Existió Jesús?


Existió Jesús?

Autor:Paulo Arieu

  • Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.  Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.  Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David;  para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.  Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.  Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.” (Luc. 2:1-7)

La más reciente edición de la Enciclopedia Británica utiliza 20,000 palabras para describir esta persona llamada Jesús. Su descripción requirió más espacio que el que se le concedió a Aristóteles, Cicerón, Alejandro, Julio Cesar, Buda, Confucio, Mahoma o Napoleón Bonaparte.” (Evidencias que exigen un veredicto por Josh McDowell)

Una de las preguntas históricas importantes es si Jesucristo en realidad existió.Pues bien, los arqueólogos han descubierto artefactos del primer siglo que llevan su nombre, demostrando por lo menos que alguien con ese nombre existió y vivió en el tiempo en que la biblia dice que Cristo vivió.

  • “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.   Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.    En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.   La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.  Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.   No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.    Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.    En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.    A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.     Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;  los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.   Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.  Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.  A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn. 1:1-8 RV 1960)

Además, el hecho de que el tiempo moderno se registra con referencia a a.C. y d.C. indica la existencia de un personaje prominente que lleva tal nombre. El historiador judío Josefo menciona a Jesucristo, de quien dudaba su divinidad, y a su hermano Jacobo. En su obra Las Antiguedades judías, escribió: «Pero el joven Anías, quien como dijimos, recibió el sumo sacerdocio, era de disposición intrépida y excepcionalmente atrevido; se adhirió al partido de los saduceos, quienes como ya hemos mostrado eran severos en su juicio sobre todos los judíos. Así que como Anías tenía tal disposición pensó que ahora tenía una buena oportunidad, puesto que Festo había muerto y Albino estaba en camino. Por lo tanto reunió un concilio de jueces y trajo ante ellos al hermano de Jesús, llamado el Cristo, y cuyo nombre era Jacobo, junto con algunos otros; habiéndolos acusado de quebrantar la Ley los entregó para que los apedrearan». Así que parece claro, por lo menos históricamente, que Jesucristo en efecto existió y vivió en Israel tal como lo enseña la Biblia.

  • El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él (Col.1:15-16).

En su obra titulada Antigüedades Judías que fueron escritas entre los años 70 y 100 A.D. menciona a Jesús el Mesías. Eusebio, uno de los primeros obispos cristianos, del año 324 A.D. cita mas abajo a Josefo:

“Por aquella época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que verdaderamente se le puede llamar hombre porque realizó muchas obras fuera de lo corriente y fue maestro de aquellos que aceptaban la verdad y muchos de los judíos y de los griegos depositaron su confianza en él. Fue el Mesías y cuando nuestros principales dirigentes le acusaron, Pilato le condenó a la cruz, pero aquellos que le habían querido originalmente no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día de nuevo con vida, como habían dicho que sucedería los profetas de Dios además de haber dicho muchas otras cosas maravillosas acerca de él y la tribu de cristianos, así llamados por ser sus seguidores, permanecen hasta el día de hoy”.

Un manuscrito árabe posterior, escrito en el décimo siglo, por el historiador melquita llamado Agapeo también cita el mismo pasaje de Josefo de la siguiente manera:

“En aquel entonces hubo un hombre sabio llamado Jesús y sus obras eran buenas y era conocido por ser santo. Muchas personas entre los judíos y otras naciones se convirtieron en sus seguidores. Fue condenado a ser crucificado y a morir por orden de Pilato, pero aquellos que se habían convertido en sus discípulos no se apartaron de sus enseñanzas. Informaron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Por lo tanto, puede que fuese el Cristo, acerca del cual los profetas habían contado cosas maravillosas y los cristianos, llamados conforme a su nombre, no han desaparecido hasta la fecha”.

Poncio Pilato fue otro destacado personaje bíblico de cuya existencia muchos historiadores dudaban debido a la falta de evidencia arqueológica. Sin embargo, Cornelio Tácito, uno de los más grandes historiadores romanos, lo menciona en las Historias y los anales (xv. 44) (54-68 d.C.). Al relatar la persecución de Nerón a los cristianos, Tácito escribió:

«Por consiguiente, para acallar el rumor de que había ordenado el incendio que destruyó a Roma en el año 64 d.C., Nerón culpó a los cristianos y los castigó con los máximos refinamientos de crueldad. Cristo, de quien obtuvieron su nombre, fue ejecutado por sentencia del procurador Pilato cuando Tiberio era emperador».

Es más, en las excavaciones arqueológicas en un teatro romano en Cesárea se desenterró una piedra que había servido como uno de los asientos en ese teatro. La inscripción que constaba en la piedra, la cual originalmente había servido como señal en una carretera, contenía el nombre de Poncio Pilato.

Neron incendia Roma

«En su noveno año [de reinado], los judíos fueron expulsados de la ciudad por Claudio». Pero Suetonio, que dice lo siguiente, me convence más: «Claudio expulsó de Roma a los judíos que estaban provocando constantemente disturbios a instigación de Cristo». No está del todo claro hasta qué punto había ordenado que los judíos que estaban provocando disturbios contra Cristo fueran refrenados y controlados o también había querido que los cristianos, en cuanto miembros de una religión afín, fueran expulsados». Orosio, Contra los paganos VII,6,15-16

Nerón mató a Pedro

Imagen:  Mosaico de Zliten (Tripolitania). Muestra escenas de suplicios en el circo semejantes a los descritos por Tácito respecto a los cristianos.[9]

leones

«Nerón fue el primero en ensangrentar la fe cuando crecía en Roma. Entonces Pedro es ceñido por otro, cuando es atado a la cruz. Entoces Pablo es, por nacimiento, de ciudadanía romana, cuando renace por nobleza del martirio». Tertuliano, Scorpiace 15,2-5 [6]

«Fingiendo que le desagradaba la fealdad de los antiguos edificios y la estrechez y tortuosidad de las calles, incendió Roma sin el menor disimulo, pues muchos ex-cónsules sorprendieron en sus tierras a los esclavos de sucámara provistos de estopa y antorchas, sin atreverse a tocarlos, y algunos graneros cercanos a la Casa Dorada, cuyo solar ambicionaba extraordinariamente, fueron derruidos con máquinas de guerra y luego incendiados,porque estaban construidos con muros de piedra». Suetonio, Nerón 38 [7]

Neron culpa a los cristianos

«Nerón no lograba alejar la mala fama de que el incendio había sido mandado. Y así, para desviar esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros detormentos a unos hombres odiados por el vulgo a causa de sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ejecutado por orden de Pilato, procurador de Judea. Y, reprimida por de pronto la perniciosa superstición, irrumpió de nuevo no sólo por Judea, origen de este mal, sino por la Urbe misma, a donde confluye y se celebra cuanto de atroz y vergonzoso hay por doquiera. Fueron castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicaciones que éstos dieron, una ingente multitud quedó convicta, no tanto por el crimen de incendio, cuanto de odio al género humano.  Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces, eran quemados al caer el día, a modo de luminarias nocturnas… De ahí que, aún castigando a culpables y merecedores de los últimos suplicios, se les tenía lástima, pues se tenía la impresión de que no se los eliminaba por motivo de pública utilidad, sino para satisfacer la crueldad de uno solo». (Tácito, Anales, XV,44) [8]

