Libre albedrio (P.3)


Libre albedrío (P.3)

Por Paulo Arieu

Introducción

Acaso no hay tema en el campo de la antropologia filosofica como el de la libertad humana. Lo referido a la “voluntad libre” conocida también como “libre albedrio”,la opinión generalizada es que el ser humano,por naturaleza y, a pesar del pecado, dispone de esa facultad.

El Libre albedrio en la cultura popular

Una de las más famosas historias del libre albedrío es el relato de Frank R. Stockton de 1882 titulado ¿La Dama o el Tigre?, en la que la protagonista se somete a una difícil decisión. En el relato de ciencia ficción de Larry Niven Todos los Caminos de la Miríada toma la teoría del libre albedrío de los universos múltiples a un “reductio ad absurdum”.

También, tanto en la trilogía de The Matrix como en la película The Devil’s Advocate existen muchas referencias al libre albedrío y a la importancia de hacer nuestras propias elecciones. En Bruce Almighty al personaje principal, Bruce Nolan (Jim Carrey), le fueron dados los poderes de Dios por un período de tiempo con la advertencia de que «no podía interferir con el libre albedrío». En la película Donnie Darko, el personaje principal puede ver lo que Dios planea que la gente haga, una implicación del pensamiento cristiano del libre albedrío.

En los videojuegos de la serie Legacy of Kain, uno de los personajes principales, Raziel, es el único con libre albedrío. Todos los otros personajes son dominados por la Rueda del Destino y a ellos sus líneas del tiempo fueron escritas desde el inicio hasta el final mientras Raziel tenía oportunidad para cambiar su línea de tiempo como él lo eligiese usando varias máquinas del tiempo.[1]

El libre albedrío, la filosofia griega y las escrituras

UNO DE LAS MAS IMPORTANTES OBRAS ESCRITRAS DE LA FE Y DOCTRINA REFORMADA LA CUAL ES POCO CONOCIDA Y CASI OLVIDADA EN EL CRISTIANISMO MODERNO, PERO QUE ES UNA OBRA DE GRAN CALIBRE TEOLOGICO E INTELECTUAL:  EL LIBRE ALBEDRIO, LA FILOSOFIA GRIEGA Y LAS ESCRITURAS [2]

melanchton

Los Griegos  han escrito acerca de este tema, pero están por todas partes y no unificados, yo no seguiré las opiniones de los hombres en este asunto, seré muy claro y muy directo en este tema. Los antiguos y los escritores modernos han escrito acerca de esta tema pero lo han oscureció, pues ellos estaban interpretando las Escrituras en tal forma que ellos pueda satisfacer la razón humana. Para ellos, los hombres, no era demasiado refinado que el hombre peca por necesidad, y para ellos parecía demasiado cruel que la voluntad sea culpada si no puede volverse de los vicios a las virtudes. Por lo tanto ellos atribuían más cosas al poder humano de lo que es por derecho y fluctuaban grandemente cuando ellos miraban que las Escrituras en todas partes contradicen la razón humana. Aunque esta doctrina del “libre albedrio” difiere grandemente en su filosofía y razón humana con la doctrina Cristiana, ha logrado entrar filosóficamente dentro del Cristianismo.

La doctrina impía del “libre albedrio”  entró de lleno y oscureció los beneficios de Cristo a través de la sabiduría profana y humana de nuestra razón. El término “libre albedrio” ha sido usado por los hombres, un término mas incongruente con las Escrituras y contra el sentido y juicio del Espíritu, un término que ha ofendido y ofende a hombres santos.  Debemos de entender que la perniciosa palabra “razón”  vino a través de las enseñanzas de Platon, pues asi como en estos últimos tiempos la Iglesia [Romana] ha abrazado la filosofía de Aristoteles en vez de Cristo, asi inmediatamente al principio de la Iglesia Cristiana la doctrina fue debilitada por la filosofía Platónica. De manera que aparte de las Escrituras Canónicas, no existe una literatura confiable en la Iglesia. En forma general, todo lo que nos ha llegado en comentarios está con la pestilencia de la filosofía.

