Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 7


Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 7

Siglo XV – Sacerdocio universal y Reforma Protestante:

Hubo pre-reformadores, pero sus denuncias fueron tomadas como heréticas por el romanismo, tales las de John Wycliff, Johnn Huss y otros, que vendrían siglos después, dando inicio al periodo histórico de la Reforma Protestante. En Europa un lento proceso de secularización, fundado en esos precedentes e iniciado con el Humanismo del Renacimiento y la Reforma, fue separando cada vez más a la Iglesia del Estado, Debemos reconocer y agradecer a nuestro Dios, que gracias a la labor de la Reforma protestante y a la de los filósofos del Humanismo, del Racionalismo, del Empirismo y de la Ilustración, la Inquisición fue desapareciendo progresivamente de las diversas naciones de Europa y la libertad de pensamiento fue esparciéndose contra las doctrinas ultramontanas del Clericalismo, que asumían el Papa y la Compañía de Jesús principalmente, y que se mostraban poco beneficiosas para la naciente burguesía desde un punto de vista meramente económico al no permitir desamortizaciones de los improductivos bienes de manos muertas que representaban las enormes riquezas en poder de la Iglesia Cristiana.

¿Concebiría usted, estimado lector, una iglesia evangélica donde los laicos o las mujeres no tuvieran ningún derecho a predicar, leer las escrituras, orar o servir porque el único que puede hacerlo es el pastor? Hoy esto nos parece absurdo, pero no siempre fue así. En los tiempos de Martín Lutero, allá por el siglo XVI, la única vía “autorizada” para acercarse a Dios era a través de los pastores. Nadie tenía acceso directo a la Biblia, porque estaba en latín y literalmente encadenadas a los púlpitos. Nadie tenía derecho a leer, interpretar y exponer la Biblia, sino sólo el sacerdote.

Todo cambió con el movimiento de la Reforma Protestante. Martín Lutero defendió el “sacerdocio universal de los creyentes”, que es el derecho de cada creyente a tener una relación personal con Dios, sin necesidad de la mediación del clero. “Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2.5). La Reforma defendió el derecho de todo cristiano a orar a Dios y a relacionarse con él; el derecho a poseer la Biblia, leerla, interpretarla y proclamarla. De esta forma, Lutero estaba afirmando la igualdad de todos los seres humanos, sin importar su raza, su posición social, su estatus económico o su sexo.

Siglo XVIII: Los jesuitas fueron expulsados de diversas naciones europeas en el siglo XVIII y la enseñanza se secularizó poco a poco desde la Revolución francesa (1789) a través de diversas revoluciones burguesas (1820, 1830, 1848); clericales como el padre Augustin Barruel hablaron de una que bautizó como “Conspiración de los filósofos” de la Ilustración para desarmar a la Iglesia en obras como Mémoires pour servir à l’histoire du jacobinisme (Hambourg, 5 vol., P. Fauche, 1798-1799) que llegaron a tener una enorme influencia; pero se trataba del signo de los tiempos: las desamortizaciones desnudaron a la iglesia de su tremendo poder económico; las iglesias nacionales promovían el regalismo frente al poder central del papa y los eclesiásticos dejaron de aparecer poco a poco por las cámaras de diputados.

Clericalismo moderno: El clericalismo moderno renació en Italia cuando el papa Pío IX (1846-1878) promulgó su Syllabus (1864) considerándose prisionero del recién nacido estado italiano; en él condenaba todo aspecto del Liberalismo y del Modernismo dando vida a los movimientos del Catolicismo intransigente que rechazaban reconocer el nuevo Reino de Italia.

La iglesia católica, refractaria a constatar su real pérdida de prestigio ideológico y de poder en este mundo (el llamado “poder temporal”), reaccionó cerrándose en una doctrina integrista, ultramontana y fundamentalista y defendiendo doctrinas políticas ultraconservadoras en distintos países como el Carlismo en España; entre otras cosas, eso provocó la ejecución del arzobispo de París Georges Darboy por la Comuna el 24 de mayo de 1871. Con la encíclica Rerum novarum (“Sobre las nuevas cosas”) del papa León XIII (1891), la iglesia católica mostraba su poco entusiasmo por la democracia y afirmaba que las clases y la desigualdad constituyen rasgos inalterables de la condición humana, como son los derechos de propiedad.

