se dio a las iglesias calvinistas, de manera general, y, sobre todo, a las “bajo la cruz”, en la época de las luchas por la religión; sin embargo —podríamos preguntarnos si no es por eso mismo—, considerando lo poco permitido por la persecución, fue y es uno de los puntos de apoyo más consistentes de la evolución económica y capitalista francesa. Si se ha dado en llamar algo así como “alejamiento del mundo” a dicha sobriedad y al severo predominio de los intereses de la religión en la conducta práctica, los calvinistas franceses están, siquiera, tan alejados del mundo como los católicos alemanes del norte, cuyo espíritu católico es más hondo y sincero que en ningún otro pueblo del orbe. Y ambos se distinguen de los bandos religiosos dominantes en sus respectivos países: el de los franceses católicos amantes del buen vivir en las esferas más bajas y de un modo directo anticlerical en las de arriba, y el de los protestantes alemanes, que se hallan dominados en las esferas superiores por la terrenal ambición de lucro, en tanto que, por la religión no sienten ningún interés.[20] Es uno de los hechos que más claramente evidencian que con la vaguedad de tales ideas del supuesto distanciamiento del mundo de los católicos y algo más por el estilo, no se llega a ninguna parte, pues, con tanta vaguedad hay suposiciones que pueden tener aún validez en la actualidad y, en parte, nunca la tuvieron en lo pasado. Por cuya razón, si se pretendiera recurrir a ellas, habría que dar cabida a otra serie de conjeturas que vienen en mente de inmediato e, inclusive, habría motivo para pensar en que toda esa contradicción sin esclarecer entre alejamiento del mundo, sobriedad y espíritu religioso, por una parte, y la colaboración en la actividad capitalista, por otra, no debería convertirse más bien en un estrecho lazo.

En efecto, lo primero que causa extrañeza —para dar principio a la enumeración de alguno que otro elemento puramente externo— es la gran cantidad de representantes de las más auténticas y profundas formas del cristianismo, surgidas realmente de los grupos mercantiles. De manera particular el pietismo debe re conocer este origen en gran parte de sus adeptos de observancia más rigurosa. Seria fácil imaginar que el “mammonismo” actúa como agente, para producir la revulsión en ciertas naturalezas internas y algo impropias para la profesión mercantil; y, con certeza, se originó de manera subjetiva tanto en Francisco de Asís como en los pietistas con el carácter de “advenimiento de la conversión”. Asimismo, cabe entender el fenómeno no tan asiduo y raro —hasta el caso de Cecil Rhodes— de que las casas parroquiales, en su mayoría, se hayan convertido en el núcleo creador de empresas capitalistas de altos vuelos, lo cual bien pudiera interpretarse como una consecuencia en la actitud ascética de la juventud. Mas, este juicio es inexacto cuando, simultáneamente, surge en una persona o colectividad la “virtud” capitalista del sentido del negocio y una forma intensa de religiosidad, que inunda y regula todos los actos de la vida. Claro está que esto no ocurre sólo en casos aislados, sino que viene a constituir, precisamente, un signo peculiar de grupos, en su totalidad, de las más importantes sectas y templos del protestantismo, especialmente en el calvinismo, en cualquiera de los lugares donde haya surgido.[21] En los tiempos en que ocurrió la expansión de la Reforma, ni el calvinismo ni ninguna de las demás confesiones religiosas se vinculó a una determinada clase social; sin embargo, es característico, y podríamos decir que un tanto “típico”, que en las iglesias hugonotes, de Francia, por ejemplo, la mayor parte de sus prosélitos estaba formada por monjes e industriales (comerciantes, artesanos), especialmente en el período de la persecución.[22] Ya los españoles estaban conscientes de que “la herejía” (aplicada al calvinismo) “era benéfica al espíritu comercial”, teoría que sostuvo enteramente sir W. Petty en su alegato acerca de las razones del crecimiento capitalista en los Países Bajos. Concedemos la razón a Gothein [23] al calificar a la Diáspora calvinista en su calidad de “vivero de la economía capitalista”.[24] Es posible atribuir en esto, como elemento decisivo, la superioridad de la cultura francesa y holandesa en el terreno de la economía, de la cual nació precisa mente, esa Diáspora, así como el poderoso influjo del destierro y la violencia en la ruptura de las relaciones tradicionales.[25] No obstante, de igual manera acontecía en Francia, en pleno siglo XVII, según lo demuestran las luchas de Colbert. También Austria —aparte de otros países— trajo consigo algunas veces directamente fabricantes protestantes. Pero, no se puede decir que todas las sectas protestantes hayan actuado con el mismo ímpetu en esa dirección. Por lo que respecta al calvinismo, probable mente su actuación en Alemania tenía la misma significación; por excelencia provechosa debió ser la confesión “reformada”,[26] para la expansión del espíritu capitalista, si entablamos una comparación con otras confesiones, ya sea en Wuppertal o en otros lugares, claro está que un tanto más que el luteranismo como lo demuestra la confrontación general y en sus pormenores, particularmente en Wuppertal, [27] lo cual ha sido corroborado por Buckle, en Escocia y, en especial, por Keats entre los poetas ingleses.[28]

