La saga del “Hobbit” pone en evidencia una ciencia en crisis


La saga del “Hobbit” pone en evidencia una ciencia  en crisis

por Guillermo Caso de los Cobos

Nota: Articulo escrito desde la plataforma cientifica evolucionista. Paulo Arieu

Homo floresiensis vs Homo sapiens sapiens

Fuente: machineslikeus.com | Darren Curnoe| 11 de febrero de 2013 (Traducción de G.C.C. para Terrae Antiqvae)

Digamos lo obvio: la evolución humana no deja de tener su drama, y la última andanada en curso sobre el Hobbit, u Homo floresiensis, confirma esta batalla una vez más.

El anuncio en 2004 del Homo floresiensis -apodado “el Hobbit“- marcó el inicio de una saga muy frecuente en el ámbito enrarecido de la evolución humana. Inmediatamente después de su anuncio, los antropólogos se dividieron a lo largo de líneas compartidas y ampliamente arraigadas para apoyar u oponerse a tal hallazgo como algo novedoso para la ciencia.

¿Era una nueva especie extremadamente inusual? ¿O era simplemente un ser humano moderno con determinada enfermedad?

El año pasado se vieron artículos enfrentados sobre si los especímenes de la cueva de Liang Bua (derecha) eran simplemente humanos modernos cretinos: ninguno de los bandos proporcionó motivo alguno.

El último cañonazo del bando en “pro” del Hobbit marca el comienzo de la batalla en 2013: la anatomía altamente inusual hallada en los huesos de la muñeca de un segundo individuo.

Los mismos hallazgos son importantes, pero el debate sobre el Homo floresiensis es también fundamental debido a lo que nos dice acerca de la ciencia de la evolución humana, una disciplina en profunda crisis conceptual.

Una ciencia peculiar

La ciencia de la evolución humana -conocida como la paleoantropología, es decir, el estudio de los antiguos humanos- es un campo bastante extraño. Se combina en ella una mezcla de elementos que rara vez se ven en otras disciplinas.

Los sujetos -los fósiles humanos- son extraordinariamente raros y difíciles de encontrar, y los especímenes son a menudo incompletos o están dañados. Los tamaños de las muestras suelen ser muy pequeñas, a menudo demasiado como para hacer cualquier estadística significativa. Y un solo hallazgo puede ofrecer un gran desafío, barriendo de modo efectivo ideas largamente arraigadas.

Su campo de estudio tiene un perfil desproporcionadamente alto entre el público y los medios de comunicación: simplemente escriba “evolución humana” en Google y el navegador le proporciona hasta 131 millones de resultados.

La cuestión atrae a investigadores de diversos campos como la antropología, la arqueología, la anatomía, la genética y la geología, entre otros, con normas a veces muy diferentes sobre lo que constituye la evidencia científica.

Hay muchas opiniones sobre diversos aspectos de la evolución humana, y luego están los fósiles para probarlas.

Foto: Izquierda: Cráneo de un Hobbit. Derecha: Cráneo de un Homo sapiens

Mi último recuento del número de teorías publicadas para explicar la evolución del bipedismo estaba cerca de 200. Ninguna de ellas puede ser “probada”, y la mayoría son incontrastables.

Por lo tanto, detrás de cada debate -como, por ejemplo, sobre el Homo floresiensis– se establece un complejo conjunto de prejuicios y preconceptos individuales acerca de lo que cuenta como ciencia válida siempre que el descubrimiento desafía al cuerpo individual de los eruditos o a las convicciones personales y las ambiciones de carrera.

El próximo gran descubrimiento también puede traer para su descubridor fama y notoriedad pública en los medios de comunicación, en internet, el reconocimiento de sus compañeros, y un más fácil acceso a la financiación para las escasas investigaciones, y tal vez aquello que se busca durante mucho tiempo: la promoción.

Y lograr que todo el escenario del Hobbit se venga abajo también puede traer los resultados deseados en una carrera.

