MILAGROS DE LA NATURALEZA


MILAGROS DE LA NATURALEZA

En estos relatos, el paciente es plural (discípulos o multitud), y la Adver­sidad no es física ni psíquica, sino una circunstancia exterior al hombre que le afecta seriamente (J. Peláez, que los llama “relatos de manifestación”). Aunque inc1uímos la higuera seca y el pez con la moneda en la boca, estos no pueden considerarse verdaderos milagros, como veremos.

La pesca milagrosa (Luc. 5:4)

Jesús está a orillas del lago Genesaret (el mar de Galilea) rodeado de gen­te. Estaban cerca unos pescadores lavando sus redes y, para predicarles con más comodidad, le pide a uno de ellos, Simón, que le preste su barca para subir a ella y hablarles desde allí. Cuando terminó, dijo a Simón:

  • Boga mar adentro y echad vuestras redes para pescar.

Se dirige a Simón, pero lo de “vuestras redes” nos hace suponer que iban otros en la barca. Simón le informa:

  • Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra, echaré las redes.

No explica Lucas por qué razón Simón confiaba en la palabra de Jesús, al que no conocía de nada, pues era la primera vez que se veían. Lo único que había visto era a Jesús predicando. Y había por entonces más de un predicador por toda Palestina afirmando que eran el Mesías. Y llamar Maestro a Jesús en esta primera ocasión, aunque le hubiese oído predicar, parece demasiado pre­maturo. Indudablemente, Lucas cuenta esta escena sin tener en cuenta las con­diciones históricas. Es la primera vez que Jesús y sus discípulos se ven, pero le llaman Maestro y confían ciegamente en él. Es un anacronismo notorio.

El caso es que echan las redes, y la cantidad de peces recogida fue tan gran­de, que se vieron obligados a llamar a los compañeros para que trajesen sus barcas y les ayudasen a llevar a la orilla la pesca, y las barcas casi se hundían por el peso de los muchos miles de peces que llevaban. Simón, asombrado, se echó a los pies de Jesús y le dijo:

Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador -. Jesús le dijo:

No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.

En realidad, toda esta historia se refiere a la llamada de los primeros discí­pulos. Pero Marcos (a quien sigue Mateo fielmente) la había contado de otra forma antes que Lucas: Jesús camina solo por la playa cuando encuentra a dos hermanos, Simón y Andrés, y en seguida a otros dos, Santiago y Juan, y sin más preámbulos les dice: “Venid conmigo y haré de vosotros pescadores de hombres”. Ellos dejaron allí mismo las barcas, las redes, incluso la familia y, sin chistar, se fueron tras él. Extraña situación: ¿cómo se explica que unos hombres dejen familia y trabajo y se vayan tras un personaje del que no saben nada? Tal vez Lucas debió pensar que semejante actitud no resultaba lógica (aunque era realmente milagrosa desde el punto de vista de un Jesús con po­deres divinos) y colocó este milagro justo antes de la llamada, con lo cual, la marcha de los pescadores tras un individuo milagrero resultaba más congruen­te. Claro que para ello, si es que las cosas sucedieron así, que esto es sólo una conjetura, no hizo más que sustituir un milagro por otro. Sea como fuere, la pesca milagrosa sólo parece un alarde de poder para dejar apabullados a aque­llos sencillos pescadores. Jesús lo hizo más de una vez, como veremos.

Pero aún cabe otra interpretación: La pesca milagrosa es sólo un simbolis­mo con el que Lucas ha querido resaltar la misión de los discípulos, que en adelante se dedicarán a “pescar” hombres, no peces.

Como mera curiosidad, añadamos el hecho de que Marcos y Mateo nom­bran a cuatro discípulos, mientras que Lucas sólo habla de tres: se olvidó de Andrés. Pero nada tiene de extraño, pues esta llamada de los primeros segui­dores está contada también por Juan de una forma totalmente diferente.

La tempestad calmada (Mar. 4:35; Mat. 8:23; Luc. 8:22)

Jesús y sus discípulos van en una barca por el lago, el Mar de Galilea. El Maestro duerme tranquilamente en la popa sobre un cabezal. En esto se levanta una borrasca, las olas irrumpen en la barca y esta comienza a anegarse. Jesús sigue durmiendo, a pesar de que debía estar mojado hasta los huesos. Ellos le despiertan diciéndole:

  • Maestro, ¿es que no te importa que perezcamos?

La frase debía referirse a la actitud estudiadamente tranquila de Jesús, que ni se inmuta ante .el desastre que se avecina, pero insinúa que Jesús puede hacer un milagro para salvarles, lo cual no tiene sentido en el contexto. Una vez despierto, increpó al viento y dijo al mar:

¡Calla, enmudece!

El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Se volvió entonces a sus discípulos y les dijo:

¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?

Ellos, se llenaron de temor y se decían:

¿Quién es, este que hasta el viento y el mar obedecen?

Como en otras ocasiones nos resulta extraño que Jesús tenga que gritar pa­ra que el milagro produzca. La narración resulta harto infantil, pues si Jesús tenía tales poderes sobre los elementos, bien podía haberlos acallado sin decir palabra, con sólo desearlo. Sin embargo parece que la intención del narrador es destacar la importancia de la fe para que se produzcan hechos prodigiosos. Aún así, antes de este milagro, Jesús había curado, ante sus discípulos, al endemo­niado de Cafarnaúm, a la suegra de Pedro, a un leproso, a un paralítico, al hombre de la mano paralizada y a una multitud más de enfermos y endemo­niados; lo que significa que los seguidores de Jesús debían ser bastante torpes cuando todavía no se habían dado cuenta de que tenían delante lo que los griegos llamaban un “hombre divino”, un personaje con cualidades sobrenatu­rales. De todas formas, Marcos parece que se complace, también en otros lugares, en remachar esta torpeza de los discípulos.

Mateo relata este milagro introduciendo algunas variantes: las olas realmente “cubren” la barca, ¡mientras Jesús duerme placidamente!; la frase con que le despiertan es diferente: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”, como si realmente estuviesen esperando el milagro, lo que no concuerda con la frase final de ad­miración; y se suprime la frase de imprecación de Jesús sobre los elementos, aunque se dice que “increpó a los vientos y al mar”.

Lucas y Juan ignoran este milagro.

