El rechazo del Islam, del siglo XVIII hasta la actualidad


El rechazo del Islam, del siglo XVIII hasta la actualidad

Conferencia pronunciada en la Universidad Complutense de Madrid en julio de 2008. Departamento de Relaciones Exteriores

09/01/2009 | Autor: Inés Eléxpuru – Fuente: Fundación Cultura Islámica

Si no apoyas la guerra de Bush, vendrá el moro malo y te comerá.

El término islamofobia, es decir, fobia al Islam, es un término de nuevo cuño, para el que aún no existe una definición consensuada ni una enunciación jurídica. Pero el mero hecho de que haya sido aprobado por la Unión Europea, revela que la actual animadversión hacia los musulmanes y el Islam en Europa, y en el mundo, en general, se está convirtiendo en un problema.

Hace aproximadamente dos años se publicaba, de hecho, un informe redactado por el Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia, titulado: “Musulmanes en la Unión Europea: discriminación e islamofobia”.

El propio Ministerio español de Asuntos Exteriores auspició el pasado otoño un congreso sobre islamofobia aprovechando la Presidencia española de la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación Europea) durante el 2007.

Ello no es casual. Pero, si el término es nuevo, no así el contenido ni las intenciones que esconde dicho fenómeno. Por ello, trataré de hacer una breve descripción de sus manifestaciones a lo largo de los últimos siglos, a través de distintas corrientes de pensamiento europeas.

Realmente, si revisamos los tópicos y estereotipos empleados a lo largo de la Historia, en este caso, la Edad Moderna y Contemporánea, para denigrar el Islam y fomentar el miedo y la fobia, veremos que divergen muy poco de los empleados en la actualidad. Los mismos lugares comunes: el Corán no es un libro revelado, sino una amalgama desordenada de preceptos inspirados en las Escrituras anteriores, el Profeta era un hombre astuto e inteligente que creó un vasto imperio por medio de las armas. La civilización islámica tiene poco de original e incorporó elementos de las culturasantiguas y clásicas sin aportar apenas nada, el Corán y la Sunna incitan al odio y son implícitamente violentos.

Vamos a estudiar, sin embargo, cómo esto se vehicula a lo largo de las distintas etapas, y las sutilezas que los estereotipos fueron adquiriendo.

EL SIGLO XVIII

El profeta como hombre de Estado

En el siglo XVIII surge en Europa una corriente de estudios del Islam que, por primera vez, trata de verlo desde un punto de vista positivo y con cierto rigor. Comienza un interés nuevo y relativamente falto de prejuicios hacia el mundo arabo musulmán, propio del espíritu de la Ilustración, que trata de abordar las diferentes culturas y corrientes de pensamiento, con rigor.

No obstante, los primeros estudios sistemáticos de lengua árabe habían comenzado en el Collège de France de París en 1587, y en 1613 se creó una cátedra de árabe en la universidad de Leiden, seguida de otras en Cambridge y en Oxford.

En 1708 Simon Ockley escribe el primer volumen de “Historia de los sarracenos”, en el que describe un perfil positivo de la aportación de los árabes a Europa, llegando a decir que trajeron:

“…cosas de la Necesidad Universal, el Temor de Dios, la Regulación de nuestros Apetitos, una Economía Prudente, la Decencia y la Sobriedad del Comportamiento”.

El orientalista inglés George Sale (1697-1736), por su parte, hace una traducción del Corán relativamente fidedigna, y Voltaire (1694-1778), en su “Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones”, aporta una visión favorable del Profeta Muhammad, como excelente hombre de estado. El historiador francés Boulainvilliers (1658-1722) consideró al Profeta como uno de los hombres más relevantes de la Historia, y el historiador inglés Edward Gibbon (1737-1794), en su célebre “El decline y caída del Imperio Romano”, alabó el monoteísmo del Islam, y el propio Corán era según él “un testimonio glorioso de la unicidad de Dios”.

En cuanto a Joseph White (1746-1814), uno de los primeros arabistas de Oxford, tildó a Muhammad de personaje extraordinario dotado de una gran alma.

El Islam, sinónimo de fanatismo

No obstante, tras este intento de “reparación” histórica, propio de la Ilustración, persistían los viejos clichés procedentes de la cristiandad y la época de las cruzadas. Entre estos estereotipos, destacaba el de Muhammad como gran estadista, pero no como profeta imbuido de una misión revelada. En el fondo, era considerado como un hábil impostor, audaz e inteligente, pero no como un hombre espiritual y de paz. El Islam fundó un gran imperio y fue superior en algunos aspectos al cristianismo, como aseguraba Voltaire, pero lo hizo por medio de la espada y no de los argumentos. Era una religión natural, y no revelada, que tomó prestadas sus creencias de las escrituras anteriores.

Los mismos autores que señalé anteriormente, cuyo enjuiciamiento del Islam y del Profeta fue en ocasiones positivo, oscilaron sin embargo en sus opiniones a lo largo de toda su obra, caracterizada por una relación de amor / odio hacia el Islam y su Profeta.

El paradigma de esta relación esquizofrénica, podríamos decir, lo representó el filósofo francés Voltaire. Fue autor en 1741 de la tragedia “Mahoma o el fanatismo”, donde no escatima insultos y necedades. Sin embargo, en su “Ensayo sobre las costumbres” de 1756, es capaz de afirmaciones como que el Islam trajo consigo “El mayor cambio que la opinión haya producido sobre el globo”.

Esto no impide su animadversión por la religión, en general, o mejor dicho sus enormes contradicciones. De hecho, prácticamente sólo utiliza al Islam para denigrar al cristianismo, y a los árabes para insultar a los judíos.