Hay algo más digno de mencionarse: el nexo evidente entre la detallada norma religiosa de la vida y el desenvolvimiento más agudo del espíritu comercial, muy particularmente en la mayor parte de las sectas en las cuales el llamado “aleja miento del mundo” les es tan propio como la abundancia; y aquí debemos mencionar, muy particularmente, a los cuáqueros y menonitas. Y así como aquéllos jugaron su papel en Inglaterra y Norteamérica, fueran los menonitas quienes lo representaron en Alemania y los Países Bajos, siendo un caso insólito que en la Prusia oriental el propio Federico Guillermo 1 los considerase como factores imprescindibles del avance de la industria, no obstante haberse negado, rotundamente, al servicio militar. Este hecho es uno más que apoya la afirmación y, obviamente, uno de los más peculiares, dada la naturaleza de aquel monarca. Es bien sabido, también, que entre los pietistas estaba en vigor la unión de la piedad más vehemente con el cultivo del sentido y el triunfo del comercio.[29] Puede ser suficiente evocar el estado de Renania, o a Calw, entre otros muchos ejemplos, pues no es necesario recurrir a otros sólo eventuales. Con lo dicho queda, sin duda, demostrado el espíritu de “laboriosidad”, de “avance”, según como se quiera decir, y no puede confundirse con el habitual significado de “amor al mundo”, o de ilustrado, ni con otro cualquiera. El protestantismo de Lutero, Calvino, Knox y Voët, en sus inicios, casi nada tenía en común con lo que ahora se conoce por “progreso”. Indudablemente, era contrario a muchos aspectos de la sociedad moderna, a los cuales les sería difícil renunciar a ellos en la actualidad, por más leal que sean a su credo. Además, si pretendemos hallar un nexo entre ciertas manifestaciones del protestantismo y de la cultura capitalista moderna, no será en el “amor al mundo” (supuestamente imaginado) en mayor o menor grado materialista (diríamos opuesto al ascetismo), sino, con más exactitud, en sus características netamente religiosas. Montesquieu, en Espirit des lois (libro XX capítulo VII) dice que los ingleses son quienes “más han contribuido, entre la totalidad de los pueblos del mundo, con tres elementos de suma importancia: la piedad, el comercio y la libertad”. ¿Hay coincidencia real entre su superioridad en el orden industrial —así como en su inclinación a la libertad— con aquel espíritu piadoso que Montesquieu les atribuye?

Si nos proponemos dilucidar la cuestión en dichos términos, habremos de tropezar de inmediato con otras muchas respuestas tan intuidas confusamente como importantes. El objetivo nuestro debe ser, ahora, concretar lo intuido confusamente a fin de que podamos aclararlo hasta lo máximo y que nos pueda ayudar ante la inagotable dificultad de cualquier problemática histórica.

Para el logro se requiere, antes que nada, dejar a un lado las vagas suposiciones de las que nos hemos valido hasta aquí, y hacer lo posible por introducirnos en lo más característico de aquellos magnificentes ideales de religión en los que el cristianismo se ha fundamentado históricamente.

Sin embargo, se requieren aún, previamente, algunas consideraciones: antes que nada, acerca del distintivo propio del objeto en cuya explicación estamos interesados; luego, acerca del sentido que podamos hallar en la posible explicación, sin que nuestras investigaciones se salgan del círculo que las ciñe.

