¿Por qué los tratados europeos evitan mencionar el cristianismo? ( y II)


¿Por qué los tratados europeos evitan mencionar el cristianismo? ( y II)

¿No habíamos quedado en que «Europa necesita un alma»?

Que la Constitución Europea optara por una autocomprensión cultural tan tenue-gaseosa resulta sorprendente por otra razón: la «voluntad de vacío» (Delsol) del constituyente europeo contrasta con las frecuentes declaraciones de eurócratas que lamentan el «déficit de legitimidad» de las instituciones comunitarias, la ausencia de una «conciencia (supra)nacional» europea, la escasa identificación emocional de los ciudadanos con la UE, etc [28].

Los organismos de Bruselas son percibidos como fríos monstruos burocráticos, y la bandera de las doce estrellas (las doce estrellas, por cierto, son un símbolo mariano [Ap.12, 1], y fueron escogidas conscientemente como tal por los Schuman, De Gasperi, etc.) no suscita en nadie la menor emoción. Esto, al decir de los propios eurócratas, es un problema: es preciso, se nos dice, generar un patriotismo europeo; es preciso ir más allá de la «Europa de los mercaderes». Jacques Delors sintetizó así esta carencia en un discurso de 1992, pronunciado en la catedral de Estrasburgo: «Hay que darle un alma a Europa […]. Si en los próximos diez años no conseguimos darle un alma, una espiritualidad, un significado, habremos perdido la partida europea». Y Delors daba por supuesto que el alma europea no podía ser sino cristiana: «La contribución del cristianismo sigue siendo esencial, precisamente por la sabiduría de la que se nutre su visión del hombre»[29].

Delors daba en 1992 un plazo de diez años para construir «un alma europea». Pero lo que advino en 2002 fue la Constitución autonegadora que estamos analizando. ¿Qué pudo ocurrir en esa década para que tuviera lugar un giro así? Podemos conjeturar que un factor importante pudo ser la afluencia creciente de inmigrantes y la evidencia irreversible de que la Europa del siglo XXI va a ser un continente multicultural (recordemos la alusión de Giscard a la presencia de 30 millones de musulmanes como excusa para no mencionar el cristianismo).

Esta cuestión es capital. Giscard, erigido en portavoz de muchos, daba por supuesto que, dado que vamos a tener que convivir con gentes de cultura distinta, debemos atenuar nuestra propia identidad civilizacional hasta convertirla en algo gaseoso, no susceptible de ofender a nadie ni de chocar con nada. Pero esto es un tremendo error. Los sociólogos se preguntan a menudo por qué el melting pot norteamericano funciona (los inmigrantes desarrollan rápidamente un sentimiento de pertenencia, de lealtad hacia los EEUU) y el europeo no (miles de magrebíes -la mayoría de ellos, ciudadanos franceses- interrumpieron con silbidos e insultos la interpretación de la Marsellesa en un partido Francia-Argelia celebrado en París: un símbolo entre miles posibles). La respuesta es fácil: los EEUU son todavía una sociedad orgullosa de sí misma, con una identidad sólida: un «nosotros» autoconfiado en el que un inmigrante puede desear fusionarse. Pero Europa está «cansada de Historia» y viene de vuelta de toda autoafirmación y toda identidad: ¿qué atracción puede ejercer una cultura tan tenue y autonegadora sobre un recién llegado?[30].

Quien no se respeta a sí mismo no puede inspirar respeto. Como indica Marcello Pera, para poder integrar a los inmigrantes es preciso poseer una identidad a la que éstos puedan incorporarse: «Integrar no es lo mismo que hospedar o agregar. Integrar es asumir que existe algo, una identidad, a la que atribuimos tanto valor que pedimos al que llega que la respete, que la aprecie, que la comparta»[31]. Y añade Cristopher Caldwell: «Si Europa podrá, por primera vez en su historia, acomodar con éxito a minorías no europeas, dependerá de si nativos y recién llegados la perciben como una civilización floreciente o decadente»[32]. Y Jean Sévillia: «¿Qué modelo ofrecemos a los inmigrantes? ¿Cómo puede inspirar respeto una nación que ya no se ama a sí misma, que ya no tiene niños, que se baña en el hedonismo y el culto al dinero?»[33].