El fanatismo, en efecto, es ya entonces una de las armas más empleadas para acusar el Islam. Este término se utilizaría, al parecer, desde finales del siglo XVII, procedente del latín fanatiens: “inspirado, en delirio”. Sería empleado frecuentemente por Ockley y Boulainvilliers. En este sentido, propondré otro ejemplo de la dicotomía que ha caracterizado la obra de estos autores a lo largo de su vida.

Si Boulainvilliers reconocía que los árabes de los primeros tiempos del Islam eran “espirituales, generosos, desinteresados, bravos y prudentes”, también llegaba a afirmar cosas contradictorias como que los mismos árabes habían traído numerosas desgracias a la Historia.

“Fue un fanatismo de la Religión, que les llevó a todos a la vez, como por encantamiento, a una conducta tan cruel: fanatismo sostenido por la estima que tienen del libro en el que su Religión está contenida…”.

El Islam, una religión impostora

“…El santo profeta no sabía leer ni escribir: de ahí el odio de los primeros musulmanes contra todo tipo de conocimiento; el desdén que se ha perpetuado entre sus sucesores, y la más larga duración basada sobre las mentiras religiosas en las que se han empeñado”.

Esto dijo el famoso escritor y enciclopedista francés Denis Diderot en “Cartas a Sophie Volland”, de 1759. Diderot fue sin duda uno de los más acérrimos detractores del Islam, y lo tachó, como tantos otros, de impostura. Sin duda, no tenía el menor conocimiento de la aportación del mundo islámico durantes siglos a la cultura universal. O pretendía negarla.

Aun los autores que reconocían cierta o bastante valía en la misión de Muhammad, como Sale, ponían en duda la naturaleza revelada del Corán. Así éste último, en su introducción a su traducción del Corán, afirma que Muhammad no estuvo directamente inspirado por Dios, y que Dios había utilizado sus cualidades y sus intereses humanos,

“con el fin de ser una plaga para la Iglesia cristiana, que no vive de acuerdo con la religión muy santa que había recibido”.

Más adelante veremos cómo esta teoría del Islam como azote del cristianismo se perpetúa a lo largo del siglo XIX.

El propio Gibbon, uno de los especialistas supuestamente más respetuosos, vino a decir a propósito de la naturaleza divina del Corán, que era una patraña solamente creíble por las mentes no cultivadas.

Por supuesto, la idea del Islam como religión no revelada y que había tomado prestado sus creencias del cristianismo se perpetuará hasta la actualidad.

En el siglo XIX, el orientalista escocés William Muir (1819-1905), había escrito una biografía del Profeta, y aseguraba que en el Islam:

“hay suficiente verdad, una verdad tomada prestada de las Revelaciones anteriores, pero moldeada de forma diferente, para que desvíe la atención de la necesidad de saber más”.

Algunos autores contemporáneos, como el profesor de filosofía política en la Universidad de Québec, Thierry Hentsch, sostienen que también se produjo en el siglo XVIII una teoría que emparentaba el Islam con un cataclismo de la Historia, así como con el despotismo, como bien lo ilustraba el pensador Montesquieu.

Por lo demás, los estereotipos se prolongan hasta el infinito, y así, el Corán es un libro aburrido y lleno de embrollos, y el Islam incita inexorablemente a la lujuria. Los musulmanes no han aportada nada, o poca cosa a las ciencias y el arte universales.

EL SIGLO XIX

El espíritu colonialista

En el siglo XIX Europa se lanzó a colonizar el mundo, desde una mentalidad de provecho, desde luego, pero también civilizadora. Ello condicionaría su visión de los demás, siempre desde una perspectiva de superioridad. La evangelización del infiel se convierte así en una necesidad. También crecerá el número de viajeros occidentales que se interesan por Oriente y los territorios colonizados, ya sean éstos India o el Mundo Árabe.

El mundo arabo islámico fue colonizado desde el 1830, en que Francia invadió Argelia. En 1839 los británicos colonizaron Adén, en Yemen; entre ambos se apropiaron de Túnez (1881), Egipto (1882), Sudán (1898), así como Libia y Marruecos (1912).

No es de extrañar pues, que, como dice la teóloga británica Karen Armstrong:

“Hoy el mundo musulmán asocia imperialismo occidental y misiones cristianas con las cruzadas, y no se equivoca al hacerlo”.

Pero aparte de evangelizar las poblaciones dominadas, en razón de una supuesta superioridad racial y cultural, se hacía además necesario conocer la mentalidad del pueblo colonizado, para alcanzar el éxito en las campañas. Por ello, los estudios orientales y africanistas conocieron un gran avance, no siempre exento de una visión tendenciosa, como era de esperar.

Por lo demás, la idea del nacionalismo y la supremacía cristiana cobran un auge nuevo. En este contexto, el ideal de las cruzadas tomaría un nuevo impulso, en boca, por ejemplo, del escritor apologista cristiano Chateaubriand (1768-1848), que magnificó este concepto en su “Viaje de París a Jerusalén y de Jerusalén a París”. Así se expresaba éste último en “Memorias de Ultratumba”:

“Más vale mil veces para los pueblos la dominación de la Cruz de Constantinopla que la del Creciente. Todos los elementos de la moral y de la sociedad política son en el fondo cristianismo, todos los gérmenes de la destrucción social están en la religión de Mahoma”.

