EL BAUTISMO (W.T. Conner)


EL BAUTISMO (W.T. Conner)

Jesús se sometió al bautismo de manos de Juan (Marcos 1:9-11), administró la ordenanza (por medio de sus discípulos), y mandó a sus seguidores a hacer lo mismo, como parte de su obra hasta el fin de los siglos (Mateo 28:19). Merece, por lo tanto, nuestra más cuidadosa consideración.

1. Propósito del bautismo.

Una de las consideraciones más importantes en cuanto a esta ordenanza es su significado o significancia. Consideraremos primeramente esta: ¿Cuál es el propósito de la administración de esta ordenanza?

(1) El bautismo no salva; tampoco ayuda a la salvación. No es una condición para ser salvo, ni para la remisión de los pecados. No transmite gracia; en el significado histórico del término, no es, por lo tanto, un “sacramento”.

La Iglesia Católica Romana (y otras como ella) sostiene que en el acto del bautismo el alma es regenerada, que nuestros pecados, actuales u originales, son remitidos. Efectiva y literalmente, nosotros, al ser bautizados, entramos en Cristo y nuestros pecados son realmente lavados. No hay, por lo tanto, salvación sin el bautismo.

Los Discípulos sostienen una posición bastante parecida. Ellos no sostienen que el bautismo, de sí mismo regenere o salve, pero que sí es la culminación del proceso de la regeneración; que el bautismo es una de las condiciones para la remisión de los pecados; que es para la remisión de los pecados en el sentido de que uno se somete al bautismo con el propósito de obtener la remisión de los pecados.

Aun cuando estas dos posiciones no son exactamente las mismas, son, sin embargo, tan parecidas, que bien podemos discutirlas juntas, manteniendo en general cada una de ellas que el bautismo es esencial para la salvación.

Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que son citados para probar que el bautismo es necesario para la salvación. Uno es el de Marcos 16:16, en donde Jesús les dice a sus discípulos: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Otro es el de Juan 3:5, en donde Jesús le dice a Nicodemo que ninguno puede entrar en el reino de Dios a menos que nazca del agua y del Espíritu, y la afirmación similar de Pablo en Tito 3:5, en donde él habla del lavacro de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo. Luego tenemos la afirmación de Pedro según aparece en Hechos 2:38, exhortando al pueblo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para (griego eis, hacia) perdón de los pecados”. Tenemos también la afirmación de Ananías en Hechos 22:16, diciéndole a Pablo: “Levántate, y bautízate, y lava tus pecados”. Pablo también en Romanos 6:1-4 nos dice que fuimos bautizados en Cristo y en su muerte. En cuanto a Marcos 16:16, puede decirse que la evidencia textual está en contra de su genuinidad, y no sería seguro, de consiguiente, citarlo como una parte genuina del Evangelio de Marcos. Más todavía, debe notarse que cuando el asunto se expresa negativamente, se dice que el que no creyere será condenado, como si la fe fuera el factor decisivo más bien que el bautismo.

Juan 3:5 y Tito 3:5 probablemente no se refieran del todo al bautismo, sino más bien al poder purificador del Espíritu de Dios en la regeneración, el cual se simboliza por el bautismo. Pero si los tomamos como  refiriéndose al bautismo, la declaración que sigue acerca de los otros pasajes, bien puede aplicarse a ellos.

En cuanto a los otros pasajes, podemos decir lo siguiente: pueden estos interpretarse en una de dos maneras —simbólica o literalmente. Por ejemplo, Hechos 2:38 literalmente significa que se es bautizado para la remisión de los pecados, o simbólicamente que se es bautizado para eso mismo. En Romanos 6:3, Pablo da a entender que ora sea literalmente, ora sea simbólicamente, se es bautizado en Cristo y en su muerte. Hechos 22:16 significa que ora literalmente, ora simbólicamente, en un cuadro, los pecados son lavados. Y lo mismo se asegura de cada uno de los otros pasajes del Nuevo Testamento, que se citan para enseñar la idea de que el bautismo salva o de que es una condición para la salvación. Entre estos dos métodos de interpretación no puede haber un terreno lógico sobre el cual pararnos. No puede haber una posición intermedia. Esa es la debilidad de la posición de los Discípulos, la cual quiere hacer al bautismo una condición para la salvación, sin afirmar con los católicos que el bautismo real y literalmente lava los pecados.