La escritora germano-turca Neclá Kelek declaró:

«Alguien me preguntó en cierta ocasión si consideraba a Alemania mi patria. Sólo pude decir que ni siquiera los alemanes [nativos] consideran a Alemania su patria. ¿Cómo se supone que podemos integrarnos en un lugar así?»[34].

Un proverbio árabe sostiene que «un camello que cae atrae a muchos salteadores». Y de árabes se trata, precisamente: la gran cuestión es si esas decenas de millones de norteafricanos (cuyo porcentaje tenderá a crecer, pues los europeos nativos han dimitido de la procreación) perciben a Europa como una sociedad vigorosa, con fe en sí misma, con una identidad susceptible de ser admirada e imitada, o como un camello renqueante que está dando las boqueadas. Máxime, porque esos inmigrantes tienen a su disposición una identidad civilizacional «fuerte» (la islámica), que no es autocrítica, ni dubitativa, ni «cansada». El inmigrante tiene que decidir si es europeo antes que musulmán: Europa compite con la umma por su lealtad [35].

Europa tiene que decidir si significa algo más que relativismo y vacuidad postmoderna. Un dato: el 70% de los inmigrantes turcos en Alemania están convencidos de que su religión es la única verdadera; sólo un 6% de los alemanes nativos creen lo mismo de la suya. El que quiera entender, que entienda.

No es haciéndose cada vez más laica, relativista, autocrítica y postidentitaria cómo Europa conseguirá ganarse el respeto de los inmigrantes. Es exactamente al contrario[36].

En busca de una identidad «densa»

Muchos que aceptarían el diagnóstico de las líneas anteriores (Europa necesita una identidad que apele a rasgos específicamente europeos, y no sólo a valores universal-abstractos) tienden, sin embargo, a buscar la «europeidad densa» en una dirección que no estimo adecuada. Me refiero a aquéllos que gustan de concebir a Europa como la «anti-América», cifrando el orgullo continental en distinguirse lo más posible de EEUU: si los americanos son religiosos, los europeos somos ateos; si los americanos son militaristas, nosotros somos pacifistas; si los americanos son capitalistas, los europeos somos socialdemócratas; si los americanos son «maniqueos» (creen todavía en esos anticuados conceptos llamados «bien» y «mal») [37], los europeos somos «complejos» y pensamos que «todo tiene muchas caras» [38]; si los americanos son puritanos, los europeos somos libertinos[39].

Así, Jürgen Habermas, admitiendo que Europa necesita elementos de identidad thick que vayan más alla de las consabidas alusiones thin a valores universales, los busca en referencias ideológicas típicamente izquierdistas: pacifismo, Estado social [40], ecologismo… Esta concepción sectaria de la europeidad (resumible en la ecuación «ser europeo es igual a ser de izquierdas») alcanzó quizás su máximo predicamento durante los meses que precedieron y siguieron a la guerra de Iraq en 2003. Cuando el presidente Rodríguez Zapatero dijo en 2004 «volvemos al corazón de Europa», entendía por «Europa» exactamente esto.

Existe una variante aun más discutible de la concepción anterior: es la que cifra la quintaesencia de la europeidad en los «nuevos derechos» derivados de la revolución cultural de los 60: aborto, permisividad sexual, matrimonio gay, etc. El sociólogo holandés Pim Fortuyn —un fogoso cultural warrior que creó un partido propio y llegó a cosechar resultados electorales notables, antes de ser asesinado en 2002 por un ecologista- defendió una concepción de este tipo en su obra Contra la islamización de nuestra cultura (1997) [41].

El novelista alemán Peter Schneider declaró hace unos años: «Europa se ve ahora desafiada a defender sus valores y principios, tanto en casa como en el extranjero. Las líneas de conflicto […] muestran tres grandes temas: la igualdad y autodeterminación sexual de las mujeres y los homosexuales, la libertad de opinión en la prensa y los derechos de la laicidad frente al mundo sagrado»[42].