Hubo un retroceso en cuanto al acercamiento hacia el Islam, y surgió nuevamente la idea de enfrentar el Islam contra el cristianismo. Esto fue patente entre los británicos del Imperio, y un nuevo espíritu evangelista surgió con fuerza. No sólo los misionarios, sino también funcionarios se vieron imbuidos de este nuevo espíritu evangelista. Uno de ellos, el escocés William Muir, había publicado un artículo llamado “la controversia islámica”, en el que afirmaba que el Islam,

“es el único adversario franco y peligroso del cristianismo… un enemigo activo y potente…”

Cierto que este ansia de dominación se entremezclaban elementos de fascinación por lo oriental, como veremos que sucedió con las corrientes del Romanticismo. Hípolito de Villeuneuve, miembro de la Academia Real de Ciencias, Bellas Artes y Letras de Marsella, hizo la siguiente alocución ante el embarque del poeta Lamartine hacia el Levante:

“Oriente, tierra de potentes recuerdos, cuna del mundo, fuente de divinas creencias, Occidente te quiere poseer; vamos a conquistarte, deseamos poder llevarte libremente nuestros honores, como hijos píos que arden por honorar y glorificar a sus madres.”

Los primeros orientalistas y arabistas. El racismo

Por otra parte, surge el primer intento serio de conocimiento de lo que se llamó Oriente, dentro de lo cual estaba situado el mundo árabe, en la figura de Silsvestre de Sacy, profesor de árabe a finales del s.XVIII en la recién creada Escuela de Lenguas Orientales Vivas de Francia, de la que llegó a ser director. De Sacy, escribió una crestomatía árabe en tres volúmenes y acordó gran importancia a la poesía y otros aspectos de la cultura árabe, que conocía en profundidad. Dejó una gran impronta en los posteriores estudiosos alemanes, franceses, noruegos, suecos y españoles.

Pero su alumno más destacado fue el influyente arabista francés Ernest Renan (1823-1892), a quien debemos algunos de los pasajes más racistas de la historia del arabismo y el orientalismo. Era un apologista de la raza y la identidad aria y, desde su gran erudición y conocimiento del método científico, denigró los pueblos semitas, tachándolos de simples e infantiles, entre otras cosas. Fue un gran precursor del ideario nazi.

Estas son algunas de sus declaraciones:

“El Islam es la más completa negación de Europa. El Islam es el desdén por la ciencia, la supresión de la sociedad civil, es la espantosa simplicidad del espíritu semítico, encogiendo el cerebro humano, cerrándolo a toda idea delicada, a todo sentimiento fino, a toda búsqueda racional, para ponerlo frente a una eterna tautología: Dios es Dios”. Para Renan, judíos y musulmanes no tenía cabida en este mundo, pues.

Como fue el primero en señalar de forma seria y rigurosa, no exenta de polémica, el profesor de literatura inglesa y comparada en la Universidad de Columbia, de origen palestino, Edward Said, en su célebre y riguroso ensayo “Orientalismo“, de 1978, en cierta medida, la identidad europea se fraguó al ensalzarse a sí misma en detrimento de Oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí misma.

En este sentido son también en extremo chocantes las aseveraciones del poeta francés Gérard de Nerval (1808-1855), en su “Viaje a Oriente”:

“El árabe es el perro que muerde cuando se retrocede, y que viene a lamer la mano levantada sobre él. Al recibir un golpe, ignora si, en el fondo, no tiene usted derecho a dárselo”.

El Islam como acicate para el cristianismo

Del siglo anterior, el XVIII, también se arrastró la idea del Islam como religión natural que se adaptaba mejor a las necesidades y a la razón humana -concepto éste clásico de la Ilustración-, y en esa medida se revelaba útil como estímulo para la cristiandad rígida y extraviada. En esa época la religión, en general, ya fuera cristiana u otra, fue seriamente replanteada. De hecho, se la acusaba de estar al servicio de la política y las autoridades eclesiásticas y de haberse corrompido, en especial al cristianismo.

A menudo se ensalzó el Islam para azuzar y criticar el cristianismo, lo que no significaba que se lo reconociera, ni mucho menos.

En este sentido resulta clarificadora la postura de Voltaire en su “Ensayo sobre las costumbres”:

“Agarrémonos siempre a esta verdad histórica: el legislador de los musulmanes, hombre potente y terrible, estableció sus dogmas por su coraje y sus armas; sin embargo, su religión se convirtió en indulgente y tolerante. El institutor divino del cristianismo, viviendo en la humildad y la paz, predicó el perdón de los ultrajes, y sin embargo su santa y dulce religión se ha convertido, para mi ira, en la más intolerante de todas, la más bárbara.” En otro párrafo decía “Por lo menos Mahoma ha escrito y combatido; y Jesús no supo ni escribir ni defenderse”. Lo que no deja de sorprender, habida cuenta de que Muhammad, y es cosa sabida de todos, era iletrado.

La teoría del Islam como acicate para reavivar el cristianismo era la de no pocos estudiosos del siglo XIX, como F.D Maurice, teólogo de la iglesia anglicana (1805):

“La Edad Media se preocupó más de Mahoma, de lo que hubiera primero imaginado hasta que después lo hubiera meditado. No habría ninguna creencia en Cristo, si no hubiera habido esta afirmación firme de la existencia de un Dios absoluto (en el Islam)”.

Charles Foster (1822), por su parte, escribió un libro llamado “Mahometism Unveiled” (algo así como Mahometismo al descubierto), en que el afirmaba que, aunque Mahoma era el enemigo de Dios, al combatir la idolatría, las herejías cristianas y el judaísmo, el Islam podía “indirectamente modelar el curso de la cosas, empujándolas hacia el Cristianismo”.

El romanticismo

Por otra parte, en la primera mitad del siglo XIX surgirían en Alemania, para extenderse rápidamente a Francia, Inglaterra, España y otros países de Europa, las tendencias del Romanticismo, contrario al racionalismo propio de la Ilustración y el Racionalismo. Preconizaba la supremacía de la intuición y el sentimiento frente a la razón, pero también era contrario al despotismo y estaba abierto a la estética y lo diferente.