Como una cuestión de hecho, cuando pensamos en esto, se reconoce que la palabra en, dentro o adentro (into, en inglés; eis, en griego) al ser interpretada literalmente, implica movimiento o moción espacial; pero interpretar esto literalmente, en el sentido de haber sido uno bautizado dentro o adentro de Cristo, dentro o adentro de su muerte, dentro o adentro de la remisión de los pecados, es hablar pura tontería. Pero se debe sostener semejante disparate o admitir que el ser bautizado dentro o adentro (into) de Cristo, o dentro o adentro de su muerte, es un lenguaje figurativo. Así pudiera bautizarse a otro literalmente dentro del Jordán, como Juan bautizó a Jesús (Marcos 1:9, margen en la AS, versión en inglés); pero es imposible bautizar a otro literalmente dentro (into, en inglés) de Cristo o de su muerte, o de la remission de los pecados, pues estas son para nosotros realidades espirituales y no físicas o espaciales. Querer mezclar las dos y sostener que por haber sido bautizados espacialmente (esto es, literalmente) dentro del agua, podemos asimismo ser bautizados espiritualmente “dentro” de Cristo, eso es querer identificar dos cosas que son fundamentalmente diferentes y que por lo mismo, no pueden identificarse o mezclarse. Lo literal puede retratar o representar, o simbolizar lo espiritual, pero los dos no pueden mezclarse. Pretender identificar lo literal y lo espiritual es nulificar o destruir lo espiritual. Eso es exactamente lo que el romanismo ha hecho al tratar de identificar las realidades espirituales con las formas espaciales e históricas de la religión.

Más todavía, interpretar estos pasajes literalmente, esto es, de tal modo que se haga del bautismo una condición para ser salvo, es hacer del Nuevo Testamento un libro fundamentalmente contradictorio en sí mismo. Esto sería introducir una inconsistencia en el mismo corazón de su doctrina de salvación. Esto es evidente si nos fijamos en los numerosos pasajes del Nuevo Testamento en donde claramente se enseña que las únicas condiciones para la salvación son espirituales. Con profusión se expone en el Nuevo Testamento que el arrepentimiento y la fe son las únicas condiciones para la salvación — condiciones que son primordial y únicamente espirituales. La salvación es una transacción espiritual y ella depende no más que de las condiciones espirituales.

Y hacer depender la salvación de cualquier ceremonia o acto exterior, es destruir la naturaleza del cristianismo como una religión espiritual. Eso sería hacer a Dios un “gran maestro de rutina”. Sería hacerlo un Dios arbitrario. Dios no es arbitrario. El no ha “prescrito” arbitrariamente las condiciones para la salvación. Las únicas condiciones para la salvación son necesariamente las que se involucran en las relaciones de un Dios de gracia con un pecador a quien él ha de salvar del pecado.

De lo que se ha dicho, se sigue que las condiciones para la salvación son universales e inalterables. Dios no ha salvado a la gente del tiempo del Antiguo Testamento de un modo y a la gente del tiempo del Nuevo Testamento de otro modo. La salvación siempre ha sido por gracia, por parte de Dios, y por la fe, por parte del hombre. Dios salvó a Abraham por la fe, antes de que fuese dada la ley. De manera que la gracia antecedió a la ley, en los tratos de Dios con el hombre (o sea, el Antiguo Testamento o la ley de Moisés) (Romanos 4:9, Gálatas 3:25). Ningún hombre ha sido salvado jamás por la observancia de la ley.

Tampoco es verdad que la “ley del perdón” fue establecida en el día de Pentecostés, incluyendo al bautismo como una condición. Conforme a esa aseveración, Jesús nunca dijo cómo los hombres podían ser salvos ni cómo podían entrar en el reino de Dios. Tales pasajes como Juan 1:12; 3:14, 15, 16, 18, 36; 5:24, y muchos otros que prometen la salvación con la única condición de la fe en Cristo, no podrían ser reclamados por nosotros como válidos en el día presente. Con tal método de interpretación, el hecho de que Jesús haya salvado al paralítico (Marcos 2:5), a la mujer pecadora (Lucas 7:47, 48), y al ladrón en la cruz (Lucas 23:42, 43), no ofrecería a los pecadores en el día presente, estímulo para creer que ellos también pudieran ser salvos simplemente con creer en la gracia del Salvador. Semejante método de interpretación de las Escrituras, las convierte en un delantal remendado, que es exactamente lo que hace la crítica radical moderna. Esto no quiere decir que nosotros no debemos reconocer un desenvolvimiento progresivo de un plan para la raza por parte de Dios, pero este plan, aun siendo progresivamente manifestado, es un plan unitario, y su idea fundamental es salvación por gracia por la fe. Dios no es un Dios antojadizo, saltando de un plan a otro y constantemente cambiando de parecer.

