¿Por qué los tratados europeos evitan mencionar el cristianismo? (I)


¿Por qué los tratados europeos evitan mencionar el cristianismo? (I)

Tengo dos recuerdos de infancia asociados a José Manuel Peláez y Europa; ambos deben datar de 1971. En uno de ellos, él me cuenta nada menos que la historia de Occidente, en la penumbra del salón del piso de la calle Monzón: se remonta al punto cero ab urbe condita, y me explica lo de Numítor, Rea Silvia (estos dos nombres no los he olvidado desde entonces) y la loba capitolina; y después llega, claro, a las Guerras Médicas, cuando el sacrificio de Leónidas y el genio de Milcíades —que no entendían de «alianza de civilizaciones»- hicieron posible que Europa existiera algún día. Pero entonces yo me escabullo: atravieso una fase de precoz hipocondria, y tengo pánico a todo lo relacionado con «médicos».

En el segundo es verano, y tío José Manuel aparece inesperadamente en el jardín de la casa de Rota. ¡Viene de La Haya! En la España poco viajada del tardofranquismo, es como si llegara de Marte (años después, entenderé que venía de algún curso en la Academia de Derecho internacional). ¡Se ha dejado el bigote! Gran revuelo familiar. Abuela, desde luego, piensa que ha adelgazado demasiado. Y tía Pilar está radiante.

Lo cierto es que José Manuel Peláez dedicó buena parte de su trayectoria como internacionalista al estudio del Derecho comunitario y de las instituciones supranacionales europeas. Fue siempre un europeísta ferviente, convencido de que «Europa no es un continente, sino una idea», y de que dicha idea, aunque originada en Europa, era beneficiosa para la humanidad en general: «la construcción de Europa [implica] […] la radiación de su genio particular, que resulta ser precisamente universal»[1]. He pensado, pues, que estas reflexiones sobre la identidad europea podrían ser un adecuado homenaje a su memoria.

El cristianismo, censurado

Volver a estas alturas sobre el episodio de la omisión del cristianismo entre las raíces culturales de Europa por parte de la Constitución Europea de 2004 puede parecer desfasado, dado que ésta quedó finalmente en agua de borrajas, tras ser rechazada en los referenda francés y holandés de 2005, y terminar siendo sustituida en 2007 por el menos ambicioso Tratado de Lisboa (el cual, por cierto, tampoco incluye mención alguna del cristianismo). Pero la omisión en cuestión era síntoma de un síndrome más profundo, cuyos efectos permanecen en la actualidad (por ejemplo, los ministros europeos de Exteriores reunidos en Bruselas el 31 de enero de 2011 para condenar las matanzas de cristianos en Iraq, Egipto, etc. … ¡fueron incapaces de incluir la palabra «cristianos» en el borrador de resolución!)[2].

Vayamos, antes que nada, al texto de la discordia. Se trata de los dos primeros párrafos del Preámbulo de la Constitución Europea:

«Conscientes de que Europa es un continente portador de civilización; de que sus habitantes, llegados en sucesivas oleadas desde los tiempos más remotos, han venido desarrollando los valores que sustentan el humanismo: la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón.Extrayendo inspiración del legado cultural, religioso y humanista de Europa, que, alimentado primero por las civilizaciones de Grecia y Roma, caracterizado por un impulso espiritual siempre presente en su herencia y después por las corrientes filosóficas de la Ilustración, ha inculcado en la vida social su percepción del papel central de la persona humana y de sus derechos inviolables e inalienables, así como del respeto a la ley…».

El constituyente europeo consideró dignos de mención a Grecia, a Roma, a la Ilustración… pero no al cristianismo (del que sólo cabe sospechar una referencia indirectísima y eufemística en la frase sobre el «impulso espiritual siempre presente en su herencia») [3]. Ni siquiera la alusión al legado «cultural, religioso y humanista de Europa» está desprovista de connotaciones: se presenta «lo religioso» y «lo humanista» como vetas diferenciadas de la tradición europea, sugiriéndose una oposición entre ambas (como si la religión no pudiera ser humanista).

El iter de este texto estuvo lleno de avatares. Una primera versión incluyó una mención específica del cristianismo (en pie de igualdad con Grecia y Roma, la Ilustración, etc.). Se produjo entonces el contraataque de Valéry Giscard d’Estaing, representante francés en la Convención, que afirmó que «los europeos viven hoy en un sistema político totalmente laico, en el que la religión no juega un papel importante»[4]; señaló también que una alusión explícita al cristianismo podría resultar «excluyente», dado que en Europa viven ya 30 millones de musulmanes, y su número aumentará sin duda en las próximas décadas. La posición francesa prevaleció finalmente.