El gobierno holandés ha producido un vídeo que muestra «los valores de la sociedad holandesa» a los inmigrantes que han solicitado permiso de residencia (sus reacciones son estudiadas, y los que denotan abierto desagrado ven denegada su solicitud): el vídeo muestra, entre otras cosas, hombres besándose y mujeres exhibiéndose en topless en las playas. También el gobierno regional de Baden-Württemberg somete a los solicitantes de asilo a un test similar: un cuestionario en el que, junto a preguntas totalmente razonables («¿ve usted alguna justificación a los atentados del 11 de septiembre?»), figuran otras muy problemáticas («¿cómo reaccionaría usted si su hijo le dijera que es homosexual y que quiere vivir con otro hombre?»).

Estas preguntas —y, más genéricamente, esta concepción que cifra la esencia de la europeidad en la ética sexual sesentayochista- son problemáticas… porque muchos europeos nativos también «suspenderían»[43]. Los cristianos europeos reaccionarían con desagrado frente al topless y el besuqueo masculino, y contestarían quizás que intentarían explicar a su hijo que la homosexualidad activa es pecado, y que existen terapias que permiten superar la inclinación homosexual. Naturalmente, cualquier occidental considera una abominación la ejecución de homosexuales en Irán: el rechazo de semejante barbarie sí forma parte del patrimonio moral común a todos los europeos. Pero eso es una cosa, y otra pretender excluir de los valores europeos a cualquiera que albergue el mínimo reparo moral frente a la homosexualidad activa. Las consecuencias de esto serían abrumadoras: los cristianos se verían conceptuados como la anti-Europa (precisamente lo que sugería el Preámbulo de la Constitución) [44]. Hay ya inquietantes síntomas de esta evolución: clérigos (Ake Green, Dale McAlpine) arrestados por proclamar en público los criterios bíblicos sobre la homosexualidad activa; agencias británicas de adopción cerradas por no prestarse a tramitar la adopción de niños por parejas homosexuales; grupos españoles de comunicación (Intereconomía) multados por emitir comentarios críticos sobre el desfile del Orgullo Gay[45].

Cifrar la identidad europea en los «nuevos derechos» es disparatado: implicaría que el alma de Europa se identifica con unos criterios ético-sexuales recientísimos (no tienen más de 30 años) y rechazados por un porcentaje importante de europeos (¡por no hablar de los inmigrantes!) [46]. Si ser europeo significa aplaudir entusiásticamente el matrimonio gay, entonces no lo fueron Shakespeare, ni Dante, ni Churchill, ni Marx, ni Freud… Erasmo, Tomás Moro o Kant quedarían desplazados por Bibiana Aído como europeos arquetípicos.

Aceptar las raíces cristianas

En su famosa obra ¿Qué es una nación?, Ernest Renan afirmó que la identidad nacional es jánica: mira simultáneamente hacia el pasado (conciencia de unas raíces comunes) y hacia el futuro (proyecto colectivo). «Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho grandes cosas juntos, querer hacerlas todavía: he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo»[47]. La Constitución Europea quiso poner los cimientos de una supernación europea, pero lo hizo mirando sólo hacia el porvenir (un proyecto continental de democracia, derechos humanos, etc.), y renegando implícitamente de su pasado (raíces cristianas). Renan habría dicho que esos eran unos cimientos muy débiles.

Creo que la razón principal por la que el constituyente europeo volvió la espalda al pasado cristiano es la suposición de que hay una ruptura lógica e histórica entre el cristianismo y los valores europeos actuales (democracia, libertad, derechos humanos, etc.). Giscard y los demás estaban profundamente imbuidos de la versión «progresista» de la Historia, según la cual los valores democráticos surgieron a pesar del cristianismo, en dura competencia con él.

Pero esa visión de la Historia deja mucho que desear. Los ideales liberal-democráticos modernos proceden en realidad de los valores cristianos. Naturalmente, ésta es una afirmación «fuerte», para cuya justificación conceptual detallada carecemos aquí de espacio.