Incredulidad

Hay muchas personas que no quieren aceptar algunas de las his­torias bíblicas, en especial las que se refieren a los milagros. Sin embargo, al basarse en la confiabilidad de la Biblia en los aspectos de geografía, historia, se debería también considerar seriamente los relatos de los milagros. Los Evan­gelios se centran, desde luego, en la vida de Jesucristo. Todos sus escritores concuerdan que Él era el Mesías, el Hijo de Dios. Debido a su deidad, es ridículo tratar de comprender sus muchos milagros mediante nuestra comprensión de la ciencia moderna. Por su propia naturaleza, los milagros están por encima de las leyes naturales (o de lo contrario no serían milagros, ¿verdad?). Si Jesús es realmente un ser divino, en realidad esperaríamos que fuera capaz de manifestar su po­der divino mediante la realización de milagros.

Tal vez sea una sorpresa para algunos enterarse de que no todos los relatos o evidencias de los milagros realizados por Jesús proceden de fuentes cristianas. Por ejemplo, el historiador judío Josefo menciona las obras milagrosas de Jesús en su obra Antigüedades (xviii. 3.3). Josefo dice:

«Por ese tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, sí en verdad podríamos llamarlo hombre; porque fue un hacedor de obras maravillosas, un maestro de hombres que recibió la verdad con placer. Dirigió a muchos judíos y griegos. Este hombre era el Cristo. Nuestros líderes, los que en un principio le amaron, permitie­ron que Pilato lo condenara a la cruz debido a la acusación que presentaron en su contra. Debido a que al tercer día se les apareció resucitado, los profetas divinos han hablado de estas y de muchas otras cosas maravillosas respecto a Él: incluso ahora la tribu de cristianos, que tomó su nombre del suyo, no ha muerto todavía». Algunos eruditos sugieren que las frases en cursiva fueron añadidas por cristianos que trasmitieron el texto de Josefo y no el de los judíos. A pesar de eso, el texto restante en efecto verifica la existencia histórica de Jesús y sus «obras maravillosas». [5]

Cuando Jerusalén fue destruida en el año 70 d.C. cayó también la corte suprema del sanedrín. Para mantener viva la espiritualidad judía, un grupo de fariseos compiló un código religioso conocido como la Mishnah. Con el paso de los años se desarrollaron los Gemaras, que eran algunos comentarios sobre la Mishnah. A la compilación de ellos se le conoce como el Talmud. En este hay muy pocas referencias al cristianismo y las que hay son prácticamente hostiles. Pero según los comentarios de los primeros rabinos, en efecto existió un Jesús de Nazaret a quien describen como un transgresor en Israel, porque entre otras cosas practicaba la magia. Por sus transgresiones fue ejecutado en vísperas de una Pas­cua. Así que también hallamos fuentes históricas no cristia­nas que verifican el hecho de que Jesús sí realizó milagros, aun cuando los consideran brujería.

  • “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. ” (I Cor, 15:14 RV 1960)

El milagro más grande que relata la Biblia es la resurrec­ción de Jesucristo. En realidad, es el hecho milagroso que fundamenta al cristianismo. Con el paso de los años muchos han tratado de encontrarle una explicación convincente. Una teoría sugerida para explicar la tumba vacía después de la resurrección de Cristo es la posibilidad de que las autoridades judías y romanas se llevaron el cadáver. Esta sugerencia solo trae otro interrogante: «¿Por qué?» Si lo hubieran hecho, ¿por qué no lo reconocieron y presentaron los testigos? ¿Por qué no mostraron el cadáver como prueba? Después de todo, la resurrección de Cristo era el fundamento de esta nueva secta que las autoridades judías y romanas hubieran preferido sofocar. Si hubieran tenido prueba de que la resurrección era una patraña, sin duda la hubieran mostrado.

  • “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él ” (Col.1:15-16).

Cristo es la sabiduría completa de Dios hecha carne, la plenitud de Dios manifestada en su Humanidad intachable y perfecta, «por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Col. 1:19).

  • “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer ” (Jn.1:18)
  • «Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad». (2 P. 1:16)

Y en otra parte, en 1 de Jn. 1:1-3, el apóstol amado dice además:

  • «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó ); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo».

Las pruebas que Juan presenta con relación a Cristo como Hombre y no como Dios demuestran que pudo ser visto, oído y palpado. La humanidad de Cristo fue confirmada por el hecho que Juan lo pudo ver y tocar, incluso, «se había recostado sobre su pecho» (Jn. 21:20). Dios dijo a Moisés: «…No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá» (Ex. 33:20), por lo tanto, ¿es debido seguir pensando qué Cristo es Dios?

Como primogénito (prötotokos, gr.) de toda creación (päsës ktiseös, gr.), Jesús es el Hijo del Dios verdadero por excelencia «porque él le ha hecho Señor y Cristo» (Hech. 2:36). Por este razón Jesucristo tiene preeminencia o privilegio sobre los seres creados, celestiales y terrenales, ya que el Padre «le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, exaltándolo a lo sumo» (Fil. 2:9). Jesús mismo declaró que «toda potestad le fue dada en el cielo y en la tierra» (Mt.28:18).

Se tendrá en cuenta, que Cristo no fue un ser creado, sino engendrado. Para la creación del hombre terreno que pertenece a la humanidad natural y fallida se requiere de dos células muy diferentes entre sí, una femenina y la otra masculina. Estas células ya unidas darán la formación de una célula especial y única que se desarrollará más tarde en un individuo humano con sus bien definidas y sabidas características imperfectas. En Cristo no fue de ese modo. Podríamos decir que una parte de Dios fue puesta en el óvulo femenino de María por medio del poder del Espíritu Santo dando el engendramiento de Cristo. El principio de la existencia de Cristo está en su engendramiento porque «el santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» Lc.1:35.

  • «…y se llamará su nombre Admirable, Consejero, «Dios Fuerte» (como poderoso representante de Dios en la tierra, como fue constituido Moisés ante faraón, véase Ex. 1:7), «Padre Eterno» (como Jefe o Cabeza de la nueva creación milenaria), Príncipe de Paz» (Is. 9:6).

Los gnósticos concebían a Cristo erróneamente, como un ser emitido del Dios supremo, como un “aeón”, como un espectro. Cristo, como «el principio de la creación de Dios» (hei archèi teîs ktíseôs toû tehoû, gr.) no es la primera criatura creada como Arrio y sus seguidores creían, ni como ahora creen los Mormones y los Testigos de Jehová, indiscutiblemente, los nuevos arrianos. Cristo como este «principio», es el heredero del mundo escatológico, la Cabeza de la Iglesia la cual guiará en su segunda venida, el Rey Mesiánico victorioso que se sentará en el trono de David su Padre y cuya gloria será mayor que la de los gobernantes y príncipes de la tierra, que la del mismo rey Salomón.