Además, si nosotros examinamos el registro del Nuevo Testamento, del Pentecostés en adelante, la salvación por la fe es tan consistentemente expuesta después del Pentecostés como antes. Una revisión de los siguientes pasajes nos permite ver esto con claridad: Hechos 10:43; 13:38, 39; 16:31; Romanos 1:16; Gálatas 3:26; Efesios 2:8. Muchos otros son tan decisivos como estos. El caso de Cornelio y su compañía es decisivo, según el relato que tenemos en Hechos 10:34. Allí se ve muy claro que el Espíritu Santo descendió sobre ellos con gran demostración, antes de que siquiera una palabra se hubiese dicho acerca de que debían ser bautizados (44-48).

De manera que nosotros sostenemos que las condiciones para la salvación no han sido nunca cambiadas. Ningún hombre se ha salvado sin tener fe. Ello es una imposibilidad moral. Los hombres se han salvado sin el bautismo, en los tiempos del Antiguo y Nuevo Testamentos, antes y después del Pentecostés, tanto judíos como gentiles. Por lo tanto, el bautismo no es una condición para la salvación.

Otra cosa que hay que recordar es que la salvación es un asunto de experiencia espiritual; algo, de consiguiente, de lo cual cada uno es consciente, que cada uno puede saber. Es una cuestión de experiencia definitiva y consciente lo que da evidencia cierta de haber tenido aceptación delante de Dios. Millares de hombres y mujeres han conocido la salvación fuera del bautismo. Como asunto de experiencia espiritual, la salvación no está atada al bautismo, ni a ningún otro acto externo; pero la salvación está inseparablemente relacionada con el arrepentimiento y la fe. Para aquellos que conocen el cristianismo como una experiencia vital de compañerismo con Dios por la fe en Cristo, es una simpleza argüir que no pueden salvarse sin ser bautizados. Cuando se tiene definitivamente conciencia en la propia experiencia de que cierta cosa se ha verificado, no se está muy dispuesto a prestar atención a los que le dicen que tal cosa no ha sucedido.

(2) Aunque el bautismo no salva, ni es una condición para la salvación, sin embargo simboliza una salvación que nosotros recibimos por la fe en Cristo. No es necesario que nos extendamos sobre este punto, pues mucho de lo que se ha dicho respecto al punto anterior tiene que ver directamente con este punto.

El bautismo es un lavamiento exterior; la salvación es una limpieza interior o espiritual, una purificación del corazón por la fe. Esta limpieza interior es adecuadamente retratada o simbolizada en el lavamiento exterior del bautismo.

No hay duda de que éste es el significado del “lavamiento de los pecados” en el bautismo según Hechos 22:16. Pablo expone el significado simbólico del bautismo en Romanos 6:1. El habla del cristiano como de quien ha muerto al pecado y ha resucitado para andar en novedad de vida; como simbolizada en el bautismo. El bautismo es una muerte y una resurrección simbólicas. Obtiene su significado de una experiencia de morir al pecado y resucitar a novedad de vida; fuera de tal experiencia, de consiguiente, el bautismo no tiene importancia. Diciéndolo de otro modo, el bautismo simboliza nuestra unión con Cristo. Somos bautizados en Cristo (Romanos 6:3). El bautismo simboliza la remisión de nuestros pecados (Hechos 2:38); esto es, el bautismo simboliza o retrata nuestro paso a un estado o condición de perdón.

(3) Pero nuestra muerte al pecado y nuestra resurrección a novedad de vida son una muerte y una resurrección que vienen por la fe en Jesús como un Redentor crucificado y resucitado. Pablo lo expresa en Gálatas 2:20 al decir que él ha sido crucificado con Cristo, de modo que el “viejo hombre” Pablo, ya no vive más, sino que Cristo vive en él. El dice en Romanos 6:4 que somos sepultados con Cristo a muerte por el bautismo, pero él acaba de decir en el versículo 3 que somos bautizados en la muerte de Cristo. Nuestro bautismo simboliza nuestra muerte al pecado y nuestra resurrección espiritual, pero es una muerte y una resurrección cimentadas en la muerte y en la resurrección de Jesús.

