LA GUERRA… parte 16b


La guerra… parte 16b

Autor: Paulo Arieu

Las Guerras (cf. Mat. 24:6-7a)

Se dice que en la historia ha habido más de 14.000 guerras. Que en los últimos 300 años se han celebrado más de 8.000 tratados de paz, todos los cuales no han permanecido vigentes más de 2 años, en promedio. Son muchas las guerras que ha habido en todo el siglo XX, y conocido por todos han sido las dos Guerras Mundiales. Si miramos los registros de las últimas décadas, tenemos que: En los años 60 había 5 lugares que estaban en guerra; en los 70, 11 lugares; en la década del 80, 6; y en la década del 90, 10. Tiempos atrás salimos de un gran conflicto de Irak con la ONU; otro en Yugoslavia; se vio también lo que pasa entre Rusia y Chechenia. También vemos cómo persiste la guerrilla en Colombia, después de tantos años. En fin, hay levantamientos de etnias, insurrecciones de pueblos contra sus gobernantes, caos y duras amenazas. Creemos que esta es una más de las profecías cumplidas en este tiempo.

Por otro lado, los gobernantes y líderes religiosos mundiales hablan de paz; sin embargo, se preparan para la guerra. Todas las grandes naciones han estado probando en estos últimos 2 años “misiles de largo alcance”, los llamados “intercontinentales”. Además, han vuelto a surgir las antiguas amenazas verbales entre oriente y occidente. Nos preguntamos: ¿Qué pasa con el hombre que no puede vivir en paz? ¿De qué han servido las guerras anteriores? ¿Por qué debe haber devastaciones?.

Interrogantes profundas y serias, que una víctima del holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial trató de responder, diciendo:

“Los hombres han nacido con el instinto de destruir, matar, asesinar y devorar. Hasta que toda la humanidad, sin excepción, no sufra un enorme cambio, la guerra imperará….” (Ana Frank)

Ese enorme cambio a que se refería Ana Frank, no es posible con la mano del hombre. Se necesita algo que no sea de aquí abajo. Uno que venga desde lo alto. Y es eso lo que esperamos, el retorno de Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores, que ha de venir a reinar a la tierra con justicia y equidad.

Veamos en este post la primera guerra mundial

La primera Guerra Mundial

La primera guerra mundial, marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo xix. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura juridical y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral.

Además, estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la política mundial.

Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. Hubo momentos en que incluso los conservadores inteligentes no habrían apostado por su supervivencia.

Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población.

Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965). Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismo liberal del siglo xix. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del colapso.

Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y de Australasia, como consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos y regímenes autoritarios satélites.

Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) del ejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo en la historia del siglo xx.

En muchos sentidos es un proceso paradójico, pues durante la mayor parte del siglo —excepto en el breve período de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y el comunismo se caracterizaron por un antagonismo irreconciliable. La victoria de la Unión Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado en aquel país por la revolución de octubre, como se desprende de la comparación entre los resultados de la economía de la Rusia zarista en la primera guerra mundial y de la economía soviética en la segunda (Gatrell y Harrison, 1993).

Probablemente, de no haberse producido esa victoria, el mundo occidental (excluidos los Estados Unidos) no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario liberal sino en diversas variantes de régimen autoritario y fascista. Una de las ironías que nos depara este extraño siglo es que el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo —el temor— para reformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos de los procedimientos necesarios para su reforma.

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