La Operación del Libre Albedrío en los cuatro estados Del Hombre

Durante la historia del hombre podemos diferenciar cuatro estados de la naturaleza, aunque solamente Adán y Eva los vivieron todos en su vida. Estos estados de la naturaleza humana son divididos de la siguiente forma:

1. Pre caída
2. Post caída
3. Regenerado
4. Glorificado

Ciertamente hay una directa relación entre cada uno de estos estados de la naturaleza del hombre y el libre albedrío que él tiene, o deja de tener. Robert Shaw, en su comentario a la Comentario a la Confesión de Fe, afirma que “existe una gran diferencia en relación a la libertad de la voluntad en los diferentes estados del hombre.”[7]

A continuación veremos como el hombre, en estos cuatro estados, presenta la capacidad de obedecer la ley de Dios, o sufre de la ausencia de dicha capacidad.

El libre albedrío en el Edén

El relato que Moisés hace de la creación nos dice en Génesis 1:31 que al finalizar el sexto día, Dios vio todo lo que había hecho y todo era bueno en gran manera. Los animales y el hombre, que son lo que Dios creó en ese último día de la creación, eran buenos, no había nada malo en ellos, Berkhof llama a este estado de “relativa perfección”[8]. Eran buenos porque, como dice Robert C. Harbach,

“todo estaba en armonía con el plan maestro del Arquitecto; porque todas las cosas cumplían el propósito para el cual fueron creadas”[9].

Esta idea coincide con el pensamiento de Charles Hodge que define la perfección del estado original del hombre diciendo que él

“estaba perfectamente adaptado al fin para el cual fue hecho y para la esfera en la cual fue designado a moverse”.

Así el adjetivo de bueno o la perfección de Adán no tienen que ver con una imposibilidad de ser mejor o de ser excelente, sino que habla de la utilidad del hombre dentro del plan de Dios.

La Confesión de Fe de Westminster en el capítulo IV, que habla acerca de la creación, nos define al hombre creado con las siguientes palabras:

…con alma racional e inmortal, dotados de conocimiento, rectitud y santidad verdadera, a la imagen de Dios, teniendo la ley de Dios escrita en su corazón, y capacitados para cumplirla; sin embargo, con la posibilidad de que la transgredieran dejados a su libre albedrío que era mutable. (IV.ii)

El texto de la Confesión nos habla de un hombre que era capaz de cumplir la ley de Dios que, aunque aún no estaba escrita como hoy la tenemos, ya estaba escrita en sus corazones y era enseñada verbalmente por Dios a ellos. La racionalidad del alma, junto con el conocimiento, justicia y santidad que formaban parte de la imagen de Dios con que fue creado, le permitían obedecer esta ley.

Esta racionalidad es distintiva en el hombre por sobre toda la creación. Una de las características únicas de la creación del hombre es que Dios sopló aliento [hm’v’n>, nüšämâ] de vida en la nariz del hombre. Robert L. Reymond afirma que con este nüšämâ Dios no sólo imparte vida sino que junto con ello también da comprensión espiritual de Él y su ley moral (Job 32:8) y conciencia (Pr. 20:27)[10].

Siendo el hombre un ser racional, con conocimiento de la ley moral y una naturaleza que tendía a lo bueno, él hacía normalmente lo que era agradable a los ojos de Dios, es decir, podía ejercer su libre albedrío. La teología reformada, en contraposición, por ejemplo, con la posición pelagiana, afirma que la naturaleza del hombre en el Edén no era de neutralidad moral, es decir, el hombre no estaba igualmente tendencioso hacia el bien y el mal, sino que afirma que el hombre fue creado con una naturaleza moralmente buena, que buscaba hacer la voluntad del Creador. Eclesiastés 7:29 afirma “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.” El adjetivo hebreo traducido como recto [rv’y”, yäšär] tiene la idea de justicia moral o de algo agradable a los ojos, eso es más que una mera neutralidad.