La peculiar versión de la Historia europea solemnizada por la Constitución dista de ser una anécdota. Como bien explica Joseph Weiler, las constituciones tienen básicamente tres funciones: el reparto de competencias institucionales y organización de los poderes del Estado, la determinación de las relaciones entre el poder y los ciudadanos (catálogos de derechos y deberes fundamentales), y la definición de «los valores, ideales y símbolos que comparte una determinada sociedad»[5].

Esta tercera función se hace patente especialmente en los Preámbulos y Títulos Preliminares, que ofrecen una fotografía de la autocomprensión de la nación de que se trate: son textos que vienen a decir «en esto creemos, así entendemos nuestra identidad, a estas metas aspiramos». La omisión selectiva del cristianismo en la enumeración de fuentes culturales de las que derivan los valores europeos resulta, por tanto, altamente significativa: implica que la Europa actual reniega de la componente cristiana de su identidad, y considera que los valores de libertad, democracia, dignidad humana, etc. han surgido a pesar del cristianismo.

La alusión de Giscard a nuestros sistemas «totalmente laicos» —que parece implicar que la Constitución Europea se limitó a levantar acta de lo que ya es un hecho consumado en las Constituciones nacionales- es del todo infundada. Pues, como oportunamente ha recordado Joseph Weiler, lo cierto es que las Constituciones europeas distan de ser unánimes en este punto. La constitución (consuetudinaria) británica es tan poco laica que la jefatura del Estado resulta coincidir con la de la Iglesia.

La Constitución irlandesa se abre con una invocación a «la Santísima Trinidad, de la Cual procede toda autoridad, y en la Cual deben inspirarse todos los actos de los hombres y de los Estados». La Constitución de la muy secularizada Dinamarca establece una religión oficial: «la Iglesia evangélica luterana es la Iglesia nacional danesa» (art. 4). Lo mismo hace la de Grecia («la religión predominante en Grecia es la de la Iglesia oriental ortodoxa cristiana»: art. 3.1), que no olvida señalar que «el texto de las Sagradas Escrituras es inalterable» (art. 3.3). La Constitución alemana comienza con la frase: «Consciente de su responsabilidad ante Dios y los hombres, […] el pueblo alemán…».

O sea: la cuestión religiosa recibe tratamientos muy diferentes en los diversos países europeos. La libertad religiosa es reconocida en todos, pero ello no obsta para que muchos confieran carácter oficial a una confesión (que no suele ser el sintoísmo o el jainismo, sino alguna Iglesia cristiana). La estricta laicidad a la francesa es más bien la excepción que la regla. Por tanto, la Constitución Europea no se limitó a reproducir a nivel continental lo que ya era un hecho consumado a nivel nacional.

Antes bien, la Constitución Europea optó deliberadamente por un modelo más bien minoritario de concebir la relación Estado-religión (la laicidad a la francesa) y, en esa medida, declaró anticuado y superado el modelo «confesional» seguido por muchas otras Constituciones.

Se podría alegar que el constituyente europeo tenía que hacer una elección entre dos modelos incompatibles, y que la opción recayó sobre el que parecía más a tono con los tiempos. Y, sin embargo, hubiera cabido una solución integradora. Como indica Weiler, hubiera bastado con imitar la fórmula escogida por la Constitución polaca, cuyo preámbulo incluye la inspirada frase:

«Nosotros, la Nación polaca, todos los ciudadanos de la República, tanto aquellos que creen en Dios como fuente de verdad, justicia, bien y belleza, como aquellos que no comparten esta fe pero respetan esos valores universales derivándolos de otras fuentes, iguales en derechos y obligaciones frente al bien común …»

El texto polaco hace justicia a la realidad de las sociedades europeas actuales: sociedades cosmovisionalmente plurales, en las que conviven creyentes con ateos. No establece jerarquías entre ellos, no oculta vergonzantemente a ninguno de los dos grupos; antes bien, pone de manifiesto que ambos pueden concordar en torno a ciertos valores, aunque encuentren el fundamento de tales valores en fuentes distintas. Pero la Constitución Europea no quiso incluir una fórmula similar: prefirió declarar implícitamente que el futuro pertenece sólo a los ateos; prefirió tratar a los creyentes como ciudadanos de segunda, como el embarazoso residuo de un pasado destinado a ser superado.