La multiplicación de los panes (Mc 6,31; Mt 14, 13; Lc 9,10; Jn 6,1)

Según Marcos y Mateo, por dos veces Jesús dio de comer a una multitud panes y peces. En la primera, él se retira con sus discípulos a un lugar solita­rio; pero la gente se entera y acuden “de todas las ciudades” (exageración evi­dente), llegando incluso antes que ellos, adivinando el lugar al que se iba a retirar. Jesús siente compasión y les predica “extensamente”. Se hizo muy tarde y los discípulos se le acercan:

El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y compren comida.

No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer-, responde, misterioso, Jesús.

¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?, preguntan ellos incrédulos.

¿Cuántos panes tenéis?- inquiere el Maestro.

Cinco; y dos peces,-responden.

Entonces les manda que acomoden a la gente por grupos de cien y de cin­cuenta (¿por qué en grupos? ¿Y por qué no todos de cincuenta, o todos de cien?), y él, tomando los panes, los bendijo y comenzó a darlo a sus discípu­los. Los panes no cesaban de salir de las manos de Jesús, o de la cesta. Otro tanto sucedió con los peces, y comieron todos hasta saciarse. Incluso recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y sobras de los peces (o los dis­cípulos llevaban todos canastos cuando iban tras Jesús, o la gente salió de sus casas para verlo portando canastos para el camino).

Los que comieron fueron unos cinco mil hombres. ¿”Hombres”, sin contar mujeres y niños, o se trata de una generalización y se toma “hombres” por “personas”? Sea como fuere, el número es a todas luces exagerado: cinco mil personas son los habitantes que tiene un pueblo bastante grande.

Mateo es más parco en la narración. Jesús siente compasión, pero no les predica; sino que curó a los que estaban enfermos, ordena que la gente se aco­mode sobre la hierba, pero no menciona lo de los grupos de cincuenta y de cien, tal vez porque no encontró una justificación lógica para ello; y al final nos aclara lo que no sabíamos por Marcos: los que comieron fueron cinco mil hombres, varones adultos, pues añade expresamente: “sin contar las mujeres y los niños”. Debieron comer, pues, más de diez mil.

Lucas también añade cosas por su cuenta: Jesús les predica, pero también cura a los enfermos, y ordena que se acomoden en grupos de sólo cincuenta.

Juan puntualiza varios detalles. Jesús, ingenuamente, pregunta a Felipe:

¿Cómo vamos a comprar pan para que coman estos?-

Y Felipe:

Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.

Interviene Andrés, hermano de Pedro:

Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es esto para tantos?

Haced sentar a la gente-, dice Jesús.

Cuando la gente acaba de comer, admirados por el portento, quisieron, por la fuerza, hacerle rey (detalle que no parece en los sinópticos), y entonces huyó al monte él solo. Aparte estas diferencias, los cuatro evangelistas están de acuerdo en la cuestión numérica: cinco mil hombres, cinco panes, dos peces, doce canastos con las sobras.

Jesús realiza este milagro por segunda vez, pero en esta ocasión sólo lo relatan Mar. 8:1 y Mat.  15:32. El esquema básico es idéntico al de la primera: 1) re reúne mucha gente tras las numerosas curaciones junto al lago; 2) han venido de lugares distantes y no tienen qué comer; 3} Jesús declara que siente lástima por ellos; 4) los discípulos le advierten que es imposible dar de comer a aquella multitud; 5) Jesús pregunta cuántos panes tienen; 6) bendice los panes y los peces; 7) se reparten; 8) todos se sacian; 9) sobran varias es­puertas. Las diferencias sólo consisten en los números: siete panes, algunos peces, siete espuertas sobrantes, y cuatro mil personas alimentadas. Lo sorprendente es que los discípulos, después de haber presenciado la primera multiplicación, vuelvan a hacer la misma pregunta (¿cómo saciar a tanta gente en un lugar solitario?). Parece que como si no hubiesen presenciado el primer milagro. ¿Por qué Lucas y Juan no lo cuentan?

La oreja cortada (Luc. 22:47-51)

Los cuatro evangelistas cuentan el prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní y cómo uno de sus discípulos (sólo Juan dice el nombre: Pedro) saltó sobre el criado del Sumo Sacerdote y le cortó una oreja. Pero sólo Lucas (los otros callan) afirma que Jesús le dijo:

-¡Dejad! ¡Basta ya!-. Y tocando la oreja, le curó. (Un momento antes les había dicho que prepararan espadas).

Con toda la parafernalia de soldados (Juan habla de una cohorte romana, de unos seiscientos hombres) más los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, y los discípulos empuñando las espadas, resulta inverosímil que Jesús tuviese oportunidad para curar la oreja del siervo, aunque Juan haya exagerado respecto al número de soldados. No parece un momento apropiado para hacer un milagro.

Jesús camina sobre el mar (Mar. 6:45; Mat. 14:22; Jn. 6:16).

Los tres evangelistas cuentan este prodigio justamente después de la primera multiplicación de los panes. Pero ahora nos encontramos con un problema de itinerario: ¿dónde ocurrió el milagro? Marcos cuenta que los discípulos han vuelto de su misión apostólica, y que entonces todos, con Jesús, se retiran a un lugar solitario, donde tiene lugar el reparto de panes. A continuación, dice Marcos que “obligó” a los suyos a subir a una barca y a ir por delante de él hacia Betsaida, mientras despedía a la gente y se retiraba a un monte a orar. Betsaida era una población que se encontraba al noreste del lago, por lo tanto el milagro debió suceder en otro lugar antes de Betsaida, en el noroeste. Allí estaba precisamente Cafarnaúm. Pero Juan lo cuenta de otra forma: después de la multiplicación, los discípulos suben a una barca y se van a Cafarnaúm. ¿Cómo pueden ir a Cafarnaúm si ya estaban allí? Por lo visto, para Marcos y para Juan, el milagro de la multiplicación tuvo lugar en lugares diferentes y, por tanto, el otro milagro, el caminar sobre las aguas del lago, pudo ser ca­mino de Betsaida o camino de Cafarnaúm. No debería extrañarnos, puesto que los evangelios no son biografías, carecen de rigor histórico, ya que fueron compuestos como un puzzle, tomando de aquí y de allá historias, orales o escri­tas, que a veces no concordaban entre sí. Esto demuestra, una vez más, que los autores de los evangelios no fueron testigos directos de los acontecimientos y que, cuando escribieron, debió haber pasado el tiempo suficiente como para que los datos se hubiesen difuminado y trabucado.