Señalemos simplemente que la noción de dignidad humana -la idea según la cual la mera pertenencia a nuestra especie confiere al individuo ciertos derechos inalienables- encuentra una fundamentación insuperable en la creencia cristiana en la filiación divina: el homo sapiens no es el producto fortuito de una lotería bioquímico-cósmica carente de sentido, sino la criatura predilecta de un Dios amoroso. De ahí deriva su dignidad: de lo alto. Cualquier otra explicación convierte la dignidad, al final, en una autosacralización voluntarista («tenemos dignidad porque así lo hemos decidido») y selectiva («tienen dignidad sólo aquellos que decidamos que la tienen» [por ejemplo, últimamente hemos decretado que los fetos y enfermos terminales carecen de ella]). Sólo la religión confiere a la dignidad humana un fundamento sólido (si el hombre es hijo de Dios —y no un capricho de la química del carbono- entonces es realmente sagrado; su dignidad es entonces objetiva, y no autoatribuida).

El cristianismo ha hecho posible el concepto de derechos humanos al proporcionar la idea de una dignidad inviolable del individuo. Pero también ha contribuido a ello de una segunda forma: poniendo las bases de la desacralización del poder y de la dualidad de órdenes (¡es decir, de la laicidad!: «al césar, lo que es del césar», etc.) [48]. Israel surge en la Historia como una excepción dualista (separación del poder temporal y el espiritual) en un mundo de «monarquías sagradas» teocráticas, donde el rey es el dios [faraones egipcios] o habla con los dioses. En Israel -y, después, en la cristiandad- el poder es desacralizado: sólo Dios es Dios; el Estado no es divino, ni el rey es un dios; el Estado es falible (y, por tanto, su autoridad debe ser sometida a control y limitación). El Estado no salva [49].

El mismísimo Habermas ha reconocido todo esto: «Para la autocomprensión normativa de la modernidad, el cristianismo ha representado más que un mero precedente o catalizador. El universalismo igualitario —del cual derivaron las ideas de libertad y solidaridad social, conducción autónoma de la vida y emancipación, conciencia moral individual, derechos humanos y democracia- es un heredero directo de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor. Este legado ha sido objeto de una constante apropiación e interpretación crítica, sin sufrir transformaciones sustanciales. Al día de hoy, no existe ninguna alternativa a él. […] Seguimos alimentándonos de esa fuente. Todo lo demás son chácharas postmodernas»[50].

Con estas palabras (que implican, desde luego, un giro radical respecto a su trayectoria anterior), Habermas está contestando afirmativamente a la pregunta que Ernst W. Böckenförde formulara en los años 60: «¿Se nutre el Estado liberal secularizado de presupuestos normativos que él mismo no puede garantizar?»[51].

En efecto, la democracia liberal surgió de un humus cultural muy concreto: un humus en el que el cristianismo (junto al sustrato grecorromano) juega un papel central. No es casualidad que las ideas de derechos humanos, Estado de Derecho, etc. hayan surgido en Occidente y encuentren en Occidente sus realizaciones más duraderas y perfectas. Tampoco es casual que el único país del mundo que ha sido invariablemente liberal y democrático desde su nacimiento (y el que salvó la democracia frente a los totalitarismos nazi y soviético) —Estados Unidos- sea también el más cristiano de Occidente.

Claro, en la historia del cristianismo no todo es luminoso: existieron la Inquisición, las guerras de religión, la condena eclesiástica de las libertades modernas durante el siglo XIX… Pero la cultura occidental disponía de los antídotos adecuados para reaccionar contra tales extravíos; los antídotos estaban en su mismo ADN: en el racionalismo griego y el teo-humanismo cristiano [52]. Una y otra vez, reformadores, santos, fundadores, activistas anti-esclavitud, etc., podían volver a la fuente: al sermón de la Montaña; a «ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni amo, no hay varón ni mujer, pues todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal. 3, 28).

El agnóstico Marcello Pera [53] lo ha visto con claridad (y el pensamiento del último Habermas va en la misma dirección) [54]: el liberalismo no es autosuficiente ni autofundado [55]. Privado de su raíz prepolítica natural, tiende a dudar de sí mismo, a degenerar en el relativismo y el procedimentalismo [56]. Es lo que ocurre en la actualidad. La democracia relativista puede autodestruirse.