En ese sentido, se volcará con Oriente y el Islam, pero siempre desde una perspectiva de exotismo. La sensualidad, el color y el lujo decadente impregnaron los relatos y pinturas de Delacroix, Ingres, Robert Davids, Hugo, Lamartine, Irving, Byron, Richard. F. Burton o Domingo Badía.

La belleza y lo ambiguo forman parte del ideario romántico, y también lo culturalmente extraño. Este sentimiento ya se había invadido la Europa del siglo XVIII en relación con la literatura árabe, con la publicaciónen París, en 1704, de los Cuentos de las Mil y una Noches, traducidos por Antoine Galland. Aquellos cuentos fascinaron a propios y extraños y alimentaron el subconsciente colectivo, produciendo una gran admiración:

“Hay que ver cómo los árabes superan a las demás naciones en este tipo de composiciones”, decía Galland, o bien, “género literario en el cual no se ha visto nada tan bello hasta la fecha, en ningún idioma”.

Pero tal vez, donde el Romanticismo hizo un mayor esfuerzo de integración de Oriente en Occidente como complemento cultural indispensable, fue en Alemania, donde ya en el siglo XVIII, los filósofos idealistas Herder y Hegel se habían ocupado de la cuestión.

Para Herder (1744-1803) el Islam era el espíritu mismo de los árabes, pueblo solitario, romántico y libre donde los haya. Herder trató de probar que la valía de la humanidad no estaba en función de la preponderancia de una cultura única y dominante, sino de una rica diversidad. A este propósito diría en sus “Reflexiones sobre la filosofía y la historia de la humanidad”:

“…una Europa unida que se erigiría en déspota y obligaría a todas las naciones del mundo a ser felices a su manera… una idea tan orgullosa, ¿no representa una traición hacia la majestad de la naturaleza?”.

A su vez, el filósofo idealista Hegel (1770-1831), expresó su admiración por los musulmanes, empujados por su entusiasmo y valor. En efecto, este filósofo también trató como su predecesor, Herder, de dar un sentido completo y único a la Humanidad. Para él, todas las manifestaciones de este mundo eran las expresiones de un mismo Espíritu Universal que busca definir lo que es potencialmente. Por ello, Hegel fue un gran admirador de la doctrina unitaria del Islam:

“…el principio de la pura unicidad: no existe nada más, nada puede ser fijado. Solamente el culto a lo Único permite la unidad de todo”.

No obstante, Hegel termina por anunciar que de aquello no quedaba ya nada (no le faltaba del todo razón):

“El Islam ha dejado desde hace tiempo la escena de la Historia, y se ha refugiado en la calma y el reposo orientales.”

Pero fue sin duda el poeta y pensador alemán Goethe (1749-1832), quien, en su famoso “Diwan de Oriente y Occidente”, dedicó más tinta a ensalzar no solamente el mundo árabe, sino sobre todo el propio Islam y el Corán.

“Es estúpido que todo el mundo esté alabando su opinión particular. Si el Islam significa sumisión a Dios, todos vivimos y morimos como musulmanes”.

“¿Es el Corán eterno? / No lo dudo./ Éste el es libro de los libros, / Lo creo más allá del deber de los musulmanes (de creerlo así)”.

LOS SIGLOS XX y XXI

Los tópicos y prejuicios vertidos hacia el Islam y los musulmanes en los siglos anteriores poco han cambiado hasta la actualidad, salvo el hecho de incorporar nuevos conceptos como: el Islam es incompatible con la democracia, y el Islam es sexista y discriminatorio en cuestiones de género.

Tal vez solamente un concepto haya cambiado sustancialmente.

Si ya desde la Edad Media y entre la cristiandad, y más tarde durante la Ilustración y el Romanticismo, se perpetuó la idea de un profeta, una religión y una cultura que incitaban a la lujuria y eran intrínsecamente sensuales, debido, entre otras cosas, a que el Corán incita a gozar de los placeres terrenales sin incluir la noción de pecado tan propia del cristianismo, hoy la percepción es diametralmente opuesta, y se considera el Islam y los musulmanes el colmo del puritanismo.

Y es que las mentalidades han cambiado a lo largo de los siglos. Y en Occidente, sin duda, a un ritmo diferente del mundo de mayoría musulmana, y ello, para bien, sin duda, pero también para mal. Esta asimetría en el cambio de mentalidades produce no pocos malentendidos y roces culturales.

La islamofobia ¿un mito?

No son pocos los que en Europa, desde la derecha más conservadora a la izquierda supuestamente más liberal, alegan que la islamofobia no es más que un mito y que, aceptando este concepto sólo se conseguirá coartar la libertad de expresión. Estos teóricos aducen que tienen todo el derecho de criticar y mofarse de cualquier religión, y que ello no significa atacar a sus practicantes, en este caso los musulmanes.

El problema es que, casualmente, el 90 por ciento de los musulmanes, practicantes o laicos (que los hay, y muchos), se sienten ofendidos y demonizados, en general, cuando se ataca al Islam.

Algunos intelectuales franceses, como Claude Imbert, miembro del Alto Consejo para la integración y miembro fundador del prestigioso semanario Le Point, no tiene empacho en declararse “ligeramente islamófobo”. Aunque eso sí, este autor insiste en el hecho de que no discrimina por ellos a los musulmanes, ni siquiera a los islamistas.

La cuestión es que esta distinción entre creencia y creyentes es muy sutil. El problema es que, en lugar de tratar a las personas por sí mismas, se las trata generalmente en base a una categoría, a su pertenencia a un grupo cultural o social determinado. Ese mecanismo que todos llevamos dentro está en la raíz misma de la discriminación.