———–

6 Estudio publicado en el “Archiv fur Sozialwissenschajt und Sozialpolitik” (“Archivo de ciencia social y política social”), (J.C.B. Mohr Tubingen), vols, XX y XXI, 1904—1905. Entre lo mucho que se ha escrito en relación al mismo, me ajustaré a consignar las críticas mejor argumentadas: F. Rachfahl, Kaivi nismus und Kapitalismus (Calvinismo y Capitalismo) en la “Internationale Wochenschrift fur Wjssenschaft Kunst und Technik” (Internacional de ciencia, arte y técnica), 1909, núms. 39-43. Al respecto, puede verse mi contracrítica concerniente al “espíritu del capitalismo’ en el Archiv cit., vol. XXX, 1910, y la respuesta de Rachfahl, loc. cit. (Nochmals Kalvznismus und Kapitalismus (Todavía calvinismo y capitalismo)), 1910, núms., 22-25, así como mi conclusión
última, en el Archiv, vol. XXI. (Sospecho que Brentano, al formular su crítica a la que habré de referirme más adelante, no tenía cono cimiento de éstos últimos juicios míos, pues no alude a ellos.) En cuanto a Rachfahl, de preclara sabiduría, a quien tengo en alta estima, cuando rodea el problema deja al descubierto su escaso dominio en la materia, razón por la que no me ha sido posible extraer nada de la controversia entre nosotros, por lo infecunda,
sujetándome a proporcionar alguna que otra cita suplementaria de mi contracrítica y, a interlinear algún fragmento o nota a fin de no dar pie a un equívoco en lo futuro. Conviene examinar la obra Der Bourgeois (El burgués) de Sombart, al que me referiré en próximas notas. Por último, recomiendo el apéndice II del discurso de Lujo Brentano, pronunciado ante la Academia muniquesa de Ciencias en torno a “los orígenes del moderno capitalismo” (dado a conocer además en Munich, 1916, con algunos apéndices añadidos), crítica que también tomaré en cuenta oportunamente. Si ello despierta en alguien su interés, será fácil compulsar que no he omitido, desfigurado ni atemperado ninguna de mis aseveraciones consideradas fundamentales a medida que escribía mi artículo, así como ni mucho menos tampoco le he agregado nada que fuera a distorsionar el sentido del primer trabajo en lo que a doctrina refiere. Ciertamente, no existía motivo para ello, y si alguien llegare a ponerlo en duda no tiene más que profundizar en el libro. Las contradicciones en que han incurrido lo dos últimos maestros citados, lejos de ser para conmigo lo han hecho entre ellos. Brentano se enfrenta a Sombart en la obra de éste Die Juden und das Wirtschaftsleben (Los judíos y la vida económica) la juzgo, de manera objetiva, coincidente en base a muchos puntos, si bien por lo general injusta, dejando a un lado la falta de visión por parte de Brentano, en cuanto a lo contundente en la cuestión de los judíos, a lo cual en nuestra intención primera no le dimos cabida. (Luego podrá verse.)
En cuanto al plano de la ‘leología, cabe señalar insinuaciones de importancia en torno a nuestro trabajo; digamos que en principio, exceptuando divergencias de pormenores, nuestras aseveraciones han recibido cordial y objetiva mente, buena aceptación. Nos sentimos por ello satisfechos, con cuanta más razón porque no habría podido sorprenderme animadversión hacia la manera que debimos tratar los temas. Aquello que para un teólogo adicto a una religión es de valor en ella, no había de ser lo contundente en nosotros. Sencilla mente, hemos destacado desde el ángulo religioso, las perspectivas superficiales y descomedidas de la vida de las religiones, siempre en su apariencia real que con frecuencia debido a su mismo aspecto exterior y bruteza, han sido los de más grande ascendiente en el orden externo. Nos remitimos en particular de una sola vez (a cambio de la usual cita en cada determinada ocasión) a una obra que, dejando aparte el valor inherente de su contexto, viene a completar y reafirmar a la vez la solución hallada a nuestro problema. Se trata de Die Soziallehren der christlichen Kirchen und Gruppen (Las doctrinas sociales de las Iglesias y grupos cristianos), 1912, cuyo autor, E. Troeitsch, presenta la historia universal de la ética del cristianismo, de acuerdo con su propio y superior criterio. Ahora bien, E. Troeltsch se interesa especialmente por la doctrina, en tanto que las consecuencias prácticas de la piedad constituyen mi objetivo por encima de todo.