La laicidad suele ser definida como «neutralidad cosmovisional del Estado»: el Estado suspende el juicio en materia metafísica, sin comprometerse con esta o aquella cosmovisión (ya que sus leyes van dirigidas a ciudadanos que profesan cosmovisiones diversas: cristianos, ateos, musulmanes…).

En la práctica, la «neutralidad» en cuestión termina a menudo funcionando como una ley del embudo: cada vez que el creyente religioso aspira a ver reflejados sus valores u opiniones en las leyes, se le dice que «está imponiendo sus creencias a toda la sociedad» (nunca se le dice lo mismo al ateo cuando intenta que las leyes reflejen su visión de las cosas). El constituyente europeo ha procedido en forma similar a la hora de escoger entre el modelo constitucional «confesional» y el laicista. Su «neutralidad» consiste, no en buscar una posible equidistancia a la polaca, sino en tirar uno de ellos a la basura[6].

Una Europa posthistórica y postidentitaria

Las Constituciones, decíamos antes, sirven, entre otras cosas, para mostrar y consolidar la autocomprensión de una sociedad. Al desdeñar los dos mil años de pasado cristiano, la Constitución Europea renuncia al que objetivamente es, sin duda, el rasgo histórico-cultural paneuropeo más evidente: lo único que comparten realmente países que, por lo demás, tienen historias y presentes muy diversos. Como indica Weiler, si viajamos desde los Urales hasta Galway y desde Hammersfest hasta Tarifa, variarán enormemente los idiomas, las costumbres, los niveles de riqueza… lo único que no variará son las catedrales presidiendo las ciudades.

Lo único omnipresente es la cruz: la encontraremos en tumbas del año 511, 1011, 1511 o 2011.

¿En qué cifra su identidad esta Europa que da la espalda a su pasado? El propio Preámbulo nos lo dice: «la igualdad de las personas, la libertad y el respeto a la razón»; «el papel central de la persona y de sus derechos inviolables»; «el respeto a la ley». Y bien, es cierto que tales valores suscitan la aprobación de prácticamente todos los europeos. El «problema» es que también suscitan la aprobación, al menos nominal, de todos los no europeos. Es decir: no hay en ellos nada de específicamente europeo; se trata de valores universales. Los encontraremos también en la Constitución de EEUU… y en la de Bután, y en la de Tanzania.

Si ser europeo consiste en creer en «la libertad y el respeto a la razón», todo el mundo puede serlo. Marcello Pera ha llamado a esto la «paradoja de la identidad europea»[7]. La identidad europea resultaría ser puramente universal… es decir, resultaría ser una no-identidad. Pues la identidad es, por definición, algo que le distingue a uno de los demás.

La paradójica identidad europea estribaría… en carecer de identidad. Chantal Delsol ha hablado de una vertiginosa «voluntad de vacío», que es a la vez modesta y pretenciosa. Modesta en lo que tiene de autodespojamiento y autonegación: Europa, tan dispuesta siempre a respetar las identidades culturales foráneas (la moda «multiculturalista»), renuncia a una identidad cultural propia. Pero esta modestia es sólo aparente, y podría esconder una forma de soberbia: Europa se ve a sí misma como una modalidad más evolucionada de humanidad, una humanidad post-identitaria que ya no necesita raíces y puede alimentarse sólo de valores universales abstractos[8].

Tener identidad cultural está bien para todos esos atrasados africanos y asiáticos (no sólo «está bien»: es que el europeo multiculturalista espera que los no-occidentales perseveren en sus respectivas identidades culturales de origen, que tanto colorido étnico aportan a nuestras calles) [9]. Pero los europeos vivimos ya más allá de toda identidad. Todavía hay clases.

Esta opción por la identidad thin, por la «identidad postidentitaria», podría ser interpretada como una cierta «germanización de Europa». Abrumada por su pasado, traumatizada por los crímenes cometidos en su nombre en la primera mitad del siglo XX, Alemania lleva ya varias generaciones ensayando la «identidad postnacional» (Habermas). ¿Cómo ser alemán después de Auschwitz? Reduciendo la germanidad a la Ley Fundamental de Bonn, entendiendo Alemania como un puñado de principios universales: al alemán no le está permitido otro patriotismo que el Verfassungspatriotismus[10].

