EL BAUTISMO EN EL JORDÁN


EL BAUTISMO EN EL JORDÁN

«Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace “pecado” por nosotros (2 Cor. 5:21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (Mat 3:17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera» (Juan Pablo II)

Nota: Para profundizar en la doctrina del bautismo

1. El río

El río Jordán, nace al pie del monte Hermón (2759 metros), en medio de un bello paisaje de montaña cubierto de bosques; se estrecha en una garganta basáltica por donde se precipita hasta desembocar en el lago Genesaret (Tiberíades o Mar de Galilea), a más de 200 metros bajo el nivel del Mediterráneo; lago de agua dulce y abundantes peces. Reanuda su curso partiendo de la ribera sur del lago y va deslizándose entre numerosos meandros –siempre alrededor de un eje casi perpendicular- por la impresionante fosa de Ghor, a lo largo de 100 kilómetros, hasta desembocar en el mar Muerto, a 403 metros por debajo del nivel del Mediterráneo, a los que se suman los 400 de profundidad. Es el lugar más profundo de nuestro planeta. Sus aguas son tan salobres que no admiten fauna piscícola.

El Jordán es el río más sagrado del mundo, el río de los milagros. Un día un general del ejército de Siria llamado Naamán, vino de Damasco y se presentó al profeta taumaturgo Eliseo a pedirle la curación de su lepra. El profeta le indica que se lave siete veces en las aguas del Jordán. Naamán pregunta si el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, no valen más que todas las aguas de Israel, pero al fin obedece a la palabra del hombre de Dios, se sumerge siete veces en el Jordán y su carne se torna tan tierna como la de un niño (II Re 5:9-19). El general Naamán no podía comprender lo que más tarde dirá Jesús a la samaritana: la salvación viene de los judíos, es decir, de Yahavé, el Dios personal, el único, adorado por los judíos.

El Jordán discurre entre parajes hermosísimos, llevándose la tierra río abajo, para verterla en el Mar Muerto. Aquí el paisaje ha cambiado radicalmente, amurallado de montañas peladas. Materialmente, parece ser el lugar de los muertos, sepultura de la Pentápolis, cementerio de los pecados mortales muertos, arrastrados aprisa de las alturas a estas simas estériles.

El río Jordán estaba predestinado a ser el río del bautismo que realmente cura y limpia de lepras y costras. Como los antiguos profetas y aun con más vigor que ellos, Juan predica la penitencia, la contrición. Su bautismo no puede borrar el pecado original, pero, si la contrición es sincera, puede perdonar otros muchos pecados. Dios habla a los hombres con lenguaje humano, hecho de signos y símbolos. El agua es el símbolo de este perdón y, sobre todo, el agua corriente, viva, es símbolo de la vida que salta cantando hasta la eternidad.

2. Dios Hijo «se vacía»

Algunos acudieron allí vanagloriándose de que eran hijos de Abraham. Pero Juan les dice: «yo os digo que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham». Llega el tiempo en que nadie podrá presumir de raza o estirpe porque todas serán abolidas salvo una: el linaje de los hijos de Dios… «en Cristo», porque, en rigor sólo hay y habrá un hijo, el Unigénito engendrado eternamente por el Padre, y -en el tiempo- por María Virgen. Jesús ya está en medio de ellos pero no le conocen, no ha hecho todavía nada que llame la atención, ningún milagro, ninguna palabra más alta que la otra. Pasa por uno de tantos y así se acerca a la muchedumbre que va bautizándose, al extremo de ponerse ¡a la cola!. El Emmanuel –Dios con nosotros- a la cola, va a solicitar el bautismo de Juan como un pecador más, porque allí no se va a recibir otra cosa que un bautismo de penitencia. «Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores –enseña el Catecismo de la Iglesia Católica-, para “cumplir toda justicia” (Mat 3:15).