7 La discrepancia en otros casos no siempre tiene su explicación, pero, por lo regular, obedece al simple hecho de que el credo religioso del factor obrero de tal o cual industria esté sujeto, en primer lugar al que predomina en el país del cual procede, o en el que sean incorporados dichos trabajadores. Es frecuente que este hecho desfigure, por de pronto la imagen que presentan las estadísticas al respecto. Tenemos como ejemplo el caso de Renania. Por otro lado, es obvio que los antecedentes no resulten definitivos si no se pormenorizan las profesiones con sus especialidades; de lo contrario se corre el riesgo de que determinados empresarios de gran envergadura sean clasificados en la misma categoría de “directores de industria” que aquellos “maestros” que trabajan con independencia absoluta. Y, aparte todo, es apremiante señalar que el “gran capitalismo” de hoy en día se encuentra desligado del todo, en especial por lo que atañe a la compacta masa de sus trabajadores con menos ilustración, del influjo que antaño pudo ejercer el credo piadoso.

8 Cf., verbigracia, Schell en “Der Katholizismus als Prinzip des Fortschri les (El catolicismo como principio de progreso) Würzburg, 1897, pág. 31. V. Hertling, Das Prinzip des Katholizismus und die Wissenschaft (El principio del catolicismo y la ciencia), Friburgo, 1899, pág. 58.

9 De entre el acopio de material estadístico de que disponemos en relación a estos asuntos, un alumno mío ha elaborado en base a la estadística confesional de Baden. Cf., Martin Offenbacher, Konfessions und soziale Schich tung (Confesión y estructura social). Un análisis del estado económico de los católicos y protestantes de Baden. (Tübingen y Leipzig, 1901, Vol. IV, fasc. 5 de los “Cuadernos de Economía de la Universidad de Baden”.) En la continuidad de la tarea emprendida nos hemos valido de este trabajo para ilustrar con hechos y notas, nuestras aseveraciones.

10 Remontándonos al año 1895, ponemos el ejemplo de que en Baden existía un capital tributario integrado por rentas de capital de 954,060 marcos por cada millar de protestantes, frente a 589,000 marcos por la misma suma de católicos. Los judíos, por su parte, superaban en exceso estas cifras, pues por cada mil de ellos correspondía cuatro millones de marcos. (Datos registrados por Offenbacher, 1oc., cit., pág. 21.)

11 Con respecto a esta cuestión deben establecerse comparaciones entre todos los razonamientos emitidos por Offenbacher en el trabajo de referencia.

12 Offenbacher, en los dos primeros capítulos de su obra citada registra con más precisión otros pormenores concernientes a Baden.

13 En el año de 1895, se calculaba en la ciudad de Baden un 37.0% de protestantes, un 61.3 de católicos y un 1.5 de judíos. No obstante, según Offenbacher (loc. cit., pág. 16) entre 1895 y 1891, la confesionalidad escolar en los jóvenes de las escuelas nacionales y libres se repartía así:

Protestantes Católicos Judíos Liceos………………………………………………………………43%46%9.5%

Liceos profesionales………………………………………….……69%31%9%

Escuelas profesionales europeas……………………………………52%41%7%

Escuelas profesionales…………………………………………… ..49%40%11%

Escuelas municipales superiors……………………………………51%37%12%

Media…………………………………………48%42%10%

El mismo hecho tiene lugar en Prusia, Baviera,Würltenberg, Austria y Hungría. (Cf. Offenbacher, loe. cit., pág. 18 y ss.)

14 Cf. las cifras de la nota precedente. La proporción de católicos en los institutos de segunda enseñanza, respecto a la población total, es una tercera parte menor, con una mínima excepción en los liceos a causa de la contribución de sus enseñanzas para la formación teológica. Es también característico que en Hungría, la asistencia de protestantes a las escuelas secundarias sea mayor que en ninguna otra parte. (Offenbacher, loe. cit., pág. 19, última nota)

15 Offenbacher, loe. cit., pág. 54, demostración de tablas al dar por terminado el trabajo.

16 Ello se encuentra muy bien observado por Sir William Petty en los fragmentos de sus escritos, los cuales citaremos en su oportunidad.

