Exponiendo Las Herejías de la Iglesia Católica: La Adoración a María


Exponiendo Las Herejías de la Iglesia Católica: La Adoración a María

Por John MacArthur

Después de su visión profética de las glorias eternas del cielo al final del libro de Apocalipsis, el apóstol Juan describió cómo se sintió abrumado por lo que había visto.

  • Y cuando oí y vi, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostró estas cosas. Y me dijo: No hagas eso; yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos los profetas y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.” (Ap. 22 :8-9)

La Iglesia Católica Romana ha cometido el mismo error que Juan, la promoción de un simple ciudadano de los cielos a un lugar impropio de autoridad y honor. A pesar del abrumador testimonio de la Escritura, la Iglesia católica ha elevado a María, —que se describe a sí misma sierva del Señor (Luc. 1:38)—, al mismo nivel que Dios, si no es que superior.

En su Ineffabilis Deus, en 1854, el Papa Pío IX estableció como dogma la inmaculada concepción de María, que la preservó del pecado original heredado. Sus declaraciones finales proporcionan un buen resumen de la visión católica de María.

Que todos los hijos de la Iglesia católica, que son muy amados para nosotros, escuchad estas palabras de nosotros. Con un celo aún más ardiente por la piedad, la religión y el amor, vamos a continuar venerando, invocando y rezando a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, concebida sin pecado original. Dejemos volar con absoluta confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, dificultades, necesidades, dudas y temores. Bajo su guía, bajo su patronato, bajo su bondad y protección, no hay nada que temer, nada es imposible. Porque, sin dejar de tener con nosotros un afecto verdaderamente maternal y teniendo ella a su cargo la obra de nuestra salvación, ella es solícita sobre todo el género humano. Y ya que ha sido designada por Dios para ser la Reina del cielo y de la tierra, y es exaltada sobre todos los coros de los ángeles y de los santos, e incluso está a la diestra de su Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor, ella presenta nuestras peticiones de una manera más eficaz. Lo que ella pide, ella lo obtiene. Sus súplicas nunca pueden ser no escuchadas.

Esas palabras son repetidas y ampliadas en toda la historia del catolicismo romano. La tradición dicta que María es parte de la monarquía de los cielos, pidiendo gracia y misericordia del Señor en nombre de los pecadores, y que cubre el pecado mediante la distribución de su Tesoro de Mérito. Ella se convirtió en una co-redentora con Cristo en Su sufrimiento en la cruz, y ahora es una co-mediadora junto a Él en el cielo —esencialmente una vía alternativa de acceso a Dios. Ella reemplaza el Espíritu Santo en otorgar ayuda y consuelo a los creyentes. En efecto, ella se convierte en un miembro más de la Trinidad.

Esa blasfemia está en marcado contraste con lo que la Biblia realmente dice sobre María, e incluso lo que ella dice de sí misma. Luc. 1:46-55 registra su reacción humilde ante la noticia de que ella dará a luz al Hijo de Dios.

“Entonces María dijo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada. Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; y santo es su nombre. Y DE GENERACION EN GENERACION ES SU MISERICORDIA PARA LOS QUE LE TEMEN. Ha hecho proezas con su brazo; ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Ha quitado a los poderosos de sus tronos; y ha exaltado a los humildes; A LOS HAMBRIENTOS HA COLMADO DE BIENES y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Ha ayudado a Israel, su siervo, para recuerdo de su misericordia tal como dijo a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.”

El Dios que ella alabo, —el Dios de la Biblia— no necesita que lo convenzan o corteje para distribuir Sus bendiciones. Él no es duro, distante o indiferente –El es bondadoso, justo y misericordioso. En vez de glorificarse a sí misma, ella humildemente adoro al Señor.

La Escritura en realidad tiene muy poco que decir acerca de María. No hay una descripción de su aspecto físico, nada sobre su vida, sus últimos años después de la muerte de Cristo, o su propia muerte y sepultura. Y cuando ella aparece brevemente con los discípulos y los otros creyentes en el día de Pentecostés, ella no es un objeto de culto o incluso una líder en la iglesia primitiva, ella es sólo una entre muchas. Simplemente no hay ejemplos bíblicos de alguien que alguna vez este orando a ella, honrándola, o venerándola.

Tampoco ella juega un papel en cualquier explicación bíblica del evangelio. Pablo escribió un tratado magnífico sobre la doctrina de la salvación que nosotros conocemos como el libro de Romanos, y todo lo que dijo acerca de la madre de Jesús es que ella era “un descendiente de David” (Ro. 1:3). Es todavía menos específico en Gálatas, otra larga exposición del evangelio puro, verdadero en el cual se limitó a decir que Cristo fue “nacido de mujer” (Gál. 4:4).

Esto contrasta con los volúmenes interminables católicos sobre la vida de María, los milagros de María, la muerte de María, las apariciones de María, y más y así sucesivamente. Es por eso que a menudo es un choque para los católicos leer la Biblia y ver lo poco que realmente se dice acerca de María.

Pero eso es lo que sucede cuando se eleva la tradición al nivel de la Escritura y atribuyen a los hombres las características infalibles que sólo pertenecen a Dios. Esto deforma la verdad de la Escritura y distorsiona la persona y obra de Jesucristo.

Sólo Dios es nuestro Redentor, nuestro Libertador, nuestro Benefactor y nuestro Consolador. Sólo El debe ser adorado, venerado, adorado, y solicitado. El testimonio de la Escritura es claro.

Reuníos y venid; juntos acercaos, fugitivos de las naciones. No tienen conocimiento los que llevan su ídolo de madera y suplican a un dios que no puede salvar. Declarad y presentad vuestro caso; sí, que deliberen juntos: ¿Quién ha anunciado esto desde la antiguedad y lo ha declarado desde entonces? ¿No soy yo, el SEÑOR? No hay más Dios que yo, un Dios justo y salvador; no hay ninguno fuera de mí. Volveos a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay ningún otro. (Is. 45:20-22)


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Cual fue el significado para los primeros cristianos de la resurrección de Jesús ?


Cual fue el significado para los primeros cristianos de la resurrección de Jesús ?

Autor:Paulo Arieu

Introducción:

La resurrección de Jesús tuvo lugar al tercer día de ser ejecutado y no fue algo que se produjo en las mentes de sus seguidores. Pero ¿Qué es lo que significaba, pues, para los primeros cristianos,el hecho de que Jesús resucitó de entre los muertos?

Algunas cosas fundamentales

Sin eludir las difículades de este tema, bien creo que podemos firmar algunas cosas fundamentales.

a) Primera: El pueblo de Israel tenía un concepto especial de Dios. Yahvé era para ellos el Dios único, al que rezaban, hacían sus sacrificios y del que esperaban cambiara su suerte; era cognoscible y misterioso a la vez; actuaba en el mundo, era el Creador y era apasionado por su pueblo. Yahvé era el Dios Creador, que da y quita la vida, que enfrentaba al mundo pagano y notificaba que sólo él era legítimo dueño y señor de todo.