  • «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él» (1 Col. 1:16).

Jesús como Persona

Dejo de lado el aspecto estrictamente físico de Jesús para concentrarme en cómo era como persona. En una prueba de perfil de personalidad,¿qué resultado hubiera obtenido?  La personalidad que surge de los evangelios difiere radicalmente de la imagen de Jesús con la que crecemos,una  imagen que ahora reconozco en algunas de las películas antiguas de Hollywood sobre Jesús. En esas películas, Jesús recita su parte con monotonía y sin emoción. Pasa por la vida como un personaje tranquilo en medio de un reparto de extras agitados. Nada lo altera. Distribuye sabiduría con tonalidades mesuradas, uniformes. Para resumir, es el Jesús “antidepresivo”.

Por el contrario, los evangelios presentan a un hombre que posee tal carisma que la gente permanece sentada por tres días, sin comer, con tal de escuchar sus cautivadoras palabras. Parece que puede emocionarse, una persona que impulsivamente “tuvo compasión” o “tuvo misericordia”. Los evangelios revelan una gama de respuestas emotivas de Jesús: compasión instantánea por un leproso, alegría ante los éxitos de sus discípulos, un estallido de ira ante los legalistas insensibles, dolor por una ciudad recalcitrante, y luego esos terribles gritos de angustia en Getsemaní y en la cruz. Tuvo una paciencia casi inagotable con las personas, pero ninguna con las instituciones y con las injusticias.

Jesús vivió un ideal de realización masculina que diecinueve siglos después todavía elude a la mayor parte de los hombres. Tres veces por lo menos, lloró delante de sus discípulos. No ocultó sus temores ni dudó en pedir ayuda: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, les dijo en Getsemaní, “quedaos aquí, y velad conmigo.” ¿Cuántos líderes poderosos de nuestros tiempos se presentarían tan susceptibles?

A diferencia de la mayor parte de los hombres que conozco, a Jesús también le gustaba alabar a otras personas. Cuando hacía milagros, a menudo procuraba que el resultado se le atribuyera al receptor: “Tu fe te ha hecho salva.” Llamó a Natanael “un verdadero israelita, en quien no hay engaño”. De Juan el Bautista, dijo que nadie mayor que él había nacido de mujer. Al volátil Pedro lo llamó “la piedra”. Cuando una mujer humillada le rindió un acto extravagante de devoción, Jesús la defendió ante quienes la criticaban y dijo que se seguiría contando hasta el fin de los tiempos su acto de generosidad.

Recuerdo en una oportunidad en que felicite a un pastor de una iglesia conocida porque era muy querido el como lider en la congregación.No se que habra entendido este hombre, pero lo que si se es que se molestó muchisimo y me recordó que había que poner los ojos en Jesús y no en el. Sin duda, una falsa humildad.

Los evangelios nos muestran que Jesús establecía de inmediato intimidad con las personas que conocía. Ya fuera que hablara con una mujer junto a un pozo, con un líder religioso en un jardín, o con un pescador junto al lago, iba de inmediato al fondo del asunto, y después de intercambiar unas pocas frases, estas personas le revelaban a Jesús sus secretos más íntimos. La gente de la época acostumbraba mantener a respetuosa distancia a los rabinos y a los “hombres santos”, pero Jesús sacaba de ellos algo más, un anhelo tan hondo que la gente se aglomeraba alrededor de Él sólo para tocar su túnica.

La novelista Mary Gordon menciona la sensibilidad de Jesús con las mujeres y los niños como una de las cualidades principales que la atrajeron: “Sin duda alguna que es el único héroe afectuoso en la literatura. ¿Quién puede imaginarse a un Odisea o a un Eneas afectuosos?” Acerca del comentario de Jesús acerca de las hijas de Jerusalén: “¡Ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!” Gordon comenta: “Sabía que deseaba tener hijos;sentí que esas palabras se me dirigían a mí. Pienso: ¿cuántos hombres tomarían en cuenta las dificultades del embarazo y de criar a los hijos?”

 Jesús no siguió en forma mecánica una lista de “Cosas para hacer hoy”, y dudo que hubiera valorado el énfasis moderno en la puntualidad y las órdenes para reuniones exactas. Participó en fiestas de bodas que duraron varios días. Se dejaba distraer de “cualquiera” que se le cruzara por el camino, ya fuera una mujer con flujo de sangre que tocaba tímidamente su túnica o un mendigo ciego que andaba clamando a voz en cuello. Dos de sus milagros más impresionantes (las resurrecciones de Lázaro y de la hija de Jairo) se produjeron porque llegó demasiado tarde para sanar a la persona enferma.

Jesús fue “un hombre para los demás”, en feliz expresión de Bonhoeffer. Se mantuvo libre; libre para los demás. Aceptaba invitaciones a cenar de quien fuera, y por esta razón ningún personaje público tenía una gama tan variada de amigos, desde ricos, centuriones romanos y fariseos, hasta recaudadores de impuestos, prostitutas y leprosos. A la gente le gustaba estar con Jesús; donde Él estaba, había gozo. y sin embargo, precisamente debido a todas estas cualidades que apuntan hacia lo que los psicólogos llaman actualización de uno mismo, Jesús rompió el molde. Como lo expresa C. S. Lewis:

“No fue para nada como el cuadro que proponen los psicólogos de un ciudadano integrado, equilibrado, adaptado, felizmente casado,empleado y popular. En realidad no se puede estar ‘adaptado’ al mundo de uno si éste te dice ‘tienes al demonio’ y acaba por clavarte desnudo a un pedazo de madera.”

Como la mayor parte de los contemporáneos de Jesús, no me cabe duda de que me hubiera opuesto a la rara mezcla de pretensiones extravagantes que planteaba un hombre judío de aspecto común y corriente. Pretendía ser el Hijo de Dios y sin embargo, comía y bebía como los demás hombres, e incluso se cansaba y se sentía solo. ¿Qué clase de criatura fue?

En cierta manera Jesús parecía sentirse “en casa” aquí, y en otra, se sentía indiscutiblemente “fuera de lugar”. Pienso en la única escena que conservamos de su adolescencia, cuando desapareció en Jerusalén y su madre tuvo que reprenderlo. El conciso relato de la respuesta de su madre judía: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así?” quizá no refleja bien lo que sucedió; después de todo, sus padres 10 habían estado buscando durante tres días. Jesús El retrato: ¿Qué hubiera visto en Él? contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” Ya había una fisura dividiendo a Jesús y a su familia, un conflicto de lealtades.