Todas estas virtudes que Adán tenía en el estado de inocencia son resumidas con el término justicia original, que es definido por Herman Hoeksema como “la bondad original de la naturaleza del hombre, de acuerdo a la cual era totalmente motivado por el amor de Dios, y de acuerdo a la cual con todas sus facultades y poderes se movía en la dirección de Dios de forma que la operación del corazón, alma, mente, voluntad y todas las fuerzas del hombre estuvieran de acuerdo con la voluntad de Dios.”[11]

Agustín, el teólogo del cuarto siglo que lideró la posición ortodoxa sobre el libre albedrío en contra de Pelagio, dice lo siguiente acerca de la condición del libre albedrío de Adán en el estado de inocencia:

El primer hombre podía no pecar, podía no morir, podía no abandonar el bien. ¿Podemos decir que no podía pecar gozando del don de la libertad? ¿O no podía morir, si le fue dicho: Si pecares, morirás? ¿O no podía abandonar el bien, si lo abandonó por el pecado y por eso murió? Por tanto, la primera libertad de la voluntad era poder no pecar… la primera libertad era poder no morir… la primera posibilidad de la perseverancia era poder no abandonar el bien…[12].

En el entendimiento de Agustín, y como continuaremos viendo, también en el de los teólogos que participaron en la redacción de la Confesión de Fe de Westminster, la voluntad (albedrío) era libre cuando ella puede alejarse del pecado, o, de forma positiva, cuando puede obedecer la ley de Dios.

Adán, en el estado en que fue creado, era un ser que tenía una relación con Dios en la cual el creador se agradaba de él, eso constituía su libertad. Herman Hoeksema dice “él fue creado libre, pero su libertad no era lo máximo que podía alcanzar. Su libertad no consistía en que pudiera, o no, pecar, sino en que él permanecía en perfecta rectitud, en armonía con la voluntad de Dios, de forma que amaba al Señor su Dios con todo su corazón.”[13]

La Confesión de Fe de Westminster dice lo mismo del estado del hombre en el Edén en su segundo párrafo del capítulo que habla sobre el libre albedrío: “El hombre, en su estado de inocencia, tenía la libertad y el poder para determinar y hacer eso que es bueno y agradable a Dios, pero aun mutablemente, para que pudiera caer de ese estado.” (IX.ii)

Mientras Adán aún no pecaba él tenía la capacidad de obedecer la ley de Dios, pero esa capacidad no era total ni definitiva, si Adán hubiese tenido la capacidad de no pecar no hubiese existido la caída, pero Dios lo creó como un ser lapsible con el fin de que el decreto de la caída se cumpliera.

Debemos recordar aquí que Adán, en su primer estado, se encontraba en un periodo probatorio llamado pacto de obras. En este pacto “se le prometió la vida a Adán, y en él a su posteridad, bajo la condición de obediencia personal y perfecta” (CFW. VII.ii). Si Adán no obedecía al mandato de Dios expresado en Génesis 2:16-17, él y toda su descendencia sufrirían las consecuencias de la caída. La descendencia de Adán también sufriría debido a que Adán, bajo el pacto de obras, representaba federalmente a toda la humanidad como Pablo afirma en Romanos 5:12-19[14].

El libre albedrío en el hombre caído

Moisés, en el relato de Génesis 3:1-6, nos muestra el momento donde Adán quiebra el pacto de obras. Adán, que se encontraba junto a Eva en el momento de la tentación, hizo un pronunciamiento de autonomía y libertad de Dios. Reymond afirma que la caída fue un acto de rebelión, “fue el hombre creyendo que él tenía el derecho de determinar lo que él sería metafísicamente… lo que él podría conocer epistemológicamente… y como él debería comportarse éticamente.”[15]

La Confesión de Fe de Westminster afirma que

“Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente depravados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo” (VI. ii). Así se cumple la promesa de castigo hecha por Dios en Génesis 2:17.

Adán quebró el pacto y, en las palabras de Brian Schwertley, “cuando Adán pecó, la humanidad completa cayó junto con él.”[16]Como todos caímos con él, las consecuencias también son sufridas por todos. Schwertley continúa diciendo

“la muerte espiritual y física pasó a todos los hombres. La culpa del pecado de Adán es pasada a todos por imputación, y la contaminación (depravación moral innata hereditaria) es pasada a todos los hombres naturalmente nacidos de Adán. Todos los hombres nacen naturalmente pecadores.”[17]

Esta depravación total de la que habla la Confesión es, en las palabras de Hoesema, “que el hombre naturalmente en toda su existencia, con todo su corazón, mente, alma, y fuerza, se ha vuelto un siervo del pecado; él es completamente incapaz de hacer algún bien e inclinado a todo mal.”[18] Esta depravación total del hombre incluye la pérdida del libre albedrío, pues en el hombre natural no se encuentra el deseo, ni la capacidad de actuar conforme a la ley de Dios. Esta unión entre la esclavitud del pecado y la pérdida del libre arbitrio también es vista por Calvino, que afirma:

