Hacia la unidad cristiana


Hacia la unidad cristiana

Explica el historiador cristiano Justo L. Gonzalez, como fue evolucionando el concepto de unidad entre las distintas confesiones cristianas durante el transcurso del siglo XX

La Conferencia Mundial Misionera de 1910 nombró un Comité de Continuación, que a su vez fundó el Consejo Internacional Misionero en 1921. Para esa fecha ya habían aparecido otros organismos de cooperación misionera en Europa, los Estados Unidos, Canadá y Australia, en parte como resultado del trabajo hecho en Edimburgo. Esos organismos formaron el núcleo del Consejo Internacional Misionero.

Pero se pensó además que las “iglesias jóvenes” surgidas de la obra misionera debían tener representación directa en el nuevo consejo.

Siguiendo la política establecida en la convocatoria a la Conferencia de Edimburgo, el Consejo Internacional Misionero no intentó establecer reglas para el trabajo misionero de cada denominación, sino que sirvió más bien de foro donde era posible intercambiar experiencias y proyectar empresas conjuntas.

La primera asamblea del Consejo Internacional Misionero tuvo lugar en Jerusalén en 1928, y en ella casi la cuarta parte de los delegados eran representantes de las iglesias jóvenes. Esto en sí era un gran paso de avance con respecto a la Conferencia de Edimburgo, donde los miembros de esas iglesias no pasaron de diecisiete.

Tanto en Jerusalén como en la segunda asamblea, que tuvo lugar en Madrás en 1938, surgió el tema de la naturaleza de la iglesia y del contenido del mensaje cristiano.

Esto daba a entender que no era posible tener un encuentro verdaderamente franco acerca de la labor misionera sin discutir cuestiones de teología.

Pero entonces la Segunda Guerra Mundial interrumpió las labores del Consejo, cuya tercera asamblea, reunida en Canadá en 1947, dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a restaurar los vinculos que la guerra había roto, y a proyectar la reconstrucción de la obra misionera que el conflicto había destruido.

Ya para esa fecha, sin embargo, muchos sostenían que la iglesia no debía separarse de la misión, y que por tanto no era sabio discutir cuestiones de estrategia misionera sin abrir el diálogo acerca de la naturaleza de la iglesia y otras cuestiones teológicas.

Tales ideas se oyeron repetidamente en las dos próximas asambleas del Consejo Misionero, la de 1952 en Alemania, y la de 1957 y 1958 en Ghana.

Para esta última fecha, se había decidido que el Consejo Internacional Misionero debía unirse al Consejo Mundial de Iglesias, y esa unión tuvo lugar en la asamblea de Nueva Delhi, en 1961.

Otro de los movimientos que a la postre se unieron para formar el Consejo Mundial de Iglesias fue el movimiento de “fe y orden”.

A fin de no despertar sospechas, la convocatoria para la Conferencia Internacional Misionera de 1910 había excluido explícitamente toda cuestión de “fe y orden”, es decir, toda discusión de las doctrinas de las diversas iglesias, del modo en que entendían y administraban los sacramentos, etc. Aunque esa exclusión fue necesaria para que la Conferencia pudiera incluir a cristianos de diferentes tradiciones envueltos en la labor misionera, había muchos que estaban convencidos de que había llegado la hora de organizar un foro donde tales cuestiones y diferencias pudieran discutirse con toda franqueza y caridad.

Entre tales personas se contaba Charles H. Brent, obispo de la Iglesia Episcopal que tras repetidos esfuerzos logró que la comunión anglicana convocara a una reunión para tratar acerca de cuestiones de fe y orden.

Otros se unieron a la convocatoria, pero la Primera Guerra Mundial interrumpió sus planes, y no fue sino en 1927 que por fin se reunió en Lausana, Suiza, la Primera [Vol. 2, Page 553] Conferencia Mundial sobre Fe y Orden.

Sus cuatrocientos delegados eran miembros de ciento ocho iglesias protestantes y ortodoxas, además de los “católicos antiguos”, que se habían separado de Roma cuando se promulgó el dogma de la infalibilidad papal.