Ahora bien, no pensemos que es fácil este conocimiento contemplativo e imitativo de Jesús. Va más allá del análisis y de la razón. San Pablo nos habla de una «sabiduría escondida venida de Dios» (1 Cor 1:30; Ef 1:9) y nos habla también que le fue revelado el conocimiento del Señor (Gál 1:16), de cara al cual tuvo todo lo demás por pérdida (Fil 3:8).

La revelación de Cristo en nosotros, la cristología contemplativa de que hablamos es don del Padre. Requiere en nosotros, para ser recibida como sabiduría y no sólo como ciencia, una gran pobreza de corazón y los dones del Espíritu Santo, que sopla donde quiere.

Podemos disponernos a esta revelación contemplativa de Jesús adentrándonos con fe en el Evangelio y disponiéndonos como discípulos a aprender lo que esta Palabra nos enseña del Señor. Podemos estar en posesión de una sólida cristología y de una exégesis, pero éstas nunca reemplazan a la contemplación del Evangelio. Este nos transmite lo que más intensamente impresionó a los apóstoles y a los primeros discípulos, recogido en la tradición de las primeras comunidades como el recuerdo más significativo para la fe y el corazón de los cristianos.

  • «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y nuestras manos han palpado acerca del Verbo, que es vida, les anunciamos…» (1 Jn 1:1).

Por eso el Evangelio es irreemplazable. Encontramos en él la cristología como sabiduría y la imagen de Cristo como mensaje inspirador de todo seguimiento. Encontramos una Persona susceptible de ser imitada por amor. Este amor contemplativo, de suyo y progresivamente, nos lleva a la imitación de Jesús, que es la mejor garantía del seguimiento.

Esto no implica caer en un «historicismo» literal en torno al Jesús del Evangelio que olvide que nuestra imitación se refiere antes que nada al Cristo de la fe, tal como la Iglesia lo comunica. Precisamente este Cristo de la fe que transmite la Iglesia está en continuidad con el Evangelio y a su vez garantiza la objetividad de nuestra contemplación, que con todo derecho quiere apoyarse en los Evangelios transmitidos por la Iglesia como estímulo de nuestra conversión.[3]

Al vivir en un planeta de libre albedrío y de rebelión, Jesús debe haberse sentido a menudo “fuera de lugar”. En tiempos así, se apartaba para orar, como si quisiera respirar aire puro de un sistema de apoyo vital que le daría la fuerza para seguir viviendo en un planeta contaminado. Pero no siempre obtuvo respuestas, a modo de recetas, a sus oraciones. Lucas relata que oró toda la noche antes de escoger a los doce discípulos, e incluso así en el grupo se infiltró un traidor. En Getsemaní oró primero para que se le quitara la copa del sufrimiento, pero desde luego que no fue así. Esa escena en el huerto presenta a un hombre desesperadamente “fuera de lugar”, pero resistiendo a toda tentación de liberarse por medios sobrenaturales.

Para mí hay una escena en los evangelios que refleja la naturaleza de Jesús de sentirse “en casa” y “fuera de lugar” al mismo tiempo. Una tormenta azotó el Mar de Galilea, la que casi hizo que zozobrara la barca en la que Jesús dormía. Se incorporó e increpó al viento y al agua: “Calla, enmudece.” ¿Qué clase de persona le gritaría a la tormenta como si estuviera corrigiendo a un niño desobediente?

El despliegue de poder en medio de la tormenta ayudó a que los discípulos se convencieran de que Jesús no era como los demás hombres. Pero también alude a las profundidades de la Encarnación.

“Dios es susceptible”, dijo el filósofo Jacques Maritain. Después de todo, Jesús se había dormido de puro cansancio.  Además, el Hijo de Dios era, excepto en este momento único del milagro, una de sus víctimas: al Creador de las nubes le llovió encima, el Hacedor de estrellas sintió calor y sudó bajo el sol palestino. Jesús se sometió a las leyes naturales incluso cuando, hasta cierto punto, iban en contra de sus deseos (“Si es posible, pase de mí esta copa”). Viviría y moriría según las leyes de la tierra.

Llega, perfecto desconocido, a una aldea de la baja Galilea. Lo observan los ojos fríos y penetrantes de los campesinos que han vivido lo bastante al nivel de subsistencia como para conocer con exactitud la línea divisoria entre pobreza e indigencia.Parece un mendigo, pero sus ojos carecen del adecudo temor, su voz del adecuado lamento, su andar del adecuado arrastre. Habla de la ley de Dios, y lo escuchan más por curiosidadque porcualquier otro motivo. Lo saben todo acerca de la ley y del poder, del reino y del Imperio, pero conocen estas cosas en función de impuestos y deudas, de desnutrición y enfermedades, de opresión agraria y de posesión diabólica. Lo que realmente quieren saber es qué puede hacer este reino de Dios por el niño tullido, por el padre ciego, por el alma enloquecida que grita su atormentado aislamientoentre los sepulcros que señalan los límites del pueblo. 

Los vecinos de Jesús descubrieron muy pronto lo que Él podia hacer en beneficio de ellos. Hizo caminar al niño tullido y ver al padre ciego, e hizo salir los demonios del alma enloquecida entre los sepulcros. Cuando Jesús inició su ministerio de sanidad y enseñanza, sus vecinos se rascaron la cabeza y se preguntaron asombrados: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María? ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?”

Al principio, quizá por un año, Jesús tuvo mucho éxito. Acudía a Él tanta gente que a veces se veía obligado a refugiarse en una barca, alejándola de la orilla. Sin duda que lo que lo dieron a conocer fueron las sanidades físicas. Los judíos, quienes creían que el diablo causaba la enfermedad y por lo tanto, que los hombres santos podían ser conductos para la intervención de Dios, tenían una historia muy larga de hacedores de milagros. (Uno llamado Honi vivió poco antes del tiempo de Jesús y lo menciona el historiador Josefo). Jesús, al parecer, sabía de algunos rivales, porque frenó el impulso de sus discípulos de condenarlos.

Una tercera parte de los relatos de los evangelios acerca de Jesús conlleva sanidades físicas y por instinto periodístico, quizá yo hubiera investigado esas historias, buscando los informes medicos y entrevistando a las familias de quienes hablaban de milagros. Las sanidades eran variadas y no encajaban en ninguna pauta. Por lo menos a una persona Jesús la sanó a distancia; algunas eran instantáneas y otras progresivas; muchas requerían que la persona sanada siguiera instrucciones concretas. Hubiera advertido en Jesús una curiosa ambivalencia en cuanto a los milagros. Por un lado, Jesús sanaba en respuesta espontánea a la necesidad humana; veía ante sí a alguien que sufría, sentía compasión, y sanaba a la persona. Ni una sola vez rechazó una solicitud directa de ayuda. Condenó a la “generación mala y adúltera” que pedía señales y como lo había hecho en el desierto, resistió toda tentación de hacer un espectáculo. Marcos relata siete veces distintas en que Jesús le ordenó a la persona que había sanado: “¡No lo digan a nadie!” En las regiones donde la gente no tenía fe, ni hizo milagros.