Lamentablemente, la islamofobia es real como la vida misma, tan real como el racismo y el antisemitismo. ¿Es acaso un mito la quema de la mezquita de Oslo, la de Toulouse, la de Nancy, el atentado contra una mezquita en Córcega o el incendio de una “madrasa” en Ámsterdam? ¿No es islamofobia la creación de un vídeo, Fitna, insultante y burdo hasta la nausea? ¿Y la expulsión de los trabajadores musulmanes del aeropuerto de Charles de Gaulle en París?

Tras la profanación hace unos meses de las tumbas musulmanas en la ciudad francesa de Arras, el propio Nicolas Sarkozy en abril llamó a sus autores “profanadores imbéciles”. “No temamos las palabras”, declaró el Presidente de la República Francesa, “los actos aquí cometidos tienen un nombre: es la islamofobia que debemos combatir con la mayor severidad, del mismo modo que combatimos firmemente el racismo y el antisemitismo”.

Y para terminar, recordaré que la islamofobia no es una opción, es un delito castigado por el código penal, como nos lo recuerda Esteban Ibarra, de “Movimiento contra la Intolerancia”.

Los Think Tanks

Creo que a nadie medianamente bien informado se escapa hoy que gran parte de esta intoxicación, servida muchas veces en bandeja, desde luego, por los propios acontecimientos y el ejemplo que dan ciertos sectores que dicen actuar en nombre del Islam, proviene de los think tanks, o laboratorios de ideas políticas, estadounidenses neoconservadores y pro sionistas.

El propósito de estos gabinetes de relaciones internacionales es el de desacreditar al mundo de ámbito musulmán demonizando el Islam, para así legitimar las más violentas intervenciones. Se trata en realidad, de la misma ideología de las cruzadas o el colonialismo: dominar desde una ideología de lucro y superioridad de raza. La dominación secular de Occidente sobre Oriente.

En sus informes, estos think tanks y fundaciones dedicadas a las relaciones internacionales alegan que luchan por la democracia y la libertad, contra la amenaza terrorista y el totalitarismo, a favor de las mujeres y las libertades. Distinguen entre musulmanes buenos y musulmanes malos, y de esta última categoría no forman tan sólo parte los violentos, sino aquellos que no se amoldan exactamente a los cánones occidentales.

Y todo ello desde una visión siempre victimista: el terror contra la democracia y la libertad, ¿Qué habremos hecho para ser merecedores de este odio?

Algunos de los gabinetes más influyentes, todos estadounidenses, con una fuerte presencia judía de carácter pro sionista, son el Centro para la política y la Seguridad, del que forman parte algunos de los más altos cargos en defensa de la era Bush; la Fundación Heritage, la Jamestown Foundation, agencia creada por la CIA dedicada a escribir sobre el poscomunismo y el terrorismo y que nutre a los think tanks de Washington, la Foundation for the defense of Democraties, creada por millonarios estadounidenses sionistas a petición de Ariel Sharon, la NED (Fundación Estadounidense para la Democracia), la American Enterprise Institute, etc. Y en versión nacional, pero con mucho menos peso, es obvio, a escala internacional, la FAES, del Partido Popular, que entre sus publicaciones recomienda un libro bajo el título de “La futura yihad”, de Walid Phares, activo miembro fundador de la Foundation for the defense of Democraties, asesor de la Casa Blanca y acérrimo defensor de la idea del complot sirio hacia Líbano. También es asiduo de la FAES Steven Hayward, autor de un libro sobre el genio de Churchill y Reagan, y que pertenece a la muy conservadora American Enterprise Institute. Por otra parte no voy a abundar ahora en la declaraciones que hizo Aznar acerca de los ocho siglos de “invasión musulmana en España, y cómo fuimos capaces de vencerles”, por ejemplo.

La propia Hisri Ali, ex parlamentaria holandesa de origen somalí, alabada por izquierdas y derechas (la Comunidad de Madrid le dio un Premio a la Tolerancia) por su defensa a ultranza de los derechos de la mujer en el Islam (no hay que olvidar que su nefasta experiencia familiar y su orientación sexual hacen que odie al género masculino, sobre todo si es musulmán), trabaja hoy en un think tank conservador estadounidense llamado American Enterprise Institute, uno de los arquitectos de la política de la segunda legislación Bush. Ali por cierto esgrimió repetidas veces como argumento que le fue practicada la ablación “islámica”, cosa que ha sido negada por su familia, y acerca de la que se olvidó mencionar que sus vecinos cristianos de Etiopía, Sudán y otros países, también la ponen en práctica, a pesar de no ser musulmanes.

Otro de los más hábiles y virulentos islamófobos del momento es Robert Spencer, académico de teología y derecho islámico y director de JihadWatch. Para el autor del libro “El Yihadismo y el Corán”, está claro que el Corán tiene la culpa de todo. Spencer escribe habitualmente para el New York PostWashington TimesDallas Morning News, National Post, de Canadá, Middle East Quarterly, etc.

Jihad Watch tiene su sitio web, y en él además de artículos de Spencer, están recomendados algunos de sus libros: véanse los títulos: “La verdad sobre Muhammad, el fundador de la religión más intolerante”, o “Guía políticamente incorrecta. El Islam (o las cruzadas)”, aquí, ya en el colmo del cinismo ¡asocia a las cruzadas (no olvidemos que el nombre proviene de cruz) con el Islam!

El contenido, es de suponer, se remite no sólo a los hechos históricos o actuales puntuales, obviando todo el resto de la realidad del mundo musulmán, sino también a las fuentes, descontextualizando las azoras coránicas y la Sunna, para probar su violencia.