Todos somos por nuestra naturaleza pecadores; luego se sigue que estamos bajo el yugo del pecado. Y si todo hombre está sometido a pecado, por necesidad su voluntad, sede principal del pecado, tiene que estar estrechamente ligada. (Inst. 2.2.27)

La Confesión afirma lo mismo al decir que

El hombre, por su caída a un estado de pecado, ha totalmente perdido toda la capacidad de la voluntad o el albedrío de ser algún bien espiritual que acompañe a la salvación: por tanto, un hombre natural, siendo totalmente opuesto de ese bien, y muerto en pecado, no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse de si mismo o de prepararse de ser salvo. (CFW. IX.iii).

La caída colocó al hombre en una situación en la cual le es imposible no pecar. Dentro del esquema de Agustín esta etapa del libre albedrío es calificada como una etapa donde el hombre “non posse non pecare” (no puede no pecar).

Moisés nos relata en Génesis 6:5 que “vio Jehová… que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” Y que Jehová dice en Génesis 8:21 que “el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud”; Jeremías nos enseña que “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (17:9); Juan dice que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19) y Pablo dice en Romanos 1:29-32 que los hombres estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.

Estos versículos, como muchos otros, nos demuestran que la doctrina de la depravación total del hombre, y junto con ello, la pérdida del libre albedrío, es una doctrina que tiene una fundamentación totalmente bíblica.

Junto con los textos que nos hablan de la realidad de la depravación del hombre tenemos algunos que nos hablan específicamente de los efectos del pecado en la mente del hombre. Estos efectos son llamados efectos noéticos del pecado. Algunos de estos textos son Romanos 8:7-8 y Efesios 4:17-19.

El Dr. Robert L. Reymond, comentando los versículos, dice

“El hombre no es sólo noéticamente hostil hacia Dios, ya que sus pensamientos se rehúsan a someterse a la ley de Dios (depravación), mas él tampoco es capaz someterse a los pensamientos de Dios (inhabilidad). En Efesios 4:17-19 Pablo desea hablar de las naciones como andando “en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay.”[19]

A pesar de estas pruebas escriturales durante la historia del cristianismo han surgido ideas erradas acerca del tema. Pelagio fue un monje britano que vivió entre los siglos IV y V d. C. y afirmaba que el hombre natural continuaba teniendo libre albedrío.

Según Adolph Harnack, Pelagio predicaba que “Dios no había ordenado nada imposible, que el hombre poseía el poder de hacer el bien si así lo desease y que la debilidad de la carne era solamente un pretexto.”[20] En el concepto de Pelagio el hombre tenía que tener la capacidad de obedecer a ley pues Dios había dado aquellas leyes para ser obedecidas. Dios sería injusto si el hombre no pudiese cumplirlas. R. Scott Clark nos dice que

“los Pelagianos (particularmente Juliano) habían afirmado la total libertad de la voluntad humana como el postulado necesario de la responsabilidad moral.”[21]

Pelagio continúa viendo al hombre como si él nunca hubiera pecado, como si no estuviera sufriendo las consecuencias de su pecado, como si no tuviera ninguna relación con Adán. Acerca de esto el Dr.R. Scott Clark afirma lo siguiente:

La noción de justicia de Pelagio le demandaba que negara cualquier vínculo entre Adán y nosotros. Dios, argumentaba él, no puede culparnos por el pecado de otro. Puesto que Pelagio rompió totalmente el vínculo (ya sea biológico o legal) entre Adán y nosotros, concluyó en que la única manera en la cual el pecado podía ser transmitido es a través de la imitación del ejemplo de Adán. [22]

El reformador Juan Calvino, por su parte, vio la influencia que la entrada del pecado tuvo en la vida del hombre y en su Institución escribió

“Después de haber visto que la tiranía del pecado, después de someter al primer hombre, no solamente consiguió el dominio sobre todo el género humano, sino que domina totalmente en el alma de cada hombre en particular, debemos considerar ahora si, después de haber caído en este cautiverio, hemos perdido toda la libertad que teníamos, o si queda aún en nosotros algún indicio de la misma, y hasta dónde alcanza” (Inst. 2.2.1).