Marcos sigue diciendo que Jesús, al ver, desde la orilla, que sus amigos se fatigaban remando porque el viento les era adverso (aparece aquí lo que hemos llamado Adversidad), decidió echarse al agua, pero no para ayudarles, sino para darles un susto (aunque al final remedia el problema ha­ciendo que el viento amaine, la actitud de Jesús es bien extraña).

Era ya de no­che, y la parición de una figura humana andando sobre el mar hizo que sus discípulos creyeran que era un fantasma y se pusieran a gritar. Jesús no se les acercó, sino que pasó de largo. La intención de asustarles estaba clara (se ha dicho que la potestad de andar sobre las aguas era una prerrogativa divina según el AT, pero en tal caso Jesús hizo un alarde de divinidad inútil, pues sus discípulos no se enteraron). Pero inmediatamente se volvió y les dijo:

Soy yo, no temáis-. Y se subió a la barca.

Sus amigos estaban estupefactos, lo que no se explica cuando acababan de presenciar el extraordinario suceso de dar de comer a diez mil personas con unos pocos panes y peces. Marcos se dio cuenta de que la actitud de los discípulos no era lógica, y entonces termina escri­biendo: “Porque no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada”.

Mateo añade una escena. Cuando Jesús les dice que no tengan miedo, que es él, Pedro, no sabemos si por un atrevimiento intempestivo o porque dudaba de lo que oía, dice:

Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas-. Él le dijo:

Ven.

Pedro salió de la barca y comenzó a andar sobre el mar, maravillado, pero al mismo tiempo terriblemente asustado: “Viendo la violencia del viento, sintió miedo y, como comenzara a hundirse, gritó:

¡Se­ñor, sálvame!

Jesús le tomó de la mano diciéndole:

“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”

Y subieron a la barca y el viento amainó.

Parece que este añadido pretende ser una forma simbólica de explicar la necesidad de confiar absoluta y ciegamente en Jesús. Para remachar esta idea, Mateo añade otra cosa más a Marcos. Éste terminaba la escena diciendo sim­plemente que sus discípulos quedaron estupefactos. Mateo escribe: “Entonces, los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios”. De esta forma, daba una imagen más correcta de los discípulos y, al mismo tiempo, resaltaba la idea de que Pedro debía haber confiado más en alguien que tenía poderes sobrenaturales por ser un “hijo de Dios”, un hombre divino (ya que la expresión Hijo de Dios no significaba todavía una filiación de naturaleza, no se refería aún a la segunda persona de la Santísima Trinidad).

Lucas no narró este milagro. Nunca sabremos por que. Después de la mul­tiplicación de los panes, cuenta la profesión de fe de Pedro a la pregunta de Je­sús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Tal vez nunca oyó hablar de ese caminar del Maestro sobre las aguas, o no le pareció serio. Sólo en Mateo se explica como metáfora o símbolo. En Marcos y Juan no tiene sentido. Asustar a los suyos o demostrarles ostentosamente sus poderes sobre la naturaleza, después de haber presenciado tantos prodigios, resulta totalmente innecesario.

Lo mismo puede decirse de los milagros que nos quedan por relatar.

El pez que tenía una moneda en la boca (Mat. 17:24)

Sólo Mateo tuvo conocimiento de la escena que sigue:

Los encargados de cobrar el tributo anual, que cada israelita debía pagar personalmente para las necesidades del Templo, se acercan a Pedro y le pre­guntan si su Maestro no piensa pagarlo. Pedro les dice que sí. Luego, a solas, Jesús le pregunta:

¿Qué te parece, Simón?, los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tributos, de sus hijos o de los extraños?

De los extraños-, responde Pedro. Y Jesús:

Por tanto libres están los hijos. Sin embargo, para que no se escandalicen, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca Y encontrarás un estáter. Tómalo y dáselo por ti y por mí.

El razonamiento de Jesús es ilógico. Los reyes de la tierra cobran tributo a sus hijos, es decir, a los súbditos (así entiende la Biblia de Jerusalén la ex­presión “hijos”). Lo de que los súbditos están libre no tiene sentido. Lo que quería decir, parece, es que él estaba exento de pagar el tributo, y también sus discípulos, posiblemente porque se consideraba superior a los demás israelitas debido a sus relaciones íntimas y especiales con Dios. Pero, sea como fuere, resolver la situación de una forma tan complicada, teniendo la pequeña comu­nidad fondos suficientes, tampoco tiene sentido. El milagro es absurdo e in­necesario. Además, ¿por qué no pagó por los demás discípulos?

De todas for­mas, el evangelista no dice que se realizara el milagro: sólo da la orden a Pe­dro, aunque debemos suponer que tuvo lugar.

Jesús seca una higuera (Mar. 11:12; Mat. 21:18)

Si el caminar sobre las aguas y lo del pez con una moneda en la boca re­sultan milagros increíbles por falta de una finalidad razonable, éste de la hi­guera resulta aún más absurdo debido a su irracionalidad. Marcos lo cuenta así: “Cuando salieron de Betania, sintió hambre, y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella. Al acercarse, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces dijo a la higuera: ¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!. Y sus discípulos oyeron esto”.

A continuación, Jesús sube a Jerusalén y expulsa a los vendedores del atrio del Templo, para salir de nuevo muy de mañana. Entonces, los discípulos ob­servan que la higuera se había secado hasta la raíz. La higuera fue castigada por no tener fruto, lo que ya es un hecho absurdo; pero si, además, no era tiem­po de dar higos, el milagro de Jesús resulta doblemente duro e increíble.

Lucas debió entenderlo así y evitó mencionar esta escena; por contra, escribió que Jesús contó una parábola acerca de una higuera que no daba fruto nunca, a la que su dueño quiso arrancar. Pero el encargado le suplicó que la dejara un tiempo más, que él cavaría a su alrededor y la abonaría, por si podía recupe­rarse. Era la parábola de la paciencia, del amor hacia los que no dan frutos de buenas obras, a los que hay que dar una segunda oportunidad. Fue una pará­bola hermosa que deja a Jesús en muy buen lugar. Pero el estúpido milagro de la higuera seca nos presenta a un Jesús intransigente y cruel.

La única explicación que tiene este episodio, es que tal milagro nunca se produjo, sino que fue una invención de Marcos para dar más énfasis al poder de la oración. Efectivamente, cuando Pedro ve la higuera seca y se lo dice a su Maestro, este le responde sin dudarlo un momento:

-Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: Quítate y arrójate al mar, y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis.