Esta es una de declaraciones de Spencer:

”¿Cómo podría ser el Corán el mein kampf — es decir, la inspiración y el libro guía, la fuerza motriz– del movimiento de la yihad, y haber aún así musulmanes pacíficos? (…) Hay disponibles online centenares de fotos de terroristas de la yihad blandiendo el Corán, a menudo junto con rifles y otras armas, y cualquier vistazo rápido a las declaraciones de yihadistas demuestra que están llenas de citas del Corán…”

Los títulos de los últimos artículos de Spencer son de por sí elocuentes: “La Yihadencubierta en Turquía”, “Rechazando el terrorismo, pero no la Yihad”, “Ocultando la situación de las mujeres musulmanas”… Por cierto que atacando sistemáticamente la situación de opresión de las mujeres musulmanas, sin prestarles voz, estos islamófobos no hacen sino perpetuar la situación de machismo y manipulación de género.

Según Spencer lo manifiesta constantemente, “no existe Islam pacífico ni musulmanes moderados”. Así de sencillo.

Entre los principales ideólogos mundiales de la islamofobia está también Daniel Pipes, medievalista y experto en Oriente Medio, cuyos artículos y editoriales se publican enWall Street JournalLos Angeles Times, el New York Post, y que aparece opinando en canales de televisión tan reputados como la BBC y Aljazeera.

Pipes ha sido nombrado por George W. Bush administrador del Instituto Estadounidense por la Paz, una de las organizaciones más influyentes de Estados Unidos, y es sin embargo el más fiel defensor de la supremacía occidental sobre Oriente Medio, a costa de las armas.

A él se deben conceptos de moda como los de «nuevo antisemitismo», «militantes del Islam» y «teoría medio oriental del complot», según la cual, los árabes, que se niegan a aceptar su incapacidad para resolver sus problemas, imaginan que son constantemente víctimas de complots occidentales.

La superioridad racial

No en balde, Pipes es hijo espiritual de Robert Strausz-Hupé, diplomático austriaco fallecido en el 2002, y visionario del nuevo orden mundial, que, en su manifiesto L’Équilibre de demain, expresa lo siguiente:

«El orden mundial que se perfila, ¿será el del imperio universal norteamericano? Deberá ser así, en la medida en que llevará el sello del espíritu norteamericano. El orden que se avecina constituirá la última etapa de una transición histórica y pondrá fin al período revolucionario de este siglo.

La misión del pueblo norteamericano consiste en eliminar a los Estados-naciones, conducir a sus pueblos enlutados hacia uniones más amplias y frenar, mediante su poderío, las fútiles intenciones de sabotear el nuevo orden mundial que sólo ofrecen a la humanidad una ideología corrompida y de fuerza bruta… Durante los cincuenta próximos años, el futuro pertenece a los Estados Unidos.

El imperio norteamericano y la humanidad no se verán enfrentados, sino serán dos nombres para un mismo orden universal bajo el signo de la paz y de la felicidad. Novus orbis terranum (Nuevo orden mundial)».

La libertad de prensa y el laicismo

Sin embargo, lo argumentos islamófobos se van agotando, y van quedando relegados al lenguaje típico neoconservador. Se hace pues necesaria una puesta al día. Ya no es sólo cosa de la derecha, hay que convencer también a la izquierda. Y, por ejemplo, ¿cómo? Muy sencillo: mediante el miedo también. Pero el miedo a la pérdida de libertad de expresión y la laicidad.

En esto es pionera, una vez más Francia, acérrima defensora, no sin mérito, de la República laica. El problema surge cuando el laicismo es usado como arma ideológica contra otras formas de pensar, y para colmo se pone en favor del choque de civilizaciones. No en balde los partidarios europeos de la administración Bush se han apoderado de ese concepto y lo han desviado.

Esto es lo que escribe, en un lúcido análisis, Cédric Housez, colaborador de la Red Voltaire.

“El laicismo es una forma de organización social en que la Ley es fruto del debate razonado del que se excluyen las convicciones de cada cual. Ese sistema garantiza a cada cual la libertad de conciencia (lo cual incluye el derecho a la apostasía y la blasfemia) y la paz civil para todos. Son escasos los Estados que proclaman ese modelo, por lo que Francia aparece como una excepción. Sin embargo, en este país el discurso político-mediático está atribuyendo al «laicismo» un sentido diferente. El caso «sobre» el velo islámico en Francia ha sido un elemento revelador de ello.

En aquel momento asistimos al desarrollo de un discurso que convierte el laicismo no en garantía de la coexistencia entre todos los ciudadanos, sea cual sea su religión, sino en un medio de castigar a un sector específico de la población, los musulmanes y, con ellos, a los franceses de origen árabe. La clase dirigente francesa se niega a compartir el poder económico y político con esa parte de la población. Fustigar el Islam es por consiguiente un medio de impedir que los franceses de ascendencia árabe se inserten en las más altas esferas.

Esos ataques se hacen más virulentos en la medida en que se asocian al discurso del «choque de civilizaciones». La «defensa del laicismo» se transformó así en la defensa de la supuesta identidad judeocristiana de Francia. Ese discurso presenta a los musulmanes como gente intrínsecamente hostil al laicismo y afirma que impedir la afirmación política de los musulmanes y la reafirmación de la identidad musulmana es el único medio de defender un laicismo ya manipulado.”

Lo mismo sucede con el miedo a la pérdida de la libertad de prensa, debate que surgió con una gran virulencia con ocasión de la aparición de las famosas “viñetas de Mahoma”. Hubo una feroz campaña entre una gran parte de los medios de comunicación europeos a favor de la libertad de prensa y la sátira. Se llegó a escribir el “Manifiesto de los Doce” en Francia, en el que una serie de intelectuales y “expertos”, como Hisri Ali, Bernard Henry Levy, Salman Rushdie, Carolina Fourest y no pocos autores de origen árabe advertían contra el oscurantismo de los movimientos islamistas “enemigos acérrimos de la laicidad”.

