Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 4


Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 4

Autor: Paulo Arieu

El poder de la Iglesia

El modelo de adoración en el Nuevo Testamento consistía principalmente de cantos, lectura de las Escrituras, oración y predicación. El servicio no requería altar ni ritual, porque Dios era reconocido como espíritu y podía ser alcanzado por medio del espíritu. Sin embargo, un cambio ocurrió alrededor del 325. La idea de que los sacramentos eran mágicos trajo un cambio a la naturaleza de la adoración. En vez de ampliar su ministerio profético o de predicación, el presbítero local empezó a funcionar como sacerdote. De hecho, después del Siglo IV el mismo nombre “presbítero” empezó a desaparecer, y el título de su oficio vino a ser “sacerdote”. Este desenvolvimiento podía esperarse cuando los sacramentos se hicieron mágicos; se necesitaba una capacitación sacerdotal para administrar esta clase de rito. Consecuentemente, el centro de la adoración vino a ser la observancia de la cena del Señor, que ya se llamaba “misa” (de la palabra latina que significa “despedir”, cuando a los que no estaban capacitados para participar de la Cena se les pedía dejar el templo).

También resulta lógico pensar en que otro significado de la palabra latina es sangrar o sacar sangre. Esto parece más cercano a la idea original de la Cena o aun de la misa misma, dado que en ambas aparece la idea de la sangre de Cristo, aunque con diferente interpretación.

La naturaleza mágica de los sacramentos también trajo énfasis sobre la forma, las palabras y los materiales adecuados usados al administrarlos. En la religión romana se hizo gran hincapié en pronunciar el ritual exactamente, como un medio de hacer el servicio eficaz. Si una palabra era mal pronunciada u omitida, la naturaleza mágica del servicio religioso podía no ser apropiada. Este espíritu empezó a prevalecer en el cristianismo romano: el ritual debía ser repetido exactamente de acuerdo con la fórmula para que fuera eficaz. Aun más, esta corrupción en la naturaleza de los cultos contribuyó grandemente al desarrollo de los medios catequísticos de instrucción en doctrina religiosa. Puesto que el culto era dedicado al ritual sacerdotal, se hizo necesario instruir a los niños y a los nuevos convertidos en el ritual adecuado tanto como en los rudimentos de la doctrina cristiana en ocasiones distintas a las de los servicios en la iglesia. Se prepararon compendios del ritual y de la doctrina, y a los neófitos se les exigió aprenderlos de memoria como un requisito previo a la admisión.

Finalmente, la naturaleza puramente espiritual de los servicios se cambió. Se hicieron populares las grandes procesiones y el esplendor externo, a la manera de los desfiles paganos. Los lugares identificados con el cristianismo primitivo se volvieron santos y se les tributó especial reverencia. Eran buscados los huesos de los mártires y otros vestigios materiales, y se les atribuía poder mágico. Los días santos recibieron nombre y eran guardados. La Pascua ya se apartaba desde el tiempo de los apóstoles, pero se le añadieron nuevos días.

Tanto el bautismo como el nacimiento de Jesús se habían estado celebrando en enero durante este período, pero en un esfuerzo por ganar a los paganos, la celebración del nacimiento de Cristo se cambió inmediatamente después del fin del período que termina en diciembre 25, una fiesta romana y escandinava.

El concilio de Calcedonia, reunido el año 451, tampoco reconoce primado a Roma; y claramente establece que Constantinopla tiene igual autoridad por ser la ciudad del emperador. Esta declaración del concilio colocó en estado de decadencia a los otros patriarcas y abrió la contienda entre Roma y Constantinopla que duraría largos siglos.

La rivalidad entre los obispos de las dos ciudades nombra­das, llegó a su punto culminante cuando Gregorio I, obispo de Roma, protestó contra el título de obispo universal que usaba el de Constantinopla. Al atacar a su antagonista hace un terrible proceso del papado. Considera el título de obispo universal un nombre vanidoso, suntuoso y redundante; una palabra perversa, un título envenenado, que hace morir a los miembros de Cristo; un ensalzamiento perjudicial a las almas; una usurpación diabólica, y nombre inventado por el primer apóstata: el diablo. Quien se atreviese a usarlo sería el precursor del Anti­cristo, y más soberbio que Satanás. No olvidemos que fue Gregorio I, papa, quien dijo estas cosas.

“Las citas de San Gregorio —dice muy bien el autor italiano Luigi Desanctis— sobre esta controversia, son un documento perentorio para demostrar que el primado del papa era en el siglo sexto, mirado como una iniquidad, y un grandísimo pecado: y esto por uno que fue papa, que se llamó Gregorio el Grande, y a quien lo representan con el emblema del Espíritu Santo dictándole al oído lo que debe escribir, que es santo y doctor de la iglesia romana.”