Abominaba en este escrito por igual del capitalismo y del socialismo, y creó con ello una tercera vía de la que nació una doctrina política integrista que inspiró los partidos de la Democracia Cristiana y los llamados Sindicatos católicos, al lado de otros movimientos reaccionarios como el Realismo o la Acción Católica en Francia; con todos estos órganos los eclesiásticos podían así influir en la sociedad. Al estallar la Guerra Civil en España, los clericales de toda Europa sin excepción apoyaron a Francisco Franco, con la única excepción del filósofo Jacques Maritain.

Por otra parte, se consolidó un integrismo protestante con la Christian Identity o el Christian Reconstructionism en los Estados Unidos o las formas militantes del fundamentalismo islámico, politizado sobre todo a partir de la publicación en 1970 del libro del ayatolá Jomeini Gobierno islámico en español), probablemente el más influyente documento escrito en los tiempos modernos en pro de la Teocracia.

El clericalismo en España

La Inquisición tuvo un gran papel en España en los siglos XV, XVI y XVII al permitir vertebrar un país muy heterogéneo en torno a una sola religión, la católica, pero su dominio fue excesivo al extenderse hasta principios del siglo XIX y se pagó el precio excesivo del atraso ideológico, económico y político y la extensión generalizada, con ayuda de la censura, de la hipocresía y la corrupción moral. Hubo grandes figuras de polemistas que defendieron los puntos de vista del abate Barruel.

Lorenzo Hervás y Panduro escribió unas Causas de la revolución francesa. Fray Fernando Ceballos y Mier fue un auténtico martillo de herejes, y escribió La falsa filosofía, crimen de Estado en seis abultados volúmenes que logró publicar hasta que se le amordazó cuando amenazaba con el séptimo tomo (1774) contra “ateológicos, naturalistas, deístas, libertinos, espíritus fuertes y freethinkers”. A estas obras cabe añadir Juicio final de Voltaire, Insania o demencias de los filósofos confundidas por la sabiduría de la cruz.

El padre Rafael de Vélez escribió Preservativo contra la irreligión o los planes de la filosofía contra la religión y el Estado, realizados por la Francia para subyugar a la Europa, seguidos por Napoleón en la conquista de España, &c., cuyas primeras ediciones aparecieron en 1812 (Cádiz) y 1813 (Madrid); fue muy reimpreso; a la vuelta de Fernando VII en 1814 compuso la Apología del Altar y del Trono (1818), donde defendía la mutua alianza de ambas instituciones contra los liberales.

Tras el Trienio Liberal aún compuso unos Apéndices a las Apologías del Altar y del Trono (Madrid 1825). El dominico Francisco Alvarado, más conocido por su pseudónimo “el Filósofo Rancio” escribió diversas Cartas en defensa del integrismo, y también destacaron en estos respectos escritores como Agustín de Castro o Nicolás Díaz “el Setabiense”. El Plan de estudios del clerical Francisco Tadeo Calomarde intentó restablecer las cosas de antaño y la Universidad de Cervera proclamó aquello tan famoso de “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Numerosos clérigos atizaron las guerras civiles del XIX formando partidas para apoyar al Carlismo cuyo lema era “Dios, Patria y Fueros” en las guerras civiles carlistas, y encontraron estusiastas apologetas en pensadores como Juan Donoso Cortés en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851). Contra estos se levantaron sin embargo otros, los católicos liberales o Neocatólicos, liderados por fray Ceferino González.