De este Dios, que estaba en el núcleo de su vida, Israel esperaba la liberación, sin que supieran demasiado cómo iba a ser y cómo ellos debían comportarse ante ella. En ese contexto, la resurrección de Jesús daba a conocer a un Dios distinto. Precisamente en la resurrección de Jesús se cumplía la esperanza de Israel.

A ese Jesús, ejecutado como pretendiente mesiánico, como rey de los judíos”, el Dios de Israel lo acreditaba mediante un acto vivificador como Mesías e “hijo” suyo. El Dios de Israel cumplía así su promesa. En el mundo judío, ser “hijo de Dios” se aplicaba a Israel como un todo o al Mesías que esperaban.

En el mundo pagano, “hijo de dios” se refería a personajes semidioses, héroes, etc. Los emperadores romanos eran “hijos de dios”. Augusto Tiberio César era hijo del divino Augusto. Tal acontecimiento provocaba, obviamente, revuelo e iba a hacer inevitable el enfrentamiento. El Dios de Israel era puesto en tela de juicio por otros dioses poderosos de los babilonios, griegos y romanos. Volvía la novedosa y revolucionaria noticia de la resurrección. Muchos paisanos judíos no podían o no querían aceptarla:

“Afirmar a Jesús resucitado en el sentido de “Mesías” era lo más profundamente judío que los cristianos podían hacer “ ( N.T. Wright, La resurrección del Hijo de Dios, VD, 2008, pg. 885).

Los fariseos y los saduceos (jerarquía oficial de Israel ) estaban horrorizados ante las palabras de Saulo el Tarso: “que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos,” (Ro 1:4 RV 1960). La muerte como enemigo, que había degradado el orden de la creación , no se podía permitir que se saliera con la suya, que se llevara los cuerpos humanos y dejara las almas humanas para el Creador. Jesús, representante del Dios Creador, llevaba a cabo esta tarea: librar al mundo del mal y, en última instancia, de la muerte.

La crucifixión de Jesús, seguida de la resurrección, era una victoria y no una derrota. En Jesús de Nazaret, Dios había derrotado a la muerte. Aparece, pues, clara la creencia que los primeros cristianos tenían y que a nosotros transmitieron: “ Jesús es el Mesías de Israel. En El, el plan de la alianza de Dios, de encargarse del pecado y de la muerte que tan radicalmente han infectado este mundo, ha alcanzado su cumplimiento decisivo y largamente esperado” (N.V. Wright, Idem, pg, 886).

b) Segunda: Llamar a Jesús “hijo de Dios” era lanzar al mundo una reivindicación universal, que sobrepasaba todo particularismo, toda secta y que se negaba a abandonar el mundo en manos de los principados y las potestades. El Mesías era el Señor, el kyrios. El anuncio de este acontecimiento sonaba como un ataque más o menos directo al Cesar de Roma: el Mesías de Israel era considerado por los cristianos como el verdadero monarca de los gentiles también. El símbolo del pez, ICHTHYS, expresado en griego, era un símbolo antiimperial, que devolvía el mundo a quien correspondía: al Dios Creador.

El espacio del dominio del mal, del pecado y del imperio ha sido rescatado por la resurrección corporal de Jesús. Dentro del imperio, los cristianos, fieles al kyrios, se constituían como células rebeldes: “La muerte es el arma definitiva del tirano; la resurrección no establece una alianza con la muerte, la derroca. La resurrección, en su pleno sentido judío y paleocristiano, es la afirmación definitiva de que la creación importa, de que los seres humanos corpóreos importan. Esta es la razón por la que la resurrección ha tenido siempre un significado inevitablemente político; esa es la razón por la que los saduceos en el siglo I, y la Ilustración en nuestros días, se han opuesto tan enérgicamente a ella.

Ningún tirano se ve amenazado porque Jesús se vaya al cielo, dejando su cuerpo en una tumba. Ningún gobierno afronta la auténtica exigencia cristiana cuando la predicación de la Iglesia intenta basarse en la enseñanza de Jesús, desvinculada del hecho fundamental y dinamizador de la resurrección de Jesús (o cuando, en realidad, la resurrección se afirma simplemente como un ejemplo de “final feliz” sobrenatural que garantiza una bienaventuranza post mortem” (N.T. Wright, Idem, p. 889).

c) Tercera. Si existe ese Dios verdadero, ¿qué se puede decir de El a partir del momento de la resurrección? Sencillamente que la realidad de Dios (no la del dios César y de los demás tiranos) se encarna y revela en Jesús de Nazaret. Los pasajes en que Pablo habla de Jesús como “hijo de Dios” (Ro. 5:10; 8:14-17:29.32) tienen el sentido de que Jesús es el enviado por Dios, desde Dios, no sólo como mensajero, sino como encarnación misma de su amor: El Evangelio de Dios relativo a su hijo, nacido del linaje de David según la carne y señalado como hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de los muertos, Jesús el Mesías, nuestro Señor…” (Rom 1:1,3 s).

La obra de Jesús hay que entenderla como obra del “hijo de Dios”, así lo declara la resurrección. Jesús vino a nosotros, en la carne, no fue incorpóreo (Filón), sino que fue muerto en la carne ; muerto y enterrado, y resucitado tres días después. Este es el anuncio público: Jesús, hijo, encarna y revela a Dios. La fe en el poder resucitador de Dios es la alternativa a la idolatría.