Este gesto de Jesús es una manifestación de su “anonadamiento” (Fil 2:7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su “Hijo amado” (Mt 3,16-17). «Toda justicia», es decir, todos los detalles que el Padre ha dispuesto para que la obra de la Redención se cumpla del modo más hondo y exhaustivo, aunque pudiera haberse hecho de otra manera. Jesús respeta y ama la libertad de su Padre, sapientísima y amorosísima, aunque Juan no la comprenda.

Podemos meditar las palabras del apóstol san Pablo a los de Corinto: «pro nobis peccatum fecit»: «Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace “pecado” por nosotros (II Cor 5, 21), entra en el agua del río…». Es evidente que el sentido del texto no puede ser que Jesús haya cometido pecado alguno, ni el más leve, puesto que es Persona divina, la Segunda de la Trinidad. Los actos han de atribuirse a los sujetos. Los actos del hombre Cristo son humanos, pero quien los realiza es Dios. Por eso la Iglesia entiende que cuando Jesús nace es Dios quien nace y cuando Jesús llora o ríe es Dios quién llora o ríe. Si Jesús pecara de algún modo, sería Dios quien pecaría, lo cual es absolutamente imposible y afirmarlo resulta blasfemo (hay versiones literarias y cinematográficas que lo son). San Pablo dice que Dios Padre «lo hizo pecado» (sustantivo), es decir –según el ritual de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento- «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado». Hace el papel de aquella res sobre la cual el sacerdote –en los «sacrificios expiatorios»- ponía las manos como descargando sobre ella todos los pecados del pueblo y en seguida lo expulsaba para que se perdiera en lugares deshabitados.

Nunca meditaremos bastante sobre este punto. Dios Padre envía a Dios Hijo para que ocupe el lugar de la res maldita. Ante la ofensa que el hombre le ha hecho, establece que se cumpla toda justicia, pero –esto lo más asombroso- al modo de la misericordia infinita. No toma a un ser humano cualquiera como «chivo expiatorio», sino que envía al Hijo de sus divinas entrañas, Dios Hijo. Éste carga con los pecados de toda la humanidad para expiarlos con su vida, pasión y muerte. Es el colmo de la humildad, del «vaciamiento» (kénosis) de toda apariencia de dignidad divina o humana, que se consumará en el Calvario. Para redimir la locura humana de la soberbia, elige el ofrecimiento de la humildad más profunda. Jesús es el manso y humilde de corazón, verdadero hombre, pero no mero hombre, Dios verdadero que pasa por el pecador más abyecto. «Pues lo que era imposible para la Ley al estar debilitada a causa de la carne, lo hizo Dios enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora y por causa del pecado condenó al pecado en la carne» (Rom 8 3-4)

A la vera del Jordán, Juan señalará con el dedo a Jesús, diciendo: «Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Pero los exegetas estudian la posibilidad de que el sentido de las palabras del Bautista, a la luz de los textos del Antiguo Testamento, bien pudiera traducirse por «Este es el cordero de Dios que carga con los pecados del mundo». Y ciertamente, los va a quitar, cargando con ellos, expiando en su alma, en su carne y en su sangre el pecado de la humanidad en la medida que ningún otro mortal podía hacer. Porque es preciso saber que el pecado es siempre una negación práctica del Amor infinito y por eso supera siempre infinitamente al hombre finito que lo comete. La autorredención es imposible. Por eso el Verbo se ha hecho carne, para sufrir en su carne la medida de la expiación –amor, contrición, penitencia- que ningún otro ser humano puede realizar. En esa medida, que nosotros jamás hubiéramos podido alcanzar, nos sustituye, solidarizado hasta la identificación espiritual, mística, con todos los pecadores que han sido, son y serán. Su amor no tiene medida; su entrega es total. Él es el Redentor del mundo. Sólo Él puede cargar con todo el pecado, con cada pecado del hombre y, por eso, quitarlo. Para liberarnos de nuestros pecados, el único camino es la correspondiente incorporación a Cristo, la identificación con Él en la humildad y el sacrificio. Haciendo lo que está de nuestra parte, Él colmará con creces la medida necesaria para la absolución y, además, nos conseguirá la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Él es el Hijo Unigénito del Padre.