Quizá especularía qué hubiera podido lograr un hombre con semejantes poderes en Roma, Atenas o Alejandría. Los hermanos de Jesús propusieron que, por lo menos, debía concentrar su trabajo en Jerusalén, capital de Israel. Jesús mismo, sin embargo, prefirió mantenerse lejos del centro de atención. Desconfiaba de las multitudes y de la opinión pública, por 10 que pasó la mayor parte del tiempo en ciudades pequeñas y de poca importancia.  A pesar de su ambivalencia, Jesús no vaciló en utilizar los milagros como prueba de quién era: “Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras”, dijo a sus discípulos. Y cuando su primo Juan el Bautista, que languidecía en la cárcel, tuvo dudas de que Jesús fuera de versa el Mesías, Él le dio este mensaje (parafraseado por Frederick Buechner) a los discípulos de Juan:

Vayan a decirle a Juan lo que han visto por acá. Díganle que hay personas que han vendido a sus perros guía y que se dedican ahora a contemplar los pájaros. Díganle que hay personas que han cambiado sus bastones de aluminio por botas de escalar. Díganle que los parias se han convertido en gente con esperanza y que muchos holgazanes se están dando la buena vida por primera vez.

Si hubiera buscado una sola palabra para describir a Jesús a sus contemporáneos, habría escogido la palabra rabino o maestro. En los Estados Unidos de América de hoy no conozco nada parecido a la vida de Jesús. Su estilo tiene muy poco en común con el de los modernos evangelistas tipo Billy Graham o Luis Palau, con sus tiendas de campaña y estadios, sus equipos de avanzada, carteles y campañas por correo, sus presentaciones realzadas electrónicamente. Su pequeño grupo de seguidores, sin ningún lugar permanente de operaciones, iba de un pueblo a otro sin nada que se pareciera a una estrategia discernible. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza”, dijo Jesús.

De haber vivido en nuestro tiempo, con las medidas represivas en contra de los sin hogar, es probable que la policía hubiera hostigado a Jesús y a sus discípulos y los hubieran obligado a mudarse. En la época antigua, sin embargo, había muchos maestros como Él (de hecho hubo una escuela filosófica llamada los Peripatéticos que se basaba en este estilo común de compartir sabiduría en forma itinerante).

Philip Yancei, cuenta que en la India tuve la ocasión de observar en persona algo parecido a la vida que llevó Jesús. Vi a evangelistas cristianos que seguían las huellas de los itinerantes “hombres santos” hindúes y budistas. Algunos rondaban las estaciones de ferrocarril y se presentaban a viajeros en espera y les preguntaban si deseaban saber más acerca de Dios. Otros iban de ciudad en ciudad, acompañados de sus discípulos. Otros invitaban a sus discípulos para que se reunieran con ellos en ashrams, donde juntos celebraban cultos y estudiaban las Escrituras.  El grupo que guiaba Jesús funcionaba sin sede ni ninguna otra propiedad y al parecer sin dirigentes, excepto un tesorero (Judas).

Parece que, desde el punto de vista económico, apenas si se las arreglaban. Para poder sacar algo de dinero para pagar los impuestos, Jesús envió a Pedro a pescar. Tomó prestada una moneda para aclarar una idea acerca de César, y tuvo que pedir prestado un asno la única vez que decidió no viajar a pie. En sus recorridos por la campiña, sus discípulos arrancaban espigas de trigo para comerse los granos, aprovechando la ley mosaica que hacía ciertas concesiones a los pobres. Cuando Jesús se reunía con personas influyentes, como Nicodemo o el joven rico, parece que nunca se le ocurrió que podía llegar a serie útil una persona con dinero e influencia.

¿Cómo se mantuvo Jesús? En el Oriente Medio de entonces, los maestros vivían de las donaciones de oyentes agradecidos.  Lucas señala que algunas mujeres sanadas por Jesús – incluso la esposa del ministro de finanzas de Herodes – ayudaban a mantenerlo. Resulta conmovedor que algunas de estas mujeres hicieran el largo y peligroso viaje de Galilea a Jerusalén en ocasión de la fiesta de la Pascua, para permanecer junto a Jesús en la cruz, después que sus discípulos más cercanos lo habían abandonado.

Sin duda alguna, Jesús fue un maestro genial. Los seguidores se sentían atraídos por el magnético poder de sus palabras que, como las describe el poeta John Berryman, eran “breves, precisas, terribles y refrescantes”. Jesús impartió sus lecciones más perdurables en el momento, en respuesta espontánea a preguntas tales como: ¿De cuál sería esposa en la vida venidera una mujer que había tenido varios esposos? ¿Es lícito pagar impuestos a autoridades paganas? ¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna? ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? ¿Cómo puede nacer de Nuevo siendo ya viejo?

Jaroslav Pelikan nos cuenta de una anciano rabino a quien sus discípulos le preguntaron: “¿Por qué ustedes los rabinos tan a menudo enseñan con preguntas?” El rabino respondió: “¿Qué tiene de malo preguntar?” Con mucha frecuencia Jesús también devolvía las preguntas en estilo socrático, llevando al que buscaba a un punto crítico. Sus respuestas iban a la médula de la pregunta y tocaban el corazón de los oyentes. Dudo que yo hubiera podido concluir algún encuentro con Jesús sintiéndome satisfecho de mí mismo.

Me hubiera maravillado ante las parábolas de Jesús; forma de enseñar que se convirtió en su sello distintivo. Los comentaristas siempre han admirado su capacidad para comunicar verdades profundas por medio de episodios de la vida diaria: Una mujer insistente agota la paciencia de un juez. Un rey se lanza a una guerra sin la debida planificación. Asaltan a un hombre y los ladrones lo dejan por muerto. Una mujer que pierde una moneda actúa como si hubiera perdido todo lo que tenía. No hay en las parábolas de Jesús criaturas caprichosas ni argumentos rebuscados; simplemente describe la vida que lo rodea.

Las parábolas sirvieron perfectamente a los propósitos de Jesús. A todo el mundo le gusta una buena anécdota, y la capacidad de Jesús para contarlas retenía el interés de una sociedad casi totalmente analfabeta de campesinos y pescadores. Como las anécdotas son más fáciles de recordar que los conceptos o los esquemas, las parábolas también ayudaron a conservar su mensaje años después, cuando la gente reflexionaba en lo que había enseñado Jesús, les venían a la mente las parábolas con todos sus detalles. Una cosa es hablar en términos abstractos acerca del amor infinito e ilimitado de Dios, y otra muy diferente es hablar de un hombre que da la vida por sus amigos o de un padre desconsolado que todos los días escudriña el horizonte para tratar de descubrir alguna señal del hijo descarriado.