Muchos de los presentes habían sido miembros activos del Movimiento Estudiantil Cristiano, y dentro de ese movimiento habían tenido oportunidad de participar de otros encuentros internacionales y ecuménicos (de hecho, durante varias décadas muchos de los personajes más distinguidos del movimiento ecuménico fueron formados dentro del Movimiento Estudiantil Cristiano).

En la conferencia misma, se decidió no tratar de lograr acuerdos unánimes haciendo declaraciones vagas y por tanto inocuas, o mediante definiciones doctrinales que necesariamente excluirían a algunos de los participantes.

En lugar de esto, se siguió un método de discusión cuyo resultado sería una serie de documentos que subrayaran los puntos en los que se había logrado llegar a un acuerdo, pero también dejaran constancia de las diferencias que todavía subsistían.

Luego, por largo tiempo los documentos de Fe y Orden se caracterizaron por párrafos en los que se exponían los puntos en que todos estaban acordes, seguidos entonces de otras clarificaciones que comenzaban con frases tales como “hay entre nosotros opiniones diferentes” o “muchas de las iglesias representadas en la Conferencia”.

En todo caso, al terminar aquella Primera Conferencia Mundial de Fe y Orden, resultaba claro que los puntos de acuerdo eran muchos más, y más importantes, que los de desacuerdo, y que posiblemente muchos de los últimos podrían resolverse mediante mayor diálogo y clarificación.

Antes de disolver la Conferencia, se nombró un Comité de Continuación, cuyo jefe era William Temple, arzobispo de York (y más tarde de Canterbury).

Tras la muerte de Temple, Brent tomó su lugar, hasta que la Segunda Conferencia Mundial sobre Fe y Orden se reunió en Edimburgo en 1937. Esta asamblea siguió el mismo método que la de Lausana, con resultados igualmente prometedores.

Pero la decisión más importante que allí se tomó fue concordar con la Segunda Conferencia sobre Vida y Obra, que se había reunido en Oxford el mes anterior, en que había llegado el momento de fundar un “Consejo Mundial de Iglesias”.

El Movimiento de Vida y Obra era otro de los resultados de las experiencias misioneras de las generaciones anteriores, así como de la convicción de que las diversas iglesias debian unirse para colaborar en todo lo que fuera posible. Su principal promotor fue Nathan Soderblom, arzobispo luterano de Upsala, en Suecia.

La Primera Guerra Mundial, aunque interrumpió los proyectos de reunir una conferencia mundial, sí les dio a Soderblom y a muchos otros la oportunidad de cooperar en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas causados por el conflicto.

Por fin, la primera conferencia sobre “Cristianismo Práctico”—como el movimiento se llamaba en sus inicios—se reunió en Estocolmo en 1925. Su agenda consistía en buscar soluciones comunes, a base del evangelio, a los problemas de la época.

Sus delegados se dividieron en cinco grupos, cada uno de ellos dedicado a discutir un tema distinto: cuestiones económicas e industriales, asuntos morales y sociales, relaciones internacionales, educación cristiana, y los medios que las iglesias podrían emplear para colaborar mejor y más ampliamente. Desde sus inicios, este movimíento se opuso tenazmente a toda forma de explotación, injusticia e imperialismo.

En una época en que la mecanización causaba gran desempleo, debilitaba los sindicatos obreros y hacía bajar los salarios, la Conferencia se hizo eco de “las aspiraciones de los obreros a un orden equitativo y fraternal, el único compatible con el plan divino de redención”.

Además, con voz profética cuya verdad sería confirmada por acontecimientos posteriores hizo notar “el resentimiento general contra el imperialismo blanco” que amenazaba resultar en nuevas guerras y conflictos.

También esta conferencia nombró un Comité de Continuación que organizó la Segunda Conferencia de Vida y Obra. Esta se reunió en Oxford en 1937, y sus documentos finales incluían fuertes palabras contra toda forma de gobierno totalitario, y una condenación de la guerra como medio de resolver los conflictos internacionales.

Como hemos consignado, fue esta conferencia la que invitó al movimiento de Fe y Orden a unirse a su llamado para la formación de un “Consejo Mundial de Iglesias”.