Mateo lo explica de un modo más coherente:

Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si decís a este monte: Quítate y arrójate al mar, así se hará.

La enseñanza no puede estar más clara: si oráis con fe inquebrantable podréis obtener hasta lo que os parezca más ab­surdo.

Este prodigio no puede considerarse un milagro, pues, como dijimos, en todos ellos aparece un problema (una adversidad) que Jesús resuelve, y en este caso falta semejante circunstancia. Por esta razón, debe entenderse como una narración didáctica.

El agua convertida en vino (Jn. 2:1)

Juan cuenta este milagro cuando Jesús aún no ha comenzado su misión, pero ya ha elegido a alguno de sus discípulos. Estos recientes compañe­ros, junto con Jesús y su madre, fueron invitados a una boda en un pueblo llamado Caná, en Galilea. En un momento determinado, el vino se acaba, María se da cuenta y se lo comunica a su hijo, como si estuviera pidiéndole que sacara a los novios del apuro mediante un milagro. Pero esto resulta poco creíble, porque María debía saber que los milagros no tienen como finalidad algo tan banal, tan frívolo e intras­cendente. Sin embargo, Jesús lo hace: encarga que llenen seis tinajas de agua y que las lleven al maestresala para que la pruebe, y éste queda encantado de la extraordinaria calidad del vino. ¿Por qué hizo Jesús algo así? Juan lo explica a su modo: en Caná comenzó Jesús a mostrar sus “señales” y manifestar su gloria, lo que trajo como consecuencia que sus discípulos creyeran en él. Fue un milagro exclusivamente para sus acompañantes, los futuros apóstoles. Pero esto no hace más creíble la historia: los discípulos tendrían ocasión de ver multitud de milagros a lo largo del tiempo que estuvieron con Jesús.

CURACIONES MULTITUDINARIAS

Los evangelistas mencionan otros exorcismos y curaciones sin entrar en de­talles:

Marcos (1:32-33; Mat. 8:16; Luc. 4:40-41):

  • “Al atardecer, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad en­tera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que adolecían de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios, a quienes no permitió hablar, pues le conocían”.

Marcos (3:7; Mat.12, 15-16; Luc. 6:17-19):

  • “Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del mar y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, también de Judea, de Jeru­salén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de la región de Tiro y Sidón (es decir, de toda Palestina desde el sur hasta el norte, incluyendo territorios pa­ganos), una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una barca para que no le oprimieran, pues, habiendo curado a muchos, cuantos padecían do­lencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus mudos, al verle caían a sus pies y gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

Marcos (6:53; Mat. 14:34-36):

“Llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer enfermos en camillas…Y donde quiera que entrara, en pueblos, ciudades o aldeas colocaban­ a los enfermos en las plazas y le pedían poder tocar siquiera la orla de su man­to; y cuantos le tocaban quedaban sanados”.

Lucas también cuenta que “toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos”.

Mateo (15:29) tiene otro resumen:

“Vino Jesús junto al mar de Galilea, subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaban al Dios de Israel”.

Los enfermos son de todas clases, aunque no se mencionan expresamente los leprosos, mientras que los endemoniados se llevan la palma. Estos debían abundar en aquellas tierras de forma extraordinaria…

Otros destinatarios:

MILAGROS DE LOS APOSTOLES

Curación de un tullido (Hch 3:1)

Pedro y Juan van a orar al Templo y se encuentran a un hombre tullido desde su nacimiento (se llama así a alguien que ha perdido el movimiento de todo o parte de su cuerpo) que pedía limosna. Los dos apóstoles, a un tiempo, fijan su mirada en él y Pedro le dice: “Míranos. No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar”. Y tomándole de la mano le levantó. El se puso de pie de un salto y anduvo. Lue­go entró en el Templo con ellos alabando a Dios, y quienes le conocían que­daron mudos de estupor y asombro, acudiendo donde estaban Juan y Pedro. Éste aprovechó la ocasión para echarles un largo discurso, resumiendo la idea de que fue Jesús, a quienes ellos habían enviado a la muerte, quien curó al tullido, y que ese mismo Jesús había resucitado. A consecuencia de ello fueron apresados y llevados ante el Sanedrín, que acabó poniéndoles en libertad con el encargo de que no siguieran predicando al Cristo resucitado. Pedro y Juan, sin embargo, no se amilanan. Se repite la incongruencia de que el hacedor de milagros sea perseguido por ello. .

Tenemos la impresión de que este milagro se ha relatado con un fin deter­minado: exponer la predicación de Pedro y las primeras persecuciones de que fueron objeto los apóstoles. .

La muerte de Ananías y Safira (Hch. 5:1)

Los primeros seguidores de Jesús, tras su muerte, venden sus bienes y los reparten entre los necesitados. Un tal Ananías y su mujer, Safira, venden un campo para entregar el dinero a los apóstoles, pero no lo entregan todo. Pedro recrimina a ambos, y los dos caen muertos. Entendemos que la primera comu­nidad cristiana deseara seguir la recomendación de su Maestro (quien quiera ser mi discípulo. que venda cuanto tiene y lo dé a los pobres), pero no se com­prende la dureza del castigo por no obedecer. Nos recuerda demasiado la in­transigencia de Yahvé en el Antiguo Testamento, que hacía morir, a veces, a la gente por los motivos más fútiles. Tal vez alguien se encargó de contar esta historia para que sirviera de ejemplo. No tiene sentido tanta dureza por parte de un Padre amoroso. Tampoco entra dentro de los cánones del milagro, pues falta también la adversidad que se resuelve. Más bien es un prodigio-castigo, lo que nunca hizo Jesús.

El paralítico de Lida (Hch. 9:32)

En la ciudad de Lida, en Judea, Pedro curó a un paralítico, llamado Eneas, que llevaba ocho años en una camilla. “Jesucristo te cura, dijo Pedro, levántate y arregla tu lecho”. Al instante se levantó, y todos los habitantes de Lida y Sarón se convirtieron al Señor.

Lo importante de este milagro no es la curación del paralítico en sí, sino sus consecuencias: la conversión de todos los habitantes de dos ciudades. Por lo visto no bastaba con predicar; era necesaria una intervención especial de Dios (sin embargo hemos constatado anteriormente que este procedimiento no siempre daba resultado).

Es cierto que en Hch. 14:1 (y en otros lugares) se dice que “una gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe”, pero a reglón seguido se afirma que “el Señor les concedía obrar por sus manos señales y prodigios…” Como se afirma de Felipe en otra ocasión: “La gente le escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritu inmundos, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados”.