Vemos como tanto la posición pelagiana como la reformada relacionan el libre albedrío con la capacidad, o incapacidad, de poder obedecer la ley de Dios. En la teología pelagiana el hombre natural post caída tiene libre albedrío pues Dios le exige, y eso significa que tiene la capacidad para, cumplir la ley. Los reformados afirmamos que después de la caída el hombre no tiene libre albedrío pues la Biblia afirma que el hombre está totalmente incapacitado para cumplir la ley.

El Libre Albedrío En El Estado De Gracia

Un tercer estado del libre albedrío en el hombre puede ser visto en el hombre después de la regeneración. Según Archibald A. Hodge[23] la regeneración es el resultado del llamamiento eficaz de Dios en aquellos que Dios predestinó para vida. La Confesión de Fe de Westminster define este llamamiento con las siguientes palabras:

A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y solamente a ello, le agradó en su tiempo señalado y aceptado, llamarlos eficazmente, por medio de su Palabra y Espíritu, de aquél estado de pecado y muerte en el que están por naturaleza, al estado de gracia salvación por medio de Jesucristo; iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios; quitándoles su corazón de piedra y dándoles uno de carne; renovando sus voluntades, y determinándoles a hacer lo que es bueno por su poder todopoderoso y acercándoles eficazmente hacia Jesucristo; pero de tal manera que vienen muy libremente, pues, por la gracia de Dios están en la disposición de hacer lo bueno.

Entendemos, entonces, que la regeneración es el paso del estado de pecado y muerte al estado de gracia, la iluminación de la mente, el cambio a un corazón de carne, la renovación de la voluntad y la nueva disposición en cuanto a hacer lo bueno. Al igual que en el Adén, el hombre en este estado está inclinado hacia lo bueno por lo que existe en él la capacidad de no pecar (posse non peccare). La regeneración marca el paso de una voluntad esclava del pecado a una voluntad libre, una voluntad que nos permite obedecer la ley de Dios. Vincent Cheung define la regeneración como

“Una obra de Dios por la cual Él cambia tal disposición maligna en una que se deleita en la ley y los preceptos de Dios (Ez. 11:19-20; 36:26-27), resultando en la resurrección espiritual. Regeneración es la transformación drástica y permanente en el nivel más profundo de la personalidad y del intelecto de una persona, que puede ser llamada reconstrucción radical.”[24]

En su obra “Sobre el Espíritu y la carta” Agustín reflexiona reconociendo que esta nueva libertad sólo puede ser posible por una obra soberana y monergística de Dios, diciendo

¿Cómo es posible que miserables seres humanos tengan orgullo, sea de su libre albedrío, antes de ser liberados, o de su propia fuerza, si ellos ya han sido liberados? ¿Ellos no observan que en la misma mención de libre albedrío pronuncian la palabra libertad? Pero, ‘donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.’ (2 Cor. 3:17). Si, por lo tanto, ellos son esclavos del pecado, ¿por qué se jactan del libre albedrío? ‘Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció’ (2 Pe. 2:19). Pero si ellos han sido libertados, ¿por qué hablan de sí mismos como si lo hubieran hecho ellos mismos? ¿Por qué se jactan, como si su libertad no fuera un regalo? ¿O ellos son tan libres que no lo tienen a Él como su Señor que les dice, ‘sin mí nada podéis hacer’ (Jn. 15:5), y, ‘si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres’ (Jn. 8:36).[25]

El cuarto párrafo del artículo IX de la Confesión de Fe de Westminster, artículo que habla sobre el Libre Albedrío, nos habla del funcionamiento del libre albedrío en este estado de gracia. El texto de la Confesión dice:

Cuando Dios convierte a un pecador y lo traslada al estado de gracia, lo liberta de su esclavitud natural bajo el pecado, y sólo por su gracia lo capacita para desear y hacer libremente aquello que es espiritualmente bueno; pero a pesar de aquello, debido a la corrupción que aún queda en el pecador, éste no obra perfectamente, ni desea solamente lo que es bueno, sino que desea también lo que es malo.Si en su anterior estado el hombre estaba muerto, ahora vive. Si su inclinación moral era el mal, ahora su voluntad desea libremente el bien. Si antes no podía hacer nada agradable a los ojos de Dios, ahora él puede hacer buenas obras.