Nuestro bautismo entonces, al simbolizar nuestra muerte y nuestra resurrección espirituales, conmemora la muerte y la resurrección de Jesús como los hechos fundamentales del evangelio. Fuera de la muerte de Cristo por nuestros pecados y de su resurrección de los muertos, no hay evangelio. Y el bautismo como una ordenanza del evangelio, conmemora la muerte y la resurrección de Jesús como los hechos fundamentales del evangelio.

(4) Se ha dicho algunas veces que el bautismo lleva también el propósito de apuntar hacia adelante, hacia la esperanza de la resurrección de los cristianos. Esta esperanza de la resurrección es una fundamental bendición evangélica para todos aquellos que creen en Cristo. Nuestra esperanza de la resurrección nace de la resurrección de Jesús, como Pablo lo enseña en 1 Corintios 15. Y en el versículo 29 él dice que el bautismo por los muertos (sea lo que esto hubiera sido) no tendría significado alguno aparte de la resurrección de los muertos. Parece que Pablo relaciona el bautismo con nuestra esperanza de vida, de resurrección más allá de la tumba, tanto como con la muerte y la resurrección de Jesús y con nuestra muerte espiritual y nuestra resurrección con él.

2. El acto del bautismo.

El punto en cuanto a qué constituye el acto del bautismo, o como algunas veces se expresa, el “modo” del bautismo, es algo acerca de lo cual se ha discutido mucho. No es nuestro propósito extendernos mucho sobre este asunto. Nos hemos detenido a considerar el propósito o el significado del bautismo, con la creencia de que ello es la cuestión fundamental en relación con la ordenanza y de que un correcto entendimiento de su significado, realmente decide cualquier otro punto que en relación con el bautismo pudiera levantarse.

¿Cuál es, entonces, el acto apropiado del bautismo? Nosotros afirmamos que la inmersión, y nada más que la inmersión, constituye el acto del bautismo. Brevemente, damos unas pocas razones a favor de esta posición.

(1) En primer lugar, la descripción del bautismo, según se practicó en los tiempos del Nuevo Testamento y según se da en las traducciones en español del Nuevo Testamento, sugiere la inmersión.

En Marcos 1:9, 10 se nos dice que Jesús fue bautizado por Juan en (dentro) el río del Jordán, y que, subiendo del agua, él vio los cielos abiertos. Cuando Felipe bautizó al eunuco, descendieron al agua y subieron después del agua (Hechos 8:38, 39).

(2) Otro argumento, mucho más concluyente que el anterior, se basa en el significado del verbo griego traducido (o más bien transferido, siendo que no es propiamente una traducción) por bautizar en el Nuevo Testamento y por el nombre correspondiente traducido por bautismo.

Esta palabra propiamente significa mojar, o sumergir, ora sea literal o figurativamente. Thayer en su Lexicon of the New Testament define el verbo como “zambullir repetidamente, mojar, sumergir”. Cremer, en su Biblico- Theological Lexicon of New Testament Greek, define el verbo en el sentido de “inmersión, sumergir”. Todos los otros significados son secundarios y derivados.

Ahora bien, en el idioma griego, en los días del Nuevo Testamento, había palabras cuyo significado era rociamiento y derramar. Pero los escritores del Nuevo Testamento siempre usaron la palabra que significa mojar, meter en agua o sumergir. Si ellos pensaban en el rociamiento o en la aspersión, ¿por qué es que nunca usaron las palabras que significan rociar o derramar para describir el acto del bautismo?

(3) El argumento superior a todos, sin embargo, es el que se refiere al significado de la ordenanza. Muchas personas están listas a admitir que el modo del bautismo según el Nuevo Testamento era el de la inmersión, pero dicen que no hay necesidad para adherirse al ejemplo del Nuevo Testamento sobre el asunto. Los católicos argumentan que la iglesia tiene derecho a cambiar el acto del bautismo, siendo que la última autoridad reside en la iglesia. Muchos protestantes sostienen que ello es un asunto comparativamente poco importante, y que no hay por qué debiera haber división en cuanto a qué cantidad de agua debe usarse en el bautismo. Esa es una manera hábil y desorientadora de exponer el asunto. Especialmente es desorientadora para la gente que no sabe mucho del evangelio de Cristo y que con frecuencia muestra muy poco interés.