Siempre se ha ridiculizado la religión, se alegaba, y los musulmanes con sus presiones antidemocráticas no nos lo van a impedir. La libertad de prensa corre grave peligro, decían (se olvidaban sin duda que donde de verdad corre un grave peligro es en la mayoría del mundo de ámbito musulmán, donde sin embargo algunos medios tuvieron el valor de mostrar las imágenes a título informativo, con las consecuentes represalias posteriores).

De esta forma, a mi entender, estaban “entrando al trapo” de lo que en el fondo esta provocación perseguía: alimentar el fanatismo por un lado, para después crear una respuesta basada en el miedo a los recortes de las libertades. Ante la violencia de las respuestas por parte de algunos colectivos de musulmanes, numerosos medios de comunicación europeos reprodujeron las viñetas de la discordia con el pretexto de solidarizarse con el Jilland Posten. Pero gran parte de ellos lo hacía sumándose manifiestamente a la humillación, blandiendo para ello la bandera de la libertad de prensa.

Nadie pareció recordar que con chistes y viñetas satíricas comenzaron los nacionalsocialistas a demonizar a los judíos, y más tarde, que la propia Europa hizo lo mismo para castigar a Alemania y Austria, con las consecuencias que todos conocemos.

Algunos medios con una visión más equilibrada y distante del asunto, reprodujeron también los dibujos satíricos de la discordia, como sucedió en España con El País y elPeriódico de Cataluña. Sin embargo no pasó nada, nadie salió por ello a la calle. Una cosa es informar, y otra provocar intencionadamente. Tampoco olvidemos que fueron muchas las poblaciones árabes, como las del Magreb, que no se rajaron las vestiduras ni se manifestaron públicamente para expresar su descontento.

Por cierto que, puestos a hablar de libertad de prensa y de censura, no es precisamente Estados Unidos un ejemplo de ello. Recientemente, una empresa estadounidense se vio obligada a retirar un anuncio de dunkin’ donuts porque en la foto aparecía la estrella televisiva Rachael Ray vestida con un pañuelo que se asemejaba a la tradicional “kufiya” palestina.

La presión de los neoconservadores fue muy fuerte. Ante esta reacción, el periodista israelí Gershom Goremberg dio esta ingeniosa respuesta:

“En este caso Pipes, Michelle Malkin, Geller y demás deberían de tener cuidado: las palabras alcohol, álgebra y algoritmo son árabes. Son la prueba de que existe un nefasto complot islámico para destruir la sociedad occidental. Si las palabras 43% de alcohol aparece en tu botella de whiskey, es la prueba de que al-Qaeda ha conquistado Escocia. Si tu hijo estudia álgebra, significa que su escuela se va a convertir en unamadraza. Todos los programas de ordenadores son parte de una cyber guerra, porque usan algoritmos. No sólo debes de estar asustado. Si eres un patriota de verdad, debes de estar aterrorizado”.

El miedo a la pérdida de identidad y a la amenaza terrorista

El miedo a la pérdida de identidad, el miedo en general, esa es la gran herramienta para alimentar las fobias de la actualidad, y quienes la manejan políticamente saben muy bien lo que hacen. Europa teme hoy más que nunca las invasiones migratorias, el crecimiento demográfico extranjero, el ingreso de Turquía en la UE.

Ello, naturalmente, es consecuencia de la regresión económica, y se empezó a agudizar hace unos años, cuando el desempleo y las dificultades económicas aumentaron en algunos países como Holanda y Francia, tradicionalmente países de acogida y con una larga trayectoria multicultural.

Pero Europa también teme las imposiciones culturales, el recorte de las libertades, la falta de libertad de expresión. Y, por supuesto, y es lo peor, teme la amenaza terrorista desde el 2001. Todos estos argumentos son pasto más que favorable para azuzar la xenofobia, en especial desde la derecha más conservadora.

No son pocas las voces en Europa que se hacen eco del peligro de una pérdida de identidad. Recordad las medidas propuestas recientemente por el PP para la integración de los inmigrantes: las credenciales que se pedían, y de manera particular a los musulmanes: la firma de un contrato en el que se comprometían a acatar las buenas costumbres españolas y demás. ¡Cómo si no fueran suficientes la ley y la constitución, que son las mismas para todos!

Entre las personas que advierten contra esta amenaza cultural, están algunas tan autorizadas como Giovanni Sartori, el especialista italiano en ciencias políticas, supuestamente de izquierdas y Premio Príncipe de Asturias. Sartori es un acérrimo enemigo del multiculturalismo.

En una intervención en 2007 en Salamanca, afirmó que:

“Mientras los iberoamericanos son culturalmente muy cercanos a sociedades como España, los islámicos se presentan como una sociedad casi antagonista”. Explicó que: “la democracia europea se basa en la primacía de la voluntad del pueblo, y ellos proceden de una sociedad en la que todo gira en torno a la voluntad de Alá; una sociedad profundamente teocéntrica”.

Qué poco conoce el Sr. Sartori, como la mayoría de los que hablan con tanta ligereza, el mundo arabo musulmán y sus enormes diferencias y particularidades culturales y sociales. ¿Son acaso Siria, Iraq, Argelia, Jordania, Palestina, Líbano, Estados teocráticos y teocéntricos?

El profesor de filosofía francés Robert Redeker provocó hace un par de años una encendida polémica por unas declaraciones en Le Figaro en que tachaba a los musulmanes de fanáticos y violentos. Naturalmente, se desató la más virulenta campaña contra él, llegándosele a amenazar de muerte, con lo que en apariencia se le estaba dando la razón.