Ahora bien, el síndrome postnacional alemán en realidad afecta a toda Europa (como síndrome, no ya postnacional, sino postcivilizacional). Es Europa en su conjunto, no sólo Alemania, la que salió traumatizada de la sobredosis de Historia de su dantesca primera mitad del siglo XX: dos guerras mundiales, el Lager y el Gulag, las guerras civiles española, rusa y griega, conflictos coloniales[11] … Como las guerras mundiales fueron suscitadas por el choque de nacionalismos exacerbados, Europa «tira el niño con el agua del baño»: nunca más las identidades, nunca más las políticas de fuerza, nunca más la «asertividad» histórica [12] … Europa sale de su apocalipsis de 1914-45 con la cabeza gacha; quiere, como dijo Raymond Aron, «apearse de la gran Historia»[13]: se deshace de sus imperios coloniales, renuncia al músculo militar (sabiéndose protegida por el paraguas norteamericano … al que, eso sí, el europeo se permitirá el lujo de zaherir por «maniqueísta», «cowboy», «primario»); se acurruca en un rincón del mundo, casi pidiendo perdón por existir (¿no son todas las modas filosóficas de los 50 en adelante —estructuralismo, deconstrucción, postmodernismo, multiculturalismo, etc.- formas de autodenigración civilizacional?[14]; ¿no concluyen —por una vía u otra- en afirmaciones del tipo: «la verdad objetiva no existe; cada cultura tiene derecho a su verdad … salvo la occidental, que es explotadora, imperialista y criminógena, como demuestra nuestra historia reciente»?) [15].

«El mundo entero nos odia y lo merecemos sobradamente: tal es la convicción de una mayoría de europeos. […] Nada es más occidental que este odio a Occidente: esta pasión por maldecirse, por lacerarse…» (Pascal Bruckner)[16].

El inconveniente de «apearse de la Historia»… es que la Historia no está dispuesta a detenerse, ni las demás civilizaciones (nada inclinadas al autodesprecio) a salir de ella (la frase de Aron terminaba así: «mientras Europa quiere apearse de la gran Historia, otros, cuyo número se cuenta por centenares de millones, quieren entrar en ella»). De hecho, tras 1945 la «gran Historia» sigue adelante con la Guerra Fría.

Una «guerra» que el europeo (al menos, el europeo de izquierdas) se negará siempre a asumir como tal: tenderá a pensar que la amenaza soviética es un producto de la fantasía paranoica de esos americanos pasados de testosterona; criticará el «peligroso belicismo yanqui» (movilización contra el despliegue de misiles, etc.) y votará, a menudo, a Partidos Comunistas que simpatizan con el enemigo (en Francia o Italia, en porcentajes superiores al 20% e incluso el 30% del electorado). Robert Kagan analizó certeramente esta mentalidad de «niño mimado» en su obra Poder y debilidad: en el fondo, los europeos saben que, si las cosas se ponen realmente feas, los americanos vendrán a salvarles (como han hecho ya varias veces) [17]; mientras tanto, se permiten el lujo de morder la mano que les da de comer, cultivando el pacifismo de salón e invirtiendo en gasto social las cantidades que no son invertidas en defensa (Europa ha descuidado sus presupuestos militares desde 1945 … porque se sabe protegida por EEUU).

Cuando se produzca la increíble victoria occidental sobre el bloque comunista en 1989 (increíble por lo fulminante, total e incruenta), prácticamente nadie en Europa la celebrará como tal: en realidad, Europa había pretendido vivir como si la Guerra Fría no fuera con ella[18].

El europeo postmoderno (escéptico, posthistórico, postbélico, postnacional) incurre en una forma muy peculiar de etnocentrismo. Da por supuesto que, dado que Europa está «cansada de Historia» y viene de vuelta de la identidad, de la autoafirmación, de cualquier idea «fuerte» o cualquier creencia firme… el resto del mundo tiene que estarlo también. Es cierto que el «experimento posthistórico» europeo ha sido un éxito: naciones que habían luchado entre sí durante siglos han firmado una paz definitiva.

El error que subyace al «euroidealismo kantiano» consiste, como ha señalado Robert Kagan, en creer que la fórmula europea de pacificación resulta sin más exportable a escala planetaria [19]; Europa da por supuesto que lo que ha funcionado dentro de sus fronteras debería funcionar también a nivel mundial: imagina que la URSS (hasta 1989), la Corea de Kim Jong Il, el Irán de los ayatolás, Al Qaeda … son desactivables con los mismos métodos que han servido para desactivar definitivamente a Alemania: diplomacia, cooperación comercial, soft power, desarme … Europa olvida que su propio experimento kantiano («paz perpetua») ha funcionado: 1) porque las naciones europeas quedaron definitivamente vacunadas contra la guerra tras dos hecatombes (las guerras mundiales) provocadas y protagonizadas sobre todo por ellas; 2) porque, después de todo, entre las naciones europeas existe una notable homogeneidad cultural; 3) porque EEUU guardaba la casa por fuera: Europa ha podido saltar a la posthistoria (más allá de las guerras, de las ideas fuertes y de las identidades) … gracias a que EEUU permanecía enfangado en la Historia, manteniendo a raya a los Breznevs, Saddam Husseins y Bin Ladens de turno[20].

