Chesterton, Maritain, y la tragedia de la democracia


Sobre la acción política

Chesterton, Maritain, y la tragedia de la democracia

Es de sobra conocido el pensamiento de Churchill según el cual «el mejor argumento en contra de la democracia es mantener cinco minutos de conversación con el votante medio».

Desde el punto de vista del pensamiento social cristiano, convendría tener en cuenta a Jacques Maritain, cuando dice que la acción (en este caso nos centraremos en la acción política) no puede tratar de presentarse bajo un aspecto espiritual o prístino, que la deshumanizaría. Entrar en los asuntos de los hombres es entrar en una marea que ‘ensucia’ y derriba con frecuencia los patrones en los que creemos vivir con cierta seguridad. Aquí entra la idea de responsabilidad, que es imprescindible en el contexto de una acción sufragánea. El voto es responsable, y no la delegación de una carga. Sé de gente que ha aliviado falazmente su conciencia respecto al tema del aborto −teniéndolo por malo− argumentando que, en el fondo, ‘es cosa de los políticos’. Pero, como dice Maritain:

«En cuanto un hombre ha realizado en el mundo una acción, sabe sin duda lo que ha querido hacer, pero ya no sabe ni lo que ha hecho ni para qué ha servido. Ese hombre, si teme a Dios, no debe servirse sino de medios buenos en sí mismos, debe además preocuparse del contexto para que tenga posibilidades de ser lo menos malo posible. Pero después de eso ¡quédese tranquilo! El resto es cosa de Dios. El temor a mancharse por entrar en el contexto de la historia es un temor farisaico. No es posible tocar la carne del hombre sin mancharse los dedos. Ensuciarse los dedos no es ensuciarse el corazón. Pretender renunciar a los medios humanos, a las energías humanas, sería un absurdo. Lo que hace falta no es abandonarlos, ni apartarse de ellos, ni superponer de una manera estática otros medios de orden superior, sino dar entrada en ellos a ese gran movimiento del advenimiento entre los hombres del Amor increado, que es la consecuencia misma de la Encarnación» [1].

Es curiosa la denuncia de este purismo espiritualista o fariseo que consiste en vivir del escrúpulo hasta el límite de llevar una vida marcada por un absurdo: el pecado de no hacer nada por temor a contraer pecado. Esta falta, llevada al terreno de lo político y social, constituye un germen de totalitarismo, pues muchos rápidamente deducen que Estado es sinónimo de política. Esta deducción es un reducción: la acción política es, con mucho, más amplia que el marco del Estado y su gobierno. Por otra parte, esa misma carencia supone un ateísmo o una laicidad mordiente, encarada, mal entendida. También en la Iglesia hay laicos, pero este concepto dista mucho de ser antagonista de lo jerárquico ni mucho menos de lo divino. Ese ateísmo social provendría de considerar que la persona brota, por así decirlo, de la sociedad (véase el problema del nasciturus en la cuestión del aborto); cuando, en realidad, el origen individual de cada ser humano es personal y viene de Dios.
Es necesario evitar que siga sucediendo aquello que también denunciaba Maritain: «La tragedia de las democracias modernas es que no han sido capaces todavía de realizar la democracia». Muchos son los factores que han llevado y siguen llevando, a mi entender, a este fracaso. Ni que decir tiene que, aparte del cacao conceptual que tal término genera (da miedo preguntar qué entiende la gente por democracia), el problema está en el desfase histórico de lo democrático ilustrado con la herencia cristiana de Europa. Desde luego, por mucho que se empeñasen, ni Locke, ni Rousseau, ni los Enciclopedistas pueden pasar por ser fieles a la integridad del patrimonio cristiano, como recuerda el propio Maritain.

No soy un escéptico respecto a las posibilidades y capacidades del hombre, he de decir, sobre todo cuando he comenzado el artículo con aquellas palabras tan irónicas de Churchill. En la línea de Chesterton, para quien el hecho de que al hombre de hoy se le deje votar no es sino la prueba más evidente de que el hombre corriente es considerado poco menos que un alfeñique político, hay que considerar que el clan de los que controlan el cotarro (en su tiempo él arremete contra Bernard Shaw o Sidney Webb) es un clan o una casta dispuesta a otorgar el voto al hombre corriente porque hace tiempo que descubrió que ese voto no le otorga ningún poder, pero esa misma casta no está por la labor de dejar que pueda pagarse su casa o educar libremente a sus hijos, porque esas cosas sí le otorgan poder [2]. Creo que hoy todavía esto tiene vigencia.

NOTAS

 

[1] Jacques Maritain, Humanismo integral, Palabra, Madrid 2001 (2ª ed.).

[2] Gilbert Keith Chesterton, Los límites de la cordura. El distributismo y la cuestión social, El Buey Mudo, Madrid, 2010.

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