«El liberal —escribe Pera— es cristiano. Lo es aunque no lo sepa»[57]. Lo es porque sus valores liberal-democráticos no son más que valores cristianos secularizados (aunque él no sea consciente de esa filiación). Y, como indican Pera y Habermas, la preservación del liberalismo no será posible sin una cierta recristianización de Europa [58].

«Recristianización» que no consiste necesariamente en una recuperación masiva de la fe religiosa (aunque, ¿quién sabe? … la religión está en alza en todo el mundo [59], e incluso en Europa hay tímidos síntomas de revitalización) [60], pero sí en una concienciación generalizada de que los europeos somos, inevitablemente, «cristianos culturales». «Cristiano cultural» es aquél que, tenga o no fe religiosa, valora la aportación insustituible del cristianismo a la identidad occidental.

Es la posición del propio Pera, que se autodefine como un admirador del cristianismo que no posee el don de la fe: «Admirador del cristianismo es aquél que sabe que el cristianismo ha cambiado el mundo, que nos ha traído una revolución moral de amor, igualdad y dignidad sin precedentes, y que esa revolución despliega todavía hoy sus efectos; que sin esta revolución el mundo sería peor, la vida entre los hombres más salvaje, los derechos menos garantizados, la esperanza menos fundada. […] Ambos [cristianos religiosos y «cristianos culturales»] tienen un don. Para los creyentes en el primer sentido, el «don de Dios» es la gracia, la gratuita y misteriosa esperanza de un encuentro, de una presencia: la Suya. Para los creyentes en el segundo sentido, el «don de Dios» es un patrimonio de virtudes, costumbres, cultura, civilización: la nuestra»[61].