Cuando queremos precisar la imagen humana de Jesús y su mensaje cristológico nos situamos ante una tarea imposible de llevar a una consecución definitiva. Por de pronto, la personalidad que nos transmiten los Evangelios es imposible de comprender y abarcar. Es tan radicalmente paradójica y contrastante para nuestras referencias, que escapa a cualquier clasificación. Cuando nos parece que ya lo conocemos, se nos vuelve a diluir con rasgos nuevos que no habíamos descubierto y que desdibujan nuestro esquema anterior. La contemplación de Cristo nos introduce en una personalidad inagotable.

Con todo, cada uno de nosotros tiene una imagen personal del Señor. Más o menos fundada, más o menos inconsciente, formando parte de una cristología que influye en nuestro ser y en nuestro actuar cristianos. Aunque no nos demos cuenta, en esta imagen que nos hacemos de la personalidad de Jesús entra nuestro propio modo de ser, nuestra propia psicología y las formas de nuestro egoísmo. Estamos siempre en peligro de deformar, según nuestros propios condicionamientos, la verdadera personalidad del Señor. Tendemos a hacer a Jesús a nuestra imagen y semejanza, a nuestra medida, justificando nuestras mediocridades e infidelidades. A adaptar a nosotros el mensaje de la personalidad de Cristo y no nosotros a él. La sola manera de escapar a esta permanente tentación será la vuelta permanente a la contemplación del Cristo de los Evangelios. De otra manera transformaremos la cristología en proyección personal y la praxis cristiana en ideología, en la cual tomamos los aspectos del Evangelio que convienen a una posición personal o ideológica ya tomada.[3]

Jesús vino a la tierra “lleno de gracia y de verdad”, dice el Evangelio según San Juan, y esa frase es un buen resumen de su mensaje. Primero gracia: a diferencia de quienes trataban de complicar la fe y de petrificarla con legalismos, Jesús predicó un sencillo mensaje de amor de Dios. Sin razón alguna – desde luego no porque lo merezcamos – Dios ha decidido ofrecemos amor que nos llega libre de costo, sin condiciones, “pagado por la casa”.

En un relato rabínico de la época, el dueño de una finca fue a la ciudad para contratar a trabajadores temporales para la cosecha. Fue avanzando el día y ya tarde, a la hora undécima, reclutó a un último grupo de trabajadores, a los que sólo les quedaba una hora para demostrar su valía. En la conocida versión del relato, los que llegaron último compensaron el tiempo perdido trabajando tan intensamente que se decidió recompensarlos con la paga de un día completo. La versión de Jesús, sin embargo, no dice nada de la diligencia de los trabajadores. Acentúa en cambio la generosidad del amo – Dios – quien derrocha su gracia sobre primeros y postreros por igual. A nadie se le defrauda y todos reciben recompense más allá de lo que merecen.

Apesar de este énfasis en la gracia, nadie pudiera acusar a Jesús de suavizar la santidad de Dios. Es probable que yo hubiera tropezado ante la verdad que Jesús proclamó, una verdad mucho más intransigente que la que enseñaban los rabinos más estrictos de la época. Los maestros contemporáneos procuraban “no imponer una restricción dada a una comunidad a no ser que la mayoría de la misma pueda aceptarla”. Jesús no tuvo semejantes reticencias.

Amplió el homicido para incluir el odio, el adulterio para incluir el deseo lujurioso, el robo para incluir la codicia. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, dijo y estableció una norma ética que nadie iba a poder cumplir.

Como ha comentado Elton Trueblood, todos los principales símbolos que Jesús utilizó poseían una característica dura, casi ofensiva: el yugo de la carga, la copa del sufrimiento, la toalla de la condición de siervo, la cruz de la ejecución. “Calcula el costo”, dijo Jesús, justa advertencia a quienes se atrevieran a seguirlo.

Un rabino moderno de nombre Jacob Neusner, el estudioso más destacado del judaísmo de comienzos de la era cristiana, escribió uno de sus quinientos libros (A Rabbi Talks with Jesus [Un rabino habla con Jesús]) sobre el tema de cómo le hubiera respondido a Jesús. Neusner tiene gran respeto por Jesús y por el cristianismo, y admite que su enseñanza, como el Sermón del Monte, lo deja “impresionado y conmovido”. Hubiera despertado suficiente interés en él, dice, como para unirse a la multitud que seguía a Jesús de un lugar a otro, deleitándose en su sabiduría.

En última instancia, sin embargo, Neusner concluye que se hubiera apartado del rabino de Nazaret.

“Jesús da un paso importante en la dirección equivocada”, dice, “al transferir el énfasis del ‘nosotros’ como comunidad judía a un ‘Yo’.” Neusner no podía aceptar el cambio de la Torá a Jesús mismo como autoridad principal. “El desacuerdo se da en la persona de Jesús, y nunca en sus enseñanzas … Al final el maestro Jesús exige algo que sólo Dios exige.” Con todo respeto, Neusner se aleja, incapaz de dar ese salto de fe.[4]

Neusner tiene razón en que el contenido de la enseñanza de Jesús no encaja para nada con el modelo de otros rabinos, para no mencionar a maestros itinerantes como Confucio o Sócrates. No trataba tanto de buscar la verdad sino de señalarla, señalándose a sí mismo. En palabras de Mateo: “les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” Los escribas trataban de no dar opiniones personales, basando sus observaciones en las Escrituras y en comentarios aprobados. Jesús daba muchas opiniones personales y utilizaba a la Escritura como comentario. “Oísteis que fue dicho … pero yo os digo …” fue su muletilla dominante. Él era la fuente, y al hablar no hacía distinción entre sus propias palabras y las de Dios. Sus oyentes entendieron la implicación con toda claridad, incluso al rechazarla. “Este blasfema”, decían.

Audaz, Jesús nunca retrocedió ante un conflicto. Se enfrentó con quienes lo interrumpían y con mofadores de todas clases. En cierta ocasión detuvo a una multitud que quería lapidar a una mujer adúltera. En otra, cuando los soldados fueron a detenerlo, tuvieron que regresar con las manos vacías: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”, dijeron impresionados ante su presencia.Jesús incluso dio órdenes directas a demonios: “Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él.” (Es interesante que los demonios nunca dejaron de reconocerlo como “el Santo de Dios” o “Hijo del Altísimo”; quienes pusieron en duda su identidad fueron los seres humanos.)

Las afirmaciones de Jesús acerca de sí mismo (“Yo y el Padre somos uno”;”tengo el poder de perdonar pecados”;” reconstruiré el templo en tres días”) no tenían precedentes y le causaron constants problemas. De hecho, sus enseñanzas estaban tan entrelazadas con su persona que muchas de sus palabras no pudieron sobrevivirle; las grandes reivindicaciones murieron con Él en la cruz. Los discípulos, que lo habían seguido como maestro, regresaron a sus anteriores formas de vida, comentando con tristeza: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.” Fue necesaria la resurrección para convertir al proclamador de la verdad en el proclamado.