Aldabonazos como el 11 de septiembre de 2001 o el 11 de marzo de 2004 hubieran debido hacer despertar a Europa de su sueño de «europeizar el mundo»: Mohamed Atta y sus chicos no estaban, evidentemente, «cansados de la Historia», ni dispuestos a participar de la autoironía postmoderna, ni interesados por el «pensamiento débil»[21].

Pero la reacción de muchos europeos osciló entre la «negación» freudiana («son sólo unos pocos fanáticos; no representan a nadie») y la justificación de los agresores («EEUU se lo merecía», «la causa es la pobreza», etc.). En el caso del 11-M, la reacción del electorado supuso una especie de autoinculpación colectiva: al cambiar el sentido de su voto en el último momento (las encuestas pronosticaban una clara victoria del PP), el electorado español transmitía a los yihadistas este mensaje: «tenéis razón; nos lo merecemos por haber apoyado la intervención en Iraq; no lo volveremos a hacer»[22].

De la misma forma que, durante 45 años, muchos europeos intentaron convencerse de que la Guerra Fría no iba con ellos, los europeos actuales rechazan la idea de que pueda existir un «choque de civilizaciones» con el Islam. El autodespojamiento identitario que analizamos en este trabajo puede también estar relacionado con eso (recordemos que Giscard aludió a la presencia de musulmanes en Europa como pretexto para no mencionar el cristianismo en la Constitución).

La reacción europea frente a los síntomas de «choque de civilizaciones» parece informada por el dicho popular «dos no se pelean si uno no quiere»[23]. Y, como recuerda Marcello Pera, si para evitar el choque de civilizaciones hay que negar la propia civilización, se niega [24].

Si atenuamos nuestra identidad hasta volverla totalmente abstracta y gaseosa, quizás evitaremos el conflicto: los gases no chocan. Los gases son simplemente atravesados por los sólidos. La reacción «europeísticamente correcta» frente a cualquier comentario acerca de la difícil asimilabilidad de la inmigración musulmana consiste en calificar tales inquietudes como «racistas»[25].

El comodín del «racismo» resulta tranquilizador de varias formas: permite despreciar a la Casandra de turno y, sobre todo, permite alejar el espectro del choque de civilizaciones. Si la conflictividad planteada por la inmigración musulmana se debe al «racismo», entonces es que el problema está en nosotros, y no en ellos: bastará con que superemos nuestros miserables prejuicios racistas. Por ejemplo, los disturbios franceses del otoño de 2005 (miles de coches quemados) recibieron todo tipo de explicaciones: expresión de un malestar social debido a la «exclusión», o al paro, o al «racismo»; testosterona juvenil; simple matonismo callejero, ajeno a cualquier connotación ideológica o cultural…; cualquier explicación servía, con tal de que no mentara la bicha del choque de civilizaciones [26].

No importaba que los alborotadores fueran en su gran mayoría de origen magrebí y gritasen «Allah akbar!»: aunque ellos no lo supiesen, no estaban manifestando su odio a la cultura occidental; en realidad, estaban protestando (inconscientemente) por las «injustas políticas económicas del gobierno conservador»[27]. Su problema no era Occidente, sino Chirac.