En el siglo XX, y sobre las bases de las asociaciones de antiguos alumnos de escuelas católicas (por ejemplo los luises, que sirvieron al padre Ángel Ayala para crear en 1909 la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y su órgano de prensa, El Debate, 1911), que controlaría después la posterior Acción Católica (creada por Pío XI en 1922), anticiparía la politización de la iglesia que advendría con los cuadros creados en 1931 por el Cardenal Ángel Herrera Oria; este aparato se apoyaría en la quema de iglesias de la Segunda República para declarar la Guerra Civil Española como una Cruzada. Los anticlericales aprovecharon este incentivo para asesinar a numeroso clero secular y regular.

Tras la Guerra Civil Española, los cuadros presididos por Herrera Oria intentaron por todos los medios (por ejemplo, a través de la Escuela de Periodismo de la Iglesia creada en 1960 o la Editorial Católica y la fundación del periódico procatólico Ya entre otros y del Instituto Social Obrero) crear una especie de Democracia Cristiana, proyecto fracasado a causa de la misma naturaleza de la dictadura y el desprestigio acumulado por la vinculación ideológica de la iglesia al duro régimen fascista del general Franco.

Prevaleciéndose del nombramiento de la Guerra Civil como una cruzada, a pesar de la división de la Iglesia, se dio nacimiento al Nacionalcatolicismo o lo que el historiador Hugh Trevor-Roper ha definido como Fascismo clerical, ideología que impregnó sobre todo los primeros veinte años de la Dictadura de Francisco Franco. La Ley de Principios del Movimiento Nacional, vigente hasta 1976, decía en su artículo dos:

La nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de la Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación. Los obispos hicieron marchar bajo palio a un caudillo militar que ganó para ellos una guerra consagrada por Roma como “cruzada cristiana”; desde entonces el Estado debe cargar con el sostenimiento de esa confesión en base a que la totalidad de España es católica, actualmente con más de 4.000 millones de euros anuales en sueldos de sacerdotes y obispos y para financiar la ingente red de servicios educativos, sanitarios o de caridad de la Iglesia romana en España.

La sociedad de posguerra se fue recristianizando (católicamente) con movimientos como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, el Camino Neocatecumenal, la Obra de María (focolares) y Comunión y Liberación (CyL), mientras por otro lado la iglesia, privada de su ascendiente moral con esta toma de partido a favor de los adinerados, los poderosos y los vencedores, con los que se identificaba, perdía su ascendiente entre los pobres con orgullo y hacía descender drásticamente el número de vocaciones, mientras España se volvía sociológicamente cada vez más laica.

En la llamada Posmodernidad actual:

Podriamos definir hoy en dia al clericalismo, como la excesiva profecionalización del ministerio del pastor o anciano de la  comunidad cristiana. El clericalismo atual, influenciado por la Reforma protetsante, existe, pero se encuentra en las iglesias evengélicas totalmente desmitificado en relación a lo que era el sacerdote catolico-romano medieval. Es un desarrollo del liderazgo del ministro cristiano, que asumió mas funciones en su responsabilidad como lider cristiano, que los que la biblia le ordena para ser pastor.  No todos se dan cuenta de esto. Muchos lideres se convirtieron un dia a Cristo y vivieron bajo este sistema y no alcanzaron a percibir que había algo que andaba mal.

Con origen en el latín clerus, la noción de clero permite identificar al grupo de clérigos (tal como se conoce a quienes consagraron su vida a la actividad religiosa en el marco de una institución). Las características del clero dependen de cada religión/denominación. En general, puede decirse que es el que lidera los rituales y se dedica a la enseñanza de la doctrina y a la predicación. El bautismo  y el matrimonio son algunos de los actos y sacramentos que lleva adelante el clero, comunmente.

Cabe destacar que el clero puede actuar tanto dentro de los templos y los lugares de culto como fuera de ellos. Así, es posible que los clérigos vayan a predicar a las escuelas o los hospitales, por ejemplo. Aunque a estos suele llamárseles capellanes, en general.