Quedaba así inaugurada una nueva era: el Espíritu divino de Jesús creaba una familia nueva, universal, integradora de todas las razas y pueblos. “No es de extrañar que los Herodes, los Césares y los saduceos de este mundo, tanto antiguo como moderno, estuvieran y estén deseos de excluir toda posibilidad de resurrección real. Después de todo, están haciendo valer una contraafirmación sobre el mundo real. Es el mundo real que los tiranos y los matones (incluidos los tiranos y matones intelectuales y culturales) intentan gobernar por la fuerza, para lo cual, sin embargo, descubren que han de acallar todos los rumores de resurrección, rumores que darían a entender que sus mejores armas , la muerte y la destrucción, no son, después de todo, omnipotentes. Pero, en el pensamiento judío, es el mundo real que el Dios verdadero hizo, y por el cual aún se lamenta. Es el mundo real que, en las primeras historias de la resurrección de Jesús, fue reclamado de manera decisiva y para siempre por ese acontecimiento, un acontecimiento que exigía ser entendido, no como un milagro extraño, sino como el comienzo de una nueva creación” (N.T. Wright, Idem, pg. 897).
¿Qué significa, pues, resucitar?
Lo del acabamiento de la vida es un momento propio de cada uno y, como tal, intransferible. A partir de ahí las cosas cambian profundamente. Paradójicamente, los cristianos creemos que el cambio no es tan radical, pues hay una continuidad entre el acá y el allá, la tierra y el cielo. Son vidas distintas pero con una cierta continuidad. Ningún humano puede evitar el interrogante de la muerte y de lo que tras ella puede venir. Es lógico que podamos preguntarnos: ¿qué sentido tiene la vida si nada queda de todo lo vivido?.
“Constatamos, escribe Leonardo Boff, que la muerte es la gran señora de todo lo que es creado e histórico, pues todo está sometido a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. La vida va gastando su capital energético hasta morir”. Y nos toca, como siempre, reaccionar y posicionarnos ante la muerte: la vida es un misterio, dentro del cual ella se erige con un orden superior de autorregulación y reproducción. Donde hay vida, hay energía, autorreproducción y se asegura así la autoconservación. Sin embargo, la vida, todas las formas de vida, tienen un límite: la muerte. ¿También la vida humana? Todos clamamos por una vida sin fin. Pero, los mecanismos de la muerte no hay quien los detenga. ¿Será por eso que la muerte es para el ser humano drama y angustia? ¿Será por eso que San Pablo gritaba: ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Y respondía: “Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor”.
Es sorprendente, dice de nuevo Leonardo Boff, pero en esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Este testimonia el hecho mayor de que alguien nos libró de la muerte. En alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior.
Jesús conoció e inauguró una sintropía (evolución) superior, en virtud de la cual su vida era un nuevo tipo de vida, no amenazada por la enfermedad ni por la muerte. Por eso, la resurrección no puede ser entendida como reanimación de un cadáver, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital, no sometido ya a la entropía: desgaste y acabamiento final. Con lo cual afirmamos que la vida se transfigura.
Es decir, en el proceso evolutivo la vida alcanzó tal densidad de realización que la muerte ya no logra penetrar en ella y hacer su obra devastadora. Y, de esta manera, la angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. En fín, el futuro se anticipa, queda abierto a un desenlace felíz y apunta hacia un tipo de vida más allá de este tipo de vida. ¡Has resucitado!. Y resucitar significa: Que Jesús, en la muerte y desde la muerte, entró en el ámbito mismo de la vida divina, realidad primera y última.
El Crucificado continúa siendo el mismo, junto a Dios, pero sin la limitación espacio-temporal de la forma terrenal. La muerte y la resurrección no borran la identidad de la persona sino que la conservan de una manera transfigurada, en una dimensión totalmente distinta. Para hacerlo pasar a esta forma de existencia distinta, Dios no necesita los restos mortales de la existencia terrena de Jesús. La resurrección queda vinculada a la identidad de la persona, no a los elementos de un cuerpo determinado.
Conclución:
Resucitar significa, pues,al menos tres cosas importantes:
a) Entrar a través de la muerte en el ámbito mismo de la vida de Dios. Nuestra fe nos asegura que el Dios del comienzo es también el Dios del final, que el Dios , Creador del mundo y del hombre, es también el que consuma a éstos en su plenitud.  Resucitar significa que la persona que muere, continúa, y el cuerpo se disuelve pero entra en una dimensión nueva. Hay continuidad y discontinuidad.
b) Sgnifica apostar, como Jesús, por la vida, por la justicia, por el amor, por la libertad, llegando incluso a soportar en esta lucha el vituperio del fracaso de este mundo, pero seguros de que la inocencia del Justo será reconocida y premiada por Dios. Dios tiene siempre la última palabra, no la iniquidad.
c) Significa que estamos ya, en una marcha hacia la plenitud de la vida, en lucha contra todo lo que bloquea, merma y mata la vida. El tiempo que se nos da no es para volverse pasivos, indolentes, excépticos, sino para trabajar, ahora, en el minuto a minuto, e ir haciendo que esta tierra sea cada vez más un cielo, el cielo de Dios. La resurrección de Jesús es la meta final, la anticipación de la plenitud que nos aguarda. Y esa plenitud no hay otra forma de hacerla más real y operativa que comprometerse con aquéllos que más vida, amor y libertad necesitan: los pobres.
Pregunta:
Cree ud. que Jesús resucitó de entre los muertos? Si ó no? Y porque.Espero su respuesta
Dios lo bendiga
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Sufrimiento del Siervo de Jehová


Sufrimiento del Siervo de Jehová

Autor: Paulo Arieu

  • ¿Descubrirás tú los secretos de Dios?
    ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?
    Es más alta que los cielos; ¿qué harás?
    Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás?
    Su dimensión es más extensa que la tierra,
    Y más ancha que el mar.
    Si él pasa, y aprisiona, y llama a juicio,
    ¿Quién podrá contrarrestarle? Job 11:7-10

jesus siervo

Introducción

Un opositor no puede tener nunca el carácter de Cristo, tal como lo expresa Isaías en el cap 53, el siervo sufriente. Representa en mayor medida a la figura de los fariseos. Éxito es hacer la voluntad de Dios en forma perfecta, aún cuando eso demanda sumisión, renuncia al “YO” y amar lo que no es digno de amar. El ministerio terrenal de Cristo estuvo marcado por la oposición y por el cumplimiento de la perfecta voluntad de Dios a la vez. El opositor es una persona que siempre necesita pelearse con alguien o tener un enemigo a quien destruir, porque para él, éxito no es alcanzar un sueño, sino aplastar a alguien, como citó el pastor Stamateas.

Jesucristo, el  “varón de dolores”

El tema teológico del Cristo que asume la personalidad del Siervo de Yavéh de los cuatro cánticos del profeta Isaías es tan antiguo como el propio origen del Cristianismo, puesto que Jesús anunciará su pasión utilizando, palabra por palabra, los términos que caracterizaban el sacrificio expiatorio del Siervo de Dios: viene para “servir”, “da su vida“, muere “como rescate” para provecho de la multitud (Mar. 10:45- ; Luc. 22:37; Is. 53:10-.).

También Jesús hace suya la misión del Siervo: señor manso, humilde de corazón (Mat. 11:29) que anuncia la salvación a los pobres (Luc. 4:18-), está en medio de sus discípulos “como el que sirve” (Luc. 22:27) y va hasta el extremo de las exigencias del amor en que se inspira este servicio (Jn. 13:1; 15:13) dando su vida por la redención de la multitud de los pecadores (Mar. 10:43-; Mat. 20:26 ss.).

La predicación apostólica aplicó a Jesús el título del Siervo para anunciar el misterio de su muerte (Hch. 3:1-3; 18:4, 27-.), fuente de bendición y luz para las naciones (Hch. 3:25 s.;26:23). Jesús Cordero inmolado injustamente como Siervo del profeta Isaías (Hch. 8:32), salvó a sus ovejas descarriadas, las llagas de su cuerpo curaron las almas de los pecadores (1 Pe. 2:21-25).

Características del Varón de Dolores en Isaías

El término “Varón de Dolores” procede de la traducción latina de la Biblia realizada por San Jerónimo donde se traduce “hombre” por “varón”. Este Varón, que recuerda al varón primigenio, al otro Adán, conoce según el profeta Isaías el sufrimiento bajo sus formas más tremendas, más escandalosas. Ejerció sobre él todos sus estragos, lo desfiguró, hasta el punto de no provocar ya ni siquiera compasión, sino horror y desprecio (Is. 52:14-, 53:3); no es en él un accidente, un momento trágico, sino su existencia cotidiana y su signo distintivo: “hombre de dolores” (53:3); parece no poder explicarse sino por una falta monstruosa y por un castigo ejemplar del Dios Santo (53:4). En realidad hay falta, y de proporciones increíbles; pero no precisamente en él: en nosotros, en todos nosotros (53:6). Él es inocente, lo cual es el colmo del escándalo.