Notas
[28] Una identidad europea hecha sólo de valores universales no suscitará identificación emocional: «[D]i per sé, il patriottismo costituzionale –con quel suo richiamo alla lealtà verso principi e valori universali- è un’idea troppo «debole» o «sottile» (thin), cioé troppo generica, astratta, […] affinché produca uno specifico senso di identità, di appartenenza ad un’unica, specifica, comunità europea» (PERA, M., Perché…, cit., p. 83).
[29] Citado por PERA, Marcello, Perché dobbiamo…, cit., p. 70.
[30] «Se l’Europa non è un melting pot ma solo un contenitore, è perché non ha energia identitaria sufficiente a fondere il contenuto» (PERA, M., op. cit., p. 123).
[31] PERA, Marcello, Perché dobbiamo…, cit., p. 98.
[32] CALDWELL, Cristopher, La revolución europea, cit., p. 32.
[33] SÉVILLIA, Jean, Quand les catholiques étaient hors la loi, Perrin, París, 2005, p. 287.
[34] Citado en JENKINS, Philip, God’s Continent, cit., p. 247.
[35] «A sufficiently strong «cultural loyalty» will always outweigh the nominal citizenship one happens to hold, especially if it’s something as weedy and undernourished as the modern multicultural post-national identity promoted by most developed societies» (STEYN, Mark, op. cit., p. xvi). «If «Dutchness» or «Frenchness» seems a weak attenuated thing, then the stronger identity will prevail» (STEYN, M., op.cit., p. 32).
[36] «L’Europa ama l’islam per le stesse ragioni per cui l’islam odia l’Europa: il suo laicismo, relativismo, multiculturalismo […]» (PERA, M., op.cit., p. 134).
[37] Dos grandes hitos de la americofobia europea fueron las chanzas sobre el discurso del presidente REAGAN que describió a la URSS como «imperio del mal» y el del presidente BUSH sobre los regímenes norcoreano, iraní e iraquí como «eje del mal». Naturalmente, sólo a un simplista cowboy se le ocurriría llamar «maligno» al régimen que mató a millones de personas en el Gulag y en la hambruna ucraniana, o al que ha convertido su país en una prisión, o al que gaseó a 5000 kurdos, o al que mata a homosexuales, lapida adúlteras y promueve el terrorismo.
[38] «The biblical references in politics, the division of the world between good and evil, these are things that [Europeans] simply don’t get. In a number of areas, it seems to me that we [Europeans and Americans] are no longer part of the same civilization» (François HEISBOURG [director de la Fundación para la Investigación Estratégica de París], citado en SLOAN, Stanley, «Religion and Politics: All the President’s Truths», International Herald Tribune, May 18, 2005).
[39] La incuestionabilidad de una libertad sexual ilimitada (al menos, entre adultos, y en Holanda ya se elevan voces a favor de la despenalización de la pederastia) parece el único y último dogma de una Europa por lo demás descreída y relativista: «A algunos legisladores les ponen nerviosos los indicios de desintegración familiar –el índice de ilegitimidad del 43% en Gran Bretaña, por ejemplo-, pero aquellos que relacionan su nerviosismo con los recelos hacia la liberación sexual ([la exministra] Christine Boutin en Francia y [la exministra] Ann Widecombe en Inglaterra, por ejemplo) suscitan más mofas que apoyos. La aprobación pública de la liberación sexual parece casi obligatoria» (CALDWELL, CH., La revolución…, cit., p. 237).
[40] Vid. HABERMAS, Jürgen, Time of Transitions, Polity Press, Cambridge, 2006, p. 71 ss.
[41] FORTUYN, Pim, Tegen de islamisering van onze cultuur: Nederlandse identiteit als fundament, A.W. Bruna, Amsterdam, 1997.
[42] Citado en JENKINS, PH., God’s Continent, cit., p. 248.
[43] «Other questions [of the Baden-Württemberg test] would be a real obstacle […] for political moderates who are conservative on moral and gender issues, who do not support wide-ranging ideas of gay rights, or who have serious qualms about public nudity. This would certainly be true among Muslims but also those Christians or Jews for whom acceptance of full homosexual equality would constitute an acid test» (JENKINS, PH., God’s Continent, cit., p. 275).
[44] «Los líderes políticos preguntan si los musulmanes aceptarán nuestros valores. Yo pregunto: ¿qué valores son esos? ¿El matrimonio gay? ¿La eutanasia?» (Adrianis SIMONIS, Obispo de Utrecht [citado en JENKINS, PH., op.cit., p. 276]).
[45] Sobre el tema, vid. KUGLER, Gudrun, «No Successor for Don Camillo: On the Marginalization of Christians in Europe», en KUGLER, Gudrun y Martin (eds.), Exiting a Dead End Road: A GPS for Christians in Public Discourse, Kairós Publications, Viena, 2010, pp. 7-23; cf. PHILLIPS, Melanie, The World Turned Upside Down, Encounter Books, Londres-Nueva York, 2010, p. 101ss
[46] «No es bueno etiquetar unas disposiciones sexuales y de género totalmente nuevas como «principios europeos fundamentales»» (CALDWELL, CH., La revolución…, cit., p. 238).