Notas

[1] PELÁEZ MARÓN, José Manuel, Lecciones de instituciones jurídicas de la Unión Europea, Tecnos, Madrid, 5ª ed., 2000, pp. 19-20.
[2] Cf. Informe de European Dignity Watch: http://www.europeandignitywatch.org/es/el-dia-dia/detail/article/llamada-a-la-accion-antes-del-21-de-febrero-ue-debe-condenar-univocamente-la-persecucion-de-cris.html
[3] «Ou bien la Constitution se passait de toute référence historique quelle qu’elle fût, ou bien, si on citait l’humanisme ou les Lumières, il fallait évidemment citer aussi le christianisme» (NEMO, Philippe, «Les racines chrétiennes de l’Europe et leur dénégation», en DELSOL, Chantal – MATTÉI, Jean-François, L’identité de l’Europe, Presses Universitaires de France, París, 2010, p. 46).
[4] Citado en JENKINS, Philip, God’s Continent: Christianity, Islam, and Europe’s Religious Crisis, Cambridge University Press, Cambridge, 2007, p. 39.
[5] WEILER, Joseph, Una Europa cristiana, cit., p. 53.
[6] «El sentido de la premisa agnóstica del Estado es precisamente garantizar el reconocimiento tanto de la sensibilidad religiosa […] como de la sensibilidad laica. Excluir la sensibilidad religiosa del Preámbulo, por lo tanto, no es realmente una opción agnóstica; no tiene nada que ver con la neutralidad. Significa simplemente privilegiar, en la simbología del Estado, una visión del mundo respecto a otra, haciendo que todo esto pase por neutralidad» (WEILER, J., op. cit., p. 65). «Questa cultura oggi non è propriamente laica […]. [Q]uesta cultura è laicista. Essa irride alla religione, la denigra, la considera «superata», la tratta come una superstizione, come residuo di un’era mitologica […]» (PERA, Marcello, Perché dobbiamo dirci cristiani: Il liberalismo, l’Europa, l’etica, Mondadori, Milán, 2008, p. 93). «For Europe’s elites, Christianity is at best irrelevant, at worst an obstacle to social progress and the expansion of human rights» (JENKINS, Philip, God’s Continent, cit., p. 39).
[7] «[P]oiché i «principi» e i «valori indivisibili e universali» di cui parla la Carta trascendono, per definizione, qualunque collocazione storico-geografica, […] ne consegue che la Carta europea […] è una carta cosmopolita, cioè ha come referente l’intera umanità» (PERA, Marcello, Perché dobbiamo dirci cristiani, cit., p. 77). «Elle [la Constitución Europea] revient à imposer de force à l’ensemble des Européens une autre identité que celle qui est réellement la leur. Une identité d’ailleurs sans épaisseur et sans cohérence. Car elle serait fondée seulement sur les « droits de l’homme », la « démocratie », etc., tout ce qu’on croit, à tort, être venu des seules « Lumières »» (NEMO, Philippe, «Les racines chrétiennes de l’Europe et leur dénégation», cit., p. 63).
[8] «Cette volonté du vide […] exprime à la fois la modestie et la prétention. […] Prétention: celle de vouloir être sans frontière et sans définition, seule expression de l’Universel pendant que toutes les autres contrées son engluées dans leur particularité» (DELSOL, Chantal, «L’affirmation de l’identité européenne», en DELSOL, CH. – MATTEI, J.F., L’identité de l’Europe, cit., p. 3).
[9] «El defensor de […] las identidades indígenas valora la pluralidad cultural y el colorido étnico en cuanto tales, con independencia de que la pertenencia a las «comunidades» en cuestión favorezca o no la realización, la felicidad o la libertad personales. Desde un relativismo cultural intransigente, el multiculturalista insiste en atribuir el mismo valor a todas las cosmovisiones y tradiciones, y exige que cada individuo quede definitivamente atrapado por su cultura de origen. En el caso de los pueblos indígenas, debe tenerse en cuenta que se trata en algunos casos de culturas muy primitivas, vinculadas a una vida de cazadores-recolectores (en el caso de las tribus del Amazonas) o de agricultura de subsistencia (en el altiplano). El multiculturalista quiere fijar a esas personas en su forma de vida tradicional (quizás experimentada como chata, dura o empobrecedora por sus propios protagonistas), a la mayor gloria de la diversidad y la autenticidad culturales» (CONTRERAS PELÁEZ, Francisco José, «Los derechos indígenas en las nuevas Constituciones hispanoamericanas», en espera de publicación).
[10] Vid. HABERMAS, Jürgen, Identidades nacionales y postnacionales, Tecnos, Madrid, 2007. HABERMAS desarrolló el concepto de «patriotismo constitucional» en pugna con historiadores como Ernst NOLTE o Michael STÜRMER, en la que dio en llamarse Historikerstreit de 1986: cf. BALDWIN, Peter, Hitler, the Holocaust, and the Historians Dispute, Beacon Press, Boston, 1990.