El niño de Taung y otros descubrimientos prematuros

La historia del Homo floresiensis también tienen paralelos en muchos aspectos a otros importantes hallazgos, tal como el famoso niño de Taung, que también es un ejemplo de un descubrimiento precoz.

Mientras vivía en Sudáfrica en 1924, al australiano Raymond Dart (izquierda), le fue presentado por un estudiante un cráneo fósil del que pensó, en un principio, era de un mono de una cantera de cal en Taungs (ahora Taung) cerca de la famosa ciudad de los diamantes de Kimberley.

Cuando cuidadosamente desconchó su revestimiento de roca con una aguja de tejer y un martillo,  encontró la evidencia de que el fósil era un especímen “intermedio entre los simios y el hombre”, al señalar que muchas de sus características anatómicas en gran medida “revelaban a un personaje delicado y humanoide”; las conclusiones las expuso en un artículo publicado en Nature, en 1925.

No puede decirse suficientemente hasta qué punto fueron audaces las declaraciones de Dart en aquel tiempo, y esto le llevó a muchas décadas en el frío antes de que su descubrimiento del Australopithecus africanus -que significa “mono del sur de África”- fuera aceptado por la corriente principal de la antropología.

El niño de Taung tenía el tamaño del cerebro pequeño, lo que estaba en contradicción con las opiniones prevalecientes sobre la preeminencia del tamaño del cerebro en nuestra evolución. Esta es una de las principales razones por las que Dart se abstuvo de colocar el especímen directamente en el árbol de la evolución humana.

El cerebro del Hobbit es inesperadamente pequeño para una criatura que vivió hace 17.000 años.

Había otros problemas para el descubrimiento de Dart. Se pensaba que el niño había muerto alrededor de los seis años de edad, y muchos científicos estimaron que sus características casi humanas eran simplemente una expresión de su inmadurez.

Algunos científicos piensan que las características inusuales del Hobbit (especialmente como australopitecino) son el resultado de una enfermedad.

Reconstrucción facial del niño de Taung. Universidad de Padua / Wikimedia Commons

La edad geológica sugerida para el Niño de Taung era también aparentemente muy joven, a pesar de que tales juicios en aquel tiempo fueran pobres especulaciones fundadas en escasas o nulas evidencias. El Homo floresiensis es sorprendentemente joven (entre 74.000 y 17,000 años ) dada su muy primitiva anatomía.

La ubicación de la cantera de fósiles (entonces llamada Taungs), en el borde del desierto de Kalahari, también requiere una explicación. África era vista como un lugar de remanso: la evolución humana se había producido, en realidad, en Europa y Asia, o eso se creía entonces.

Pero desde la década de 1960, Asia fue considerada como el lugar de remanso en la evolución humana, con la mayoría de sus episodios ocurriendo en África y Europa. Por lo tanto, el Hobbit parece estar fuera de lugar.

Ahora sabemos, por supuesto, que a pesar del carácter extraordinariamente valiente de las reclamaciones de Dart, la historia ha demostrado que él estaba en lo cierto.

Resulta que el descubrimiento de Dart fue, como indicó su protegido Phillip Tobias (derecha), un ejemplo de descubrimiento prematuro en la ciencia. ¿Por qué? Simplemente porque como lo expresó Tobias, la interpretación de Dart del niño de Taung “… no se podía conectar mediante pasos sencillos y lógicos con el paradigma imperante en 1925”.

El Homo floresiensis, al parecer, es también otro ejemplo de un descubrimiento científico prematuro.

Viejas ideas

Hay un aspecto aún más preocupante en el campo que sustenta los debates que rodean al Hobbit. Uno que pasa en gran parte invisible para los que no están al tanto.

Muchos antropólogos se aferran a ideas desfasadas sobre la evolución, incluyendo los modelos desarrollados en las décadas de los años treinta y cuarenta del siglo pasado por los pioneros de la llamada “Síntesis moderna”, como Theodosius Dobzansky, George Gaylord Simpson y Ernst Mayr.

