¿Alternativa a la democracia?


¿Alternativa a la democracia?

Cada vez se hace más evidente la democracia dista mucho de ser un sistema político compatible con el cristianismo, y varias veces yo mismo he criticado en este espacio sus principios. Sin embargo, cada vez que hacemos esto, se nos responde “¿Y qué propones? ¿una dictadura teocrática o volver a la “monarquía católica”? La democracia no es un sistema perfecto, pero es el menos malo de los que conocemos”. Esto nso deja una sensación amarga porque en definitiva, somos como la mujer golpeada por su pareja: sabemos que la democracia representativa tiene vicios que la hacen prácticamente intolerable y que ella misma ya no nos soporta, pero nos quedamos con ella, sólo por el temor a que las alternativas sean peores.

Permítanme compartir con ustedes algunas ideas que pueden formar un sistema político alternativo. Este es un mero ejercicio filosófico y utópico, para demostrar que existen otras opciones, si empleamos un poco de imaginación. Por favor, opinen y critiquen dentro de ese mismo espíritu.

El problema de la representación popular

La teoría nos dice que la democracia directa es incompatible con la vida moderna, por lo que se hace necesario una que sea representativa, es decir, que el pueblo elija a personas dedicadas a adoptar decisiones en nombre de los electores. Esto, que parece incuestionable y de sentido común es el origen de lo que normalmente entendemos por “la Política”, y de todos sus vicios, porque en los hechos, los oficiales electos no están sujetos a ninguna restricción o responsabilidad por las decisiones que toman en ejercicio de su cargo.

Así, si nos ponemos a listar qué influye en las decisiones de un diputado o senador, nos encontramos con:
1.Sus propios intereses.
2.Los de su familia
3.Los del partido que lo propuso como candidato.
4.Los de los que financiaron su campaña política.
5.Los de los que financiarán su próxima campaña.
6.Los de la prensa, que puede hacerlo o no conocido a nivel nacional.
7.Los de quienes tienen acceso a él para hacer lobby (sin estar incluidos en alguno de los grupos anteriores).
8.Los de quienes votaron por él.
9.El bien común

El pueblo está en noveno lugar, o décimo, si tenemos que mencionar además las convicciones personales del diputado. Es claro que eso de “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es más que un chiste.

La solución para esto no es original mía. Ya los atenienses conocían bien este tipo de vicios, y decidieron que lo mejor para desmantelarlos era simple y directo: buena parte de los oficios públicos en la democracia ateniense eran sorteados entre los ciudadanos.

Para volver a una verdadera representación popular, olvidémonos de que los políticos representan a los electores, e implementemos una verdadera asamblea representativa, cuyos miembros sean elegidos al azar entre los ciudadanos, de acuerdo a sus características demográficas. Por ejemplo, si en Chile hay 49,5% de hombres y 50,5% de mujeres, una asamblea de mil miembros debería tener 495 hombres y 505 mujeres, lo mismo con la distribución entre población urbana o rural, por tramos de edad, por región o incluso por representación étnica, si eso se estima importante.

Todos los votantes entrarían a forma parte de este sorteo, con la obligación de servir el cargo por un año, actividad por la que recibirían una remuneración cada vez que emitieran su voto en forma secreta.

Esto entregaría una verdadera representación de lo que la gente común y corriente piensa sobre un tema determinado, y no sobre una persona. Sería una especie de encuesta constante. El alto número de miembros (tal vez junto a una reserva de su identidad) haría prácticamente imposible que el lobby de grupos de poder tuviera algún efecto, y como no son elegidos, eliminamos también la influencia de la prensa y de los financistas y partidos políticos. Otra forma de mantener a raya estas influencias espurias se lograría si cada uno de estos asambleístas votara desde su ciudad de origen, por medios electrónicos, dificultando aún más que los interesados los contactaran.

