Sólo Cristo salva


TITULO: “Sólo Cristo salva”
AUTOR: Rev. Dr. Ken Klaus, Orador Emérito, The Lutheran Hour
NARRADOR: Rev. Héctor Hoppe
FECHA: 3 de Mayo de 2009
© 2012 Cristo Para Todas Las Naciones

TEXTO: Hechos 4:12

  • De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos.

Hay muchas personas que creen que Jesús, sus discípulos, los pastores y los sacerdotes, tienen poderes hipnóticos y secretos espirituales con los que logran engañar a las personas comunes. Esas personas piensan que el Salvador y sus seguidores dedican todos sus esfuerzos a convencer a otros de que crean cosas que no deberían creer. Piensan que la iglesia le hace un lavado de cerebro a las personas, llenándolas de culpas y de vergüenza, para luego vaciarles los bolsillos haciéndoles pagar por el privilegio de convertirse en seguidores ciegos de sus enseñanzas.

Cuando Jesús vivió entre nosotros, realizó muchos milagros en los cuales sanó a personas que no podían caminar, a otras que estaban desfiguradas por alguna enfermedad, y a otras que eran menospreciados por el resto de la sociedad. Cuando Jesús hablaba con las personas las llamaba al arrepentimiento, y les ofrecía el perdón y la salvación que su vida, su sufrimiento, su muerte y su resurrección habrían de darles. Los marginados de la sociedad sabían que en Jesús tenían un amigo, y los que estaban deprimidos, condenados, o desanimados, encontraban en él una nueva esperanza. Cuando Jesús se encontraba con personas que sufrían por la pérdida de un ser querido, consolaba sus corazones y les devolvía la vida a sus muertos.

Por más que tratemos, es imposible imaginar cómo respondieron los líderes judíos al Hijo de Dios y a las cosas maravillosas que hizo. Pero lo sabemos porque la Biblia nos lo dice. Déjenme compartirles un ejemplo. En el Evangelio de Juan se nos dice que Jesús sanó a un inválido. Como es de suponer, ese hombre estaba tan contento de poder caminar, que le contó a todo el mundo que quisiera escucharlo el milagro que Jesús había hecho en su vida. Lo natural es que los líderes religiosos se hubieran alegrado por él y que hubieran hecho un desfile en honor a Jesús, o le hubieran preparado un banquete, o le hubieran dado las llaves de la ciudad. Pero nada de eso sucedió. En el capítulo 5 del Evangelio de Juan se nos dice que los líderes persiguieron a Jesús porque había hecho ese milagro durante el día de reposo, en el cual supuestamente no se debía trabajar.

Y allí no termina la cosa. Más adelante, Juan escribe que Jesús les dijo a sus discípulos que él era “la luz del mundo”, la verdad de Dios que habría de liberarlos de la censura del pecado, de las garras de Satanás, y de la condenación y muerte eternas. Ese mensaje es el mejor mensaje que jamás habremos de escuchar. SOMOS salvos por gracia a través de la fe en el Salvador que tomó nuestros pecados, cargó nuestro castigo, y murió la muerte que nosotros merecíamos. Eso fue lo que Jesús predicó; y sin embargo, ¿cómo respondieron los líderes judíos? El capítulo 8 versículo 48 de Juan nos dice que los judíos lo acusaron de ser ‘un samaritano endemoniado’.

Ya hacia el final del ministerio de Jesús, las quejas y el criticismo se habían convertido en una condenación tan vehemente y violenta, que terminó con su crucifixión. Eso sucedió después que Jesús fuera a la tumba de su amigo Lázaro. Aún cuando Lázaro había estado muerto un cierto tiempo y su cuerpo ya había comenzado a descomponerse, Jesús pidió que abrieran su tumba. Y entonces, con una autoridad que sólo Dios posee, el Salvador ordenó a Lázaro que saliera de ella. Todavía envuelto con vendas al estilo momia, un Lázaro restaurado y resucitado salió de su tumba. Tan impactante fue ese suceso, que la Biblia dice que “muchos de los judíos que habían… presenciado lo hecho por Jesús, creyeron en él”.

Muchos creyeron… pero no todos. Los líderes del pueblo no sólo no creyeron, sino que, llenos de pánico, convocaron una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad. La reunión comenzó casi inmediatamente, en medio de lamentos y de agarradas de cabeza: ‘¿qué vamos a hacer?’, decían, ‘este hombre hace milagros, y si lo dejamos seguir, todos van a creer en él…’ Ellos también pensaron que Jesús les iba a hacer un lavado de cerebro y a apartarlos de lo bueno y lo correcto, o sea, de ellos.

