De las cuatro razones por las que el hombre necesita que Dios exista


De las cuatro razones por las que el hombre necesita que Dios exista

Acostumbramos a enfocar el debate sobre la existencia de Dios desde el punto de vista del propio Dios, enfoque por otro lado, nada carente de lógica, cómo decir lo contrario. Pero nos preguntamos mucho menos cuales son las razones no por las que Dios necesita existir, sino aquéllas por las que el hombre necesita que Dios exista, o en otras palabras, necesita creer en Dios. Dicho de otra manera, las razones no por las que Dios crea al hombre, sino aquéllas por las que el hombre “crea” (aquí entre comillas) a Dios.
Y esas razones son muchas, muchísimas, todo lo cual no obsta para que, a bote pronto, a mí se me aparezcan resumidas en cuatro, aunque seguramente se podrán añadir más y cada uno de Vds. tendrá la suya muy particular. Pues bien, me propongo compartirlas con Vds. en el orden que a mi parecer, tienen de importancia, y recalcando que se trata de un enfoque de la existencia de Dios que nada tiene que ver con Dios mismo, sino única y exclusivamente con el ser humano.
La primera la llamaría “el argumento del origen”. El hombre necesita saber de dónde proviene, de donde proviene no sólo él, sino todo aquello que le rodea. De las cuatro razones que voy a dar es, en mi opinión, la menos importante, la menos condicionante, y también aquélla en la que con más ahínco y hasta aparente éxito atacan los que no creen en Dios, no sienten necesidad de creer en El, o creen no sentir la necesidad de creer en Dios. El argumento del origen nos lleva al dios creador, al Dios del Génesis en definitiva y se halla estrechamente vinculado a debates como el del creacionismo, la evolución, la primera pareja humana, el big bang, etc. etc. etc.
La segunda la llamaría “el argumento de la justicia”. La necesidad del hombre de que sus hechos y los de sus congéneres sean adecuadamente juzgados y adecuadamente premiados o castigados, unido a la fatal constatación de que en este mundo la justicia, si no inexistente, sí es, por lo menos, muy deficitaria, lleva al hombre a la necesidad de confiar en una instancia suprema, infalible y en términos jurídicos, incasable, que reponga todas las cosas al estado de justicia. Argumento estrechamente relacionado como se puede entender con la existencia de un juicio final, de un cielo y de un infierno (y hasta de un purgatorio), etc. etc. etc.
La tercera la llamaría “el argumento de la finitud inaceptable”. El enamoramiento del hombre respecto de la vida, un enamoramiento que es constatable hasta en las personas a las que la vida trata con mayor crueldad, le lleva a esperar y a desear que ésta no se termine con la muerte, sino que perdure más allá. Este argumento es unible al miedo al vacío, al miedo a la nada, y por supuesto al debate sobre la trascendencia, la existencia de un alma distinto del cuerpo, la resurrección de la carne y tantos otros.
Al cuarto y último lo llamaría el “argumento de la verdad”, quizás el más apegado al terreno y al presente, a la realidad mundana de lo que nos acontece aquí mismo, pero no por ello, el menos importante desde el punto de vista del propio hombre, y por cierto el único de los cuatro que se relaciona sólo con las religiones monoteístas y excluye a las que no los son. La existencia de un Dios único obliga a la creencia en un orden en la creación y en consecuencia a la existencia de una verdad única. Una verdad que evidentemente no se presenta necesariamente al alcance del hombre en todo momento, pero que sí le obliga a intentar acomodar sus hechos y su pensamiento en la vía de esa verdad, y le prohíbe moralmente apartarse de esa vía. Que lo consiga o no, partiendo de las capacidades limitadas del ser humano, es otra cosa, pero en cualquier caso, si le obliga a intentarlo y a justificar cuanto hace en esa búsqueda.
Este último argumento es el que más irrita a los que presentándose como ateos –no digo que siéndolo en realidad, cuantos supuesto ateos en realidad no lo son y cuantos supuestos creyentes han perdido la fe- sólo buscan legitimar cualquier cosa sin necesidad de ofrecer otro argumento que el de la voluntad humana o colectiva de que las cosas sean así. Ni que decir tiene que este cuarto argumento se halla estrechamente relacionado con la vieja cuestión absolutismo vs. relativismo de las cosas, iusnaturalismo vs. positivismo, y que actualmente se halla en la base de muchas de las grandes cuestiones que se plantea la sociedad, por lo menos la occidental de raigambre cristiana, a las que no voy a aludir específicamente, pero que se hallan en el pensamiento de todos Vds..
©L.A.
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http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=26299

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