Ahora bien, ahí está precisamente el misterio, “el logro del designio de Dios” (53:10). Inocente, “intercede por los pecadores” (53:12), ofreciendo a Dios no solo la súplica del corazón , sino “su propia vida en expiación” (53:10) dejándose confundir entre los pecadores (53:12) para tomar sobre sí sus faltas. De este modo el escándalo supremo se convierte en la maravilla inaudita, en la “revelación del brazo de Yavéh” (53:1). Todo el sufrimiento y todo el pecado del mundo se ha concentrado en él. Y por haber él cargado con ellos en la obediencia, obtiene para todos la paz y la curación (53:5) el fin de nuestros sufrimientos.

Jesús “varón de dolores” en el Nuevo Testamento

Jesús el hombre de dolores, en el que se encarna la misteriosa figura del siervo doliente, se muestra sensible a todo dolor humano; no puede ser testigo de un sufrimiento sin quedar profundamente conmovido, con una misericordia divina (Mat. 9:36; 14:14; 15:32). Las curaciones y las resurrecciones son signos de su misión mesiánica (Mat. 11:4; cf. Luc. 4:18 s.), preludios de la victoria definitiva. En los milagros realizados por los doce ve Jesús la derrota de Satán (Luc. 10:18). Cumple la profecía del Siervo “cargado con nuestras enfermedades” (Is. 53:4) curándolas todas (Mat. 8:12).

Sin embargo, Jesús no suprime en el mundo ni la muerte, que él ha venido, no obstante a “reducir a impotencia” (Heb. 3:14) ni el sufrimiento. Si bien se niega a establecer un nexo sistemático entre la enfermedad o el accidente y el pecado (Luc. 13:2-.:Jn. 9:3), deja, sin embargo que la maldición del Edén produzca sus frutos. Es que Él es capaz de cambiarlas en gozo.

Conclución

La tradición cristiana ha visto en Cristo al “hombre de dolores” al “cordero verdadero y su misión redentora se describe ampliamente en la catequesis bautismal que está implícita en la 1 Pedro, a la que hacen eco los escritos Joánicos y la Carta a los Hebreos. Frente al escándalo de la muerte ignominiosa de Jesús, la fe pascual busca en los Sagradas Escrituras el sentido que pueda tener Jesús, durante su vida terrestre, había interpretado, en forma velada, su suerte, valiéndose de la profecía del Siervo doliente y exaltado. La Iglesia primitiva da a su Señor el título de Siervo (Hch. 3:26; 4:25-30) y expresa el sentido de los acontecimientos pasados con palabras de Isaías (52:13- 53:12) “Jesús ha sido exaltado” (Hch. 2:33; 5:31), “Glorificado” (3:13). Otras apelaciones de sentido análogo al que asumió el título de Siervo es el de Justo Sufriente (Hch. 3:14).

El ministerio terrenal de Cristo estuvo marcado por la oposición y por el cumplimiento de la perfecta voluntad de Dios a la vez. Seamos imitadores de El, “El varón experimentado en quebrantos”

Dios le bendiga

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CONFIANZA TOTAL EN CRISTO


CONFIANZA TOTAL EN CRISTO

by David Wilkerson

Cuando hablo de confianza total en Cristo, me refiero no sólo confianza en Su poder para salvarnos, sino a la confianza en Su poder para guardarnos. Debemos confiar en que Su Espíritu hará nuestra vida conforme a la Suya, esto es, nos guardará en Cristo.

Hubo un tiempo en que eras extraño, estabas separado de Dios, haciendo malas obras. Entonces, ¿Qué buena obra hiciste para arreglar las cosas con Él? ¡Ninguna! Nadie jamás ha sido capaz de ser santo. Antes, somos llevados a la santidad de Cristo únicamente por la fe, aceptando lo que la Palabra de Dios dice: “Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe. 1:16).

Sí, Él quiere que tu caminar práctico y diario esté a la altura de tu caminar de fe. Pero el hecho es que tenemos que creer en Él incluso para eso. Debemos confiar en Su promesa de darnos el Espíritu Santo y Él nos conformará a la semejanza de Cristo en nuestro caminar diario.

  • “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe”. (Col. 1:21-23).

“Si …permanecéis …en la fe”. Por favor ten en cuenta que Jesús está diciendo: “Solamente sigue confiando en Mí, viviendo por la fe, y yo te presentaré limpio e impecable, santo ante el Padre” Esa es la obra santificadora del Espíritu Santo. Ningún cristiano es más santo que otro, porque no hay grados de santidad, sólo grados de madurez en Cristo. Tú puedes ser un bebé cristiano y aún así ser absolutamente santo en Jesús. Todos somos medidos por un estándar: la santidad de Cristo. Si estamos en Cristo, Su santidad es nuestra en igual medida.

Nunca más debes volver a mirar a otro líder cristiano o miembro de la iglesia y decir: “Oh, me gustaría ser tan santo como él es”. Puede que no tengas la vida de oración de esa persona, puede que cometas más errores que ella, pero esa persona no es más aceptada por el Padre que tú. ¡No debes compararte con nadie, porque nadie es más amado ante los ojos del Padre que tú!

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El crimen de Jesús el Galileo


El crimen de Jesús el Galileo

Autor: Paulo Arieu

Introducción

Dentro de pocos días, será celebrado en nuestros países latinos “semana santa”. Muchas ceremonias religiosas se harán en recuerdo de su muerte dolorosa en la cruz y su posterior resurrección. Recuerdo en mi adolecencia, haber realizado el viacrucis en alguna oportundidad alrededor de la plaza de mi ciudad, asi como ir especialmente ese domingo con mi madre a la misa llevando en nuestras manos algún ramo de olivo silvestre para que sea bendecido y asi ponerlo en la cabecera del crucifijo de la pieza de mis padres.

Cuantas ceremonias cargadas de simbolismo cristológico, pero vacías de la “sustancia” redentora y santificadora de nuestro Señor.

El juicio de Jesús

Jesús de Nazaret pasó por el juicio judío y el romano, fue azotado y sentenciado a muerte por crucifixión. La flagelación produjo laceraciones en forma de rayas y considerable pérdida de sangre, y probablemente contribuyó al shock hipovolémico, como se evidencia por el hecho de que Jesús estaba demasiado débil para cargar la cruz (patíbulum) hasta el Gólgota. En el lugar de la crucifixión, sus muñecas fueron clavadas al patíbulum, y, luego que el patíbulum fuera alzado hasta el poste (estípite), sus pies fueron clavados al estípite.

El mayor efecto patológico de la crucifixión era la interferencia con la respiración. Así la muerte resultaba básicamente de shock hipo-volémico y asfixia. La muerte de Jesús fue asegurada por una punzada de lanza en su costado. La interpretación médica moderna del evento histórico indica que Jesús estaba muerto cuando fue bajado de la cruz.