Notamos entonces que la Iglesia tomó una posición absolutamente política y social en el período medieval; la cual estaba encauzada en la conversión de los paganos y en la ampliación de la extensión de la comunidad creyente. En este período, no sólo colaboró con el Estado romano e impuso sus creencias a la hora de organizar la educación y las jerarquías del pueblo, sino que se aferró a ese Estado para que todo aquel que no cumpliera con los mandatos eclesiásticos fuera condenado. A medida en la que más poder adquiría, más se complejizaba la jerarquía de la Iglesia.

Estaba compuesta de la siguiente forma:

  • Sacerdotes: responsables de la dirección de las parroquias;
  • Obispos: uno en cada provincia y otro en la capital, encargados de coordinar a los sacerdotes;
  • Patriarcas: jefes en las ciudades más importantes de la provincia;
  • Papa: encargado de unificar a todos los demás y de controlar que cumplieran sus respectivas obligaciones. Era la autoridad máxima del clero.

De todos modos, como también estaba dirigida por seres humanos, las ansias de poder la fueron corrompiendo; fue entonces cuando el pueblo se vio robado por aquella institución que decía ayudarlos a alcanzar la vida eterna, se les imponían inmensos castigos y se les obligaba a pagar impuestos con lo poco que tenían y los que no tenían ya qué dar, perdían sus tierras.De este modo, la Iglesia comenzó a ser propietaria de un extenso territorio, lo cual aumentó su poder político y económico, ubicándola a la altura o aún más arriba que los gobiernos existentes.A partir de la Edad Media se crearon los movimientos monásticos, para aquellos fieles que desearan entregarse a la fe de forma absoluta, renegando de todas las riquezas terrenales y poniendo su vida al servicio de Dios y de la comunidad. Ése era el objetivo, sin embargo la Iglesia continuó sumando adeptos y enriqueciéndose. Ocultando la sabiduría al pueblo e imponiéndoles un tipo de vida rudimentario que les impidiera llegar a un verdadero conocimiento de la verdad.Con el correr de los siglos, la Iglesia fue perdiendo autenticidad y fue olvidada por muchos; sin embargo lo asombroso y lamentable es que continúa teniendo un poder sobre los pueblos que muchas veces resulta irónico o difícil de creer.Por ejemplo, el hecho de que ciertas sociedades que han aceptado hace años el casamiento entre personas del mismo género continúen siendo homófobas, nos recuerda que detrás de un pueblo laico existe un clero intentando reconquistar a sus súbditos; por eso debemos luchar contra la ignorancia que trae la fe religiosa.Es necesario que nos rebelemos a las leyes clericales e intentemos crear un mundo libre de verdad, sin imposiciones de ningún tipo; donde todos tengamos derecho a la vida exacta que deseamos, siempre que ésta no ponga en peligro la existencia de otras personas.

En Italia, Francia y España, las órdenes monásticas, alcan­zaron gran desarrollo debido principalmente a los trabajos do Benedicto. Este célebre monje nació en el año 480, de una rica familia italiana. Empezó la vida de ermitaño cerca de Roma, viviendo en una gruta, donde no tardó en verse rodeado de mu­chos partidarios, con quienes organizó comunidades. Para evitar los grandes escándalos que daban los monjes de otras órdenes. Benedicto sujetó a los suyos, a una severa disciplina, haciendo quo todos tuviesen alguna ocupación útil, como ser la labranza, los estudios y la enseñanza escolar de los niños que vivían en distritos rurales.

El aumento siempre creciente y alarmante de estas comu­nidades obligó a muchos a emprender contra ellas formidables campañas, siendo la más violenta la que encabezó un monje llamado Joviano, a quien Neander llama “el protestante de su tiempo”. Se levantó contra sus colegas sosteniendo que no había ningún mérito en renunciar al matrimonio y a los vínculos sagrados de la familia; que era posible y preferible ser santo en el mundo. Los monjes se alarmaron y consiguieron que fuese condenado por un Sínodo reunido en Roma en el año 390.

Cuando apareció Juan Calvino en el siglo XV, abolió finalmente todo este movimiento monástico en Europa entre los nuevos seguidores, ya que hacia siglos se había degenerado totalmente. El origen de esas comunidades que tantas veces han levantado la viva protesta de los civiles que han visto en ellas, como en realidad lo son, un atentado a los sentimientos humanos y un peligro para la sociedad.

Estatua de Constantino en York, ciudad donde fue proclamado emperador.

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