En EE. UU., uno de cada tres afroamericanos va a la cárcel


En EE. UU., uno de cada tres afroamericanos va a la cárcel

Tras el caso en Ferguson, la inequidad social y las tensiones raciales se resisten a desaparecer.

Por: SERGIO GÓMEZ MASERI |23 de agosto de 2014

Decenas de afroamericanos protestaban en Misuri, mostrando una pancarta con los nombres de víctimas de agentes policiales en Estados Unidos.

Foto: Reuters

Decenas de afroamericanos protestaban en Misuri, mostrando una pancarta con los nombres de víctimas de agentes policiales en Estados Unidos.

Cuando Barack Obama ganó la presidencia en noviembre del 2008 muchos pensaron, y no sin razón, que con ello Estados Unidos finalmente daba vuelta a una página marcada por esclavitud, racismo y discriminación.

Obama, el primer afroamericano en conquistar la Casa Blanca, no solo se hizo elegir con una de las votaciones más altas de la historia, sino que lo logró con el apoyo del 45 por ciento del voto blanco en el país.

Algo sorprendente para una nación en la que hace apenas 50 años algunos estados obligaban a los negros a sentarse en la parte de atrás del bus y no permitían que se mezclaran con los blancos en colegios y universidades. Pero los violentos disturbios que se vienen presentando desde hace dos semanas en Ferguson (Misuri) parecen demostrar que esa herida aún está lejos de cerrarse.

Toda una paradoja, además, pues es Obama el que ahora tiene que lidiar con la crisis racial más severa que se registra en EE. UU. desde las manifestaciones que se desataron en Los Ángeles, en 1992, tras la absolución de cuatro policías acusados de golpear brutalmente a Rodney King, un joven de color.

En esta ocasión, los elementos son muy similares. Michael Brown, un joven afroamericano de 18 años, murió el pasado 9 de agosto tras recibir seis impactos de bala disparados por Darren Wilson, un policía local. Testigos, entre ellos otro joven que estaba con Brown en el momento de su muerte, sostienen que el oficial lo asesinó pese a que estetenía las manos levantadas en señal de rendición. La versión de Wilson, que comenzó a circular esta semana, es que el joven intentó arrebatarle el arma, lo golpeó en el rostro y se le abalanzó.

Gran parte de la comunidad de Ferguson, en un 70 por ciento afroamericana, cree que a Brown lo mataron por su color de piel y han ventilado años de abusos de una fuerza pública en la que 50 de sus 53 policías son blancos.

Desde entonces llevan 14 días marchando en las calles, exigiendo justicia y enardecidos, además, porque el fiscal al que se le encargó el caso no solo es blanco, sino un hijo de un policía asesinado por un negro.

Las protestas, que se han tornado violentas y suman ya decenas de heridos y cientos de arrestos, han despertado la atención nacional donde también han surgido grupos que defienden al policía y reclaman que se le esté condenando sin ofrecerle siquiera la oportunidad de defenderse durante un proceso judicial. Tan extremos como el temible Ku Klux Klan, que todavía existe y promueve la recaudación de fondos para la defensa del agente.

En San Luis (Misuri), una mujer blanca exhibe un cartel del policía que le quitó la vida a Michael Brown. En contraste, un afroamericano pide justicia. Foto: AFP.

En líneas generales, y más allá del mismo caso y las protestas callejeras, la mayoría de expertos coinciden en que en Ferguson hicieron erupción tensiones raciales que aún persisten en ciertas regiones del país. Especialmente en los estados del sur y centro-sur (como Misuri), donde fue más aguda la segregación racial que terminó, al menos sobre el papel, cuando se aprobó el Acta para los Derechos Civiles de 1964.

Hasta comienzos de los 80, los blancos representaban el 85 por ciento de la población (frente a un 14 por ciento de los negros) en este suburbio de San Luis, la ciudad más grande de Misuri. Pero a lo largo de esa década muchas familias afroamericanas comenzaron a llegar en busca de oportunidades.

Para cuando se hizo el último censo, en el 2010, los negros ya representaban el 69 por ciento frente al 29 por ciento de los blancos. Pese a ello, todas las estructuras de poder permanecieron bajo el control de esta minoría. Tanto la Policía como la Alcaldía, el Concejo y la Junta del Colegio Municipal están controlados casi en su totalidad por funcionarios blancos.

Justicia desproporcionada

De acuerdo con un editorial reciente de The New York Times, “es fácil entender en ese contexto de dónde provienen las tensiones que se vienen registrando y que no son exclusivas de Ferguson”.

Según el diario, no se trata solo de quién ostenta el poder –en el caso de Ferguson, obviamente desproporcionado–, sino de la manera como se administra.

Un informe realizado por la Fiscalía de Misuri en el 2013 revela que en este pueblo la Policía es siete veces más propensa a detener de manera preventiva a negros que a blancos, aun cuando no se ha cometido un crimen. De hecho, este año, y antes de que estallara el caso Brown, la Asociación Nacional para el Desarrollo de las Personas de Color (NAACP) había presentado una querella judicial contra el condado de San Luis, citando casi 400 casos de discriminación y abuso contra la población afroa-mericana.

Pero para Roger Goldman, profesor de derecho en la Universidad de San Luis, el tema es más de fondo y se encuentra enquistado no solo en Ferguson, sino en la misma sociedad estadounidense. “Es mucho lo que se ha avanzado en estos 50 años. Por supuesto, ya no hay linchamientos y hasta tenemos un presidente negro. Pero la discriminación racial persiste de manera más sutil en muchos frentes. Por ejemplo, en la misma estructura del sistema judicial, que parece promoverla y que genera una profunda desconfianza de los afroamericanos frente un establecimiento que se asocia con la raza blanca”, dice el experto.