En algunos países, el clero está amparado por legislaciones especiales ya que los clérigos gozan de fuero eclesiástico. También es habitual que esté financiado, al menos en parte, por el ámbito estatal. Lo más frecuente, de todas formas, es que los propios fieles lo financien por medio de sus donaciones (diezmos y ofrendas). Esto se nota mucho en Estados Unidos, donde los pastores gozan de garn reconocimiento social. En los paises latinos, el reconocimiento generalmente lo tiene el sacerdote católico.

El cristianismo católico romano divide al clero en el regular (ligado a los votos religiosos de pobreza, obediencia y castidad) y el secular (los clérigos que no hacen dichos votos). La organización jerárquica del clero regular cristiano tiene al papa en el estamento superior, seguido por los arzobispos, los obispos y los sacerdotes. Todos deben cumplir y respetar ciertas normas, como el celibato eclesiástico (es decir, la imposibilidad de mantener relaciones sexuales). Cabe destacar que las mujeres no pueden ordenarse en este clero.Si lo hacen en otras denominaciones, como la luterana,la anglicana y los pentecostales.

La tentación del clericalismo

El clericalismo es la pretensión de  instrumentar lo religioso con un objetivo de poder. También puede caracterizarse como una ideología de la fe. Sin este elemento, el conflicto puede aparecer –como en efecto pude verificar en protagonistas de ambos contendientes– como un puro sinsentido. El clericalismo es un vicio en las relaciones entre lo religioso y lo político y puede afectar a uno y a otro. Cuando el criterio clerical es una enfermedad o una corrupción del espíritu religioso, pretende manipular o avasallar el ámbito secular en función de los intereses institucionales de la estructura eclesial, o más propiamente eclesiástica. Pero el clericalismo tiene o puede tener igual operatividad en la sociedad secular, sólo que de una manera invertida. Es decir que puede corromper también el ámbito político cuando pretende instrumentar lo religioso en función de los intereses seculares. Esto es lo que se conoce con distintos nombres entre los estudiosos: regalismo, josefinismo, febronianismo, jurisdiccionalismo o galicanismo. Se trata en cualquiera de los casos de un clericalismo invertido que consiste en manipular lo religioso desde el ámbito de lo temporal, aunque también en este supuesto con una idéntica pretensión de poder. El fenómeno es el mismo, en un caso ejercido por la autoridad eclesiástica, y en el otro, por una autoridad política.

Se trata, dicho de otro modo, del intento inconcluso de un neocristianismo político que representa un temporalismo o una reinterpretación de la fe religiosa en clave política. A este proyecto difusamente esbozado y ambiguamente pretendido puede denominárselo como un cristianismo de nuevo cuño: el cristianismo justicialista. El estadio final de esta configuración aparece siempre en la historia bajo la figura de la iglesia nacional.

Una interpretación objetiva reconoce al pasado de la Iglesia un significado peculiar para el momento presente, y el encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la interpretación, puede revelarse cargado de significaciones ejemplares.

Conclución:

Tres son los pilares en los que se asienta la cultura occidental hoy en dia  a) el judeo -cristiano b) el  derecho romano c) lo mejor de la filosofia griega. De una u otra manera estas tres fuerzas se conjugan para moldear no solo Occidente, sino tambien la iglesia que esta en nuestra cultura.

En los organismos eclesiales, la tentación clerical no es menor. Ha tenido innúmeras expresiones a lo largo de la historia, y nuestros paises no son ciertamente una excepción. Sin uno situarse en el contexto histórico no puede comprenderse bien el entuerto. Por esto, procuré mostrar como, a largo de la historia del cristianismo, el ministerio pastoral fue cambiando desde los primeros siglos hasta la Reforma Protestante y luego, hasta nuestros dias.

La iglesia es un “cuerpo viviente” donde todos necesitamos de todos y, por eso, debemos convertirnos en verdaderos  ministros de Jesucristo, para poder ayudarnos unos a otros y trabajar lado a lado en los ministerios de la iglesia. Uno de los textos favoritos de la Reforma fue 1 Pe. 2.9, “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Particularmente me parece fundamental que hoy aprendamos a “trabajar juntos”, para que cada persona tenga la posibilidad de servir a Dios y a sus semejantes, independientemente de su sexo (masculino o femenino), su estilo de adoración o pensamiento teológico.