La resurrección de Tabita (Hch. 9:36)

Este milagro se narra a continuación del anterior. Ya hicimos referencia a él cuando Jesús resucita a una niña diciéndole en arameo: talita kum, muchacha, levántate.

Castigo del mago Elimas (Hechos 13:4)

Pablo y Bernabé Son enviados a Chipre por la comunidad para misionar a los gentiles, y estando en la ciudad de Pafos, el procónsul Sergio Paulo les mandó llamar para escuchar la palabra de Dios. Pero con él estaba el mago Elimas, que trataba de apartar al procónsul de la nueva fe que le predicaban Pablo y Berna­bé. Pablo, disgustado por la oposición del mago, le maldice: “Tú, repleto de todo engaño y maldad, hijo del Diablo, enemigo de toda justicia, ¿no acabarás ya de torcer los rectos caminos del Señor? Pues ahora, te quedarás ciego y no verás el sol hasta el tiempo oportuno”. Y así ocurrió, y el procónsul creyó en las palabras de los apóstoles. Nuevamente, la conversión exige antes un acto prodigioso en ciertos casos. Se trata de otro prodigio-castigo.

El tullido de Listra (Hechos 14:8)

Pablo y Bernabé llegan a la ciudad extranjera de Icono (en lo que hoy es el sur de Turquía), de donde deben huir porque muchos judíos se opusieron a su predicación, y ellos no hicieron allí ningún milagro para convencerles. Pero llegados a Listra, muy cerca de allí, encontraron a un tullido, como el de Pe­dro, y Pablo hace exactamente igual que aquel: Fijó en el enfermo su mirada y dijo con fuerte voz: “Ponte derecho sobre tus pies. Y él dio un salto y se puso a caminar. Las consecuencias, sin embargo, fueron algo diferentes. El entusiasmo del gentío que presenció el prodigio fue tan grande que creyeron que eran dioses bajados del cielo y querían adorarles y ofrecerles sacrificios. Pablo lo impide hablándoles del único Dios verdadero, pero sin mencionar a Jesús.

Pablo resucita a un muchacho (Hechos 20:7)

Pablo está predicando a sus amigos cristianos en una casa. El sermón se ha­ce tan largo que un muchacho, llamado Eutico, acaba por dormirse en el borde de una ventana y se cayó desde un tercer piso. Y se mató. Pablo se tiende sobre él (corno hacía Elías), y tranquilizó a los presentes diciéndoles que no estaba muerto y continuando luego con el culto. Sólo al marcharse Pablo, en­cuentran que Eutico estaba vivo y todos se alegraron no poco. Obsérvese que Pedro hace milagros recurriendo al nombre de Jesús. Pablo no.

Leyendo las narraciones de milagros, y especialmente los resúmenes, se tie­ne la impresión de que Palestina, en tiempos de Jesús, debía estar repleta de enfermos. Posiblemente no era el único lugar en el mundo donde ocurría tal cosa. Resulta lúcido un párrafo del profesor Morton Smith al respecto (Jesús, el Mago, Ed. Martínez Roca):

“Para comprender la importancia de las curaciones de Jesús, debemos re­cordar que en la Palestina antigua no existían hospitales ni manicomios. El en­fermo y el loco debían ser atendidos por sus familias, en sus propios hoga­res. A menudo, la carga de cuidar de ellos era pesada y, a veces, especialmen­te en los casos de locura furiosa, superior a lo que la familia podía soportar. Los enfermos eran echados fuera de casa y se les dejaba que erraran como animales. Esta costumbre ha continuado hasta nuestro siglo. Nunca olvidaré mi primera experiencia en la “ciudad vieja” de Jerusalén, en 1940. .Lo primero que vi cuando entré por la puerta de Jaffa fue un lunático, una inmunda criatura que llevaba un saco de arpillera por todo vestido. Era presa de un ataque. Pa­recía mantener una conversación con algún ser imaginario que estuviera en el aire, frente a él. Soltaba un torrente incomprensible de palabras mientras que levantaba sus manos como si suplicara. Pronto comenzó a hacer ademanes, co­mo si quisiera protegerse de bofetadas, y aullaba como si le estuvieran gol­peando. Echando espuma por la boca, cayó de bruces al suelo y allí se quedó, gimiendo y retorciéndose, vomitó y tuvo un ataque de diarrea. Había mucha gente en la calle, pero los que llegaron hasta donde él estaba se limitaron a dar un rodeo para evitar la porquería y siguieron su camino. Él estaba caído sobre la acera, frente a una farmacia. Después de unos minutos salió un dependiente con una caja de serrín, lo vertió sobre el charco y trató al paciente con un par de patadas en los riñones. Esto le hizo recobrar los sentidos, se levantó y se fue tambaleándose, gimiendo todavía, frotándose la boca con una mano y los riñones con la otra. Cuando fui a vivir a la “ciudad vieja” supe que aquel hombre, y otra media docena como él, eran personajes populares. Esta era la psicoterapia de los antiguos. Quienes no querían echar a la calle a sus parientes locos, tenían que soportarlos en su propia casa. Por otro lado, y como quiera que la medicina racional era muy rudimentaria, las enfermedades crónicas y de­generativas debían estar muy extendidas, y esos enfermos también tenían que ser atendidos en sus propias casas. En consecuencia, la mayoría de la gente buscaba las curaciones con impaciencia, no sólo para ellos mismos, sino también para sus parientes. Los médicos eran incompetentes, escasos y caros. Cuando aparecía un curandero, ¡un hombre que pudiera realizar curaciones mi­lagrosas y lo hiciera gratis!, podía estar seguro de que iba a ser acosado por la multitud. Y entre el gentío que se apiñaba desesperadamente a su alrededor, pidiéndole que los sanara, se producirían algunas curaciones. Con cada una de ellas aumentaría la fama de sus poderes, las esperanzas y las especulaciones de la muchedumbre, así como las leyendas y rumores sobre el sanador”.

No cabe duda de que en el fondo de las narraciones sobre milagros hay alguna verdad, expresada ya por el doctor Stmith en su último párrafo: Jesús era un sanador. Este hecho se ve corroborado por los mismos evangelios, ya que, se repite constantemente la necesidad de la fe para curarse. La fe, la con­fianza. Es exactamente lo que se requiere para que los sanadores actuales (y de todos los tiempos) puedan curar a sus enfermos (no a todos, por supuesto). La psiquiatría ha descubierto que la sordera, la ceguera, la mudez, la parálisis y otros síntomas parecidos podían ser ocasionados por la histeria.