El punto fundamental sobre el particular es realmente éste: ¿Cuál es el significado y el propósito del bautismo? ¿Para qué sirve? Nuestra tesis es que los hechos fundamentales del evangelio son la muerte y la resurrección de Jesús como la base de nuestra salvación, y que el bautismo sirve para representar estos hechos. Consecuentemente, nosotros afirmamos que el significado de la ordenanza del bautismo radica, parcialmente al menos, en el acto que representa una muerte, una sepultura y una resurrección. Y el bautismo bellamente representa eso; mientras que el derramamiento o la aspersión no. Esta es la razón por la cual nosotros sostenemos que ningún otro modo que no sea la inmersión es bautismo; es cualquier cosa con pretensión de sustituir el bautismo.

3. El candidato para el bautismo.

¿Quién debe ser bautizado? ¿O qué es lo que constituye al creyente en el candidato indicado para el bautismo? Si lo que se dijo acerca del propósito del bautismo es cierto, entonces se sigue que la persona únicamente adecuada para el bautismo es aquella que oye el evangelio, acepta su mensaje y cree en Cristo como su Salvador. Juan el Bautista exigía “frutos dignos de arrepentimiento” de aquellos que venían a él para ser bautizados (Mateo 3:8). Jesús “hizo y bautizó” discípulos (Juan 4:1), y la misma cosa habría de ser la orden en la Gran Comisión (Mateo 28:19). En el día de Pentecostés, los que recibieron la Palabra fueron bautizados (Hechos 2:41). Pablo, al escribirles a los Romanos, se dirige a ellos como a aquellos que habían sido bautizados para simbolizar la muerte al pecado y la resurrección en novedad de vida (Romanos 6:1). Con frecuencia él se dirigía a los miembros de las iglesias como “santos” o de algún modo semejante, demostrando que los miembros de las iglesias a quienes él escribió, eran cristianos adultos (no necesariamente gente adulta, pero lo suficientemente mayores para poder ser llamados “santos”o cosas por el estilo) (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2;  2 Corintios 1:1; Efesios 1:1).

En contra de esta opinión, se afirma que los niños deben ser bautizados y educados en la iglesia. Esto se basa en otras explicaciones. Los católicos romanos y los que como ellos creen en la salvación “sacramental”, enseñan el bautismo infantil sobre la base de que los niños son regenerados en el bautismo.

Los cristianos evangélicos que repudian la regeneración bautismal, topan con dificultades al querer hallar una explicación satisfactoria que justifique el bautismo de los niños. Algunos defienden esta posición diciendo que el niño nace en el reino y que, por lo tanto, debe ser bautizado o instruido en la iglesia para ser guardado en el reino. Pero esto es una abierta negación a la enseñanza del Nuevo Testamento de que nadie puede entrar en el reino si no es por la regeneración. Tampoco tiene en cuenta el hecho de que la salvación es una transacción personal y que la gracia de Dios debe ser apropiada personal y conscientemente.

Algunas veces se quiere defender el bautismo infantil aduciendo el precepto y el ejemplo del Nuevo Testamento. Pero no hay evidencia en todo el Nuevo Testamento que favorezca tal práctica. Se apela a los bautismos domésticos plurales, pero en la mayoría de los casos, hay afirmaciones que indican que esas familias se componían de personas que podían oír y creer el evangelio. En el caso del carcelero, Pablo le predicó a toda su casa, y todos creyeron y se regocijaron (Hechos 16:32-34). Cornelio y toda su casa fueron salvos por creer en la predicación de Pedro (Hechos 11:14). Pablo bautizó a la familia de Estéfanas (1 Corintios 1:16), pero es interesante observar que los miembros de esta familia ministraron a los santos (1 Corintios 16:15). En el caso de Lidia, es de suponer que el orden regular del Nuevo Testamento fue el que siguió: oír el evangelio, creer la palabra y luego el bautismo.