Así todo quedó dispuesto para la fundación del propuesto consejo. Los dos movimientos, el de Fe y Orden y el de Vida y Obra, nombraron un comité conjunto que comenzó a proyectar y preparar la convocatoria para la primera asamblea. Empero la Segunda Guerra Mundial interrumpió todos esos proyectos.

Durante el conflicto, los vínculos establecidos gracias al movimiento ecuménico no se rompieron, sino que sirvieron a la vez para sostener a la Iglesia Confesante en Alemania y para crear una red de cristianos dedicada a salvar a los judíos cuya vida peligraba bajo el régimen nazi.

Por fin, pasada la guerra, la Primera Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias comenzó sus sesiones en Amsterdam, el 22 de agosto de 1948. Ciento siete iglesias de cuarenta y cuatro países formaban parte de la nueva organización.

El sermón de apertura estuvo a cargo de D. T. Niles, un metodista de Ceilán que había tenido amplia experiencia internacional y ecuménica como miembro del Movimiento Estudiantil Cristiano.

También hubo ponencias y otras presentaciones por Karl Barth, J. Hromádka, Martin Niemoller, Reinhold Niebuhr, y otros personajes distinguidos.

Al tiempo que se regocijaban por la unidad cristiana que la existencia misma del Consejo ponía de manifiesto, los delegados se ocuparon de examinar el mundo de sus días, y de tratar acerca de los temas cruciales para la vida de ese mundo.

Era la época en que empezaba la Guerra Fría, y el Consejo hizo un llamado a todas las iglesias a rechazar tanto el comunismo como el capitalismo liberal, y a oponerse a la idea de que esos dos sistemas eran las únicas alternativas viables.

Como era de esperarse, esa declaración, y varias otras de semejante tono, no siempre fueron bien recibidas.  A partir de 1948, la membresía del Consejo Mundial aumentó continuamente. Uno de los hechos más notables fue la creciente participación de los ortodoxos orientales, quienes habían decidido en conjunto abstenerse de asistir a la primera asamblea del Consejo.

Cuando quedó claro que el Consejo no era ni pretendía ser un “concilio ecuménico” a la manera del de Nicea, y que no tenía intención alguna de convertirse en una “superiglesia”, los ortodoxos decidieron unirse a él.

Puesto que varias iglesias ortodoxas existían bajo regímenes comunistas, y sus delegados necesitaban permiso de sus respectivos gobiernos para asistir a las reuniones del Consejo y de sus diversos departamentos, esto aumentó la sospecha por parte de muchos, de que el Consejo Mundial se estaba volviendo un instrumento del comunismo internacional.

En todo caso, cuando la segunda asamblea del Consejo se reunió en Evanston, en los Estados Unidos, en 1954 ciento sesenta y tres iglesias enviaron sus representantes.

En esa reunión el Consejo comenzó a dirigir su atención hacia la iglesia como entidad concreta al nivel local, tratando así de evitar el peligro de olvidar que los que se reunían en sus asambleas no eran sino los representantes de millones de creyentes en todos los rincones del mundo.

Cuando la tercera asamblea se reunió en Nueva Delhi, en 1961, las iglesias miembros del Consejo eran ciento noventa y siete. En esa tercera asamblea el Consejo Internacional Misionero se unió al Consejo Mundial de Iglesias, con lo cual aumentó la participación de las iglesias jóvenes en las actividades de este último.

Cada vez más, el Consejo Mundial de Iglesias se iba volviendo una organización verdaderamente mundial, como pudo verse en esa tercera asamblea cuando dos iglesias pentecostales de Chile se unieron a él.

Al mismo tiempo, al referirse a la unidad de “todos en cada lugar”, la asamblea de Nueva Delhi continuó subrayando la importancia de la vida eclesiástica al nivel local y congregacional.

Las asambleas subsiguientes, reunidas en Upsala (1968), Nairobi (1975), Vancouver (1983) y Camberra (1991), siguieron la misma dirección.

En Vancouver, los delegados insistieron en la relación indisoluble entre la paz y la justicia, refiriéndose a la “oscura sombra” de la carrera armamentista como algo íntimamente unido a la existencia de los más devastadores “sistemas de injusticia”.