[11] «El talante moral dominante en la Europa de la posguerra era el de arrepentimiento por dos desafueros históricos: el colonialismo y el nazismo. […] [L]os europeos de la posguerra sentían una ilegitimidad moral que se acentuó con el paso de las décadas. El estado de ánimo imperante quedó resumido en The March, una película que la BBC 1 emitió con motivo de la One World Week en 1990. En ella, un líder carismático llamado El Mahdi conduce a un cuarto de millón de personas en una marcha de 5000 km. desde un campo de refugiados sudanés hasta Europa bajo la consigna «somos pobres porque sois ricos». Una consigna que la película hacía poco por contradecir» (CALDWELL, Cristopher, La revolución europea, trad. de J. Manera, Debate, Madrid, 2010, pp. 20-21).
[12] «[U]ne idée généreuse et fausse traîne-t-elle dans les cerveaux européens: gommons les identités, oublions-les, et, toutes raisons de combat abolies, la paix s’établira… Oublions les religions: plus jamais la Saint-Barthélemy [matanza de protestantes a manos de los católicos en 1572]. Oublions les nations: plus jamais les tranchées de 1914 […]. Oublions les idéologies: plus jamais Auschwitz et la Kolyma» (DELSOL, Chantal, «L’affirmation de l’identité européenne», cit., pp. 1-2).
[13] «A los europeos les gustaría apearse de la historia, de la grande histoire, de la historia que se escribe con letras de sangre. Otros, que se cuentan por centenares de millones, desean entrar en ella» (ARON, Raymond, Pensar la guerra: Clausewitz, Centro de Publicaciones del Ministerio de Defensa, Madrid, 1993, p. 284).
[14] «De l’existentialisme au déconstructionnisme, toute la pensée moderne s’epuise dans la dénonciation mécanique de l’Occident dont elle souligne l’hypocrisie, la violence, l’abomination. […] Le remords a cessé d’être lié à des circonstances historiques précises, il devient dogme […]. Le devoir de pénitence […] interdit au bloc occidental, coupable de toute l’eternité, de juger, de combattre d’autres régimes, d’autres Etats, d’autres religions. Nos crimes passés nous intiment de garder bouche close. Notre seul droit est le silence. Il offre ensuite aux repentis le confort du retrait. Réserve, neutralité, seront notre rédemption» (BRUCKNER, Pascal, La tyrannie de la pénitence: Essai sur le masochisme occidental, Bernard Grasset, París, 2006, pp. 14-15).
[15] «Multiculturalism was conceived by the Western elites not to celebrate all cultures but to deny their own: it is, thus, the real suicide bomb» (STEYN, Mark, America Alone: The End of the World as We Know It, Regnery Publishing, Washington DC, 2006, p. 194).
[16] BRUCKNER, Pascal, op. cit., pp. 19 y 50.
[17] Tras la gesticulación antibelicista de muchos europeos se esconde, según Robert KAGAN, un alivio secreto vinculado a la convicción de que EEUU dará buena cuenta de las amenazas exteriores: «En general, los europeos suponen, aunque se resistan a admitirlo en su fuero interno, que siempre que Irak o alguna otra nación «proscrita» pueda surgir como un peligro verdadero y presente –no uno meramente potencial-, Estados Unidos hará algo al respecto» (KAGAN, Robert, Poder y debilidad: Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial, trad. de M. Ramírez, Taurus, Madrid, 2003, pp. 53-54). Europa se permite criticar al sheriff, al gendarme mundial, aunque en el fondo agradece que exista uno: «Estados Unidos actúa a la manera de un sheriff internacional –autoproclamado quizás, pero generalmente bienvenido de todos modos- que vela por imponer algo de paz y justicia en lo que ve como un mundo sin ley, donde es preciso disuadir o destruir a los malhechores, por lo común a punta de pistola. Europa, por no salirnos de esta vieja película del Oeste, es más bien el encargado del saloon. Y los malos suelen disparar al sheriff, no al encargado» (KAGAN, R., op.cit., p. 57).
[18] «One of the most obvious refutations of Francis Fukuyama’s famous thesis The End of History […] is that the victors didn’t see it as such. Americans […] may talk about «winning» the Cold War, but the French and the Belgians and the Germans don’t. Very few British do. […] [T]here was no sense on the Continent that our Big Idea had beaten their Big Idea. […] [I]t’s hard to credit the citizens of France or Italy as having made any serious contribution to the defeat of Communism. Au contraire, millions of them voted for it, year in, year out» (STEYN, Mark, America Alone, cit., p. xxxvii).