[47] RENAN, Ernest, ¿Qué es una nación? – Cartas a Strauss, trad. de A. de Blas, Alianza, Madrid, 1987, p. 82.
[48] «Il n’y a rien de plus chrétien que la laïcité! […] Pour le peuple biblique, l’État ne sera plus jamais une source de vérité ni un modèle moral, il sera à jamais désacralisé. […]. Même au plus fort de son influence historique, l’Église s’est abstenue d’exercer un pouvoir temporel direct. […] [C]e sont les régimes antichrétiens fondés sur des idéologies matérialistes ou païennes qui ont resacralisé l’État et créé des idéologies d’État fanatiques» (NEMO, Philippe, «Les racines chrétiennes de l’Europe …», cit., pp. 54-55).
[49] «Esta desacralización del poder en Europa fue fruto del judeocristianismo; […] y [ésta] es la razón por la que la democracia solamente apareció y es probable que solamente pueda florecer en Occidente. […] Fueron los profetas hebreos […] quienes inauguraron la división y la lucha fecunda del poder espiritual y el poder temporal. El profeta no se somete al poder del rey. No duda en acudir a palacio e interpelarle […]. [E]l poder temporal, en cuanto tal, no participa en la economía de la salvación. Ésta depende únicamente de la conversión interior de las personas, en la que trabajan los profetas y los santos. El Estado tiene como misión hacer que reine el orden, impedir que la sociedad se convierta en un infierno, pero no tiene en sus manos la llave del paraíso» (NEMO, Philippe, ¿Qué es Occidente?, Gota a Gota, Madrid, 2007, pp. 81-82). Cf. MADDOX, Graham, Religion and the Rise of Democracy, Routledge, Londres-Nueva York, 1996.
[50] HABERMAS, Jürgen, «A Conversation About God and the World», en Time of Transitions, Polity Press, Londres, 2006, pp. 150-151.
[51] BÖCKENFÖRDE, Ernst-Wolfgang, «Die Entstehung des Staates als Vorgang der Säkularisation», en Recht, Staat, Freiheit [1967], Suhrkamp, Francfort del M., 1991, p. 112.
[52] «In alcune fasi della sua storia, il cristianesimo è stato fondamentalista […]. Ma l’antidoto migliore contro il fondamentalismo è il cristianesimo medesimo» (PERA, M., Perché …, cit., pp. 124-125). «I liberali hanno vinto una battaglia contro la Chiesa, ma hanno avuto come alleato il cristianesimo» (PERA, M., op.cit., p. 48).
[53] Vid. PERA, Marcello – RATZINGER, Joseph, Sin raíces: Europa, relativismo, cristianismo, islam, Península, Barcelona, 2006.
[54] Vid. HABERMAS, Jürgen – RATZINGER, Joseph, Dialéctica de la secularización: Sobre la razón y la religión, Encuentro, Madrid, 2006.
[55] «[I]l cristianesimo –con quella sua idea dell’uomo creato a immagine di Dio […]- è la religione che ha introdotto il valore della dignità personale, senza il quale non c’è né libertà, né uguaglianza, né solidarietà, né giustizia. […] Oggi che è diventato anticristiano, il liberalismo è senza fondamenti e le sue libertà sono appese nel vuoto. […] Se non vogliamo che degeneri ulteriormente, dobbiamo restituirgli il senso dei suoi fondamenti cristiani» (PERA, M., Perché …, cit., pp. 6-7).
[56] «Liberalismo e cristianesimo sono congeneri. […] Per mantenere una società liberale […] occorrono un ethos e delle virtù. Non bastano libere istituzioni, liberi giudici, una libera stampa. […] Il difetto principale dell’attuale liberalismo è quello di essersi ritirato in una dimensione solo politica e procedurale e di dimenticare di essere una tradizione con specifici e densi contenuti etici, la quale affonda le sue radici nella storia europea, di cui la storia cristiana […] è parte essenziale» (PERA, M., Perché …, cit., pp. 44-45).
[57] PERA, M., Perché …, cit., p. 45.
[58] Me ocupé del tema en CONTRERAS PELÁEZ, F.J., «Europa: agonía del sesentayochismo, ¿retorno del cristianismo?» (Persona y Derecho, vol. 58 [2008], pp. 300-367).
[59] Me ocupé del tema en CONTRERAS PELÁEZ, Francisco José, «Return of Religion and Western Cultural Divide» [ http://www.europeanideasnetwork.com/files/2010/seminar_9juin/M._CONTRERAs_intervention.doc%5D. Cf. MICKELTHWAIT, John – WOOLDRIDGE, Adrian, God is Back: How the Global Revival of Faith is Changing the World, Penguin Press, Nueva York, 2009.
[60] Por ejemplo: cuatromillones de jóvenes en los funerales de JUAN PABLO II, reactivación de los centros de peregrinación [Santiago, Czestochowa, Knock, Paray-le-Monial, Medjugorje, etc.], éxito del «curso Alfa» y de las «misas de Tomás», inmigración cristiana desde países del Sur [no toda la inmigración es musulmana], éxito inesperado de películas como «El gran silencio», «La última cima» o «De dioses y hombres», etc. Vid. JENKINS, Philip, God’s Continent, cit, p. 55 ss.
[61] PERA, M., Perché dobbiamo …, cit., pp. 56-57.

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