La Confesión de Fe de Westminster, en su capítulo XVI, presupone que estas buenas obras, que sólo son aquellas que Dios ha mandado, son realizadas por los verdaderos creyentes, que ellas son un fruto de su fe y que sirven para glorificar a Dios, agradecerle, ser testimonio de su fe, entre otras funciones; y sólo pueden ser realizadas bajo la capacitación e influencia del Espíritu Santo. Esta afirmación de la capacitación del hombre regenerado para poder realizar buenas obras nos habla de el restablecimiento del libre albedrío en el este hombre; el hombre regenerado volvió a tener la capacidad de obedecer la ley de Dios.

Zacharias Ursinus, en su comentario al Catecismo de Heidelberg, habla acerca del hombre regenerado y dice

… hace lo que es bueno, porque el Espíritu Santo, por medio de su gracia especial, ha renovado la naturaleza del hombre a través de la Palabra de Dios –ha encendido una nueva luz y conocimiento en el entendimiento, y ha despertado en el corazón y voluntad nuevos deseos e inclinaciones, que están en armonía con la ley divina; y porque el Espíritu Santo efectivamente inclina la voluntad para hacer tales cosas que están en concordancia con este conocimiento, y con aquellos deseos e inclinaciones.[26]

La Biblia nos habla de la regeneración en términos de reemplazo de cualidades (despojaos del viejo hombre… y vestíos del nuevo hombre, Ef. 4:22-24), un cambio a una nueva naturaleza (nueva criatura es, 2 Co. 5:17) o un nacimiento espiritual (Jn. 3:5). Ef. 4:23 y Col. 3:10 son dos textos que nos hablan de la relación entre la regeneración y la imagen de Dios en el hombre. Calvino, comentando Génesis 1:26, dice

Ya que la imagen de Dios fue destruida por nosotros en la caída, podemos juzgar a partir de su restauración lo que ella era originalmente. Pablo dice que somos transformados a la imagen de Dios por medio del evangelio. Y, de acuerdo con él, la regeneración espiritual no es nada más que la restauración de aquella imagen.[27]

Como ya fue dicho, el libre albedrío de Adán antes de la caída era posible porque él fue creado a imagen de Dios, con la caída esta imagen fue destruida y después de la regeneración el hombre vuelve a tener la imagen de Dios restaurada y junto con ello, vuelve a tener la capacidad de obedecer la ley de Dios.

El Libre Albedrío En El Estado De Glorificación

Cuando la Confesión de Fe de Westminster va a tratar el asunto de la santificación, nos advierte que

Esta santificación abarca cada parte del ser humano total; pero es incompleta en esta vida, pues aún quedan algunos remanentes de corrupción en cada una de sus partes; de donde surge una guerra continua e irreconciliable: la carne deseando contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne.(CFW. XII.ii)

Es decir, en el estado de gracia el hombre siempre va a tener la capacidad de pecar y, de hecho, lo va a hacer permanentemente. Sin embargo, es interesante que el texto nos dice que

“en esta vida” esta santificación es incompleta. La capacidad de pecar que el hombre regenerado tiene llegará a su fin después de la muerte. Este nuevo estado se da en la glorificación, o estado eterno; cuando el hombre ser “perfectamente regenerado”[28].

En cuanto al libre albedrío en este estado la misma confesión nos dice que “Solamente en el estado de gloria, la voluntad del hombre es hecha perfecta e inmutablemente libre para hacer únicamente lo que es bueno” (CFW. IX.v).

En el capítulo donde Ursinus habla del libre albedrío en su Comentario al Catecismo de Heidelberg, él afirma que en este estado

La voluntad del hombre será libre para elegir sólo el bien, y no el mal. Este será el más alto grado, o la perfecta libertad de la voluntad humana, cuando obedeceremos a Dios completamente y para siempre. En este estado no solamente no pecaremos, mas aborreceremos el pecado sobre cualquier otra cosa; si, entonces no seremos capaces de pecar.[29]

Para justificar esta afirmación Ursinus provee dos argumentos [30]. El primero está relacionado con el conocimiento perfecto que el hombre tendrá en su estado de glorificación, lo que despertará en él un ardiente deseo de obedecer a Dios; el segundo argumento se relaciona con la constante dirección del Espíritu Santo en la vida de los creyentes de forma que nunca van a poder elegir hacer el mal.