El sufrimiento redentor de Jesús

Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. El se hizo “Varón de dolores”(Is.53:3) [0] para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo eterno. Dios permitió que su Hijo amado, lleno de gracia y de verdad, viniese de un mundo de indescriptible gloria, a un mundo corrompido y manchado por el pecado, oscurecido con la sombra de la muerte y la maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la adoración de los ángeles, para sufrir vergüenza, insulto, humillación, odio y muerte. “El castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos” (Is. 53:5).

¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El Hijo inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El que había sido uno con Dios, sintió en su alma la terrible separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Esto arrancó de sus labios el angustioso clamor: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27: 46).

La carga del pecado, el conocimiento de su terrible enormidad y de la separación que causa entre el alma y Dios, quebrantó el corazón del Hijo de Dios. Pero este gran sacrificio no fue hecho a fin de crear amor en el corazón del Padre para con el hombre, ni para moverlo a salvar. ¡No, no! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito” (Jn. 3:16). No es que el Padre nos ame por causa de la gran propiciación, sino que proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual él pudo derramar su amor infinito sobre un mundo caído. “Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo” (2 Cor. 5:19). Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el corazón del Amor Infinito pagó el precio de nuestra redención.

Jesús decía:

  • “Por esto el Padre me ama, por cuanto yo pongo mi vida para volverla a tomar” (Jn. 10:17).

Es decir:

“De tal manera os amaba mi Padre, que aún me ama más porque he dado mi vida para redimiros. Por haberme hecho vuestro Sustituto y Fianza, por haber entregado mi vida y tomado vuestras responsabilidades, vuestras transgresiones, soy más caro a mi Padre; por mi sacrificio, Dios puede ser justo y, sin embargo, el justificador del que cree en Jesús”. [1]

La escena del crimen

El tema de la investigación está sustentado en la necesidad de presentar un estudio sobre la escena del crimen en el proceso de investigación de los hechos punibles y los niveles de aplicabilidad de las formas investigativas en el proceso penal. En el mismo se refieren los aspectos generales de la investigación se impone describir las normas esenciales que buscan describir la importancia de la escena del crimen de Jesucristo en Jerusalén. Resulta de vital importancia poder referir la escena del crimen, ya que es muy común que en los crímenes violentos sean encontradas muestras biológicas de la persona de la cual provienen.

Justificamos la importancia del tema, en la necesidad de que el mismo pueda ser fuente importante del proceso investigativo de los hechos criminales que se suscitan y las formalidades de investigación. Cual es la importancia de la escena del crimen como base de la investigación del hecho y las circunstancia que rodean el crimen, se impone establecer cuales son los fundamentos de la escena del crimen en la investigación, y en que medida constituye la escena del crimen en la investigación del hecho. Como objetivo se busca analizar la importancia de la escena del crimen en la investigación criminal, además de analizar las fuentes y normas que rigen la escena del crimen en el proceso de la investigación y describir las normas jurídicas que rigen la protección de la escena del crimen en la investigación del hecho.

Como los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz después del atardecer, el comienzo del día de reposo, pidieron a Poncio Pilato que adelantara la muerte de los tres crucificados. Los soldados quebraron las piernas de los dos ladrones, pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le partieron las piernas. En lugar de esto, uno de los soldados le atravesó el costado, probablemente con una lanza de infantería, lo cual produjo un flujo repentino de sangre y agua. Más tarde, ese mismo día, el cuerpo de Jesús fue bajado de la cruz y colocado en una tumba.

Su muerte sopresiva

La muerte de Jesús luego de solo tres a seis horas en la cruz sorprendió hasta Poncio Pilato. El hecho de que Jesús clamara a gran voz y luego inclinara la cabeza y muriera sugiere la posibilidad de un evento catastrófico terminal. Una explicación popular es que Jesús murió de ruptura cardíaca. En el escenario de la flagelación y la crucifixión, con estados asociados de hipovolemia, hipoxemia y un estado coagulable alterado, se habrían formado vegetaciones trombótica no infectivas en la válvula aórtica o mitral. Estas podrían haberse filtrado por la circulación coronaria, produciendo así una aguda infarción transmural del miocardio. Aunque poco común, podría haber ocurrido una ruptura de la pared libre ventricular en las primeras horas luego de la infarción.

Sin embargo, hay otra explicación más probable. La muerte de Jesús pudo haberse precipitado sencillamente por su estado de agotamiento y por la severidad de la flagelación, con su consecuente pérdida de sangre y estado preshock. El hecho de que El no pudo cargar su patíbulum apoya esta interpretación. La causa real de la muerte de Jesús, así como la de otras víctimas de crucifixión, pudo haber sido multifactorial y relacionada primariamente a shock hipovolémico, asfixia por agotamiento, y agudo paro cardíaco. Una arritmia cardíaca fatal pudo haber sido la causa del evento catastrófico terminal.

Por tanto, no se puede dejar por sentado si Jesús murió de ruptura cardíaca o falla cardiorespiratoria. Sin embargo, el hecho a resaltar no es cómo El murió, sino si murió. Esta claro que el peso de las evidencias históricas y médicas indican que Jesús estaba muerto antes de producirle la herida en su costado, y soporta el punto de vista tradicional que la lanza clavada entre sus costillas derechas, perforó no solo el pulmón derecho sino también el pericardio y el corazón, asegurando así su muerte. Por consiguiente, las interpretaciones basadas en la suposición de que Jesús no murió en la cruz parecen estar en contraposición con los conocimientos médicos modernos.

“Dos Preguntas Sobre la Crucifixión” es el título de un fascinante artículo en la edición de abril de 1989 del “Bible Review” [“Revisión Bíblica”]. El mismo tiene dos subtítulos subyacentes: “¿La Víctima Muere de Asfixia?”, Y “¿Las Manos con los Clavos Sostendrían el Peso del Cuerpo?”En el mismo, el autor desacredita la teoría anterior de la crucifixión como fue formulada por A. A. LeBec en el 1925 la que se le dio amplia publicidad por el Dr. Pierre Barbet desde el 1953 en adelante, la que dice qué:

(1) Jesús murió de asfixia debido a ser incapaz de alzarse para respirar, y (2) que los clavos de sus manos realmente fueron a través de sus muñecas (asumiendo que las palmas de las manos no podían sostener el peso del cuerpo). Al parecer ahora la evidencia no apoya ésta teoría de Barbet.

La investigación médica para este proyecto fue hecha por Frederick T. Zugibe, quien es asesor asociado y profesor de patología en la Universidad de Columbia del Colegio de Médicos y Cirujanos, así como autor del The Cross and the Shroud–A Medical Examiner Investigates the Crucifixion [“La Cruz y el Sudario–Un Examinador Médico Investiga la Crucifixión”].