17 En lo que concierne a Irlanda, Petty expone ejemplos fundamentados, simplemente, en que el marco protestante en dicho país estaba integrado por lores absentistas. Una afirmación en un sentido opuesto habría sido falsa. La prueba fehaciente de ello se encuentra en la parte que corresponde a los “Scotch-Irish”. Tanto en Irlanda, como en todos los países, el capitalismo el protestantismo estuvieron típicamente relacionados. Véase C.A. Hanna, The Scotch-Irish, 2 Vols. Nueva York, Putnam.

18 Claro está que ello no imposibilitaba los notables resultados que la última tuvo por igual, así como, especialmente, no se opone a la realidad de que, como luego veremos, para el desenvolvimiento de todo un clima necesario en muchas sectas protestantes (sin excluir su contribución en la vida eco nómica) tuvo una trascendencia extraordinaria el hecho de que fueran pocas las minorías y, por ende, homogéneas. Podemos advertirlo, por ejemplo, con los genuinos calvinistas no sólo en Ginebra y Nueva Inglaterra, sino en otras partes, inclusive allí donde en el terreno de la política, ellos ejercían su dominio.

No existe ninguna conexión entre el problema que nos ocupa y, el acontecimiento de todos bien sabido, con respecto a la constante afluencia de emigrantes de todos los credos religiosos existentes (indios, orientales, chinos, sirios, fenicios, griegos, lombardos, “trapezitas”) que se fueron estableciendo en otras partes del orbe, representativos del espíritu mercantil de países más avanzados. Brentano, en su estudio acerca de los “orígenes del capitalismo moderno”, pone como ejemplo de esta aseveración, el caso de su propia familia. Lo cierto es que en todas las épocas y en todos los países, nunca ha dejado de haber notables banqueros procedentes de uno y otro país que no es el preferido para instalarse, que llevan consigo valiosas experiencias y son interpretativos de conexiones mercantiles.

Esto, no es propiamente algo típico del capitalismo; pronto, inspiraron suspicacias de orden moral en los protestantes, acerca de lo cual hablaremos luego. Algo más aconteció con las familias de la rama Muralt y Pestalozzi que se trasladaron de Locarno a Zurich, llegando a convertirse al poco tiempo en los impulsores de un significado avance capitalista, especialmente en la industria, por excelencia moderna.

19 Dr. Offenbacher, loe. cit., pág. 68.

20 Véase el extraordinario ensayo de W. Wittjch, Deutsche und französische Kultur im Elsäss (Cultura alemana y francesa en Alsacia), dado a la publicación en la “Illustrieste Elsäss”. Rundschau, 1900, y, luego, en impresión aparte.

21 Con ello se da a entender que en unas y otras veces surgían, en los respectivos lugares, las probabilidades de un desarrollo capitalista.

22 Referente a este tema, véase: Dupin de St. André, L ‘ancien église réformée de Tours. Les membres de l’église (“Bull. de la Soc. de l’Hist. du Protest”. Vol. 10). Un católico más que nadie habría de ver en todo eso la causa primordial del intenso afán de salirse de la sujeción monástica y aun, en general, de toda intervención por parte del clero. Sin embargo, el juicio de los opositores de aquel tiempo, inclusive de Rabelais, iba en contra de esta interpretación; es más, y sirva como ejemplo, las impugnaciones, por razón de conciencia, declaradas en los sínodos preliminares celebrados por los hugonotes (verbigracia, el 1 Sínodo, C. partic., qu. 10, en Aymon, Synod, Nat., pág.10) entre cuyas preguntas formuladas está la referente a si la jefatura de la Iglesia puede darse a un banquero. Por otro lado, y pese a la postura firme de Calvino en lo tocante a este asunto, los adeptos más estrictos no desperdiciaban la oportunidad en los sínodos nacionales para promover reiteradamente la discusión acerca de si era lícito el préstamo a crédito. Con sólo esto queda probada la intervención activa de todos los círculos interesados y, muy especialmente, se pone de manifiesto que el afán de entregarse a la usuraria pravitas prescindiendo del control de la confesión no podía constituir un elemento concluyente. En Holanda el caso es el mismo, y a ello nos referiremos luego. Nos asiste, la razón al afirmar que a la proscripción canónica de la usura, no le damos la menor importancia en nuestras exploraciones.