Desde un punto de vista esceptico, se podria decir que los milagros de Jesús podrían explicarse por una supresión, al menos momentánea, de los síntomas de la histeria. Pero aquí nos tropezamos con un problema: si Jesús, como sanador, sólo podía curar las enfermedades psicosomáticas, debemos explicar los verdaderos milagros. Estos pueden resumirse en los siguientes: las resurrecciones, la desaparición momentánea de la lepra, la multiplicación de los panes, el andar sobre las aguas, secar una higuera con sólo la palabra, la mo­neda encontrada en la boca de un pez, aplacar una tempestad y convertir el agua en vino.

Desde un punto de vista racional, esos milagros son imposibles. Para los racionalistas no cabe otra interpretación que la invención por parte de los escribas cristianos.

En primer lugar, pueden consistir, en parte, en na­rraciones simbólicas que intentan explicar algún aspecto de la cristología, como la multiplicación de los panes sirve a Juan para hablar de que Jesús es el Pan de Vida, o calmar la tempestad, caminar sobre las aguas o secar la higuera son una excusa para hablar de la necesidad de la fe. Por otra parte, la necesidad de destacar la singular personalidad de Jesús sería otra oportunidad para imaginar tales relatos.

Pero como cristianos no podemos basarnos en conjeturas y escepticismos.El texto biblico nos desafia y no podemos mirar para otro lado como si nada, creyendo que nada sucedio solo porque para la razón del hombre moderno es escándalo.

Debemos resaltar también el hecho de que esos milagros de Jesús no provocaban la fe de los presentes de un modo automático. Fariseos y sa­cerdotes buscan condenarle a pesar de haber presenciado algunos de sus pro­digios más extraordinarios; los apóstrofes y maldiciones de Jesús a Jerusalén, Betsaida y Corazín, demuestran que en esos lugares fue rechazado por sus oyentes. Mateo dice claramente: “Entonces se puso a maldecir a las ciudades en las que se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido”. Jesús se queja en numerosas ocasiones de la dureza de corazón de los judíos. Incluso cuando la gente le sigue, él les recrimina: “Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. Y el evangelio de Juan dice: “Ni siquiera sus her­manos creían en él”. Esos milagros extraordinarios que tratamos de explicar, no resultaban útiles porque nunca tuvieron lugar.

Pero todos los milagros de Jesús fueron, en realidad, inútiles, excepto para aliviar a algunos enfermos de sus dolencias. Presentarlos como pruebas de su superioridad, de su especial unión con la divinidad, o como de su divinidad misma, es un intento infructuoso de los evangelistas. El profesor J. Peláez, afirma:

“Se puede decir que el milagro no prueba apodícticamente nada: endu­rece el corazón de los adversarios de Jesús, confirma en la fe a sus seguidores o llena de desconcierto a la gente”.

El equipo “Cahiers Evangile” remacha que los milagros no son “pruebas”, sino “signos”, un mensaje, una palabra de Jesús y sobre Jesús, y que sólo tienen sentido para quienes ya tienen fe: “El milagro como tal no puede ser reconocido más que por el creyente”.

Por otra parte, debemos destacar otro hecho: el que existan narraciones acerca de que tales prodigios podían llevarlos a cabo diversidad de personas. De todos los fundadores de religiones se cuenta que hicieron milagros, inclu­yendo resurrecciones.

El Antiguo Testamento está lleno de prodigios realizados por los profetas. Los de Moisés, especialmente, fueron tan extraordinarios que los de Jesús, comparados con aquel, apenas pueden considerarse juego de ni­ños. En tiempos de Jesús no faltaron, los obradores de milagros en Roma, Grecia o Egipto, inclusa en la misma Palestina, entre los judíos (en el Talmud se habla de un rabino que dio muerte a un colega suyo porque creyó que se había mofado de él, después de lo cual lo resucitó al darse cuenta de que se había equivocado).

El Libro de los Hechos nos cuenta el caso de Simón el Ma­go, a quien, en Samaria, todo el mundo “le prestaba atención porque les había tenido atónitos durante mucho tiempo con sus artes mágicas”. Por supuesto que el autor de los Hechos llama magia al poder de hacer milagros, igual que en algunas tradiciones rabínicas (baraítas, citadas en el Talmud hebreo) en­tendían los prodigios de Jesús. Los discípulos del Maestro de Nazaret también hicieron milagros cuando los envió como misioneros, incluso algunas personas que no eran discípulos, pero que usaban el nombre de Jesús para realizar exor­cismos, como nos cuentan Marcos y Lucas: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros”.

Muerto Jesús, sus seguidores (Pablo, Pedro, Felipe…) también hicieron algunos milagros. Y con el paso del tiempo, durante estos dos mil años, no han faltado nunca, hasta nuestros días, santos milagreros. Y curanderos y sanadores, cristianos y no cristianos.

Los milagros pueden hacerlos incluso personas y espíritus enemigos de Je­sús: “Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y realizarán señales y prodigios para engañar a los’ elegidos”, dice Jesús. “La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios enga­ñosos“, escribe Pablo en 2 Tesalonicenses.

Evidentemente, los evangelistas se equivocaban cuando creía que los mila­gros de Jesús eran “pruebas” de su divinidad. Vimos al comienzo que Jesús hace milagros de las formas más dispares, incluso opuestas. Lo mismo cura a alguien que está a varios kilómetros de distancia, como necesita tocar con saliva y barro al enfermo, o cura con sólo su palabra, o simplemente impo­niendo sus manos, sin hablar siquiera. Tan dispares formas de curar sólo cuadran con los distintos métodos que usa un sanador según la enfermedad de la persona. Esas curaciones fueron exageradas por sus seguidores después de muerto, interesados como estaban en demostrar que era un personaje divino. De este interés surgieron otras muchas leyendas que examinaremos a continua­ción.

Todo el Nuevo Testamento, en realidad, está plagado de prodigios. Pero, como dijo alguien, los milagros de Jesús, como todos los milagros, resultan inútiles para la humanidad, pues aunque sanen a algunos enfermos, no eliminan las enfermedades. El poder de los milagreros y sanadores es bastante limitado (lo que demuestra su origen puramente humano) y sólo tienen un interés rela­tivo, en tanto en cuanto alivian el sufrimiento de algunas personas. Pero el mundo está lleno de ese sufrimiento producido por las enfermedades. Jesús no pudo evitarlo. Lo demostró holgadamente cuando, entre todos los enfermos que esperaban ansiosos en la piscina de Bezatá, sólo atendió a uno (Mateo cuenta que en cierta ocasión le llevaron numerosos enfermos y los curó a to­dos, ¿por qué no hizo lo mismo en Bezatá?).