Y sobre esto existen decenas de estudios y estadísticas que parecen demostrarlo. Un informe reciente de la UCLA concluía que en Estados Unidos un afroa-mericano tiene cuatro veces más chances de ser arrestado sin justa causa que un blanco.

En Nueva York, sostiene otro reporte, de Civil Liberties Union, la policía de la ciudad detuvo en el 2012 a 254.522 afroamericanos (el 55,2 por ciento de todas las detenciones preventivas) frente a 45.000 blancos (solo el 9,7 por ciento).

A la hora de las sentencias también aparecen este tipo de disparidades: en un reporte del US Sentencing Commission, elaborado en el 2011, se resaltaba cómo a los afroamericanos se les imparten condenas un 10 por ciento superiores a las de los blancos por el mismo delito.

Así mismo, hay leyes que penalizan con más dureza la posesión del crack (droga usada más por afroamericanos) que la de cocaína (más costosa y que se mueve en círculos de blancos) sin que exista ninguna razón lógica para que exista tal diferencia. En el 2012, un estudio de la Universidad de Leyes de Michigan llegó a exactamente a las mismas conclusiones.

El dato más aterrador, de acuerdo con cifras del Departamento de Justicia, es que uno de cada tres afroamericanos pasará en algún momento de su vida por la cárcel, mientras que entre los blancos la cifra es de 1 por cada 20.

Muchos de los críticos de esta aparente discriminación racial apuntan a las mismas cifras oficiales del FBI, según las cuales los negros son detenidos y encarcelados con más frecuencia por que son los que más crímenes cometen. Señalan las estadísticas que más del 30 por ciento de todos los delitos –robos, asesinatos, tráfico y posesión de drogas, etc.– son cometidos por afroamericanos, pese a que solo representan el 12 por ciento de la población nacional.

Pero Jamille Bouie, que escribe sobre temas raciales en el Daily Beast, cree que eso es relativo y lo explica así: “En Estados Unidos, afroamericanos y blancos tienen las mismas tasas de consumo de marihuana (el 14 por ciento) y, sin embargo, el índice de arrestos de los negros por este delito es tres veces más alto. En otras palabras, si hay dos pueblos, uno al lado del otro, en donde la tasa de crimen es idéntica, pero solo te dedicas a perseguir a infractores en uno de ellos, es obvio que ese tendrá tasas más altas de criminalidad”.

50 de los 53 policías de este suburbio de Misuri son blancos. Aquí un manifestante pasa en frente de ellos. Foto: AFP.

Según él, la discriminación por raza no solo existe en el ámbito judicial. En un interesante estudio que realizó el año pasado la Universidad de Chicago se entregaron a potenciales empleadores las hojas de vida de más de 5.000 personas cuya única diferencia radicaba en que los nombres de los aspirantes eran los típicos entre negros y blancos. “En casi un 75 por ciento de los casos los empleadores se inclinaron por hojas de vida con nombres que sonaban a blanco”.

Y está documentado, también, cómo los negros, en promedio, ganan un 25 por ciento menos que los blancos pese a realizar el mismo trabajo y tener las mismas calificaciones”, afirma el analista.

Brecha racial

Nadie duda a estas alturas de que existe un vínculo directo entre estas disparidades y los eventos que se vienen registrando en Ferguson. Sin embargo, hay otro factor, que es quizá igual de importante, pero que no está asociado necesariamente con el color de la piel: la creciente brecha entre ricos y pobres que existe en Estados Unidos.

Un estudio del Centro Pew, cuyos datos están basados en el censo nacional del 2010, indica que las familias de raza blanca poseen un nivel de riqueza (activos menos deudas) 20 veces superior al de los afroamericanos y 18 veces más grande que el de los hispanos. Es decir que mientras los primeros tenían para ese año –en promedio– unos 230 millones de pesos en riqueza, los segundos, solo 11 millones, y 13 millones los hispanos.

Según Pew, se trata de la brecha más grande que se registra entre estos tres grupos raciales desde que el Gobierno comenzó con este tipo de mediciones, y representa una triplicación de la diferencia en los últimos 25 años.

Más aún, el índice de pobreza entre afroamericanos –el grupo más pobre de todo el país– es tres veces más alto que el de los blancos (29 por ciento contra 9,5 por ciento) mientras que la tasa de desempleo se pasa del doble (11,4 contra 5,3).

En Ferguson las cosas son aún peores: la tasa de desempleo para afroamericanos es del 13 por ciento, y solo uno de sus diez barrios mantuvo el nivel de pobreza por debajo del 16 por ciento (la media nacional).

De acuerdo con una artículo publicado por The Economist, en la práctica todo se traduce en un círculo vicioso que termina imponiendo una segregación no racial, sino socioeconómica.

Eso porque la pobreza no solo atrae más pobreza, sino que lesiona las oportunidades educativas, que son claves para ascender en la escala social. El estancamiento –o en este caso retroceso de la población afro– retroalimenta los resentimientos, que, mezclados con las disparidades raciales, se convierten en una bomba de tiempo. Como la que estalló hace dos semanas en Ferguson.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington.

http://www.eltiempo.com/mundo/ee-uu-y-canada/protestas-por-racismo-en-estado-unidos/14427977

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