Debemos tener una visión no solo realista sino también idealística de las iglesias, teniendo en mente un panorama general de todos los siglos. Y también del liderazgo cristiano. Esta visión parte de una realidad  dado que ni los ministros son los románticos príncipes cristianos al estilo Romeo y Julieta, sino que además,  los cristianos tampoco somos el modelo de la sumisa esposa, que el mismo Jesucristo hubiese deseado que fuera de acuerdo a Su personal concepción de la espiritualidad de la Amada Esposa. Por eso pienso que hay que “ser una iglesia inclusiva”, y promover el aprender a “trabajar en equipo”, donde laicos y pastores, hombres y mujeres, jóvenes y adultos,niños en la fe y adultos en la fe, sin importar raza ni nacionalidad ni ideologia politica, podamos servirnos unos a otros y, sobre todo, ministrarnos unos a otros  al Señor Jesús. Este creo yo es el espíritu de la doctrina del “sacerdocio universal de los creyentes”.

Tenemos que aprender a ser “inclusivos” y a “trabajar en equipo”, especialmente los que vienen de regímenes totalitarios bajo la filosofía de que “aquí se hace lo que yo diga”, o “nadie puede hacer nada sin mi visto bueno”. También hay que luchar contra la apatía de aquellos que no quieren comprometerse ni servir en la obra de Cristo. Muchas de nuestras iglesias languidecen porque los creyentes no quieren ser “sacerdotes”, sino “infantes” que exigen que se les ponga la comida en la boca. A muchos no les importa las necesidades del prójimo, la tragedia del desconocido que camina en tinieblas, sólo piensan en sus necesidades.

Debemos advertirnos del riesgo que es el historicismo relativista de nuestros dias que elimina el peso de las culpas pasadas y considera que la historia es capaz de justificarlo  todo. Es verdad que un correcto juicio histórico no puede prescindir de un estudio de los condicionamientos culturales, gracias a los cuales ese juicio se ve iluminado con algunas precisiones necesarias en el plano ético. Sin embargo, aun dicho condicionamiento no exime de tal juicio valorativo. Por este mortivo, creo que hay que eliminar la falta de compromiso actual de los pastores y de los miembros, pero el problema no podemos resolverlo con sólo conferencias teológicas o planificación de nuevas metas. Los planes y las conferencias son letra que nada puede hacer en el ámbito espiritual. “La letra mata; el Espíritu es el que vivifica”.

La batalla debemos ganarla con el Espíritu de Dios y mucha oración. Sólo el Espíritu Santo puede llevar a cada persona al lugar que le corresponde dentro del cuerpo de Cristo, para así vivir realmente la doctrina y letra del “sacerdocio universal de los creyentes”, tal como Martín Lutero la concibió un día. No debemos profetizar el divorcio entre los pastores y las ovejas.Ambos nos necesitamos, ya que sin ovejas no hay pastor y sin partor, a las ovejas se las come el lobo feroz del cuento infantil de la Caperucita Roja. Que Dios sople con su espiritu sobre los huesos secos del valle de Ezequiel y ponga cada hueso con su hueso, y resurga un nuevo romance al estilo del cantar de los cantares, que este pueda oirse sonar entre el clero con sus órganos ministeriales redefinidos y los laicos con su sacerdocio universal saliendo al encuentro de Su Principe Amado.

Cuando Dios borra algo en nuestras vidas, de seguro que es porque va a escribir algo mejor. Debemos estar abiertos a aquellos cambios que no sean heréticos y sean de bendición para nuestros ministerios (Ap. 21:5; Ro. 8:28; Prov. 12:21; I Tes. 5:18; Is. 55:8-9; Jer. 29:11)

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Bibliografia Consultada

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