Las quejas y los lamentos fueron acallados por el Sumo Sacerdote Caifás, quien después de reprender a sus colegas, haciendo uso de toda su autoridad, dijo: “¡Ustedes no saben nada en absoluto! No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación” (Juan 11:49b-50). Esta parte de la Escritura termina diciendo: “Así que, desde ese día, convinieron en quitarle la vida”. Y sus planes tuvieron éxito. Lograron sobornar a uno de los discípulos de Jesús para que lo traicionara; le pagaron a personas para que dieran falsos testimonios en su juicio; le cambiaron los cargos cuando lo llevaron ante el procurador romano, y se las arreglaron para intimidar al representante del gobierno de Roma. Y así Jesús terminó siendo clavado a una cruz.

Los líderes judíos estaban contentos de haberse deshecho de Jesús. Una vez más eran ellos los que mandaban. Pero algunos de ellos todavía tenían un cierto temor de que Jesús fuera capaz de hacer algo desde su tumba, así es que fueron a Pilato y le dijeron: “Señor, nosotros recordamos que mientras ese engañador aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Por eso, ordene usted que se selle el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, se roben el cuerpo, y le digan al pueblo que ha resucitado. Ese último engaño sería peor que el primero” (Mateo 27:63-64). Haciendo caso a ese pedido, el sepulcro de Jesús fue sellado y cuidado por un guardia. Pero aún así, al tercer día, y tal como lo había prometido, Jesús resucitó de la muerte. El sello fue roto, el guardia salió corriendo, y el Cristo apareció con vida. Una y otra vez, Jesucristo mostró que estaba física e innegablemente vivo.

No pasó mucho tiempo hasta que los discípulos comenzaron a contar la historia del Cristo crucificado y resucitado. Con la guía del Espíritu Santo, esos discípulos que apenas tenían educación formal, comenzaron a compartir un poderoso mensaje de proclamación. A las muchedumbres que se reunían les decían algo así como: ‘Por el odio de sus líderes, Jesús de Nazaret fue injustamente crucificado. Pero esa muerte terrible que debería haber terminado con su vida, no era más que parte del plan de Dios para salvarnos. Gracias a que Jesús vivió una vida perfecta, el Padre celestial ha aceptado el sacrificio de su Hijo. Ahora el Salvador resucitado te invita a creer. Arrepiéntete, bautízate, y cree.’

Esa es la increíble invitación que los discípulos compartieron. Aunque en realidad no fue increíble, porque muchos creyeron. Cientos… miles de personas creyeron que Jesús había muerto y resucitado para que ellos pudieran ser salvos. Pero así como la predicación del Salvador resucitado fue una buena noticia para ellos, también fue una pesadilla para los líderes judíos. ‘Otra vez están tratando de lavarnos el cerebro’, deben haber pensado. Y entonces, cuando creían que ya no podía pasar nada más, la cosa se puso mucho peor por cuando Pedro y Juan sanaron a un mendigo lisiado, dando así un nuevo nivel de autenticidad y autoridad al mensaje del Salvador.

Durante muchos años este mendigo había estado cada día sentado en los escalones del templo pidiendo limosna a quienes pasaban. Las personas ya lo conocían, ya sabían qué era lo que le pasaba, y sabían que realmente era lisiado. Es por ello que, cuando lo vieron riendo y saltando de un lado a otro, supieron que realmente había sido sanado.

A las autoridades judías no les causó ninguna gracia, por lo que ordenaron a los guardias del templo que arrestaran a Pedro y Juan y se los llevaran para una audiencia. El interrogatorio no fue nada amigable. “¿Quién les da autoridad para andar haciendo esas cosas?”, les preguntaron. Si esperaban que les contestaran con una o dos palabras, estaban muy equivocados. Los discípulos contestaron con un mini-sermón que encontramos en el capítulo 4 del libro de los Hechos de los Apóstoles, parte del cual dice: “Gobernantes del pueblo y ancianos: Hoy se nos procesa por haber favorecido a un inválido, ¡y se nos pregunta cómo fue sanado! Sepan, pues, todos ustedes y todo el pueblo de Israel que este hombre está aquí delante de ustedes, sano gracias al nombre de Jesucristo de Nazaret, crucificado por ustedes pero resucitado por Dios.” Y como para que no quedaran dudas de ningún tipo, concluyeron diciendo: “De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

¿Escuchó bien esto último? La salvación sólo se encuentra en Jesús; nadie más que él puede salvarnos. Si estas palabras fueron ofensivas en esa época, tanto más lo son hoy, cuando se nos dice que cada uno es libre de creer lo que quiera, y que ninguna religión es dueña de la verdad absoluta, porque, se dice, ‘la verdad absoluta’ no existe.