23 W. G. des Schwarzwaldes, 1, 67.

24 Consúltese al respecto las concisas observaciones de Sombart, Der moderne Kapitalismus (El moderno capitalismo) la. ed. pág. 380.

Lamentablemente, de las grandes obras de Somiart aquella que, en esta materia, considero de tono menor (Der Bourgeois (Él burgués), Munich, 1913) es en la que su autor defiende una “tesis” radicalmente errónea. Más adelante me habrá de ser propicio el momento para hacer hincapié en ello. Ciertamente Sombart no pudo escapar del influjo ejercido por F. Keller a través de su Unternehmung und Mehrwet (Empresa y plus (“Escritos de la Sociedad goerresiana” vol. 12), que no tiene el grado de calidad logrado por otras publicaciones apologéticas, pese a sus observaciones sutiles, aun cuando no todas originales.

25 No hay duda que encierra una verdad el simple hecho de la transferencia del lugar de trabajo, por cuanto constituye un factor poderoso de la intensificación (cf. también, supra, nota 12). Pongamos como ejemplo el caso de una joven polaca, que por más promesas de aumento de salario no pudo dejar de ser negligente en su trabajo habitual; pero una vez efectuado el traslado, por ejemplo a Sajonia, su carácter en el medio laboral se ha transformado y demuestra probabilidades nunca sospechadas para sacarles provecho económico. El hecho se manifiesta igual en los trabajadores emigrados de Italia. Lo verdadero si bien va unido a un factor concluyente, no es debido al simple ingreso en un ambiente de civilización más avanzada, ya que el fenómeno no deja de producirse cuando, por ejemplo, en la agricultura, el trabajo es exacta mente el mismo y, además, es probable que la condición de emigrado requiera un menoscabo transitorio en el standard de vida, que no habría sido f de sobrellevar en el país de origen. El simple hecho de laborar en una atmósfera diferente de la usual es lo que re quebraja la tradición e interviene en calidad de elemento educativo.

Está por demás señalar hasta dónde se fundamenta en resultados de tal carácter la mayor parte del desarrollo económico de América del Norte. En la Antigüedad, gracias a la documentación de que disponemos, se comprueba con bastante claridad cómo el destierro de Babilonia alcanzó el mismo alcance para los judíos y algo parecido aconteció entre los persas. Con los protestantes, la fuerza de sus respectivos carices piadosos opera en calidad de medio estrictamente autónomo, a semejanza de los Jairas en la India; prueba de ello es la innegable diferencia de la configuración económica que existe entre las colonias puritanas de Nueva Inglaterra, Maryland, por excelencia católica, el Sur episcopaliano y Rhode Island, la interconfesional.

26 No es ignorado que en la mayoría de sus formas deviene un calvinismo o zwinglianismo atemperado.

27 En la ciudad de Hamburgo, poco menos que de un luteranismo puro, una sola fortuna es la que procede del siglo XVIII y es patrimonio, precisamente, de los descendientes de una familia que adoptó la Reforma (esta particularidad me fue proporcionada, gentilmente, por el profesor A. Whal).

28 En consecuencia, no es ninguna novedad confirmar, ahora, esta relación que ya fue analizada por Laveleye, así como por Matthew Arnold y otros más; lo sorprendente es el cariz dubitativo, sin fundamento alguno, razón por la cual debe esclarecerse.

29 Ello no es obstáculo, obviamente, que, así como el pietismo oficial, también otras direcciones piadosas se han declarado contrarias luego, debido a los vestigios de una mentalidad paternalista, a ciertos avances de la constitución económica del capitalismo (digamos, la transición de la industria doméstica al método de fábricas). Es necesario proceder con esmero a un aislamiento (ocasión habrá de comprobarlo reiteradamente), de aquello que era un anhelo idealista en la dirección de una religiosidad específica y el influjo práctico que ejercía en la conducta de sus adeptos.

(Con respecto a la precisa habilidad de los trabajadores pietistas en su cometido, sugiero considerar los casos por mí presenciados en una fábrica de Westfalia, aducidos en mi escrito titulado Zur Psychophysik dergewerblichen Arbeit (Psicofísica del trabajo industrial), aparecido en el “Archiv. F. Soziologie” (“Archivos de Sociología”, Vol. XXVIII, en especial pág. 263.))

Deja un comentario y a la mayor brevedad le responderé.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s