[19] «La transmisión del milagro europeo al resto del mundo se ha convertido en la nueva «misión civilizadora» europea» (KAGAN, Robert, Poder y debilidad, cit., p. 94). Cita como ilustrativas de este estado de espíritu –entre muchas posibles- afirmaciones extraídas de un discurso de Romano PRODI: «Europa tiene un papel que desempeñar en la gobernanza del mundo. […] En Europa, el imperio de la ley ha sustituido a la crudeza de la interacción entre poderes […]. Las políticas de poder han perdido su influencia. […] [Y] al hacer de la integración [europea] un éxito, manifestamos al mundo que es posible crear un método para alcanzar la paz» (PRODI, R., Discurso ante el Institut d’Études Politiques de París, 29-05-2001 [citado por KAGAN, R., op.cit., pp. 92-93]).
[20] «El nuevo orden kantiano de Europa sólo podía prosperar bajo el paraguas del poder estadounidense, ejercido según las reglas del viejo orden hobbesiano. Luego fue el propio poder de Estados Unidos lo que posibilitó que los europeos pensaran que el poder ya no tenía importancia» (KAGAN, Robert, Poder y debilidad, cit., p. 111).
[21] Mark STEYN relata una anécdota muy reveladora: tras un artículo en el que preguntaba «¿por qué están dispuestos a morir los occidentales?» recibió un e-mail de un profesor francés que explicaba que, desde luego, los europeos no estaban dispuestos a morir por nada, y que precisamente por eso se consideraban más civilizados. El problema es: ¿cómo hacer cuando hay que compartir el mundo con gente que todavía cree lo suficiente en algo para morir por ello? (vid. STEYN, Mark, op. cit., pp. 126-127).
[22] «[E]ven Osama bin Laden might have been surprised to see the Spanish opt to make their general election an exercise in mass self-gelding. Within seventy-two hours of the carnage, voters sent a tough message to the terrorists: «We apologize for catching your eye». […] [I]t was widely reported that the atrocity had been designed to influence the election. In allowing it to do so, the Spanish knowingly made polling day a victory for appeasement and dishonored their own dead» (STEYN, Mark, America Alone, cit., pp. 36-37).
[23] «[A]unque [algunos europeos] ahora admitan que Al Qaeda está en guerra con Europa, la mayoría sigue sin poder aceptar del todo que también Europa está en guerra con Al Qaeda. […] ¡Eso no va con nosotros!, parecen clamar. ¡Nosotros no somos belicosos, somos pacifistas! ¡Amamos a todo el mundo!» (BAWER, Bruce, Mientras Europa duerme, Gota a Gota, Madrid, 2007, p. 266).
[24] «Gran parte della cultura europea oggi è così paralizata dall’idea di una guerra di civiltà con l’Islam […] che farebbe di tutto –compreso negare che l’Europa stessa sia una civiltà e abbia una religione- pur di evitare conflitti e di non apparire aggressiva oppure chiusa al «dialogo»» (PERA, Marcello, Perché dobbiamo…, cit., p. 98).
[25] «The refined antennae of Western liberals mean that whenever one raises the question of whether there will be any Italians living in […] Italy a generation or three hence, they cry «Racism!». […] But it’s not about race; it’s about culture» (STEYN, M., America Alone, cit., p. xiii).
[26] «Había un deseo, que rozaba la desesperación, de explicar los disturbios como algo debido a algún error de conducta de la sociedad mayoritaria [la sociedad francesa]. Porque, si los disturbios no podían explicarse por la mala conducta de la sociedad mayoritaria, sólo podían explicarse como parte del orden del día de los alborotadores. […] El que los disturbios los causaran musulmanes, sostenían [los intérpretes], no los convertía en disturbios musulmanes. Quizá los rebeldes no eran musulmanes airados, sino pobres airados que, por circunstancias, eran musulmanes» (CALDWELL, C., La revolución europea, cit., pp. 144-145).
[27] De ahí el llamamiento de Alain FINKIELKRAUT a tomarse en serio los gritos de los alborotadores (en lugar de intentar descubrir en ellos significados ocultos políticamente correctos): «En lugar de escuchar lo que dicen –«¡me cago en vuestra madre!, ¡me cago en el Estado!, ¡me cago en la policía!»- interpretamos sus palabras. Es decir, traducimos sus llamamientos al odio como gritos de ayuda, y su vandalismo en las escuelas como reivindicaciones de educación» (FINKIELKRAUT, Alain, «L’illegitimité de la haine», Le Figaro, 15 de noviembre de 2005 [citado en CALDWELL, C., op. cit., p. 146]).

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