Me he ubicado en medio de la multitud del tiempo de Jesús, como alguien que busca con sinceridad, cautivado por el rabino pero renuente a comprometerse con Él. Si volviera la atención de Jesús mismo a la constelación de gente que me rodea, vería a varias agrupaciones de espectadores que formaban círculos concéntricos a su alrededor. Los más alejados, en el círculo exterior, son los mirones, los curiosos y otros que, como yo, están tratando de descifrar a Jesús.

La presencia misma de esta multitud sirve para proteger a Jesús, y sus enemigos, quejándose de que “el mundo se va tras él”, no se atreven a detenerlo. Sobre todo en los primeros tiempos, los patriotas judíos también lo rondaban, deseosos de que Jesús anunciara una revuelta contra Roma. Me doy cuenta de que Jesús nunca toma en cuenta a este grupo periférico. Sí les predica y esto de por sí lo diferencia de los esenios y de otras sectas, que reservaban sus reuniones para sólo los iniciados.

Algo más cerca, distingo a un grupo de quizá un centenar de seguidores sinceros. Muchos de estos compañeros de viaje, lo sé, se le han unido después del arresto de Juan el Bautista; los discípulos de Juan se quejaron de que “todos” se habían ido con Jesús. Como rechaza la popularidad, Jesús dirige la mayor parte de sus comentarios no a las masas sino a los que lo buscan de verdad. Constantemente los empuja hacia un nivel más profundo de compromiso, con palabras vigorosas que los ponen en una encrucijada. “No pueden servir a dos señores“, dice. “Olvídense del amor al dinero y a los placeres que el mundo ofrece”. “Niéguense a sí mismos”. “Sirvan a otros. Tomen la cruz.” Esa última frase no es una metáfora vana: junto a los caminos de Palestina, los romanos acostumbraban a crucificar a los peores delincuentes como una lección práctica para los judíos. ¿Qué clase de imagen pudieran crear en la mente de sus seguidores estas palabras de “invitación”? ¿Va acaso a encabezar una procesión de mártires? Al parecer sí. Jesús repite más que ningún otro este dicho: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.”

He escuchado al círculo más cercano de seguidores, los doce, jactarse de que están dispuestos a semejante sacrificio. “No sabéis lo que pedís“, replicó Jesús. “¿Podéis beber del vaso que yo he de beber?” “Podemos”, insistieron en su ingenuidad.

Yancey se confiesa diciendo que a veces el se preguntaba si hubiera deseado unirse a los doce. Pero esto no importa, ya que Jesus, a diferencia de otros rabinos,  escogió personalmente a su círculo íntimo de discípulos, en vez de dejar que ellos lo escogieran a Él. Era tal el magnetismo de Jesús que le bastaron unas pocas frases para persuadidos de que abandonaran sus trabajos y familias para unírsele.

Dos parejas de hermanos – Santiago y Juan, y Pedro y Andrés – trabajaban juntos en barcas de pesca cuando los invitó, y abandonaron el negocio (irónicamente, después que Jesús les proporcionó el día de pesca con más éxito de su vida). Todos, menos Judas Iscariote, provenían de la provincial natal de Jesús, Galilea; Judas era de Judea, lo que demuestra cómo se había extendido por todo el país la reputación de Jesús.

Me hubiera dejado desconcertado la extraña mezcla de los doce. Simón el zelote pertenece al grupo que se oponía violentamente a Roma, en tanto que Mateo, el recaudador de impuestos, lo había contratado hacía poco el gobernante marioneta de Roma.

Ningún estudioso, como Nicodemo, ni personajes ricos como José de Arimatea, han llegado a formar parte de los doce. Hay que mirar muy a fondo para encontrar alguna marcada capacidad de liderazgo en los doce.

A mi parecer, de hecho, el rasgo más característico de los discípulos parece ser su estupidez. “¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?” pregunta Jesús.

Mientras está tratando de enseñarles a ser líderes al servicio de los demás, riñen acerca de quién merece el puesto de privilegio. Su limitada fe exaspera a Jesús. Después de cada milagro se preocupan mucho por el siguiente. Pudo alimentar a cinco mil, ¿podrá a cuatro mil? Casi siempre una nebulosa de incomprensión separa a los doce de Jesús.

¿Por qué invierte Jesús tanto en estos aparentes perdedores?

Para responder acudo al relato escrito de Marcos que menciona los motivos de Jesús al escoger a los doce: “para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.

[i] Para que estuviesen con él.

Jesús nunca trató de ocultar su soledad y su dependencia de otros. Escogió a sus discípulos no como siervos sino como amigos. Compartió momentos de gozo y de dolor con ellos, y los buscó en tiempos de necesidad. Se convirtieron en su familia, en su madre, hermanos y hermanas sustitutos. Renunciaron a todo por Él, y Él renunció a todo por ellos. Los amaba, pura y llanamente.

[ii] Para enviarlos a predicar.

Desde la primera invitación a los doce, Jesús tuvo presente lo que se manifestaría un día en el Calvario. Sabía que iba a estar poco tiempo en la tierra, y que el éxito final de su misión dependía no sólo de lo que Él consiguiera en unos pocos años, sino de lo que los doce (entonces once), luego miles y después millones, hicieran cuando Él se hubiera ido.

Yancey comenta que por extraño que parezca, lo que contemplo de la época de Jesús desde la perspectiva actual es precisamente que los discípulos fueran tan comunes y corrientes, y esto me da esperanza. Jesús no parece escoger a sus seguidores según el talento innato, lo perfecto que eran o la potencialidad para llegar a ser grandes. Cuando vivió en la tierra se rodeó de personas comunes que no lo comprendieron bien, que no llegaron a ejercer mucho poder espiritual y que, a veces, se comportaron como escolares mal educados. Jesús escogió sobre todo tres seguidores (los hermanos Santiago y Juan, y Pedro) para sus reprimendas más fuertes y sin embargo, dos de estos llegarían a ser líderes importantes de los primeros cristianos.

No puedo evitar la idea de que Jesús prefiere trabajar con reclutas que no prometen mucho. En cierta ocasión, después de haber enviado a setenta y dos discípulos a una misión de capacitación, Jesús se alegró de los éxitos que contaron. No hay otro pasaje de los evangelios en el que se muestre más exuberante. “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.” Con esa cuadrilla destartalada Jesús fundó una iglesia que no ha dejado de crecer en diecinueve siglos.

Jesús y el uso del sarcasmo

  • “¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.” (Luc. 6:42 NVI)

Si hubo algo que nadie puede negar, es que Jesucristo fue un Maestro excepcional. En una sociedad que no tenía una cultura del aprendizaje, Cristo utilizó técnicas modernas para enseñarle a un pueblo analfabeto las gloriosas enseñanzas del Cielo. ¿Cómo explicarle que es internet a un beduino del Sahara que no conoce la electricidad? Cristo tuvo una tarea aún más complicada para explicarles a aquellos judíos los principios de Dios.