El resto del mundo no puede aceptar que el cristianismo diga que Jesucristo es el único camino al perdón y la salvación. Muchos están de acuerdo en que Jesús fue una buena persona que habló de amar a los enemigos, y algunos reconocen que el hijo del carpintero fue un gran maestro del cual todos podemos aprender mucho. Otros pocos incluso llegan a tolerar a Jesús como un ‘mensajero de Dios’ (si es que hay un dios).

Pero los que no creen en nada dicen a voz en cuello: “Decir que Jesús es la verdad y que todos lo demás, incluyendo a todos los profetas y a todas las religiones del mundo, están equivocados, es una barbaridad.” Es por ello que la idea de que ‘sólo Jesús salva’ los une en un esfuerzo por destruir lo que ellos creen ser la fantasía de la fe cristiana.

Hace 2000 años, los líderes religiosos de ese momento hubieran dado cualquier cosa por poder poner de vuelta a Jesús en su tumba. No fueron los últimos, ni los únicos que quisieron hacerlo. En algunos países islámicos hoy en día es un crimen capital convertirse al cristianismo; en algunos países comunistas el declararse cristiano puede llevar a la persona a la cárcel, a castigos, y a la pérdida de sus propiedades. En este país, las películas de cine y la televisión se burlan abiertamente de los valores cristianos y de quienes tratan de vivir sus vidas de acuerdo a ellos. A cualquier negocio que uno vaya, ya no se escucha más que le digan ‘Feliz navidad’, sino ‘Felices fiestas’, y en las escuelas públicas el nombre de Dios se ha erradicado por completo.

Durante años el mundo ha hecho todo lo que ha querido y podido para sacar a Dios del medio, mientras la comunidad cristiana se mantuvo callada. Pero ahora llegó el momento de hablar, porque si seguimos callados crearemos un mundo sin Jesús. ¿Puede imaginarse un mundo sin Dios? ¿Será que los ejecutivos de las grandes empresas van a ser más honestos que los de ahora, y que la clase trabajadora va estar mejor recompensada? ¿Será que los jóvenes van a dejar de consumir drogas o abusar del alcohol o del sexo? Si Dios deja de ser Dios, ¿será que los vecinos se cuidarán entre sí, y las familias se mantendrán más unidas? Si Dios deja de ser Dios, ¿quién va a llenar los estantes de los bancos de alimentos de su comunidad? ¿Quién va a enviar voluntarios a ayudar a quienes fueron afectados por huracanes o inundaciones? Si Dios deja de ser Dios… ¿quién va a ocupar su lugar? ¿Hay acaso algún lugar en este mundo en donde la gente viva en armonía y prosperidad sin tener necesidad de un Salvador?

Hasta ahora sólo hemos hablado de la vida en este mundo, por lo que sigo preguntando: ¿qué pasará con todas esas personas ‘sin Dios’ cuando se mueran? ¿Van a poder enfrentar la muerte sin temor y sin aprensión? ¿Van a poder ‘descansar en paz’? Y sus familiares, los que quedaron aquí, ¿van a tener consuelo ante la partida del ser querido?

Si usted no puede dar una respuesta concreta a estas preguntas, le digo que yo, junto con muchos millones más alrededor del mundo, seguiremos poniendo nuestra confianza en Jesús y en la salvación que él nos logró, y seguiremos creyendo y confesando que sólo Jesucristo salva.

Antes de terminar quiero hacerle una última pregunta: supongamos que Pedro y Juan estaban en lo cierto, y que el Señor resucitado es el único que salva, que la sangre derramada en la cruz es la única forma de que obtengamos perdón, y que su tumba vacía es nuestra garantía de una vida eterna junto a él. Si Pedro y Juan estaban en lo cierto, ¿qué va a hacer usted? Si no tiene respuesta a esta pregunta, venga a escuchar la invitación del Salvador, y únase a quienes seguimos a Jesús.

Si de alguna forma podemos ayudarle en su búsqueda del Salvador, comuníquese con nosotros a Cristo Para Todas Las Naciones. Amén.

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©2012 Cristo Para Todas Las Naciones
660 Mason Ridge Center, St. Louis, MO 63141
camino@lhm.org
http://www.paraelcamino.com/leereltexto.asp?id=11956

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