4. El administrador del bautismo.

Una palabra puede decirse aquí acerca de otra fase de la ordenanza del bautismo. ¿Quién tiene la autoridad para bautizar? Otra forma de expresar esto es así: ¿Quién es responsable de la administración de la ordenanza? En general, se dan tres respuestas a esta pregunta. Una es que el “clero”, o el grupo reconocido de ministros, es el responsable de la ordenanza y tiene la autoridad de administrarla. Pero esta teoría traza una línea de distinción entre el “clero” y los “laicos”, cosa extraña al Nuevo Testamento y que tiende al sacerdotalismo y el sacramentalismo. El Nuevo Testamento no da ninguna insinuación de que debe haber una clase oficial que por la “ordenación” se le confiere la “autoridad para administrar las ordenanzas” o para ejercer otras funciones eclesiásticas que los otros cristianos no pueden ejercer. Un pastor u otro “ministro ordenado” u oficial, al administrar las ordenanzas, está solamente actuando como un vocero o representante de la congregación o iglesia, y no tiene ninguna otra autoridad que la que le viene en virtud de ser un representante o un vocero tal. Otra opinión es la de que un individuo cristiano puede bautizar. Pero esto llevaría a toda clase de irregularidades y de confusión. Otra opinión es la de que la responsabilidad para la administración de las ordenanzas descansa en la congregación o iglesia. Nosotros creemos que esta es la posición correcta. Una razón que justifica esta opinión es que el bautismo es generalmente aceptado como una manera de confesar públicamente a Cristo y de identificarse con la congregación o comunidad de los creyentes. Claramente este fue el caso en el Nuevo Testamento. Si esto es cierto, entonces el bautismo es un asunto de la agrupación. No es puramente un acto individual. Pero hay una comunidad responsable en cuanto a la administración de la ordenanza.

Sobre este punto pudiera presentarse la objeción de que él no está de acuerdo con el caso de Felipe y el eunuco, en el que más bien se ve la opinión de que a cualquier cristiano debiera permitírsele bautizar. Es cierto que Felipe bautizó al eunuco. Ni es necesario suponer que alguna iglesia le hubiese conferido a él una autoridad especial para bautizar. Suponer tal cosa sería exponerse a no contar con hechos fidedignos que respaldaran dicha suposición. En donde no hay iglesia, nosotros creemos que cualquier cristiano o grupo de cristianos puede administrar la ordenanza. Pero en donde hay una iglesia, el asunto concierne a toda la iglesia, ya que el bautismo es una ceremonia por la cual el creyente se identifica pública y formalmente con la agrupación cristiana. Un asunto como este no debiera dejarse indistintamente al arbitrio de cualquier individuo.

Cuando Cornelio y su familia se convirtieron, Pedro consultó al grupo de cristianos que había llegado con él de Jerusalén. Cuando un individuo ha de administrar la ordenanza, en un lugar donde no hay iglesia, como en el caso de un misionero en un territorio no evangelizado, entonces, cuando la persona bautizada llega a una iglesia para ser reconocida y recibida, la iglesia puede reconocer su bautismo recibiéndola en la comunión.

Esto sugiere el asunto de la “inmersión extraña” o “bautismo extraño”, o sea, una inmersión realizada por un ministro o un representante de alguna otra denominación. Algunas iglesias bautistas aceptan tales bautismos mientras que otras no. Nosotros no estamos en favor de que los que han recibido un “bautismo extraño” sean recibidos en nuestras iglesias. Nuestra objeción, sin embargo, no se basa en una “sucesión eclesiástica”, esto es, en la posición de que ha habido una cadena ininterrumpida de iglesias que llegan hasta el primer siglo; ni se basa en una sucesión de ministros regularmente ordenados. Aparte de la cuestión de si ha habido una sucesión demostrable de iglesias desde los tiempos del Nuevo Testamento, si nosotros basáramos la validez de las ordenanzas sobre una sucesión semejante, entonces no tendríamos seguridad en cuanto a la validez del bautismo de algún hombre en particular, hasta no poder trazar la sucesión exacta de la iglesia bajo cuyos auspicios ese hombre fue bautizado. Además, este método de dar validez a la iglesia y a las ordenanzas, sabe más a un eclesiasticismo episcopal que a una democracia espiritual. No hay tal “autoridad eclesiástica” que nos hubiese sido transmitida de semejante modo.

No es un asunto de una autoridad exteriormente transmitida y que le dé validez a las ordenanzas, sino es más bien una cuestión de practicar las ordenanzas de tal modo, que ellas sirvan para el propósito y la función espirituales para las cuales fueron establecidas. Y nosotros no creemos que esto puede lograrse reconociendo el bautismo de personas que no se someten a la ordenanza según está enseñada en el Nuevo Testamento, y hay muchas organizaciones que practican el rociamiento o la aspersión como la forma del bautismo, muchas que no exigen la profesión de fe en Cristo como una condición para el bautismo, y algunas otras que bautizan a la gente como una condición para recibir la remisión de sus pecados.

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W.T.Conner, Doctrina Cristiana, pag. 213-223, ed M.H.

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