Nadie lo sabía, porque había mantenido hasta ahora lo que podríamos llamar «el principio de asimilación» o «la lógica de la Encarnación»: identificación con la existencia humana, sin trampa ni cartón, sin aprovecharse de su omnipotencia divina, sin guardarse ninguna ventaja mientras recorre el camino de su vida terrena, con la más humilde normalidad. No ha hecho nada extraordinario. Incluso hace un momento se ha puesto a la cola de los que se bautizan en el Jordán.

3. Epifanía mesiánica y trinitaria

Pero va a comenzar la proclamación del Evangelio – la Gran Noticia de la liberación de los pecados del mundo junto a la llamada universal a la santidad: todos podremos ser santos, libres de las ataduras del pecado, del demonio y de la muerte, con la libertad de los verdaderamente hijos y, en consecuencia herederos de la eterna gloria.

Jesús bautizado emerge de las aguas del Jordán, permanece recogido en oración (Lc), y entonces «se abre el cielo», se hace una luz increíble, procedente de la «luz inaccesible» en la que habita el Padre. Y se oye su voz: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco». Nunca se ha oído una música igual en el mundo, ni se oirá. Por eso es preciso guardar esas palabras únicas como el tesoro más preciado, tanto en su música –toda palabra es música y el pensamiento también- como en su letra. Nunca se ha oído a un padre, a una madre, a unos abuelos, pronunciar palabras tan cargadas de ternura. «Este es mi Hijo, el Bien-Amado, en quien encuentro mis delicias». Este Hijo es la completa felicidad del Padre. Este Hijo ha sido -¡es!- engendrado en el seno eterno del Padre: «Hoy te he engendrado yo» (Lc, 3, 22; Sal 2), dice la voz, significando el hoy eterno, sin comienzo ni término. El Amor infinito habla de su Bien Infinito, infinitamente amado. ¿Cómo no conmoverse? ¿Cómo no «en-amorarse» de este Hijo unigénito del Padre?

4. Las palabras de Dios, son grabadas a fuego en el corazón «de María».

¿Cómo resonaron en el corazón de la Madre de Jesús las palabras del Padre Dios? ¿No se las había dicho ella a sí misma muchas veces?: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien encuentro mi felicidad, mi alegría… No hay otro amor para mí…, a no ser por Él, con Él, en Él». Este es precisamente el modo que han de alcanzar nuestros amores buenos. Todo lo que no sea «por Él, con Él, en Él» se distancia del modo divino y del modo mariano, de la verdad de Dios Uno y Trino y de la verdad de la criatura inteligente.

«Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn.1:3). Por Él han sido hechas todas las cosas que ha hecho el Padre celestial, es decir, todas las cosas. Y al estar llamados a ser «perfectos como el Padre celestial es perfecto» (Mat 5:48), es preciso imitarle en todo lo posible. Y lo primero es hacerlo todo por el Hijo, para su gloria, con Él y en Él. Y como Él, que «todo lo hizo bien».

En ocasiones parece que los amores humanos -limpios y santos-, se tambalean, se cuartean, corren el riesgo de frustrarse. Es la hora de mirar el rostro de Cristo y escuchar las palabras del Padre y concluir: amo por Él, con Él, en Él. Así se alcanza la raíz y fuente de todo amor y – por Él, con Él, en Él – se salvan todos los amores buenos.

Es probable que nuestra mente y nuestro corazón se encuentren lejos de ese orden perfecto del amor y de la felicidad. Quizá, en la práctica, solemos hacer las cosas «por mí, para mí y conmigo». Parece imposible desprenderse del yo y alcanzar en todo y siempre aquel amor específico y necesario del cristiano. ¿Cómo avanzar, cómo acercarnos a la cumbre?