Por eso utilizó de ejemplos y parábolas de la vida cotidiana, para que con un ejemplo que todos conocían, Él les pudiera explicar una verdad eterna. No había en aquellos tiempos nada semejante a un hospital. Las personas enfermas se quedaban en su casa y morían o se recuperaban. En algunos poblados había alguna matrona con algo de experiencia para curar lo que era habitual.

El tema de las astillas en el ojo era habitual y conocido. No había anteojos ni antiparras y el viento castigaba con dureza. Ellos conocían a las astillas. Y también conocían las vigas que usaban como tirantes para los techos. Eran pesados tirantes de madera que generalmente eran subidos al techo entre dos personas.

Jesucristo utilizó este ejemplo bien claro para demostrar lo ridículo de nuestra conducta cuando criticamos a otros. Intentamos sacarle la astilla del ojo de nuestro hermano cuando no queremos ver que tenemos una tremenda viga en el nuestro. Es imposible no darse cuenta, pero a veces no queremos verlo.

Cristo uso el sarcasmo porque estaba hastiado de los hipócritas y religiosos. Y les enseña esta verdad con sarcasmo y comicidad. Él utilizó en contadas ocasiones este recurso, porque no es para cualquiera. No es para copiar siempre. Puede sonar agresivo u orgulloso en la boca de alguien. Pero en los labios del Señor Jesús, por la autoridad que tenía, tiene y tendrá siempre, es un detalle de humor para recibir una enseñanza gloriosa.

Conclución:

¿Ves la viga en tu ojo? Muchas veces los que están ocupados en marcar las astillas en los ojos ajenos, no quieren ver la vigueta en el propio. Y usan el sarcasmo mal entendido para decirlo. Es tiempo de ir al oculista divino, para que podamos ver bien.

El hombre habrá creado la religión,como método para acercarse a Dios. Pero Dios no la es creación ni el invento del hombre religioso o supersticioso, ni del que aún necesita de algunas muletas para poder enfrentar con éxito la vida cruel.  Dios existe y es real. Aunque los ateos y los escépticos no lo crean, o procuren negarlo.En el evangelio, Dios se acerca al hombre por medio de Jesucristo. Nuestra certeza como cristianos “nacidos de nuevo”, es del 100% acerca de la existencia de Dios. Aunque reconocemos que no tenemos todas las respuestas acerca de  la existencia de Dios ni todo lo relacionado con el Ser de Dios. Sin embargo, la Biblia nos revela como es Dios y nos muestra que Jesucristo es el camino al Padre  y que no hay otra manera de conocerlo que arrepentirse del pecado y creer en El de todo corazón.

Si, creer,pero en quien? Pues en Jesús, quien

«fue un ser humano, un judío de Galilea con nombre y familia, una persona que en cierto sentido fue como otra cualquiera. Pero en otro sentido, fue diferente de todas las otras personas que antes habían vivido en la tierra. Le tomó a la iglesia cinco siglos de vivos debates llegar a un acuerdo en cuanto a un cierto equilibrio epistemológico entre “como otro cualquiera” y “alguien diferente”. Para quienes fuimos educados en la lglesia, o incluso educados en una cultura nominalmente cristiana, la balanza se inclina inevitablemente hacia “alguien diferente”.

Como bien dijo Blas Pascal:

“La iglesia ha tenido tanta dificultad en mostrar que Jesús fue hombre, en contra de quienes lo negaban, como en mostrar que fue Dios; y las probabilidades eran igualmente grandes » [1]

Los discípulos de Jesús no conocían una serie de doctrinas acerca de Jesús. Conocían su Persona, y el Poder de la Autoridad de Su Nombre Glorioso:

“Conocer no consiste en hacer algo, ni en recibir algo, sino en un existir superior al simple existir como ser puesto fuera de la nada; es una sobreexistencia activa inmaterial, por la cual un sujeto existe no ya solamente con una existencia limitada a lo que es como cosa encerrada en un género, como sujeto existente para sí, sino con una existencia ilimitada en la cual es o se convierte, por su propia actividad, en sí mismo y los otros”[2]

Jesucristo no es sencillamente otro hombre mas, Él es Dios en carne humana. Vino a este mundo por una razón, para quitar el pecado, cosa que hizo muriendo en la cruz y descendiendo al infierno durante tres días antes de ascender al cielo, llevando sobre sí mismo el castigo que cada uno de nosotros se merece por nuestros pecados. Como ve usted, cada uno de nosotros es un pecador, no hay ni siquiera uno que sea perfecto y puesto que Dios es santo, y solo los que son santos pueden entrar en Su reino, no hay ningún hombre que pueda entrar en Su reino por sí solo. Ahí es donde entra Jesús en escena. Jesús no tenía pecado, era santo en todos los sentidos. Por eso llevó sobre sí mismo nuestros pecados, de modo que todo el que crea en él reciba el perdón de sus pecados y se le permita entrar en el cielo. Por eso es por lo que a Jesús se le llama SALVADOR, y si cree usted en él, le salvará de pasarse toda la eternidad en el infierno cuando se muera usted.

  • “Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hch. 3:6 RV 1960)

Jesucristo es también el Señor, y todos debemos procurar de seguir sus órdenes. Comience usted por arrepentirse, por apartarse de sus pecados y comience una vida nueva siguiendo a Cristo. No hay mayor verdad que la de conocer a Jesucristo como su SEÑOR y SALVADOR. Le invito a ud. para que reflexione acerca de la existencia de Dios, y a que pueda leer la biblia, para poder conocer mejor lo que ella nos habla acerca de los atributos de Dios. Dios existe y el desea darse a conocer a su vida. Lo animo a que reflexione acerca de la existencia real del Señor. No permita que el escepticismo invada su vida.

Crea en el Señor Jesucristo  y será salvo ud. y toda su familia.

Dios lo bendiga

Notas

[1] Philip Yancey, “El Jesús que nunca conoci“,p.21-22, ed. Vida
[2] Maritain, Les degrés du savoir, pag. 218 y s., citado en Vicente Fatone, Lógica e introducción a la filosofía,p. 102,ed. Kapeluz
[4] Philip Yancey, “El Jesús que nunca conoci“,p.21-22, 81-97,ed. Vida
[5] Flavio Josefo  Antigüedades (xviii. 3.3).
[6] Libro electrónico, Domingo Cosenza OP, El testamento del Apóstol y la formación del Corpus Paulino,pag. 55, Primera edición: junio de 2009 Editorial UNSTA Universidad de Norte Santo Tomás de Aquino AGAPE Libros Diseño de tapa: Domingo Cosenza OP Diseño editorial: Domingo Cosenza OP  Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 ISBN: 978-950-9652-94-1 Impreso en Imprenta Chamaco Junio de 2009 Perú 2334 San Miguel de Tucumán Tucumán – Argentina.
[7] ibid,pag. 56
[8] Ibid
[9] Ibid

Fuentes:

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