Para esa fecha, en respuesta a la nueva apertura de la Iglesia Católica que Juan XXIII había fomentado y el Segundo Concilio Vaticano había refrendado, el Consejo Mundial había establecido varios medios de colaboración con el catolicismo romano.

Mientras todo esto sucedía al nivel mundial, en el plano nacional y regional el movimiento ecuménico estaba produciendo resultados paralelos.

Esto podía verse tanto en la fundación de consejos de iglesias regionales, nacionales y locales, como en la unión orgánica de varias iglesias en diversos lugares.

La mayoría de esas uniones, especialmente en Europa y los Estados Unidos, comprendía iglesias procedentes de tradiciones semejantes y con posiciones teológicas muy parecidas. Pero en otras partes del mundo hubo uniones mucho más sorprendentes.

En 1925, se fundó la Iglesia Unida de Canadá, surgida de una larga y complicada serie de diecinueve reuniones, hasta llegar a incluir las que antes habían sido cuarenta denominaciones.

En 1922, el Consejo Nacional Cristiano de China les pidió a los misioneros y a las iglesias que los sostenían que quitaran “los obstáculos” puestos en el camino hacia la unidad de las iglesias protestantes en el país.

Como resultado de ello, en 1927 se reunió el primer sínodo de la Iglesia de Cristo en China, que incluía cristianos reformados, metodistas, bautistas, congregacionalistas, y otros.

Durante la Segunda Guerra Mundial, se fundó en el Japón, debido en parte a presiones gubernamentales, la Iglesia de Cristo en Japón, con la participación de cuarenta y dos denominaciones.

Tras la guerra, varios grupos se retiraron de esa iglesia; pero la mayoría permaneció en ella, convencida de que para ser obedientes al evangelio debían presentar un testimonio unido.

En 1947 se fundó la Iglesia del Sur de la India. Esta era particularmente significativa, pues por primera vez se produjo una unión orgánica que incluía algunos cristianos que insistian en la sucesión apostólica de sus obispos (los anglicanos) y otros que ni siquiera tenían obispos.

A partir de entonces, las conversaciones conducentes a la unión orgánica se han contado por centenares, y varias docenas de ellas han resultado en nuevas iglesias unidas.

En la América Latina, el movimiento hacia la unidad cristiana ha seguido un camino semejante. Tras la reunión de Panamá a que nos hemos referido en la sección anterior, las principales denominaciones en cada país colaboraron entre sí, y poco a poco fueron apareciendo concilios de iglesias y otras organizaciones evangélicas al nivel nacional y local.

Empero, puesto que buena parte de los protestantes en la América Latina pertenece a iglesias y tradiciones que no han participado del movimiento ecuménico mundial, al nivel regional la marcha hacia la unidad fue mucho más lenta.

Tras largos años de trabajos preparatorios, en septiembre de 1978, en Oaxtepec, México, se decidió por fin fundar un Concilio Latinoamericano de Iglesias (CLAl). Este nació oficialmente en Lima, en noviembre de 1982.

La característica más notable de este cuerpo ecuménico es la gran variedad de tradiciones teológicas representadas en él. Al tiempo que incluye las denominaciones más tradicionales, como los presbiterianos y metodistas, incluye también varias iglesias bautistas, y el 27% de sus miembros son pentecostales.

En América Latina, sin embargo, ha existido siempre cierta suspicacia hacia el movimiento ecuménico. En repetidos casos, el resultado ha sido el surgimiento de otros movimientos ecuménicos que no utilizan ese término, sino que se llaman más bien “interdenominacionales”.

Esta suspicacia se debe a muchas razones. Una de ellas es que la prediciación protestante en nuestra América frecuentemente ha sido anticatólica. Pero posiblemente las raíces últimas de esta suspicacia se encuentren en el hecho mismo de que, cuando comenzó el movimiento ecuménico moderno, en la Conferencia de Edimburgo de 1910, la América Latina fue excluida.”

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Justo L. Gonzalez, Historia del cristianismo, Tomo II, pag. 301-304  [Vol. 2, Page 552-554] ed. Unilit

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