R.C. Sproul, analizando el pensamiento de Agustín sobre el libre albedrío, dice que en el estado de gloria

“nuestra incapacidad futura para el pecado no se dará porque Dios nos hará divinos, sino porque Él nos preservará en un estado de perfección.”[31]

El libre albedrío del hombre es perfecto en este estado, en el hombre glorificado no existe ningún otro deseo que no sea el obedecer la ley de Dios y rechazar el pecado. En este estado, usando las palabras de Agustín, el hombre non posse peccare.

Conclución

Es un poco conocido el diálogo que en 1924-1925 mantuvo Jung con un indígena de la tribu Pueblo en Nuevo México. Este indígena pensaba que los blancos estaban locos. Jung le preguntó por qué los blancos estarían locos. A lo que el indígena respondió: “Ellos dicen que piensan con la cabeza”. “Claro que piensan con la cabeza”, replico Jung, “¿cómo piensan ustedes?”, preguntó. Y el indígena, sorprendido, respondió: “Nosotros pensamos aquí” y señaló el corazón (Memórias, Sonhos, Reflexões, p. 233).

Este hecho transformó el pensamiento de Jung. Entendió que los europeos habían conquistado el mundo con la cabeza pero habían perdido la capacidad de pensar y sentir con el corazón y de vivir a través del alma. Lógicamente no se trata de abdicar de la razón –lo que sería una pérdida para todos– sino de rechazar el estrechamiento de su capacidad de comprender. Es preciso considerar lo sensible y lo cordial como elementos centrales en el acto de conocimiento. Permiten captar valores y sentidos presentes en la profundidad del sentido común. La mente es siempre incorporada, por lo tanto, impregnada de sensibilidad y no sólo cerebrizada.

En sus Memorias dice:

“hay tantas cosas que me llenan: las plantas, los animales, las nubes, el día, la noche y el eterno presente en los seres humanos. Cuanto más incierto me siento sobre mí mismo, más crece en mí el sentimiento de mi parentesco con todo” ( 361).

El drama del ser humano actual es haber perdido la capacidad de vivir un sentimiento de pertenencia, cosa que las religiones han garantizado siempre. Lo que se opone a la religión no es el ateísmo o la negación de la divinidad. Lo que se opone es la incapacidad de ligarse y religarse con todas las cosas. Hoy las personas están desenraizadas, desconectadas de la Tierra y del ánima, que es la expresión de la sensibilidad y de la espiritualidad.

Para Jung el gran problema actual es de naturaleza psicológica. No de la psicología entendida como disciplina o solamente como dimensión de la psique. Sino de la psicología en sentido integrador, como la totalidad de la vida y del universo en cuanto percibidos y articulados con el ser humano. Y en este sentido escribe:

“Es mi más profunda convicción que, a partir de ahora, hasta un futuro indeterminado, el verdadero problema es de orden psicológico. El alma es el padre y la madre de todas las dificultades no resueltas que lanzamos en dirección al cielo” (Cartas III, 243).

Pero el libre albedrío del hombre está tan afectado por el pecado, que los psicólogos no tienen ni idea de como arreglarlo. Pero si no rescatamos hoy la razón sensible a la luz del Espiritu de Dios, que es una dimensión esencial del alma, difícilmente nos movilizaremos para respetar la alteridad de los seres, y para vivir la compasión con los que sufren en la naturaleza y en la humanidad. El pecado nos impide valor lo que Dios creó y también nos afecta para obedecer su Voluntad revelada. Y como alguien dijo, no juzguemos al Señor con nuestros débiles sentidos, sino confíemos en El por su gracia; detrás de una providencia que frunce el ceño, El esconde un rostro sonriente. WlLLIAM COWPER, «God Moves in a Mysterious Way» «DIOS SE MUEVE DE MANERA MISTERIOSA»

Dios le bendiga mucho

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Notas

[1] http://es.m.wikipedia.org/wiki/Libre_albedr%C3%ADo

[2] De la Obra de los grandes Reforamdores    “Loci Comunes” por Melanchton  y “De Rengo Christi” por Bucer. , pag. 23, ESCRITA EN 1521

Bibliografia consultada

Leo Boff, http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=587

Juan Calvino

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