Pero la verdad es que nadie espera que Dios venga a este mundo y elimine todas las enfermedades que nos aquejan. Ese sería el verdadero milagro. Lo demás sólo son remiendos temporales, propios de nuestra incapacidad como seres humanos. Jesús se comportó como tal, como un ser humano, compasivo pero impotente ante tan­to dolor. No podía hacer milagros, sólo curar a algunos enfermos por medio de la sugestión sobre quienes tenían confianza en él. Como en todos los tiem­pos. Como hoy.

Por otra parte, el sentido común, la simple lógica, nos proporciona un ar­gumento en contra de los milagros de Jesús (y de todos los milagros, por su­puesto): En ninguna parte se dice que Jesús sanase a alguien a quien le faltase una pierna, una mano o un brazo, o tuviese un ojo vacío, haciendo que estos miembros apareciesen de la nada. Ningún hacedor de milagros ha podido rea­lizar un prodigio de tal magnitud. Los milagros tienen un límite. Pero no lo tendrían si realmente viniesen de Dios.

Ni lo milagros son cosa de los tiempos modernos. Así que la ciencia ha ido avanzando, los prodigios se fueron extinguiendo. Ahora han sido los seres humanos quienes han erradicado, verdaderamente, sin necesidad de recurrir a milagrerías, varias enfermedades de todo el planeta. No sólo se ha curado a enfermos, sino que la ciencia ha acabado con la enfermedad. Lo que no pudo hacer Jesús ni ninguno de los taumaturgos de la antigüedad.

Otros destinatarios:

OTROS RELATOS MARAVILLOSOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Aparte los milagros que se dice que obró Jesús personalmente, también se narran numerosos hechos extraordinarios ocurridos desde su nacimiento hasta su muerte, así como en la primera comunidad cristiana. No nos detendremos en analizarlos uno a uno, pues son narraciones tan infantiles que no necesitan de ningún comentario. Sólo vamos a transcribir la relación de esos prodigios:

1. -El ángel del Señor se aparece a Zacarías para anunciarle que su mujer tendrá un hijo, Juan el Bautista. Por dudar de ello, pues su mujer., Isabel, era estéril, queda mudo hasta que nace el niño. Pero Zacarías dudaba lógicamen­te. ¿Por qué ése castigo?

2.-María queda embarazada por obra de la divinidad (una idea claramente pagana). Se lo anuncia el ángel Gabriel. Muchos fundadores de religiones apa­recen como nacidos sin intervención humana masculina. José, desagradable­mente sorprendido por el extraño embarazo, debe ser tranquilizado (en sue­ños) por un ángel.

3.-Unos magos de Oriente vienen a adorar a Jesús guiados por una estre­lla que se detiene sobre el lugar de su nacimiento. ¿Cómo puede detenerse una estrella sobre una casa?

4.-Unos pastores son avisados por un ángel para que vayan a adorar al re­cién nacido.

5.-Herodes el Grande ordena matar a todos los niños pequeños de Belén para asesinar a Jesús. Un ángel ordena a José que escapen a Egipto. El mismo ángel le dice que vuelva cuando Herodes ha muerto.

6.-Bautizado Jesús por Juan, una paloma se posa sobre él (el Espíritu Santo) y una voz desde el cielo le dice que es su hijo amado. ¿Por qué una paloma? Si Jesús era Dios, ¿para qué necesitaba una teofanía? En realidad se trata del momento en que Jesús descubre su vocación. .

7.-Jesús es “empujado” por el Espíritu al desierto, donde es tentado por el demonio y llevado en volandas, por el maligno, a un monte y al alero del Tem­plo. ¿Por qué Dios se somete a un ritual tan extraño?

S.-Jesús, sobre un monte, y en presencia de Pedro, Juan y Santiago, mues­tra su rostro brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Moisés y Elías se parecen. Vuelve a oírse la voz del cielo como en el bautismo. Una manifestación de poder divino exclusiva para sólo tres discípulos. Carece de sentido. Los discípulos no la necesitaban. Ya habían visto muchos milagros de Jesús.

9.-Al morir en la cruz, se rasga el velo del Santuario, se extiende la oscu­ridad sobre todas las cosas, tiembla la tierra, se rajan las rocas, se abren los sepulcros y resucitan muchos cuerpos de santos difuntos, que (y esto resulta bastante inverosímil) esperaron a que Jesús resucitara para correr a la ciudad apareciéndose a muchos. Se dice que fue una señal de la victoria de Cristo sobre la muerte. Pero la gente que veía a los resucitados caminando por las calles y entrando en las casas de sus parientes nunca supo (al menos no se dice) que era un milagro provocado por el triunfo de Jesús sobre la muerte.¿De qué sirvió? Y tan sorprendente prodigio, ¿cómo no dejó huella en la historia de la ciudad ni nadie escribió acerca de ella? Un escritor judío, Flavio Josefa, que vivió en el siglo 1º y contó la historia de su pueblo hasta el año 66 (habló de la muerte de Jesús y de su hermano Santiago) pudo hacerlo. O Filón de Alejandría, que también vivió por aquel tiempo. Lo hubiesen hecho, sin duda, si tal resurrección de muertos (o la muerte de los inocentes) hubiera sido cierta.

10.-Jesús se aparece, resucitado, a las mujeres y a los apóstoles y discípu­los. ¿Por qué no se pareció a todos aquellos que no le creyeron cuando vivía? Hubiera sido una magnífica ocasión para probar su divinidad con hechos con­tundentes. Sus apariciones exclusivas a quienes le seguían y creían ya en él, resultan sumamente sospechosas, máxime teniendo en cuenta que sí se presen­taron los resucitados cuando el terremoto, cuyas apariciones no sirvieron de nada a Jesús. ¿Y por qué no se apareció al jefe de los apóstoles, Pedro, en primer lugar, en vez de hacerla a una mujer de la que había sacado varios demonios? Por otra parte, Juan cuenta que en el sepulcro vacío estaban las vendas que cubrían a Jesús muerto, lo que significa que resucitó desnudo. ¿Cómo se apareció después vestido?