En el artículo elocuentemente titulado “Frente a las intimidaciones islamistas, ¿qué debe hacer el mundo libre?” está presente, una vez más, esa visión del Islam y su Profeta como adalides del odio que legitima la violencia:

“Ninguna de las faltas de la Iglesia hunde sus raíces en el Evangelio. Jesús es la no violencia (…) En cambio, el recurso a Mahoma, refuerza el odio y la violencia. Jesús es un maestro del amor, Mahoma, un maestro del odio (…). Odio y violencia habitan el libro en el cual es educado todo musulmán: el Corán”.

Nada más mezquino, desde mi punto de vista que recurrir a las Escrituras de un pueblo, muchas veces sin el mínimo conocimiento de base, y otras sin el mínimo afán de acercamiento lingüístico, histórico o antropológico.

Porque, puestos en esa tesitura, también se podría blandir en mano el Antiguo Testamento, para justificar la ira sionista o los atentados del Ira:

“El Señor tu Dios te librará estas naciones y arrojará sobre ellas un gran pánico hasta que sean exterminadas. Librará a sus reyes entre tus manos, harás desaparecer su nombre de bajo el cielo, ninguno permanecerá ante ti, hasta que los hayas exterminado (Deuteronomio 7, 23-24).

O aún:

“El jefe de la mujer es el hombre (…). Si la mujer no viste el velo, que se haga rapar. (…). El varón, él, no debe cubrirse la cabeza: está hecho a imagen de la gloria de Dios; pero la mujer está hecha a la gloria del hombre. (…) Y el hombre no ha sido creado para la mujer, sino la mujer para el hombre. He aquí por qué la mujer debe llevar sobre la cabeza el signo de su dependencia”. San Pablo, en su primera epístola a los Corintios.

Pero no se para ahí la cosa, recordad cuando Marta Ferrusola, la esposa del Sr. Pujol, ex Presidente de la Generalitat Catalana, declaró que temía que las iglesias españolas se convirtieran en mezquitas, o cuando, hace unos meses, se manifestaban unos vecinos en Madrid frente a la sede de Casa Árabe, una institución no se puede más laica y moderna, ¡oponiéndose a la construcción de una hipotética mezquita!

Y así, la lista es larga. Brigitte Bardot, la mítica sex symbol de los sesenta, conocida en Francia por su loable campaña a favor de los derechos de los animales, pero también por sus afinidades con el Front Populaire de Le Pen, tiene varios procesos pendientes por islamofobia e incitación al odio. Recientemente, le escribía una carta a Sarkozy protestando contra los sacrificios de los corderos por la fiesta musulmana de Aid el Kebir, en la que terminaba diciendo:

“Ya está bien de que nos tome el pelo toda esta población que nos destruye, destruye nuestros país, imponiendo sus actos”.

Una clara muestra de este miedo a la pérdida de identidad. La misma que demostraba nada menos que el Ministro Delegado de la enseñanza francés Xavier Darcos, cuando dijo hace unos años en pleno asunto del velo en la escuela:

“Cuando no se ama la República Francesa, se va uno a otra parte”. ¡Estaba olvidando que se dirigía a musulmanas francesas desde hacía tres generaciones!

Un semanario tan serio como l’Express, no dudó en declarar recientemente una serie de “Estrategias para ahogar la Repúbllica”, denunciando el “Protocolo de Sión musulmán”.

Y es que el problema no se plantea tanto cuando la islamofobia es tan burda y evidente como la promovida por Oriana Fallaci cuando afirmaba que los musulmanes se reproducen como ratas, o cuando la agita la Libertad Digital, o cuando se edita un vídeo tan estúpido como Fitna, del parlamentario holandés Geert Wilders. El problema surge, en mi opinión, cuando son intelectuales y personas respetadas quienes se sirven de sus supuestos conocimientos para pontificar y causar desazón.

Así lo hace, por ejemplo, el especialista en pensamiento político Antonio Elorza, con bastante bagaje intelectual, quien tampoco escatima esfuerzos a la hora de azuzar el miedo a la amenaza terrorista. Su última obra lo deja bien claro: “Umma, el integrismo en el Islam”. El título en sí ya desacredita en mi opinión el libro. Sólo en el enunciado está jugando peligrosamente con un concepto clásico en el Islam, el de Umma, o comunidad de creyentes, amalgamándola en su totalidad con el integrismo.

En un artículo publicado hace un par de meses en El País, Elorza arremete contra Turquía y lo que él llama la Operación Hadith, es decir, un estudio encabezado por una comisión de expertos sobre la Sunna o compilación de “hadices”, tradiciones atribuidas al Profeta del Islam, que forman parte del cuerpo dogmático de la Sharía.

Según el autor, este estudio llevaría a revisar y replantearse ciertas tradiciones de corte reaccionario que no han sido realmente avaladas por la ciencia de transmisión histórica, o que han sido contestadas. Esto puede ser sumamente positivo en una sociedad que aún no ha sabido hacer una relectura contemporánea y libre de las fuentes. La cuestión es que Elorza, al final, duda de la intención de este esfuerzo reformista, y lo achaca a una estrategia de retroceso:

“Lo que se presenta como modernización puede no ser otra cosa que un intento de introducir en una sociedad moderna contenidos islámicos tradicionales”.

Elorza, como tantos otros, lanza duras críticas al gobierno de Turquía, puede que de corte demasiado conservador para su gusto, anticipándose a los resultados y, lo que es peor, sin tener en cuenta la tiranía laicista que gobierna el país desde hace décadas. Antonio Elorza, como tantos otros, se cree con autoridad moral e intelectual para dictar en qué debe consistir la modernidad.

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