Zugibe demuestra muy concluyentemente que:

(1) Jesús no murió de asfixia, sino de un choque de postración nerviosa tresnal y trauma. Adicionalmente, un hombre fijado con los brazos extendidos sobre su cabeza (como la Watchtower lo pinta) se sofocaría en minutos, mientras que un hombre con los brazos extendidos hacia los lados en un ángulo de 60 a 70 grados (como en una cruz) podría vivir durante horas sin sofocarse. (2) Hay dos lugares en la PALMA de cada MANO que permitiría un clavo penetrar y cargar el peso completo del cuerpo de hasta sobre cientos de libras, haciendo innecesaria la “teoría de la muñeca” y las explicaciones de cómo los brazos de Cristo fueron fijados en la cruz. [2]

Así realizaron los débiles hombres sus consejos y sus planes. Poco comprendían estos homicidas la inutilidad de sus esfuerzos. Pero por su acción, Dios fue glorificado. Los mismos esfuerzos hechos para impedir la resurrección de Cristo resultan los argumentos más convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número de soldados colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico sería el testimonio de que había resucitado.

Consideración sagrada de la vida humana

En la jurisprudencia hebrea no se ahorraba esfuerzo alguno para preservar y proteger la vida humana, dada su pertenencia a Dios. La Mishna declara que

“el sanedrín que condena a hombres a la muerte con la frecuencia de un caso cada siete años, es un matadero” (Chandler).

El Dr. R. Eliécer, citando a Greenleaf, afirmó que

“el sanedrín merece ese calificativo cuando pronuncia una sentencia de ese tipo cada siete años”.

Benny señaló la máxima judía de que

“el sanedrín tenía que salvar vidas, y no destruirlas” (Chandler).

Estas eran otras máximas recogidas en la Mishna:

“La vida del hombre pertenece a Dios, y solamente de acuerdo con la ley de Dios es posible disponer de ella”. “Quien preserva una vida digna es tan meritorio como si hubiera preservado al mundo”.

A fin de garantizar la justicia al acusado, la argumentación había de iniciarse a favor de él. No se permitía ningún dicho en su contra, hasta que al menos uno de los jueces hubiera hablado en favor de él. En caso de un proceso capital que se resolviera de forma condenatoria, no se podía pronunciar sentencia sino hasta la tarde del segundo día. Después de la primera condenación, los jueces abandonaban la estancia de la roca esculpida y se reunían en grupos de cinco o seis para comentar el caso. Posteriormente se iban a casa de dos en dos, brazo con brazo, en procura aún de argumentos en favor del acusado.

Después de la puesta del sol se buscaban unos a otros para considerar una vez más el caso, y para orar en procura de la guía divina. El día siguiente había de ser de ayuno y oración; no se debía comer hasta tanto el caso hubiera quedado decidido. Tras el sacrificio de la mañana los jueces se volvían a reunir y examinaban detalladamente la evidencia.

Se permitía que los jueces cambiaran su voto en favor del acusado, pero nunca en su contra. El sanedrín deliberaba todo el día hasta casi la puesta del sol, momento en el que se tomaba por fin el voto. Si una vez más se declaraba culpable al acusado, los testigos lo conducían a la ejecución mientras que el sanedrín permanecía en sesión.

Un hombre que llevaba una bandera roja se situaba a la puerta del recinto, y otro montado a caballo seguía a la procesión, llevando también una bandera roja. Este último proclamaba ante la atenta multitud que si alguien conocía alguna evidencia a favor del prisionero debía venir y declararla. Si alguien aportaba alguna nueva evidencia, se detenía la procesión y se hacía ondear la bandera para anunciar a la guardia situada junto a las puertas del recinto que el prisionero era conducido de nuevo al sanedrín para ser sometido a un nuevo proceso. Por otra parte, si mientras se llevaba al prisionero al lugar de la ejecución una persona acudía al lugar de reunión del sanedrín con nueva evidencia favorable al acusado, el hombre apostado a la puerta del recinto hacía ondear su bandera roja haciendo que la procesión se detuviera, y los testigos traían de regreso al prisionero para una nueva audiencia.

Fue un tribunal con máximas tan maravillosas, y con reglas previstas para que fuera imposible una condena equivocada, ante el que Jesús, el Inocente, fue injustamente juzgado y condenado a muerte. Lo fue para que nosotros que no merecemos otra cosa que la muerte, podamos ser justificados y recibamos la vida eterna. “Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya. ‘Por su llaga fuimos nosotros curados’” [3]

Los judíos tenían gran estima por los profetas muertos, los judíos eran muy celosos en hermosear sus tumbas; pero no aprovechaban sus enseñanzas, ni prestaban atención a sus reprensiones. En los días de Cristo, se manifestaba consideración supersticiosa hacia los lugares de descanso de los muertos, y se prodigaban grandes sumas de dinero para adornarlos. A la vista de Dios, esto era idolatría. En su indebida consideración por los muertos, los hombres demostraban que no amaban a Dios sobre todas las cosas ni a su prójimo como a sí mismos. La misma idolatría que se lleva a grados extremos hoy con panteones sumamente onerosos de los ricos fallecidos.

Muchos estaban dispuestos a llamarle Señor cuando realizaba milagros y después que hubo resucitado de la tumba; pero mientras pendía moribundo de la cruz, nadie le reconoció sino el ladrón arrepentido que se salvó a la undécima hora.

Conclución

Centenares de años antes de la muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el salmista: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan vanidad? Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová, y contra su ungido…. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.”(Sal.2:1-3,4).

Las armas y los guardias romanos fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se acercaba la hora de su resurrección. Resucitó, el Señor!!!

La muerte de Cristo en la cruz, tiene significado alguno para su vida? Realizará ud. las ceremonias de estos dias tan especiales sin meditar realmente en el verdadero significado de la muerte de Jesús en la cruz y en el poder de su resurrección?

Dios le bendiga.

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[0] http://elteologillo.wordpress.com/2013/02/27/sufrimiento-de…ervo-de-jehova/

[1] Elena G. de White, “EL CAMINO A CRISTO”, Ministerio Evangelio Eterno

[2] Hace años, LeBec y Barbet concluyeron que una persona colgada por sus brazos sobre la cabeza se sofocaría en cuestión de minutos, debido a la incapacidad de los pulmones de expandirse y contraerse en tal posición. Adicionalmente, el radiólogo austriaco, Hermann Moedder, experimentando con estudiantes de medicina en los años 40, colgándoles por sus muñecas con las manos directamente sobre sus cabezas.  En los primeros minutos, los estudiantes se pusieron pálidos, su capacidad pulmonar se redujo de 5.2 a 1.5 litros, les bajó la presión arterial y el pulso les aumentó. Moedder concluyó que la incapacidad para respirar ocurriría aproximadamente en unos seis minutos si no se les permitía ubicarse de pies y descansar.  Lo mismo aplicaría en el caso de Cristo, SI a él lo hubiese sido fijado en un madero como lo pinta la Watchtower, colgado de las manos directamente sobre su cabeza.