11.-El Hijo de Dios vuelve al cielo, elevándose en el aire hasta que una nube le oculta. Creían entonces que Dios estaba “en el cielo” y allí encaminan a Je­sús; pero Dios está en todas partes, así que Jesús no hubiera tenido más que desaparecer para reunirse con su Padre, sin necesidad de subir a ningún sitio.

12.-El Espíritu Santo, precedido de un ruido como una ráfaga de viento im­petuoso, se aparece a los apóstoles en forma de llamas de fuego que se posan sobre ellos. Los apóstoles, inmediatamente, comienzan a hablar en otras len­guas. Pero nadie explica qué decían en esos momentos ni qué relación hay entre recibir al Espíritu y hablar en lenguas extrañas. Se dice que había allí judíos de todas partes del Imperio que les oyeron hablar, cada uno en su propia lengua, lo que no se dice es qué decían; pero cuando Pedro se dirige a ellos para expli­carles el ruido de viento, no lo hizo en la lengua de todos, sino en griego. ¿Otro milagro inútil? Por otra parte, según el evangelio de Juan, Jesús ya ha­bía “soplado” sobre los apóstoles diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”. Si ya lo habían recibido, ¿por qué lo reciben otra vez?

13. –El ángel del Señor abre las puertas de la prisión donde el Sanedrín ha­bía encarcelado a los apóstoles y les encomienda que sigan predicando. A con­tinuación se informa de que las puertas de la cárcel no se abrieron, pues estaban bien cerradas y los guardias ante ella. Debieron salir atravesando las paredes, como Jesús resucitado.

14.-Yendo hacia Damasco, Saulo, perseguidor de los cristianos, cae de su caballo a causa de una potente luz bajada del cielo y escucha la voz del mismo Jesús. Quedó ciego durante tres días (se ignora la causa, pues la luz no tenía por qué cegar, siendo divina como era) y desde entonces se dedicó a predicar al Cristo. Una vez se dice que sus acompañantes oyeron la voz pero no sabían de dónde venía, y otra vez se dice que vieron la luz pero no oyeron la voz.

15.-Un centurión romano, de nombre Cornelio, hombre piadoso como pocos, recibe la visita del ángel de Dios, el cual le conmina para que envíe a buscar a Simón Pedro. Pedro, entre tanto, cae en éxtasis y tiene una visión: “una cosa así como un gran lienzo atado por las cuatro puntas y lleno de cua­drúpedos, reptiles y aves”. Una voz le dice que coma, pero él se resiste, por­que jamás ha comido cosa impura. La voz le dice que no es profano lo que Dios ha purificado. Y la visión desaparece. Llegan entonces los enviados de Cornelio. Pedro, que ha comprendido el sentido de la visión, les acompaña, y en casa del centurión les predica a él y a toda su familia y amigos allí reuni­dos. Acabada la prédica, el Espíritu Santo “cayó” sobre todos los presentes, y Pedro no pudo negarse a bautizar a aquellos paganos. Luego tuvo que dar ex­plicaciones en Jerusalén a la comunidad, pues les estaba prohibido entrar en casa de gentiles.

La historia es una justificación de que los paganos no estaban excluidos de la fe en Jesús. Eran los tiempos en que el rechazo judío se hacía cada vez más patente y la única solución razonable, como dijo Pablo en otra ocasión, era volverse a los gentiles.

16. –Pedro es apresado por Herodes para presentarlo al pueblo después de la Pascua y ejecutarlo. Pero estando durmiendo en la cárcel, custodiada por cua­tro escuadras de soldados, vino el ángel del Señor, le tocó en el costado y le dijo: “Levántate aprisa. Cíñete y cálzate las sandalias. Ponte el manto y sí­gueme”. Pedro, liberado de sus cadenas milagrosamente, siguió las órdenes del ángel, y ambos salieron sin que nadie se diera cuenta. Cuando ya estaban en plena calle, el ángel desapareció. Otra vez el mensajero.

17. –En Antioquía, mientras los discípulos celebraban el culto del Señor y ayunaban, “dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra que les tengo encomendada”. No se explica en qué forma se presentó el Es­píritu, ni siquiera si se presentó en forma alguno o sólo se escuchó su voz. Nos recuerda aquellas voces de Yahvé que hablaba sin cesar en el Antiguo Testamento sin que el autor explique nada, solo usa la expresión “dijo Yahvé”.

18. –Se repite lo que hemos visto en el número anterior. “Atravesaron (Pa­blo y Timoteo) Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar en Asia. Intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo con­sintió el Espíritu de Jesús”. No se explican las circunstancias en que el Espíritu les impidió predicar, ni si el Espíritu Santo y el Espíritu de Jesús eran la misma cosa.

19. –Pablo y Silas son apresados en la ciudad de Filipos, encarcelados y amarrados con cadenas. Ellos se pusieron a predicar a los presos y a cantar himnos. En aquel instante se produjo un terremoto tan fuerte que los cimientos de la cárcel se conmovieron, se abrieron todas las puertas y cayeron las ca­denas de los prisioneros. El jefe de la cárcel recibió también la palabra y les invitó a su casa (que debía estar muy cerca, pues los presos vuelven a la cár­cel). Al día siguiente fueron puestos en libertad por orden de los pretores.

20.-Estando Pablo en Corinto “el Señor le dijo durante la noche en una vi­sión: No tengas miedo, sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo y nadie te pondrá hacer mal, pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciu­dad”. Se supone que “el Señor” es Jesús, que en ocasiones suple al Espíritu Santo en su misión de hablar a los apóstoles.

21. –Pablo, arrestado en Jerusalén, pide permiso para hablar a los judíos. Entre otras cosas les dice: “Habiendo vuelto a Jerusalén, caí en éxtasis en el Templo y le vi a él (a Jesús) que me decía: Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí”. Y a continuación le insiste: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles”. Los judíos se re­vuelven contra Pablo y es llevado ante el Sanedrín, a cuyos componentes pre­dica, pero tampoco le escuchan y el tribuno le devuelve a la cárcel. Esa noche “se le pareció el Señor y le dijo: “Ánimo, pues como has dado testimonio de mí en Jerusalén (a pesar de haberle prohibido que lo hiciera) así debes darlo tam­bién en Roma”.

Jesús, el Espíritu Santo y los ángeles dirigen la misión de sus seguidores, especialmente la de Pablo.

A Dios sea la gloria por tantos milagros.

3 comentarios en “MILAGROS DE LA NATURALEZA

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