Estos gigantes de la biología de mitad del siglo XX son todavía considerados como la autoridad final en materia de evolución por muchos paleoantropólogos. Si bien no hay duda de que su contribución a la historia de la biología evolutiva fue crítica, muchas de sus ideas han sido cuestionadas o se hallan fuera de lugar en los últimos cincuenta años, o más.

Estos antropólogos también atacan a cualquiera que trate de fundamentar la disciplina, de acuerdo con la biología del siglo XXI, tachándole como un “anti-evolucionista”, al tiempo que se aferran a ideas que están refutadas o al menos seriamente obsoletas.

La famosa cita de Dobzhansky (izquierda), “nada tiene sentido en biología excepto a la luz de la evolución”, tiene una relevancia actual aquí.

Sin duda, hay dos puntos en su comentario. En primer lugar, el punto obvio general acerca de la evolución como un amplio modelo explicativo, y el segundo, más sutil, acerca de las ideas que tienen sentido a la luz del pensamiento contemporáneo sobre la evolución, tal como cuando él pronunció esas palabras.

Una “Síntesis ampliada”

Un gran debate en los círculos de la biología evolutiva de hoy es si la “Síntesis moderna” de mitad del siglo XX tiene que ser radicalmente actualizada. En este momento está surgiendo un consenso de que es hora de un cambio o de una “Síntesis ampliada”.

La necesidad surge del hecho de que la “Síntesis moderna” es lo que el filósofo de la ciencia, Karl Popper (derecha), llamó “teoría de los genes”. La “Síntesis ampliada” es vista como una teoría de los genes y las formas (o fenotipos), y la compleja interacción entre ambos.

No es que la selección natural o la teoría de la descendencia común sean redundantes, sino más bien que nuestra comprensión de cómo funciona la evolución y cómo los genes e influencias ambientales interactúan para construir cuerpos y conductas han recorrido un largo camino en ese tiempo.

La teoría evolucionista necesita ser actualizada para reflejar los notables progresos y las nuevas ideas y mecanismos revelados en las últimas cinco décadas o más.

¿Por qué el Hobbit es tan importante

La nueva investigación publicada por Caley Orr (izquierda), y colaboradores, en Journal of Human Evolution, presenta un estudio detallado de los huesos de la muñeca de un segundo individuo Hobbit en el que ha se han utilizado las últimas técnicas de modelización y estadística, así como detalladas interpretaciones de la función de la muñeca.

Los autores afirman que su trabajo “apoya al Homo floresiensis como un taxón válido, y refuta la hipótesis de que estos especímenes representen humanos modernos con algún tipo de patología o trastorno del crecimiento”, y que el Hobbit se corresponde con un linaje evolutivo muy antiguo anterior a la aparición de nuestra especie.

Resolver el estatus del Homo floresiensis es parte clave de la paleoantropología para permanecer relevante y sobrevivir a las revisiones radicales que acompañarán a la “Síntesis ampliada” durante el siglo XXI.

Muchos investigadores que se oponen al Hobbit se aferran a una visión de la “Síntesis moderna” del mundo en el que han existido muy pocas especies, que evolucionan lentamente, y tal vez incluso dentro de una única línea de antepasados, desde los chimpancés hasta nosotros hoy en día.

Con esa mentalidad, la misma noción de algo así como el Hobbit es simplemente impensable.

Sin embargo, esta opinión no puede sostenerse en vista de los notables avances en biología evolutiva y los muchos fósiles descubiertos durante el último medio siglo.

El Homo floresiensis debe ser visto como lo que es, y los que tratan de censurar el debate o abogan por una moratoria en el nombramiento de nuevas especies, ante la diversidad evidente de nuestra evolución, deben ser expuestos como los reaccionarios que verdaderamente son.

Si se salen con la suya, la paleoantropología morirá -una muerte científica- y ellos tendrán sangre en sus manos.

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