Él se hubiese sofocado en cuestión de minutos. No obstante, Zugibe, descubrió que si los estudiantes eran colgados con los brazos extendidos hacia los lados en un ángulo de 60 a 70 grados, ellos no tendrían ningún problema respirando durante muchas horas.  Siendo que Luc. 23:44 y Mat. 27:45-46, muestra que Cristo estuvo en la cruz durante aproximadamente tres horas, la evidencia apunta nuevamente a una muerte en una cruz tradicional.Zugibe llevó a cabo sus experimentos usando varios voluntarios que estaban dispuestos a probar colgarse de una cruz con varias variaciones, a ninguno se le requería mutilarse su carne o recibir daño corporal. Se usaron guantes de cuero especiales para atarles las manos a la cruz.

Para demostrar que un clavo a través de la mano podía sostener varios cientos de libras, Zugibe, en otro experimento, utilizó brazos de cadáveres frescos, clavándolos en la palma de las manos en dos lugares distintos y suspendiendo pesas de los brazos (¡un experimento bastante morboso, por decir lo mínimo!).¿Si Jesús no murió de asfixia, entonces cuál fue su causa de muerte? Repasemos los eventos del día que Cristo murió.Primero, Jesús experimentó pérdida en el volumen de su sangre de parte de ambos, transpiración y el sudar la sangre, debido a su angustia mental. Después de ser arrestado, él fue azotado con un látigo de cuero que tenía pedazos de metal o astillas de huesos en los extremos.

Según las puntas penetraron la piel traumatizaron los nervios, los músculos y su epidermis. Le sobrevendría entonces el estremecerse con agotamiento, sudar severamente, y las convulsiones. Mucho del fluido corporal  se perdería. Incluso antes de subirlo a la cruz, Jesús ya pudo haber entrado en un estado de choque de postración nerviosa tresnal, por haber sido azotado, la irritación de los nervios y del cuero cabelludo debido a la corona de espinas, y el ser  golpeado por tiempo prolongado en diferentes ocasiones.Finalmente, a él se le clavó en la cruz con clavos de hierro enormes, que eran cuadrados a través de ambas manos, así como sus pies.

El daño a los nervios le trajo un dolor increíble, agregándole un choque de postración nerviosa y pérdida de agua. Por un período de más de tres horas, cada movimiento ligero le habría traído un dolor insoportable. La muerte sería el resultado de un choque extremo de postración nerviosa debido a una combinación de agotamiento, dolor y pérdida de sangre. El área entre el “Grande” y “Semilunar” y entre el “Trapezoide” y “Grande” puede sostener varios cientos de libras cuando una clavo se introduce en este lugar preciso.

[3]  El Deseado de todas las gentes, p. 16 y 17, cit en http://www.libros1888.com/09_Behold.htm

 

La idolatría al “Jesús Varón de Dolores”


La idolatría al “Jesús Varón de Dolores”

Autor: Paulo Arieu

CRISTO~1Cristo muerto sostenido por un ángel (Wikipedia)

La idolatría a Jesús como “Varón de Dolores”, hunde sus raíces en la Edad Media centroeuropea. La alegoría de Jesús presentado según la descripción del profeta Isaías del Siervo de Yahvé, comienza hacia el siglo XIII en Alemania, tomando como referencia un texto de San Agustín que habla de Jesús en el lagar, haciendo el símil entre la sangre de Cristo y el vino de la Eucaristía.

También la propagación de la conocida Misa de San Gregorio, con Cristo mostrando las heridas y atributos de la Pasión, dará lugar a la aparición de la iconografía de Cristo como Varón de Dolores. A fines de la Edad Media queda fijada la iconografía: Cristo se nos muestra con las heridas de la Pasión, vivo y rodeado de ángeles que pueden portar atributos pasionales y o reales; es el caso de las imágenes en terracota del Museo de Bellas Artes y de la Capilla de la Virgen de los Reyes de Sevilla.

Durante la Contrarreforma, la idea de mostrar a Jesús que da la vida por los hombres, el valor de su sacrificio y la necesidad de obras para la salvación de sus seguidores, nos presentará un tema más complicado: Jesús vivo, coronado de espinas con las heridas de los azotes, las llagas de pies, manos y costado, porta el atributo principal de toda la Pasión, la Cruz, patíbulo y trono desde el que reina.

La imagen lleva su mano derecha al corazón que parece apretar y mira a quien le mira, un gesto de que todo su sacrificio se hace por el hombre (Mirad y ved si hay dolor comparable al mío). A sus pies aparece el cráneo de Adán, ya que según la leyenda dorada, en el Monte Calvario estaba enterrado el primer hombre al que la sangre de Cristo redime y por medio de él a toda la humanidad descendiente.

También aparece la serpiente presentada generalmente como dragón, que acosa el talón de Cristo según el texto del Génesis. Siguiendo esta iconografía, se extiende esta devoción en todo el período barroco siendo numerosas sus representaciones, que cuentan con gran devoción aún en la actualidad, como es el caso del Cristo de la Orden Tercera en Madrid (San Francisco el Grande), Cristo de la Victoria de Serradilla (Cáceres), y Cristo de los Dolores de Tacoronte (Tenerife), entre otros; en Sevilla el más representativo es el titular del Hospital del Pozo Santo, Obra atribuida a Roldán.

Cristo Varón de Dolores

El tema teológico del Cristo que asume la personalidad del Siervo de Yavéh de los cuatro cánticos del profeta Isaías es tan antiguo como el propio origen del Cristianismo, puesto que Jesús anunciará su pasión utilizando, palabra por palabra, los términos que caracterizaban el sacrificio expiatorio del Siervo de Dios: viene para “servir”, “da su vida“, muere “como rescate” para provecho de la multitud (Mar. 10:45- ; Luc. 22:37; Is. 53:10-.).

También Jesús hace suya la misión del Siervo: señor manso, humilde de corazón (Mt. 11, 29) que anuncia la salvación a los pobres (Luc. 4:18-), está en medio de sus discípulos “como el que sirve” (Luc. 22:27) y va hasta el extremo de las exigencias del amor en que se inspira este servicio (Jn. 13,1; 15, 13) dando su vida por la redención de la multitud de los pecadores (Mar. 10, 43-; Mat. 20, 26 ss.).

La predicación apostólica aplicó a Jesús el título del Siervo para anunciar el misterio de su muerte (Hch. 3:1-3; 18:4, 27-.), fuente de bendición y luz para las naciones (Hch. 3:25 s.;26:23). Jesús Cordero inmolado injustamente como Siervo del profeta Isaías (Hch. 8:32), salvó a sus ovejas descarriadas, las llagas de su cuerpo curaron las almas de los pecadores (1 Pe. 2:21-25).

Características del Varón de Dolores en Isaías

El término “Varón de Dolores” procede de la traducción latina de la Biblia realizada por San Jerónimo donde se traduce “hombre” por “varón”. Este Varón, que recuerda al varón primigenio, al otro Adán, conoce según el profeta Isaías el sufrimiento bajo sus formas más tremendas, más escandalosas. Ejerció sobre él todos sus estragos, lo desfiguró, hasta el punto de no provocar ya ni siquiera compasión, sino horror y desprecio (Is. 52:14-, 53:3); no es en él un accidente, un momento trágico, sino su existencia cotidiana y su signo distintivo: “hombre de dolores” (53:3); parece no poder explicarse sino por una falta monstruosa y por un castigo ejemplar del Dios Santo (53:4). En realidad hay falta, y de proporciones increíbles; pero no precisamente en él: en nosotros, en todos nosotros (53:6). Él es inocente, lo cual es el colmo del escándalo.