5. El Espíritu Santo

Junto a la voz que sintetiza la reciedumbre y la ternura del Padre, sucede otro misterio de luz: desciende el Espíritu Santo en forma de paloma, indicando reconciliación gozosa y paz inmensa: es la Persona-Don, el Amor en persona. hacedor del prodigio de la Encarnación del Verbo, de la alegría de Juan cuando aún se hallaba en el seno de su madre, porque María –portadora del Espíritu- había entrado en su casa y saludado a Isabel.

Ya tenemos ante nuestros sentidos, en nuestra imaginación, las tres Personas de la Trinidad. Se puede subir sin esfuerzos jadeantes la escalera que sube al Padre. Tenemos dos alas para volar, dos brazos para abrazar: el Hijo y el Espíritu. Lo tenemos todo.

…No hay otro nombre por el que podamos ser salvados: Jesús. Aunque se pudiera prescindir por un momento de contemplar el rostro de Jesús; pero no puede prescindir; y ese tener a Jesús en las pupilas, esa mediación de Cristo, como análogamente sucede a Dios Padre, no sólo no disminuye su amor por cada uno de sus hijos sino que se enriquece indeciblemente. La mejor manera de ver una obra de arte es situarse en la perspectiva del artista y, si pudiera ser, inmersos en su estro poético. Así se ve en profundidad el conjunto y el detalle, la intención, el simbolismo, los defectos y las perfecciones. Dios es el autor de esos «cuadros», imágenes suyas, que son lo que son a la luz de sus ojos. Así se ve toda entera, y los defectos no pueden ocultar la belleza profunda. La mejor manera de conocer y amar a las criaturas, al marido o a la mujer, a los hijos, a los padres, a los hermanos, al trabajo y al descanso, es situarse en el punto de mira de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, por quien fueron creadas y han sido redimidas todas las cosas. El es el Mediador nato entre Dios y los hombres. «En Él» hemos de ver y amar. Y con este aparente rodeo, mediando esa suerte de mediación, no se conoce y ama menos a las criaturas, sino más, porque se ven más tal como son y lo que están llamadas a ser. «Tienes miedo de hacerte, para todos, frío y envarado –dice san Josemaría Escrivá-. ¡Tanto quieres despegarte! / -Deja esa preocupación: si eres de Cristo -¡todo de Cristo!-, para todos tendrás -también de Cristo…»

La mejor manera de conocer es «en Cristo»; la mejor manera de amar es «en Cristo». Luego, es preciso conocer y amar a Cristo ante todo y sobre todo, para superar la mediocridad, el crepúsculo, la indiferencia, la medida mezquina del amor. ¿Cómo? Tratándole de tú a Tú, contemplando su rostro y dejándose llevar por el Espíritu, que clama dentro de nosotros, como Jesús: Abbá!, Padre mío…!.

Conclusión

Ante la epifanía trinitaria y la revelación del Amado –Cordero de Dios que carga y quita los pecados del mundo, hermoseándolo todo-, es natural orar como el Espíritu inspire, por ejemplo:

-Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo…

Señor, que yo comprenda que en las aguas del Bautismo renací por Él, con Él y en Él; que fui santificado del todo para fuera creciendo en santidad, en todo (sin límite), en la fe, en la esperanza y en el amor. Que yo comprenda que el compromiso bautismal se llama santidad, unión con Dios a toda hora, en medio de todas mis actividades, con una vida coherente.

-Desde ahora, «te seguiré adonde quiera que vayas». (Mat. 8:19)

-Tú eres el Amor hecho verdadero hombre, Tú eres la Alegría, el Camino, el Descanso, la Verdad, la Vida.

En fin, «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado» (Cant 2:16)

Fuente:
Autor: Por Antonio Orozco Delclós
Adaptado de: http://www.arvo.net/pdf/Bautismo_Jordan.htm

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