Los griegos también sabían que un alto número de participantes en una asamblea fácilmente puede paralizar las discusiones, por lo que crearon la bulé, un grupo de 400-500 ciudadanos, que tenia entre sus funciones, el dirigir los debates en la asamblea. En mi propuesta, el Senado asumiría una labor similar, de modo que la asamblea sólo podría votar sí o no a los proyectos que propone el Senado. Este Senado sería el representante de la clase política, que necesariamente existe siempre, pero no del pueblo, sin perjuicio que se generara mediante elecciones, como ocurre en la actualidad, y podría adoptar decisiones por sí sola, cuando los políticos lograran ponerse de acuerdo, pero bastaría con un tercio de sus miembros para forzar una votación en la asamblea.

El poder ejecutivo

En las democracias presidenciales, el Presidente de la República ha venido a remplazar la figura del antiguo rey, como máxima autoridad en funciones ejecutivas y símbolo de cohesión estatal y política. El problema es que en los tiempos de los monarcas absolutos, las labores ejecutivas se limitaban a decidir con qué país vecino ir a la guerra, y con cuál otro establecer relaciones diplomáticas (o casar a sus hijas, que era lo mismo). En cambio, hoy se espera del presidente que sea la última autoridad en asuntos tecnológicos, geopolíticos, militares, económico, laborales, de salud, educación, policía, justicia y cada uno de los ministerios en que se pueda pensar.

Esta estructura además se presta para un marcado personalismo, poniendo en manos de una sola persona las necesidades de millones de sus conciudadanos. Un sujeto con una personalidad normal naturalmente se sentirá abrumado ante la perspectiva de asumir un rol de esas características, y lo descartará, si no por mejor razón, al menos para conservar la cordura. La consecuencia de esto es que necesariamente aumenta la posibilidad de que postulen al cargo de Presidente de la República personas con rasgos narcisistas y megalómanos. Nada saludable.

Mi alternativa: entregar la gestión ejecutiva a un cuerpo colegiado, que distribuya entre sí las funciones de las que se hace cargo el Estado actualmente, tres Presidentes, o un Presidente y dos Vicepresidentes. Por ejemplo, una distribución funcional entre ellos podría ser la siguiente: El Presidente encargado de Relaciones Exteriores, Defensa, y los ministerios políticos; el primer Vicepresidente a cargo de servicios sociales, como Educación, Salud, Trabajo y Justicia; y el segundo, de los ministerios económicos, como agricultura, minería, energía, presupuestos, etc.

Esto también prestaría una mayor responsabilidad y calidad en el voto que emiten los ciudadanos, porque hoy en día se vota por el Presidente, sólo confiando en que nombrará a personas idóneas en cargos clave, pero con esta propuesta habría información más concreta al respecto. Desde luego, se espera que estos tres logren ponerse de acuerdo respecto a todos los asuntos en que deban adoptar una decisión, de modo que esa falta de acuerdo llevaría a poner término a su mandato. Tampoco es menor la ventaja de que el Presidente podría irse de vacaciones tranquilo, y el país seguir funcionando sin temor a que todo lo hecho en ese tiempo será revisado.

El pueblo y el derecho a voto

Las feministas suelen recordarnos que el voto universal para las mujeres fue una gran conquista obtenida luego de muchos esfuerzos. Lo que olvidan mencionar es que los hombres no gozaron de ese derecho desde tiempos inmemoriales, sino que lo obtuvieron apenas una generación antes, cuando se modificaron las leyes de voto censitario.

Medio siglo ha pasado desde entonces, y ya a nadie le interesa votar ¿Para qué? Si el voto es uno más dentro de millones que se emiten en cada elección, así que no va a cambiar nada, y aunque fueran menos, en definitiva no se vota por una idea, sino por una persona, peor aún, por un político, que va a tomar sus decisiones tomando en cuenta ocho o más factores antes de encontrarse con la voluntad de sus electores.

Todavía creo que votar es importante, pero nada en nuestras leyes refleja esa importancia. Si los dementes y los niños de 16 años pueden influir en las decisiones que afectan a todos igual que yo, entonces mi aporte es tan relevante como el de un loco o un niño. Para eso no salgo de mi casa.