Ahora bien, ahí está precisamente el misterio, “el logro del designio de Dios” (53:10). Inocente, “intercede por los pecadores” (53:12), ofreciendo a Dios no solo la súplica del corazón , sino “su propia vida en expiación” (53:10) dejándose confundir entre los pecadores (53:12) para tomar sobre sí sus faltas. De este modo el escándalo supremo se convierte en la maravilla inaudita, en la “revelación del brazo de Yavéh” (53:1). Todo el sufrimiento y todo el pecado del mundo se ha concentrado en él. Y por haber él cargado con ellos en la obediencia, obtiene para todos la paz y la curación (53, 5) el fin de nuestros sufrimientos.

Jesús “Varón de Dolores” en el Nuevo Testamento

Jesús el hombre de dolores, en el que se encarna la misteriosa figura del siervo doliente, se muestra sensible a todo dolor humano; no puede ser testigo de un sufrimiento sin quedar profundamente conmovido, con una misericordia divina (Mat. 9:36; 14:14; 15:32). Las curaciones y las resurrecciones son signos de su misión mesiánica (Mat. 11:4; cf. Luc. 4:18 s.), preludios de la victoria definitiva. En los milagros realizados por los doce ve Jesús la derrota de Satán (Lc. 10:18). Cumple la profecía del Siervo “cargado con nuestras enfermedades” (Is. 53:4) curándolas todas (Mat. 8:12).

Sin embargo, Jesús no suprime en el mundo ni la muerte, que él ha venido, no obstante a “reducir a impotencia” (Heb. 3:14) ni el sufrimiento. Si bien se niega a establecer un nexo sistemático entre la enfermedad o el accidente y el pecado (Lc. 13:2-.:Jn. 9:3), deja, sin embargo que la maldición del Edén produzca sus frutos. Es que Él es capaz de cambiarlas en gozo.

La tradición cristiana ha visto en Cristo al “hombre de dolores” al “cordero verdadero” y su misión redentora se describe ampliamente en la catequesis bautismal que está implícita en la 1 Pedro, a la que hacen eco los escritos Joánicos y la Carta a los Hebreos. Frente al escándalo de la muerte ignominiosa de Jesús, la fe pascual busca en los Sagradas Escrituras el sentido que pueda tener Jesús, durante su vida terrestre, había interpretado, en forma velada, su suerte, valiéndose de la profecía del Siervo doliente y exaltado. La Iglesia primitiva da a su Señor el título de Siervo (Hch. 3:26; 4:25-30) y expresa el sentido de los acontecimientos pasados con palabras de Isaías (52:13- 53:12) “Jesús ha sido exaltado” (Hch. 2:33; 5:31), “Glorificado” (3:13). Otras apelaciones de sentido análogo al que asumió el título de Siervo es el de Justo Sufriente (Hch. 3:14).

Conclución

Lo más impactante es que la misma Biblia que usa el catolicismo en muchos países latinos (‘Dios Habla Hoy’) dice que estas personas que veneran ídolos son: “ciegos y estúpidos”. “Ninguno de los que hacen ídolos vale nada y para nada sirven los ídolos que ellos tanto estiman. Los que les dan culto son “ciegos y estúpidos” y por eso quedarán en ridículo! …Los que fabrican ídolos son simples hombres. Si todos juntos se presentaran a juicio, quedarían humillados y llenos de terror”. (Is. 44:9-11).
 
Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver, lamentablemente.
 
Dios lo bendiga

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Fuentes

Jesús te comprende.


Jesús te comprende.

  • “…[JESÚS] ENFRENTÓ TODAS Y CADA UNA DE LAS PRUEBAS QUE ENFRENTAMOS NOSOTROS…” (Heb. 4:15 NTV)

El Señor entiende por lo que estás pasando hoy, porque Él también lo pasó. La Biblia nos dice: “Nuestro Sumo Sacerdote comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros… Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Hebreos 4:15-16 NTV). Eso implica que:

1) Jesús entiende tus problemas familiares. Él también tuvo una familia en la tierra, y algunos de sus miembros dijeron de Él: “…Está fuera de sí…” (Mar. 3:21).

2) Jesús te comprende cuando te sientes abrumado. “Él les dijo: Venid vosotros aparte, a un lugar desierto, y descansad un poco. (Eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer)” (Mar. 6:31). Jesús tenía que enfrentar las presiones del trabajo diario, pero además era su responsabilidad organizar, capacitar y corregir a sus seguidores, entre los que se encontraban un grupo de burdos pescadores, un legalista intransigente y un odiado cobrador de impuestos.

3) Jesús te comprende cuando te sientes rechazado. Él no fue bien recibido en la ciudad donde creció: “A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron” (Jn. 1:11). Cuando Felipe dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés… a Jesús… de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn. 1:44-45). El árbol genealógico de Jesús no era el más prestigioso; entre sus antepasados estaba Rahab, una prostituta, Jacob, ladrón y David, un adúltero, por mencionar solo a algunos. Jesús te comprende; Él sabe cómo te encuentras hoy y puede ayudarte. ¡Habla con Él!

¿Te han decepcionado? Jesús lo entiende, porque en el momento más decisivo de su vida, aquellos a los que amaba y con quienes contaba lo abandonaron. Judas, el tesorero, lo vendió y selló el trato con un beso. Y en sus horas más angustiosas en Getsemaní, sus discípulos más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, no pudieron quedarse despiertos y orar con Él una hora (Mat. 26:40).

¿Estás cansado de tantas demandas? Jesús lo comprende: “Se le acercó mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, mudos, mancos y otros muchos enfermos. Los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó” (Mateo 15.30). Tal vez te preguntes por qué Jesús se cansaba si en realidad era Dios. No olvides que era Dios y hombre a la vez. Tenía que ser Dios para poder salvarnos y hombre para morir por nosotros. “…Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta” (Jn. 4:6).

¿Has sido objeto de falsas acusaciones? Jesús te comprende. A Él lo acusaron de ser “… un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (Mat. 11:19). Hasta el mismo momento de su muerte, los líderes religiosos “…buscaban falso testimonio contra Jesús para entregarlo a la muerte” (Mat. 26:59). Jesús afirmó: “…El siervo no es mayor que su señor” (Jn. 15:20).

Cuando decides seguir a Jesús, te embarcas en una vida de triunfos –¡y de adversidad!-. ¿Por qué tuvo que padecer Jesús todas esas cosas? “Debido a que Él mismo ha pasado por sufrimientos y pruebas, puede ayudarnos cuando pasamos por pruebas” (Heb. 2:18 NTV). Él ya caminó por el sendero en que te encuentras hoy, por lo tanto puedes acudir a Él sabiendo que te comprende y que te puede ayudar.

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