Votar es importante, porque refleja una actitud de preocupación por los demás, de compartir el destino común que resulte luego de esa votación, y nuestra forma de gobierno deberían exaltar eso. Las antiguas leyes de voto censitario lo hacían, asumiendo que una vez que se tenía cierta fortuna se aportaba con impuestos al gobierno, y eso les daba el derecho a opinar y el interés sobre los asuntos en que se gastaba el dinero, además de la educación para aportar con una buena decisión.

Actualmente sería absurdo e inútil proponer el voto censitario, pero sí deberían ponerse algunos requisitos a la participación política, que reflejen el interés que los ciudadanos deben tener no sólo por sus propio destino sino también por el de otros.

En tal sentido, lo que propongo es que se otorgue el derecho a voto a las mujeres que hayan tenido un hijo, y a los hombres que hayan participado responsablemente en la crianza de al menos uno mayor de cinco años. ¿Por qué este requisito? Porque luego de haber sido padre, creo que este factor está abierto a todas las personas, sin distinción de su clase social, y al mismo tiemporefleja efectivamente una preocupación que va más allá de uno mismo. Desde luego, las personas solteras podrán tener una forma de acreditar un servicio a la comunidad que los haga merecedores del derecho a voto.

Visto desde este punto de vista, un sistema así podría denominarse una “democracia del proletariado”, ya que originalmente “proletariado” denominaba justamente de las clases que no tenían más posesión que su prole.

Poderes contra mayoritarios

Desde siempre la democracia ha estado consciente de que la regla de la mayoría no garantiza que las decisiones adoptadas formalmente y de acuerdo a los procedimientos legales, no afecten los derechos y garantías de las minorías. Por eso se han establecido diversos poderes contra mayoritarios, que se reflejan tradicionalmente en las constituciones, al establecer principios inviolables para los órganos estatales, y más recientemente estableciendo tribunales constitucionales.

El problema de estas instituciones es que son tremendamente vulnerables a las mismas mayorías políticas que supuestamente deben controlar y restringir. Así, las constituciones se modifican por mayorías parlamentarias transitorias y los miembros del tribunal constitucional son designados por los congresistas, quienes llegan a acuerdo al respecto (“el último fue de tu lado, ahora me toca designar uno del mío”).

Debería existir un órgano a modo de Tribunal Constitucional, al cual puedan recurrir los ciudadanos cuando se vulneren los derechos fundamentales que emanan de la naturaleza humana, y que no esté conformado por funcionarios que reciban un sueldo del Estado, o hayan sido designados para el cargo por organismos estatales. Esto es importante, porque apunta a que las decisiones que se adopten no respondan a presiones de las mayorías, sino a la intención original del poder constituyente.

Para formar parte de este cuerpo, pienso en líderes nacionales de organizaciones religiosas o filosóficas, actores o deportistas destacados, personas de reconocida trayectoria ajena a la política, y cuyo sueldo o prestigio no dependan de la decisión que adopten en cada caso concreto.

Conclusión

OK, eso es todo lo que tengo por ahora. Ninguna idea es completamente ajena a su tiempo, y es evidente que todas estas instituciones que propongo se han forjado en una profunda desconfianza hacia los políticos y las horribles e inmorales decisiones a las que nos ha llevado la democracia, como la entendemos en la actualidad.

No hago mención acerca de si es conveniente o no la confesionalidad del Estado. El ejemplo de Argentina me ha convencido de que no tiene ninguna relevancia práctica si el catolicismo es la religión oficial del Estado.

Algunos dirán “esto igual es una forma de democracia”. Puede ser, mi interés apunta más a corregir los vicios que produce la actividad política, que a debatir sobre nomenclaturas. En todo caso, me parece que nadie podría decir que esto es una teocracia.

A todos los que hayan tenido el ánimo de leer hasta aquí, vaya mi más sincera gratitud, y que se multiplicará si dejan algún comentario.

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http://patoace.wordpress.com/2013/01/23/alternativa-a-la-democracia/

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